Cuadernos de Lavapiés


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Pajilleros y miembras, pajilleras y miembros

Que no se enfaden tanto los señores académicos con la ministra de igualdad, que tampoco es para tanto. "Pero es que miembra es demasiado", se me insubordina la conciencia, que hace coro con unos académicos de toga y borla, como la hinchada de un equipo de fútbol cuando el árbitro no pita lo que ellos quieren.

Pero tampoco se decía fútbol, y a pesar de los intentos de béticos, académicos y demás minorías esdrújulas, hoy casi nadie va a ver un encuentro de balompié. Ni se decían muchas cosas que no existían y hoy son necesarias, y tienen nombre, o reflejo lingüístico de su realidad social. Como la igualdad.

A propósito, en el DRAE no figura pajillero con la acepción de "masturbador impenitente", pero sí lo hace pajillera, para describir a la "prostituta que masturba a sus clientes."  O sea, que un miembro no tiene derecho a ser un pajillero, por mucho que dedique esfuerzos al propio miembro, ni una pajillera podría, en justa ley, hacerse miembra de un sindicato de prostitutas, ramo manual.  

21/06/2008 01:27 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Paradojitas. No hay comentarios. Comentar.

Son cosas del mercado

Le conocí en una fiesta de cumpleaños. Me pareció un tipo agradable y con don de gentes, de buena labia. En su actitud, nada arrogante, no mostraba dedicarse a la promoción de viviendas, así que me sorprendió cuando me lo dijo. Alguien, un amigo común, le había dicho que llevaba tiempo buscando a donde mudarme. No por frivolidad, que si a la fuerza ahorcan, también a la fuerza te hace la vida empaquetar tus cosas y mudar de asiento.

Se ofreció a ayudarme, y la oferta cayó en tierra abonada: el tipo me inspiraba confianza y la situación me invitaba, seductora, a asirme a un clavo ardiendo, una alcayata al rojo, o a lo que el destino tuviera a bien concederme. Nos reunimos en su oficina a los pocos días. Había plantas por doquier, que regaba una señora boliviana, que también se encargaba de la limpieza, como, atento, me explicó mi anfitrión. En las paredes y sobre las repisas había infinidad de fotos suyas en todos los continentes. Al notar mi curiosidad, tuvo a bien comentarme algunas anécdotas relacionadas con sus viajes.

−¿Has estado en Perú? −me preguntó, y tuve que responderle que no. Ahí terminó esa etapa de la conversación. Luego salió el tema de la universidad, en la que no nos tratamos, pero de la que al parecer compartimos amigos o conocidos. La cosa iba bien, y cada vez me encontraba más cómodo y esperanzado. Hasta que dejó de sonreír y me preguntó que qué tenía en mente. Cuántos dormitorios, en qué zona, qué presupuesto…

Al decirle lo que me podría permitir, teniendo en cuenta los dos sueldos que entran en casa, y al añadirle las necesidades, con el bebé recién llegado, de espacio y comodidades, se puso aún más serio. Ya se me caía el alma al suelo, cuando su rostro se suavizó un tanto. Ahora, en vez del rictus de presidente de tribunal de oposiciones, puso cara de pena. Giró la pantalla del ordenador en mi dirección y me mostró unas fotos en alta resolución, de un piso de tres dormitorios, con trastero, terraza, bien comunicado, no muy antiguo…Las glándulas salivares, confusas ellas como un servidor, o quizá solidarias con el resto de mi organismo, se dispararon con la visión de tan celestial escenario en que representar mis días.

−Pero por éste están pidiendo… −Por respeto a la vergüenza de quien esto lea, me abstengo de hacer pública la indecente cifra− ¿No crees que te merecería la pena?

−De tenerlo, puede, pero no podemos gastar en alquiler el 80% de los ingresos −confesé, no sé si avergonzado, pidiendo comprensión, o deseando un “gesto”, una “rebajita” que en mi caso habría de ser “rebajón”.

Así debió entenderlo él, que se limitó a arquear las cejas y a pronunciar la frase que me había acompañado durante los últimos 7 años como una maldición: “Son cosas del mercado”.

Aquello no llegó a más, y al final nos tuvimos que adaptar al espacio disponible. El bebé se acostumbró a dormir con nosotros. Ya veremos qué trae el futuro. En cuanto al tipo aquél, volví a verle hace poco, en otro cumpleaños. Llevaba la misma ropa que la última vez, pero algo indicaba que las cosas no seguían iguales. Llevaba el mismo traje, sí, pero parecía ajado, brillante del uso. Nos saludamos, y preguntó si ya había encontrado algo.

−No, seguimos viviendo en el pisito de un dormitorio. Ya veremos cuando el niño crezca un poco…

−Bueno, mejor así. Mientras podáis, aguantad así, que ya veremos cómo reacciona el mercado. Ahora está bajo, pero nunca se sabe. A mí me ha afectado la crisis, ¿sabes? Ahora estoy entre dos trabajos; la inmobiliaria que tenía con un socio tuvimos que cerrarla, así que estoy buscando trabajar para alguna de las franquicias. Menos complicaciones así, ¿sabes? Cuando uno se mete a empresario, se desvive demasiado, y luego no compensa.

Una de las amistades comunes me había contado que se quedó en el paro hace unos meses, a poco de declararse oficialmente rota la burbuja inmobiliaria, y la misma frase que entonces se me vino a la cabeza pugnaba ahora por escapar de la garganta.

−Vaya por Dios−le contesté, mientras luchaba en mi fuero interno por no dejarla escapar.

Fue inútil:

−Bueno, son cosas del mercado−dije, mientras todos los músculos de mi cara escapaban a mi voluntad y se declaraban en rebeldía para esbozar el gesto de compasión sonriente más hipócrita que he hecho en mi vida.

 

 

04/06/2008 23:39 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón. Hay 1 comentario.

Popurrí de paradojitas

¿Por qué a las prostitutas de Montera las acosan constantemente los municipales, mientras que a los puteros de alto standing del club privado de al lado de mi casa les hacen el pasillo?

¿Por qué la 2 de TVE sólo ofrece documentales una vez se han cerciorado de que no se está desarrollando absolutamente ninguna competición deportiva, aunque se tratara del campeonato provincial de petanca, modalidad plazuela de pueblo, en cuyo caso se suspenden los susodichos documentales hasta nuevo aviso?

¿Por qué no les quitan a las marujas el culebrón de la Primera, y les ponen a Rafael Nadal pedaleando el Tourmalet, a ver si hay huevos?

¿Por qué los que no paran de hablar de la inmigración como un "problema" luego le pagan una miseria a una señorita ecuatoriana para que les cuide (les críe) a los niños? ¿Y por qué le pagan tan poco a quien encomiendan el cuidado de las personas que deberían ser las más importantes de su vida? 

¿Por qué los hay tantos garitos de tragaperras y bingos por mi barrio, siempre llenos de jubilados gastándose el sueldo?

¿Por qué se prohiben a los jóvenes botellones y drogas, mientras se ofrece al pensionista amplia elección de antros con nombres como "Las Vegas City"?

¿Por qué, al pasar por delante de uno de ellos, llega ese olor tan característico que desprendía el cine X que había delante de mi instituto? ¿Y por qué éste de los "casinos de barrio" no me atrae en absoluto, a pesar de las seductoras y contrapuestas sensaciones que la "Sala Azul" conseguía elicitar de mi imaginación adolescente y libidinosa? 

 

04/06/2008 22:45 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Paradojitas. No hay comentarios. Comentar.

El caso del vengador pirómano III

III

Muy quemado

Larghetto incordioso

            Lo siguiente que pasó en la vida de Tom Rugelach quizá merecería la pena ser descrito de una forma menos sucinta, pero es que resulta tremendamente pesado relatar el proceso psicológico que siguió al accidente, y que sacó por completo de quicio al pobre Tom.

Si antes resultaba necesario para el desarrollo argumental y dramático de la historia que hubiera un incendio, ahora hay que dar por hecho que a Tom Rugelach se le caen varios tornillos, y queda un tanto desequilibrado.  El cómo llega nuestro hombre hasta tal extremo habrá que imaginárselo, aunque esperemos que lo ya relatado de su niñez, junto con las pistas proporcionadas por sus reacciones, y por la descripción del contexto socio-cultural en que vive, habrán de ayudarnos en la recreación off stage de los escalones que llevan a Tom a la irracionalidad que a partir de ahora mostrará .

            De momento cabe decir que la tomó con los bomberos.  Les hacía culpables de todas sus desgracias, y por ende les juró eterna  inquina.  A medida que se iba deteriorando la salud mental de Tom, su odio hacia los bomberos se acerbaba.  Se entusiasmó con el fuego.  No sabemos si ya de pequeño tuvo inclinación a jugar con mecheros y cerillas.  De ser cierta su predisposición, el incidente del automóvil no habría sido sino el detonador que hiciera prender de nuevo el rescoldo subconsciente de una piromanía reprimida.  Pero no vamos a pillarnos los dedos afirmando ni negando, sino que nos ampararemos en el recurso de querer dejar al lector concluir lo que mejor le pareciere.  Y tiramos del comodín para seguir narrando a continuación cómo la cuenta del gas subió a límites insostenibles, ya que el buen hombre, en su fanatismo, prohibió a su mujer e hijos apagar los quemadores de la cocina, que permanecían siempre en llamas.  Una noche de Mayo, cuando descubrió que la canguro había apagado el horno, que llevaba encendido desde Navidad (por el pavo, se entiende), Tom la emprendió a gritos con la pobre chica, diciendo que en su casa no quería apaga-fuegos ni profesionales ni aficionados.  La chica dejó de cuidar a los niños de los Rugelach y de fumar; gracias a eso terminaron no echándola del equipo de animadoras de su instituto, el Middleton High School,  del que pasó a la universidad de Wisconsin, donde conoció a su actual marido.  Ahora viven en Montana y tienen tres preciosos niños que creen en el futuro y que con un poco de suerte y mucho esfuerzo honrado llegarán a altos ejecutivos de una empresa de Internet, que es el futuro, obviamente. 

Tanto la temperatura en centígrados como la emocional llegaron a hacer de la casa de los Rugelach un sitio insoportable, y eso a pesar de que la mujer de Tom se deslizaba de la cama cada noche para apagar al menos los fogones, preocupada por la seguridad de sus hijos.  Luego la pobre tenía que levantarse antes que su marido, para volver a encender la cocina y que él no se diera cuenta.

04/06/2008 22:01 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Relatos y cuentos. No hay comentarios. Comentar.

El caso del vengador pirómano II

II El Dorado

Allegro ma non troppo

Los días que siguieron Tom intentó combatir el desánimo de mil maneras.  En vez de aceptar con resignación el hado, y achacarlo a la vida, que es así a veces, Tom se dedicó a visitar bufete tras bufete en busca de un abogado que le prometiera resolver el pleito a su favor.  Ni siquiera Allen Rothenberger, de la firma Rothenberger & Rothenberger,  ¾que se anunciaban en la tele prometiendo indemnizaciones millonarias a todo el que tuviera la mala suerte o el designio de caer en una zanja de albañiles¾  le animó a seguir con la porfía.  El caso estaba claro, y ni Perry Mason redivivo le ahorraría la multa.

            La señora Rugelach había venido de alguna remota parte de Europa muchos años antes, y aún conservaba esa resignación que caracteriza a quienes las han pasado canutas durante siglos.  Esa fue, y no otra, la fuerza que la sostuvo cuando quedó inútil el padre de Tom.  Silencio y barajar, achantarse y a seguir tirando para adelante, que Dios aprieta pero no ahoga, y cuando cierra una puerta otra se abre.  Pero su retoño era producto del país. Lo de la resignación callada le sonaba a actitud muy digna en Gandhi, o en un montañés balcánico harto de injusticias y limpiezas étnicas.  Pero en un americano de pro, hijo de la tierra de la oportunidad y merecedor por derecho de nacimiento de todos y cada uno de los derechos concebibles al ser humano en su más alta y elaborada expresión,  resignarse de ese modo no era justificable, perdonable ni aceptable.  Por no hablar de lo antipatriótico, y hasta lo anticonstitucional que una actitud resignada a buen seguro suponía.

            Pronto, Tom adoptó la firmeza de opinión y escasez de perspectiva que solemos asociar con la decisión inquebrantable, tomada tras convolutos razonamientos y reflexiones: si fuese necesario, lucharía hasta el final para reivindicar sus derechos, "you can bet your bottom dollar…"  Y si bien la negativa de hasta los más ladinos engañabobos de la abogacía le hiciera, como hemos visto,  abandonar la idea del recurso legal, otros recursos asistirían su justa lucha y allanarían el camino de su satisfacción.  Como en las películas de Charles Bronson.

02/06/2008 16:06 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Relatos y cuentos. No hay comentarios. Comentar.

El caso del vengador pirómano (Divertimento muy barroco en 10 movimientos)

I

 Una desafortunada casualidad

Adagio Assai

Tom Rugelach era un buen conductor. Siempre respetaba (en la medida de lo prudente) los limites de velocidad, jamas se saltaba un semáforo en rojo o un stop, y siempre aparcaba el auto donde no hubiera ni rastro de señales de prohibido.  Parar, siquiera un instante, delante de una boca de incendios no era su estilo ni su modus operandi, valga el latinajo.  Por todo ello, aquel día de lluvia tremenda y  frío desagradable en que dejara (si bien por unos instantes y sin que sirviera de precedente)  el coche frente a la boca de riego, mientras se acercaba al portalón de la escuela a recoger a sus hijos, Tom Rugelach se llevó una desagradable sorpresa. Como quiera que, no habiendo anticipado la posibilidad de un incendio en las proximidades, Tom se fio de la fortuna, ésta, que es muy arisca se lo tomó a chulería. Y como además de arisca, es poco original, no tuvo otra forma de mostrar a Tom Rugelach su osadía disponiendo que se declarara un incendio, como no, en las proximidades más inmediatas al malhadado coche de nuestro personaje. Así, el incendio se declaró, más como amante impetuoso que como tímido pretendiente, y la novia, en este caso el edificio adyacente al centro escolar, se vio pronto rodeada por las llamas de la pasión encendidas a su alrededor.

Aterrado, Tom Rugelach soltó las manitas de sus hijos y se puso blanco al ver el estado en que un camión de bomberos había dejado su mal estacionado vehículo. Llegados allí con la prisa y la urgencia que les caracteriza, los bomberos habían, en su celo extintor, desalojado el coche de Tom por la fuerza, para tener así acceso a la boca de incendios. El problema fue que los miembros del servicio contra incendios no se bajaron del camión en el que acudían a su honrosa misión antes de desalojar el coche de nuestro protagonista, con las consecuencias fácilmente deducibles del gesto de asombro y consternación que acabamos de ver en el rostro de éste. Antes bien, arremetieron contra el vehículo, nunca se sabrá si de manera fortuita o a consecuencia de un justificable celo profesional no exento de malicia hacia el (para ellos) anónimo saboteador.  La diferencia de masa entre ambos vehículos, añadida a la velocidad a la que se desplazaba el mayor de ellos, sin olvidar el detalle de que el menor se hallaba por completo inmóvil en el momento del impacto, ayudan a imaginarse el estado en que quedó el Honda Civic de Tom Rugelach, confirmando de paso las ventajas que tiene compartir narrador y lector unos conocimientos mínimos de las leyes de la Física.

            Cuando acudió junto a los afanosos bomberos, que desenrollaban las mangueras con prisa y eficacia, nuestro hombre se topó con la total falta de colaboración de los miembros del Servicio de Extinción de Incendios, que le comunicaron de forma bastante grosera que hiciese el favor de quitarse de en medio, que estorbaba y que había una casa ardiendo.  La madre de Tom siempre decía que su hijo había mostrado tozudez desde muy niño. Según la buena señora, antes de aprender a hablar, su vástago ya se había convertido en un maestro a la hora de salirse con la suya de cualquier modo posible, ya fuera llorando continuadamente durante horas, o simplemente berreando hasta empujar al límite la paciencia de sus señores progenitores. Mr Rugelach, el padre de Tom, era muy buen hombre pero muy inestable en lo tocante a las emociones, tanto que un buen día se le juntaron el hambre con las ganas de comer (digo una depresión originada por el estrés con una insoportable tarde de llantinas y berreas infantiles) y Mr. Rugelach, fuera de sí en lo psíquico, decidió hacer lo propio con lo físico y se lanzó de cabeza por la ventana. No se mató, empero, dada la escasa altura del segundo piso donde en aquel entonces residían los Rugelach, sino que quedó inútil para el resto de sus días. Los cuales fueron muchos, y dieron mucho que hacer a Mrs. Rugelach, que lo aceptó todo con resignación cristiana.

            Puestos así en antecedentes de su personalidad, no nos será difícil imaginar cómo se pondría de pesado esta vez con los bomberos el ya crecidito Tom. Lo suficiente como para que el capitán de estos le comunicara de mala manera que hiciese el favor de desaparecer de allí si no quería que lo detuviera por escándalo público. Tom dudaba de la validez de la amenaza, sospechando que un capitán de bomberos por muy capitán que fuera y mucha gorra de plato y mucha sirena en el coche carecía de la autoridad constitucional para arrestarle a uno.  Mientras así dudaba, notó Tom con desasosiego cómo la cara del capitán se enrojecía cada vez más y se le empezaban a notar las venas de las sienes.  Advertido del sentido común, o de lo que de él le quedaba, el ultrajado infractor del código de circulación optó por una retirada estratégica, y se fue con sus hijos, que estaban muy contentos por la de aventuras que iban a poder  referir el día siguiente a sus amiguitos.

            Cuando, a la mañana siguiente, Tom Rugelach volvía en el taxi a la oficina, tras hacer una visita burocrática a la concejalía de tráfico, lo hacía cariacontecido y meditabundo. El resultado de sus pesquisas y quejas había puesto en claro una cosa.  El seguro de responsabilidad civil que tenía suscrito desde hacía tiempo no cubría esta eventualidad.  Estacionarse, si bien por breves minutos, frente a una boca de incendios, no sólo era ilegal, sino peligroso y  caro.  El coche quedaba hecho trizas, y además le caía una multa que derribaba de un soplo sus esperanzas de irse de vacaciones a Miami el verano próximo.

Continuará (mucho me temo que)

 

31/05/2008 18:24 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Relatos y cuentos. No hay comentarios. Comentar.

Pegando carteles

El mayor tiene 38. En estos momentos no trabaja. Vive con su madre y un perro. La señora es viuda de sub-oficial adepto al régimen. El más joven no pasa de los 21. Conduce un Mini Cooper que parece de juguete. Lo usa para ir a la universidad privada donde cursa estudios, desde que suspendió la selectividad y su padre le dijo que o eso o ganarse el jornal en la empresa familiar. De la que él ni siquiera conoce el sector económico en que se inscribe. El mayor vive en Vallecas. El menor se traga todas las mañanas el atasco de La Moraleja a Ciudad Universitaria, oyendo la radio. Luego, en vez de ir a clase de Ética Cristiana (obligatoria y común en todas las titulaciones de Humanidades) se fuma unos porros con los amigos, buenos chavales. Menos los días en que el otro viene a recogerle y se van los dos en el MIni por ahí, a pegar carteles. "Esto se llena de negros todo el día, pidiendo o aparcando coches, y molestando a las señoras que va a hacer la compra tan tranquilas" dice el mayor, mientras pasan por Julián Romea. A la altura del Vips el más joven aparca el Mini en doble fila, y bajan los dos, uno con el cubo y el otro con papel y escoba. Están excitados. Se sienten rebeldes, y quieren imaginarse temerarios, aunque en realidad no corren ningún riesgo. Otra cosa sería intentar fijar los carteles en las tapias que rodean al Constitucional. Además de las cámaras, están los policías, que no tienen el más mínimo problema en que vayan a hacerlo a media manzana, por la Plaza de Cristo Rey, pero que no les van a dejar pegar consignas de "La Nueva España" más acá del Hospital. "Mientras cada uno permanezca en su sitio, no hay problema" dice de nuevo el mayor. "Y el sitio de ésos es el puto país de donde hayan salido" comenta, mientras repasa con la escoba chorreante de engrudo el cartel que el más joven sostiene por las esquinas. Luego asiente, pero en realidad está distraído mirando al Mini. "Se ha portado el viejo con el regalo de cumpleaños. Si no tuviera ese pronto que tiene..."   

31/05/2008 01:15 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Sub-urbia. Hay 1 comentario.

Cernuda en Massachusetts

Mount Holyoke, Massachusetts. Allí recaló Cernuda, en un sitio idílico durante dos semanas al año, una en primavera y la otra en otoño, cuando el paisaje se viste de colores que para un sureño son tan imposibles como los de un olivar en febrero para alguien de Nueva Inglaterra.
Las restantes cincuenta semanas del año en Mount Holyoke debieron ser terribles para Cernuda. Señoritas de la alta burguesía preparándose académicamente para cazar un marido con talento y tener buenos temas de conversación en los cocktails y soirees (should I say parties?), padres y madres de dichas señoritas, pastores episcopalianos tomando "Martini Dry" y donantes de la universidad, a quienes habría que entretener en veladas interminables, pues para eso gastaban sumas millonarias en mantener el prestigio de la institución, todo ello debió hacérsele trago amargo al poeta.
Pero quiero suponer que lo más amargo para Cernuda fue vivir en una continua penumbra, en la oscuridad septentrional y anglosajona de Nueva Inglaterra, de inviernos mucho más largos y aburridos que aquellas veladas pseudo-académicas. Cuando estás habituado a tener que quedarte en casa porque hay días en que el sol justiciero hace reverberar las baldosas de la calle, tener que hacerlo porque cubre la puerta de tu casa un metro de nieve sucia, vieja y dura resulta muy duro. Tanto, que la explosión caduca del otoño, con su orgía de rojos, amarillos y ocres no justifica el sacrificio.
Quizá por eso, en parte, Cernuda acabó yéndose a vivir a México.

Recomiendo ver este vídeo, acompañado de un texto del poeta. Yo lo encontré aquí: http://elojodeltuerto.com/

29/05/2008 23:18 Autor: cuadernosdelavapies. #. Hay 3 comentarios.

Y Losantos sueños son

Anoche soñé que Jiménez Losantos se dejaba crecer una florida barba, ceñía (en buen hora) espada al cinto, y acaudillaba una hueste de taxistas madrileños, que asaltaban los altos alcázares de la calle Génova al grito de "¡con dos cojones!". El cielo se abría para presenciar tan magna ocasión y desde él, como un pantócrator leridano, presidía el mismísimo Caudillo, a la su diestra Aznar, el de las negras guedejas, y a la siniestra (es un decir) la Duquesa de los Aguirres. Un coro de alféreces de infantería travestidos de querubines (las alas, en vez de plumas blancas, lo eran de pollo frito del Kentucky Fried Chicken) presentaba armas, mientras Belén Esteban (juro que yo tampoco sé qué hacía ésta en mi sueño, a juzgar por el cásting onírico) recitaba un madrigal con el título de "A Jean Marie Le Pen, mon seigneur".

Esta mañana hice venir a mis aposentos al astrólogo judiciario que solemos mantener en nómina desde que acertó la combinación de la Primitiva, y le ordené que me lo analizara (el sueño). Abandonó la estancia cabizbajo, y esta noche, a la hora de cenar, me ha puesto junto al plato de salmorejo un sobre con su dimisión. "Me voy por donde he venido", ha dicho mientras desaparecía, con un petate al hombro. Me he quedado con dos palmos de narices, y he intentado inquirir entre el servicio. Unos me han dicho que si era moro y que no le gustaban los afeitados en seco (tampoco yo entendí esa referencia a barbas mojadas y vecinos rasurados a la fuerza), mientras que otros hicieron veladas referencias a que la familia del astrólogo había sido de herejes, y reconciliada por el Santo Oficio por haber votado a Izquierda Unida en unas autonómicas.

El caso es que me he quedado sin astrólogo judiciario (y eso que le debía el salario de tres meses) y sin saber qué significaba, vaticinaba u otrosí advertía mi sueño, con lo que temo no poder conciliarlo esta noche. Haría llamar al bufón de la corte, pero desde que le pegaron una paliza los seguratas del metro, está muy tristón y no me hace gracia ninguna. 

26/05/2008 00:56 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Relatos y cuentos. No hay comentarios. Comentar.

Picasso y el humo del tabaco

Una nueva campaña publicitaria de ediciones SM (http://www.youtube.com/watch?v=5lIh9_GMU1Y  intenta reivindicar la importancia que tienen, que tenemos, los profesores, los maestros, los que enseñan. Alguna causa habrá para que se hagan necesarias estas campañas, así como las otras, las institucionales que intentan recordarnos que no es labor fácil ni debe menospreciarse a quien tiene a su cargo la educación de los ciudadanos de dentro de poco. Y no digo más, porque duele.

En esta campaña en concreto figura un anuncio de televisión donde la protagonista (una profesora hablando en clase) cuenta una anécdota de la vida de Picasso. Según esta anécdota, el genial malagueño nació muerto, y fue sólo después de que su tío le soplara en la carita el humo del puro que se estaba fumando que el neonato por fin comenzó a respirar. La anécdota queda registrada aquí: http://www.psikeba.com.ar/articulos/VDpicasso.htm en un texto de Viviana Dreidemie "Yo Picasso: La penúltima versión de la realidad". Lo de que naciera muerto me parece querer rizar un poco el rizo. Es de pensar que con soplar para aclarar las vías respiratorias del bebé habría sido suficiente, sin que tuviera que intervenir el humo del cigarro, pero Picasso era un tanto dado a adornar su biografía, y el puro que da la primera bocanada de vida a quien habría de convertirse en uno de sus más geniales celebrantes da un toque poético a la historia.

Pero lo que me da pena es pensar que, incluso con la jurisprudencia sentada por la emisión de este spot publicitario, nada ni nadie me salvarían de la quema si se me ocurriera usar esta anécdota en clase. Habría que ver la de protestas airadas de algunos padres de alumnos, ofendidos y exigiendo ver castigada mi invitación al uso y disfrute de tabaco y otras drogas, que sería lo único en que muchos pensarían si sus nenes les comentaran a la mesa del almuerzo lo que el profesor contó el otro día en clase.

23/05/2008 21:16 Autor: cuadernosdelavapies. #. No hay comentarios. Comentar.


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