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Cuadernos de Lavapiés

Belén viviente

Vivo cerca de la iglesia de San Sebastián, una de esas estructuras que mi ignorancia despreciaba, cuando solía pensar que Madrid no tenía iglesias bellas ni rincones mágicos. Eso era cuando un cierto sentimiento provinciano de inferioridad pretendía consolarse con el tipismo del terruño propio, que nada tendría de esa urbanidad cosmopolita de la capital, pero "cuyo barrio del _____________ o castillo de ________________, o cuyas vistas desde la torre de la catedral de __________ valían, aunque sólo fuera por lo pintoresco, más que diez madrides."

Ahora, que no necesito comparar ausencias con presencias, me limito a pasar por delante de la iglesia de San Sebastián y a disfrutar del olivo que nació hace mucho junto a la puerta de la fachada que da a la calle Huertas, en una especie de jardín, que ocupa el mismo lugar que en tiempos fuera cementerio. Al lado de la cancela hay un tramo de empedrado, el más ilustrado de España, con el piso tachonado de letras de bronce que los turistas inmortalizan en píxels. La plaza del Ángel cobija un botellón suministrado por la licorería, regentada por inmigrantes chinos, que despachan aguardiente de lagarto, Coca-Cola, ron y vasos de plástico, dentro siempre del horario contemplado por la normativa municipal. A diez metros, una heladería italiana atendida por un argentino, una tienda de artesanía mexicana y un rosario de bares de copas que te invitan a un chupito presentando en barra el cuponcito que te ofrecen los promotores que jalonan Huertas.

Tras la cancela, un olivo y una fachada que ya no se usa, pero que en tiempos estaba llena de mendigos, de pedigüeños casi medievales, de ciegos romancistas, de lisiados rezadores, de huérfanos profesionales que esperaban a las almas piadosas que venían a ponerse a bien con sus conciencias. Los narra Galdós en Misericordia, y resultaría difícil imaginarlos, entre turistas que comen helado de pistacho, sino fuera porque, en verano, algunos sin casa nada galdosianos se instalan en los bancos y portales de la plaza contigua. Al lado, el hotel en que Manolete rezaba antes de torear, que todavía aparece mencionado en las guías como el hotel de los matadores, escupe de vez en cuando un público adinerado, que ya no entra en la iglesia de San Sebastián, pero que sigue midiendo su éxito con el rasero de los desgraciados de la plaza, acartonados por la miseria y el abandono.

Yo, que paso algunas mañanas por San Sebastián camino del trabajo, sólo a veces encuentro el fantasma de Cadalso, que se quiere saltar la cancela de lo que fue cementerio para robarse el cadáver de su amada. La juerga nocturna de los estudiantes Erasmus de medio mundo impidió al necrófilo platónico consumar su sacrílego escarceo, y la mañana se le viene encima merodeando con ojeras y peluca blanca. A veces le ven los vagabundos que duermen en sus garitas de embalaje de frigoríficos No-frost, y le toman por un colgado excéntrico y le miran no hacer nada, pero tan lúgubremente, que parece cosa de llorar o del diablo, que todo es uno...Y es que para un mendigo que no pudo serlo de Galdós poca importancia debe tener un señorito arromanticado que escarba con los ojos el suelo donde descansó hace demasiado la carne momia de su novia tísica.

Varias estaciones de metro después, llego a la Colonia Metropolitana. Por las amañanas, los rebaños de estudiantes harían pensar que las casas con jardían alineadas en estas calles de ciudad jardín cobijan familias numerosas como de teleserie anglosajona, pero no. La mayoría de jóvenes desaparece después de clase, hasta los que viven en los colegios mayores de la zona, y se vierte sobre Moncloa, con la querencia de bares y aceras concurridas. Cuando terminan las clases, las calles sin bullicio, tiendas ni bares de la Colonia Metropolitana se quedan vacías, o casi. El horario de visitas de las clínicas privadas ha terminado. Los colegios de monjas ya escupieron al chavalerío uniformado, recogido por parentela o servicio en coches de empaque. Una universidad privada que por las mañanas hierve de aspirantes a empresario del año está ahora vacía y apagada, sin nada que justifique la tapia que la define, las puertas que la guardan.

Por entre las aceras ajardinadas aparecen entonces los mendigos del Siglo de Oro, los lisiados medievales, los soldados del Tercio arrastrando muñones por compasión de Dios y la Patria, los ciegos de Galdós y los de todas y cada una de las vergüenzas, literarias o no. Vienen a la sopa boba, porque en algunos chalés sin adosar con pinta de familia pudiente y reproductora se ha instalado el comedor de una congregación de monjitas, seglares o no, que se esconden tras las tapias como se escodían en otros tiempos las monjitas guapetonas de las comedias de capa y espada. Sólo que ahora, en la Colonia Metropolitana, las verjas miran con cámaras de seguridad, y la mayoría de los clientes del comedor de amparo bajaron en algún momento no de las galeras de don Juan de Austria, sino de las pateras que pudieron llegar a la playa.
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