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Cuadernos de Lavapiés

Corto y cambio

Un barroquista manuelino como yo lo tiene crudo para hacerse el conciso. Tanto es así, que ese adjetivo me suena a cirugía, a pesadilla de neonato. Pero el caso es que llevo ya algún tiempo intentando aprender a escribir poco, a no enrollarme. El primer ejercicio que me impuse fue el de las cartas al director en El País, que tuve que ir desnatando poco a poco, para ver si así me colaban alguna en tinta y prensa. Luego, empecé a medir las columnas que más me gustaban, para ajustar mis piezas a la longitud en caracteres de lo que hacen Manuel Vicent, Juan José Millás, Eduardo Mendoza o Maruja Torres. Como no tengo dinero para un taller literario, me pongo ejercicios yo solito, como opositor de provincias.

Últimamente he decidido que tengo que sangrar con más generosidad la prosa, como los barberos antiguos, para que suelte humores malignos, y se me regenere un poco lo churrigueresco. Pero no tanto por imperativos estilísticos, como por necesidad cibernética. Porque en el cyber me cobran por tiempo, y les da igual si en el que empleo escribo Fortunata y Jacinta o un epigrama como el que este lo que sea quería ser, y ya nunca será, porque burla burlando al final me he enrollado, que igual viene de rollo, de los de piedra, en la plaza del pueblo, donde castigaban a los infractores, porque era un rollo quedarse encadenado al rollo por haber robado una gallina.

Ángel González García
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