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Cuadernos de Lavapiés

Así está el patio

Me he levantado cuando ya había terminado la ceremonia. Me he tomado el café del desayuno viendo en televisión el recorrido oficial en un coche vetusta-fashion, bajo una lluvia más de otoño que de primavera. La cámara del helicóptero que oigo a través de la ventana que da al patio de luces muestra unas calles que parecen vacías y desmayadas de ánimo.

No digo que no haya gente, que la hay, aguantando la lluvia a pesar de todo, como la comentarista señala con tono de decepción mal escondida. Pero el revuelo mediático de las últimas semanas, tan hinchado y autocomplaciente, hace que los huecos entre los que se ve mucho más pavimento del augurado parezcan mayores.

La comentarista repite que es una pena que la lluvia haya retenido a tantos en casa. Pero más llovía después de los atentados, y hacía frío, y eso no detuvo a millones de personas. Ver en televisión la enorme pantalla dispuesta para la muchedumbre fantasma en la Plaza de España es un canto a la desproporción, y me hace preguntarme hasta qué punto nos importa lo que quieren que nos importe.

La comitiva avanza hacia la Glorieta de Atocha, aquí al lado, mientras yo fumo junto a la ventana, mirando en pijama lo que está sucediendo a dos calles de mi casa, oyendo el ruido del helicóptero que baja y llena el patio estrecho de pocas luces, marcándole el compás a las gotas de lluvia que se estrellan contra el suelo.

Más tarde aparecerán imágenes de una casa particular, en la que familiares y vecinos celebran con cava y canapés, y hacen turno para asomarse a unos privilegiados balcones desde los que ver pasar la comitiva. Algunos confiesan sentirse testigos de excepción de la Historia viva, con mayúsculas, que desfila por delante de su portal con la misma cercanía que lo hace cada noche el camión de la basura o las prostitutas de Montera.

Desde mi ventana, que da a un patinillo, no se puede ver la Historia. Se oye su retumbar, como la noche en que Lavapiés golpeó cacerolas para pedir verdades, hace tan poco...Como se trata de una escalera interior, acaso lo que se percibe desde mi patio sea la intrahistoria de Unamuno, con la salvedad de que aquí colgamos los calzoncillos, porque al fin y al cabo es un patio de luces.

Hoy los calzoncillos no se van a secar rápido. Llueve fuerte, hasta que escampa por fin, y se va la borrasca, y vuelve la primavera serrana de Madrid, y la gente sale a la calle, ahora sí en mayor número, por ver algo del final de los circenses e invadir luego bares y figones.

Ángel González García
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