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Cuadernos de Lavapiés

Lavapiés fronterizo

Lavapiés fronterizo Tras varios años sirviendo en la Guerra de Marruecos, Arturo Barea vuelve a su Madrid natal, y se establece en la calle del Ave María, en Lavapiés. Su infancia había transcurrido, según cuenta el propio Barea en su autobiografía , The Forging of a Rebel entre el “barrio de Palacio”, donde vivía su adinerado tío, y el de Lavapiés, donde lo hacía mal que bien su madre, lavandera y viuda.

Desde que Barea se avecindó en el barrio hasta las postrimerías de la Guerra Civil, el madrileño se vio envuelto con papel de protagonista en la Historia de España y su capital. Cuando por fin consigue huir de la muerte que le hubiera deparado el régimen franquista, Barea se establece en Inglaterra. Desde allí, en la lejanía del exilio, describe con estas palabras el Lavapiés que había dejado:

En aquella época, Lavapiés era la frontera de Madrid. Era el final de la ciudad, y el fin del mundo. (… ) La gente había bautizado los límites del barrio: las “Américas” y “El Nuevo Mundo”. Era, sin duda, otro mundo. Hasta allí llegaban la civilización y la ciudad. Y allí acababan ambas.” (Barea 92)

La madre de Barea, proletaria de los lavaderos del Manzanares, subía y bajaba (cargada de fardos de ropa) por calles empinadas que desembocaban en el límite de la ciudad, mientras que el pequeño Arturo recorría callejuelas completamente diferentes y asombrosamente similares a las de hoy. En las fronteras del barrio comenzaba un mundo de seres y cosas extraños.

Allí, la ciudad vertía sus residuos, y también lo hacía el resto del país. Las aguas de Madrid arrastraban la escoria del centro a la periferia, y la escoria de las aguas de España eran absorbidas desde la periferia hasta el centro. Las dos olas se encontraban y formaban un cinturón que ceñía la ciudad. Sólo los iniciados, la Guardia Civil y nosotros los niños penetrábamos aquella barrera viva.

El siglo XX cambió muchas cosas. Hoy la plaza de Lavapiés no es el último espacio urbano de Madrid. Cruzando la Ronda de Valencia ya no se abandona el casco urbano de una ciudad que se ha desparramado hasta dejar al barrio en el centro. Sin embargo, Lavapiés sigue siendo una membrana permeable en ambas direcciones. Sus cuestas todavía conducen desde la altura hasta los bajos fondos, o viceversa, según de dónde partamos:

Costanillas y arroyos barbados de hierbas resecas y amarillentas. Chimeneas fabriles escupiendo humo, mezclando su ponzoña con los olores provenientes de los establos, sus zumos pestilentes goteando cuesta abajo. Solares de suelo negro y pútrido, arroyos sucios y trozos de tierra resquebrajada y seca…

Un escenario muy diferente al de ahora formaba el espacio urbano que vio corretear al joven Barea. Hoy no duermen las recuas de los arrieros en los patios y portales de las corralas, ni bajan los torrentes malsanos por mitad de calles polvorientas. No hay “árboles epilépticos”, ni “cardos hostiles” resistiendo las dentelladas hambrientas de cabras famélicas. Las tripas vergonzantes de raquitismo desnudo y descalzo que describe Barea ya no deambulan por las calles del barrio. Hoy, niños bien nutridos arrastran sus mochilas cuesta arriba, enfundados en uniformes azul marino y gris, con sus donuts en la mano y un gameboy en la otra. El “Barrio de las Injurias”, como lo llamaban algunos contemporáneos de Barea, ya no es el “fiel de la balanza”, el punto de encuentro entre el existir y el dejar de ser.

Hoy el desnivel de sus calles está festoneado de tiendas al por mayor y locutorios telefónicos. En la plaza no se mezclan los patriarcas gitanos de patillas plateadas con los niños descalzos recogiendo colillas de cigarro para venderlas al peso. No hay burros, ni gallinas picoteando a la puerta del Champion, ni suben las lavanderas con sus bultos de ropa ajena, esquivando las avenidas de agua residual que bajaban en torrenteras sépticas.

Hoy, en la mismísima plaza tiene su sede una biblioteca universitaria, y dentro de poco lo hará un centro nacional de teatro. Las corralas, que Barea describió en inglés como galerías penitenciarias, donde los “reclusos” del barrio compartían letrina, ya casi no existen. Hoy son pisos con portero electrónico y televisor, donde se apilan los inmigrantes, diez en dos habitaciones, para poder hacer frente a alquileres tan abusivos como los de hace cien años. Por eso será que pasan tanto tiempo en la plaza, en la calle, haciendo turnos quizá para dormir…

En las corralas modernas se sigue dando la misma mezcla heterogénea de entonces. Barea hablaba de el albañil, el herrero, el carpintero, el vendedor de periódicos, el mendigo ciego de las esquinas, el arruinado, el desposeído…Y el poeta. Hoy son el senegalés que regenta un locutorio de humedades, el marroquí que vende artesanía de oropel, la ecuatoriana que limpia oficinas, el chino que acarrea fardos de artículos del todo a cien…

A principios del siglo XX se oían, según el Barea exiliado, diversas lenguas en la Babel de las costanillas: el habla refinada del caballero venido a menos, el acento desvergonzado del chulo, la jerga de ladrones y mendigos, la altisonante retórica del escritor siempre en ciernes…Lo mismo blasfemias horripilantes que frases exquisitamente tiernas. En los comienzos del siglo XXI, sólo un paseo basta para coleccionar sustantivos wolof, verbos mandarines y adjetivos rifeños. Y los niños, mezclando las lenguas de sus padres con el español más vivo y castizo.

Cuenta Barea que sus paseos infantiles siempre le llevaban desde la Plaza de Oriente, cuesta abajo, hasta ese barrio cercano y del otro mundo. En su descenso, los escenarios cambiaban, desde las galerías de mármol del Palacio Real, con sus alabarderos de guardia y sus grandezas de España, hasta las pilas de basura donde unos cuantos andrajosos buscaban su cena entre los desechos. Al llegar la noche, Barea, retomaba el camino hacia arriba, hacia el centro, para pasar la noche en casa de sus tíos adinerados. Igual que él, miles de personas atravesaban Lavapiés en un camino de descenso hasta el infierno de la pobreza, arrastrados por la mala suerte, la desgana o la enfermedad. Otros, de igual pero diferente modo, subían la escala social desde los límites de Madrid hacia arriba, en busca de un triunfo que las más de las veces se diluía en mera supervivencia.

Hoy, los inmigrantes de mantienen vivo Lavapiés. También para ellos el barrio es el primer escalón de un ascenso que les lleve hasta la dignidad. Algunos de ellos, llegarán hasta la cima, y conseguirán conquistar el último repecho. Otros se quedarán en el barrio para siempre, mientras que otros caerán de nuevo rodando hasta un arroyo que ya no existe, porque Madrid llega hoy hasta más allá del horizonte.

En cuanto a los poetas, a los escritores siempre en ciernes y sus altisonantes palabras, algunos hay aún que, como yo, se apartan del paso cuando baja el torrente de los desechos, y se aprietan contra las paredes de Lavapiés, esperando poder escalar un día la costanilla del éxito, una vez pasado Antón Martín, donde la vida es menos empinada, dicen.

Ángel González García
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4 comentarios

putaquearticulomasbueno -

hey no jodan... ese articulo esta bergon!

patsy scott -

Interesantísimo. Acabo de leer también un libro de Bernardo Veksler sobre Lavapiés.
Lo que me gustaría es cambiar un poco el final de su crónica, con todos los respetos. No todos los que vivimos aquí lo hacemos temporalmente, a la espera de "ascender" hacia barrios con calles menos empinadas.
Mi compañero y yo vivíamos en el noble y aburridísimo barrio de Salamanca y hace ocho meses decidimos, por motivos tanto económicos como lúdicos, venirnos a vivir aquí.
Ha sido la mejor decisión de nuestra vida.
Somos ambos profesionales autónomos, hemos vivido en diferentes países y la vida de este barrio no tiene igual en ninguna parte del mundo. No me cambiaría a otra zona de Madrid ni por todo el oro del mundo. Ah! y vivimos en una corrala.
With love, from Lavapiés.

enrique -

Muy buena aportacion del madrid del XIX

enrique caceres romero -

bueno que esto de la historia de lavapies de hace cien años es muy interesante pero los tiempos canvian y ya vemos otro lavapies aunque no es la urbe sin problemas poblacionales pero los que viven aca sinceramente no tienen otra que conformarse y agradecer esta suerte que les esta tocando vivir y luego luego la idea es ir para adelante verdad de manera que esto de vivir aca es circunstancial nomas suerte para todos los que vivimos aqui
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