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Cuadernos de Lavapiés

Reservado el derecho de oración

El Vaticano ha negado la petición hecha por algunas asociaciones islámicas para permitir a los musulmanes compartir el espacio de la actual catedral de Córdoba. El portavoz de relaciones inter-confesionales de la Santa Sede ha declarado que los musulmanes cordobeses tienen que “aceptar la Historia”.

La Historia se escribe. A veces se re-escribe, siempre se edita, y se le sacan versiones. El Vaticano debería especificar: “Los musulmanes que quieran compartir la que fue mezquita con los cristianos deben renunciar a su pretensión, y aceptar la Historia que escribieron los ganadores, y aceptar además la versión que abarca desde tal año hasta tal otro”, debería haber dicho la curia romana.

Hace más de 400, dos moriscos granadinos, Alonso del Castillo y Miguel de Luna, también tuvieron la idea de compartir rezos con sus vecinos cristianos. Se demolía por aquellos años el alminar de una principal mezquita granadina, para ampliar la catedral. La “Torre Turpiana” tenía sorpresa dentro, y entre los escombros de sus cimientos apareció una caja con unos huesos, un trozo de tela y un texto misterioso, escrito en varias lenguas.

La caja, como habrán adivinado, había sido escondida allí, quizá la noche siguiente al derribo, por Alonso del Castillo y Miguel de Luna. También habían sido ellos los autores del arcano texto, y es que tanto suegro como yerno eran personas polifacéticas, que lo mismo firmaban un tratado de historia, que curaban enfermedades o traducían textos para el mismísimo “Rey Prudente”. El pergamino hablaba de los comienzos del Cristianismo en la ciudad del Darro, y de cómo los primeros evangelizadores penibéticos (y, por ende, los primeros mártires) habían sido nada menos que unos árabes llegados desde oriente.

Los huesos de los supuestos mártires (en concreto los de San Cecilio) fueron llevados al El Escorial, donde Felipe II los hizo reverenciar como era debido. El trozo de tela sufrió destino semejante, y Granada, musulmana un par de generaciones antes, pasó por la mayor ola mística cristiana de su modernidad, que acabó en la fundación de iglesias, conventos, etc.

El manuscrito condujo a otros, como en una búsqueda del tesoro orquestada por Castillo y Luna. Al final, en el Sacromonte se descubren las planchas de plomo que hoy llevan su nombre, que se hizo precisamente sacro tras el descubrimiento. Se trata de unas placas de plomo grabadas en un árabe falsamente arcaico, en las que Castillo y su yerno se reinventan la Historia Sagrada, y re-escriben los Evangelios Cristianos en una versión mestiza.

Lo que ambos pretendían era reconciliar la Biblia cristiana con el Corán, creando una especie de terreno neutral para que los moriscos pudieran aceptar la conversión forzosa a la que habían sido sometidos, y para que sus vecinos cristiano viejos dejaran de tratarlos como una casta a extinguir. Como buenos andaluces, Castillo y Luna eran, a pesar de musulmanes, muy devotos de María, y por eso se les ocurre poner en boca de la Virgen esta serie de lindezas que quisieron limar las diferencias entre moros y cristianos.

El revuelo que causaron los plomos duró 80 años. Durante éstos, los huesos del “mártir” (a saber de dónde los habían sacado Luna y su suegro) fueron adobados y adorados; San Cecilio se quedó como santo patrón de Granada; se fundó la abadía del Sacromonte; se expulsó a los moriscos; se discutió largo y tendido sobre la autenticidad de los plomos, y al final (en 1680) el Vaticano dio por cerrado el caso, condenándolos como apócrifos y mentirosos.

El que esto escribe es ateo, y por eso considera el apócrifo de Alonso del Castillo y Miguel de Luna tan válido o tan falso como todo otro libro pretendidamente sagrado. Pero también el que esto piensa entiende que textos como la Biblia, el Evangelio o el Corán son expresiones de la espiritualidad de pueblos enteros, y que como tales tienen un valor quizá más importante que su supuesto origen divino.

Los plomos del Sacromonte también fueron la expresión de una colectividad que quiso acabar con las barreras y el odio. Muchos moriscos, como Alonso del Castillo y Miguel de Luna, quisieron encontrar, ingenuamente, un lugar común desde el que ponerse en contacto con su dios, y hacerlo con el vecino al lado, cada uno a lo suyo y los dos en comandita.

Nada de ello fue posible. Hoy, la catedral de Granada es una bellísima obra de arte, elevada sobre las ruinas de otra, que a su vez lo sería de una anterior (o casi, casi). Así ha sido (y sigue siendo) nuestra Historia. Pero entre los cimientos de una, de cualquiera de las que quedaron enterradas, aún podemos hallar cofres misteriosos que apunten a lugares posibles, a lugares comunes.

La catedral de Córdoba no fue tan cara como la granadina. No costó, al menos, tanto derribo. Quedó allí más patente, sin necesidad de inventar plomos apócrifos, que es posible y necesario que cristianos, moros, judíos y ateos amantes del arte pidan paz y pidan justicia, y que lo hagan pared con pared, jardín con coro, claustro con mihrab, tabique con tabique. Tenemos el local. Tenemos la clientela, tanto para llenarlo un viernes como un domingo, tanto para la Semana Santa como para el Ramadán. Abramos el chiringuito de rezar, que al cabo van a ir todos a pedir lo mismo. Hasta los que vamos de cabeza al infierno de los descreídos. A lo mejor juntando rezos sale Dios (esta vez sí, con mayúsculas) del armario y nos deja a los ateos con dos palmos de narices. Por bocazas, que lo somos.

Ángel González García
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