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Cuadernos de Lavapiés

Monipodio en Nueva York

Yo conocí la Sevilla barroca en el Nueva York del cambio de milenio.
Éste podría ser el comienzo de un poema en prosa, inspirado en la visión de alguna joya de Zurbarán en un museo de Manhattan. Si José Hierro escribió Los Claustros tras ver un trozo de cielo de Harlem en el patio románico transplantado a un anexo del Metropolitan, bien podría yo evocar la Sevilla de mi juventud en la estatua del Cid que hace guardia ante el Hispanic Institute, y que es el mismo Campeador de Vivar que se ve desde la puerta de la Fábrica de Tabacos donde Carmen se arremangaba las faldas para enrrollar cigarros.

Pero no, no es eso. Cuando digo que descubrí la Sevilla de Monipodio en el Nueva York de hoy, no me refiero a una evocación artística. Yo descubrí en las calles y en los barrios de Manhattan cómo fueron en realidad los de la metrópoli imperial, cómo caminaron los jaques del Arenal, cuánto se parecieron al miedo las caras de las prostitutas viejas de la mancebía, cómo se doblaron las espaldas de los aguadores y los esportilleros, cómo refulgieron los dorados de los coches de mano donde el lujo que hoy pasea por la Quinta Avenida se mezclaba con el barro de los arrabales del río. A la vuelta de la esquina entre la Primera Avenida y el comienzo del Harlem , pude ver la Casa de la Contratación , un poco más allá de la Torre del Oro , en una calle pegada a la muralla como lo está Wall Street , a la vista del puerto donde se alternan los galeones de la carrera de Indias con los petroleros y las barcazas que transportan desperdicios Hudson abajo, hasta llegar a Sanlúcar de Barrameda .

También las murallas de la Sevilla más cosmopolita que conocieron los siglos dejaron claro quién era quién y cuál era su sitio. Negros de arrabal, cofrades mulatos, moriscos sospechosos, ajudiados genoveses, portugueses ocupados, flamencos (no los del tablao, sino los de la tabla que inventó Pérez reverte), ciento y una naciones se mezclaban sin juntarse en la Sevila que decidía con doblones los destinos de tierras lejanas. Hoy, Chinatown y Little Italy se van convirtiendo en parques temáticos, pero en todos los huecos que dejan el asfalto y los arbustos nacen nuevos guetos, que siguen funcionando a pesar de las excepciones.

Las ocupaciones también están divididas, definidas las competencias de las razas: los judíos para abogado, los italianos a restaurar, los chinos a lavar ropa, los latinos a fregar, limpiar y dejar reluciente lo que se pueda. Cada pueblo tiene su función y su puesto, como en la Sevilla que se dividía en calles, las calles en gremios y los gremios en grupos sociales que cada vez tenían más difícil sacudirse el papel que se le asignaba.

Y descubrí sobre todo la Sevilla pícara en el claroscuro tenebrista y descarnado de Nueva York, en la profundidad de las diferencias, en los contrastes carnavalescos. El mendigo que se refleja en el escaparate lujoso e innecesario, las chabolas de cartón que miran desde el otro lado de una ciénaga la silueta de los dientes de acero del skyline. Los guardainfantes de diseño, las carrozas cubiertas de tapices, los jubones de brocado y las agujetas de encaje, los sombreros de jaque bigotudo, plumíferos e innecesarios también ellos. La riqueza robada convertida en orfebrería de capilla, y junto a todo ello, como para darle color y profundidad, las viejas empujando carritos de supermercado, el harapo de hombre que se emborracha de líquido anticongelante para radiadores, los niños que nunca irán a la escuela, los jóvenes que morirán en reyertas callejeras. En vez de floretes y flores de esgrima, capas de nocturnidad y sombreros alados, bandas callejeras semiautomáticamente armadas hasta los dientes, en vez de vihuelas, turntables donde suenan raperos que no alcanzan el mercado europeo, y que mueren jóvenes de lo mismo que cantan.
"Los Claustros", de José Hierro, en Cervantes Virtual
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