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Cuadernos de Lavapiés

Aspiradoras y aspiraciones

Dolores fabricó aspiradoras desde que su marido dejó de enviar dinero, hasta unos años antes de la pre-jubilación. Gracias a su empleo en la fábrica, había sacado adelante a sus dos hijos, a pesar de las dificultades. Había tenido suerte y encontrado un puesto fijo. Los chicos crecieron deprisa, y el más pequeño ya hacía una carrera en Barcelona. El mayor había aprendido inglés y estaba colocado en un hotel de la costa.

Después de años ensamblando cuerpos a tubos y bombas a carcasas, la fábrica cerró. Sus productos seguían succionando el aire de los rincones de las salas de las casas, y en televisión continuaban recomendando su adquisición (“magnífica relación calidad-precio, fiabilidad, son silenciosas e ideales para moqueta, parqué o gres”), pero la multinacional había decidido que, si reubicaban la planta en algún otro país, los costes de producción se rebajarían en un 70%.

Nada nuevo, dijeron los noticieros local y autonómico. Mera repetición de lo acaecido décadas atrás, cuando una ciudad de impronunciable nombre germánico fue abandonada para venir a darle trabajo a Dolores, justo un mes después de que llegara el último giro desde Zurich.

Dolores cobró el subsidio algunos meses. El pequeño, en vez de acabar la carrera, se alistó “para aprender electrónica”. El mayor habló con la dirección y, como era un buen empleado, de confianza y buen chico, le consiguió una entrevista a su madre. En ella, Dolores explicó con desparpajo que, además de pasar la aspiradora, podría arreglarla si se les estropeaba, lo que cayó muy bien al muchacho de personal, que le ofreció un contrato de temporada. Así pasó unos cuantos veranos, o semanas santas.

Al mayor le ofrecieron un puesto de animador en uno de los complejos de la cadena en Costa Bávaro, y Dolores se quedó sola. “A las limpiadoras de aquí les pagan una sexta parte que a las de allí, mamá. Ganarías más trabajando allí por temporadas”, fue la respuesta del mayor, cuando Dolores le sugirió que volviera a hablar con alguno de personal, él que tenía tan buena mano y era tan servicial. “Tu hermano se pasa los meses sin aparecer por aquí, y yo estoy muy sola, y preferiría tener allí un trabajo todo el año”, intentó en vano convencerle, pero en el fondo sabía que su hijo tampoco podía hacer nada. Se imaginó un pueblo de calles de chocolate, en alguna ladera alpina y de ensueño, con relojes en iglesias de caramelo y nata, y recordó la vehemencia con que su marido le repitió durante años que iba a regresar con lo suficiente para un taxi, un Mercedes por lo menos.

Cuando se le acabaron los últimos subsidios, ahorros y temporadas altas de veraneo y propinas, empezó a vender de puerta en puerta. La entrevistadora le dijo que en la empresa creían en el potencial de las mujeres, y en la independencia que unos buenos ingresos podían proporcionar, y le habló de que los tiempos han cambiado y las mujeres de ahora tienen acceso a campos antes restringidos a los hombres, y luego siguió hablando muy bien, y a Dolores le gustó mucho, y pensó que sí, que por qué no podría ella vender a comisión aquellos aspiradores, que en menos de tres meses seguro que estaría ganando muchísimo más que en la fábrica o el hotel, así que se puso manos a la obra.

“Se lo digo yo, que las he fabricado durante años: hoy por hoy no hay aspiradora más fiable en el mercado”. Pero el hombre que le abrió la puerta de aquel chalé de urbanización costera no hablaba español. Sólo cuatro palabras con fuerte acento chino. A sus espaldas, otros tres hombres transportaban cajas con caracteres incomprensibles impresos sobre el cartón. Una puerta se abrió y se cerró para dejar ver una habitación llena de máquinas de coser y de mujeres sudando tras ellas. “Huy, aquí hacen falta por lo menos dos, para tenerlo limpio y sin hilachas ni polvo, que está que da pena…” insistió inútilmente. El hombre chino seguía sin entender, y además parecía tener prisa.

Tras cerrar la puerta, se sentó sobre un cajón de madera, se pasó una pequeña toalla por la frente, y se sirvió una taza de té de un termo rojo. Sacó una carta del bolsillo y la abrió. Dolores habría sido incapaz de descifrar un sólo ideograma, pero el hombre torció la boca con un gesto de sonrisa o de nostalgia (no se sabe), al leer las nuevas de su ciudad, de nombre también impronunciable, como lo era para el remitente la dirección española escrita en el sobre arrugado. “Han abierto una planta, y van a fabricar aspiradoras. La hermana de mi cuñada ha hablado con el jefe de personal, y pasado mañana iré a su oficina para hacerme una entrevista…”

Dolores, agarrada a un maletín al que no acababa de acostumbrarse, rodeó la cancela de la siguiente casa y llamó a la puerta. Le abrió la criada, una señora que le dijo que no podía comprarle nada, que los dueños no estaban, pero que la aspiradora que tenían funcionaba perfectamente.

Luego volvió a la cocina y descolgó el teléfono. Habló con su hijo no más de diez minutos, lo suficiente para saber cómo estaban todos, qué tal van los cursos de inglés, mañana te mandaré el giro, y dale muchos besos a todos de mi parte. Acá me faltan todos, y colgó. Si el muchacho saca adelante el curso de inglés, en la Telefónica igual lo ascienden, con subida de salario, y lo sacan de la centralita de información, y le dan un puesto mejor, quién sabe si un sueldo como los que dicen que pagan a los empleados de la compañía en España, donde pagan muy bien, aunque no hay dinero en el mundo que le compre los años de vida de sus hijos que se está perdiendo.

Si todo sale bien, y no le reprueban el inglés al chico, quizá entonces ella podrá regresar a la isla, al hotel donde, con sus buenas propinas, no sacaría tanto dinero como acá, pero al menos estaría cerca de los pequeños …

En la siguiente casa, a los timbrazos de Dolores sólo respondieron dos perros. Con el susto, se le cayó el catálogo. Mientras lo recogía del suelo, pensó en los años que le faltaron para la prejubilación, y en un pueblo de chocolate donde las paredes eran de dinero y los relojes de la iglesia de oro pulido, y también pensó en un hotel del Caribe, donde un hijo suyo organizaba concursos de piscina, pero cobraba buenas dietas, no como el otro, que por dejar la carrera andaba ahora jugándosela en países impronunciables, y pensó en los taxis Mercedes y en aspiradoras made in China y se dio cuenta de que no sabía vender aspiradoras a domicilio, y de que ese mes aún no había logrado ganar ni un céntimo de comisión.
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