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Cuadernos de Lavapiés

Última cena

Los hay raros, muy, muy raros. Pero abundan los predecibles, los que eligen para el menú de su última cena el festín opíparo y caro que todos imaginamos. Me resultan más extraños ésos que cumplen con las expectativas de todos, y piden langosta y solomillo. Me parece chocante que tantos se comporten de forma tan predecible en un momento así.
Los de las peticiones imposibles son más lógicos, a mi entender. Algunos piden cosas con la esperanza de retrasar la ejecución, aunque sepan que es inútil. Incluso el perturbado aquel que había devorado a sus víctimas actuó con cierta lógica extraña, cuando solicitó del alcaide que le fueran amputados los miembros, y que se electrocutase sólo su tronco. Al final fue ejecutado de una pieza. Los familiares de las víctimas lo presenciaron, aunque no fue mientras almorzaban hamburguesas de condenado, como él mismo había especificado en su solicitud.

El de mañana es de los “normales”, así que ahora me toca preparar la cola de langosta y un solomillo, ése sí, fresco. Nunca me imaginé que acabaría cocinando para muertos inminentes. En la escuela de hostelería no te preparan para esto. Aprendes a preparar alimentos, y luego la vida te hunde o te eleva, y acabas cocinando placeres para el paladar de unos pocos, o pura manutención para el estómago de muchos. Pero este menú no será ninguna de las dos cosas, porque la cena que ahora preparo no tendrá siquiera la suerte de ser digerida.

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Lo pedí sin pensar en ello. Me habría negado a pedir lo que fuera, pero pensé en el placer mezquino de causar un último gasto. Luego caí en la cuenta de que la última factura a las expensas del Estado será la del cheque del practicante, o la de lo que cueste la ampolla, o la de mi incineración.

Escogí lo típico, y aquí lo tengo, frente a mí. Pero no es lo mismo verlo en esa bandeja, exactamente igual a todas las que he visto en este lugar. A pesar del envase, el solomillo parece de primera calidad. Poco hecho, lo suficiente como para poder saborear la carne roja y sangrante. El problema será cortarla con el habitual cuchillo de plástico, porque ni siquiera hoy me han dejado usar uno de verdad. Me quedan diez horas de vida, pero sigue siendo primordial impedir que me raje las venas yo mismo.

Miro la carne y huelo el marisco, y mis glándulas salivares secretan su jugo, como si mis glándulas salivares fueran a sobrevivirme. No puedo entender que mi cuerpo intente convencerme de que coma. Noto el apetito, que adopta ya manifestaciones físicas. El estómago, vacío desde hace horas, exige que le dé trabajo, y el olfato se alía con los demás sentidos. Pero yo sé que esa carne sirve para proporcionar proteínas que construyan fibra muscular, y sé que las verduras de la ensalada están llenas de vitaminas esenciales para el buen funcionamiento del organismo, pero mi organismo está destinado a desaparecer a primera hora de la mañana, y mis funciones vitales tendrán en breve el mismo sentido que el hambre imposible que ahora me divide en dos seres. El que mira a su última cena, y el que sólo ve la siguiente de una lista, cuyo final le es imposible anticipar.

Ángel González
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