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Cuadernos de Lavapiés

Apaciguamiento y no intervención

Apaciguamiento y no intervención En su artículo “Apaciguamiento y no intervención” (El País, 15-04-2004), el profesor Juan Pablo Fusi establece un magnífico entramado discursivo en el que compara la oposición a la segunda invasión de Iraq con la política de no intervención que siguieron, entre 1931 y 1939, Gran Bretaña y Francia. No seré yo quien sostenga que los paralelos historiográficos son de poco uso en el mundo real: nada hay que más me ayude a entender la actual situación política que un vistazo al estado de cosas cuando el poder imperial no enviaba marines, sino flotas de galeras cargadas de tercios, cuando Bin Laden era el Gran Turco y Argel un hervidero de “terroristas” que secuestraban a Cervantes, mientras las “células infiltradas” se alzaban a la sierra en las Alpujarras en la inti fada más cruel de la Historia de la Península. El problema reside en la dificultad de asignar equivalencias, o en lo subjetivo de tales identificaciones, con las que no siempre se puede estar de acuerdo.

En el caso que analiza el profesor Fusi aparecen, de un lado, la Alemania nazi, la Italia fascista, el régimen franquista y el Imperio Nipón, con los que se identifica a Sadam Husein. Por el otro, los gobiernos británico y francés del período de entre guerras, con su política de “apaciguamiento y no intervención”, parecen ser antecedentes históricos de la oposición a la invasión de Iraq propugnada por Francia, Alemania y el gobierno entrante de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en la ecuación no aparece la política internacional de los EEUU durante los años treinta del siglo XX, a pesar de que, durante esos años, también Washington suscribió la política de no intervención que acabó por favorecer el crecimiento de los regímenes autoritarios y el estallido del mayor conflicto bélico del pasado siglo. En cambio, sí aparece la presente estrategia del ataque preventivo propugnada por la extrema derecha americana, y lo hace para contraponerse, como ejemplo positivo, a la nefasta postura seguida por Francia y Gran Bretaña de la pre-guerra.

Recuerda el señor Fusi que algunos historiadores (Mazower, Kershaw, Paul Kennedy, Schama, Hobsbaun o Burleigh) niegan la validez de establecer paralelismos entre Sadam y Hitler, o entre la Gran Bretaña de Chamberlain y la América de Bush. Recuerda asimismo que algunos de estos historiadores consideran falsos los paralelismos en la Historia, algo con lo que resulta difícil comulgar, y que, de aceptarse, acabaría por desmentir la opinión de que la Historia sirve para no repetirla, para aprender de los errores pasados. Pero el razonamiento del profesor Fusi no responde a estos caveats, ni intenta demostrar qué le hace posible asignar a Bush el papel de bueno indiscutible en la situación actual.

Por supuesto que ninguno de los historiadores citados muestra simpatías por Hitler, Franco o Mussolini, y por descontado que ninguno de ellos disculparía las atrocidades cometidas por el régimen de Sadam. Pero sí que ponen reparos a la asignación al régimen de Bush del papel indiscutible de “bueno de la película”, algo sobre lo que el profesor Fusi parece no querer entrar en debate.

Afirmar, como quieren hacer los que intentaron volar el otro día un museo sobre el Holocausto en Hungría, que Hitler no hizo nada malo, o que “no fue tan terrible después de todo”, es una estupidez cruel y bárbara; pero también lo sería asignar a sus oponentes de entonces el beneficio de la inocencia, por mera exclusión. El Imperio Británico y Francia acabaron enfrentándose a un Eje del Mal verdadero y terrible, pero ello no convierte a sus regímenes de entonces en cándidos e inocentes defensores de la libertad a ultranza y en cualquier contexto. Así, los mismos gobiernos que, en comparación con el nazismo, resultaban paraísos de la democracia, estaban embarcados en aquella época en empresas coloniales e imperiales que desmintieron las idealizaciones surgidas tras el conflicto mundial, y que continuaron produciendo terribles resultados décadas después de 1945. Reconocer la suerte que significó para todos que los Estados Unidos entraran en la Segunda Guerra Mundial, librándonos así de una Europa nazi o fascista, no está reñido con el recordatorio de que esos mismos Estados de la Unión estaban desarrollando experimentos médicos dignos del doctor Mengele con numerosos ciudadanos afro-americanos, como en el caso del Tuskegee Syphilis Study (en 1932) o con la afirmación de que no fue hasta los años setenta del pasado siglo que el gobierno estadounidense acabó con las últimas leyes segregacionistas en su territorio continental. Y todo ello sin recordar que, a poco de derrotar al Eje, el gobierno estadounidense dio legitimidad y visto bueno al franquismo.

La Alemania de Schroeder o la Francia de Chirac tampoco son Estados perfectos, pero ello no significa que podamos equiparar su política a la de Chamberlain o Blum antes de 1939. Sadam estableció un régimen del terror, como también hizo Hitler, pero eso no los identifica por completo, como el gobierno de Bush ha querido hacer ver. En cuanto a la actual administración estadounidense, cabe preguntarse a qué facción de la Historia reciente tendríamos que equipararlo, sin caer en conclusiones automáticas y rayanas con el maniqueísmo. Ciertamente, no a la política de neutralidad propugnada en 1937 y 1939 por Roosevelt, pero tampoco a la que poco tiempo después convirtió a la máquina de guerra americana en el mejor aliado de la lucha contra la brutalidad autoritaria. Creo que hay demasiadas diferencias entre la respuesta estadounidense al ataque de Pearl Harbour y el que hace un año perpetró Bush contra Iraq, por mucho que desde la Casa Blanca hayan pretendido comparar el ataque japonés a la base del Pacífico con el del 11-S.

Del mismo modo, surge la pregunta de qué referentes históricos asignar en este ejercicio de los paralelismos a Sharon y su muro, a Palestina y su abandono, a Bush y a la carta blanca que acaba de otorgar a Israel para que siga llevando a cabo una política que no se puede explicar, apoyar ni defender aludiendo a la mano blanda que se tuvo en su momento con Hitler, y que tantos millones de muertos acabó costando.

Ángel González García
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