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Cuadernos de Lavapiés

Hierba buena nunca muere

En mitad de la plaza, como los toreros con hambre de fama, hay un hombre. Tiene el pelo blanco, la piel arrugada y una expresión seria pero que inspira tranquilidad. Su cabeza está cubierta, pero no por una montera de rizos de azabache, sino por un pequeño bonete de ganchillo. Como la primavera anda remolona, el sol que lo baña, a él y a toda la plaza, no es de castigo, sino de caricias de mañana luminosa. Junto a sí, el hombre sostiene una bicicleta, grande y antigua. En lugar de transportín, un cajón grande de los que se apilan junto al mercado, atado con cintas elásticas al esqueleto desgarbado de la bicicleta. En su interior, una montaña preñada de verde, una pila desmesurada de manojos de hierbabuena, que el hombre vende sin necesidad de vocear. El perfume verde y mentolado se anuncia a distancia.

No, la plaza no es la Jma el Fna de Marrakech. Las montañas que se adivinan desde las azoteas más privilegiadas no son las del Atlas., sino las de la sierra de madrileña, y la torre más cercana no es la Koutubía, sino la de la iglesia de San Lorenzo. El coso en el que faena el hombre, plantado en los medios, es Lavapiés, la plaza-embudo por la que todo el barrio trasiega antes de verterse en la Ronda.

A nadie le extraña ya oír que en Lavapiés se vende hierba; de la otra, no de la “buena”, sino de la que se esconde con prisa en los parterres cada vez que aparece una patrulla de la policía. Pero todavía sorprende ver a este hombre, ofreciendo manojos de esa otra hierba que aderezará teteras u ollas de caldo, meriendas exóticas o almuerzos castizos.
De la otra, de la “mala hierba”, se dice que sirve para financiar el crimen, para subvencionar el terrorismo asesino. Debe ser cierto, como lo es que otras ventas, en apariencia honradas, subvencionan la guerra y los misiles que arrancan paredes entre las que duermen niños. Las hierbas no son ni buenas ni malas. Son lo que queramos hacer con ellas.

Mientras, en otro ángulo de la Plaza de Lavapiés, varios tipos de hierba cambian de manos en transacciones fugaces, en lances de microeconomía que poco parecen tener que ver con el mercado global. Mi torero rifeño permanece ajeno, digno en su firmeza amable, pregonando con su presencia silenciosa el aroma y el sabor condensados en ramilletes lujuriosos. No hace falta preguntarse qué financiarán los euros que algunos viandantes intercambian por su mercancía huertana. Financiar es vocablo bancario, y el viejo vendedor que ha transplantado su negocio a este lado del Estrecho sólo acepta dinero al contado, a ser posible monedas sueltas.

Ángel González García
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