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Cuadernos de Lavapiés

Tintes caros, colores baratos

Hubo un tiempo en que el color de la ropa fue un lujo. Para los antiguos, el púrpura se convirtió en el color de los dioses y de los reyes, sus correspondientes entre los mortales. Hace 4000 años, en las costas de Mediterráneo oriental, se pescaba un caracol de mar para extraer de él el tinte con que se volvían reales las túnicas. Su precio prohibitivo estaba unido al poder por lazos de doble nudo. Así, las leyes condenaban a muerte a quien, no siendo el soberano, osara adornarse de tal color. Rojos de cochinilla, amarillos de azafrán, azulados de índigo, la historia del color siempre fue la de la riqueza, y la suntuosidad del arco iris chillón en los ropajes fue durante milenios exclusiva del poder.

Hace mil años, la lana merina del villano solía ser de color crudo, sin tintes, mientras que el brocado del noble o el terciopelo de la librea de su criado gritaban con mensajes multicolores la magnificencia del que podía permitirse tales lujos. Pero la Revolución Industrial trajo también consigo la de la química aplicada, y el siglo XIX por fin consiguió abaratar los colores, haciéndolos accesibles a las clases bajas. La consecuencia no se hizo esperar, y la elegancia de salón, villa y corte, la exclusiva elegancia de los poderosos, se vistió de negro, pardo, gris, marrón, y de esos medios tonos apagados que hoy consideramos aceptables para ir a buscar trabajo. De la suntuosa y colorista elegancia dieciochesca, o de la aún frívola banalidad de las ropas estilo Primer Imperio, el poderoso pasa a embutirse en lo oscuro, y abandona al pueblo el monopolio del colorín, abaratado y encanallado, desterrado de los salones y arrumbado al atuendo bizarro de los barrios bajos, el gitanerío y las clases bajas.

Hasta cierto punto, el color ha llegado a convertirse en expresión de un estado de ánimo, y así, el ejecutivo que pasa sus días enfundado en serios grises y profesionales pardos, no duda en disfrazarse de pavo real mareado, nada más pisar la terminal del paraíso caribeño a donde va a desinhibirse por unos días.

En otros tiempos, los colores de las banderas llegaron a convertirse en motivos para morir, matar y destruír. Teniendo en cuenta que el precio de la púrpura era diez veces superior al del oro, o pensando en la cantidad de azafrán necesario para teñir dos varas de paño, puede encontrarse una minúscula lógica en la supuesta importancia que demasiadas veces han teñido esas telas de colores que rubrican nuestra identidad y atesoran nuestros complejos. Sin embargo, y a pesar de que el poderoso ya no viste de faralaes brocados y chillones, desde que los sintéticos democratizaron el arco iris textil, hoy en día seguimos haciendo mamarrachadas sin cuento en nombre de trapos teñidos.
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