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Cuadernos de Lavapiés

De madera

El primer acto que los novios han representado tras su enlace ha sido la entrega del ramo a la Virgen de Atocha. Esta figura de cara morena, como la del niño que porta en brazos, es la patrona de la monarquía, pero este año, todo el mundo se ha familiarizado con el sonido del nombre Atocha, y no por esa razón. Noticieros en japonés, inglés, árabe y en todas las lenguas que dan noticias televisadas han pronunciado ese nombre, cada uno con su acento y entonación, con imágenes terribles sirviendo de fondo. Este año, la ofrenda del ramo de novia a la Virgen de Atocha tiene un significado más.

La comentarista de televisión apunta todo esto, claro está, y también apunta al hecho de que la Virgen es muy morena. Especifica que se debe a un oscurecimiento de la madera por el paso de los siglos. No es la primera vez que oigo esto. Hace 400 años, muchos españoles sintieron la necesidad de explicar el sospechoso bronceado que exhibían muchas imágenes sacras. En algunos casos, lo moruno de tanta Santa Patrona se entendió como el resultado de rocambolescas historias de vírgenes enterradas, visigodos heroicos y morismas sacrílegas frustradas en sus iconoclastas intentos. “De tantos siglos enterradas para hurtarle el cuerpo al sarraceno”, decían algunas voces barrocas, “nuestras vírgenes se habían puesto morenas, aunque no morunas”.

Sin embargo, al ver la imagen de la talla, uno se pregunta sino estará hecha, simplemente, de una madera ya de por sí oscura, importada quizá desde las selvas del Mali maderero hace diez siglos.

Dos páginas más allá, leo otra noticia, cansado como estoy de vírgenes, bodas reales y protocolos imperiales. En Gran Canaria se han encontrado los cadáveres de cinco hombre negros, en la bodega de un carguero que transportaba maderas tropicales. “Un mercante procedente de Costa de Marfil (que) traía caoba, iroko, sipo, obeche y makore”, para hacer sillas, librerías, mesas de billar, quién sabe si para convertirse en santos de la devoción de alguien tras pasar por el taller de un artista.

Al abrir la bodega, se encontraron cinco figuras de ébano, de tamaño natural, sin vida. El periódico explica: “la madera que se encuentra en el interior (de la bodega) sigue su natural proceso de captación de oxígeno y expulsión de dióxido de carbono” con lo que los cinco polizones (y otro muchos más) se asfixian poco a poco en la cámara hermética donde se metieron para huir de la miseria.

Uno piensa en sus cuerpos de ébano y piensa en los africanos que venden figuras de madera en los paseos marítimos plagados de turistas: elefantes de todos los tamaños, máscaras, diosas danzantes...El olor a madera preciosa, a madera tropical, se mezcla con el de la descomposición de sus cadáveres, y las máscaras tribales a 10 euros se difuminan con la cara morena y de madera de la Virgen de Atocha.

Ángel González García
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