Cuadernos de Lavapiés |
![]() http://cuadernosdelavapies.blogia.com Líneas cuesta arriba.
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Hay que echarle imaginación. Hay que ver, primero, lo que más lejos está: olivares en líneas rectas, pero no tanto, que los agrimensores no son lo que eran. Campiñas, monte adehesado, cubos casi perfectos de cal guardando viñas, un borrico si se quiere dar pincelada propia de belén napolitano…Pero más importante que el tamaño de los olivos, el color del aire, de una noche con sol de julio, de olor a estiércol y jazmín. El silencio que acompaña al final de una tarde de fuego parece inclinar la balanza a nuestro favor, y por fin, a la luz fucsia del anochecer de verano, vemos que la ciudad se ha quitado muchos siglos, desnudándose pícaramente, para dejar de ser la que conocemos, y convertirse en una ficción perfecta de sí misma. Cuando, por fin, la ciudad se ha vuelto muchacha, es el momento adecuado para realizar el conjuro. De la oscuridad aún caliente, de la tierra reseca y de las piedras de las murallas que otra vez la circundan, del agua del río sale una voz incomprensible: “Mi pena es a causa de un hombre violento”, dice la mujer joven, repitiendo los versos de un cantar antiguo. “No me deja moverme y me castiga, y si salgo, con males me veré”, entona mientras recoge la ropa que cuelga al lado del río. Y mientras la dobla y la mete en el cesto, canturrea con un quiebro conocido, imitando a algún cantor de renombre: “Madre, dime qué haré”. Cuando ya casi no queda luz, la muchacha se pierde entre las calles del arrabal, mientras piensa en su suerte, que no es tan cruel como la de otras, porque su hombre no será un hombre violento, sino un joven elástico y cariñoso, que jamás le prohibirá salir al río cuando el sol ya no haga daño, y que no la castigará si llega a casa enfadado o borracho. El alumbrado público declara el final del experimento, y la coplilla se ahoga entre los compases de un reggaetón, el que va retransmitiendo un deportivo tuneado, parado ahora mismo en el semáforo, que ha regresado del más allá como un tri-cíclope vengativo. El olor del jazmín y los primeros auxilios de una brisa que viene a curar del calor excesivo de la tarde no parecen hacer efecto sobre la pareja que habita el coche ruidoso, de color y ritmo. Discuten, y ella sale del lado del copiloto, trastabilla y casi cae, no se sabe bien si por torpe o por herida. Del otro lado sale él. No ha habido un acuerdo en el precio, o el cliente no ha quedado satisfecho, o no ha saciado aún su repugnante sed de humillar. No le importa. Mientras le agarra el pelo para descubrir su rostro, y hacer mejor blanco en su tabique nasal, ella se pone a cantar. “Mama, gar ke farey”. |