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Cuadernos de Lavapiés

Muertos ignorados y bufones aragoneses

En una capital aragonesa, un hombre se queda sin trabajo. A partir de entonces, dicen los vecinos, se vuelve huraño e insociable. Pasan diez años, y una casualidad por fin descubre que el hombre que perdió el trabajo y la alegría de vivir lleva cinco años muerto en su piso, ajeno al resto del mundo, que siguió haciendo lo suyo sin echarle de menos.

En otra parte de Aragón, un emigrante colombiano acepta vestirse de bufón medieval, cubierto con los colores de la antigua bandera del reino, y subir por una empinada cuesta, mientras los vecinos le acribillan a manzanazos. Se trata de una tradición tan vieja como la memoria, que ningún mozo del pueblo está dispuesto a mantener, a costa de los golpes afrutados de la chusma carnavalera. El inmigrante colombiano, al parecer feliz, sube la cuesta, protegiéndose de los hematomas de sidra con la tapa de una olla. "Éste es ya mi pueblo", dice cuando le pregunta el reportero. "Además, los 350 euros que pagan por esto dan mucho de sí allá en Colombia", apostilla.
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