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Cuadernos de Lavapiés

Mameluco, a mi pesar

Mi madre era circasiana y mi padre mameluco. yo salí cairota por los cuatro costados. Cuando me "alistaron" los franceses ni siquiera hablaba más francés del necesario para obedecer unas cuantas órdenes. Con todo, me dieron matarile en Sol, y desde entonces se puede decir que me he naturalizado, a base de no tener otro remedio. En el museo se vive bien, hay buenos vecinos y aunque no tiene uno la oportunidad de ver mundo, a cambio desfila el mundo por aquí a verle a uno. Prestando oído (y malgrado el turbante) te enteras de lo que pasa fuera, como me he enterado yo de la que se está formando en mi tierra de origen. Que es como supe también de los acampados en Sol. En ambos casos, me intereso porque se trata de los lugares donde nací y la palmé, en ese orden, y por eso me creo con derecho a opinar: 
En Egipto, los militares se están empleando a fondo en reprimir las revueltas, como hizo la Grande Armée en Madrid, con trágicos resultados (en especial para un servidor, así como para mi compadre de al lado, el del 3 de mayo). En Madrid ha bastado con comprarles un teléfono móvil.

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Un falo de vaho

Una mañana de otoño, en mi colegio de barriada del extrarradio (mitad huertas, mitad urbanizaciones de ladrillo ochentero) llovía a cántaros. Las ventanas del aula daban a un falso patio, enfrentadas a las del otro grupo de sexto de EGB. No me acuerdo si el mío era el A o el B, el de los repetidores o el de los “buenos”.  Estábamos en clase de Inglés, noble lengua del tronco de las germánicas, que impartía una nueva, titulada en matemáticas. Era el siglo pasado, pero estábamos muy adelantados a nuestro tiempo.

En la clase de enfrente daba Naturales don Antonio Tabares, el Tabares o el Nonó (pequeño robot personaje de una serie de dibujos animados, mote inventado por mí, y quien lo niegue miente cual bellaco). La lluvia, la humedad que impregnaba hasta el tuétano de hormigón nuestro colegio público de extrarradio (pobremente construido), la humedad ambiente y caliente originada por (¿52?) adolescentes, todo ello unido explicaba que los cristales estuvieran completamente empañados. La nueva, que sabía menos inglés que algunos de nosotros (none whatsoever), estaba lo suficientemente ocupada intentando lidiar con los de las primeras filas, mientras los de atrás dibujaban con el dedo en el vaho de los cristales, o escribían mensajes a los del otro grupo (¿el B?).

En mitad de la enésima recitación inútil del Presente Perfecto del verbo To Be, liderada con cara de miedo y de “¿por qué, si yo soy de Ciencias y además hice Francés?” por la nueva, y coreada por un 12% de la clase, se abrió de golpe la puerta y entró -como Demonio de Tasmania de la Warner Brothers- toda la pequeña, fibrosa y morena figura del Tabares, epítome y ejemplo de mala leche reconcentrada en envase reducido.

Sin hacer preguntas, el Tabares avanzó hacia la pizarra. Quizá murmurase en voz baja un “perdona, Marta” dirigido a la nueva, pero no lo puedo asegurar. Se plantó en el encerado, empuñó un trozo de tiza y aupándose sobre las puntas de los pies para llegar más alto, dibujó de un trazo maestro un simplificado aparato genital masculino de gigantescas proporciones, casi más alto que él mismo. Completado éste, se dio la vuelta para encarar a la clase y dijo con el tono cuartelero que usaba cuando estaba cabreado: “¿qué es esto?”

Nos quedamos todos helados. Tras un silencio de los más incómodos de mi infancia, el Tabares dijo: “esto, señores, es un falo”.

El rumor de la sorpresa, la incredulidad y la ignorancia se oyó, casi. Con cara de “pero qué hatajo de burros”, el Tabares cortó en seco el murmullo: “un pene, polla, carajo, tranca, cipote o verga con sus correspondientes huevos o cojones. ¿Quién ha sido el gracioso que lo ha dibujado en la ventana?”

Entiéndase que esta parrafada fue de menos a más, con el tono amenazador, cuartelero y peleón aumentando a medida que se acercaba a la fatídica pregunta.  Estábamos como en una montaña rusa, de la sorpresa a la risa, del miedo a la vergüenza, y de nuevo al miedo, con la pequeña figura del Tabares allí plantado con los brazos en jarras, y la nueva tan asustada y desconcertada como nosotros.

No hubo mucho suspense. Aquello no era un colegio de curas de los de las películas de Almodóvar (y/o tantos otros, que ya les vale). Era una escuela pública del extrarradio, a comienzos de los años ochenta del siglo pasado. Será por eso que tras dudarlo muy poco, el Pacheco levantó la mano y bajó los ojos. No recuerdo qué dijo el Tabares, pero algo así como: “te vas a enterar, pero eso sí, has sido noble al reconocerlo”. No recuerdo qué le pasó al Pacheco, pero seguro que no fue nada digno de una película española ambientada en la interminable posguerra de internados de curas y experiencias traumáticas. Y me alegro, aunque nuestros recuerdos nunca lleguen a competir por un Goya.

Pajilleros y miembras, pajilleras y miembros

Que no se enfaden tanto los señores académicos con la ministra de igualdad, que tampoco es para tanto. "Pero es que miembra es demasiado", se me insubordina la conciencia, que hace coro con unos académicos de toga y borla, como la hinchada de un equipo de fútbol cuando el árbitro no pita lo que ellos quieren.

Pero tampoco se decía fútbol, y a pesar de los intentos de béticos, académicos y demás minorías esdrújulas, hoy casi nadie va a ver un encuentro de balompié. Ni se decían muchas cosas que no existían y hoy son necesarias, y tienen nombre, o reflejo lingüístico de su realidad social. Como la igualdad.

A propósito, en el DRAE no figura pajillero con la acepción de "masturbador impenitente", pero sí lo hace pajillera, para describir a la "prostituta que masturba a sus clientes."  O sea, que un miembro no tiene derecho a ser un pajillero, por mucho que dedique esfuerzos al propio miembro, ni una pajillera podría, en justa ley, hacerse miembra de un sindicato de prostitutas, ramo manual.  

Son cosas del mercado

Le conocí en una fiesta de cumpleaños. Me pareció un tipo agradable y con don de gentes, de buena labia. En su actitud, nada arrogante, no mostraba dedicarse a la promoción de viviendas, así que me sorprendió cuando me lo dijo. Alguien, un amigo común, le había dicho que llevaba tiempo buscando a donde mudarme. No por frivolidad, que si a la fuerza ahorcan, también a la fuerza te hace la vida empaquetar tus cosas y mudar de asiento.

Se ofreció a ayudarme, y la oferta cayó en tierra abonada: el tipo me inspiraba confianza y la situación me invitaba, seductora, a asirme a un clavo ardiendo, una alcayata al rojo, o a lo que el destino tuviera a bien concederme. Nos reunimos en su oficina a los pocos días. Había plantas por doquier, que regaba una señora boliviana, que también se encargaba de la limpieza, como, atento, me explicó mi anfitrión. En las paredes y sobre las repisas había infinidad de fotos suyas en todos los continentes. Al notar mi curiosidad, tuvo a bien comentarme algunas anécdotas relacionadas con sus viajes.

−¿Has estado en Perú? −me preguntó, y tuve que responderle que no. Ahí terminó esa etapa de la conversación. Luego salió el tema de la universidad, en la que no nos tratamos, pero de la que al parecer compartimos amigos o conocidos. La cosa iba bien, y cada vez me encontraba más cómodo y esperanzado. Hasta que dejó de sonreír y me preguntó que qué tenía en mente. Cuántos dormitorios, en qué zona, qué presupuesto…

Al decirle lo que me podría permitir, teniendo en cuenta los dos sueldos que entran en casa, y al añadirle las necesidades, con el bebé recién llegado, de espacio y comodidades, se puso aún más serio. Ya se me caía el alma al suelo, cuando su rostro se suavizó un tanto. Ahora, en vez del rictus de presidente de tribunal de oposiciones, puso cara de pena. Giró la pantalla del ordenador en mi dirección y me mostró unas fotos en alta resolución, de un piso de tres dormitorios, con trastero, terraza, bien comunicado, no muy antiguo…Las glándulas salivares, confusas ellas como un servidor, o quizá solidarias con el resto de mi organismo, se dispararon con la visión de tan celestial escenario en que representar mis días.

−Pero por éste están pidiendo… −Por respeto a la vergüenza de quien esto lea, me abstengo de hacer pública la indecente cifra− ¿No crees que te merecería la pena?

−De tenerlo, puede, pero no podemos gastar en alquiler el 80% de los ingresos −confesé, no sé si avergonzado, pidiendo comprensión, o deseando un “gesto”, una “rebajita” que en mi caso habría de ser “rebajón”.

Así debió entenderlo él, que se limitó a arquear las cejas y a pronunciar la frase que me había acompañado durante los últimos 7 años como una maldición: “Son cosas del mercado”.

Aquello no llegó a más, y al final nos tuvimos que adaptar al espacio disponible. El bebé se acostumbró a dormir con nosotros. Ya veremos qué trae el futuro. En cuanto al tipo aquél, volví a verle hace poco, en otro cumpleaños. Llevaba la misma ropa que la última vez, pero algo indicaba que las cosas no seguían iguales. Llevaba el mismo traje, sí, pero parecía ajado, brillante del uso. Nos saludamos, y preguntó si ya había encontrado algo.

−No, seguimos viviendo en el pisito de un dormitorio. Ya veremos cuando el niño crezca un poco…

−Bueno, mejor así. Mientras podáis, aguantad así, que ya veremos cómo reacciona el mercado. Ahora está bajo, pero nunca se sabe. A mí me ha afectado la crisis, ¿sabes? Ahora estoy entre dos trabajos; la inmobiliaria que tenía con un socio tuvimos que cerrarla, así que estoy buscando trabajar para alguna de las franquicias. Menos complicaciones así, ¿sabes? Cuando uno se mete a empresario, se desvive demasiado, y luego no compensa.

Una de las amistades comunes me había contado que se quedó en el paro hace unos meses, a poco de declararse oficialmente rota la burbuja inmobiliaria, y la misma frase que entonces se me vino a la cabeza pugnaba ahora por escapar de la garganta.

−Vaya por Dios−le contesté, mientras luchaba en mi fuero interno por no dejarla escapar.

Fue inútil:

−Bueno, son cosas del mercado−dije, mientras todos los músculos de mi cara escapaban a mi voluntad y se declaraban en rebeldía para esbozar el gesto de compasión sonriente más hipócrita que he hecho en mi vida.

 

 

Popurrí de paradojitas

¿Por qué a las prostitutas de Montera las acosan constantemente los municipales, mientras que a los puteros de alto standing del club privado de al lado de mi casa les hacen el pasillo?

¿Por qué la 2 de TVE sólo ofrece documentales una vez se han cerciorado de que no se está desarrollando absolutamente ninguna competición deportiva, aunque se tratara del campeonato provincial de petanca, modalidad plazuela de pueblo, en cuyo caso se suspenden los susodichos documentales hasta nuevo aviso?

¿Por qué no les quitan a las marujas el culebrón de la Primera, y les ponen a Rafael Nadal pedaleando el Tourmalet, a ver si hay huevos?

¿Por qué los que no paran de hablar de la inmigración como un "problema" luego le pagan una miseria a una señorita ecuatoriana para que les cuide (les críe) a los niños? ¿Y por qué le pagan tan poco a quien encomiendan el cuidado de las personas que deberían ser las más importantes de su vida? 

¿Por qué los hay tantos garitos de tragaperras y bingos por mi barrio, siempre llenos de jubilados gastándose el sueldo?

¿Por qué se prohiben a los jóvenes botellones y drogas, mientras se ofrece al pensionista amplia elección de antros con nombres como "Las Vegas City"?

¿Por qué, al pasar por delante de uno de ellos, llega ese olor tan característico que desprendía el cine X que había delante de mi instituto? ¿Y por qué éste de los "casinos de barrio" no me atrae en absoluto, a pesar de las seductoras y contrapuestas sensaciones que la "Sala Azul" conseguía elicitar de mi imaginación adolescente y libidinosa? 

 

El caso del vengador pirómano III

III

Muy quemado

Larghetto incordioso

            Lo siguiente que pasó en la vida de Tom Rugelach quizá merecería la pena ser descrito de una forma menos sucinta, pero es que resulta tremendamente pesado relatar el proceso psicológico que siguió al accidente, y que sacó por completo de quicio al pobre Tom.

Si antes resultaba necesario para el desarrollo argumental y dramático de la historia que hubiera un incendio, ahora hay que dar por hecho que a Tom Rugelach se le caen varios tornillos, y queda un tanto desequilibrado.  El cómo llega nuestro hombre hasta tal extremo habrá que imaginárselo, aunque esperemos que lo ya relatado de su niñez, junto con las pistas proporcionadas por sus reacciones, y por la descripción del contexto socio-cultural en que vive, habrán de ayudarnos en la recreación off stage de los escalones que llevan a Tom a la irracionalidad que a partir de ahora mostrará .

            De momento cabe decir que la tomó con los bomberos.  Les hacía culpables de todas sus desgracias, y por ende les juró eterna  inquina.  A medida que se iba deteriorando la salud mental de Tom, su odio hacia los bomberos se acerbaba.  Se entusiasmó con el fuego.  No sabemos si ya de pequeño tuvo inclinación a jugar con mecheros y cerillas.  De ser cierta su predisposición, el incidente del automóvil no habría sido sino el detonador que hiciera prender de nuevo el rescoldo subconsciente de una piromanía reprimida.  Pero no vamos a pillarnos los dedos afirmando ni negando, sino que nos ampararemos en el recurso de querer dejar al lector concluir lo que mejor le pareciere.  Y tiramos del comodín para seguir narrando a continuación cómo la cuenta del gas subió a límites insostenibles, ya que el buen hombre, en su fanatismo, prohibió a su mujer e hijos apagar los quemadores de la cocina, que permanecían siempre en llamas.  Una noche de Mayo, cuando descubrió que la canguro había apagado el horno, que llevaba encendido desde Navidad (por el pavo, se entiende), Tom la emprendió a gritos con la pobre chica, diciendo que en su casa no quería apaga-fuegos ni profesionales ni aficionados.  La chica dejó de cuidar a los niños de los Rugelach y de fumar; gracias a eso terminaron no echándola del equipo de animadoras de su instituto, el Middleton High School,  del que pasó a la universidad de Wisconsin, donde conoció a su actual marido.  Ahora viven en Montana y tienen tres preciosos niños que creen en el futuro y que con un poco de suerte y mucho esfuerzo honrado llegarán a altos ejecutivos de una empresa de Internet, que es el futuro, obviamente. 

Tanto la temperatura en centígrados como la emocional llegaron a hacer de la casa de los Rugelach un sitio insoportable, y eso a pesar de que la mujer de Tom se deslizaba de la cama cada noche para apagar al menos los fogones, preocupada por la seguridad de sus hijos.  Luego la pobre tenía que levantarse antes que su marido, para volver a encender la cocina y que él no se diera cuenta.

El caso del vengador pirómano II

II El Dorado

Allegro ma non troppo

Los días que siguieron Tom intentó combatir el desánimo de mil maneras.  En vez de aceptar con resignación el hado, y achacarlo a la vida, que es así a veces, Tom se dedicó a visitar bufete tras bufete en busca de un abogado que le prometiera resolver el pleito a su favor.  Ni siquiera Allen Rothenberger, de la firma Rothenberger & Rothenberger,  ¾que se anunciaban en la tele prometiendo indemnizaciones millonarias a todo el que tuviera la mala suerte o el designio de caer en una zanja de albañiles¾  le animó a seguir con la porfía.  El caso estaba claro, y ni Perry Mason redivivo le ahorraría la multa.

            La señora Rugelach había venido de alguna remota parte de Europa muchos años antes, y aún conservaba esa resignación que caracteriza a quienes las han pasado canutas durante siglos.  Esa fue, y no otra, la fuerza que la sostuvo cuando quedó inútil el padre de Tom.  Silencio y barajar, achantarse y a seguir tirando para adelante, que Dios aprieta pero no ahoga, y cuando cierra una puerta otra se abre.  Pero su retoño era producto del país. Lo de la resignación callada le sonaba a actitud muy digna en Gandhi, o en un montañés balcánico harto de injusticias y limpiezas étnicas.  Pero en un americano de pro, hijo de la tierra de la oportunidad y merecedor por derecho de nacimiento de todos y cada uno de los derechos concebibles al ser humano en su más alta y elaborada expresión,  resignarse de ese modo no era justificable, perdonable ni aceptable.  Por no hablar de lo antipatriótico, y hasta lo anticonstitucional que una actitud resignada a buen seguro suponía.

            Pronto, Tom adoptó la firmeza de opinión y escasez de perspectiva que solemos asociar con la decisión inquebrantable, tomada tras convolutos razonamientos y reflexiones: si fuese necesario, lucharía hasta el final para reivindicar sus derechos, "you can bet your bottom dollar…"  Y si bien la negativa de hasta los más ladinos engañabobos de la abogacía le hiciera, como hemos visto,  abandonar la idea del recurso legal, otros recursos asistirían su justa lucha y allanarían el camino de su satisfacción.  Como en las películas de Charles Bronson.

El caso del vengador pirómano (Divertimento muy barroco en 10 movimientos)

I

 Una desafortunada casualidad

Adagio Assai

Tom Rugelach era un buen conductor. Siempre respetaba (en la medida de lo prudente) los limites de velocidad, jamas se saltaba un semáforo en rojo o un stop, y siempre aparcaba el auto donde no hubiera ni rastro de señales de prohibido.  Parar, siquiera un instante, delante de una boca de incendios no era su estilo ni su modus operandi, valga el latinajo.  Por todo ello, aquel día de lluvia tremenda y  frío desagradable en que dejara (si bien por unos instantes y sin que sirviera de precedente)  el coche frente a la boca de riego, mientras se acercaba al portalón de la escuela a recoger a sus hijos, Tom Rugelach se llevó una desagradable sorpresa. Como quiera que, no habiendo anticipado la posibilidad de un incendio en las proximidades, Tom se fio de la fortuna, ésta, que es muy arisca se lo tomó a chulería. Y como además de arisca, es poco original, no tuvo otra forma de mostrar a Tom Rugelach su osadía disponiendo que se declarara un incendio, como no, en las proximidades más inmediatas al malhadado coche de nuestro personaje. Así, el incendio se declaró, más como amante impetuoso que como tímido pretendiente, y la novia, en este caso el edificio adyacente al centro escolar, se vio pronto rodeada por las llamas de la pasión encendidas a su alrededor.

Aterrado, Tom Rugelach soltó las manitas de sus hijos y se puso blanco al ver el estado en que un camión de bomberos había dejado su mal estacionado vehículo. Llegados allí con la prisa y la urgencia que les caracteriza, los bomberos habían, en su celo extintor, desalojado el coche de Tom por la fuerza, para tener así acceso a la boca de incendios. El problema fue que los miembros del servicio contra incendios no se bajaron del camión en el que acudían a su honrosa misión antes de desalojar el coche de nuestro protagonista, con las consecuencias fácilmente deducibles del gesto de asombro y consternación que acabamos de ver en el rostro de éste. Antes bien, arremetieron contra el vehículo, nunca se sabrá si de manera fortuita o a consecuencia de un justificable celo profesional no exento de malicia hacia el (para ellos) anónimo saboteador.  La diferencia de masa entre ambos vehículos, añadida a la velocidad a la que se desplazaba el mayor de ellos, sin olvidar el detalle de que el menor se hallaba por completo inmóvil en el momento del impacto, ayudan a imaginarse el estado en que quedó el Honda Civic de Tom Rugelach, confirmando de paso las ventajas que tiene compartir narrador y lector unos conocimientos mínimos de las leyes de la Física.

            Cuando acudió junto a los afanosos bomberos, que desenrollaban las mangueras con prisa y eficacia, nuestro hombre se topó con la total falta de colaboración de los miembros del Servicio de Extinción de Incendios, que le comunicaron de forma bastante grosera que hiciese el favor de quitarse de en medio, que estorbaba y que había una casa ardiendo.  La madre de Tom siempre decía que su hijo había mostrado tozudez desde muy niño. Según la buena señora, antes de aprender a hablar, su vástago ya se había convertido en un maestro a la hora de salirse con la suya de cualquier modo posible, ya fuera llorando continuadamente durante horas, o simplemente berreando hasta empujar al límite la paciencia de sus señores progenitores. Mr Rugelach, el padre de Tom, era muy buen hombre pero muy inestable en lo tocante a las emociones, tanto que un buen día se le juntaron el hambre con las ganas de comer (digo una depresión originada por el estrés con una insoportable tarde de llantinas y berreas infantiles) y Mr. Rugelach, fuera de sí en lo psíquico, decidió hacer lo propio con lo físico y se lanzó de cabeza por la ventana. No se mató, empero, dada la escasa altura del segundo piso donde en aquel entonces residían los Rugelach, sino que quedó inútil para el resto de sus días. Los cuales fueron muchos, y dieron mucho que hacer a Mrs. Rugelach, que lo aceptó todo con resignación cristiana.

            Puestos así en antecedentes de su personalidad, no nos será difícil imaginar cómo se pondría de pesado esta vez con los bomberos el ya crecidito Tom. Lo suficiente como para que el capitán de estos le comunicara de mala manera que hiciese el favor de desaparecer de allí si no quería que lo detuviera por escándalo público. Tom dudaba de la validez de la amenaza, sospechando que un capitán de bomberos por muy capitán que fuera y mucha gorra de plato y mucha sirena en el coche carecía de la autoridad constitucional para arrestarle a uno.  Mientras así dudaba, notó Tom con desasosiego cómo la cara del capitán se enrojecía cada vez más y se le empezaban a notar las venas de las sienes.  Advertido del sentido común, o de lo que de él le quedaba, el ultrajado infractor del código de circulación optó por una retirada estratégica, y se fue con sus hijos, que estaban muy contentos por la de aventuras que iban a poder  referir el día siguiente a sus amiguitos.

            Cuando, a la mañana siguiente, Tom Rugelach volvía en el taxi a la oficina, tras hacer una visita burocrática a la concejalía de tráfico, lo hacía cariacontecido y meditabundo. El resultado de sus pesquisas y quejas había puesto en claro una cosa.  El seguro de responsabilidad civil que tenía suscrito desde hacía tiempo no cubría esta eventualidad.  Estacionarse, si bien por breves minutos, frente a una boca de incendios, no sólo era ilegal, sino peligroso y  caro.  El coche quedaba hecho trizas, y además le caía una multa que derribaba de un soplo sus esperanzas de irse de vacaciones a Miami el verano próximo.

Continuará (mucho me temo que)

 

Pegando carteles

El mayor tiene 38. En estos momentos no trabaja. Vive con su madre y un perro. La señora es viuda de sub-oficial adepto al régimen. El más joven no pasa de los 21. Conduce un Mini Cooper que parece de juguete. Lo usa para ir a la universidad privada donde cursa estudios, desde que suspendió la selectividad y su padre le dijo que o eso o ganarse el jornal en la empresa familiar. De la que él ni siquiera conoce el sector económico en que se inscribe. El mayor vive en Vallecas. El menor se traga todas las mañanas el atasco de La Moraleja a Ciudad Universitaria, oyendo la radio. Luego, en vez de ir a clase de Ética Cristiana (obligatoria y común en todas las titulaciones de Humanidades) se fuma unos porros con los amigos, buenos chavales. Menos los días en que el otro viene a recogerle y se van los dos en el MIni por ahí, a pegar carteles. "Esto se llena de negros todo el día, pidiendo o aparcando coches, y molestando a las señoras que va a hacer la compra tan tranquilas" dice el mayor, mientras pasan por Julián Romea. A la altura del Vips el más joven aparca el Mini en doble fila, y bajan los dos, uno con el cubo y el otro con papel y escoba. Están excitados. Se sienten rebeldes, y quieren imaginarse temerarios, aunque en realidad no corren ningún riesgo. Otra cosa sería intentar fijar los carteles en las tapias que rodean al Constitucional. Además de las cámaras, están los policías, que no tienen el más mínimo problema en que vayan a hacerlo a media manzana, por la Plaza de Cristo Rey, pero que no les van a dejar pegar consignas de "La Nueva España" más acá del Hospital. "Mientras cada uno permanezca en su sitio, no hay problema" dice de nuevo el mayor. "Y el sitio de ésos es el puto país de donde hayan salido" comenta, mientras repasa con la escoba chorreante de engrudo el cartel que el más joven sostiene por las esquinas. Luego asiente, pero en realidad está distraído mirando al Mini. "Se ha portado el viejo con el regalo de cumpleaños. Si no tuviera ese pronto que tiene..."   

Cernuda en Massachusetts

Mount Holyoke, Massachusetts. Allí recaló Cernuda, en un sitio idílico durante dos semanas al año, una en primavera y la otra en otoño, cuando el paisaje se viste de colores que para un sureño son tan imposibles como los de un olivar en febrero para alguien de Nueva Inglaterra.
Las restantes cincuenta semanas del año en Mount Holyoke debieron ser terribles para Cernuda. Señoritas de la alta burguesía preparándose académicamente para cazar un marido con talento y tener buenos temas de conversación en los cocktails y soirees (should I say parties?), padres y madres de dichas señoritas, pastores episcopalianos tomando "Martini Dry" y donantes de la universidad, a quienes habría que entretener en veladas interminables, pues para eso gastaban sumas millonarias en mantener el prestigio de la institución, todo ello debió hacérsele trago amargo al poeta.
Pero quiero suponer que lo más amargo para Cernuda fue vivir en una continua penumbra, en la oscuridad septentrional y anglosajona de Nueva Inglaterra, de inviernos mucho más largos y aburridos que aquellas veladas pseudo-académicas. Cuando estás habituado a tener que quedarte en casa porque hay días en que el sol justiciero hace reverberar las baldosas de la calle, tener que hacerlo porque cubre la puerta de tu casa un metro de nieve sucia, vieja y dura resulta muy duro. Tanto, que la explosión caduca del otoño, con su orgía de rojos, amarillos y ocres no justifica el sacrificio.
Quizá por eso, en parte, Cernuda acabó yéndose a vivir a México.

Recomiendo ver este vídeo, acompañado de un texto del poeta. Yo lo encontré aquí: http://elojodeltuerto.com/

Y Losantos sueños son

Anoche soñé que Jiménez Losantos se dejaba crecer una florida barba, ceñía (en buen hora) espada al cinto, y acaudillaba una hueste de taxistas madrileños, que asaltaban los altos alcázares de la calle Génova al grito de "¡con dos cojones!". El cielo se abría para presenciar tan magna ocasión y desde él, como un pantócrator leridano, presidía el mismísimo Caudillo, a la su diestra Aznar, el de las negras guedejas, y a la siniestra (es un decir) la Duquesa de los Aguirres. Un coro de alféreces de infantería travestidos de querubines (las alas, en vez de plumas blancas, lo eran de pollo frito del Kentucky Fried Chicken) presentaba armas, mientras Belén Esteban (juro que yo tampoco sé qué hacía ésta en mi sueño, a juzgar por el cásting onírico) recitaba un madrigal con el título de "A Jean Marie Le Pen, mon seigneur".

Esta mañana hice venir a mis aposentos al astrólogo judiciario que solemos mantener en nómina desde que acertó la combinación de la Primitiva, y le ordené que me lo analizara (el sueño). Abandonó la estancia cabizbajo, y esta noche, a la hora de cenar, me ha puesto junto al plato de salmorejo un sobre con su dimisión. "Me voy por donde he venido", ha dicho mientras desaparecía, con un petate al hombro. Me he quedado con dos palmos de narices, y he intentado inquirir entre el servicio. Unos me han dicho que si era moro y que no le gustaban los afeitados en seco (tampoco yo entendí esa referencia a barbas mojadas y vecinos rasurados a la fuerza), mientras que otros hicieron veladas referencias a que la familia del astrólogo había sido de herejes, y reconciliada por el Santo Oficio por haber votado a Izquierda Unida en unas autonómicas.

El caso es que me he quedado sin astrólogo judiciario (y eso que le debía el salario de tres meses) y sin saber qué significaba, vaticinaba u otrosí advertía mi sueño, con lo que temo no poder conciliarlo esta noche. Haría llamar al bufón de la corte, pero desde que le pegaron una paliza los seguratas del metro, está muy tristón y no me hace gracia ninguna. 

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Picasso y el humo del tabaco

Una nueva campaña publicitaria de ediciones SM (http://www.youtube.com/watch?v=5lIh9_GMU1Y  intenta reivindicar la importancia que tienen, que tenemos, los profesores, los maestros, los que enseñan. Alguna causa habrá para que se hagan necesarias estas campañas, así como las otras, las institucionales que intentan recordarnos que no es labor fácil ni debe menospreciarse a quien tiene a su cargo la educación de los ciudadanos de dentro de poco. Y no digo más, porque duele.

En esta campaña en concreto figura un anuncio de televisión donde la protagonista (una profesora hablando en clase) cuenta una anécdota de la vida de Picasso. Según esta anécdota, el genial malagueño nació muerto, y fue sólo después de que su tío le soplara en la carita el humo del puro que se estaba fumando que el neonato por fin comenzó a respirar. La anécdota queda registrada aquí: http://www.psikeba.com.ar/articulos/VDpicasso.htm en un texto de Viviana Dreidemie "Yo Picasso: La penúltima versión de la realidad". Lo de que naciera muerto me parece querer rizar un poco el rizo. Es de pensar que con soplar para aclarar las vías respiratorias del bebé habría sido suficiente, sin que tuviera que intervenir el humo del cigarro, pero Picasso era un tanto dado a adornar su biografía, y el puro que da la primera bocanada de vida a quien habría de convertirse en uno de sus más geniales celebrantes da un toque poético a la historia.

Pero lo que me da pena es pensar que, incluso con la jurisprudencia sentada por la emisión de este spot publicitario, nada ni nadie me salvarían de la quema si se me ocurriera usar esta anécdota en clase. Habría que ver la de protestas airadas de algunos padres de alumnos, ofendidos y exigiendo ver castigada mi invitación al uso y disfrute de tabaco y otras drogas, que sería lo único en que muchos pensarían si sus nenes les comentaran a la mesa del almuerzo lo que el profesor contó el otro día en clase.

Un día de San Isidro

Dejé de escribir. Debía haber seguido creyendo en que el escaso conteo de visitas en realidad significaba otros tantos lectores, pero me llegó la edad adulta como quien pilla el sarampión a destiempo, y lo abandoné. Me entró miedo a vivir, a no conseguir hacerlo decentemente (vivir, escribir, lo que sea) me obsesioné con los alquileres y me convencí de que mis palabras no encontrarían lectores. Tuve un hijo y tuve que ponerme corbatas para pagar el alquiler. El contador de visitas seguía goteando un mísero chorrito, que nunca llegaría a llenarme el vaso. Además, me dije, la mayoría serán gente que acaban allí por arte de birlibirloque digital.

Hoy ha hecho 38 años desde el día en que nací. Hubo intención, dicen, de cristianarme con el nombre del santo madrileño. Pero alguien (desde aquí le doy las gracias) votó en contra (suponiendo que la decisión de darme nombre se sometiera a cónclave, lo cual dudo, por más que me gustaría así imaginarlo). Y que no se enojen los hagiófilos (sí, me la acabo de inventar, ¿y qué? ¿habrá un comité de lectores indignados de enviarme una protesta firmada en defensa de la lengua castellana...?) porque nada tengo en contra del mozárabe labrador, si acaso que anduviera metiéndose en políticas, apareciéndose a Alfonso VIII para ayudarle a ganar en Las Navas de Tolosa, labor que, sin duda, le pisó a Santiago, quien para esos menesteres era el más indicado.

El caso es que no me pusieron Isidro, ni me criaron para labrador, ni puse pies en Madrid hasta ser ya muy talludito y, no obstante, hoy he celebrado mi cumpleaños con mi hijo, vestidos ambos de chulapos, paseando para que nos parasen las viejas a decir lo guapo y lo simpático que estaba mi bebé vestido de lumpen proletariat urbano de finales del XIX, haciéndonos fotos e hinchándome de orgullo paterno. Y ahora, para más inri, voy y lo cuelgo en mi blog.

  

Viajar, morir

En las noticias de un canal nacional de televisión dan la noticia. Todavía no se dispone de suficiente información, pero el presentador promete ofrecerla a sus televidentes en cuanto se recaben "nuevas noticias llegadas desde ese pequeño país de la Península Arábiga donde 7 españoles han perdido la vida en un atentado terrorista". Yemen, compruebo, tiene una superficie de casi 528.000 quilómetros cuadrados, 22.00 más que España. Su población es de alrededor de 20 millones de personas.

Desde esta parte del mundo, todo parece más pequeño de lo que es, y el Yemen no iba a ser una excepción. También la ignorancia humana es mayor de lo que parecía. Lo absurdo, lo terrible, es que 7 de los de decidieron poner fin a esa ignorancia, 7 viajeros que quisieron ir a ver la realidad, para volver y contarlo a otros (que viene a ser la única forma de entender a otros pueblos de una vez por todas) hayan tenido que pagar con su vida. ¿Adónde va el Ser Humano de vacaciones este milenio? ¿de cabeza a una época oscura, en la que los antípodas vuelvan a ser extraños seres de una pierna o cabeza de perro, a fuerza de no vernos, de no tocarnos con ellos, de no saber, de no querer conocer? Es una lástima que sólo consideremos héroes a los viajeros antiguos (Odiseo, Marco Polo, Cabeza de Vaca...). Quizá algún día, si no seguimos descivilizándonos a marchas forzadas, estos 7 valientes serán considerados luchadores contra el aislamiento, el miedo y la ignorancia.

 

 

Paradoja inmobiliario-futbolística

Vaya por delante que reconozco mi ignorancia en lo tocante a leyes financieras y/o macro-económicas. Pero el otro día se me planteó la siguiente duda, al oír que los revendedores de entradas para el fútbol deben hacerlo a "escondidas", pues la ley prohíbe su actividad:

Si es ilegal comprar una entrada de tribuna en el Santiago Bernabeu por ¿50 euros? y luego revenderla por ¿850?, entonces ¿por qué no lo es comprar un zulo de 40 metros cuadrados por 6 millones de pesetas y venderlo 4 años después por 300.000 Euros del ala?

O, expresado de otra forma, ¿por qué el capitalismo salvaje sirve para mantener una población al completo adeudada o infra-alojada, pero en cambio no es aplicable para pedir el oro y el magrebí por 90 minutos de expansionismo deportivo?

Paradojas con hemoglobina, o contradicciones sangrientas

Según el Partido Popular, Israel no hace más que responder legítimamente a un ataque terrorista perpetrado desde territorio libanés. En consecuencia, la aviación y artillería israelíes pueden en toda ley bombardear Beirut. Y si se aduce que mire usted, que si las víctimas inocentes, que si cientos de miles de personas que nada tienen que ver con terrorismo, cohetes ni escopetas de feria, la respuesta es tan tajante como su defensa de las víctimas de ETA: “no se puede permitir que los terroristas se amparen y/o escuden tras la población civil. Caiga quien caiga, y esto es lo que hay.”

 

Supongo que el PP va diciendo estas cosas por convencimiento moral e ideológico, no sólo por el mezquino deseo de desgastar al Gobierno. Por ello, me pregunto cómo habrían reaccionado estos mismos señores a una situación imposible hoy y muy improbable hace 25 años. Supongamos, por amor al arte, que ETA hubiese arrojado piedras contra su propio tejado, atentando gravemente contra intereses y vidas franceses, desde supuestas bases en el corazón montañoso y montañero de las Vascongadas / Euskal Herria. Supongamos que el gobierno francés, tomando una decisión digna de un rabino ultra-ortodoxo, hubiese bombardeado Pamplona, Bilbao, Zaragoza y tres o cuatro ciudades de la Meseta, mientras La Barceloneta era blanco de la artillería naval gabacha.

 

Supongamos que, además de dejar a la España en transición a merced de un golpe de Estado, nos hubieran arrasado el Barajas pre-T4 y, de paso, toda la red de carreteras, con más de la mitad de los dichosos pantanos del franquismo yéndose por el desagüe a base de pepinazos teledirigidos. Seamos “gore”, y pongamos que, en esta “justa” retribución francesa a un ataque terrorista abertzale desde aquende Hendaya, acabaran muertos varios cientos de civiles, entre ellos unos cuantos pro-etarras irredentos, con varias docenas de carlistas trasnochados, viajantes de quesos manchegos, abuelas navarras, gasolineros murcianos, fontaneros barceloneses de barriada, de las de cemento barato y derrumbe fácil, y hasta algún que otro policía municipal de ciudad de provincias, Burgos por ejemplo, ¿por qué no?

 

Me pregunto si, según los líderes del Partido Popular, las marujas de la Transición habrían sido justamente descritas como “instrumento de los terroristas”, o “escudo humano” tras el que se cocinan atentados terroristas. Supongo que, en pura lógica, así debería ser; pero claro, como decía, se trata de un supuesto imposible, improbable, pura demagogia, al fin y al cabo.    

Tengo un amigo en Beirut. Estos días hemos estado en contacto –lógicamente preocupado yo, y muy asustado él, con más razón. Esta mañana le envié una URL, para invitarle a que leyera lo que Gustavo de Arístegui escribe y muchos otros debaten en la red:

http://blogs.periodistadigital.com/aristegui.php

 

No debí hacerlo. Me di cuenta cuando leí su lacónico mensaje: “Aquí caen bombas en las panaderías, ya no quedan carreteras, y en España todo sirve para desgastar al Gobierno. En Sol, tomando café, me parecería lo más normal del mundo. Ahora mismo no lo entiendo. Tengo que comprar agua. El problema es que no sé dónde, a quién, ni cómo, pero el niño se me va a deshidratar. Hasta pronto.”

 

A media mañana he perdido el contacto con mi amigo. Espero que esté bien, y que el único problema sea que por fin un F-16 haya acabado con el repetidor más cercano, o con el transformador que lo alimenta, como él mismo llevaba temiendo desde que empezaron a caer bombas en su barrio.  

El patio de mi casa es demasiado particular

Cuando llueve, claro está, se moja mi patio, y se moja la ropa tendida, que hay que volver a lavar, porque el aire de Lavapiés está muy sucio, y la lluvia no cae virgen sobre las sábanas limpias.

En mi patio hay unos vecinos, los de arriba, que vienen de varias partes del mundo que no lo son de la Península Ibérica, ni del continente europeo. Viven en un piso igualito que el mío, también alquilado, del mismo tamaño, con la misma distribución, la misma solería en la cocina y el mismo parquet de tarima flotante en el resto de sus 35 metros cuadrados. Tiene un dormitorio, como el mío, desde el que se verá el mismo trozo de cielo sucio y la misma ropa tendida; desde otra perspectiva quizá, por estar más alto, pero con el mismo paisaje de poca esperanza. Los vecinos de arriba me hicieron blasfemar en alta voz el último fin de semana, harto como terminé de gritos, zapatazos, carreras, arrastre de muebles, voces y martillazos intempestivos durante horas sin fin, hasta bien entradas las de la madrugada. Y es que, donde comen tres, comen cuatro, que decía mi abuela, que supo de hambres. Y donde duermen, viven, festejan, crían retoños y disfrutan de la vida dos, también pueden hacerlo diez, a pesar de los 35 metros cuadrados y del cielo sucio y de la luz mezquina de patio que no lo es menos. Y a pesar también de la cefalea y la mala leche de un servidor que, harto de coles y de los nervios presa, terminé por llamar al casero de los vecinos.El señor casero es dueño de varios pisos de la finca en que vivo, pero no del que habito, gracias al cielo. También lo es de una calva muy respetable, guarnecida de respetabilísimas sienes plateadas. Todos ellos (la calva, la plata de las sienes y el señor casero) son de esta parte del mundo, aunque no sabría decir de cuál de sus collaciones, ni por una vez eso importa, que no sólo de Estatuts vive el hombre. El señor casero se mostró indignado cuando le llamé para decirle que sus inquilinos de arriba me estaban impidiendo oír mis propios pensamientos, puros e impuros por igual, en lo que parecía la construcción y posterior quema de una falla valenciana en medio del salón. “Esa gente no son de aquí, sabe diós de qué parte vienen, y se meten ciento y la madre y me destrozan el parqué, que habrá luego que acuchillarlo, pero no se preocupe usted, que yo mañana me encargo de advertirles que…Inmediatamente me sentí cómplice de la vileza. Palabras como “moros”, o “negros” salpicaron el resto de su parte de la conversación, que no sonaba a disco rallado, sino a CD de los que te joden la lente y el láser, de los que emiten unos chasquidos que te hacen daño en el tímpano. Luego me enteré de que sí, que claro que se mudaban más, que por eso el aumento del jaleo y el trasiego, para más inri de mi cefalea. Y también me enteré de que el alquiler del piso de arriba, con sus mismos 35 metros cuadrados, es de más de mil euros. Supongo que merecerá la pena acuchillar el suelo de tarima flotante cada cierto tiempo, a cambio de ese dinero. También debe ser fácil dar la razón a un vecino quejoso y capearle con dos comentarios racistas, xenófobos y trillados, tan salidos del alma pero tan fáciles de olvidar a finales de mes cuando ingresan el alquiler en nuestra cuenta bancaria.En cualquiera de éstas nos dirán, si se nos ocurre pedir un préstamo hipotecario, que la cantidad destinada a la vivienda no debe superar cierto porcentaje de los ingresos familiares. También nos dirían, si alguien estuviera interesado en preguntar, que no son muchas las nóminas que superan los mil euros mensuales, y que muchas familias del barrio y sus patios tienen que vivir con ochocientos o menos. Sin embargo, los mil y mucho pico que cada mes se embolsa el muy “acuchillador” señor casero no son la excepción, sino la regla, y en algún sitio tienen que dormir, comer, festejar la vida, o sufrirla, los muchos miles de “moros, negros o lo que sea” (como los llamara el señor casero) que hoy limpian, construyen, arreglan, cuidan o simplemente habitan la ciudad, a cambio de sueldos a prueba de soñadores. Me pregunto qué cantidad haría que mereciese la pena acuchillar algo más que un suelo de madera. 

 

 

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La tregua de ETA, claro -¿qué esperábais?

Querido amigo,

Como sabrás, la reciente noticia de la tregua ofrecida por los terroristas de ETA al gobierno de ZP ha suscitado una euforia general en gran parte del país, euforia que parece puede desembocar en el final del conflicto armado que ha venido azotando España desde hace ya demasiadas décadas. Nada más lejos de nuestra intención que cuestionar la necesidad de dicho final, ni de intentar prolongar una situación que todos consideramos terrible y dañina para el bien común. Pero sí que estamos preocupados ante la posibilidad de que el actual ejecutivo nacional termine por firmar una paz a toda costa, en la que quedarían impunes los delitos cometidos por los terroristas.

Creemos en la Paz, con mayúsculas, pero consideramos imposible que ésta nazca de la injusticia, del olvido y de la impunidad para con aquéllos que han apoyado, fomentado y/o permitido la violencia.

Es por ello que deseo invitarte, mediante la presente, a que participes en la manifestación de rechazo convocada para dentro de poco por ya tú sabes quién, y a que unas tu voz a las de cuantos queremos para nuestro país un futuro en paz, a través de un presente en justicia.

Aprovecho la ocasión para saludaros a ti y tu familia.

 

Sin otro particular, se despide atentamente,

 

Uno de los detodalavida

 

 

Queridísimo amigo,

Estoy completamente de acuerdo con cuanto expresas en tu mensaje. No podemos permitir que, en nombre de una supuesta paz, que más llamaría capitulación, se pisotee la memoria de todos los que murieron a manos de esos asesinos.

Es por ello que lamento tener que comunicarte que no podré asistir a la manifestación, por razones familiares, ya que estaré visitando por esas fechas a mi abuelo, el General Todosfirmes, quien cumple, como tú sabes, los noventaytantos en su dorado retiro de Puerto Banús.

Aunque ya sabes que a veces se pone pesado enseñando sus medallas al mérito militar, contando sus batallitas de cuando la Guerra, o rememorado sus cacerías con El Caudillo, siempre es un placer compartir con él esos momentos tan entrañables. Y no hablemos de que me interesa tenerle contento, con tanto primito moscón queriendo hacerle carantoñas a la herencia del ilustre abuelo…

Espero que sepas disculpar mi ausencia, aunque te aseguro que, si bien mi cuerpo mortal estará tomando el sol a orillas del Mediterráneo (un trozo de orilla que papá recalificó en el 74, cuando era alcalde, y que luego compró el abuelo con esa sagacidad que ya le distinguiera en el 36), mi espíritu estará con todos vosotros, gritando consignas en pro de la justicia.

 

Deseando lo mejor para ti y los tuyos, se despide afectuosamente,

 

Otro que Tambienbaila

Estudiantes en pie de guerra

No soy científico, pero sé que cuando se dispone de pocos datos, o cuando no se presta atención a las variables, puede uno llegar a extrapolar conclusiones que parecen ciertas y lógicas, pero que acaban siendo completamente falsas.

 

Así, si uno lee en la prensa de estos días de víspera de primavera de 2006, y se fija en los titulares de palabras como “universitario”, “protestas multitudinarias” o “represión policial”, podrá comparar las protestas estudiantiles en Francia con las aparentes manifestaciones de inconformismo de sus colegas españoles. En el primero de los casos, se trata de una protesta generalizada en contra de una nueva ley laboral. Ley que, según los estudiantes franceses, puede ser nociva para el total de la sociedad gala. Por el contrario, el descontento que estos días muestran los universitarios españoles viene provocado por las medidas policiales tomadas por algunas ciudades para reprimir la celebración del tradicional “botellón” de bienvenida de la primavera.

 

Desde un punto de vista medianamente científico, extrapolar de estos datos que la juventud francesa tiene sobre los hombros algo más que la excusa para peinarse el flequillo “a la Ralph Lauren”, sería falaz. Obviar los abismos que median entre ambos contextos para acabar concluyendo que, mientras los estudiantes francos se preocupan por su futuro, los españoles sólo salen de su apatía para exigir el derecho a ensuciar parques, alamedas y polideportivos, emborrachándose a la sajona (deprisa y de mala leche), sería injusto, además de completamente anticientífico.

 

Pero bueno, como ya he dicho, no soy científico.

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