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Cuadernos de Lavapiés

Prostitución académica

Ocho meses después de solicitar trabajo en una escuela de idiomas, me llamaron la otra mañana. Me preguntaron si tenía tiempo, y contesté lo obvio, así que me emplazaron para una reunión al día siguiente, en un pueblo de las estribaciones de la sierra de Madrid, como a cuarenta minutos de la capital.

Como sólo llevo unos meses aquí, me tomé el desplazamiento como una excursión campestre. Me apeé del autobús, como me habían indicado, en una urbanización de lujo, ubicada en un paraje de gran belleza, a mitad de camino entre una dehesa bellotera y los mismísimos Beverly Hills.

En la esquina, un colegio privado a las puertas del cual varios mercedes, un porsche, algún BMW y un Jaguar depositaban su carga de chavales uniformados. Buen síntoma, me digo, mientras avanzo por entre calles diseñadas para conducir en ellas, entre chalés de lujo matritense. Alguna chacha de las que viven en la casa sale a recoger el cubo de la basura y me saluda como quien no se fía. No la culpo. Otro Jaguar sale de un garaje, y esto ya empieza a parecer la selva amazónica. Al final de una calle/veredita bucólica, una garita con su guarda me cortan el paso.

Me identifico, y el paso se me franquea, o sea, se me hace franco. Bien. Se trata de una propiedad enorme, provista de varios edificios, piscina grande, parque privado, amplia zona de aparcamientos, plaza central con fuente grande, glorieta recoleta...No la diseñó un arquitecto, sino un concejal de urbanismo, es obvio. La seriedad de la empresa que lleva el cotarro queda confirmada por la piedra berroqueña que da cobijo a aulas y oficinas.

El estilo arquitectónico es nórdico, anglosajón diría, con un aire de neogoticismo fantasmal que contrasta con la dehesa que se extiende entre encinas y alcornoques más allá de los sinfines del parque. En el interior son todo maderas nobles, diseño y amabilidad, mientras espero junto a una chimenea a que me reciba el jefe de estudios. Seremos tres los candidatos hoy, y nos conducen a un aula tecnológica, espléndidamente dotada de cuanto quiérase desear para dar clase de idiomas.

A la amabilidad se une la profesionalidad de los directivos. Se trata de una empresa seria, de reconocida calidad y buena reputación, a nivel internacional.. El test de personalidad que nos hacen parece haber sido diseñado por alguien que entiende en esto de seleccionar personal. Se nos pide, entre otras cosas, que improvisemos en unos minutos un plan de clase. Se nos explica que, de pasar la selección, podremos tomar parte en un curso de formación. Se agradece. Nunca acaba el docente de formarse. Y además, es gratis, cosa que no todos ofrecen. Haberlos, háylos por ahí que te exigen un curso de formación, valorado en unos cientos de euros a veces, para poder optar a un puesto de trabajo. Que tengas dos carreras y experiencia profesional no importa.

Si el cursillo es superado satisfactoriamente, el candidato pasará a ejercitar prácticas no remuneradas allí mismo en el castillo neogótico. There is the rub. Trabajaremos gratis, con suerte y con una magnífica excusa por delante, pero estaremos prestando nuestros servicios a cambio de nada, aunque sea por una o dos semanas. Menos da una piedra, me digo, y las berroqueñas pseudogóticas del palacete serrano prometen seriedad y buen trato laboral, así que termino mi plan de clase y subo a enfrentarme confianzudo a la entrevista individual.

Arriba, en una sala amena, exquisita y cara, continúa el proceso de selección. Mis títulos, experiencia, publicaciones y conferencias me avalan. La empresa quiere gente muy preparada, dispuesta y con horarios y exigencias flexibles. Me froto las manos. La clientela está compuesta por profesionales de nivel medio-alto: ejecutivos, diplomáticos, periodistas de todo el mundo, que vienen a esta finca lujosa de la serranía de Madrid, pasan una semana a pensión completa e sus instalaciones, y reciben cursos intensivos de inmersión lingüística. Un licenciado de 24 años no serviría. Necesitan gente con caché, y yo me sigo frotando las cavidades metacárpicas (figuradamente).

Me veo dando clases de cultura, lengua y literatura a ejecutivos de alto nivel, periodistas enviados por canales de TV para mejorar su español, diplomáticos intentando mejorar su nivel...Paseando por el parque privado mientras practican el subjuntivo y comentamos un artículo de prensa.

La entrevista va bien, hasta que me dicen que no harán contrato “al menos de momento”. El salario es de 12 euros la hora. El transporte cuesta ya más de 4.

En la calle Torrecilla del Leal, en Lavapiés, dos chicas francesas, profesoras, ganan para ir tirando, dando clases de idiomas y apoyo escolar a los niños del barrio. Me han dado algunas clases, y estoy contratado. Me pagan exactamente 12 euros por hora.

El local es pequeño. Quizá en tiempos fue una frutería. A veces, el olor a pescado del mercado de Antón Martín llega hasta la puerta de su aula (en singular y sin ordenadores). Los ejecutivos, diplomáticos y periodistas que vienen a la sierra a aprender pagan un mínimo de 100 euros por hora de clase. Las clases son de cuatro alumnos. De 400 euros que cambian de manos en razón de un servicio académico prestado (soy yo quien lo presta, por mucho que la informática y los medios audiovisuales me ayuden) yo veo 12. Los alumnos de la academia de Lavapiés pagan 7 euros por hora. Yo cobro igual en ambos sitios.

Yo no soy economista, pero no creo que varios años de estudiar los flujos, reflujos, mareas y estrategias de cómo se mueve el dinero me convencieran de que es justo que en ambos lugares me ofrezcan el mismo sueldo.

Epílogo:
Ahora que lo he escrito, me he dado cuenta de que, con cambiar unos pocos sustantivos y adjetivos, esto podría quedar como un artículo sobre la prostitución de lujo versus la otra de la esquina, que como ahora están de moda...

Ángel González García
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1 comentario

Bambolia -

¡Qué deprimente, por favor!

Tienes toda la razón, no existe demasiada diferencia. ¡Cómo se aprovechan!
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