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Cuadernos de Lavapiés

Catalanes de isla

Filadelfia. Finales del siglo XX. Un pasillo enmoquetado de departamento universitario. Puertas catedráticas cubiertas de pegatinas, artículos y exámenes entregados a deshora, colgando de un sobre de oficina reciclado. En una de ellas, una pegatina roja y amarilla. ¿Rojigualda?, puede, pero a barras. Dentro, un deseo: "El Catalá, cosa de tots".

"Un compatriota", pienso con la ilusión del recién emigrado, la que deja de hacer distingos que se quedan en la distancia. (Un servidor es "sub-despeñapérrico"). Llamo, y así conozco a Toni, un amigo a quien hace ya mucho que no veo. Toni habla castellano tal y como me lo esperaba, con acento catalán. Toni enseña literatura medieval. Cuando habla en inglés, Toni suena a nativo de Boston, con el dejo colonial de los Kennedy. Cuando habla italiano, me avergüenza su nivel. Toni es catalán de l'Alguer. Nació en Massachussetts, de padres venidos de esta esquina de la isla de Cerdeña.

En la calle, cuando Toni era chico, hablaba inglés. En casa, a veces italiano, cuando venían vecinos o amigos del barrio, de apellido napolitano, romañolo o genovés. Pero en familia se hablaba "dialecto", algo para los íntimos, algo carente del cosmopolitismo y la oficialidad del inglés o la lengua de Eco. Años después, oyendo hablar a los abuelos valencianos de alguien, en alguna casa del noroeste de los EEUU, Toni supo que el "dialecto" de casa era un catalán más arcaico y almogávar que el del Principat.
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