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Cuadernos de Lavapiés

El caso del vengador pirómano III

III

Muy quemado

Larghetto incordioso

            Lo siguiente que pasó en la vida de Tom Rugelach quizá merecería la pena ser descrito de una forma menos sucinta, pero es que resulta tremendamente pesado relatar el proceso psicológico que siguió al accidente, y que sacó por completo de quicio al pobre Tom.

Si antes resultaba necesario para el desarrollo argumental y dramático de la historia que hubiera un incendio, ahora hay que dar por hecho que a Tom Rugelach se le caen varios tornillos, y queda un tanto desequilibrado.  El cómo llega nuestro hombre hasta tal extremo habrá que imaginárselo, aunque esperemos que lo ya relatado de su niñez, junto con las pistas proporcionadas por sus reacciones, y por la descripción del contexto socio-cultural en que vive, habrán de ayudarnos en la recreación off stage de los escalones que llevan a Tom a la irracionalidad que a partir de ahora mostrará .

            De momento cabe decir que la tomó con los bomberos.  Les hacía culpables de todas sus desgracias, y por ende les juró eterna  inquina.  A medida que se iba deteriorando la salud mental de Tom, su odio hacia los bomberos se acerbaba.  Se entusiasmó con el fuego.  No sabemos si ya de pequeño tuvo inclinación a jugar con mecheros y cerillas.  De ser cierta su predisposición, el incidente del automóvil no habría sido sino el detonador que hiciera prender de nuevo el rescoldo subconsciente de una piromanía reprimida.  Pero no vamos a pillarnos los dedos afirmando ni negando, sino que nos ampararemos en el recurso de querer dejar al lector concluir lo que mejor le pareciere.  Y tiramos del comodín para seguir narrando a continuación cómo la cuenta del gas subió a límites insostenibles, ya que el buen hombre, en su fanatismo, prohibió a su mujer e hijos apagar los quemadores de la cocina, que permanecían siempre en llamas.  Una noche de Mayo, cuando descubrió que la canguro había apagado el horno, que llevaba encendido desde Navidad (por el pavo, se entiende), Tom la emprendió a gritos con la pobre chica, diciendo que en su casa no quería apaga-fuegos ni profesionales ni aficionados.  La chica dejó de cuidar a los niños de los Rugelach y de fumar; gracias a eso terminaron no echándola del equipo de animadoras de su instituto, el Middleton High School,  del que pasó a la universidad de Wisconsin, donde conoció a su actual marido.  Ahora viven en Montana y tienen tres preciosos niños que creen en el futuro y que con un poco de suerte y mucho esfuerzo honrado llegarán a altos ejecutivos de una empresa de Internet, que es el futuro, obviamente. 

Tanto la temperatura en centígrados como la emocional llegaron a hacer de la casa de los Rugelach un sitio insoportable, y eso a pesar de que la mujer de Tom se deslizaba de la cama cada noche para apagar al menos los fogones, preocupada por la seguridad de sus hijos.  Luego la pobre tenía que levantarse antes que su marido, para volver a encender la cocina y que él no se diera cuenta.

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