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Cuadernos de Lavapiés

Selecciones nacionales

Selecciones nacionales Los partidarios de que Catalunya o Euzkadi compitan con sus propias selecciones nacionales ponen como ejemplo a Gran Bretaña, donde Escocia e Inglaterra, de darse el caso, podrían acabar disputándose una final del Mundial de fútbol.

Pero las declaraciones (o el acertijo en voz alta) de Pasqual Maragall el otro día en TV3 apuntan a que esta equiparación con el sistema británico presenta una serie de problemas. Según el Presidente de la Generalitat, sería inconcebible, por ejemplo, un partido entre las selecciones catalana y española de hockey. La solución pasa, pues, por encontrar un nombre que designe al “resto de España”.

En el caso del Reino Unido, Inglaterra constituye una nación, de la misma manera que Escocia, Irlanda del Norte o Gales. Allí, Inglaterra no es “lo que nos sobra” después de restarle a Gran Bretaña los otros países isleños. En su Historia, Gran Bretaña ha visto surgir a Inglaterra como una identidad que se impuso, por la fuerza a veces, sobre las otras. Un caso paralelo, si se quieren dibujar semejanzas en España, sería el papel desarrollado por Castilla. Pero, en el caso ibérico, el “resto de España”(suponiendo que Euskadi y Catalunya jueguen por su cuenta), sería un conglomerado de nacionalidades que de ninguna manera podríamos llamar Castilla.

Aunque un servidor habla castellano como lengua materna, y detenta la nacionalidad española, y aunque mi cultura nativa ha recibido la influencia de la castellana durante siglos (algo de lo que ni los portugueses se libraron), considerarme castellano sería una simplificación inaceptable en quien entiende de nacionalismos y se preocupa de identidades.

Ante la propuesta de encontrar nomenclatura que agrupe al “resto de España” sólo caben dos cursos de acción. Uno, poner en práctica el modelo británico del “o jugamos todos o se rompe la baraja”, con selecciones nacionales para cada comunidad: algo que confirmaría las pesadillas de la derecha, y alargaría ad infinitum los pre-olímpicos. El COI se vería agobiado de trabajo, mientras las marcas de ropa deportiva harían su agosto, a costa quizá del trabajo indecente de niños sin una identidad nacional tan definida como la de quienes podemos permitírnosla.

La otra opción es la de no confundir churras con merinas, y dar a Castilla lo que es de Castilla y a España lo que le corresponde. La pluralidad en la Península Ibérica engloba a dos estados, cada uno de ellos compuesto de un mosaico de pueblos. La pluralidad dentro del Estado español debe ser defendida y reforzada, por bien de todos. Pero obviar la pluralidad de ese “resto de España”, reduciéndolo a una mera rebaba, de las que sobran y se liman, de las que sólo tienen identidad “por defecto”, no es la mejor manera de preservar ese pluralismo.

Ángel González García
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