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Cuadernos de Lavapiés

Relatos y cuentos

El caso del vengador pirómano III

III

Muy quemado

Larghetto incordioso

            Lo siguiente que pasó en la vida de Tom Rugelach quizá merecería la pena ser descrito de una forma menos sucinta, pero es que resulta tremendamente pesado relatar el proceso psicológico que siguió al accidente, y que sacó por completo de quicio al pobre Tom.

Si antes resultaba necesario para el desarrollo argumental y dramático de la historia que hubiera un incendio, ahora hay que dar por hecho que a Tom Rugelach se le caen varios tornillos, y queda un tanto desequilibrado.  El cómo llega nuestro hombre hasta tal extremo habrá que imaginárselo, aunque esperemos que lo ya relatado de su niñez, junto con las pistas proporcionadas por sus reacciones, y por la descripción del contexto socio-cultural en que vive, habrán de ayudarnos en la recreación off stage de los escalones que llevan a Tom a la irracionalidad que a partir de ahora mostrará .

            De momento cabe decir que la tomó con los bomberos.  Les hacía culpables de todas sus desgracias, y por ende les juró eterna  inquina.  A medida que se iba deteriorando la salud mental de Tom, su odio hacia los bomberos se acerbaba.  Se entusiasmó con el fuego.  No sabemos si ya de pequeño tuvo inclinación a jugar con mecheros y cerillas.  De ser cierta su predisposición, el incidente del automóvil no habría sido sino el detonador que hiciera prender de nuevo el rescoldo subconsciente de una piromanía reprimida.  Pero no vamos a pillarnos los dedos afirmando ni negando, sino que nos ampararemos en el recurso de querer dejar al lector concluir lo que mejor le pareciere.  Y tiramos del comodín para seguir narrando a continuación cómo la cuenta del gas subió a límites insostenibles, ya que el buen hombre, en su fanatismo, prohibió a su mujer e hijos apagar los quemadores de la cocina, que permanecían siempre en llamas.  Una noche de Mayo, cuando descubrió que la canguro había apagado el horno, que llevaba encendido desde Navidad (por el pavo, se entiende), Tom la emprendió a gritos con la pobre chica, diciendo que en su casa no quería apaga-fuegos ni profesionales ni aficionados.  La chica dejó de cuidar a los niños de los Rugelach y de fumar; gracias a eso terminaron no echándola del equipo de animadoras de su instituto, el Middleton High School,  del que pasó a la universidad de Wisconsin, donde conoció a su actual marido.  Ahora viven en Montana y tienen tres preciosos niños que creen en el futuro y que con un poco de suerte y mucho esfuerzo honrado llegarán a altos ejecutivos de una empresa de Internet, que es el futuro, obviamente. 

Tanto la temperatura en centígrados como la emocional llegaron a hacer de la casa de los Rugelach un sitio insoportable, y eso a pesar de que la mujer de Tom se deslizaba de la cama cada noche para apagar al menos los fogones, preocupada por la seguridad de sus hijos.  Luego la pobre tenía que levantarse antes que su marido, para volver a encender la cocina y que él no se diera cuenta.

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El caso del vengador pirómano II

II El Dorado

Allegro ma non troppo

Los días que siguieron Tom intentó combatir el desánimo de mil maneras.  En vez de aceptar con resignación el hado, y achacarlo a la vida, que es así a veces, Tom se dedicó a visitar bufete tras bufete en busca de un abogado que le prometiera resolver el pleito a su favor.  Ni siquiera Allen Rothenberger, de la firma Rothenberger & Rothenberger,  ¾que se anunciaban en la tele prometiendo indemnizaciones millonarias a todo el que tuviera la mala suerte o el designio de caer en una zanja de albañiles¾  le animó a seguir con la porfía.  El caso estaba claro, y ni Perry Mason redivivo le ahorraría la multa.

            La señora Rugelach había venido de alguna remota parte de Europa muchos años antes, y aún conservaba esa resignación que caracteriza a quienes las han pasado canutas durante siglos.  Esa fue, y no otra, la fuerza que la sostuvo cuando quedó inútil el padre de Tom.  Silencio y barajar, achantarse y a seguir tirando para adelante, que Dios aprieta pero no ahoga, y cuando cierra una puerta otra se abre.  Pero su retoño era producto del país. Lo de la resignación callada le sonaba a actitud muy digna en Gandhi, o en un montañés balcánico harto de injusticias y limpiezas étnicas.  Pero en un americano de pro, hijo de la tierra de la oportunidad y merecedor por derecho de nacimiento de todos y cada uno de los derechos concebibles al ser humano en su más alta y elaborada expresión,  resignarse de ese modo no era justificable, perdonable ni aceptable.  Por no hablar de lo antipatriótico, y hasta lo anticonstitucional que una actitud resignada a buen seguro suponía.

            Pronto, Tom adoptó la firmeza de opinión y escasez de perspectiva que solemos asociar con la decisión inquebrantable, tomada tras convolutos razonamientos y reflexiones: si fuese necesario, lucharía hasta el final para reivindicar sus derechos, "you can bet your bottom dollar…"  Y si bien la negativa de hasta los más ladinos engañabobos de la abogacía le hiciera, como hemos visto,  abandonar la idea del recurso legal, otros recursos asistirían su justa lucha y allanarían el camino de su satisfacción.  Como en las películas de Charles Bronson.

El caso del vengador pirómano (Divertimento muy barroco en 10 movimientos)

I

 Una desafortunada casualidad

Adagio Assai

Tom Rugelach era un buen conductor. Siempre respetaba (en la medida de lo prudente) los limites de velocidad, jamas se saltaba un semáforo en rojo o un stop, y siempre aparcaba el auto donde no hubiera ni rastro de señales de prohibido.  Parar, siquiera un instante, delante de una boca de incendios no era su estilo ni su modus operandi, valga el latinajo.  Por todo ello, aquel día de lluvia tremenda y  frío desagradable en que dejara (si bien por unos instantes y sin que sirviera de precedente)  el coche frente a la boca de riego, mientras se acercaba al portalón de la escuela a recoger a sus hijos, Tom Rugelach se llevó una desagradable sorpresa. Como quiera que, no habiendo anticipado la posibilidad de un incendio en las proximidades, Tom se fio de la fortuna, ésta, que es muy arisca se lo tomó a chulería. Y como además de arisca, es poco original, no tuvo otra forma de mostrar a Tom Rugelach su osadía disponiendo que se declarara un incendio, como no, en las proximidades más inmediatas al malhadado coche de nuestro personaje. Así, el incendio se declaró, más como amante impetuoso que como tímido pretendiente, y la novia, en este caso el edificio adyacente al centro escolar, se vio pronto rodeada por las llamas de la pasión encendidas a su alrededor.

Aterrado, Tom Rugelach soltó las manitas de sus hijos y se puso blanco al ver el estado en que un camión de bomberos había dejado su mal estacionado vehículo. Llegados allí con la prisa y la urgencia que les caracteriza, los bomberos habían, en su celo extintor, desalojado el coche de Tom por la fuerza, para tener así acceso a la boca de incendios. El problema fue que los miembros del servicio contra incendios no se bajaron del camión en el que acudían a su honrosa misión antes de desalojar el coche de nuestro protagonista, con las consecuencias fácilmente deducibles del gesto de asombro y consternación que acabamos de ver en el rostro de éste. Antes bien, arremetieron contra el vehículo, nunca se sabrá si de manera fortuita o a consecuencia de un justificable celo profesional no exento de malicia hacia el (para ellos) anónimo saboteador.  La diferencia de masa entre ambos vehículos, añadida a la velocidad a la que se desplazaba el mayor de ellos, sin olvidar el detalle de que el menor se hallaba por completo inmóvil en el momento del impacto, ayudan a imaginarse el estado en que quedó el Honda Civic de Tom Rugelach, confirmando de paso las ventajas que tiene compartir narrador y lector unos conocimientos mínimos de las leyes de la Física.

            Cuando acudió junto a los afanosos bomberos, que desenrollaban las mangueras con prisa y eficacia, nuestro hombre se topó con la total falta de colaboración de los miembros del Servicio de Extinción de Incendios, que le comunicaron de forma bastante grosera que hiciese el favor de quitarse de en medio, que estorbaba y que había una casa ardiendo.  La madre de Tom siempre decía que su hijo había mostrado tozudez desde muy niño. Según la buena señora, antes de aprender a hablar, su vástago ya se había convertido en un maestro a la hora de salirse con la suya de cualquier modo posible, ya fuera llorando continuadamente durante horas, o simplemente berreando hasta empujar al límite la paciencia de sus señores progenitores. Mr Rugelach, el padre de Tom, era muy buen hombre pero muy inestable en lo tocante a las emociones, tanto que un buen día se le juntaron el hambre con las ganas de comer (digo una depresión originada por el estrés con una insoportable tarde de llantinas y berreas infantiles) y Mr. Rugelach, fuera de sí en lo psíquico, decidió hacer lo propio con lo físico y se lanzó de cabeza por la ventana. No se mató, empero, dada la escasa altura del segundo piso donde en aquel entonces residían los Rugelach, sino que quedó inútil para el resto de sus días. Los cuales fueron muchos, y dieron mucho que hacer a Mrs. Rugelach, que lo aceptó todo con resignación cristiana.

            Puestos así en antecedentes de su personalidad, no nos será difícil imaginar cómo se pondría de pesado esta vez con los bomberos el ya crecidito Tom. Lo suficiente como para que el capitán de estos le comunicara de mala manera que hiciese el favor de desaparecer de allí si no quería que lo detuviera por escándalo público. Tom dudaba de la validez de la amenaza, sospechando que un capitán de bomberos por muy capitán que fuera y mucha gorra de plato y mucha sirena en el coche carecía de la autoridad constitucional para arrestarle a uno.  Mientras así dudaba, notó Tom con desasosiego cómo la cara del capitán se enrojecía cada vez más y se le empezaban a notar las venas de las sienes.  Advertido del sentido común, o de lo que de él le quedaba, el ultrajado infractor del código de circulación optó por una retirada estratégica, y se fue con sus hijos, que estaban muy contentos por la de aventuras que iban a poder  referir el día siguiente a sus amiguitos.

            Cuando, a la mañana siguiente, Tom Rugelach volvía en el taxi a la oficina, tras hacer una visita burocrática a la concejalía de tráfico, lo hacía cariacontecido y meditabundo. El resultado de sus pesquisas y quejas había puesto en claro una cosa.  El seguro de responsabilidad civil que tenía suscrito desde hacía tiempo no cubría esta eventualidad.  Estacionarse, si bien por breves minutos, frente a una boca de incendios, no sólo era ilegal, sino peligroso y  caro.  El coche quedaba hecho trizas, y además le caía una multa que derribaba de un soplo sus esperanzas de irse de vacaciones a Miami el verano próximo.

Continuará (mucho me temo que)

 

Y Losantos sueños son

Anoche soñé que Jiménez Losantos se dejaba crecer una florida barba, ceñía (en buen hora) espada al cinto, y acaudillaba una hueste de taxistas madrileños, que asaltaban los altos alcázares de la calle Génova al grito de "¡con dos cojones!". El cielo se abría para presenciar tan magna ocasión y desde él, como un pantócrator leridano, presidía el mismísimo Caudillo, a la su diestra Aznar, el de las negras guedejas, y a la siniestra (es un decir) la Duquesa de los Aguirres. Un coro de alféreces de infantería travestidos de querubines (las alas, en vez de plumas blancas, lo eran de pollo frito del Kentucky Fried Chicken) presentaba armas, mientras Belén Esteban (juro que yo tampoco sé qué hacía ésta en mi sueño, a juzgar por el cásting onírico) recitaba un madrigal con el título de "A Jean Marie Le Pen, mon seigneur".

Esta mañana hice venir a mis aposentos al astrólogo judiciario que solemos mantener en nómina desde que acertó la combinación de la Primitiva, y le ordené que me lo analizara (el sueño). Abandonó la estancia cabizbajo, y esta noche, a la hora de cenar, me ha puesto junto al plato de salmorejo un sobre con su dimisión. "Me voy por donde he venido", ha dicho mientras desaparecía, con un petate al hombro. Me he quedado con dos palmos de narices, y he intentado inquirir entre el servicio. Unos me han dicho que si era moro y que no le gustaban los afeitados en seco (tampoco yo entendí esa referencia a barbas mojadas y vecinos rasurados a la fuerza), mientras que otros hicieron veladas referencias a que la familia del astrólogo había sido de herejes, y reconciliada por el Santo Oficio por haber votado a Izquierda Unida en unas autonómicas.

El caso es que me he quedado sin astrólogo judiciario (y eso que le debía el salario de tres meses) y sin saber qué significaba, vaticinaba u otrosí advertía mi sueño, con lo que temo no poder conciliarlo esta noche. Haría llamar al bufón de la corte, pero desde que le pegaron una paliza los seguratas del metro, está muy tristón y no me hace gracia ninguna. 

La tregua de ETA, claro -¿qué esperábais?

Querido amigo,

Como sabrás, la reciente noticia de la tregua ofrecida por los terroristas de ETA al gobierno de ZP ha suscitado una euforia general en gran parte del país, euforia que parece puede desembocar en el final del conflicto armado que ha venido azotando España desde hace ya demasiadas décadas. Nada más lejos de nuestra intención que cuestionar la necesidad de dicho final, ni de intentar prolongar una situación que todos consideramos terrible y dañina para el bien común. Pero sí que estamos preocupados ante la posibilidad de que el actual ejecutivo nacional termine por firmar una paz a toda costa, en la que quedarían impunes los delitos cometidos por los terroristas.

Creemos en la Paz, con mayúsculas, pero consideramos imposible que ésta nazca de la injusticia, del olvido y de la impunidad para con aquéllos que han apoyado, fomentado y/o permitido la violencia.

Es por ello que deseo invitarte, mediante la presente, a que participes en la manifestación de rechazo convocada para dentro de poco por ya tú sabes quién, y a que unas tu voz a las de cuantos queremos para nuestro país un futuro en paz, a través de un presente en justicia.

Aprovecho la ocasión para saludaros a ti y tu familia.

 

Sin otro particular, se despide atentamente,

 

Uno de los detodalavida

 

 

Queridísimo amigo,

Estoy completamente de acuerdo con cuanto expresas en tu mensaje. No podemos permitir que, en nombre de una supuesta paz, que más llamaría capitulación, se pisotee la memoria de todos los que murieron a manos de esos asesinos.

Es por ello que lamento tener que comunicarte que no podré asistir a la manifestación, por razones familiares, ya que estaré visitando por esas fechas a mi abuelo, el General Todosfirmes, quien cumple, como tú sabes, los noventaytantos en su dorado retiro de Puerto Banús.

Aunque ya sabes que a veces se pone pesado enseñando sus medallas al mérito militar, contando sus batallitas de cuando la Guerra, o rememorado sus cacerías con El Caudillo, siempre es un placer compartir con él esos momentos tan entrañables. Y no hablemos de que me interesa tenerle contento, con tanto primito moscón queriendo hacerle carantoñas a la herencia del ilustre abuelo…

Espero que sepas disculpar mi ausencia, aunque te aseguro que, si bien mi cuerpo mortal estará tomando el sol a orillas del Mediterráneo (un trozo de orilla que papá recalificó en el 74, cuando era alcalde, y que luego compró el abuelo con esa sagacidad que ya le distinguiera en el 36), mi espíritu estará con todos vosotros, gritando consignas en pro de la justicia.

 

Deseando lo mejor para ti y los tuyos, se despide afectuosamente,

 

Otro que Tambienbaila

Aspiradoras y aspiraciones

Dolores fabricó aspiradoras desde que su marido dejó de enviar dinero, hasta unos años antes de la pre-jubilación. Gracias a su empleo en la fábrica, había sacado adelante a sus dos hijos, a pesar de las dificultades. Había tenido suerte y encontrado un puesto fijo. Los chicos crecieron deprisa, y el más pequeño ya hacía una carrera en Barcelona. El mayor había aprendido inglés y estaba colocado en un hotel de la costa.

Después de años ensamblando cuerpos a tubos y bombas a carcasas, la fábrica cerró. Sus productos seguían succionando el aire de los rincones de las salas de las casas, y en televisión continuaban recomendando su adquisición (“magnífica relación calidad-precio, fiabilidad, son silenciosas e ideales para moqueta, parqué o gres”), pero la multinacional había decidido que, si reubicaban la planta en algún otro país, los costes de producción se rebajarían en un 70%.

Nada nuevo, dijeron los noticieros local y autonómico. Mera repetición de lo acaecido décadas atrás, cuando una ciudad de impronunciable nombre germánico fue abandonada para venir a darle trabajo a Dolores, justo un mes después de que llegara el último giro desde Zurich.

Dolores cobró el subsidio algunos meses. El pequeño, en vez de acabar la carrera, se alistó “para aprender electrónica”. El mayor habló con la dirección y, como era un buen empleado, de confianza y buen chico, le consiguió una entrevista a su madre. En ella, Dolores explicó con desparpajo que, además de pasar la aspiradora, podría arreglarla si se les estropeaba, lo que cayó muy bien al muchacho de personal, que le ofreció un contrato de temporada. Así pasó unos cuantos veranos, o semanas santas.

Al mayor le ofrecieron un puesto de animador en uno de los complejos de la cadena en Costa Bávaro, y Dolores se quedó sola. “A las limpiadoras de aquí les pagan una sexta parte que a las de allí, mamá. Ganarías más trabajando allí por temporadas”, fue la respuesta del mayor, cuando Dolores le sugirió que volviera a hablar con alguno de personal, él que tenía tan buena mano y era tan servicial. “Tu hermano se pasa los meses sin aparecer por aquí, y yo estoy muy sola, y preferiría tener allí un trabajo todo el año”, intentó en vano convencerle, pero en el fondo sabía que su hijo tampoco podía hacer nada. Se imaginó un pueblo de calles de chocolate, en alguna ladera alpina y de ensueño, con relojes en iglesias de caramelo y nata, y recordó la vehemencia con que su marido le repitió durante años que iba a regresar con lo suficiente para un taxi, un Mercedes por lo menos.

Cuando se le acabaron los últimos subsidios, ahorros y temporadas altas de veraneo y propinas, empezó a vender de puerta en puerta. La entrevistadora le dijo que en la empresa creían en el potencial de las mujeres, y en la independencia que unos buenos ingresos podían proporcionar, y le habló de que los tiempos han cambiado y las mujeres de ahora tienen acceso a campos antes restringidos a los hombres, y luego siguió hablando muy bien, y a Dolores le gustó mucho, y pensó que sí, que por qué no podría ella vender a comisión aquellos aspiradores, que en menos de tres meses seguro que estaría ganando muchísimo más que en la fábrica o el hotel, así que se puso manos a la obra.

“Se lo digo yo, que las he fabricado durante años: hoy por hoy no hay aspiradora más fiable en el mercado”. Pero el hombre que le abrió la puerta de aquel chalé de urbanización costera no hablaba español. Sólo cuatro palabras con fuerte acento chino. A sus espaldas, otros tres hombres transportaban cajas con caracteres incomprensibles impresos sobre el cartón. Una puerta se abrió y se cerró para dejar ver una habitación llena de máquinas de coser y de mujeres sudando tras ellas. “Huy, aquí hacen falta por lo menos dos, para tenerlo limpio y sin hilachas ni polvo, que está que da pena…” insistió inútilmente. El hombre chino seguía sin entender, y además parecía tener prisa.

Tras cerrar la puerta, se sentó sobre un cajón de madera, se pasó una pequeña toalla por la frente, y se sirvió una taza de té de un termo rojo. Sacó una carta del bolsillo y la abrió. Dolores habría sido incapaz de descifrar un sólo ideograma, pero el hombre torció la boca con un gesto de sonrisa o de nostalgia (no se sabe), al leer las nuevas de su ciudad, de nombre también impronunciable, como lo era para el remitente la dirección española escrita en el sobre arrugado. “Han abierto una planta, y van a fabricar aspiradoras. La hermana de mi cuñada ha hablado con el jefe de personal, y pasado mañana iré a su oficina para hacerme una entrevista…”

Dolores, agarrada a un maletín al que no acababa de acostumbrarse, rodeó la cancela de la siguiente casa y llamó a la puerta. Le abrió la criada, una señora que le dijo que no podía comprarle nada, que los dueños no estaban, pero que la aspiradora que tenían funcionaba perfectamente.

Luego volvió a la cocina y descolgó el teléfono. Habló con su hijo no más de diez minutos, lo suficiente para saber cómo estaban todos, qué tal van los cursos de inglés, mañana te mandaré el giro, y dale muchos besos a todos de mi parte. Acá me faltan todos, y colgó. Si el muchacho saca adelante el curso de inglés, en la Telefónica igual lo ascienden, con subida de salario, y lo sacan de la centralita de información, y le dan un puesto mejor, quién sabe si un sueldo como los que dicen que pagan a los empleados de la compañía en España, donde pagan muy bien, aunque no hay dinero en el mundo que le compre los años de vida de sus hijos que se está perdiendo.

Si todo sale bien, y no le reprueban el inglés al chico, quizá entonces ella podrá regresar a la isla, al hotel donde, con sus buenas propinas, no sacaría tanto dinero como acá, pero al menos estaría cerca de los pequeños …

En la siguiente casa, a los timbrazos de Dolores sólo respondieron dos perros. Con el susto, se le cayó el catálogo. Mientras lo recogía del suelo, pensó en los años que le faltaron para la prejubilación, y en un pueblo de chocolate donde las paredes eran de dinero y los relojes de la iglesia de oro pulido, y también pensó en un hotel del Caribe, donde un hijo suyo organizaba concursos de piscina, pero cobraba buenas dietas, no como el otro, que por dejar la carrera andaba ahora jugándosela en países impronunciables, y pensó en los taxis Mercedes y en aspiradoras made in China y se dio cuenta de que no sabía vender aspiradoras a domicilio, y de que ese mes aún no había logrado ganar ni un céntimo de comisión.

Memoria fotográfica

(relato con derechos de autor)
Cuando tenía cuatro años me gustaban mucho los bares. Solíamos ir todos los domingos religiosamente, sin pasar por misa, que papá siempre fue muy anticlerical. Una vez allí me dejaban tomar una coca cola y una mirinda, y me daban algunas monedas para jugar a la máquina del millón. Yo no llegaba, así que me arrimaban un taburete, y allí me gastaba los cinco duros o lo que fuese, dándole a las palanquitas.

Cuando se acababa el dinero, mi padre me subía a lo alto de la barra, donde yo me sentaba con las piernas colgando, y empezaba a hacerme preguntas, mientras sus amigos, todos de camisa cubana y bigotito, fumaban tabaco negro apestoso, bebían manzanilla, y admiraban la cantidad de cosas que yo sabía, a pesar de tener sólo cuatro añitos recién cumplidos. Mi padre me preguntaba los nombres de los jefes de estado de todos los países, e invitaba a sus amigos a que hicieran lo mismo con las capitales, o los afluentes de los ríos de medio mundo. Yo contestaba a todas con seguridad, y me sentía como un rey, allí arriba en la barra, haciendo que mi padre se enorgulleciera y, cada vez más etílico, alabara el sin duda maravilloso futuro que esperaba a su benjamín.

Después de un rato, sin embargo, me cansaba del juego y entre pregunta y pregunta pedía más monedas para jugar, o más mirindas. Pero el límite era uno de cada, y mi padre rara vez transigía. En cambio, seguía preguntándome cosas, o hacía que recitase poemas de Bécquer, que era lo único que hacía callarse a todos sus amigos. Yo entonces no lo sabía, pero los amigos estaban bastante hartos de mí y de mis monerías, y lo único que les llegaba al lado sensible eran los poemas de Bécquer y la Canción del Pirata.

Cuando cumplí seis años, mi madre me pilló jugando sólo en el rellano de la escalera. Era verano y estaban todos durmiendo la siesta, y yo me entretenía repitiendo en voz alta la película que pusieron la noche anterior en el único canal que entonces teníamos. Ya iba por el final, una escena en la que el protagonista y su enamorada tenían que separarse para siempre. La noche anterior, mi madre había llorado a lágrima partida, y cuando salió al rellano y me oyó le volvió la llantina. Me hizo repetirle tres veces todo el final del la película, entre sollozos y suspiros. Cuando por fin quedó satisfecha, me hizo entrar en casa, diciendo: "me da igual lo que diga tu padre, de aquí no pasa. Mañana mismo te buscamos un pepsicólogo, y que nos diga si esto es normal."

El Dr. Fontanilla, tras hacerme medio test, les dijo a mis padres que yo tenía memoria fotográfica y magnetofónica, diagnóstico que, con no ser el primero del mundo, sí al menos lo honraba a él como su descubridor en nuestro país. También dijo que eso no era malo, ni tenía efectos nocivos, ni había problema alguno con mi cabeza. Acto seguido dijo algo sobre un permiso explícito para publicar un artículo especializado, y otras cosas que no entendimos. Mi madre se quedó un tanto mosqueada, mientras mi padre no cabía en sí de orgullo, y hasta le dijo algo al médico de que también él de niño había tenido una memoria prodigiosa, y de que si eso era de familia. El psicólogo dijo que no era hereditario, y mi padre ni esta boca es mía, hasta que salimos a la calle, y empezó con que los psicólogos sólo sirven para cuidar locos y yo no estaba loco, sino que era un superdotado, cosa que me venía de su sangre. Mi madre parecía más tranquila, intentando que él se calmase y suspirando porque fuera verdad lo que decía el psicólogo, y aquello no tuviera efectos secundarios o nocivos.

Poco después empecé en el colegio público de mi barrio, pero a la mitad del primer curso, mi padre consiguió que me admitieran en el de los jesuitas, gratis. En el nuevo colegio las clases eran más pequeñas, los servicios estaban limpios, las porterías de fútbol siempre tenían redes, y hasta había una cancha de baloncesto. Allí pasé los años de mi educación leyendo y memorizando sin esfuerzo libros, y sacando las mejores notas en los exámenes, y dejándome mimar por los maestros.

Todo resultaba demasiado fácil, pero de eso no me di cuenta hasta muchos años después. Mientras fui pequeño, todo era un juego. Mi padre siguió subiéndome a las barras de los bares cada domingo, y yo pidiendo mirindas, hasta que me hice demasiado grande para subirme en la barra. De vez en cuando, mi madre y sus vecinas, reunidas en el rellano de la escalera, me pedían que les repitiese la telenovela del día anterior, y me daban de merendar mientras mandaban a los otros niños, incluidos mis hermanos, a jugar a la calle. Por suerte, alguna de las vecinas compró un vídeo de aquellos Betamax, que eran la última novedad, y así me dejaron más tiempo para jugar con los demás niños, con lo que mi desarrollo psicosocial no sufrió percances, como habría dicho el Dr. Fontanilla.

Como todo lo que se me ponía delante quedaba grabado en mi cabeza con total nitidez, no tuve problemas en terminar mis estudios con las mejores calificaciones. Conseguí una beca del ministerio para la ayuda al estudio, y decidí matricularme en filosofía. Mi padre no dijo nada, y mi madre sólo me advirtió que tuviera cuidado con las drogas y las malas compañías, así que terminé en cuatro años, tras los cuales hice un doctorado y otra carrera, Geografía e Historia.

En todo aquel tiempo no tuve problemas. Un catedrático viejo y puntilloso me llamó un día a su despacho para acusarme de copiar en un examen, porque decía que había citado al pie de la letra una página entera de Heidegger. Yo le recité en voz alta varias páginas más del mismo libro y se me quedó mirando confundido y, creo, admirado, como los amigos de mi padre. Le expliqué lo de la memoria fotográfico-magnetofónica, y me aconsejó tener mucho cuidado en el futuro con el plagio, y me encareció las virtudes del pensamiento analítico, que según él no dependía para nada de la capacidad memorística. Yo dije a todo que sí, pero por dentro pensé que era pura envidia y ganas de molestar, así que no hice mucho caso.

Cuando acabé mis estudios me preparé para las oposiciones, como todo el mundo. El año en que concurrí era la primera vez que salían plazas docentes en nueve años. Dijeron que nos presentamos cosa de diecisiete mil licenciados para cubrir algo más de doscientas plazas. Como se entenderá, no tuve problemas en prepararme el temario en pocas semanas, ante la envidia y admiración de compañeros y amigos. A pesar de mis ventajas, me dediqué de lleno a estudiar y leer (o fotografiar con los ojos) el inmenso temario, confiado eso sí en el éxito de mi empresa. Tras los exámenes, que pasé sin problemas ni sorpresas, se hizo público que todas las plazas sacadas a oposición estaban en realidad cubiertas de antemano por los interinos, que se habían soliviantado el invierno anterior a instancias de los sindicatos, y amenazaban huelga en la educación. El ministerio, a base de baremos de cualificación, se había asegurado de que los trienios, quinquenios y demás pesaran más que de costumbre, así que me quedé a las puertas de un puesto de funcionario, con las promesas, eso sí, de que la próxima convocatoria sería mi oportunidad.

Mientras hacía cola en la oficina del paro, compartiendo unos churros grasientos y una taza de plástico llena de chocolate con doce compañeros licenciados, acertó a pasar por allí uno de mis antiguos profesores en el colegio de los jesuitas. Había colgado los hábitos, y ahora regentaba una librería de temas religiosos en el centro. Tras saludarme y preguntarme por mi vida, me invitó a que trabajara con él en la librería, hasta que surgiera una oportunidad mejor. Mi memoria sería perfecta para llevar inventario y conocer al dedillo todos y cada uno de los libros tanto en la tienda como el almacén, dijo, y a los dos días empecé a trabajar con él. Mi trabajo consistía en organizar y leer cuantos más libros fuera posible, y servir después de banco de datos a la mujer del ex-jesuita, una antigua beata reconvertida, que era quien trataba con los clientes de la librería.
Hasta que un día llegó un representante de IBM, con un catálogo brillante y sedoso, lleno de fotografías de ordenadores, y de promesas de eficiencia y futuro. La mujer del ex-jesuita, harta de decirle a su marido que un tipo con melenas y patillas como yo daba muy mala imagen al establecimiento, consiguió sustituirme por un ordenador del tamaño de un horno de pan, que tardaron tres años en llegar a manejar con pasable soltura, pero que me dejó de nuevo en la cola del paro.

Como tardaban en convocarse nuevas oposiciones, estuve trabajando de telefonista año y medio, en el servicio de información. Tuve que aprenderme varios listines, cosa que hice en dos semanas, y me colocaron delante de una mesa llena de enchufes. Contestaba llamadas ocho horas al día, proveyendo a los abonados con el número deseado en tiempo récord, pero el sistema se reorganizó a poco, lo informatizaron todo, y me quedé en la calle. Otra vez.

Empecé a escribir historias poco después, mientras trabajaba como guardia de seguridad en una empresa de transportes. Por las noches no hacía nada más que sentarme frente a la cámara de circuito cerrado, así que me dio por escribir cosas, sino con la esperanza cierta de ganarme la vida con ello, al menos con el afán de hacérmela un tanto menos aburrida. Escribía toda la noche, y cuando llegaba el conserje, un antropólogo canario muy simpático, me pillaba siempre inclinado sobre la mesa, acabando un cuento o una novela o dando los últimos retoques a un guión de cine o una obra de teatro. Fue el canario el que me animó a enviar mis manuscritos a las editoriales, y me decidí a ello pensando que no había nada que perder. El trabajo en la empresa de transportes, por una vez, no amenazaba el cese, así que podría seguir manteniéndome con él si la cosa no prosperaba, que era lo más seguro.

Tuve suerte de que el hijo del encargado aprobase la selectividad, y conservar así el trabajo, porque aquello de las historias no llegó a ninguna parte. Después de muchos meses de esperar en vano la contestación de alguna editorial, me llegó una carta con membrete de una de las más pequeñas y desconocidas. En ella, el editor jefe se había tomado la molestia de escribirme para decir que estaba harto de bromas pesadas, y me conminaba a emplear mi tiempo en algo más provechoso para todos que en mecanografiar novelas de éxito y abusar del tiempo y la paciencia de profesionales como él. Aterrorizado, abrí el archivador donde guardaba mis manuscritos, tomé uno al azar, y empecé a leer. "La heroica ciudad dormía la siesta…" No tuve que continuar. Mi obra más larga, la que con más amor había escrito en menos de tres meses, era la Regenta de Clarín, con pelos y señales, exactamente reproducida con dedicación de amanuense. ¿Cómo pude estar tan ciego? ¿cómo pude no darme cuenta antes de lo que estaba pasando en mi cabeza fotográfica? Aún no me lo explico.

Atónito, aquella noche no pude escribir ni una sola línea. Al parecer, durante los últimos dos años no había hecho otra cosa que copiar obras leídas por mí en algún momento, sin darme cuenta de ello, ni discernir entre lo que era recuerdo o invención propia. Fui a contárselo a mi madre (mi padre había muerto tres años antes), pero no creo que me entendiera del todo. Cuando le dije que el pepsicólogo aquel parecía haberse equivocado después de todo, ella me respondió que cuándo iba a sentar la cabeza y encontrar una buena esposa, ahora que tenía un buen trabajo y seguro, porque el hijo del encargado definitivamente no iba a quitarme el puesto. El muchacho resultó ser un talento para la medicina.

Desconsolado, seguí trabajando en la empresa de transportes. Senté la cabeza, me casé y eché tripa. Empezó a gustarme el fútbol y me dejé, a instancias de mi mujer, un bigotito como el de los amigos de mi padre. Al cabo de unos años, dejó de importarme todo aquello. Mi memoria seguía siendo muy útil a la hora de hablar de fútbol en el bar, o de recordar los resultados de las quinielas, pero ya no me preocupaba de las oposiciones que nunca se convocaron ni de los sueños de gloria literaria. Cada diciembre, después del sorteo de la lotería, me pasaba tres o cuatro mañanas en la taberna de la esquina. En casa, me aprendía las listas de resultados del periódico, y luego la gente me preguntaba si su número había salido. Se fiaban de mí, y me invitaban a una copa, así que durante esa época siempre volvía a casa medio borracho. Mi mujer no se enfadaba porque sabía que eran sólo unos pocos días al año. Además, en las ocasiones en que un billete resultaba ganador de un pellizco, que fueron algunas, me gané las albricias generosas de algún que otro afortunado, con lo que la economía familiar se veía fortalecida precisamente cuando más falta hacía.

Un día de diciembre acertó a pasar por la taberna, mientras yo ejercitaba mi navideño protagonismo, un señor nuevo en el barrio, el que luego sería mi socio. Tras verme oracular de memoria el resultado de los miles y miles de números de lotería, inquirió allí mismo en el bar, y le contaron de mis habilidades. Se acercó a mí y estuvo invitándome a copas toda la tarde, hasta que me fui a trabajar. Al día siguiente me llamó por teléfono para ofrecerme un negocio.

Primero probamos con el bingo. Él, que era el socio capitalista, proveía los cartones, veinticinco o treinta de cada vez, que yo memorizaba. Luego, lo único que tenía que hacer era cantar línea o bingo antes que nadie, cosa facilísima, y que solía hacer reclinado en la butaca, tomando cubalibres. Al final, entre una cosa y la otra, la ganancia no era escandalosa, pero sí que dejaba un buen pellizco, que nos repartíamos casi a medias. Al poco tiempo probamos en el casino, donde, tras unas lecciones apresuradas (yo nunca había jugado a las cartas o la ruleta) empezamos a ganar en serio. Lo hicimos durante un verano, yo jugando y mi socio mirando como si no fuera con él la cosa ¾ahora que lo pienso, el que hacía todo el trabajo era yo¾ hasta que el director de seguridad me hizo llevar un día a una oficina, donde también había un inspector de policía, y allí me estuvieron interrogando hasta que se dieron cuenta de que no había trampas de por medio. Aún así, el director de seguridad, con la aquiescencia del inspector, me prohibió la entrada en el casino de ahí en adelante.

Volví a casa para encontrar que, como es de suponer en estos casos, el socio se había fugado con mi mujer y mi mitad del dinero. Ella estaba harta de pasar las noches sola, con un guardia de seguridad sin ambiciones ni futuro, así que hizo lo propio. Me quedé igual de calvo que estaba, con la misma tripa, y sin un duro en el banco, con cuarenta años y sin perro que me ladrara. Pasé unos meses muy duros. Por las noches, en la soledad del trabajo, recordaba uno a uno los momentos de mi vida, con total y desesperante nitidez, y me martirizaba. Imaginaba borrosamente lo que podría haber sido de mí, los éxitos a que podría haber enderezado mi vida, y los comparaba con esas memorias fotográficas de la historia de un fracaso. Pensé en el suicidio varias noches, pero ni siquiera tenía una pistola, sólo una porra y unas esposas, que hasta en eso resultaba ridícula mi vida.

Una mañana, en la pescadería (desde que me dejara mi mujer tuve que aprender a llevar la casa) me encontré con el psicólogo que me diagnosticara de pequeño. Estaba muy mayor, pero me reconoció, y yo a él, por supuesto, y me preguntó cómo iba mi vida. Yo le conté someramente y se compadeció de mí. Aunque estaba jubilado, se ofreció a verme cada semana, "para hablar conmigo" y ver si podía ayudarme en algo. Así, empecé a ir cada martes a casa de su hija, con quien vivía, una mujer de mi edad, casada y con cuatro niños, a quien no le gustaba nada que su padre trajera locos a su cuarto. Y menos aún sin cobrar una peseta.

La verdad es que me ayudó mucho. Primero porque me escuchaba, y segundo porque fue suya la idea de escribir de nuevo, pero esta vez escribir mi propia vida. Empecé de nuevo a pasar las noches escribiendo cada detalle de mi vida anterior, cada recuerdo. No fue fácil. Cuando el psicólogo leía lo que había escrito durante la semana, me decía que aquello estaba muy bien, que reflejaba de una manera sincera y profunda mis estados de ánimo y mis ideas…Pero que era de Unamuno, o de Muñoz Molina, o de Javier Marías, o de Martín Santos. Era un hombre muy leído, pero cuando no reconocía algo, preguntaba a su yerno, que era profesor interino de literatura en un instituto, así que entre los dos descubrían cada martes los pasteles que yo, sin saberlo, pretendía hacer pasar por míos. Pasaron ocho meses hasta que una tarde, el Dr. Fontanilla me recibió en su habitación con una amplia sonrisa. Una de dos, me dijo, o este autor es el más oscuro y desconocido de cuantos ha leído usted, en cuyo caso me quito el sombrero, o acaba usted de escribir treinta folios de su autobiografía, de su puño y letra y de su propia cosecha. Enhorabuena amigo. Siga así.

Y así lo hice, entusiasmado como nunca antes, sintiendo en cada renglón el efecto balsámico y liberador de la creación pura, legitimando con cada párrafo toda una vida de deseos incumplidos, y borrando de un plumazo literal la serie de fracasos que había sido hasta entonces mi existencia. El resto es conocido por muchos. Acabé mi vida, una serie de coincidencias se conjuró para que consiguiera publicarla en una pequeña editorial de barrio, y bien pronto empezaron a llegar las críticas favorables y los artículos de periódico. Hubo varias reediciones, y Fernando Sánchez Dragó me llevó a su programa. Dejé el trabajo en la empresa de transportes el día siguiente de firmar un contrato para hacer una comedia basada en mi libro, protagonizada por Carmelo Gómez y dirigida por Fernando Trueba. Me mudé de barrio y empecé a frecuentar tertulias, y ya estaba empezando a acostumbrarme a la buena vida cuando recibí la visita de ese tipo. Me localizó gracias a mi agente, y se presentó una tarde en casa, con un maletín en la mano, zapatos gastados y gabardina vieja.

Al principio creí que sería un admirador, quizá un estudiante que quería doctorarse con mi novela, quizá un aspirante a discípulo, hasta un periodista de provincias, en busca de una entrevista magistral. Tras sentarse y aceptar una taza de café, me dijo que el objeto de su visita era advertirme del pleito por plagio que pensaba presentar en el juzgado al día siguiente. Según él, tanto mi hasta entonces única novela como la película y, por supuesto, todos los beneficios inherentes eran suyos, ya que podía probar con documentos fehacientes ser él el verdadero autor. Extrajo del maletín un impreso amarillo, que tomé y leí indignado y sin saber qué pensar. Según aquel papel, una obra con el mismo título que la mía había sido inscrita en el registro de la propiedad intelectual cinco años antes, mientras yo aún frecuentaba el bingo en compañía de mi ex-socio.
Sentí deseos de arrojarle el cenicero a la cabeza, pero me retuve y le dije que una coincidencia en el título no era motivo suficiente para un pleito legal, y que sin duda podría llegarse a un acuerdo satisfactorio para ambos. Respondió que mi novela era un plagio literal de la suya, y afirmó poseer un certificado médico expedido por un equipo de psicólogos en el que se demostraba sufrir de memoria fotográfico-magnetofónica. Eso era imposible, además de ridículo, le contesté. ¿Cómo habría podido tener yo acceso a su manuscrito, si ni siquiera nos habíamos visto antes?

Me miró a los ojos con una serenidad asquerosa y fría, y sacudió levemente la cabeza. Eso no lo sé ni me importa, dijo. Entonces supe lo que debía hacer. Sin decir palabra, me levanté del sillón, fui a la cocina y saqué un cuchillo enorme. Todo fue tan rápido e inesperado, que no tuvo ni tiempo de levantarse de la silla. Cuando vio la muerte venir en mis manos abrió los ojos, con los que me fotografió en su memoria, la última instantánea de su vida. No había otra salida.
Ángel González

Cuentos largos

Buenio, pues como se me están pudriendo los cuentos, he decidido que voy a publicar aquí algunos de los más extensos, que no lo son tanto.
Total, según las cuentas que me salen, me visitan la página 20 al día, de los que 15 son un seguro servidor. Cuántos de ellos acaben leyendo algo, no me lo quiero ni plantear: hay días que ni yo mismo lo hago (ecce las erratas que se cuelan de rondón y en demasía).

El que avisa no es traidor

Última cena

Los hay raros, muy, muy raros. Pero abundan los predecibles, los que eligen para el menú de su última cena el festín opíparo y caro que todos imaginamos. Me resultan más extraños ésos que cumplen con las expectativas de todos, y piden langosta y solomillo. Me parece chocante que tantos se comporten de forma tan predecible en un momento así.
Los de las peticiones imposibles son más lógicos, a mi entender. Algunos piden cosas con la esperanza de retrasar la ejecución, aunque sepan que es inútil. Incluso el perturbado aquel que había devorado a sus víctimas actuó con cierta lógica extraña, cuando solicitó del alcaide que le fueran amputados los miembros, y que se electrocutase sólo su tronco. Al final fue ejecutado de una pieza. Los familiares de las víctimas lo presenciaron, aunque no fue mientras almorzaban hamburguesas de condenado, como él mismo había especificado en su solicitud.

El de mañana es de los “normales”, así que ahora me toca preparar la cola de langosta y un solomillo, ése sí, fresco. Nunca me imaginé que acabaría cocinando para muertos inminentes. En la escuela de hostelería no te preparan para esto. Aprendes a preparar alimentos, y luego la vida te hunde o te eleva, y acabas cocinando placeres para el paladar de unos pocos, o pura manutención para el estómago de muchos. Pero este menú no será ninguna de las dos cosas, porque la cena que ahora preparo no tendrá siquiera la suerte de ser digerida.

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Lo pedí sin pensar en ello. Me habría negado a pedir lo que fuera, pero pensé en el placer mezquino de causar un último gasto. Luego caí en la cuenta de que la última factura a las expensas del Estado será la del cheque del practicante, o la de lo que cueste la ampolla, o la de mi incineración.

Escogí lo típico, y aquí lo tengo, frente a mí. Pero no es lo mismo verlo en esa bandeja, exactamente igual a todas las que he visto en este lugar. A pesar del envase, el solomillo parece de primera calidad. Poco hecho, lo suficiente como para poder saborear la carne roja y sangrante. El problema será cortarla con el habitual cuchillo de plástico, porque ni siquiera hoy me han dejado usar uno de verdad. Me quedan diez horas de vida, pero sigue siendo primordial impedir que me raje las venas yo mismo.

Miro la carne y huelo el marisco, y mis glándulas salivares secretan su jugo, como si mis glándulas salivares fueran a sobrevivirme. No puedo entender que mi cuerpo intente convencerme de que coma. Noto el apetito, que adopta ya manifestaciones físicas. El estómago, vacío desde hace horas, exige que le dé trabajo, y el olfato se alía con los demás sentidos. Pero yo sé que esa carne sirve para proporcionar proteínas que construyan fibra muscular, y sé que las verduras de la ensalada están llenas de vitaminas esenciales para el buen funcionamiento del organismo, pero mi organismo está destinado a desaparecer a primera hora de la mañana, y mis funciones vitales tendrán en breve el mismo sentido que el hambre imposible que ahora me divide en dos seres. El que mira a su última cena, y el que sólo ve la siguiente de una lista, cuyo final le es imposible anticipar.

Ángel González
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Polizones

Como si no hubiera tenido suficiente faena hoy, ahora esto. Al primero lo encontró esta mañana el jefe de máquinas, en un cuartucho junto al almacén de recambios. El primer oficial vino a hablar conmigo. “Tú eras granjero antes de embarcarte, ¿no es cierto?” Le contesté que sí, y me preguntó si sabía trabajar la madera. “Sí”, le dije, “en casa de mis padres era yo el que se encargaba de las jaulas de los patos y las vallas de la pocilga.”
Mandaron a alguien a la bodega para traerme planchas, y entonces se descubrió a los otros tres. Algunos protestamos...Protestaron, pero no ha servido de nada. Ahora, después del día que he tenido, tendré que pasarme la noche clavando, atando y aserrando las planchas de los panieres en los que cargamos el atún. Hay mar gruesa, y resultará difícil ensamblar una balsa con este cabeceo. No es lo mismo construir jaulas para llevar patos al mercado semanal que asegurar unas tablas para que cuatro desgraciados tarden más en morirse. Ha sido un día muy largo. De cómo siga la mar mañana, cuando haya acabado mi tarea, dependerá la longitud de sus días tanto como de lo bien que construya esta balsa.

Ángel González

El patio de luces

Empezaron los del patio interior, quejándose de que no les alcanzaba el sol. Lo discutieron en varias reuniones de vecinos, pero no sirvió de nada. Los de los pisos exteriores, claro, dijeron que ni hablar, pero siguió haciéndose, mientras tendían la ropa en el patinillo, en la panadería de enfrente, en los descansillos de la escalera...Hasta que una noche empezaron con el telefonillo. La cosa escaló con los anónimos, que yo mismo llevé sin saber lo que eran, y sin pensar más que en lo mío, claro. El del primero se compró un perro muy grande. Cuando picaban en su puerta lo soltaba escaleras abajo. A poco, el espejo del ascensor apareció cubierto de graffitti. “Queremos luz”, decía, y el presidente les desprecintó los contadores, con lo que se quedaron varios días sin electricidad. La del tercero y una amiga tomaron el ascensor, con doña Serafina dentro. El del perro y el presidente se pusieron de acuerdo, y contrataron a un sobrino de uno de ellos, que trabajaba de segurata, para que hiciera guardia en el zaguán. Entonces los otros se hicieron fuertes en la azotea y cambiaron la cerradura. El sobrino trajo a unos amigos suyos, la forzaron y la cosa acabó muy mal, con varios heridos. No sé más, porque me cambiaron de ruta.
Ángel González

Intérprete

Salió temprano de casa. Al doblar su esquina se cruzó con el vecino. Se saludaron brevemente, como solían hacer. Esa mañana tenía varios recados, así que apretó el paso. Entre metros y autobuses se le fue la mayor parte de la mañana, y la otra entre colas y edificios oficiales, cargado de fotocopias y fotografías tamaño carné. Así, por lo menos, hacía algo, en vez de quedarse en casa a verlas venir. En el Ministerio recogió un impreso y preguntó por la bolsa de trabajo. Nada. Luego, fue a la Consejería, donde se repitió el episodio. A media mañana tenía cita en la oficina del INEM, en la Ronda de Atocha. Pasó por su casa para recoger algunos documentos y la tarjeta del paro. Pasó por delante del negocio del vecino, de nuevo se saludaron, y esta vez se detuvo a conversar brevemente, en ambos idiomas, como solían hacer de cuando en vez.
El funcionario actualizó sus datos. Le dio información sobre cursos formativos y el inscribió en las listas de espera de tres de ellos. “Deberías diversificar tu demanda, porque para lo tuyo no suele haber nada”. “Entiendo. ¿Y en el Ministerio?”. “Nada, lo de siempre, que no se convocan. Te voy a poner como auxiliar administrativo, a ver si sale algo en una empresa de importaciones...”
Cuando regresó a su calle, había un gran revuelo. Cerca del portal, la del segundo le alcanzó para contarle. Acababan de llevarse al del negocio; sospechaban que quizá había tenido algo que ver. A los tres días lo leyó en la prensa. El sospechoso había sido arrestado con anterioridad, pero se le puso en libertad porque, entre otras cosas, no diponían de intérpretes.

Ángel González

Sacrificio

Durante todo el camino lo sospechó sin saberlo. Al llegar, las instrucciones no dejaron el menor lugar a dudas sobre lo que habría de suceder aún no sabía cuándo. Pero, a pesar de ello, no se dio cuenta, o no quiso dar oídos a sus propias sospechas. El calor inapelable y la luz blanca de un sol sin piedad hacían que todo fuera más despacio. Mientras seguía con los preparativos, se pudo observar a sí mismo en la calima irreal. Fue en ese momento cuando por fin la sospecha tomó forma concreta, y la respiración se le hizo más lenta y difícil. Miró al muchacho, tirado en el suelo como un bulto borroso en la luz excesiva.
Entonces Él le habló. “Hazlo”, le dijo, “y que tu mano cumpla mi voluntad”.
Miró a su mano y a lo que ésta blandía, y volvió los ojos al joven. Avanzó como nadando en la calima pegajosa hasta el bulto irreal. “Ahora”, volvió a decir la voz, la palabra que siempre había sido su palabra, hasta este preciso instante. Levantó la mano, se volvió hacia el resplandor, y negó con la cabeza. Ayudó al muchacho a incorporarse, y se marcharon ambos, alejándose de la blancura hiriente hasta desaparecer en la sombra sin voces.

Ángel González

Atraco

“Pero es que no llevo ni un céntimo”. Mi tono de voz intentaba conciliar, casi invitando a que se compadeciera de mí. “A ver, la mochila”, fue toda su respuesta. Dentro no había nada de valor, y en eso descansaba mi aparente tranquilidad. Miraba a su arma, intentando calmarme y que todo acabara pronto y sin percances. Revolvió entre mis cosas, hasta dar con algo que le pareció merecer el esfuerzo. “Eso no, te lo ruego”, le dije al verlo, la compostura perdida del todo ya. “Es sólo una pieza, no sirve para nada...” “Algo me darán”, me interrumpió, meneando el arma en mi cara. Luego salió corriendo, volviéndose varias veces para asegurarse de que no le seguía. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, se detuvo y miró hacia mí. Levantó el arma sobre su cabeza y volvió a agitarla, amenazante. Acto seguido se la introdujo en la boca. El sonido que llegó hasta mis oídos entonces no fue el que esperaba. A pesar de la distancia, oí el crujido galletero, mientras le veía masticar lentamente, sonreír con los dientes manchados de chocolate, y desaparecer tras la esquina.

Después de aquello, decidí no votarle nunca más.

Ángel González
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La viuda del Pulgar

Aria Condizionata

A la viuda de don Crescencio del Pulgar le gustaba mucho la ópera. Cada vez que una compañía italiana visitaba la ciudad, la viuda se sentaba sola en su palco, justo encima del escenario, con la espalda erguida y el ceño adusto, seria como una estatua y escrutadora como una esfinge. En esas noches mágicas de estreno, cuando lo mejor de lo mejor de los que son alguien en la ciudad se revestía de sus mejores galas para hacer ostentación de refinamiento y llenaba por completo el teatro, todo el mundo estaba pendiente de la expresión de la viuda de don Crescencio del Pulgar, "la del dedo", como era llamada por algunos envidiosos de tertulia y té con pastas.

Desde que la entonces joven esposa de don Crescencio llegara a la ciudad, hacía ya bastantes años, no habían faltado las malas lenguas ni los chismes de merienda ociosa sobre su supuesto origen humilde. Los más aventurados y lenguaraces contaban historias sobre el pasado sórdido de la del Pulgar, llenos de tugurios de suburbio obrero o de lupanares de puerto de mar en los que alguien sabía de buena tinta de alguien que conocía a un tercero que la había visto bailar desnuda frente a un público ebrio de marineros tatuados y rijosos.

Don Crescencio, que era ya sesentón y tenía fama de rijoso persiguechachas, había, según algunos, recogido a su lozana esposa del arroyo como quien dice, encandilado por los atractivos sensuales de la mujer. Otros, más gráficos, insistían en que la del Pulgar le chupaba la verga al viejo tan bien que él era capaz de dejarse hacer cualquier cosa con tal de tenerla amorrada a su entrepierna. Alguno hubo que, de puro envidioso, afirmó saber de buena tinta que el difunto don Crescencio solía pasearse en calesa cerca del mercado central, en busca de mocetones recién llegados del pueblo, que llevaba a casa para que su mujer les chupara las rurales y juveniles vergas, mientras él se excitaba contemplando. Claro que esto se dijo después de la muerte del industrial, cuando los hijos, fruto de su anterior matrimonio, impugnaron el testamento, y corrieron bulos calumniadores sobre la reciente viuda, apadrinados en algunos casos por los leguleyos de los furiosos nenes.

El testamento quedó como estaba, y dicen que esto fue obra del abogado de la del Pulgar, que terminó comprando el silencio de los desheredados retoños del difunto. Luego pasaron los años, y el irreprochable comportamiento de la viuda de don Crescencio acabó por ahogar, a fuer de irreprochable, las calumnias y las críticas de la gente que es alguien en la ciudad. Abandonado el luto riguroso que luciera tras el fallecimiento de don Crescencio, la viuda siguió mostrándose, no obstante las expectativas de muchos, decorosa en su comportamiento. La falta de excesiva rigidez en su vida social, el dolor contenido, la dignidad sin exageración, las alegrías mesuradas y una indefinible elegancia en todos sus gestos y apariciones acabaron por convencer a la buena sociedad de que la viudez de la del Pulgar no era la histriónica exageración de quien alberga muy otros sentimientos de puertas adentro.

Fiestas amables y tertulias caseras ¾en las que el chocolate con tejeringos acompañaba al más refinado té inglés, y en las que no faltaban antiguos denostadores de la señora de la casa, ganados ahora para su causa¾ salteaban de vez en cuando la monotonía de la viuda del Pulgar. Cuando el final del verano indicaba el inicio de la temporada de ópera, la viuda de don Crescencio, vestida elegante y decentemente, rodeada del halo cuasi místico de elegancia y savoir faire que había sabido cultivar, se sentaba con la espalda erguida en su palco, y todo el mundo quedaba pendiente de sus gestos.

La audiencia, el empresario, el director de la orquesta, el tenor, la soprano, hasta Andrés, el tramoyista, todos estaban pendientes del gesto de la viuda del Pulgar, como si de éste dependiera el éxito o el fracaso de la representación. Tanto era así que, una semana antes de cada estreno, un enorme y precioso bouquet de flores, enviado por la empresa del teatro, hacía su aparición en el recibidor de la mansión de la calle Cervantes, domicilio ya de don Crescencio, ora de su magnífica viuda. Acompañaba siempre a las flores un sobre, con dos entradas de palco privado, sobre el mismo escenario, que era donde ella siempre hacía aparición sola, erguida y hierática como una diosa de las artes, como una musa inalcanzable y reverenciada, de cuyo gesto de aprobación o condena pendían el éxito o el frío fracaso.

El empresario actual, hijo del anterior, intentó en cierta ocasión convencer a su padre de que enviase una sola entrada, con tal de reducir gastos, e incluso insinuó que el resto de butacas en ese palco también podrían venderse. El padre, serio y firme, prohibió tajantemente a su futuro sucesor hacer tal cosa, advirtiéndole que el uso que la señora viuda del Pulgar hiciera o dejara de hacer con la otra entrada era asunto exclusivo de tan insigne dama. Además, según afirmó el honrado empresario, la segunda entrada se consideraba como una cortesía de la empresa hacia la memoria del difunto don Crescencio.

De esta forma, cada temporada se repetía varias veces el ritual mágico, y cada estreno los cientos de oídos de la mitad de cientos de espectadores que abarrotaban el coqueto teatro parecían concertarse con la mirada de la viuda del Pulgar y escuchar, más que los acordes melodiosos de una obertura, o la pasión y el lirismo de tal o cual aria, los gestos cuasi imperceptibles de agrado o enojo, de excitación o desprecio, de placer o dolor que dejaban entrever las severas facciones de la viuda del Pulgar.

Esta tiranía, que algunos podrían haber juzgado excesiva, no solía ser, en cambio, ni demasiado severa ni flagrantemente injusta. Bien es cierto que hubo alguna ocasión en que la impecable representación de una obra magnífica llegó a pasar desapercibida, o incluso pataleada, cuando la audiencia, observando una mueca de descontento en la expresión de su musa tirana, condenaba automáticamente la obra sin derecho a apelación. Pero como de todas formas la gente, incluso la que es alguien, suele gustar de dictablandas, siempre y cuando no se descubra prevaricación en quien las tiraniza; y como, por otra parte, la autarquía operística de la viuda del Pulgar era por lo general benévola, su autoridad reinaba con tal majestad que las críticas periodísticas del día siguiente al estreno siempre encontraban hueco para referir, de manera más o menos directa, lo que ellos consideraban el juicio de la más experta de las aficionadas a la ópera y la más elegante de las grandes señoras de la ciudad.

La viuda del Pulgar, que se llamaba Magdalena Realejo, leía luego en la cama esponjosa, ahumada con lavanda, mientras desayunaba, las reseñas de la crítica, y se partía de risa, tanto que a veces tenía que levantarse a mear, porque se le aflojaba la vejiga con tanto cachondeo como se formaba con sus asistencias a los estrenos de ópera. Magdalena, claro está, sabía que el teatro entero estaba pendiente de ella, intentando leer en su cara el placer o la indiferencia. Por eso se reía Magdalena, porque esa audiencia de los que son alguien en la ciudad no sabía que su musa aún conservaba muchos trajes elegantes que habían sido de su marido, el difunto Crescencio, que en paz descanse, que era un viejo verde pero tenía un corazón como para quererle, a pesar de lo viejo que era. Y claro, no sabían que ella, cose que te cose, los había arreglado, que para la aguja Magdalena siempre había tenido muy buena mano, y los había ensanchado en los hombros, y rebajado en las cinturas, y les había sacado el dobladillo. Y quedaban que ni a la medida, puestos encima de los cuerpos jóvenes y nervudos de los marineros, o de los reclutas de pueblo, que luego entraban de los primeros al abrirse las puertas del teatro, con la otra entrada, la que siempre seguía enviando el imbécil del empresario, y se metían en los urinarios hasta que casi todo el mundo estaba en silencio esperando a que se levantara el telón. Luego, en medio de la obertura, el recluta o el marinero, o el mozo de cuerda, que también los había, entraba sin ser visto en el palco de la viuda del Pulgar. Ella lo estaba esperando, con la espalda erguida contra el respaldo de la silla, las piernas separadas y la mirada fija en el escenario, y el trajeado mocetón se arrodillaba de espaldas a la baranda del palco, y empezaba a lamer el coño de Magadalena, que no usaba bragas cuando iba a la ópera, por razones de comfort.

Ángel González

Deberes de autor

"Que me pongan esto en la Internet, que lo cuelguen en todos lo chats del planeta, que un cualquiera sin título ni derecho, cansado por un rato de surfear en busca de porno gratis, ligues fáciles o música prohibida (¿prohibitiva?), lo traduzca al urdu, al aimara, al cananeo si se puede, y lo cite sin citar, sin que ni una booleana combinada ni todos los motores de búsqueda y todas las meta tags del mundo den nunca con mi nombre. Que un nigeriano cabreado lo corte, copie y pegue a una cadena de e-mails que se meta por todas las bandejas de entrada de todos los Outlooks y los Eudoras del mundo."
-¿Así empezaba?
-Que te digo que sí, me lo sé de memoria, tío. Me lo descargué en emepetrés, y me lo puse a todas horas con los auriculares, hasta que conseguí memorizarlo. El lunes, estamos ya a jueves y me sé el comienzo de corrido...
Los dos muchachos esperaban el autobús, sentados bajo la marquesina. Hasta que el siguiente coche de una línea que, afortunadamente, no era la suya se llevó a la vieja de pelo violeta, no volvieron a hablar del tema. Cuando se vieron solos de nuevo, el rubio siguió preguntando acerca de los más nimios detalles de la historia.
-¿Y urdu qué es?
-Mira que eres melón, es el idioma que hablan en Pakistán, o por ahí.
-¿Y a ti cómo te llegó? ¿en un correo de cadena?
-Que va, me lo pilló un amigo que tenía los códigos y me los pasó sin virus ni nada.
-Pues tienes que pasármelo.
-¿Para que te lo pillen tus viejos, y se forme la gorda? Ni de coña...Están metiendo unos puros que te cagas, si te descubren con el archivo te toca servicio social seis meses por lo menos, haciendo de Net Nanny diez horas al día y sin cobrar un céntimo. La única forma segura es aprendértelo de memoria, como estoy haciendo yo...—explicó el mayor de los dos, casi impaciente.

Otro joven, algo mayor que ellos, se acercó a la parada, y ambos lo observaron con miradas bajas y como distraídas, en silencio discreto. El recién llegado llevaba un gran jersey negro, cabellos a la mohicana y una bolsa de lona en bandolera, una apariencia de lo más inofensiva, pero ellos siguieron callados hasta que el joven sacó de su bolsa de lona un cartel y un rollo de cinta adhesiva con los que, tras decorar un lateral de la marquesina con el anuncio de un concierto de hip hop, siguió engalanando las paredes del barrio.
El más alto se acercó al póster.
-Dicen que este grupo te lo cuenta en sus rimas, enterito.
-¿Y cómo se lo montan para...?—empezó a preguntar el rubio, pero su amigo estaba al quite, adelantándose paternalista a las preguntas del interlocutor:
-Dicen que si lo comprimes en .zip y luego lo abres desde el explorador te sale el código html, que si lo barres tiene el texto íntegro en clave—explicó triunfal. Pero en la residencia tienen desactivados los drivers, y el administrador no te deja descargar sin pasar antes por el anti virus y el Net Nanny, el muy cabrón...
-Bueno, tú, y ¿cómo sigue?—el más joven se impacientaba.

"Me he pasado la vida, y son muchos ya mis años, sin cumplir el sueño de escribir, atenazado por el derrotismo de no tener nada importante que decir. Ahora, a mi vejez, quiero dejar esto escrito, antes de desaparecer para siempre, y dejarlo que se extienda como un gusano por cuantos más escritorios mejor. La tarea es ingente, porque, aunque me queda poco tiempo, lo que por fin tengo que escribir, lo que por fin me lleva a sentarme frente al ordenador es todo, absolutamente todo lo que me permita mi frágil salud. Encontré por fin qué decir el día que ellos lo prohibieron, el día en que se cumplió la profecía..."
-¿De qué profecía habla?
-No lo sé, pero si me interrumpes se me va el hilo, y te quedas con las ganas. Tú pilla el mensaje, que es lo que importa.

"Empezaron con la defensa a ultranza de los derechos de autoría. Al principio muchos pusieron el grito en el cielo ante las escandalosas componendas que se establecían entre herederos de autores, editoras y advenedizos, al amparo de leyes cada vez más estrictas, y en las que poco a poco se implicaban los intereses de las grandes compañías de publicación y distribución. Hubo casos curiosos, como el de oscuras entidades anónimas que percibían los derechos indirectos de la reproducción de obras del siglo XVI, o que ingresaban sustanciales sumas por la reedición de clásicos de la literatura incluso de autores muertos siglos antes."

-¿A quién se refiere?
-Ni yo lo sé, ni tú te ibas a enterar si te lo dijera, ¿no ves que nosotros no leemos?

"Pero a pesar de todo, el espíritu de defensa de la propiedad fue avanzando, la tecnología que en un principio se oponía a la privatización del intelecto fue también señoreada por los interesados más poderosos, y de la prohibición de Napster a la actual reforma del código penal, que impone sanciones de cárcel por la difusión, hablada o escrita, del contenido de cualquier libro registrado, han pasado pocas décadas."

-Tú eres muy chico,—se interrumpió el muchacho para responder a la expresión confusa de su amigo—pero eso era un portal desde donde podías descargarte todos los archivos que quisieras, gratis.—Exclamó satisfecho de sí el mayor de los dos, esta vez para redondear la faena, pues hasta allí había conseguido memorizar casi al pie de la letra.
-¿Y no te sabes nada más?—ansió el rubio.
-Bueno, más o menos el espíritu de la letra, eso sí, y también la historia que cuenta.—Respondió el enterado—Lo que sigue es un tocho espeso espeso, donde dice que desde que prohibieron contarse historias y hablar del argumento de las películas al salir del cine la cosa ha ido de mal en peor, y luego explica que cuando hablaron por primera vez de multar a la gente que silbara canciones en el metro nadie se lo quiso creer, pero que fíjate tú a dónde hemos llegado, y la gente sigue tragando, y ya en los bares han acabado por poner carteles donde se prohibe hablar de fútbol, y hay que ver los partidos de pago sin comentarios, que sólo se permite corear al equipo.
-Joder, dímelo a mí, que en la peña donde va mi viejo no te dejan ni contarle el resultado al que no haya pagado la cuota...
-Pues eso, que dice que el día que pillaron a los chavales aquellos hablando del Lazarillo en un banco del parque se jodió el mundo ya del todo.
-¿Del Lazarillo?
-Sí, una novela de yonosécuándo, que no te la cuento porque viene gente, disimula...

Era de nuevo el muchacho del jersey negro y los carteles, que tras haber cubierto una tapia que a tal efecto se ofrecía en un lateral de la avenida, regresaba quizá para esperar su autobús de regreso a casa. Saludó casi imperceptiblemente a los dos amigos, y se quedó de pie, las manos en los bolsillos, retirado unos pasos del alero de la techumbre.

Permanecieron los tres en silencio, hasta que el mayor de los dos amigos, con un expletivo, sacó de su bolsillo un teléfono digital de quinta generación. El aparato emitió un sonido reconocible, mientras el muchacho levantaba la vista de la pantalla de su aparato al rostro de su amigo.
K s Lazrillo?
K m dejes, aora no
Qntame. S no sntera d nda, pls?
L Lazrillo s un tio ke vvio ac mcho. 500 añs o +. ac d criado a vrios dueños. Se bsca la vda. psa abnturas y hambre. es la fndadora del gnro picaresco.

Los dos amigos estaban tan enfrascados con sus respectivos teléfonos, que no vieron cómo se acercaban los dos agentes. El joven de los carteles se dio la vuelta y les miró, blandiendo un escáner de sexta generación.
-Quedáis los dos detenidos bajo cargos de compartir ilegalmente información sujeta a las leyes de protección de los derechos de autor. Os la váis a cargar, piratas de mierda. A ver, los teléfonos...
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