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Cuadernos de Lavapiés

Paradojitas

Pajilleros y miembras, pajilleras y miembros

Que no se enfaden tanto los señores académicos con la ministra de igualdad, que tampoco es para tanto. "Pero es que miembra es demasiado", se me insubordina la conciencia, que hace coro con unos académicos de toga y borla, como la hinchada de un equipo de fútbol cuando el árbitro no pita lo que ellos quieren.

Pero tampoco se decía fútbol, y a pesar de los intentos de béticos, académicos y demás minorías esdrújulas, hoy casi nadie va a ver un encuentro de balompié. Ni se decían muchas cosas que no existían y hoy son necesarias, y tienen nombre, o reflejo lingüístico de su realidad social. Como la igualdad.

A propósito, en el DRAE no figura pajillero con la acepción de "masturbador impenitente", pero sí lo hace pajillera, para describir a la "prostituta que masturba a sus clientes."  O sea, que un miembro no tiene derecho a ser un pajillero, por mucho que dedique esfuerzos al propio miembro, ni una pajillera podría, en justa ley, hacerse miembra de un sindicato de prostitutas, ramo manual.  

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Popurrí de paradojitas

¿Por qué a las prostitutas de Montera las acosan constantemente los municipales, mientras que a los puteros de alto standing del club privado de al lado de mi casa les hacen el pasillo?

¿Por qué la 2 de TVE sólo ofrece documentales una vez se han cerciorado de que no se está desarrollando absolutamente ninguna competición deportiva, aunque se tratara del campeonato provincial de petanca, modalidad plazuela de pueblo, en cuyo caso se suspenden los susodichos documentales hasta nuevo aviso?

¿Por qué no les quitan a las marujas el culebrón de la Primera, y les ponen a Rafael Nadal pedaleando el Tourmalet, a ver si hay huevos?

¿Por qué los que no paran de hablar de la inmigración como un "problema" luego le pagan una miseria a una señorita ecuatoriana para que les cuide (les críe) a los niños? ¿Y por qué le pagan tan poco a quien encomiendan el cuidado de las personas que deberían ser las más importantes de su vida? 

¿Por qué los hay tantos garitos de tragaperras y bingos por mi barrio, siempre llenos de jubilados gastándose el sueldo?

¿Por qué se prohiben a los jóvenes botellones y drogas, mientras se ofrece al pensionista amplia elección de antros con nombres como "Las Vegas City"?

¿Por qué, al pasar por delante de uno de ellos, llega ese olor tan característico que desprendía el cine X que había delante de mi instituto? ¿Y por qué éste de los "casinos de barrio" no me atrae en absoluto, a pesar de las seductoras y contrapuestas sensaciones que la "Sala Azul" conseguía elicitar de mi imaginación adolescente y libidinosa? 

 

Paradoja inmobiliario-futbolística

Vaya por delante que reconozco mi ignorancia en lo tocante a leyes financieras y/o macro-económicas. Pero el otro día se me planteó la siguiente duda, al oír que los revendedores de entradas para el fútbol deben hacerlo a "escondidas", pues la ley prohíbe su actividad:

Si es ilegal comprar una entrada de tribuna en el Santiago Bernabeu por ¿50 euros? y luego revenderla por ¿850?, entonces ¿por qué no lo es comprar un zulo de 40 metros cuadrados por 6 millones de pesetas y venderlo 4 años después por 300.000 Euros del ala?

O, expresado de otra forma, ¿por qué el capitalismo salvaje sirve para mantener una población al completo adeudada o infra-alojada, pero en cambio no es aplicable para pedir el oro y el magrebí por 90 minutos de expansionismo deportivo?

Estudiantes en pie de guerra

No soy científico, pero sé que cuando se dispone de pocos datos, o cuando no se presta atención a las variables, puede uno llegar a extrapolar conclusiones que parecen ciertas y lógicas, pero que acaban siendo completamente falsas.

 

Así, si uno lee en la prensa de estos días de víspera de primavera de 2006, y se fija en los titulares de palabras como “universitario”, “protestas multitudinarias” o “represión policial”, podrá comparar las protestas estudiantiles en Francia con las aparentes manifestaciones de inconformismo de sus colegas españoles. En el primero de los casos, se trata de una protesta generalizada en contra de una nueva ley laboral. Ley que, según los estudiantes franceses, puede ser nociva para el total de la sociedad gala. Por el contrario, el descontento que estos días muestran los universitarios españoles viene provocado por las medidas policiales tomadas por algunas ciudades para reprimir la celebración del tradicional “botellón” de bienvenida de la primavera.

 

Desde un punto de vista medianamente científico, extrapolar de estos datos que la juventud francesa tiene sobre los hombros algo más que la excusa para peinarse el flequillo “a la Ralph Lauren”, sería falaz. Obviar los abismos que median entre ambos contextos para acabar concluyendo que, mientras los estudiantes francos se preocupan por su futuro, los españoles sólo salen de su apatía para exigir el derecho a ensuciar parques, alamedas y polideportivos, emborrachándose a la sajona (deprisa y de mala leche), sería injusto, además de completamente anticientífico.

 

Pero bueno, como ya he dicho, no soy científico.

Serena Grand Hotel

Metro de Madrid, 8 y 15 de la mañana de un día asquerosamente húmedo, lluvioso y laborable. Los andenes de la estación subterránea están llenos de lectores de la prensa gratuita, a ver qué remedio. En las pantallas colocadas estratégicamente, se distribuye también de manera gratuita la vesión subterránea de lo que algunos parecen considerar las noticias más importantes del día.

Entre ellas, destaca la de la inauguración de un hotel de cinco estrellas en la capital de Afganistán. Hasta 1500 Euros pagarán algunos por una habitación, no sé si insonorizada contra los ruidos producidos por la guerra, tan desagradables ellos. Supongo que la bañera, a esos precios, tendrá hidromasaje. Y el ascensor, quién sabe, puede que tenga un ascensorista vestido no a la talibán, sino al más puro estilo Karzai, a mitad de camino entre un cuadro folklórico y un hobbit en traje de camino.

Lo que no sé es si las vistas serán agradables, o si las columnas de humo estropearán o no el skyline de Kabul. No importa, me contesto: los huéspedes del “Serena Kabul” (tal es el nombre del nuevo hotel) no van en busca de paisajes, sino de acuerdos millonarios con hombres de empresa (que también en Afganistán los hay, como en todas partes).

Llega el tren, de la línea circular, cargado hasta las trancas de mano de obra. A duras penas y entre empujones, entramos los nuevos, los que hemos tenido el privilegio de aprender, en breves minutos, que también en Kabul existe ahora el derecho de alquilar por 1500 Euros una habitación (aunque sin vistas). A poco, suena el pitido, y el tren emboca de nuevo un túnel, donde no hay pantallas de TV.

En defensa de (insert word), no contra los (insert minority)

Alabama, 18 de junio de 1969. Un periódico local se hace eco de la convocatoria organizada por el comité estatal del Partido Republicano, en la que se hace un llamamiento general para que las clases activas de la ciudadanía salgan a protestar por las calles de la ciudad. El gobierno federal, un grupo liderado por los radicales de Kennedy, los demócratas del Noreste, filocomunistas y partidarios de la diabólica teoría de la Evolución, tal y como la postuló el demonio barbudo y simiesco de Darwin, ha decidido acabar con las instituciones más sagradas de la sociedad estadounidense. Las leyes antisegregación amenazan con destruír lo más sagrado, lo más tradicional y lo mejor de un mundo que se resiste a morir a manos de esos radicales de Washington. Hoy saldrán a la calle para decirlo bien alto.

Para llegar a un mayor número de personas de bien y pro, el periódico local ha repartido, gratis, una tirada especial, que se reparte por las calles, las paradas de autobús, los centros comerciales y las gasolineras.
En la portada del periódico se lee:
"En defensa de nuestras tradiciones, este sábado: manifestación a favor de lo nuestro". Para aclarar las dudas de los menos convencidos, el subtítulo, en letra pequeña y con la boca del mismo tamaño, especifica, fariseo: "No en contra de los negros".

Antes de subir al tranvía que le llevará a su oficina, un empleado de seguros blanco, de camisa a mangas cortas y sombrero de periodista deportivo, asiente y murmura, lo suficientemente alto como para que puedan oirle los demás viajeros, todos blancos por ley: "nada en contra de esos negros de mierda, siempre y cuando recuerden cuál es su sitio, y no se atrevan a salir de sus barrios y querer usar nuestras playas, piscinas, colegios y transportes públicos".

Tras veinticinco minutos de trayecto, decido bajarme. En la cabecera de la avenida, comienza a formarse otra, protegida, como los toreros con ganas de triunfo, por una pancarta a modo de capote. En ella se lee un mensaje que me deja de piedra. No por el contenido, sino por porque no está escrito en inglés sureño y confederado, sino en castellano de Castilla. "En defensa de la familia. No contra los homosexuales." Mi excompañero de tranvía, que acaba de transformarse en un jubilado de Ávila, vuelve a gritar para que se le oiga, oiga, que ya está bien de rojeríos y mariconadas. Contra los bujarras, eso sí, él no tiene nada. Siempre y cuando se queden, like those fucking niggers, in their place.

Matrimoniadas

El Teatro de La Latina de Madrid presenta en cartelera "Matrimoniadas", producido por José Luis Moreno, e interpretado por casi los mismos actores que lo hicieran en la televisión nacional, los sábados por la noche, durante la oscura noche del octenio aznárico. (Ésta la dedico a los que me escriben llamándome rojo y otras lindezas).

Hasta ahí, no repruebo, que, en cuestión de gustos, sigue sin publicarse nada reseñable. Por otro lado, sacar del sofá a tanto fondón sabaderil y sentarlo en una butaca de teatro, aunque sea a ver "Matrimoniadas" es, de por sí, digno de elogiar. Lo que ya me levanta costras es enterarme de que la empresa está subvencionada, apoyada, u otrosí bendecida y nihilobstatada por el diario La Razón.

La de la sinrazón que a la mía se hace es tremenda, porque no me persuado, como diría don Quijote, de que un periódico tan de catequesis como éste se rebaje a prestar apoyo a una obra así.

Me explico: La Razón ha estado repitiendo últimamente el soniquete del PP, según el cual su problema no es que prediquen la homofobia, sino que les duele el uso del voquible "matrimonio", como diría Sancho. "Que tengan los mismos derechos", reguelda Rajoy cuando se le atosiga, "pero que no se le llame matrimonio, por razón de respeto a la institución". La razón dice que todo cambia, que las instituciones se desarrollan y a veces hasta mueren y desaparecen, como las cucarachas del anuncio, y que lo que otrora fue matrimonio hoy sería ilegal en muchos sitios: ningún arzobispo se atrevería a casar hoy a una niña de tres años con un bebé de seis meses, por muy herederos al trono de Francia que fueran o fuesen los pañales del novio.

La Razón, en cambio, lleva semanas denunciando que, al dejar que se casen los homosexuales, se está poco menos que blasfemando contra el sagrado sacramento, el único que ha dado carta blanca durante milenios para cometer violencias físicas y sexuales contra uno de los contrayentes, por parte del otro. Bueno estaría que los padres, por el mero hecho de pagar el convite del bautizo,adquirieran el derecho de apalizar al neonato, por muy hijo suyo que éste fuera. No obstante, el propio diario La Razón no tiene el menor inconveniente en financiar un espectáculo ("Matrimoniados") en el que la única gracia (dudosa) reside en una continua batería de chistes malos y procaces, viejos chistes de taberna, que no hacen sino ridiculizar esa misma y sagrada institución que se defiende desde la tribuna igualmente tabernaria de las derechas de toda la vida.

En resumen: cuando lo produce José Luis Moreno y lo subvenciona La Razón, el matrimonio es una procaz conjunción de señoras gordas y asexuales, calvos mandones, rubias de bote prestas a poner los cuernos al más pintado, y pintados que no paran de quejarse en el escenario de lo mala que es la vida del casado. Sin embargo, cuando se trata de igualar a los ciudadanos y de dar a cada uno lo que le corresponde, el matrimonio abandona toda frivolidad de chascarrillo, para convertirse en terreno sagrado, en institución demasiado importante y esencial como para dejar que cuatro rojos, ateos, enfermos o degenerados lo mancillen con su amor contra natura. Como si meter el cadáver de un Papa en plomo y madera, para luego sepultarlo entre mármol y hormigón, siguiera los dictados de la Naturaleza o de la lógica.

Muertos ignorados y bufones aragoneses

En una capital aragonesa, un hombre se queda sin trabajo. A partir de entonces, dicen los vecinos, se vuelve huraño e insociable. Pasan diez años, y una casualidad por fin descubre que el hombre que perdió el trabajo y la alegría de vivir lleva cinco años muerto en su piso, ajeno al resto del mundo, que siguió haciendo lo suyo sin echarle de menos.

En otra parte de Aragón, un emigrante colombiano acepta vestirse de bufón medieval, cubierto con los colores de la antigua bandera del reino, y subir por una empinada cuesta, mientras los vecinos le acribillan a manzanazos. Se trata de una tradición tan vieja como la memoria, que ningún mozo del pueblo está dispuesto a mantener, a costa de los golpes afrutados de la chusma carnavalera. El inmigrante colombiano, al parecer feliz, sube la cuesta, protegiéndose de los hematomas de sidra con la tapa de una olla. "Éste es ya mi pueblo", dice cuando le pregunta el reportero. "Además, los 350 euros que pagan por esto dan mucho de sí allá en Colombia", apostilla.

Ibarretxe que etxe

Dice el Lehendakari Ibarretxe ante el Congreso de los Diputados que, hoy en día, no se llevan ya las asociaciones impuestas, sino las que parten de la anuencia del asociado. Y dice, muy molón él, que ni a los hijos siquiera se retiene hoy en casa contra su voluntad.

Lo que pasa es que el señor Lehendakari es nacionalista, y el nacionalismo, como otras ideologías decimonónicas, tiene en grande estima la genealogía, y es amiga de árboles familiares (sean o no éstos de Gernika). No hay, por tanto, que extrañarse, de que Ibarretxe se sirva de una imagen tan "familiar" para hablar de las asociaciones voluntarias, o de las identidades ad hoc, que vienen a ser lo mismo. El problema es que el autor del Plan de libre asociación de Euzkadi está confundiendo, probablemente a propósito, al electorado, poniendo el carro delante de la mula o embarallando las cartas de las familias étnicas con que jugábamos de pequeños a la brisca. Porque, querer hacer ver a estas alturas que España es "la madre" de la que una hija hecha mayocita quiere independizarse, es rizar el rizo un poquitín demasiado, y ya no están los tiempos para que venga un Arana a hacer un collage pseudo-histórico que medio cuele.

Razón tendrá, supongo, Ibarretxe, cuando dice que dos no se juntan si uno no quiere (harina de otro costal será demostrar que su Plan es, de verdad, la voz y la opinión de dicho "uno"). Labor, por otra parte, difícil, sobre todo porque los "unos" suelen estar compuestos de varios millones de individuos. Pero en lo que no tiene razón es en querer presentar la "historia de la asociación de Euzkadi a España" como una relación materno-filial (o paterno-filial, que no importa el sexo del progenitor, y menos en estos días) en la que Europa hace de abuela, España de madre y Euzkadi de ¿hija independizada, hermana que vive sola?.

Claro que, ya que insiste, que lo haga bien, y se prepare el temario para cuando le pregunten qué papel tendrían Canarias, Extremadura, Murcia, La Mancha o Melilla en esta familia. Sobre todo teniendo en cuenta que todas fuimos "adoptadas", a menudo por vascos, y quizá ahora habría que dilucidar a quién le corresponde nuestra tutela en caso de divorcio, emancipación, desasociación, o lo que quiera que sea que nos traigan mamá y una de las hermanas mayores. La otra, como está saliendo con Maragall, sólo se mete para pedirle a la mama más dinero. La mama, como está tan sola, se lo da. Pero esa historia la cuento otro día.

Alí Bey, un catalán musulmán, espía de Godoy y agente de Napoleón

"Es probable que el país abunde en minerales, mas estos tesoros quedarán ocultos mientras dure la ignorancia de sus habitantes". Esto escribe Domingo Badía, alias Alí Bey, uno de los personajes más apasionantes de la Historia Moderna de España, en 1807, durante su visita a La Meca.

Alí Bey no sabía entonces nada sobre el tesoro mineral que haría de Arabia, que entonces comenzaba a estar dominada por la dinastía Saudí, un país rico. Ironías. Tampoco cuando alaba al primer caudillo Saudí tenía motivos para saber en qué convertirían sus descendientes los petrodólares.

En cuanto a la supuesta "ignorancia" de los habitantes de la Península Arábiga, no se juzgue a Badía/Bey severamente por ello: en muchas otras ocasiones muestra profundos conocimiento, respeto y admiración por el mundo islámico, desde Marruecos hasta Turquía.

Viajes de Alí Bey, Colección Luxor. Editorial Óptima, 2001
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Eco-paradojas

Como nunca te acostarás sin saber una cosa más, hoy me he enterado de que Sudáfrica fue, en 1991, el primer país del mundo en promulgar una ley de protección del tiburón blanco. Dos años después (!!!), el engranaje institucional del apartheid acabó por fin con la discriminación de los sudafricanos negros.

A veces, los sentimientos más ecologistas, más solidarios con la naturaleza y nuestros convecinos planetarios, esconden una completa falta de respeto por muchos de nuestros semejantes. Me pregunto si habrá tiburones negros, y si estarán, de existir, tan protegidos como los blancos de Sudáfrica (los tiburones, se entiende).

Una de archivos

Lo que dice Juan Manuel de Prada leer en ABC sobre los Archivos de Salamanca da con la tecla, cuando se pregunta si la restitución de los archivos a la Generalitat catalana significaría también la devolución de lo que se desamortizó cuando Mendizábal. Incluso se pregunta qué pasaría si, con la misma regla de tres, "el Islam reclamara la restitución de los templos y palacios que le fueron usurpados en la Reconquista?". El argumento tiene su aquél de gatillo flojo lógico, historicista y dialéctico, y por tal lo habrá tomado el editor de ABC . Pero yo tengo otro, ya puestos:

Incluso teniendo en cuenta que la palabra Generalitat evoca al castellanoparlante un sentido vago y "general" (en tanto que colectivo), la realidad es que la Generalitat de Catalunya tiene una entidad física, legal, política e institucional. Por tener, tiene hasta dirección de correo, porteros y aparcamientos. Ese "Islam" de que habla Juan Manuel de Prada no puede decir lo mismo. Difícil le será a un concepto tan general como el que define el vocablo Islam rellenar las solicitudes de devolución de la Alhambra, sobre todo cuando haya que rellenar la casilla del CIF. Cierto es que la Iglesia Católica, al igual que la Generalitat, tiene dirección, porteros y todo lo demás. Pero también tiene algo de memoria (poca) y sabe que, en lo que a desamortizaciones respecta, mejor le está quedarse callada y no levantar la manta...

Comparto con de Prada la preocupación por las exageraciones en esto de desfacer entuertos históricos. No se puede ya devolverle el oro a Moctezuma, ni al PRI para que lo administre; ni tampoco es posible, a estas alturas, ofrecerle un kleenex a Boabdil, mientras regañamos a su madre con el dedo índice. Pero otra cosa es devolver lo que robó un régimen, no de hace siglos, sino de tiempos en los que muchos de quienes se oponen ahora a la devolución ya cobraban nóminas a cargo del Estado.

Estados Asociados

Carmen es puertorriqueña, tiene pasaporte estadounidense, y no ha estado nunca en Euzkadi. Cuando vemos las noticias, Carmen siempre está haciendo algo, parece que concentrada en esa otra actividad (cualquiera que sea) que los hombres no sabemos sincronizar con la de prestar atención.

Sin embargo, cada vez que se menciona el Plan Ibarretxe, Carmen distrae la mirada de su otra actividad (sea ésta la lectura, la escritura o “sus artesanías”, como diría Johann Sebastian Mastropiero), mira a la pantalla, sube las pupilas hasta esconderlas en los párpados que bajan a propósito, y se muerde el labio superior suavemente, para a continuación mover la cabeza de lado a lado, como quien ve a un niño haciendo una barrabasada.

El ADN y los fondos de pensiones

Según han venido descubriendo paleobiólogos, paleoantropólogos y algunos otros paleo científicos, el ser humano vino a aparecer en el planeta por la parte de allá del Estrecho, extendiéndose durante cientos de miles, o millones de años. La ciencia, en su estudio de otras especies, aprendió también a observar y observó que cuando una especie se extiende sobre un amplio territorio, el lugar de origen suele conservar entre sus residentes una mayor variedad genética. Las poblaciones periféricas, en cambio, descienden de un grupo menor de individuos (el grupo o grupos que abandonaron el lugar de origen y sus desdendientes), y muestran mayor uniformidad genética. Dicho de otra forma, hay más diferencia entre el ADN de cualquier africano y su vecino que la que separa a Mao Zedong de Abraham Lincoln, o a Espartaco de Woody Allen. Lo que equivale a decir que el continente africano constituye una biblioteca genética, o una cuenta de ahorros, los que hemos podido acumular a lo largo de nuestra existencia en la Tierra, y que vamos a necesitar en caso de emergencia, como la única, aunque débil, seguridad de permanencia, la de la especie.

Sin embargo, en África se muere la gente de SIDA, y con ella nuestra variedad genética. Se nos está jodiendo el ADN, el fondo de pensiones del que depende nuestra supervivencia como especie. La eugenesia, que quiso falsamente basarse en la ciencia para justificar el racismo, debería expiar sus pecados, reinventarse gracias a la moderna Biogenética, y volver a la carga para purgar sus culpas. Así, el supremacismo racial debería convertirse de una vez en supremacismo especial, de especie, y usar conceptos como el de la pureza de sangre, que hoy se traduciría como "variedad genética", para echar un cable egoísta a África y sus habitantes.

Hoy sabemos que un material genético demasiado uniforme nos haría más susceptibles a la extinción, al quitarnos armas con las que combatir cualquier eventualidad. Aún así, mientras la enfermedad avanza a costa de demasiadas vidas, ni siquiera un egoísmo bien entendido parece poder despertarnos del sopor. Claro que, bien pensado, si no nos importa nada de lo que pase más allá de nuestra puerta, ¿por qué íbamos a preocuparnos porque nuestros descendientes tengan la oportunidad de sobrevivir a una pandemia?

Tintes caros, colores baratos

Hubo un tiempo en que el color de la ropa fue un lujo. Para los antiguos, el púrpura se convirtió en el color de los dioses y de los reyes, sus correspondientes entre los mortales. Hace 4000 años, en las costas de Mediterráneo oriental, se pescaba un caracol de mar para extraer de él el tinte con que se volvían reales las túnicas. Su precio prohibitivo estaba unido al poder por lazos de doble nudo. Así, las leyes condenaban a muerte a quien, no siendo el soberano, osara adornarse de tal color. Rojos de cochinilla, amarillos de azafrán, azulados de índigo, la historia del color siempre fue la de la riqueza, y la suntuosidad del arco iris chillón en los ropajes fue durante milenios exclusiva del poder.

Hace mil años, la lana merina del villano solía ser de color crudo, sin tintes, mientras que el brocado del noble o el terciopelo de la librea de su criado gritaban con mensajes multicolores la magnificencia del que podía permitirse tales lujos. Pero la Revolución Industrial trajo también consigo la de la química aplicada, y el siglo XIX por fin consiguió abaratar los colores, haciéndolos accesibles a las clases bajas. La consecuencia no se hizo esperar, y la elegancia de salón, villa y corte, la exclusiva elegancia de los poderosos, se vistió de negro, pardo, gris, marrón, y de esos medios tonos apagados que hoy consideramos aceptables para ir a buscar trabajo. De la suntuosa y colorista elegancia dieciochesca, o de la aún frívola banalidad de las ropas estilo Primer Imperio, el poderoso pasa a embutirse en lo oscuro, y abandona al pueblo el monopolio del colorín, abaratado y encanallado, desterrado de los salones y arrumbado al atuendo bizarro de los barrios bajos, el gitanerío y las clases bajas.

Hasta cierto punto, el color ha llegado a convertirse en expresión de un estado de ánimo, y así, el ejecutivo que pasa sus días enfundado en serios grises y profesionales pardos, no duda en disfrazarse de pavo real mareado, nada más pisar la terminal del paraíso caribeño a donde va a desinhibirse por unos días.

En otros tiempos, los colores de las banderas llegaron a convertirse en motivos para morir, matar y destruír. Teniendo en cuenta que el precio de la púrpura era diez veces superior al del oro, o pensando en la cantidad de azafrán necesario para teñir dos varas de paño, puede encontrarse una minúscula lógica en la supuesta importancia que demasiadas veces han teñido esas telas de colores que rubrican nuestra identidad y atesoran nuestros complejos. Sin embargo, y a pesar de que el poderoso ya no viste de faralaes brocados y chillones, desde que los sintéticos democratizaron el arco iris textil, hoy en día seguimos haciendo mamarrachadas sin cuento en nombre de trapos teñidos.

Aznar y la vida salvaje

Hoy, la sobremesa de documental ha sido imposible. Después del almuerzo, el sesteo otoñal no pudo acompañarse hoy con las costumbres gregarias del pingüino emperador, ni con un repaso a la organización social del hormigas y termitas. Se ve que la televisión pública tiene ya hecho un retrato robot de su televidente medio, y ha concluído que la mayoría tenemos tragaderas anchas, y que lo mismo hacemos a una etapa reina del Tour de Francia que a una retransmisión en directo desde el Congreso de los Diputados. Por eso, en vez de sacrificar a la actualidad política española un episodio cualquiera de telenovela, y emitir por su primer canal los escarceos de Aznar, se ha resuelto emitirlo en el lugar de uno de los pocos espacios culturales que quedan en antena hoy en día.

No voy a quejarme: mejor perderse una siesta zoológica que vivir en una sociedad donde ni siquiera se finge que el que manda debe rendir cuentas de sus actos. Sin embargo, tengo que decir que los sueños (merecidos o no) que se gestan al calor de las evoluciones venatorias de un felino salvaje y en extinción suelen ser mucho más placenteros que los que termina suscitando el bigote ártico del ex-presidente del Gobierno.

Eduardo Galeano, el Barça y el Madrid

Hace un par de semanas, estábamos sentados mi compañera y yo al sol de otoño casi mediterráneo, tomando un café caro en la Plaza de Santa Ana, una de las razones por las que queremos vivir en esta ciudad. Había críos jugando a una distancia prudencial, parejas paseando, la fachada de un teatro y algunos viejos recargando las pilas al sol. En esto llega Eduardo Galeano con unas señoras, y se sientan a tomar café, y un servidor, que de pequeño compraba cromos de fútbol no más que para recortar la foto y pegarla a una chapa de refresco, y jugar con garbanzos, y que nunca jamás en la vida de dios ha tenido ídolos ni se le contagió jamás la mitomanía. Un servidor que, en fin, no dejaría colarse a Almodóvar en la frutería ni a Zapatero en la del pescado, por principios, se puso nervioso y casi se emociona al ver en carne y hueso a este uruguayo enorme.

Será que con los años me hago más pedante de lo que es aconsejable confesar, y yo, que jamás he sido fan de nadie (aparte de esto mi adolescencia fue tan pánfila e inconfesable como la de cualquiera), me he vuelto un aspirante a groupie de intelectuales que admiro. Desde que vivo en Madrid me he carteado (un par de veces nada más) con Maruja Torres y Muñoz Molina, me he cruzado por la calle con Vargas Llosa y he pasado varias tardes de pamplina esperando en el Café Gijón, por ver si aparecía Manuel Vicent. Patético, lo sé, y más a mis años, que ya son de empezar a pagar hipoteca y comprarse un coche...

El caso es que Eduardo Galeano, aparte de ser un maravilloso periodista y escritor, fue el responsable de mi reconciliación con el fútbol. De pequeño, como tantos, crecí jugando y viendo fútbol, hasta que una adolescencia tontorrona y niestzchiana, el aburrimiento, y una serie de años anodinos en el Real Madrid, unidos al convencimiento interno de que el balompié era opio, pan y circenses, se conjuraron para que abandonara toda afición e interés por el deporte rey. Pasó el tiempo, y me fui a vivir a los EEUU, donde la nostalgia introspectiva y el chocheo migratorio se tradujeron en un encastizamiento exagerado y bastante cutre. En la barriga del Imperio, y por oposición a lo que me rodeaba, empecé de nuevo a seguir con interés todo lo relacionado con el fútbol. En cualquier situación social en que uno se encontrara, el fútbol (por rebeldía uno se opuso a llamarlo "soccer") siempre conseguía unir a todos los inmigrantes, con poquísimas excepciones. Harto de que nativos de clase acomodada desconocieran la situación de España en el mapa, ver un póster de Morientes en el garito de un gasolinero egipcio siempre resultaba agradable, y más de un buen amigo llegó a serlo a través de una conversación sobre fútbol.

Luego, leyendo a Galeano, aprendí que el fútbol es en verdad el deporte de los pobres del mundo, de los desposeídos, de los que viven en la injusticia, y aprendí de muchas historias heroicas en estadios de todo el mundo, en cien años de un siglo que acaba de terminar, y aprendí también de Galeano, que es un blanco de todos los colores, que muchos de esos héroes fueron negros, que lucharon dentro y fuera de las canchas por la libertad, la dignidad y el respeto. Jugadores como Andrade ("fue negro, sudamericano y pobre, el primer ídolo internacional del fútbol" dice Galeano), Garrincha, Eusebio, Didí o Pelé llevaron el fútbol más allá de las escuelas privadas inglesas, donde se creó, y lo hicieron florecer en las mentes de millones de niños en millones de favelas, chabolas y barrios bajos del mundo entero.

Cuando mi compañera y yo nos terminamos el café, nos acercamos, trémulos como dos pijas que ven a Beckham, a saludar a Galeano. Fueron veinte segundos, para no molestar y por timidez. De todas formas, tampoco es que tuviera nada que decirle ni excusas para aguarle la merienda. Sin embargo, ahora, después de la que se ha liado con Luis Aragonés, que hasta Tony Blair ha tenido que pronunciarse, sí que habría tenido la excusa de preguntarle al uruguayo qué pensaba de todo esto.

Post scriptum
Aunque me sigue gustando el fútbol, sigo pensando que es un circo que hace mucho por distraernos mientras se nos pegan las lentejas de la Historia. Véase si no el absoluto protagonismo del partido Barcelona-Real Madrid, que pareció funcionar como un "juicio de Dios" medieval en mitad de las justas lingüísticas celebradas a tres bandas por Carod, Rajoy y Francisco Camps, a vueltas con que si el Cid hablaba proto-valenciano, catalán o castellano (que para eso era de Burgos), o con que si Martorell escribió en catalán del Principado o en una especie de mostruo del Lago Ness dialectal, una lengua hija sólo del latín, que, como el Guadiana, se pasó un porrón de siglos latente, para reaparecer después cuando llegan para quedarse los reconquistadores.

Al final, el veredicto divino ha dado la razón a los que, sin saberlo, defendían una verdad que cualquier lingüista habría demostrado en un quíteme allá esos fonemas, a saber: que el valenciano es un maravillosamente rico y fértil dialecto del catalán, así como el serbio y el croata son la misma lengua, pónganse como se pongan los políticos, militares y fabricantes de armas y odios.

Lo asombroso es que este veredicto, en vez de venir firmado por Ramón LLul y Arnau Vilanova, salió de las botas de Eto'o, que no es filólogo, pero sí negro, y muy inteligente dentro y fuera del Camp Nou.
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Frodo Flores

El Hombre de Flores está pidiendo a gritos un nombre, y yo propongo el de Frodo Flores, y reniego de los planes de estudio que sólo me obligaron a estudiar dos años de latín, tiempo insuficiente para aprender a declinar como dios manda un nombre más científico para este humanito nuevo que acaban de tener mamá Historia y papá Darwinismo (que acaban de descubrir los paleontólogos, para entendernos).

Al pensar en aquellos homínidos de bolsillo, compartiendo isla con nuestros abuelos, me acuerdo de William Golding, que contaba en su novela "The Inheritors" la suerte de los últimos Neanderthales, a poco de llegar nuestros antepasados Sapiens Sapiens a la Europa post-glacial. Cuando Golding escribió su novela, los paleontólogos acababan de enterarse de que los cabezones porteros de discoteca del más Inferior de los Paleolíticos no eran parientes (directos) nuestros, sino una especie distinta, humana y todo, pero que acabó por extinguirse, o la extinguieron, que de todo pudo haber. Y como el inglés era un cínico, se imaginó en su novela que algo tuvieron que ver los primeros cromañones con la desaparición del vecino, sobre todo a juzgar por las que hemos organizado después, con gente de nuestra especie.

Pero los Neanderthales eran muy listos (tenían el cerebro mayor que el nuestro) y andaban sobrados de forma, que el más enclenque se habría merendado al más curtido marine, en un decir Jesús. Otra cosa debió esperarles a los hobbits proto-indonesios recién descubiertos, a Frodo Flores y sus compadres, a los que seguro que no dejó indiferentes la llegada de los nuestros (como la caries, acabamos alcanzando todos los recovecos), y a los que, probablemente, acabaran por quitar de enmedio los que vinimos después.

Por eso, entre otras cosas, nos entusiasma imaginar compañeros que hayamos podido tener en esta aventura de la vida inteligente, duendes, elfos, yetis o hobbits fósil, recordatorio de cuando no estábamos solos, nostalgias de todo lo que perdimos, que siempre es mucho más interesante que lo que nos queda.

Jacinto, Apolo y el tenis

En el Thyssen hay un cuadro de Tiépolo que merece la pena ir a ver: "La Muerte de Jacinto", título que podría parecer el de una novela costumbrista y triste, pero que evoca un episodio mitológico maravillosamente gay, lúdico-deportivo y evocador, aunque no exento de tristeza.

Jacinto era un espartano de pro, un mozo hermoso, dechado de virtudes, que tenía encandilado a Apolo, que ya es mucho encandilar. Pero Zéfiro (o Bóreas), a quien hoy llamaríamos dios de la "biruji" (por aquello de los fríos que suele traer en este hemisferio el viento del norte) se había también enamorado del joven Jacinto, y los celos le consumían de mala manera.

Una tarde, Jacinto le ofreció a Apolo salir a hacer deporte un ratito. De haber sido hoy, se habrían dirigido al gimnasio, o puede que a la pista de pádel, pero en tiempos mitológicos y entre dioses y espartanos de pro, lo suyo era, como dice Ovidio, desnudarse, untarse el cuerpo de aceite (Ovidio era un esteta) y salir al campo a lanzar el disco. En otras versiones se dice que se fueron a tirar flechas al monte, y si uno quiere se los puede imaginar tirando canastas en una cancha urbana del Harlem, compitiendo sanamente como dos amigos que después del ejercicio físico compartirán toalla y sábanas. El caso es que salieron a compartir testosteronas (amatorias y/o competitivas), costumbre muy bonita y muy sana, y un pelín menos peligrosa que la de irse al reino vecino a matar enemigos, que es otra forma que tenían los griegos de hacer "male bonding" como le llaman los americanos hoy.

Estando en ello (en el lanzamiento de disco) Jacinto y Apolo, le tocó al dios el turno de tirar el olímpico ovni, y lo hizo, para fardar, hacia arriba y con fuerza. Se ve que el dios era de los que "te quiero mucho, pero si se trata de echar una carrera, o gano yo o no juego". Lanzola tan alto el apolíneo atleta, que Jacinto se quedó admirado de la proeza, orgulloso quizá de la potencia física de su novio, y obviando la falta de mérito, ya que al cabo era dios y tenía poderes sobrenaturales y metaolímpicos. Fue entonces cuando el celoso Zéfiro sopló para desviar la trayectoria del duro disco, que debió tener los suficientes megabytes como para partirle la frente a Jacinto, que quedó en el sitio. Tanta sangre le salía al pobre espartano, que Apolo, incapaz de hacer nada por salvarlo, la convirtió en flor.

En el cuadro de Tiépolo, el dios atleta se lleva las manos a la cabeza mientras ve como su amado está a punto de expirar. En la esquina del cuadro, una raqueta tirada en el suelo da color a la temática deportiva. Según parece, el tenis estaba muy de moda en Venecia allá por el siglo XVIII, de ahí que Tiépolo se permitiera el anacronismo. De haber sido Warhol, quizá en vez de raqueta habría pintado una Nike, y habría cobrado por el encargo una friolera. Pero que el tenis fuera popular en la Venecia di-ocio-chesca no es tan sorprendente como la imagen que se le viene a uno a la cabeza: la de unos recogepelotas en góndola, por si la bola se iba al agua de los canales. Qué curioso, de recogepelotas en góndola a los de Madrid, un equipo que no habría distraído de sus quehaceres deportivos a Jacinto y a Apolo, que se bastaban y se sobraban para montarse una competición, sin cheerleaders tetonas ni ecuaciones tipo: "deporte=machote=tetas gordas por algún lado, antes de que se aburra el personal".
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