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Cuadernos de Lavapiés

Crónicas de San Simón

Gallardetes de Gallardón

Luego, claro, me dicen los pocos amigos que cuando escribo se me va la olla literaria, y casi que hay que usar un folleto de instrucciones para entenderme. Algo que no tendría nada de malo, si no fuera porque cuando no me leen, me muero de asco.

Sin embargo, no puedo evitarlo. La culpa no es mía, sino de aquellos libros azules de Anaya, de don Lázaro Carreter, o de aquellos profesores que nos obligaban a memorizar algún que otro poema. A mí se me quedó poco del de Mío Cid, pero el otro día, viendo a Gallardón decir lo de "en política, como en la vida, a veces se gana, a veces se empata, y otras veces se pierde..." se me desbocó la memoria pasiva, y los labios se me movieron automáticamente para recitar, impostando la voz: "Dios, que buen vassallo, si oviesse buen Señor".

Le falta al alcalde de Madrid una barba florida y una cota de malla cubierta de túnica blanca. En la pechera, en vez de la afrancesada cruz templaria, debería llevar don Alberto la de Santiago, o la de Calatrava, o una de Alcántara, guardianes del puente moruno. Y como los antiguos comendadores, los que ninguna Fuenteovejuna se atrevió a tocar, debería montar en su corcel de guerra y bajarse al Puente de Segovia, a ajustar cuentas en justa justa con la loca Aguirre, que para estar en su papel, debería tocarse el cráneo con un morrión de conquistador venido a más.

Estaría bonito, la verdad, arremolinarse en las alturas, quizá desde el Viaducto, quizá desde las Vistillas, para animar al valiente doncel, el que en buen hora ciñó vara de regidor, no a que descabece a la hidra, sino a que espolee, y venga a unirse a los moros de taifas, que se haga tornadizo y nos defienda campos y ganados de las lanzas de la encomienda. Que está la cosa mu acuchá.

Mesones de Paredes, amas de cría y pasteleros

La calle del Mesón de Paredes fue una de las primeras que quise ver al venir a vivir a Madrid. En 1939 mi padre, que venía con los de Franco y con 19 años de su edad de entonces, se estableció en esta calle, y de ella le oí hablar desde niño, en mi infancia de barriada andaluza.

No sé si mi padre lo sabía entonces, pero en la Edad Media, un Simón Miguel Paredes tenía por aquí el más grande mesón de la villa. El emplazamiento de la fonda, en una de las subidas al burgo medieval, y la endémica escasez y calidad de las ventas y mesones ibéricos (de creer a los viajeros de todo siglo pasado) parece que favorecieron el florecimiento del negocio. Tanto que, unos pocos Paredes más tarde, el apellido acabó por tomar preposición y sus portadores, cargos públicos en el gobierno local.

Para los cuarenta del siglo acabado de pasar ya no estaba la fonda famosa, pero sí los fondos de un barrio abigarrado y trajinero, que fue lo que gustó a mi padre, quien no en vano venía de pueblo y de una guerra.

Pero entre los medioevos mesoneros y la posguerra de buscavidas, y según cuenta Pablo de Répide, se halló en la calle del Mesón de Paredes una de las más reputadas y antiguas pastelerías de España, y aún de Europa, una que ya era famosa en tiempos de Quevedo. No eran las de aquella época como las de hoy, ni era su principal negocio la producción de croissants o pastas de té, sino la de pasteles o empanadas rellenos de carne, como la que sirvió de último reposo a los restos mortales de los padres del Buscón de Quevedo, quien no le tenía al gremio mayor aprecio que a los de médicos o escribanos, lo cual es mucho y malo que decir...Y es que los bulos, fundados o no, de la España aurisecular acusaban a algunos pasteleros de pocos remilgos a la hora de obtener carne para el picadillo del relleno, no haciendo ascos a la de ajusticiados, no tratándose de los quemados por el brazo secular, quienes, además de herejes, quedaban inservibles por culpa de la cruel barbacoa.

También cuenta Répide que en sus tiempos (los comienzos del siglo XX) abundaban en la calle Mesón de Paredes las agencias de amas de cría, y añade un comentario crítico sobre la inocencia de las chicas de pueblo, que perdían la doncellez en los prados del norte para poder así entrar en el negocio del alquiler mamífero. Resulta irónico, tanto canibalismo directo o indirecto, y curiosa la coincidencia de vocaciones en la Historia de esta calle. Desaparecieron los pasteleros sospechosos de canibalismo pesetero, y los sustituyeron las lactantes por horas, pero en el fondo el negocio continuó siendo el de alimentar a unos a base de otros, menos afortunados. Ya fuera a costa de sus proteínas lácteas o cárnicas.

Y, cómo no, un paseo por la actual calle del Mesón de Paredes confirma la tradición y quiere perpetuarla. Hoy, esta calle empinada sorprendería a mi padre, quien quizá sería incapaz de verse en los rostros inmigrados que animan las esquinas del siglo XXI. Yo, que no conocí el Madrid de la posguerra, sí puedo y quiero ver en el vecindario de hoy la herencia y la continuación de lo que fue. Aunque cambien los rasgos y las lenguas, sigue habitando Mesón de Paredes gente trabajadora y humilde, que intenta hacerse hueco y lugar, y que en el proceso arma ruido y recorre las calles incesantemente. Pero claro, yo no he conocido el barrio como otros, que llevan toda la vida aquí y ven ahora como se les ha ido, porque ya nada es lo mismo. Como yo soy nuevo, puedo creerme que no hay tanta diferencia entre un senegalés recién llegado y mi padre hace sesenta años, recién salido de una guerra y con ganas de seguir vivo.

Y cuando digo que sigue la tradición, también me refiero a la de la venta de secreciones corporales. La de ahora no es exclusiva de mujeres paridas. Hoy se alquila el sudor de la gente con o sin papeles, o se le chupa el sustento pidiendo alquileres astronómicos o se apuran los beneficios excluyendo al trabajador extranjero de seguros sociales.

Tom Cruise y la Contrarreforma

En 1623, el Príncipe de Gales se plantó en Madrid, sin avisar y de incógnito, acompañado tan sólo por el Duque de Buckingham. Venía el inglés a casarse con la infanta doña María, hermana del católico monarca don Felipe el IV de su nombre, el que mira a Ópera desde la Plaza de Oriente. Lo cuenta Manuel Fernández Álvarez, e informa de cómo el problema confesional amenaza la buena marcha de la alianza anglo-hispana: el anglicanismo profesado por el heredero al trono de San Jorge parece impedir la aceptación del enlace, en un tiempo en que la obediencia o desobediencia a Roma eran razón de estado a nivel continental.

El caso es que la ciudad decide tomar cartas en el asunto, y se organiza una rogativa por la conversión del herejote britón, costumbre nada rara en tiempos de inundación, sequía, fuego o terremoto, y que sólo hace poco se ha abandonado en favor de peticiones de fondos de cohesión europeos, que parecen más eficaces que las antiguas novenas a la virgen o santo patrón de turno. Así, el cardenal primado de España decide que, puestos a hacer las cosas, mejor es hacerlas bien, y organiza a las órdenes religiosas con sede en la Corte, para que de los conventos, parroquias, basílicas, seminarios, vicarías, sacristías y beaterios de Madrid salga una mar océana de penitentes, que procesionan con desparpajo por las calles de la ciudad:

...unos con calaveras y cruces en las manos, otros con sacos y cilicios, sin capuchas, cubiertas las
cabezas de ceniza, con coronas de abrojos, vertiendo sangre; otros, con sogas y cadenas a los cuellos,
y por los cuerpos, cruces a cuestas, grillos en los pies, aspados y lisiados hiriéndose los pechos con
piedras, con mordazas y huesos de muertos en las bocas, y todos rezando salmos. Así pasaron por la
calle Mayor y palacio, y volvieron a sus conventos con viaje de tres horas, que admiró a la Corte y la
dejó llena de ejemplos, ternura, lágrimas y devoción. (León Pinelo, "Anales de Madrid", ed. de M. Fdez.
Álvarez)

Fernández Álvarez cita al cronista León Pinelo, contemporáneo y orgulloso conciudadano del devoto desfile de flagelantes, penitentes, harapientos voluntarios y/o forzosos, nubarrones de incienso y estandartes divinos. Habrá que imaginarse, nos dice el historiador, a más de un Lazarillo de carne y hueso, o a un Guzmán de pelo en pecho, chupando la calavera de un desgraciado ignoto, mientras uno de los muchachos callejeros de Murillo le molía la espalda a cintarazos, haciendo que la sangre salpicara el guardainfante de una dama de la devota audiencia, en un gesto galante que ponía cachondas a las españolas de hace 400 años. Al de Gales, en cuya isla habían pasado el siglo precedente aboliendo pasiones cofrades y tendencias rocieras, se le quitaron las ganas de volver al redil romano al ver semejante espectáculo, y al final la boda no tuvo lugar, como tampoco lo hubo para la alianza duradera con el inglés. Cierto que tanto el Caribe como las ciudades españolas del Atlántico se habrían ahorrado las iras anglicanas, en forma de invasiones, quemas y saqueos, de no haberse asustado el príncipe inglés ante el barroquismo religioso/sangriento madrileño, pero a la postre ni el hereje quiso convertirse ni los españoles abandonaríamos el gusto por la sangre de Cristo hasta fecha más o menos reciente, dependiendo de la latitud.

El caso es que cada mochuelo volvió a su olivo, y el inglés se fue a seguir provocando la emigración de puritanos a Boston, mientras que los últimos Austrias hispanos se envolvían en nubes de incienso antes de hacer mutis por el foro de la Historia. Los flagelantes sado maso de las procesiones volverían a su claustro, o a pedir a la puerta de una iglesia, o a robar bolsas en las gradas de San Felipe, y no habría más sangre afrodisíaca y (per)vertida por las esquinas de Madrid, hasta que se organizara el siguiente Auto de Fe en la Plaza Mayor (acontecimiento éste que nunca se hacía esperar mucho).

Hoy, en Madrid y en Semana Santa, se forman colas larguísimas de coches que se llevan a la playa a la gran mayoría, y las pocas procesiones sólo las miran con curiosidad los escasos turistas y los ojos atónitos de los dependientes chinos de las tiendas de toda esquina que se precie. En los sex shops de Atocha, los conjuntos de cuero fetichista no recuerdan a la parafernalia barroca de sayal y esparto, y sólo detrás de alguna puerta escondida gira un torno de madera escupidor de mantecados artesanos, que se pueden pagar con euros de vellón, Visa o American Express.

Sin embargo, ayer, frente al Congreso de los Diputados y a lo largo de la calle del Prado, se montó un chiringuito, digno heredero de los que patrocinaba el Santo Oficio en sus buenos tiempos. Gradas, equipos de luces, escenarios múltiples, tremendos sistemas de sonido, puestos de grabación de cámaras simultáneas, y otras joyas de sacristía digital festoneaban la calle del Prado hasta llegar a la puerta de la nueva sede de la Iglesia de la Cienciología en España. El evento semejaba un estreno holliwoodiense, con alfombra roja y lluvia de confetti dorado y plateado, con presencia de medios informativos y asistencia de estrellas de mucho vuelo, entre los que sonaba el nombre de un príncipe moderno, aunque no de Gales.

El edificio del Congreso, que en otros tiempos ya pasados también fue templo de los ideales de una parte de la sociedad, queda en un segundo plano. La estatua de Cervantes rabia ansiando ser el metal fundido de los cañones de una galera turca, reposando castamente en el fondo del Mediterráneo. Los leones de la Cortes responden con un guiño de sorna no exento de nostalgia, que también el bronce puede tenerla, máxime cuando se le acogota con espectáculos de tamaño mal gusto.

En el ambiente se masca la posible aparición de Tom Cruise, como un nuevo cardenal Adriano, para poner el broche de oro a la fiesta, pero hasta entonces, una banda de swing trasnochado, con trajes a la Dick Tracy (color azafrán) atruena el barrio con una comparsa penosa y colonial (en el peor sentido de la palabra). ¿Mirarían los sacerdotes de Tenochtitlán a los capellanes de Cortés con el mismo irónico despecho con que observo a mi alrededor a los fieles cienciólogos, vestidos de tonos negros y rostros anglosajones? ¿Se acercarían con curiosidad los padres Jerónimos de la carrera cercana, a husmear entre congregaciones de herejotes, como solían hacerlo en tiempos de Felipe II, de veleidosidades luteranas de intramuros? ¿Qué diría, en fin, Neptuno, desde allá abajo? Aunque dudo que el dios del mar que oculta los cañones turcos de Lepanto se asombrara de ver, trescientos metros más arriba de Planet Hollywood y Starbucks, el nuevo templo de la Nueva Iglesia Española de la Cienciología, ocupando un edificio que, al precio que la propiedad inmobiliaria en el área, bien pudiera costar lo que varias ciudades del Medio Oeste americano.

Paro forzoso

Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que publiqué algo. Por suerte, he conseguido trabajo y he vuelto a cotizar a Hacienda, y este fin de mes no será una excursión de 20 días al infierno de la pobreza más absoluta, sin ningún gasto pagado (acaso el que sufre el espíritu cuando uno se siente inútil o explotado, un gasto que se abona a base de desesperanza).

Había dejado, incluso, de comprar el periódico y de escribirle a El País cartas que, aunque acabaran publicadas, nunca pasaron de eso, de cartas al director de un pseudo-intelectual en paro que vive en Lavapiés. Pero hoy, y por casualidad, he visto que en el Ciberpaís han sacado mi anuncio desesperado en busca de lectores, un e-mail que envié a principios de año. Un poco de suerte nunca viene mal, así que he encontrado la fuerza para meterme otra vez en estos Cuadernos, y escribir algo, por si alguno de los lectores del suplemento dominical se deja caer por estos lares, para que ese agente literario que quizá el destino me depare un día no encuentre que la página que despertó su curiosidad abandonada.

El olivo de Fuencarral

Hay un olivo en la calle Fuencarral, aislado como un ramo de novia plantada, rodeado por lajas de mármol barato cubiertas de graffitti. Se trata de un ensanche, de una verruga que le salió a la linealidad de una calle que tenía prisa. Tenía prisa por llegar a Tribunal (¿dónde queda tu oficina para irte a buscar?), cuando el celo cirujano municipal le abrió a Fuencarral un absceso, en el que ahora habita mi olivo.

Cubrieron las paredes de la herida con lápidas de piedra sucia, fría y destinada a la vejez prematura. Las pintadas en las paredes le hacen el eco a unos suelos cubiertos de mierdas de perro. Todos los perros de Chueca vienen a la verruga de Fuencarral.

Hay bancos sórdidos de madera transplantada, cierres metálicos eternamente cerrados, y una fila de árboles de fósforo, incapaces de solemnidad. De noche, las farolas dan una luz de garito que perpetúa la vergonzosa suciedad del falso, pretencioso, mármol mancillado.

Pero en medio de todo, grandioso en su chaparra campechanía, gris y plata y verde, queda el olivo de Fuencarral. Cada vez que paso a su lado, me hace pensar en aquellos olivos jóvenes y frondosos de jueves santo que desfilaban sobre la peana de un paso en la tierra de mi niñez. Y cuando el otoño ha dejado de ser un respiro para convertirse en amenaza de amargores, el olivo de Fuencarral da sus aceitunas, acebuchadas de humo de autobús, asilvestradas de aerosoles graffiteros.

El olivo de Fuencarral es un árbol que merece la pena

Helicópteros en Lavapiés

En Lavapiés nos estamos acostumbrando a los helicópteros. Va para tres meses que sus tableteos lepidópteros nos abanican el barrio, así que ya poca gente se queda mirando al cielo, como si levantando el ceño al aparato pudiésemos descifrar a qué o quién vigila.

La sucesión de acontecimientos trajo mayor vigilancia policial, y llegó a notarse. Pocas semanas después del atentado ya se pudieron presenciar arrestos de prepúberes ilegales por parte de policías de paisano. Pero la boda ya ha pasado, y las carteras descuidadas de los ojos del mundo que cuenta se han posado en otras esquinas de otras calles. La cara invisible del helicóptero sigue vigilando desde arriba, pero a nivel de calle, la inseguridad ha vuelto, como los cangrejos tras la tormenta.

Acabo de llegar del mercado, y por el camino he visto a tres niños, menores de 13 años, que se repartían entre risas, bromas y veras, un pequeño tesoro que el de en medio portaba. Podrían haber sido tres rinconetes de Murillo disputándose una raja de sandía. La música de fondo bien podría haber sido la de una zarabanda sincopada, de sacabuches y añafiles, de atambores y cajas.

Se trataba, en cambio, de tres niños magrebíes que discutían en árabe por el privilegio de vaciar de su contenido un bolso de señora, fresco aún y palpitante como una presa no del todo exánime. La banda sonora, mientras tanto, era la interpretada por las aspas del helicóptero. Con la impunidad que otorga la luz de la tarde joven, los tres jóvenes pícaros han seguido escarbando en el bolso, tras comprobar que la presencia que invadió su teatro de operaciones era la mía, y no la de un agente de seguridad. Mientras hurgaban en su tesoro, los tres han mirado hacia el cielo. Algo han dicho en árabe que no he sido capaz de entender. Pero sí he podido notar que la presencia del aparato volador suspendido sobre sus cabezas les ha hecho tanta gracia como a mí.

De ferias

La tarde del 28 de mayo de 2004 ha sido capaz de lo que sus desdichadas predecesoras no pudieron. Ha sido una tarde preciosa, una tarde perfecta para dar un paseo por la Feria del Libro de Madrid. Desde la Rosaleda hasta la calle de Alcalá, he paseado despacio. La música se interrumpía a veces por los anuncios de próximas comparecencias de autores predilectos, y me he acordado de las ferias de mi niñez, donde una frontera de albero separaba las castañuelas, el vino y las sevillanas de los anuncios de tómbolas, rifas y coches locos.

De un lado estaba la feria de los mayores, la del vino y el baile, la del alterne. Del otro, la feria más atractiva en aquellos años de pantalón corto: la del algodón dulce, las rajas de coco, el castillo del terror y los churros con chocolate, premio y colofón de la noche.

Con los años cambiaron las preferencias y los gustos, y el lado infernal del Real, el de las tómbolas, fue postergado a favor de las casetas de farolillo, borrachera y muchachas engalanadas. Con más años, han vuelto a cambiar, y ahora deambulo por esta feria del libro de Madrid con la ilusión de entonces, a pesar de la música de listas de éxito y operaciones triunfales. Paseo, y me alegro de que aún queden muchos días, como antes me alegraba la noche del alumbrado en la feria de mi ciudad.

La música desaparece al llegar a Alcalá. El tráfico agigantado de la calle impone su marea, y quedan repentinamente lejos las casetas de las editoriales. Cruzo a la otra acera, y bajo hacia Cibeles. Al llegar a una esquina, oigo lo que parece ser un órgano de iglesia, que casi empieza a imponerse sobre el ruido de coches y autobuses.

La sensación es algo irreal. Parece que los tubos y fuelles del instrumento se rebelan por un día contra la dictadura de los motores, y a medida que avanzo compruebo sorprendido que han vencido los acordes eclesiásticos. Paso por delante de la parroquia de San Manuel y San Benito, donde unos enorme altavoces escupen violentamente una fuga con reminiscencias apocalípticas. Veo las filas de vehículos en combustión, pero sólo oigo el órgano, y mi cuerpo vibra, como lo hacía cuando era mucho más pequeño, y se internaba en las calles de gravilla del otro lado de la feria.

“Semana Internacional del Órgano de Madrid”, leo en la puerta del templo.

La función del sujeto agente

Coincidiendo con el anuncio de las subidas de precio de los cigarrillos Marlboro, ayer se dio por finalizada la actual etapa del programa de búsqueda de agente literario por parte de un seguro servidor.

Buscar agente es mucho más agradable que buscar editor. Éstos ni te contestan, aun aquellos que prometen hacerlo en 6 meses. Los agentes, en cambio, te abren la puerta del zaguán, te dejan subir, y luego te dicen que no están cogiendo más representados ni aspirantes. Algunos incluso se muestran empáticos y te dicen que, hoy por hoy, no hay agentes en España con la puerta abierta a gente nueva. Te recomiendan incluso, con un tono de colegueo que se agradece, que vayas directamente a las editoriales, a ver si así...

Acabé algo deprimido, así que decidí irme de viaje para olvidar penas. Cogí dos fajos de billetes del Monopoly, y me fui a una sucursal de Viajes Cernícalo, para que me vendieran un paquete de esos económicos, una semana en la playa, o en una casa rural en alguna comarca pintoresca.

Cuando le dije a la señorita que buscaba una semanita a media pensión en un hotel de medio pelo (o sucedáneos, que el Monopoly tampoco da para muchas alegrías), me contestó con cara de "lo siento pero" que está la cosa muy achuchá, y me recomendó que me pusiera en contacto directamente con las líneas aéreas y/o de transporte por superficie, y que cogiera el listín y llamase a los hoteles y pensiones yo mismo.

También me recomendó llevarme bocadillos y un saco de dormir.

Ángel González Sincurro

Lavadoras en palacio

La monarquía española se ha decidido, tras muchos siglos, a centrifugarse los genes. El programa de prelavado, aclarado y adición de detergentes quitamanchas por fin se ha puesto a girar a unas cuantas revoluciones por minuto más de lo acostumbrado, y dentro de una o dos generaciones tendremos un rey con el ADN medianamente normal.

Cadenas de aminoácidos con Denominación de Origen asturiana se incorporarán a las proteínas reales, mientras el resto sonreímos beatíficamente, porque ha sido un gesto muy bonito, que nos ha llegado al alma.

Quizá dentro de 500 años, el futuro monarca (10% charnego para entonces) dé un paso más, y se case con una andaluza, o quizá con una melillense o una tinerfeña. O puede que hasta sea al revés, y la futurible reina post-sálica del siglo XXVII suba al tálamo real a un gitano almeriense. Y quizá dentro de otros 5 ó 6 siglos, el/la dinasta de turno se moje el culo y los cromosomas con salngre no sólo plebeya y astur, sino hasta ecuatoriana, marroquí o rumana, que de todo puede pasar en ese futuro maravilloso en que las instituciones prehistóricas seguirán siendo el molde de las maravillosas sociedades que están por nacer.

¡Cantemos con el corazón henchido de júbilo, como un coro de querubines, todos nosotros, los hidalgos y los villanos, los godos y los insulares, los cristianos nuevos y los viejos, los plebeyos y los no tanto! Si seguimos así, dentro de otro milenio habremos avanzado un tranquito.

Fersipando III, duque de San Simón

Endorfinas

Los domingos no puedo publicar, porque cierra el cyber. Hay otros, pero son muy caros. Así que salgo a comprar el periódico al quiosco de la plaza, y busco en la sección de opinión, sin nervios ni anticipación excitada, sin esperanzas.

Veo publicada mi carta. Es la novena este año, creo, y me da un vuelco el corazón. Las mariposas en la boca del estómago aletean, y la euforia fluye en forma de endorfinas. Un complicado proceso químico que no acabo de entender se pone en marcha, y me siento de buen humor. El high me va a durar todo el día, lo sé, ya los conozco. En los últimos meses alterno estas subidas de ánimo con bajones, casi siempre relacionados con la falta de dinero o el vencimiento de un recibo de la luz.

Mañana será un lunes menos lunes, porque aún durará la resaca de la euforia de hoy. Si me dura mucho, quizá tenga tiempo de escribir a algún agente, de intentar que un editor reconozca mi nombre. Dentro de varios días esas esperanzas se habrán desvanecido, y de nuevo veré la idea de añadir a mi CV las cartas que me publica el periódico como una solemne tontería. “Le sacan a usted una carta al director, ¿y qué? ¿se cree usted por eso que ya es escritor, quizá una especie de periodista?”

Entonces veré todo con mucha menos endorfina, y no se me encabalgará el ánimo con proyectos, ni me hará cosquillas la esperanza. Mientras tanto, aprovecho el subidón para que se me quite el dolor. Es un dolor continuo, un estado de excitación permanente, un enfado contra muchos, unas ganas de gritar y de que se me oiga, de denunciar y de que alguien mire hacia donde señalo con el índice extendido, y se lo diga a alguien, que a su vez lo comunique a muchos, y que entre muchos hagamos algo.

Ángel

Puro teatro

En estos momentos, las redacciones están preparando a toda velocidad las ediciones especiales del domingo, con todo lujo de detalles sobre el enlace de los futuros monarcas. La edición del sábado habla de presencias reales, de fiestas palaciegas y de recepciones protocolarias.

Un bello croquis-maqueta-dibujo representa el recorrido oficial y explica el orden, horario, significación y origen de todas las estaciones del ritual. Leyéndolo, uno recuerda las relaciones de las entradas triunfales de los reyes de antaño, publicadas muchas de ellas en la imprenta de al lado, del otro de la pared contra la que me recuesto.

Recuerdo un curso de quinto de carrera, en el que creíamos que leeríamos a Shakespeare. El profesor, en cambio, nos obligó a empaparnos con aburridas descripciones de la entrada de Isabel I en Londres, antes de su coronación, o con relaciones no menos pesadas de las entradas, salidas y bodas de los Austrias en Madrid. No entendíamos por qué, hasta que el cátedra nos explicó cada detalle, cada símbolo oculto en la decoración de los arcos triunfales, en los sainetes representados a lo largo del recorrido real, cada uno con una propuesta, una alabanza, una oferta, una advertencia al futuro monarca o al príncipe en ciernes. Puro teatro, pura representación de los deseos, esperanzas, frustraciones y planes de las diversas fuerzas sociales.

Las ciudades, los concejos, gastaban sus dineros en pagar cómicos, artistas y músicos que alabaran o advirtieran al rey. La burguesía, el pueblo llano, los jueces, la Iglesia, los gremios, cada estamento de la sociedad tomaba parte en un ritual destinado a establecer las condiciones del trato. En aquellos tiempos, todo ello era necesario. Hoy no tanto.

Después de que hubimos leído varios de esos textos, después de habernos familiarizado con dibujos y grabados de arcos triunfales, emblemas, banderolas, escenarios provisionales y recorridos urbanos sabiamente planeados, como los que publica hoy la prensa española, sólo después pudimos leer a Marlowe, a Calderón, a Lope y a Shakespeare.

Ángel González García

De madera

El primer acto que los novios han representado tras su enlace ha sido la entrega del ramo a la Virgen de Atocha. Esta figura de cara morena, como la del niño que porta en brazos, es la patrona de la monarquía, pero este año, todo el mundo se ha familiarizado con el sonido del nombre Atocha, y no por esa razón. Noticieros en japonés, inglés, árabe y en todas las lenguas que dan noticias televisadas han pronunciado ese nombre, cada uno con su acento y entonación, con imágenes terribles sirviendo de fondo. Este año, la ofrenda del ramo de novia a la Virgen de Atocha tiene un significado más.

La comentarista de televisión apunta todo esto, claro está, y también apunta al hecho de que la Virgen es muy morena. Especifica que se debe a un oscurecimiento de la madera por el paso de los siglos. No es la primera vez que oigo esto. Hace 400 años, muchos españoles sintieron la necesidad de explicar el sospechoso bronceado que exhibían muchas imágenes sacras. En algunos casos, lo moruno de tanta Santa Patrona se entendió como el resultado de rocambolescas historias de vírgenes enterradas, visigodos heroicos y morismas sacrílegas frustradas en sus iconoclastas intentos. “De tantos siglos enterradas para hurtarle el cuerpo al sarraceno”, decían algunas voces barrocas, “nuestras vírgenes se habían puesto morenas, aunque no morunas”.

Sin embargo, al ver la imagen de la talla, uno se pregunta sino estará hecha, simplemente, de una madera ya de por sí oscura, importada quizá desde las selvas del Mali maderero hace diez siglos.

Dos páginas más allá, leo otra noticia, cansado como estoy de vírgenes, bodas reales y protocolos imperiales. En Gran Canaria se han encontrado los cadáveres de cinco hombre negros, en la bodega de un carguero que transportaba maderas tropicales. “Un mercante procedente de Costa de Marfil (que) traía caoba, iroko, sipo, obeche y makore”, para hacer sillas, librerías, mesas de billar, quién sabe si para convertirse en santos de la devoción de alguien tras pasar por el taller de un artista.

Al abrir la bodega, se encontraron cinco figuras de ébano, de tamaño natural, sin vida. El periódico explica: “la madera que se encuentra en el interior (de la bodega) sigue su natural proceso de captación de oxígeno y expulsión de dióxido de carbono” con lo que los cinco polizones (y otro muchos más) se asfixian poco a poco en la cámara hermética donde se metieron para huir de la miseria.

Uno piensa en sus cuerpos de ébano y piensa en los africanos que venden figuras de madera en los paseos marítimos plagados de turistas: elefantes de todos los tamaños, máscaras, diosas danzantes...El olor a madera preciosa, a madera tropical, se mezcla con el de la descomposición de sus cadáveres, y las máscaras tribales a 10 euros se difuminan con la cara morena y de madera de la Virgen de Atocha.

Ángel González García

Starbucks

El día de la boda del heredero y la periodista, salgo por fin a la calle cuando todo ha terminado. A dos esquinas de mi casa hay una taberna. Leo lo último de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan. A Muñoz Molina le gustan los Starbucks de Nueva York. Allí puede tomar café tranquilo y mirar al viandante sin que le interrumpan lectores coñazo o conocidos de pacotilla. Yo, en cambio, los odio a muerte (a los Starbucks), porque durante años fueron la única alternativa, porque sirven el café en tazas de cartón, porque te obligan a hacer cola para pedir uno, porque no saben lo que es un cortado, y porque no te dejan fumar en ellos. Ver uno ahora en plena calle de Alcalá me da un escalofrío de miedo que sólo remite si paso por delante de un Burger King y lo veo vacío.

Leo un rato a Muñoz Molina en una taberna a dos esquinas de la mía. Las paredes son de piedra berroqueña y gruesa, de ésas que hacen que las casas de Madrid parezcan trozos de sierra reeducados, y sus bodegas, cuevas. Al otro lado de la pared junto a la que tomo café se imprimió la primera edición de la Segunda Parte del Quijote y eso, de alguna manera, me hace sentir bien.

Dejo un rato a Muñoz Molina y tomo el periódico del día. Por un euro, de esta simple forma, tomo café y leo la prensa. Un lujo.

Ángel González García

Así está el patio

Me he levantado cuando ya había terminado la ceremonia. Me he tomado el café del desayuno viendo en televisión el recorrido oficial en un coche vetusta-fashion, bajo una lluvia más de otoño que de primavera. La cámara del helicóptero que oigo a través de la ventana que da al patio de luces muestra unas calles que parecen vacías y desmayadas de ánimo.

No digo que no haya gente, que la hay, aguantando la lluvia a pesar de todo, como la comentarista señala con tono de decepción mal escondida. Pero el revuelo mediático de las últimas semanas, tan hinchado y autocomplaciente, hace que los huecos entre los que se ve mucho más pavimento del augurado parezcan mayores.

La comentarista repite que es una pena que la lluvia haya retenido a tantos en casa. Pero más llovía después de los atentados, y hacía frío, y eso no detuvo a millones de personas. Ver en televisión la enorme pantalla dispuesta para la muchedumbre fantasma en la Plaza de España es un canto a la desproporción, y me hace preguntarme hasta qué punto nos importa lo que quieren que nos importe.

La comitiva avanza hacia la Glorieta de Atocha, aquí al lado, mientras yo fumo junto a la ventana, mirando en pijama lo que está sucediendo a dos calles de mi casa, oyendo el ruido del helicóptero que baja y llena el patio estrecho de pocas luces, marcándole el compás a las gotas de lluvia que se estrellan contra el suelo.

Más tarde aparecerán imágenes de una casa particular, en la que familiares y vecinos celebran con cava y canapés, y hacen turno para asomarse a unos privilegiados balcones desde los que ver pasar la comitiva. Algunos confiesan sentirse testigos de excepción de la Historia viva, con mayúsculas, que desfila por delante de su portal con la misma cercanía que lo hace cada noche el camión de la basura o las prostitutas de Montera.

Desde mi ventana, que da a un patinillo, no se puede ver la Historia. Se oye su retumbar, como la noche en que Lavapiés golpeó cacerolas para pedir verdades, hace tan poco...Como se trata de una escalera interior, acaso lo que se percibe desde mi patio sea la intrahistoria de Unamuno, con la salvedad de que aquí colgamos los calzoncillos, porque al fin y al cabo es un patio de luces.

Hoy los calzoncillos no se van a secar rápido. Llueve fuerte, hasta que escampa por fin, y se va la borrasca, y vuelve la primavera serrana de Madrid, y la gente sale a la calle, ahora sí en mayor número, por ver algo del final de los circenses e invadir luego bares y figones.

Ángel González García

Coincidencias

Acabo de enterarme de que al lado del cyber donde siempre escribo y hago cosas hay una agencia literaria. Llevo un año gastándome el dinero intentando hacer algo con mi vida, desde una terminal de mancebía digital, y ahora va a resultar que el momento mágico está aquí al lado...

Quizá pueda seguir escribiendo la semana que viene. Quién sabe, puede que esto sea el primer paso de la publicación de algo mío. Donde sea, como sea. No intento ganar dinero, sólo que no me cueste los 2000 euros que cobran por una edición personal.

Ángel

Vargas Llosa en el Arenal

Acabo de cruzarme con Mario Vargas Llosa. Iba yo caminando calle Arenal abajo, y me ha pasado al lado, en dirección a la Puerta de Sol. Es un hombre elegante, de porte aristocrático tanto en la vida real como en fotografías o televisión.

He estado en un tris de darme la vuelta, seguirle unos metros a distancia prudencial, mientras echaba mano en mi mochila de trapo. Habría sacado con mano diestra algún relato, y me habría emparejado con él a la altura de Carlos III.
-Disculpe, don Mario. Hace cosa de un mes compartí página con usted en El País. Usted en opinión y yo en una carta al director muy chuli que me publicaron...--Silencio bochornoso, si es que don Mario no ha hecho ya señas a un señor agente del orden.-- ¿Sería tan amable de leer uno de éstos?-- seguido del acto fugaz de entregarle un par de cuentos de un seguro servidor.

Luego, dándole las gracias, habría apretado el paso, perdiéndome entre la multitud. Pero no he podido. Me quedé parado unos segundos en plena acera, y seguí caminando. No tuve la disculpa de "no llevar nada encima". Últimamente siempre llevo en la mochila unos cuantos ejemplares de mis Relatos Baratos, por ver si me encuentro con una librería que los quiera poner en el mostrador. Total, si la gente se lleva publicidad de cualquier cosa...

En realidad, no tuve excusa para no hacerlo. Acaso, un sentido del ridículo, una vergüenza ajena y propia que me sentarían bien si fuera ya un escritor de éxito. Éxito quiere decir que te lean unos cuantos, y se lo comenten a otros cuantos, y al final lo que te inventas no se ponga mohoso en un disco duro.

Ángel González García

14 yanquis en la corte del rey Arturo

Es por mayo, por mayo, cuando aún no hace la calor, ni encañan los trigos ni canta la calandria, pero al menos se puede salir a la calle sin temor a las nevadas… Es por mayo, pues, cuando en los colleges americanos preparan la gran ceremonia que supone la graduación de otra promoción de brillantes alumnos. Cualquier gasto es poco cuando se trata de festejar el hecho de que unos cuantos afortunados muchachos de buena familia vayan a enfrentarse de una vez por todas con el mundo exterior, dejando para siempre un trocito de corazón en esta su alma mater. Lo mismo aquí, en Filadelfia, que en Princeton o Harvard, cientos de chicos y chicas se ponen la toga y la teja, y guardan cola para recibir su diploma. Como hace sol, (aunque no el suficiente para algunos), se montan por todo el campus unas enormes carpas de lona blanca como la nieve, a mitad de camino entre tienda de campaña donde alojar mesnadas medievales y caseta de feria donde trasegar manzanilla de Sanlúcar.

De la mañana a la noche, el prado bajo la ventana de mi apartamento "on campus" se convierte en el campamento donde los leales a Isabel habrán de pernoctar, antes de deshacer en combate a los partidarios de la Beltraneja. O en el lugar donde los Caballeros de la Mesa Redonda velan armas antes de dar batalla sin cuartel a un ejército de invasores, magos y ogros.

Por la noche, sentado frente a la ventana, intento leer algo. De súbito, un ruido extraño me llama la atención. Suena a chapa, y me recuerda a aquel piso en España años ha. Era una octava planta, frente a un cruce donde cada dos semanas se producía algún accidente de tráfico, hasta que la Comunidad de Vecinos solicitó del Ayuntamiento la ubicación de un semáforo. Eran barriadas obreras aún en desarrollo, y se requerían unas cuantas desgracias antes de que la concejalía decidiese acondicionar la zona.

El ruido de ahora sonaba exactamente igual a un accidente de tráfico. Inconfundible aquel resplandor sonoro de la chapa al golpearse contra sí misma. Me asomo, con el morbo a flor de piel, esperando ver un coche retorcido o humeante, o cuando menos un conductor rabioso imprecando a otro. Pero lo que veo es dos bandos de caballeros, peones y lanceros medievales arremetiéndose con furia en el prado. Ecco qua el ruido de chapa. Andan cubiertos de armadura, y cargados de espadas y lanzas, y parecen ordenarse en dos líneas de batalla, atentos a las órdenes de lo que parece ser el árbitro. Cuando éste baja la mano, las dos líneas se abalanzan la una sobre la otra, pero siempre siguiendo un cierto orden, que parece ser jerárquico. Los peones y lanceros como que rodean al caballero y lo protegen, cual ajedrez viviente.

Mi primera reacción no podía ser otra que la de Obelix ante los romanos: "están locos estos yanquis". Aunque había que reconocerle el mérito. ¿Mal gusto? no veo por qué. A nadie se le ocurre juzgar así a un medievalista académico y formado en la Academia. Si a nadie le parece ridículo un intelectual embobado con cides campeadores y roldanes, que se interese a su modo un albañil por las mismas cosas no debería provocar la chanza. ¿De qué obra provendrían éstos? Al día siguiente mi curiosidad quedó satisfecha cuando me contaron que se trataba de un club llamado "Society for Recreational Anachronism", que como su propio nombre indica, se dedica a pasar el tiempo haciendo simulaciones de batallas medievales. Creo que incluso actúan en una "Feria Medieval" que se celebra por aquí - hablo del este de Pensilvania - con torneos, banquetes y demás parafernalia.

La noche siguiente, tras salir cada uno de su trabajo, mis caballeros andantes volvieron a reunirse bajo mi ventana, a repartirse guantazos y mandobles anacrónicos. Para ambientarles y ambientarme recité en voz alta algunos versos del Mio Cid, entreverados aquí y allá por líneas sueltas del Tirant lo Blanc, pero no creo que el ruido de tanta ferretería como cargaban encima les permitiera oírme. Mejor, por si acaso les daba por creerme un tío raro.

Y así siguieron, una cuantas noches. Unas veces el césped bajo la ventana se convertía en Las Navas de Tolosa, otras en Poitiers, otras en Crecy, algún día en Calatañazor... Cada día una batalla distinta, y siempre la misma. Con un poco de imaginación, eso sí, para poder salvar las distancias.

O for a muse of fire, that would ascend
The brightest heaven of invention
A kingdom for a stage, princes to act,
And monarchs to behold the swelling scene!


Así se queja Shakespeare, en Enrique V ante la dificultad de pintar tanta grandeza, con los escasos medios que proporciona la escena. El quería representar gran parte de la Guerra de los Cien Años, batallas incluidas, pero George Lucas aún no había nacido y el inglés tuvo que apañárselas como buenamente pudo. Se hace lo que se puede, supongo, y por eso mis aguerridos caballeros, en una demostración de su versatilidad, hacían de su capa un sayo e interpretaban su papel a las mil maravillas, tomando las altas torres estudiantiles por las almenas de la Alhambra, y las carpas dispuestas para la ceremonia de graduación por el campamento que en Santa Fe erigieran los Reyes Católicos. Un eco imaginado de atambores, añafiles y chirimías se mezclaba a murmullo del viento y yo leía en voz alta el ¡Ay de mi Alhama!, el romance del Conde Olinos, el de

Alora la bien cercada,
tú que estás en par del río.
Cercóte el adelantado
una mañana en Domingo


Y el

Moro alcaide, moro alcaide, - el de la barba vellida,
el rey os manda prender, - porque Alhama era perdida


Moros abencerrajes y nobles castellanos, enamorados los unos, nobles y justos los otros, se alanceaban desde sus caballos por las vegas granadinas. Si no había caballos, daba igual, tampoco hubo gigantes, sino que mire vuestra merced, que eran molinos. Así seguía la guerra incruenta en el campus de la universidad, en el oeste de Filadelfia.
Por lo menos hasta que, pasada una semana, terminado el año académico y entregados los diplomas, desaparecieron del campus los estudiantes y las tiendas de lona blanca amanecieron por tierra una mañana. El campus queda siempre triste y vacío después de que se van los estudiantes. Los que quedan son pocos y no hacen bulto. Volvieron otra noche los campeones del club medieval - había que aprovechar el buen tiempo - y siguieron los torneos en el césped bajo mi ventana. Pero sin la escenografía adecuada y sin altas damas ni elegantes mancebos mirando desde las ventanas, aquello ya no era lo mismo. Las tiendas sobre el césped, con metros de lona a medio recoger, me causaron la misma impresión que a don Alonso Quijano cuando vio por fin las lonas que cubrían las aspas de los molinos. Si es que llegó a verlos. Si es que eran aspas de molino, y no brazos de gigantes.

Ángel González García

Cosme, Damián y los transplantes obligados

Cerca del Museo Reina Sofía (con su plaza, la más desaprovechada del centro de Madrid), a la espalda del antiguo Real Colegio de Medicina y Cirugía San Carlos, está la calle de San Cosme y San Damián. Y no es por casualidad que su empinado desnivel se ampare a la sombra de tal insigne institución, porque estos dos facultativos de la Antigüedad son santos patrones del Protomedicato cristiano.

En la historia de sus vidas destaca el milagro barnardiano de la sanación de un rico hombre, a quien los dos compañeros de urgencias transplantaron la pierna de un esclavo negro que tuvo la mala fortuna de ponerse a mano de los dos ases del escalpelo. Cuenta Michael Solomon, que conoce el barrio y sabe de médicos antiguos, que las versiones varían de unas a otras: en algunas el esclavo acaba muerto (exceptuando su pierna), mientras que en otras queda de por vida lisiado para mayor disfrute del ricachón y gloria de los galenos.

Fue esta última la versión más atractiva para los iconógrafos del Cristianismo, que se explayaron a lo largo de los siglos en dar expresión plástica al incidente. Así, numerosas representaciones del “milagro” muestran a ambos cirujanos junto a su paciente, restablecido (prognosis positiva y post-operatorio facilón), quien muestra con orgullo sus piernas a dos colores. Mientras, en el fondo permanece el esclavo negro, sosteniéndose en unas muletas, con el muñón castamente vendado. Pierna vendida, muñón vendado…

El azulejo con el nombre de la calle (que en este barrio suele incluir un bonito e ilustrativo dibujo) no reproduce, por suerte, esta cruel representación iconográfica. Sería de ver la vergüenza y la afrenta a algunos de sus vecinos actuales, senegaleses, guineanos o caribeños de piel tan oscura como la del esclavo donante de piezas de repuesto para ricos. Sin embargo, y según denuncias hechas por algunas religiosas españolas en Mozambique, todavía hoy se amputan miembros y se trafica con órganos de seres humanos, para alimentar la demanda de hígados, riñones, pulmones y corazones que tenemos los rico-hombres y mujeres de hoy.

Durante bastante tiempo, la imagen del terrible experimento de San Cosme y San Damián fue interpretada de manera simbólica. En ella parecía resumirse el trato que el occidente judeo-cristiano y europeo dio a los africanos durante muchos siglos, el uso práctico que de su cuerpo y su fuerza hizo el sistema esclavista: la pierna del pobre esclavo adquiría así valor de brazo, de mano quizá, amputada o secuestrada para construir imperios. Parece que el progreso y la modernidad vienen dispuestos, no obstante, a simplificar símbolos, a significar al pie de la letra las pesadillas más salvajes y atroces de nuestros predecesores en el planeta. Hoy la pierna del africano tiene un significado puramente literal, mientras millones de personas de ese continente mueren de Sida, incapaces de permitirse medicación, a menos que tomen parte de un ejercicio de experimentación sufragado por una importante empresa farmacéutica.

Para terminar, una curiosidad hagiográfica: los dos gemelos sirios Cosme y Damián recibieron el sobrenombre de anárgiros, “los que no cobran”, los “médicos no mercenarios”.

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Ángel González García
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Los melindres

Los domingos son días de mal humor. Cuando me ganaba la vida, el domingo era el fin de algo demasiado corto. Era un día agorero, estigmatizado sin remedio. Si acaso algún lunes festivo le quitaba la mala sombra al domingo, se convertía en un sábado repetido, incapaz como era de reconocerle algún mérito al día que nos vende, al judas de la semana. Ahora que no me la gano, los domingos no sirven para nada, y me pone de mal humor el necesario descanso de quienes sí tienen algo que hacer el lunes por la mañana.

Como estoy de mal humor, salgo a dar un paseo, que es lo único sensato que se puede hacer en tales casos. Le doy vueltas al asunto, mientras veo a familias, individuos, parejas y animales que disfrutan del día, agraviándome en cada sonrisa. Decido que ya está bien de melindres, y hago acto de contrición. Mi deseo de enmienda, mientras veo a la gente en las terrazas, es sincero, así que mañana mismo me iré de una vez por todas a la agencia de empleo temporal, por ver si sale algo poniendo copas, o de pinche en un catering.

El lunes cumplo la penitencia, y hago el via crucis Atocha abajo. Pero el martes ya he vuelto a mis trece, y me repito que no me da la gana de poner otra vez copas, hablando idiomas, teniendo los títulos que he sudado, y la experiencia en lo mío, que no es mala ni poca. El miércoles consigo una entrevista de “lo mío”. Me embeleco con el trato, me ilusiono cuando dicen “queremos a alguien de tu perfil”, “háblanos de tu experiencia como docente universitario”, y se me hace agua el currículum cuando me alaban lo abultado e “impresionante” del resumen de mi vida laboral que les presento.

Cuando me dicen que no contratan, pagan en efectivo, y que con 12 la hora voy que chuto, me desenamoro y vuelvo a casa diciendo que sí, que a poner copas se ha dicho. Total, por el mismo dinero, al menos así no realquilo el cacumen, que mis años y mis libros me costó cultivar, y dejarlo tan coqueto. Claro que, por otra parte, lo tengo tan sin terminar y tan con alfileres, que si me paso ocho horas lavando platos se me va a echar a perder tarde o temprano…

A partir de ahí, la semana, digamos que ha podido conmigo. Los ratos que no ocupa lo arriba expuesto, los dedico a escribir. La persona con la que comparto cama, vida y futuro, se dedica a ganar el pan que nos sustente a los dos, mientras yo me gasto parte importante del presupuesto en el cyber, a 70 céntimos la hora, escribiendo e intentando publicar cartas al director en El País.

Así, llega la hora de comer tarde el domingo, y vuelvo de mi paseo con algo que habilite un almuerzo improvisado. Me digo que no, que así no se puede, que debo tomar una determinación, que escribir puede ser algo secundario, que tengo que encontrar el hueco que me dé de comer. A los postres, la BBC da un programa semanal de reportajes. El último domingo habló de la situación en la frontera de Chad y el Sudán, donde miles de refugiados huyen de una guerra para morirse de sed, hambre y enfermedad, cuando no a manos de asesinos bien armados que irrumpen en los campos fronterizos. Trabajadores de la ONU rechinan los dientes de la conciencia mientras denuncian sin diplomacia alguna la indiferencia del mundo. La nuestra, la mía. Un empleado de la ONU a punto de llorar de impotencia se pregunta con qué cara va él a administrar medicinas contra el cólera a niños que no tienen de comer, y que para pasar la píldora tienen que beber agua emponzoñada.

Tras ello, otro reportaje, de los que Alfredo Urdaci nunca soñó hacer, ni en los días más idealistas de su paso por la facultad: 250.000 mujeres y niñas nepalíes son la mercancía de un negocio que une Nepal y la India. Una vez en ésta, se las obliga a acostarse con treinta hombres al día. El periodista (¿entiendes, Urdaci?) pregunta a una muchacha. Fue vendida a los nueve años de edad. Violada durante cinco, pudo ser rescatada, y ahora muere lentamente en un hospicio. Su familia no la quiere, está manchada, y además fue infectada de SIDA. ¿Se dan cuenta la cantidad de verbos en pasiva que hay que usar para hablar de lo que pasan millones de mujeres en este jodido planeta? La voz pasiva es dura para el oído del hispanohablante moderno, suena extraña, forzada. Pero no hay más remedio que usarla, sobre todo cuando hablamos de los que no tienen voz activa, porque se la arrancan de cuajo.

El siguiente reportaje habla sobre la incidencia del SIDA entre la población infantil de barrios como Soweto, en Sudáfrica. Es tan grave el azote de esta enfermedad sobre la población infantil del país, que a ninguno de los traficantes de órganos asentados y operativos en el vecino Mozambique se le ocurrirá intentar cosechar su mercancía entre los pobres sudafricanos. Qué desagradable figura de pensamiento, qué asqueroso escorzo de una prosa pobre y sin más recursos que el tremendismo, me dice la musa.

Whatever, le contesto (porque yo con mi musa hablo en inglés). Entonces ya no puedo más, todas las disquisiciones de entresemana e inmerecido weekend se me diluyen, y lo único que puedo hacer para no liarme a patadas con las paredes es escribir, y me siento al ordenador y hago lo que puedo, y no me dan 12 euros la hora, que si así fuera, otro gallo nos cantara. Pero como es domingo, y el cyber está cerrado, y el que abre es demasiado caro, me tendré que esperar hasta el lunes, para cuando ya se me habrán quitado los melindres, y estaré pensando volver a la agencia de empleo temporal a ver si sale algo en convenciones, donde pidan camareros con idiomas.

Ángel González García

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