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Cuadernos de Lavapiés

El caso del vengador pirómano II

II El Dorado

Allegro ma non troppo

Los días que siguieron Tom intentó combatir el desánimo de mil maneras.  En vez de aceptar con resignación el hado, y achacarlo a la vida, que es así a veces, Tom se dedicó a visitar bufete tras bufete en busca de un abogado que le prometiera resolver el pleito a su favor.  Ni siquiera Allen Rothenberger, de la firma Rothenberger & Rothenberger,  ¾que se anunciaban en la tele prometiendo indemnizaciones millonarias a todo el que tuviera la mala suerte o el designio de caer en una zanja de albañiles¾  le animó a seguir con la porfía.  El caso estaba claro, y ni Perry Mason redivivo le ahorraría la multa.

            La señora Rugelach había venido de alguna remota parte de Europa muchos años antes, y aún conservaba esa resignación que caracteriza a quienes las han pasado canutas durante siglos.  Esa fue, y no otra, la fuerza que la sostuvo cuando quedó inútil el padre de Tom.  Silencio y barajar, achantarse y a seguir tirando para adelante, que Dios aprieta pero no ahoga, y cuando cierra una puerta otra se abre.  Pero su retoño era producto del país. Lo de la resignación callada le sonaba a actitud muy digna en Gandhi, o en un montañés balcánico harto de injusticias y limpiezas étnicas.  Pero en un americano de pro, hijo de la tierra de la oportunidad y merecedor por derecho de nacimiento de todos y cada uno de los derechos concebibles al ser humano en su más alta y elaborada expresión,  resignarse de ese modo no era justificable, perdonable ni aceptable.  Por no hablar de lo antipatriótico, y hasta lo anticonstitucional que una actitud resignada a buen seguro suponía.

            Pronto, Tom adoptó la firmeza de opinión y escasez de perspectiva que solemos asociar con la decisión inquebrantable, tomada tras convolutos razonamientos y reflexiones: si fuese necesario, lucharía hasta el final para reivindicar sus derechos, "you can bet your bottom dollar…"  Y si bien la negativa de hasta los más ladinos engañabobos de la abogacía le hiciera, como hemos visto,  abandonar la idea del recurso legal, otros recursos asistirían su justa lucha y allanarían el camino de su satisfacción.  Como en las películas de Charles Bronson.

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