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Cuadernos de Lavapiés

Jacinto, Apolo y el tenis

En el Thyssen hay un cuadro de Tiépolo que merece la pena ir a ver: "La Muerte de Jacinto", título que podría parecer el de una novela costumbrista y triste, pero que evoca un episodio mitológico maravillosamente gay, lúdico-deportivo y evocador, aunque no exento de tristeza.

Jacinto era un espartano de pro, un mozo hermoso, dechado de virtudes, que tenía encandilado a Apolo, que ya es mucho encandilar. Pero Zéfiro (o Bóreas), a quien hoy llamaríamos dios de la "biruji" (por aquello de los fríos que suele traer en este hemisferio el viento del norte) se había también enamorado del joven Jacinto, y los celos le consumían de mala manera.

Una tarde, Jacinto le ofreció a Apolo salir a hacer deporte un ratito. De haber sido hoy, se habrían dirigido al gimnasio, o puede que a la pista de pádel, pero en tiempos mitológicos y entre dioses y espartanos de pro, lo suyo era, como dice Ovidio, desnudarse, untarse el cuerpo de aceite (Ovidio era un esteta) y salir al campo a lanzar el disco. En otras versiones se dice que se fueron a tirar flechas al monte, y si uno quiere se los puede imaginar tirando canastas en una cancha urbana del Harlem, compitiendo sanamente como dos amigos que después del ejercicio físico compartirán toalla y sábanas. El caso es que salieron a compartir testosteronas (amatorias y/o competitivas), costumbre muy bonita y muy sana, y un pelín menos peligrosa que la de irse al reino vecino a matar enemigos, que es otra forma que tenían los griegos de hacer "male bonding" como le llaman los americanos hoy.

Estando en ello (en el lanzamiento de disco) Jacinto y Apolo, le tocó al dios el turno de tirar el olímpico ovni, y lo hizo, para fardar, hacia arriba y con fuerza. Se ve que el dios era de los que "te quiero mucho, pero si se trata de echar una carrera, o gano yo o no juego". Lanzola tan alto el apolíneo atleta, que Jacinto se quedó admirado de la proeza, orgulloso quizá de la potencia física de su novio, y obviando la falta de mérito, ya que al cabo era dios y tenía poderes sobrenaturales y metaolímpicos. Fue entonces cuando el celoso Zéfiro sopló para desviar la trayectoria del duro disco, que debió tener los suficientes megabytes como para partirle la frente a Jacinto, que quedó en el sitio. Tanta sangre le salía al pobre espartano, que Apolo, incapaz de hacer nada por salvarlo, la convirtió en flor.

En el cuadro de Tiépolo, el dios atleta se lleva las manos a la cabeza mientras ve como su amado está a punto de expirar. En la esquina del cuadro, una raqueta tirada en el suelo da color a la temática deportiva. Según parece, el tenis estaba muy de moda en Venecia allá por el siglo XVIII, de ahí que Tiépolo se permitiera el anacronismo. De haber sido Warhol, quizá en vez de raqueta habría pintado una Nike, y habría cobrado por el encargo una friolera. Pero que el tenis fuera popular en la Venecia di-ocio-chesca no es tan sorprendente como la imagen que se le viene a uno a la cabeza: la de unos recogepelotas en góndola, por si la bola se iba al agua de los canales. Qué curioso, de recogepelotas en góndola a los de Madrid, un equipo que no habría distraído de sus quehaceres deportivos a Jacinto y a Apolo, que se bastaban y se sobraban para montarse una competición, sin cheerleaders tetonas ni ecuaciones tipo: "deporte=machote=tetas gordas por algún lado, antes de que se aburra el personal".
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2 comentarios

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