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Cuadernos de Lavapiés

Senatus Populusque Texani

G. W. Bush ha hecho albóndigas verbales en su discurso de posesión, con la carne picada de demasiadas víctimas. La ha aderezado con una salsa en la que la palabra "libertad" hasta se hizo empalagosa, y ha bailado al son de la autosatisfacción frente a los principales contribuyentes a su campaña.

Su toma de posesión ha sido la escenificación calderoniana de lo que un francófilo llamaría la "estrategia del fait accompli", y que en vernáculo sería bien traducida por "la política del por cojones". Su verdadera toma de posesión tuvo lugar en Florida hace cuatro años, de manera ilegal. Pero, una vez dentro, el okupa neo-conservador se ha hecho fuerte, asegurándose la reelección. Para ello, hacía falta invadir un país, y lo hizo, mintiendo pero sabiendo que a lo hecho, pecho, y que no hay mejor disculpa que la no emitida o la que llega cuando ya no hay remedio.

El heredero a la presidencia de los EEUU ha prometido llevar la libertad a todos los rincones del orbe, y lo ha hecho desde un escenario con el documento de la constitución de los EEUU de fondo. También los cónsules romanos se las prometían exitosas a la hora de recetar civilización a las asilvestradas tribus europeas de la época, y de semejante modo se pronunciaban las capitulaciones que daban carta casi blanca a los conquistadores españoles en las Indias. Llévese la cruz de Santiago, el SPQR o las barras y las estrellas, cambian en realidad sólo los símbolos y las excusas. Las de imponer latines civilizadores, bautismos de salvación o democracias importadas "por cojones" ha servido, mayormente, para esquilmar oros, dorados o negros, y para poco más.

El re-ungido tejano ha machacado la palabra libertad hasta dejarla sin pulpa, pero ha tenido el detalle de prometer reformas en la política social de su país. Ante su promesa de privatizar la seguridad social, me he acordado de los autobuses de pensionistas neoyorquinos que pasaban por delante de mi casa, camino de Canadá, en busca de medicamentos baratos. Algunos de ellos eran veteranos de guerra que tenían que pasar horas en la carretera para conseguir medicinas en un país donde no tuvieron un Vietnam ni han empezado el siglo exportando libertad, pero donde existen y funcionan la sanidad pública. Hasta para los vecinos yanquis que derramaron su sangre por su país o se desangraron a impuestos.

Lo peor de aquellos viajes, me contaron, no eran las horas de espera, ni las paradas obligadas por próstatas renqueantes, sino el acoso al que les sometían los propios guardas aduaneros estadounidenses, cuando regresaban de la excursión farmacéutica. Les llamaban anti-patriotas, y les hacían vaciar las maletas, y hasta les humillaban por irse a comprar genéricos en el país vecino, en vez de pagar precios que no podían permitirse con sus pensiones de Cenicienta.

Algunos de estos pensionistas soñaban con el día en que Fidel Castro se bajara del burro, no para irse de jineteras y dinios, que a su edad ya no, sino para poder encontrar un médico decente a precios humanos, no más cruzando unas millas de mar color turquesa. Aunque, claro, para alcanzar tal meta, antes sería necesario imponer allí también, de una vez por todas, esa "libertad" que Bush babeó anoche "urbi et orbi".

Ángel González
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