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Cuadernos de Lavapiés

Un falo de vaho

Una mañana de otoño, en mi colegio de barriada del extrarradio (mitad huertas, mitad urbanizaciones de ladrillo ochentero) llovía a cántaros. Las ventanas del aula daban a un falso patio, enfrentadas a las del otro grupo de sexto de EGB. No me acuerdo si el mío era el A o el B, el de los repetidores o el de los “buenos”.  Estábamos en clase de Inglés, noble lengua del tronco de las germánicas, que impartía una nueva, titulada en matemáticas. Era el siglo pasado, pero estábamos muy adelantados a nuestro tiempo.

En la clase de enfrente daba Naturales don Antonio Tabares, el Tabares o el Nonó (pequeño robot personaje de una serie de dibujos animados, mote inventado por mí, y quien lo niegue miente cual bellaco). La lluvia, la humedad que impregnaba hasta el tuétano de hormigón nuestro colegio público de extrarradio (pobremente construido), la humedad ambiente y caliente originada por (¿52?) adolescentes, todo ello unido explicaba que los cristales estuvieran completamente empañados. La nueva, que sabía menos inglés que algunos de nosotros (none whatsoever), estaba lo suficientemente ocupada intentando lidiar con los de las primeras filas, mientras los de atrás dibujaban con el dedo en el vaho de los cristales, o escribían mensajes a los del otro grupo (¿el B?).

En mitad de la enésima recitación inútil del Presente Perfecto del verbo To Be, liderada con cara de miedo y de “¿por qué, si yo soy de Ciencias y además hice Francés?” por la nueva, y coreada por un 12% de la clase, se abrió de golpe la puerta y entró -como Demonio de Tasmania de la Warner Brothers- toda la pequeña, fibrosa y morena figura del Tabares, epítome y ejemplo de mala leche reconcentrada en envase reducido.

Sin hacer preguntas, el Tabares avanzó hacia la pizarra. Quizá murmurase en voz baja un “perdona, Marta” dirigido a la nueva, pero no lo puedo asegurar. Se plantó en el encerado, empuñó un trozo de tiza y aupándose sobre las puntas de los pies para llegar más alto, dibujó de un trazo maestro un simplificado aparato genital masculino de gigantescas proporciones, casi más alto que él mismo. Completado éste, se dio la vuelta para encarar a la clase y dijo con el tono cuartelero que usaba cuando estaba cabreado: “¿qué es esto?”

Nos quedamos todos helados. Tras un silencio de los más incómodos de mi infancia, el Tabares dijo: “esto, señores, es un falo”.

El rumor de la sorpresa, la incredulidad y la ignorancia se oyó, casi. Con cara de “pero qué hatajo de burros”, el Tabares cortó en seco el murmullo: “un pene, polla, carajo, tranca, cipote o verga con sus correspondientes huevos o cojones. ¿Quién ha sido el gracioso que lo ha dibujado en la ventana?”

Entiéndase que esta parrafada fue de menos a más, con el tono amenazador, cuartelero y peleón aumentando a medida que se acercaba a la fatídica pregunta.  Estábamos como en una montaña rusa, de la sorpresa a la risa, del miedo a la vergüenza, y de nuevo al miedo, con la pequeña figura del Tabares allí plantado con los brazos en jarras, y la nueva tan asustada y desconcertada como nosotros.

No hubo mucho suspense. Aquello no era un colegio de curas de los de las películas de Almodóvar (y/o tantos otros, que ya les vale). Era una escuela pública del extrarradio, a comienzos de los años ochenta del siglo pasado. Será por eso que tras dudarlo muy poco, el Pacheco levantó la mano y bajó los ojos. No recuerdo qué dijo el Tabares, pero algo así como: “te vas a enterar, pero eso sí, has sido noble al reconocerlo”. No recuerdo qué le pasó al Pacheco, pero seguro que no fue nada digno de una película española ambientada en la interminable posguerra de internados de curas y experiencias traumáticas. Y me alegro, aunque nuestros recuerdos nunca lleguen a competir por un Goya.

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