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Cuadernos de Lavapiés

Los melindres

Los domingos son días de mal humor. Cuando me ganaba la vida, el domingo era el fin de algo demasiado corto. Era un día agorero, estigmatizado sin remedio. Si acaso algún lunes festivo le quitaba la mala sombra al domingo, se convertía en un sábado repetido, incapaz como era de reconocerle algún mérito al día que nos vende, al judas de la semana. Ahora que no me la gano, los domingos no sirven para nada, y me pone de mal humor el necesario descanso de quienes sí tienen algo que hacer el lunes por la mañana.

Como estoy de mal humor, salgo a dar un paseo, que es lo único sensato que se puede hacer en tales casos. Le doy vueltas al asunto, mientras veo a familias, individuos, parejas y animales que disfrutan del día, agraviándome en cada sonrisa. Decido que ya está bien de melindres, y hago acto de contrición. Mi deseo de enmienda, mientras veo a la gente en las terrazas, es sincero, así que mañana mismo me iré de una vez por todas a la agencia de empleo temporal, por ver si sale algo poniendo copas, o de pinche en un catering.

El lunes cumplo la penitencia, y hago el via crucis Atocha abajo. Pero el martes ya he vuelto a mis trece, y me repito que no me da la gana de poner otra vez copas, hablando idiomas, teniendo los títulos que he sudado, y la experiencia en lo mío, que no es mala ni poca. El miércoles consigo una entrevista de “lo mío”. Me embeleco con el trato, me ilusiono cuando dicen “queremos a alguien de tu perfil”, “háblanos de tu experiencia como docente universitario”, y se me hace agua el currículum cuando me alaban lo abultado e “impresionante” del resumen de mi vida laboral que les presento.

Cuando me dicen que no contratan, pagan en efectivo, y que con 12 la hora voy que chuto, me desenamoro y vuelvo a casa diciendo que sí, que a poner copas se ha dicho. Total, por el mismo dinero, al menos así no realquilo el cacumen, que mis años y mis libros me costó cultivar, y dejarlo tan coqueto. Claro que, por otra parte, lo tengo tan sin terminar y tan con alfileres, que si me paso ocho horas lavando platos se me va a echar a perder tarde o temprano…

A partir de ahí, la semana, digamos que ha podido conmigo. Los ratos que no ocupa lo arriba expuesto, los dedico a escribir. La persona con la que comparto cama, vida y futuro, se dedica a ganar el pan que nos sustente a los dos, mientras yo me gasto parte importante del presupuesto en el cyber, a 70 céntimos la hora, escribiendo e intentando publicar cartas al director en El País.

Así, llega la hora de comer tarde el domingo, y vuelvo de mi paseo con algo que habilite un almuerzo improvisado. Me digo que no, que así no se puede, que debo tomar una determinación, que escribir puede ser algo secundario, que tengo que encontrar el hueco que me dé de comer. A los postres, la BBC da un programa semanal de reportajes. El último domingo habló de la situación en la frontera de Chad y el Sudán, donde miles de refugiados huyen de una guerra para morirse de sed, hambre y enfermedad, cuando no a manos de asesinos bien armados que irrumpen en los campos fronterizos. Trabajadores de la ONU rechinan los dientes de la conciencia mientras denuncian sin diplomacia alguna la indiferencia del mundo. La nuestra, la mía. Un empleado de la ONU a punto de llorar de impotencia se pregunta con qué cara va él a administrar medicinas contra el cólera a niños que no tienen de comer, y que para pasar la píldora tienen que beber agua emponzoñada.

Tras ello, otro reportaje, de los que Alfredo Urdaci nunca soñó hacer, ni en los días más idealistas de su paso por la facultad: 250.000 mujeres y niñas nepalíes son la mercancía de un negocio que une Nepal y la India. Una vez en ésta, se las obliga a acostarse con treinta hombres al día. El periodista (¿entiendes, Urdaci?) pregunta a una muchacha. Fue vendida a los nueve años de edad. Violada durante cinco, pudo ser rescatada, y ahora muere lentamente en un hospicio. Su familia no la quiere, está manchada, y además fue infectada de SIDA. ¿Se dan cuenta la cantidad de verbos en pasiva que hay que usar para hablar de lo que pasan millones de mujeres en este jodido planeta? La voz pasiva es dura para el oído del hispanohablante moderno, suena extraña, forzada. Pero no hay más remedio que usarla, sobre todo cuando hablamos de los que no tienen voz activa, porque se la arrancan de cuajo.

El siguiente reportaje habla sobre la incidencia del SIDA entre la población infantil de barrios como Soweto, en Sudáfrica. Es tan grave el azote de esta enfermedad sobre la población infantil del país, que a ninguno de los traficantes de órganos asentados y operativos en el vecino Mozambique se le ocurrirá intentar cosechar su mercancía entre los pobres sudafricanos. Qué desagradable figura de pensamiento, qué asqueroso escorzo de una prosa pobre y sin más recursos que el tremendismo, me dice la musa.

Whatever, le contesto (porque yo con mi musa hablo en inglés). Entonces ya no puedo más, todas las disquisiciones de entresemana e inmerecido weekend se me diluyen, y lo único que puedo hacer para no liarme a patadas con las paredes es escribir, y me siento al ordenador y hago lo que puedo, y no me dan 12 euros la hora, que si así fuera, otro gallo nos cantara. Pero como es domingo, y el cyber está cerrado, y el que abre es demasiado caro, me tendré que esperar hasta el lunes, para cuando ya se me habrán quitado los melindres, y estaré pensando volver a la agencia de empleo temporal a ver si sale algo en convenciones, donde pidan camareros con idiomas.

Ángel González García
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