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Cuadernos de Lavapiés

14 yanquis en la corte del rey Arturo

Es por mayo, por mayo, cuando aún no hace la calor, ni encañan los trigos ni canta la calandria, pero al menos se puede salir a la calle sin temor a las nevadas… Es por mayo, pues, cuando en los colleges americanos preparan la gran ceremonia que supone la graduación de otra promoción de brillantes alumnos. Cualquier gasto es poco cuando se trata de festejar el hecho de que unos cuantos afortunados muchachos de buena familia vayan a enfrentarse de una vez por todas con el mundo exterior, dejando para siempre un trocito de corazón en esta su alma mater. Lo mismo aquí, en Filadelfia, que en Princeton o Harvard, cientos de chicos y chicas se ponen la toga y la teja, y guardan cola para recibir su diploma. Como hace sol, (aunque no el suficiente para algunos), se montan por todo el campus unas enormes carpas de lona blanca como la nieve, a mitad de camino entre tienda de campaña donde alojar mesnadas medievales y caseta de feria donde trasegar manzanilla de Sanlúcar.

De la mañana a la noche, el prado bajo la ventana de mi apartamento "on campus" se convierte en el campamento donde los leales a Isabel habrán de pernoctar, antes de deshacer en combate a los partidarios de la Beltraneja. O en el lugar donde los Caballeros de la Mesa Redonda velan armas antes de dar batalla sin cuartel a un ejército de invasores, magos y ogros.

Por la noche, sentado frente a la ventana, intento leer algo. De súbito, un ruido extraño me llama la atención. Suena a chapa, y me recuerda a aquel piso en España años ha. Era una octava planta, frente a un cruce donde cada dos semanas se producía algún accidente de tráfico, hasta que la Comunidad de Vecinos solicitó del Ayuntamiento la ubicación de un semáforo. Eran barriadas obreras aún en desarrollo, y se requerían unas cuantas desgracias antes de que la concejalía decidiese acondicionar la zona.

El ruido de ahora sonaba exactamente igual a un accidente de tráfico. Inconfundible aquel resplandor sonoro de la chapa al golpearse contra sí misma. Me asomo, con el morbo a flor de piel, esperando ver un coche retorcido o humeante, o cuando menos un conductor rabioso imprecando a otro. Pero lo que veo es dos bandos de caballeros, peones y lanceros medievales arremetiéndose con furia en el prado. Ecco qua el ruido de chapa. Andan cubiertos de armadura, y cargados de espadas y lanzas, y parecen ordenarse en dos líneas de batalla, atentos a las órdenes de lo que parece ser el árbitro. Cuando éste baja la mano, las dos líneas se abalanzan la una sobre la otra, pero siempre siguiendo un cierto orden, que parece ser jerárquico. Los peones y lanceros como que rodean al caballero y lo protegen, cual ajedrez viviente.

Mi primera reacción no podía ser otra que la de Obelix ante los romanos: "están locos estos yanquis". Aunque había que reconocerle el mérito. ¿Mal gusto? no veo por qué. A nadie se le ocurre juzgar así a un medievalista académico y formado en la Academia. Si a nadie le parece ridículo un intelectual embobado con cides campeadores y roldanes, que se interese a su modo un albañil por las mismas cosas no debería provocar la chanza. ¿De qué obra provendrían éstos? Al día siguiente mi curiosidad quedó satisfecha cuando me contaron que se trataba de un club llamado "Society for Recreational Anachronism", que como su propio nombre indica, se dedica a pasar el tiempo haciendo simulaciones de batallas medievales. Creo que incluso actúan en una "Feria Medieval" que se celebra por aquí - hablo del este de Pensilvania - con torneos, banquetes y demás parafernalia.

La noche siguiente, tras salir cada uno de su trabajo, mis caballeros andantes volvieron a reunirse bajo mi ventana, a repartirse guantazos y mandobles anacrónicos. Para ambientarles y ambientarme recité en voz alta algunos versos del Mio Cid, entreverados aquí y allá por líneas sueltas del Tirant lo Blanc, pero no creo que el ruido de tanta ferretería como cargaban encima les permitiera oírme. Mejor, por si acaso les daba por creerme un tío raro.

Y así siguieron, una cuantas noches. Unas veces el césped bajo la ventana se convertía en Las Navas de Tolosa, otras en Poitiers, otras en Crecy, algún día en Calatañazor... Cada día una batalla distinta, y siempre la misma. Con un poco de imaginación, eso sí, para poder salvar las distancias.

O for a muse of fire, that would ascend
The brightest heaven of invention
A kingdom for a stage, princes to act,
And monarchs to behold the swelling scene!


Así se queja Shakespeare, en Enrique V ante la dificultad de pintar tanta grandeza, con los escasos medios que proporciona la escena. El quería representar gran parte de la Guerra de los Cien Años, batallas incluidas, pero George Lucas aún no había nacido y el inglés tuvo que apañárselas como buenamente pudo. Se hace lo que se puede, supongo, y por eso mis aguerridos caballeros, en una demostración de su versatilidad, hacían de su capa un sayo e interpretaban su papel a las mil maravillas, tomando las altas torres estudiantiles por las almenas de la Alhambra, y las carpas dispuestas para la ceremonia de graduación por el campamento que en Santa Fe erigieran los Reyes Católicos. Un eco imaginado de atambores, añafiles y chirimías se mezclaba a murmullo del viento y yo leía en voz alta el ¡Ay de mi Alhama!, el romance del Conde Olinos, el de

Alora la bien cercada,
tú que estás en par del río.
Cercóte el adelantado
una mañana en Domingo


Y el

Moro alcaide, moro alcaide, - el de la barba vellida,
el rey os manda prender, - porque Alhama era perdida


Moros abencerrajes y nobles castellanos, enamorados los unos, nobles y justos los otros, se alanceaban desde sus caballos por las vegas granadinas. Si no había caballos, daba igual, tampoco hubo gigantes, sino que mire vuestra merced, que eran molinos. Así seguía la guerra incruenta en el campus de la universidad, en el oeste de Filadelfia.
Por lo menos hasta que, pasada una semana, terminado el año académico y entregados los diplomas, desaparecieron del campus los estudiantes y las tiendas de lona blanca amanecieron por tierra una mañana. El campus queda siempre triste y vacío después de que se van los estudiantes. Los que quedan son pocos y no hacen bulto. Volvieron otra noche los campeones del club medieval - había que aprovechar el buen tiempo - y siguieron los torneos en el césped bajo mi ventana. Pero sin la escenografía adecuada y sin altas damas ni elegantes mancebos mirando desde las ventanas, aquello ya no era lo mismo. Las tiendas sobre el césped, con metros de lona a medio recoger, me causaron la misma impresión que a don Alonso Quijano cuando vio por fin las lonas que cubrían las aspas de los molinos. Si es que llegó a verlos. Si es que eran aspas de molino, y no brazos de gigantes.

Ángel González García
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