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Cuadernos de Lavapiés

Guerra

Paradojas con hemoglobina, o contradicciones sangrientas

Según el Partido Popular, Israel no hace más que responder legítimamente a un ataque terrorista perpetrado desde territorio libanés. En consecuencia, la aviación y artillería israelíes pueden en toda ley bombardear Beirut. Y si se aduce que mire usted, que si las víctimas inocentes, que si cientos de miles de personas que nada tienen que ver con terrorismo, cohetes ni escopetas de feria, la respuesta es tan tajante como su defensa de las víctimas de ETA: “no se puede permitir que los terroristas se amparen y/o escuden tras la población civil. Caiga quien caiga, y esto es lo que hay.”

 

Supongo que el PP va diciendo estas cosas por convencimiento moral e ideológico, no sólo por el mezquino deseo de desgastar al Gobierno. Por ello, me pregunto cómo habrían reaccionado estos mismos señores a una situación imposible hoy y muy improbable hace 25 años. Supongamos, por amor al arte, que ETA hubiese arrojado piedras contra su propio tejado, atentando gravemente contra intereses y vidas franceses, desde supuestas bases en el corazón montañoso y montañero de las Vascongadas / Euskal Herria. Supongamos que el gobierno francés, tomando una decisión digna de un rabino ultra-ortodoxo, hubiese bombardeado Pamplona, Bilbao, Zaragoza y tres o cuatro ciudades de la Meseta, mientras La Barceloneta era blanco de la artillería naval gabacha.

 

Supongamos que, además de dejar a la España en transición a merced de un golpe de Estado, nos hubieran arrasado el Barajas pre-T4 y, de paso, toda la red de carreteras, con más de la mitad de los dichosos pantanos del franquismo yéndose por el desagüe a base de pepinazos teledirigidos. Seamos “gore”, y pongamos que, en esta “justa” retribución francesa a un ataque terrorista abertzale desde aquende Hendaya, acabaran muertos varios cientos de civiles, entre ellos unos cuantos pro-etarras irredentos, con varias docenas de carlistas trasnochados, viajantes de quesos manchegos, abuelas navarras, gasolineros murcianos, fontaneros barceloneses de barriada, de las de cemento barato y derrumbe fácil, y hasta algún que otro policía municipal de ciudad de provincias, Burgos por ejemplo, ¿por qué no?

 

Me pregunto si, según los líderes del Partido Popular, las marujas de la Transición habrían sido justamente descritas como “instrumento de los terroristas”, o “escudo humano” tras el que se cocinan atentados terroristas. Supongo que, en pura lógica, así debería ser; pero claro, como decía, se trata de un supuesto imposible, improbable, pura demagogia, al fin y al cabo.    

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Tengo un amigo en Beirut. Estos días hemos estado en contacto –lógicamente preocupado yo, y muy asustado él, con más razón. Esta mañana le envié una URL, para invitarle a que leyera lo que Gustavo de Arístegui escribe y muchos otros debaten en la red:

http://blogs.periodistadigital.com/aristegui.php

 

No debí hacerlo. Me di cuenta cuando leí su lacónico mensaje: “Aquí caen bombas en las panaderías, ya no quedan carreteras, y en España todo sirve para desgastar al Gobierno. En Sol, tomando café, me parecería lo más normal del mundo. Ahora mismo no lo entiendo. Tengo que comprar agua. El problema es que no sé dónde, a quién, ni cómo, pero el niño se me va a deshidratar. Hasta pronto.”

 

A media mañana he perdido el contacto con mi amigo. Espero que esté bien, y que el único problema sea que por fin un F-16 haya acabado con el repetidor más cercano, o con el transformador que lo alimenta, como él mismo llevaba temiendo desde que empezaron a caer bombas en su barrio.  

Canicas

En los últimos días han aparecido dos noticias relacionadas con las canicas. Y no, ninguna de ellas hablaba de la nueva afición de Bush por tan antiguo juego, sino de un suceso acaecido en Palestina, en el que varios muchachos murieron por culpa de un obús israelita, que les pilló jugando con sus canicas. La noticia ha dado la vuelta al mundo, incluso algunos han negado su autenticidad, alegando que se trataba de hombres, no niños, y que no jugaban a las bolas, sino que estaban preparando atentados.

Según las arqueólogas bolivianas Reina Cedillo Vargas y Carmen Lechuga García, el de las canicas es un juego casi tan antiguo como la propia necesidad de divertirse(leer artículo en Esmas). La palabra canica, según el diccionario, llegó al castellano del neerlandés, por la vía de un francés dialectal que dejó su huella en el catalán caniques. En origen, se trata de una palabra germánica, relacionada con el verbo knikken (=romper o aplastar), a su vez relacionada con el inglés to knock, primera parte del universal knock out o K.O., que es como quedaron los chavales palestinos, estuvieran o no jugando al gua.

En inglés moderno, a las canicas se les llama marbles, que también es mármol, porque a finales del siglo XVII empezaron a importarse unas de este material, importadas de Alemania. ver fuente Hoy, en inglés se dice que alguien "pierde sus canicas" (to lose one's marbles), cuando en español diríamos que chochea, algo que quizá tenga que ver con la calidad de símbolo de la infancia que llegó a adquirir este juego, cuando se decía de alguien que había llegado a la mocedad porque "había dejado de jugar a las canicas".

La otra noticia relacionada con estas bolas de cristal sin vocación de adivinas mostraba ayer a un bombero español en Sri Lanka, enseñando a un grupo de niños supervivientes del tsunami a jugar, tirando bolitas a un hoyo practicado en la arena de la devastación. Los chavales parecían encantados, mucho más de lo que pueden haberlo estado los miles de niños españoles ante sus nuevas playstations. Sin embargo, es muy posible que también para estos niños, como para los de Palestina, haya llegado la hora de dejar de jugar, demasiado pronto. No siempre hay un culpable de lo que no es justo. A veces, el juego termina trágicamente porque algunos han "perdido sus canicas" y la pagan con el más débil. Otras, sencillamente, la Tierra impone su ley y, como es una bola, acaba haciendo que todo parezca un juego imposible de ganar.

Kerbala, Bin Laden, y un catalán de hace dos siglos

Dicen que a Claudio Sánchez Albornoz le disgustaba muy mucho que se usara la Historia para explicar o ilustrar el presente. Claro que, por otra parte, ¿a qué se dedicaron él mismo y Américo Castro durante buena parte del siglo pasado, sino a eso?

Entiéndase que ir al estante con el gatillo presto, la idea fija y ganas de probarla a cualquier costa, echando mano del primer episodio histórico que se nos acomode al intento, es tarea aburrida y traidora. Pero habrá que reconocer que hay ocasiones legítimas, en las que la Historia se le abalanza a uno sin avisar, y en las que no queda más remedio que plantearse si la existencia de la especie es una eterna repetición de curso, llena de suspensos como era de esperar.

Digo esto, a modo de justificación si se quiere, porque acabo de leer lo siguiente, escrito en 1807 por Alí Bey en referencia a la invasión de Iraq por parte de Abdelaziz Ibn Saaud, caudillo wahabí y antecesor de los actuales reyes de Arabia Saudita:

Dueño ya de la parte interior de la Arabia, hallóse bien pronto Abdelaziz en estado de alargar su vista a los
países adyacentes. Comenzó por una expedición a las cercanías de Bagdad. En 1801 fue cuando, al frente de un
cuerpo de cromedarios se echó sobre Iman Hosseïn (la actual Kerbala), ciudad poco distante de Bagdad, donde se
hallaba el sepulcro de un imán del mismo nombre, en un templo magnífico y lleno de las riquezas de Turquía y Persia.
Los habitantes sólo hicieron una débil resistencia y el vencedor mandó pasar por el filo de la espada a todos los
hombres y muchachos varones de todas las edades. Mientras se ejecutaba tan horrible carnicería, un doctor wehabí
gritaba desde lo alto de una torre: "Matad, degollad a todos los infieles que dan compañeros a Dios". Apoderóse
Abdelaziz de los tesoros del templo y lo hizo destruir; saqueó y quemó la ciudad, la cual quedó convertida en un
desierto.
Alí Bey, Viajes de Alí Bey. Ed. Óptima, 2001

A la sazón, Iraq se encontraba subyugado por el Imperio Otomano, al menos nominalmente. Que es como lo está hoy en día (sobre el papel al menos), sólo que esta vez bajo férula estaodounidense. Los turcos eran vistos por los wahabíes saudíes como invasores ilegales e imperialistas corrompidos, cuasi peores que un infiel. Una gran diferencia: los seguidores de Abdelaziz Ibn Saaud no tenían acceso a Internet, ni se habían sacado todavía el carné de conducir coches bomba. Por su parte, los chíies de Kerbala también eran mal mirados por el celo excesivo de los seguidores de Abdulwehab, que además les considerabas aliados del enemigo turco. Como consecuencia, acabaron pagando con un acto de crueldad digno de un asirio antiguo.

203 años más tarde, Kerbala volvió a sufrir un destino cruel, precisamente mientras se celebraba la festividad que conmemora al Imán Hussein, mencionado por Domingo Badía alias Alí Bey. También esta vez los chiíes de Kerbala se encontraron en el fuego cruzado entre dos enemigos o entre dos fanatismos: el del interés y el de la fe. Demasiados paralelismos en poco más de dos siglos.

Quizá Sánchez Albornoz tenía escrúpulos a trazar semejanzas entre pasado y presente, porque creía que el ser humano debe ser entendido en su contexto temporal; o que las situaciones, por mucho que se parezcan desde la perspectiva de la Historia interesada (y ¿cuál no lo es?), en el fondo son siempre diferentes, porque son distintos los individuos que las protagonizan. Es cierto, y Abdelaziz Ibn Saud no es Saddam Hussein, ni el Imán Hussein tiene que ver con el exdictador iraquí, ni Bin Laden es wahabí, ni Bush puede compararse del todo con el sultán otomano, ciego a todo lo que no fueran retribuciones y ganancias. Pero cada vez me parece más cierto que, aunque diferentes, todos los seres humanos, cada uno en su contexto, somos igual de imbéciles, desde Alejandro Magno a Donald Rumsfeld.

Mis menos sentidas condolencias, señores de X

Bush acaba de aparecer en conferencia de prensa para poner un parche a la opinión púbica estadounidense. Ésta, que muy de vez en cuando pone otros asuntos por delante del crematístico, anda un tanto escandalizada porque las cartas de condolencia a los familiares de sus militares muertos vienen firmadas a máquina. Una cosa es que la carta en sí sea una plantilla normalizada (que tampoco están las cosas como para redactar una esquela empática por cada marine desventrado por la metralla) pero muy otra es que ni la firma sea real, sino que venga impresa al por mayor, gracias sin duda a Adobe Photoshop. Por ahí no quieren pasar los americanos, que, muy al revés del estereotipo que de sí mismos tienen, prestan una enorme importancia a las formas y maneras, por muy huecas que éstas estén.

Así, el delfín tejano se ha plantado delante de los medios de comunicación, con su inglés ofensivo y su lógica de primero de BUP, y ha dicho un par de preciosidades. Entre ellas, la enésima enunciación de su principio universal de gobierno: "la libertad es un valor universal; las sociedades libres no luchan contra otras en guerras injustas; el mundo es hoy un sitio mejor, gracias a la invasión de Iraq, y la libertad es lo que nosotros digamos, pues para ello tenemos monopolio esclusivo sobre ella". Todo ello aliñado por la cansina verdad absoluta de que "América no descansará hasta que la bandera de la libertad ondee por el mundo entero". "

A los catorce años, y con poco que uno haya leído, pensado u oído comentar a los mayores, suelen tenerse similares certezas y revelaciones. Lo bueno es que, hoy en día, pocas sociedades están regidas por adolescentes hormonados y con el pavo aún sin sacudir. Otro gallo les cantó a los europeos de hace 500 años, quienes en muchas ocasiones fueron regidos por monarcas lampiños o emperatrices escasamente púberes. Por desgracia para el presente, el líder del mundo parece no haber abandonado esa edad en la que el universo entero se derretía como cera al calor de nuestras adolescentes certezas irrompibles. Por desgracia para los iraquíes, Bush está convencido de que lo que él y unos cuantos millones de occidentales adinerados y con automóvil llaman libertad es la única versión posible que de tal concepto puede y debe tenerse. Además, tanto el líder como quienes lo apoyan están preparados para dejar que mueran unos cuantos siempre y cuando las cartas de condolencia vengan firmadas de puño y letra.

A continuación de esta noticia, la BBC informa que se ha decidido sortear mediante lotería qué lista electoral iraquí aparecerá primero en las papeletas en las próximas elecciones. Al parecer, y tras demasiadas controversias al respecto, se ha optado por el sistema del sorteo, supuesto legal que no sé si está incluido con el "Freedom Pack" que vinieron a ofrecer (de puerta en puerta) los marines, pero que se aplicará de todas formas. Supongo que la libertad, tal y como la definen quienes pretenden imponerla por la fuerza, debe saber adaptarse en esto de las formas, ya que no en lo esencial.

Guerreros

National Guard
Últimamente estoy recibiendo numerosas invitaciones a hacer algo importante con mi vida. Alguien se ha enterado de mi mediocridad genital, mi virilidad asedidada por el "feminismo radical" y castrador (como anunciaban los editores de una nueva revista a la venta en la Feria del Libro), mi desempleo y otras de mis pesadillas de escritorio. Por ello, almas caritativas no dejan de enviarme información imprescindible que yo, estúpido por activa y por pasiva, dejo pasar para tener algo de lo que arrepentirme el día de mañana (que me han dicho que sí que existe).

Entre las últimas invitaciones a dejarme de pamplinas y meterle mano a esta vida de mierda que he merecido vivir hasta ahora, destaca la de la Guardia Nacional. El vínculo de arriba os llevará a un sitio que puede cambiar vuestras vidas para bien. Lo aconsejo.

"Serve in the Army National Guard and you’ll defend America, its values and those you love most. You’ll normally train part-time, but you’ll be ready to serve whenever or wherever you are needed". Por supuesto, y dado el hecho de que el mercado de carne de cañón demanda continuamente hispanos, negros y demás desgraciados, podéis visitar la versión en castellano, y así aprender las ventajas que tiene convertirse en un guerrero por la libertad.

Estoy pensando mandarle el vínculo a mi cuñado, que no pudo asistir a la universidad porque no tenía el dinero. Perdón, ahora que me acuerdo, mi cuñado ya está sirviendo en la National Guard, y acaba de regresar de un destino de varios meses en un país muy peligroso y muy lejos de su casa. De la casa que ha podido comprar gracias al sueldo de la National Guard. De la casa donde espera criar a su hijo para que no tenga nunca que servir como guerrero de la libertad mientras otros la disfrutan.

Por favor, si visitáis la página, no os perdáis el videojuego. Si escribís, os lo mandan (envíos dentro del territorio continental, pero incluyendo Puerto Rico y Hawaii, que por allá hay mucho candidato muerto de hambre). Creo que hay versiones para la play, el gamecube y PC.

Prótesis imposibles

En El País, edición del día 26 de mayo, aparece la fotografía de G.W. Bush estrechando la mano protésica del líder iraquí Kasir Qadim. Prótesis ésta que le fue implantada en EEUU para sustituir a la que el régimen del déspota sustituido le hizo cortar brutalmente, como castigo a su disidencia.

La foto que no se puede publicar, porque no existe, es la del propio Bush recibiendo un abrazo o un puntapié del niño iraquí que quedó sin piernas ni brazos como resultado de uno de los bombardeos estadounidenses.

Ángel González

¡Que no mueran los novios!

En Canaán se presentó en el convite un utópico con dotes de tabernero prodigioso. A Camacho y la futura Camacha se les colaron de rondón un gorrón panzudo y muerto de hambre y otro utópico. Uno que, de ver al anterior volviendo agua en vino, le habría pedido que le nombrase caballero.

A las familias del norte de Iraq vienen a pedirle el aguinaldo nupcial unos sujetos que quizá también sean unos utópicos en su vida privada. Y se lo vienen a cobrar no en vasos de vino y pañuelos de peladillas, sino en vidas de convidados. No echan arroz al paso de los recién casados, sino que arrojan bombas que nada entienden de dañinas utopías.

En el norte de Iraq, “¡vivan los novios!” Es un grito de angustia y un deseo frustrado.

Ángel González García
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La Guashintón liberada, por Torcuato Taxi

En estos momentos nuestras tropas han completado la liberación de la capital enemiga. Las imágenes que todos hemos podido ver, gracias al magnífico esfuerzo de nuestros compañeros en el equipo técnico, casi sustituyen a cualquier palabra. A estas alturas del conflicto, pocos de entre nosotros no han visto los documentos visuales llegados a través de una red de comunicaciones insuperable, producto y símbolo de la superioridad técnica, económica, política y social que ostentamos sobre nuestros enemigos, y que justifica por derecho de preeminencia nuestra liberadora intervención.

Tras las últimas operaciones de castigo y bombardeo aéreo, que han acelerado la descomposición de sus sistemas logísticos y de inteligencia, y destruido el grueso de sus fuerzas armadas, nuestra gente ha entrado por fin esta mañana en el centro de su capital, y se despliegan ahora en posiciones estratégicas, en todo momento bienvenidos por las espontáneas demostraciones de una población civil que recibe a los nuestros como liberadores y ansía comenzar cuanto antes la reconstrucción.

"Aunque la abrumadora superioridad de nuestra tecnología —por no hablar de la infinitamente mayor abundancia de nuestros recursos, en comparación con los del enemigo— nos ha permitido derribar el régimen y acabar con la resistencia organizada de sus líderes, no se debe esperar un rápido final a las operaciones", afirmó uno de los máximos responsables de la operación, apuntando a la posibilidad de que los focos de resistencia se atrincheren en algunas zonas, y desde ellas intenten perpetuar el conflicto mediante tácticas de guerrilla urbana y/o terroristas. No obstante, y según fuentes igualmente fidedignas, una gran mayoría de la población, en especial en zonas urbanas y deprimidas, ha salido a las calles para recibir con alegría desbordante nuestra llegada.

Símbolos de la opresión que el régimen anterior representaba son ahora objeto generalizado de las iras de unos seres que han sufrido durante demasiado tiempo la opresión y brutalidad de un estado policial, entregado —de la mano de una oligarquía despótica— a la fiebre del librecambismo deshumanizado; gentes que han debido sufrir las injusticias de una sociedad segregada y los caprichos de una minoría acaparadora, más dignos del pasado oscuro de la especie que de sociedades avanzadas, como es el caso de la nuestra, donde esas cosas —definitivamente— no ocurren.

En la que hasta hace poco fuera capital, en el emblemático epicentro de un régimen hoy caído, las muchedumbres descontroladas, llevadas por deseos de venganza, odios reprimidos durante demasiado tiempo, y por la comprensible violencia inherente a los cambios históricos que se están produciendo a su alrededor, ha dado en el pillaje, y tomado los principales edificios representativos del poder derrocado a sangre y fuego, valga la ambigüedad sintáctica. En riguroso directo, y a pesar de la enorme distancia, podemos observar en estos momentos el aspecto que ofrecen el Pentágono, el Capitolio y la Casa Blanca, pasto de las llamas, que intentan adelantarse a los ciudadanos hoy libres del antiguo imperio más poderoso de este planeta del Sistema Solar, primero de los escenarios de nuestra entrada en escena, como defensores de la libertad, la justicia, el amor fraterno y la verdadera solidaridad más allá de nuestra órbita.

Bien es cierto que las protestas iniciales contra la operación pusieron el dedo en la llaga cuestionando nuestro derecho de intervención en el escenario pero, como muy bien supieron comunicar nuestros líderes, la necesidad de mantener el equilibrio en una zona de la Galaxia cuya estabilidad resulta indispensable para nuestra economía terminó por convencer a la mayoría de la conveniencia de liberar a los habitantes del planeta Tierra del yugo férreo que se les ha impuesto desde muy pocos centros de poder, establecidos éstos en el subcontinente Norteamericano. Nombres, referencias geográficas y personajes desconocidos hasta hace poco para el gran público, pero que han aparecido con fuerza en la actualidad que nos rodea, si bien a distancia, por supuesto.

Gracias a una cobertura técnica e informativa sin precedentes, hemos tenido la oportunidad de acercarnos a una realidad que por remota no deja de afectarnos muy de lleno, y hemos sido testigos asombrados de los sucesos acaecidos en gran número de aglomeraciones urbanas. Sirva como ejemplo la imagen indeleble de Nueva York, la primera ciudad en importancia, verdadero centro social y cultural del fenecido imperio, siendo tomada por nuestros efectivos, a quienes cientos de miles de ciudadanos de barrios como Harlem o Bronx acogieron con la alegría y el homenaje que se dispensa a los héroes.

El caos y la conmoción tras la caída del régimen han derivado en multitud de actos violentos. Masas enardecidas por el vergonzante espectáculo de la ingente riqueza en manos de unos pocos han tomado las calles en busca de venganza. Muchos de los que ahora se dedican al pillaje y a los ajustes de cuentas vivían hasta hace poco embelesados por discursos somníferos de preponderancia mundial, cuando no apartados de opiniones disidentes por un sistema educativo que promovía la ignorancia y unos medios de comunicación fusionados en un manojo de accionistas mayoritarios. Así conseguía perpetuarse un régimen que disfrazaba su legalidad bajo un entramado de falacias pretendidamente democráticas, y así conservaban sus prerrogativas las oligarquías gobernantes, en dolorosa comparación con la vida cotidiana de una gran parte de pueblo americano, condenado por un sistema depredador a una existencia precaria y triste. Hoy por hoy yacen destruidos muchos de los símbolos de ostentación de una sociedad que se regodeaba en el despilfarro más inhumano mientras un gran porcentaje de sus miembros malvivía sin servicios mínimos que garantizasen la salud y la educación de sus jóvenes. Entre el desorden que está siguiendo al vacío de poder, símbolos del odio desbordado aparecen por todas partes, como en el caso del saqueo a la clínica veterinaria especializada en cirugía plástica para mascotas que, tras ser tomada por las masas encendidas, ha sido rehabilitada por los nuestros como hospital para atender a los heridos de una guerra justa y necesaria.

Ahora que la libertad se impone —con un costo sorprendentemente bajo de vidas humanas y un insignificante desgaste por parte de nuestros efectivos, todo sea dicho— de nuevo amanece su sol bajo una atmósfera más limpia y resplandeciente, y la ignorancia a la que millones de seres habían sido condenados empieza a dar paso a la luz del entendimiento. Llega ahora el momento de encontrar el equilibrio de fuerzas y opiniones que asegure la recuperación de una sociedad que, según se apresuran a recordar algunos de sus más distinguidos representantes (hasta hace poco enterrados bajo la pesada losa del anonimato impuesto por la ignorancia generalizada) ha producido ingente cantidad de personajes y valores de importancia esencial para el conocimiento adecuado de la especie humana.

Esperemos que la luz de este nuevo día (unidad que divide casi a la perfección el movimiento de rotación del planeta, y que los indígenas han dividido en otras unidades hasta el infinito, según una curiosa costumbre observada en muchas de sus culturas) traiga para los habitantes de la Tierra en general y para nuestros antiguos enemigos un futuro resplandeciente y un viaje seguro y tranquilo por el universo de la existencia.

Ángel González García

Game Over

Meses antes de que los defensores de la libertad invadieran Iraq, salió al mercado estadounidense un videojuego que estuve a punto de alquilar. En el anuncio de televisión que promocionaba el juego, se veía la inconfundible imagen de Sadam (boina negra incluida) a través de la mirilla telescópica. El objetivo del juego era eliminar al dictador, tras atravesar un gran número de escenarios y niveles, a golpe de joystick y pulso firme.

Cualquier chaval de 10 años será capaz de explicar breve y concisamente el mecanismo de utilización: ambos pulgares controlan dos palancas giratorias. El derecho se alterna para presionar triángulo, círculo, cuadrado y equis, mientras que corazones y anulares se ocupan de los botones R1, R2, L1 y su correspondiente.

El mecanismo de manejo de un helicóptero de combate es mucho más complicado e infinitamente más difícil de controlar que el de una Playstation 2 , por muy realista que sea el juego. A ello cabe sumar que los “malos” que se ocultan de nuestro teleobjetivo de visión nocturna en la pantalla del televisor casero son programas informáticos, dibujos muy complicados, construidos mediante códigos, dibujos animados interactivos, si se quiere.

Los hombres desarmados que Canal Plus mostró el otro día, siendo desintegrados por la ametralladora pesada de un helicóptero americano, no eran reprogramables. El “game over” que podría haber puesto fin al vídeo emitido por la cadena francesa tiene un valor absoluto y real. Ni los más avezados hackers y tramposos digitales podrán resetear esta partida. Los trozos de carne desparramada no estaban hechos de píxels. Aunque parezca lo contrario.

Ángel González García
Este artículo en El País de hoy

Se nos rompió el genoma...

Ayer, después de ver más fotos de soldados americanos abusando de prisioneros iraquíes, salí a la calle. Crucé la de Atocha, y al llegar a la otra acera, justo antes de que se me pusiera el muñeco en rojo, me di cuenta de que se me había caído el genoma. No es la primera vez que me pasa. Las otras veces se me ha ensuciado de porquerías que había por el suelo. En una ocasión se me rajó un poquito, por la mitad de una cadena de ADN muy mona que tengo aquí en la parte izquierda del sapiens. La metí en aceite virgen de oliva extra y me la llevé al dispensario, donde me hicieron un apaño evolutivo que quedó bastante bien, todo hay que decirlo.

Esta vez no he tenido tanta suerte. Para cuando me di cuenta de la pérdida, un autobús municipal de combustible no contaminante me había pasado por encimita del genoma, dejándomelo hecho unos zorros. “De todas formas” me dije “estaba todo sucio y ya me iba haciendo falta uno nuevo, algo más fashion y menos obsoleto”.

Ángel González García

Breve lección de memoria histórica

La primera vez llegaron fue un golpe súbito y repentino. No nos lo esperábamos, porque era inconcebible que algo así pudiera suceder. La impresión que nos llevamos todos fue de las que marcan para toda la vida. Quizá fueron la sorpresa y el desconcierto iniciales los que impidieron que sospecháramos. Claro que hubo algunos que levantaron voces aquí y allá, pero la verdad es que tantas décadas de imaginarnos fantasías y ciencias ficciones no nos habían preparado para lo que llegó, y no fuimos capaces de ver más allá de nuestras narices.

Además, al principio no había manera de distinguirlos. Los primeros en llegar eran verdaderos profesionales. Habían aprendido la manera de comunicarse con nosotros, y lo hicieron poniéndose en contacto casi al mismo tiempo con todos. Parecían estar perfectamente al corriente de todo lo relacionado con nosotros, con todos nosotros, y tuvieron, eso sí, la deferencia de entrevistarse primero con los de aquí, para guardar las formalidades y no despertar malquerencias. Pero a lo pocos días muchos otros de sus enviados, sincronizados al detalle y tan parecidos a todos nosotros que aún hoy resulta difícil distinguirlos, hicieron sus diligencias en otras partes.

Fue la falta de experiencia, sí y, como algunos todavía recuerdan, la falta de memoria histórica, el embebido sopor al que habíamos terminado por otorgarnos lo que nos cegó. En un principio, parecía que todo se abría a mil posibilidades maravillosas. Incluso dimos por bienvenidas muchas de las cosas que trajeron. Como los niños, nos agolpábamos por conseguir las maravillas que desplegaban ante nuestros ojos con sonrisas beatíficas y paternales. Algo de lo que pecamos todos en algún momento, y miente o idealiza el que afirme lo contrario, porque no conozco a nadie que no acabara subyugado ante la cantidad de novedades que nos llovieron en menos de lo que una generación tarda en mirarse al ombligo.

También nuestras relaciones con los demás se vieron afectadas, pero con la excusa de la buena voluntad, la lejanía y el apoyo sin fisuras que en un principio nos prestaron callaron las pocas voces que advertían en contra de un endeudamiento financiero o moral que luego nos atara a obligaciones indeseables. Así, nos ayudaron a barrer para dentro y a hacer de nuestra capa un sayo para mayor conveniencia, como era natural que quisiéramos hacer, en aquellos tiempos de arrogancia juvenil. Algunos protestaron, diciendo que, dada la situación entre nosotros en aquel tiempo, en realidad no se hacía necesaria la ayuda de ningún aliado exterior, pero fue la avaricia impaciente de muchos la que terminó por perdernos a todos. Con la justificación de la rapidez y eficacia con que podríamos amoldar las cosas a nuestra conveniencia, si nos servíamos de la ayuda ofrecida, terminamos, de nuevo, por dejarnos envolver en una situación que ha acabado por explotarnos en la cara.

Porque, acabada la faena y reasegurados en nuestra posición de privilegio sin contestación, comenzaron a dejarse caer por entre círculos de quienes temían que un poder absoluto por nuestra parte acabaría por resultar incómodo o peligroso, y convencieron a demasiadas cabezas pensantes de lo maligno de nuestras intenciones. Y bien sabe Dios que, a toro pasado, hay que admitir que tuvieron sus razones. Al menos esto nos ha quedado de la pérdida, y es que hemos aprendido (algunos más que otros) a mirar atrás y vernos reflejados, si no consolados en la Historia, algo de lo que nunca fuimos capaces mientras lo tuvimos todo.

El caso es que no pasó mucho tiempo desde su primera llegada, hasta el día en que por primera vez mostraron su cara oculta. Mientras algunos locos y visionarios de pacotilla no habían dejado de repetir que detrás de esa apariencia tan semejante a la nuestra se escondían repugnantes monstruos capaces de las más atroces crueldades, al final resultó que lo único que habían ocultado a nuestros ojos era, precisamente, hasta qué punto eran iguales a nosotros. Fue su semejanza, tanto en la apariencia exterior como en los rincones más recónditos de su cerebro, lo que mostraron el día que cambió por completo su discurso y anunciaron las demandas que justificaban como pago a su inestimable colaboración. Al principio intentamos negociar, algo a lo que muy pocos estaban ya acostumbrados, de modo que hubo de desempolvar y sacar de su cómoda jubilación a algunos y rogar para que otros se le escaparan un año más a las garras de la muerte. Pero fue inútil negociar.

Los partidarios de la resistencia, de nuevo amparados en la distancia y en la posición ventajosa que teníamos tanto desde el punto de vista práctico como del moral (una superioridad moral que duró hasta casi la última hora, y que sin duda fue lo último en caer) exigieron de quien correspondía que rechazara sus pretensiones y les conminara calmada pero firmemente a abandonar su postura amenazadora. Comenzó entonces por su parte una verdadera campaña de desprestigio, que ya había dado comienzo sin que hubiésemos sabido darnos cuenta a tiempo, y que tenía muy minadas las opiniones más diversas y encontradas, no sólo fuera, sino incluso entre nosotros.

Aunque en un principio la mayoría se mostró firme, bien pronto empezaron a controlar de maneras aún más sutiles de lo que podíamos haber sospechado la opinión de demasiados. Hicimos todo lo humanamente posible por contraatacar y crear un ambiente favorable a nuestra causa, y puedo dar fe de que se hizo contando con los medios más adecuados de que dispusimos para ello. Pero su superioridad, como en todo, nacía de su insoportable semejanza con nosotros; tanta que fueron capaces en todo momento de anticipar nuestras reacciones y adelantársenos en cada ocasión.

El resultado, de todos es bien conocido. Por mucho que algunas lenguas filosóficas y milenaristas quieran evaluar todo lo que sucedió como un destino ineludible o como un castigo bíblico, la verdad es que no ha pasado sino lo que viene sucediendo desde que tenemos memoria, y seguramente desde mucho antes aun. Como algunos de los que antes temían nuestra presencia y callaban ante nuestra arrogancia hoy tienen la impunidad de gritarnos a la cara, hemos acabado por saborear la hiel que tuvimos la oportunidad de no sembrar, pero que distribuimos por doquier cuando nos llegó la hora del protagonismo. Ahora otro pez más grande ha llegado al estanque donde las únicas agallas eran las nuestras. Un pez que quisimos imaginar inexistente primero, irreal después, pero que al final se hizo carne de nuestra carne y acabó por hacernos a un lado, en el mismo estanque donde hasta hace poco éramos los únicos, los indiscutibles. Tenían razón después de todo los que afirman que a todo cénit le llega su ocaso. Sólo que resulta difícil, quién lo iba a decir, imaginar a estos de ahora llegada la hora de su fin.

Ahora los puedo ver perfectamente desde mi ventana, en la pantalla de televisión y en casi todas las pantallas que me rodean como ojos vigilantes. Verlos en las esquinas (sonrientes, entregando golosinas a los niños y posando para las cámaras con la pureza en los ojos y la sinceridad en el gesto de quien se sabe poseedor de la verdad más fuerte que se conoce) resulta casi una fantasía hecha realidad, o una pesadilla que no ha terminado tras apagar el despertador impaciente. Puedo recordar perfectamente los días en que eran los nuestros, con sus uniformes limpios y honrados, los que se retrataban delante de unas cámaras similares, conscientes de su papel de máximos representantes de una especie en apogeo. Ahora son ellos los que tienen agarrada la sartén por el mango, y nuestros jóvenes hambrientos y asustados los que saquean edificios y derriban monumentos de una preeminencia que ya ha dejado de ser.

Washington DC, _________ de __________________ de ¿_______

Imposible pensar en pretérito imperfecto

A veces, la mala suerte nos lleva a cometer errores que, si bien cumplen las normas de la gramática, arremeten torpemente contra las de la lógica. Hay conjunciones de vocablos que son como las de planetas opuestos, como convivencias anti-naturales, como parejas de hecho que ha unido la falta de cuidado en la expresión. Así, el pretérito imperfecto del verbo ser no queda bien al lado de la palabra “imposible”.

Debemos comprender que cuando Ana Botella, en su último libro, escribió que “era imposible pensar en otra autoría” que la de ETA para los atentados del 11-M, lo hizo con las prisas de añadir el “capítulo cero”, en el que se ocupa de los últimos acontecimientos. Porque afirmar que algo “era imposible” quizá no sea un ataque contra el sistema verbal castellano, pero sí constituye un garrotazo a la lógica y a la verdad.

Habría sido infinitamente más correcto por parte de Ana Botella decir que “era improbable” que otro grupo hubiera cometido la masacre. Porque afirmar la imposibilidad de que suceda lo que ya ha sucedido peca de simplista, como poco. Afirmar que “era imposible pensar” en Al Qaeda como opción es faltar a la verdad. Sí era posible pensar en otras opciones, y de hecho, millones de españoles lo hicieron. Impossibilitas confutata.

Se podrá aducir que de lo improbable a lo imposible no hay tanta diferencia. Pero no es cierto. La improbabilidad de una autoría de Al Qaeda (algo que, ante el acoso, argumentó el Gobierno tarde y mal) convirtió la probabilidad de que hubiese sido ETA en una verdad absoluta, en un intento de fraude.

En las horas que transcurrieron entre la masacre y las elecciones, la imposibilidad se hizo presente y posible, por mucho que el Gobierno deseara lo contrario. La incapacidad de unos líderes para actuar conforme a lo posible (y no a su versión cabezota y obstinada de lo real) fue lo que les perdió.

Para la próxima edición de su libro, quizá Ana Botella debería incluir un complemento preposicional, una pequeña corrección de estilo que, respetando igualmente la gramática, también lo haga con la lógica más básica. He aquí una propuesta: “era imposible (para unos cuantos de nosotros) pensar en otra autoría que la de ETA”. Tanto si esa imposibilidad tuvo su razón de ser en que así convenía a los intereses del partido, como si fue causada por la incapacidad de conectar con la mayoría de las mentes pensantes del país, la consecuencia es la misma: los líderes del PP no estuvieron a la altura de la labor que se les había encomendado, y a cuya renovación optaban.

Es de esperar que en lo que le queda en su cargo público, la esposa del Presidente del Gobierno en funciones no dé por imposibles muchas más cosas, mientras que el resto de los ciudadanos contemplamos posibilidades, sopesamos improbabilidades y nos mostramos más capaces de regir (y discernir) que aquellos que supuestamente tienen esa obligación.

Ángel González García
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Los pictos en Iraq

Los pictos, pueblo habitante de las remotas tierras escocesas ya antes de la llegada de los romanos, salían a la batalla desnudos, embadurnados los cuerpos con pinturas de guerra, y enardecidos hasta el furor más tremebundo por la oportuna ingesta de algún bebedizo de herboristería campera. Los celtas que invadieron la Península Itálica también parecen haber consumido algún tipo de sustancia que les enardecía el ánimo antes de entrar en batalla, para poder superar así el miedo a la muerte y dar rienda suelta a su ira desenfrenada. Los asesinos del Viejo de la Montaña, los hashishin, tomaron de aquella sustancia así como nosotros hemos tomado el vocablo, y con ella parecían encontrar el valor necesario en sus arriesgadas empresas de asesinato selectivo al más puro estilo Sharon.

A los soldados de más de cuatro imperios les han doblado la ración de ron, coñac, ginebra o whisky justo antes de tener que vérselas con el enemigo, más para entonarlos que para quitarles el frío. A los pilotos estadounidenses que bombardearon por error a sus aliados canadienses en Afganistán les habían dado, según ellos mismo declararon y las autoridades estadounidenses se encargaron de ocultar, anfetaminas para ayudarles a concentrarse en las misiones de alto riesgo que les habían sido encomendadas.

Una vez hecho este recordatorio, fácilmente ampliable por plumas más claras y capaces de mayores rigores informativos, aconsejo al lector a que relea la crónica firmada por Gervasio Sánchez en “El País” del lunes 5 de abril de 2004, en la que relata la batalla sostenida el día anterior en Nayaf, Iraq, entre una multitud de iraquíes y los contingentes español, salvadoreño, hondureño y estadounidense estacionados en aquella ciudad.

Sánchez describe el comportamiento de las tropas americanas de una forma que nos recuerda películas sobre la guerra de Vietnam, con sus marines heroinómanos viviendo un infierno a bordo de una lancha que se adentra en el corazón de la jungla. Sánchez llega incluso a tildar de rambos a los de Nayaf, mientras describe cómo recibían con gritos excitados tanto las ráfagas enemigas como la llegada de sus helicópteros. En tremendo contraste, los soldados españoles y centroamericanos parecen soldados de verdad, con miedo, prudencia, no menos valentía que las de sus compañeros de bando en esta batalla, pero reales al fin y al cabo, tan reales que hasta ellos se asombran del furor desatado a su alrededor.

Al acabarse los disparos, tras varias horas que han dejado veinte muertos entre los asaltantes y dos entre los militares, se oyen “las gracias y piruetas” de los soldados norteamericanos, “felices como niños”, mientras “militares de diferentes nacionalidades” se ponen a cubierto por si acaso vuelve el peligro. Los comentarios de los mandos españoles, en algunos casos militares con años de experiencia en fuerzas de pacificación, son elocuentes, y critican la falta de tacto de sus aliados, mientras uno no puede dejar de imaginarse a Martin Sheen escribiendo en su diario, mientras una lancha cargada de adolescentes yonquis con uniforme intenta no morir de miedo. Los gritos y cabriolas de los marines junto a su ametralladora pesada hacer volar la imaginación al son de las Walkirias de Wagner, y preguntarse (como quizá hayan hecho también los soldados de la brigada Plus Ultra): “¿qué les habrán dado a ésos?”

Según se quejan los mandos de la expedición española, los estadounidenses entraron en su jurisdicción, y, sin aviso previo ni coordinación con la fuerza al mando de la ciudad, detuvieron de malas maneras al imam Mustafá Al Yuqubi. Ahora, y tras citar a Coppola, toca ahora arrimarse un tanto a las ideas descabelladas de Oliver Stone y sus teorías conspiratorias, y sopesar la posibilidad de que se trate de un acto premeditado por parte de los estadounidenses. ¿La motivación? Venganza por el “abandono”, intento de que la opinión pública española, ante las noticias de la batalla, recobre un ardor guerrero semejante al patriotero discurso de un gran porcentaje de la americana…Falacias sin fundamento, absurdas teorías de conspiraciones ocultas y puñaladas traperas que no tienen nada que ver con los complejos mecanismos de la política internacional. El hecho de que un día y medio después de la detención de Yuqubi aún no se hubiera puesto al corriente a los españoles de lo sucedido no demuestra nada, ni hace caer la sombra de la sospecha sobre el comportamiento de las fuerzas armadas estadounidenses.

Teorías maquiavélicas como la que acabo de sugerir no son más que ensoñaciones, exageraciones de un pacifista radical, acusaciones tan sin sentido como la de que las armas de destrucción masiva no existen, o la de que ellos lo sabían. O como la de pensar que a los marines norteamericanos que se reían de la muerte entre casquillos ensangrentados les hubieran suministrado una buena dosis de anfetas, para ponerlos más a tono con la situación. En cuanto a la descoordinación y puñalada trapera a la guarnición de la Plus Ultra, debe ser considerado como un error garrafal que ha costado muchas vidas, y que podría haber costado muchas más.

Lo malo es que ahora que me he convencido de esta última teoría, creo que me da aún más miedo que la anterior.

Ángel M. González García

Apaciguamiento y no intervención

Apaciguamiento y no intervención En su artículo “Apaciguamiento y no intervención” (El País, 15-04-2004), el profesor Juan Pablo Fusi establece un magnífico entramado discursivo en el que compara la oposición a la segunda invasión de Iraq con la política de no intervención que siguieron, entre 1931 y 1939, Gran Bretaña y Francia. No seré yo quien sostenga que los paralelos historiográficos son de poco uso en el mundo real: nada hay que más me ayude a entender la actual situación política que un vistazo al estado de cosas cuando el poder imperial no enviaba marines, sino flotas de galeras cargadas de tercios, cuando Bin Laden era el Gran Turco y Argel un hervidero de “terroristas” que secuestraban a Cervantes, mientras las “células infiltradas” se alzaban a la sierra en las Alpujarras en la inti fada más cruel de la Historia de la Península. El problema reside en la dificultad de asignar equivalencias, o en lo subjetivo de tales identificaciones, con las que no siempre se puede estar de acuerdo.

En el caso que analiza el profesor Fusi aparecen, de un lado, la Alemania nazi, la Italia fascista, el régimen franquista y el Imperio Nipón, con los que se identifica a Sadam Husein. Por el otro, los gobiernos británico y francés del período de entre guerras, con su política de “apaciguamiento y no intervención”, parecen ser antecedentes históricos de la oposición a la invasión de Iraq propugnada por Francia, Alemania y el gobierno entrante de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en la ecuación no aparece la política internacional de los EEUU durante los años treinta del siglo XX, a pesar de que, durante esos años, también Washington suscribió la política de no intervención que acabó por favorecer el crecimiento de los regímenes autoritarios y el estallido del mayor conflicto bélico del pasado siglo. En cambio, sí aparece la presente estrategia del ataque preventivo propugnada por la extrema derecha americana, y lo hace para contraponerse, como ejemplo positivo, a la nefasta postura seguida por Francia y Gran Bretaña de la pre-guerra.

Recuerda el señor Fusi que algunos historiadores (Mazower, Kershaw, Paul Kennedy, Schama, Hobsbaun o Burleigh) niegan la validez de establecer paralelismos entre Sadam y Hitler, o entre la Gran Bretaña de Chamberlain y la América de Bush. Recuerda asimismo que algunos de estos historiadores consideran falsos los paralelismos en la Historia, algo con lo que resulta difícil comulgar, y que, de aceptarse, acabaría por desmentir la opinión de que la Historia sirve para no repetirla, para aprender de los errores pasados. Pero el razonamiento del profesor Fusi no responde a estos caveats, ni intenta demostrar qué le hace posible asignar a Bush el papel de bueno indiscutible en la situación actual.

Por supuesto que ninguno de los historiadores citados muestra simpatías por Hitler, Franco o Mussolini, y por descontado que ninguno de ellos disculparía las atrocidades cometidas por el régimen de Sadam. Pero sí que ponen reparos a la asignación al régimen de Bush del papel indiscutible de “bueno de la película”, algo sobre lo que el profesor Fusi parece no querer entrar en debate.

Afirmar, como quieren hacer los que intentaron volar el otro día un museo sobre el Holocausto en Hungría, que Hitler no hizo nada malo, o que “no fue tan terrible después de todo”, es una estupidez cruel y bárbara; pero también lo sería asignar a sus oponentes de entonces el beneficio de la inocencia, por mera exclusión. El Imperio Británico y Francia acabaron enfrentándose a un Eje del Mal verdadero y terrible, pero ello no convierte a sus regímenes de entonces en cándidos e inocentes defensores de la libertad a ultranza y en cualquier contexto. Así, los mismos gobiernos que, en comparación con el nazismo, resultaban paraísos de la democracia, estaban embarcados en aquella época en empresas coloniales e imperiales que desmintieron las idealizaciones surgidas tras el conflicto mundial, y que continuaron produciendo terribles resultados décadas después de 1945. Reconocer la suerte que significó para todos que los Estados Unidos entraran en la Segunda Guerra Mundial, librándonos así de una Europa nazi o fascista, no está reñido con el recordatorio de que esos mismos Estados de la Unión estaban desarrollando experimentos médicos dignos del doctor Mengele con numerosos ciudadanos afro-americanos, como en el caso del Tuskegee Syphilis Study (en 1932) o con la afirmación de que no fue hasta los años setenta del pasado siglo que el gobierno estadounidense acabó con las últimas leyes segregacionistas en su territorio continental. Y todo ello sin recordar que, a poco de derrotar al Eje, el gobierno estadounidense dio legitimidad y visto bueno al franquismo.

La Alemania de Schroeder o la Francia de Chirac tampoco son Estados perfectos, pero ello no significa que podamos equiparar su política a la de Chamberlain o Blum antes de 1939. Sadam estableció un régimen del terror, como también hizo Hitler, pero eso no los identifica por completo, como el gobierno de Bush ha querido hacer ver. En cuanto a la actual administración estadounidense, cabe preguntarse a qué facción de la Historia reciente tendríamos que equipararlo, sin caer en conclusiones automáticas y rayanas con el maniqueísmo. Ciertamente, no a la política de neutralidad propugnada en 1937 y 1939 por Roosevelt, pero tampoco a la que poco tiempo después convirtió a la máquina de guerra americana en el mejor aliado de la lucha contra la brutalidad autoritaria. Creo que hay demasiadas diferencias entre la respuesta estadounidense al ataque de Pearl Harbour y el que hace un año perpetró Bush contra Iraq, por mucho que desde la Casa Blanca hayan pretendido comparar el ataque japonés a la base del Pacífico con el del 11-S.

Del mismo modo, surge la pregunta de qué referentes históricos asignar en este ejercicio de los paralelismos a Sharon y su muro, a Palestina y su abandono, a Bush y a la carta blanca que acaba de otorgar a Israel para que siga llevando a cabo una política que no se puede explicar, apoyar ni defender aludiendo a la mano blanda que se tuvo en su momento con Hitler, y que tantos millones de muertos acabó costando.

Ángel González García
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