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Cuadernos de Lavapiés

Denuncias

Préstame tu vida

El domingo fui a comer con mi amigo Mangor. Mangor es senegalés, de Dakar, y también lo son sus amigos y compañeros de piso. Mientras comíamos, comenzamos a hablar del programa que emitió la televisión pública el pasado viernes 11 de febrero, por la noche: "Préstame tu vida". En la última emisión de este nuevo "reality show", un inmigrante de Gambia intercambiaba su vida con un joven español de más o menos la misma edad.

Con semejantes premisas, podrían haberse hecho muchas cosas, unas malas y otras buenas, pero lo que "Préstame tu vida" hizo fue simplemente alimentar de la manera más burda los estereotipos más bastos que puedan reinar entre europeos y africanos.

Me contó Mangor que vio el programa en casa con sus compañeros, y que con sólo empezar se dieron cuenta de que no iban a ver nada nuevo. En efecto, el inmigrante de Gambia aparecía comiendo con la familia del español, expresando sin ambages su intención de tomar tres esposas más de la que ya tenía, mientras que el joven ibérico se mostraba asqueado tras volver de la carnicería halal, muy ibérico ultramontano en su crítica de las costumbres islámicas, y muy despreciador de todo lo que venga de según qué partes.

Ýo conozco bastante a Mangor, y sé que también es musulmán, y no conozco a ningún hombre de mente más abierta, comportamiento más respetuoso, o principios más liberales. Por eso pensé que cuando eligieron al de Gambia en el casting, lo hicieron porque buscaban alguien que pudiera alimentar el estereotipo. Lo que no sabía, hasta que me lo dijo Mangor, era que Gambia es conocida entre los países de su entorno como un país excepcionalmente liberal, donde hasta fumar marihuana está extendido y socialmente aceptado.

Le creí, porque Mangor sabe muchas cosas, porque no miente, y porque, por mi parte, sé que la mayoría de los españoles tampoco habría pasado el casting, por no ajustarse lo suficiente al estereotipo que se buscaba.
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Lo mismo de siempre

Extremismos de ideologías nacidas hace casi un milenio y medio. Contraataques cruzados de fundamentalistas que rigen una estación espacial de acuerdo a unas reglas redactadas hace cuatro mil años, bajo un sol abrasador. Furibundos egoísmos tan de siempre como los del becerro de oro, que hacen carroña del semejante con la misma desfachatez de hace dos mil años. Nietos de monarcas geriátricos (que heredan el privilegio a través de la sangre, como en las épocas más oscuras de la Historia humana) disfrazados de sicarios que propugnaban la exterminación de una raza. Muertos y más muertos en un mar que ni es rojo, ni se abre para dejar pasar a quien huye de plagas que ríase usted de las bíblicas. Obispos ultramontanos que encargan frescos catedralicios con una mano, mientras la otra condena al hombre que quiere amar a otro, a la mujer que renuncia a unirse al macho (divino o humano)...

El milenio acaba de empezar, y ya apesta a la misma podredumbre viciada de todalavidadediós.

Ayuda en Acción

Ayuda en Acción Hace falta de todo, para que no sigan muriendo los que lograron sobrevivir.

http://www.ayudaenaccion.org/index.asp

Santos inocentes

El año hará bien en terminarse, por lo que a un servidor respecta. En su marzo, 192 de mis conciudadanos murieron a escasos trescientos metros de casa. En noviembre, mi padre murió, y las Navidades me han pillado con el alma llena de un memento mori que no soy capaz de desatascarme de la boca del estómago.

Ahora, el falso reflejo de deísmo que puede quedarle a esta consciencia atea y asustada se ha resentido en la médula, cuando una enorme ola ha arrasado de cuajo con más de veinte mil semejantes, lejos sí, pero tan cerca. No estoy para bromas, porque de carne de inocentes está hecha la llaga que más me duele.

Que acabe el año, aunque eso me acerque, nos acerque a todos un poco más a la muerte. Y perdón por el pesimismo, pero es que no podía guardármelo.

Steven Pinker y los conductores asesinos

La noche del miércoles, Steven Pinker hablaba, con soltura atípica en un científico, de la naturaleza humana, y desglosaba parte de sus teorías sobre el institnto y el aprendizaje. Era tarde, hacía una noche toledana incluso en Madrid, y Pinker acababa por decir que nuestra parte "buena", "solidaria" y preocupada por la justicia era tan integrante de nuestra naturaleza como la otra, la que antes achacábamos a los "instintos animales"; y que no había solución ni final previsto para la eterna "lucha", o desequilibrio, entre el ser humano que mata, oprime y abusa, y el otro, el que también por instinto y también por haberlo aprendido tiene en cuenta los sentimientos y derechos del prójimo.

A esa misma hora, en el kilómetro 54 de la carretera nacional N-1, esas dos naturalezas del ser humano se cruzaron por carriles equivocados. Un conductor suicida en sentido contrario a velocidad malsana asesinó a dos inocentes, padre y madre, que volvían del puente con sus dos hijos. En sentido opuesto, como le correspondía, un camionero de Ciudad Real paró al ver el criminal accidente, y se jugó la vida para salvar a los dos niños, que están graves, aunque fuera de peligro.

Catering, que es gerundio

Con mil doscientos euros al mes, salario ofrecido por Tecnove-Ucalsa a los trabajadores ilegales contratados para servir comida a la tropa española en Diwaniya, se puede alquilar un piso no muy grande ni muy céntrico, y se pueden comprar una calculadora y un bloc de notas para administrar con matemáticas de andar por casa lo que sobra de pagar la luz, el teléfono y lo que se tercie, que tiene que ser, por necesidad, muy poco. Con mil doscientos euros no se puede comer fuera muy a menudo, sólo de vez en cuando en el Kebap de la
esquina.

Por mil doscientos euros, y aunque no tengas papeles (corrijo: mejor si no los tienes), te mandan en un avión militar a Diwaniya, a trabajar jugándote la vida. Como no hay muchos recibos que pagar allí, y los bocadillos de carne de cordero están más baratos que en España, cada mes sobra algo más, que viene bien para enviarlo a la familia. Quizá dé para ahorrar un poco, y si no te mata un morterazo, cuando regreses podrás disfrutar de tus papeles de trabajo, que te los han prometido en serio.

A la puerta de la base seguro que lucía una bandera española, y puede que un "Todo por la Patria" también lo hiciera. En el caso de los empleados "reclutados" y engañados por Tecnove-Ucalsa, se pregunta uno cuál será esa patria por la que merecería la pena darlo todo, a cambio de mil doscientos euros al mes. En el caso de los directivos de Tecnove-Ucalsa, no hace falta preguntarse cuál es su bandera.

La empresa ha reconocido que contrató a gente sin papeles, pero ha puntualizado que las leyes que impiden hacer tal cosa no funcionan en Iraq, donde tuvieron lugar las supuestas irregularidades laborales. Supongo que no será la única ley que no contempla casi nada, en un país sumido en la destrucción. Otro tanto solían aducir los negreros británicos que, después de haberse abolido la esclavitud en el Imperio, seguían traficando con vidas entre África y los EEUU:la actividad comercial a la que se dedicaban era perfectamente legal allí donde se realizaba.

La lección que, supongo, debemos aprender, es que hay muchas formas de enriquecerse en una guerra, no todo son contratas millonarias para sacar petróleo, también hay maneras más sutiles.

Trillo, mientras tanto, dice que en aquella época estaba en la era (que es imperfecto de indicativo) y que por tanto no sabía nada de inmigrantes (que suena como a adverbio), ni de catering, que según diría Aznar, es gerundio en inglés.

Menú del día (del hambre)

Duelos y quebrantos:
La abundancia de torreznos y mantecas prohibidas en este cervantesco plato le dio el penoso nombre, abundancia que suponía un verdadero calvario para cuantos judeoconversos y moriscos se vieron obligados a comerlos, por exigencias del guión (del Santo Oficio).

Y es que los fogones no siempre han sido refugio de estómagos y paladares, ni a su calor se han amparado sólo los hambrientos. Hasta los lares de la cazuela han podido y pueden llegar la extorsión, el miedo y el chantaje, convirtiendo la cocina del cuerpo en horno crematorio de libertades, y envenenando sus guisos con la cobardía y el miedo, condimentos indispensables de la opresión.

Los cocineros sospechosos de haber pagado, bajo amenazas, el "impuesto revolucionario" a ETA, difícilmente podrán estos días elaborar marmitakos o pilpiles, ni aderezar changurros o purrusaldas. Aunque libres de sospecha morisca o judaizante, estos cocineros difícilmente podrán sacar de sus cocinas otra cosa que duelos y quebrantos, al menos por ahora.

De segundo, hambre:
Y, siguiendo con el menú del día, hay que recordar que el de hoy lo es Mundial de los Alimentos, que es como decir “Día Mundial de Acordarse del Hambre Prójima”, al menos hasta la hora del aperitivo, que ya es algo.

Y es que resulta que cada dos segundos se muere de hambre una persona, lo cual no deja de ser una estadística manipulada y simplificada. Lo cual, a su vez, no estorba el que, en el tiempo que a un servidor le ha costado este párrafo (o, al que lo lea, leerlo), lo ha dado para que mueran demasiados de los nuestros.

O sea, que mientras nosotros hablamos de "comida rápida", 2800 millones de personas lo gritan, sólo que cambiando el adjetivo por adverbio y divorciándolo del sustantivo implorante con una "coma" que nunca ha sido tan cruel, irónica e injusta.

Para postre, pateras:
Donde comen dos...Se dicen mientras miran por la borda atestada. "Y donde comemos 40 millones, pueden hacerlo 40 millones más 304, que es el número de invitados al banquete que han aparecido en Canarias en las últimas 24 horas", es lo que se dice uno.

Y muy en particular, porque estos 40, ó 300 ó 500 millones de comensales de pensamiento, palabra y obra pueden serlo, en parte, a costa de todos los comensales de omisión en los lugares de donde vienen los 304, los diez mil, ó los cien mil.

"La balanza comercial", se me dirá con razón, "no es un mecanismo tan sencillo; ni el mal reparto de la riqueza se puede juzgar a la ligera, en especial no deben hacerlo los profanos". Pero este profano no puede evitar asociar la palabra reparto con la imagen infantil de la furgoneta del panadero, que colgaba las barras del pomo de la puerta de la casa, ni puede tampoco evitar que cada vez que oye la expresión balanza comercial, se le venga a la cabeza la imagen de un occidental obeso y sobrealimentado subido a una balanza sin fiel. Infidelidad ésta que un profano servidor se permite sólo de cuando en vez, tras haberse atiborrado de guisos enjundiosos, y mientras intenta calcular qué número de gordos europeos haría falta para hacer zozobrar una patera. Por puro vicio.

Continentes sin contenido

En la edición de El País de hoy, martes 15 de junio de 2004, aparece una crónica del asesinato de 13 personas (7 de ellas no iraquíes) en las calles de Bagdad, firmada por Jeffrey Gettleman, del NYT. La relación de las nacionalidades de las víctimas parece ser un reflejo de la concepción del mundo que nos llega a través del lenguaje, tanto del inglés en que está escrito el original como del español que utilizamos para traducirlo. Así, en la noticia se dice que "2 británicos, 1 norteamericano, 1 francés, 1 filipino y 2 africanos" resultaron víctimas del ataque. Si hablamos de 2 africanos, lo justo sería mencionar a los demás por el continente en que nacieron o en el que se emitió su pasaporte, de modo que tendríamos 3 europeos, 1 americano y 1 asiático, además de los referidos 2 africanos.

De la forma en que aparece contado, sólo se deduce que los africanos son todos iguales, o que, de no serlo, nos importan bien poco sus identidades. Lo suficientemente poco como para no andar haciendo distingos...

Se trata, sin duda, del reflejo lingüístico de las estructuras ideológicas con que filtramos el mundo. Y África, según estas estructuras, es una amalgama de la que conocemos poco, y de la que menos aun nos interesa saber. Propongo que el "libro de estilo" de El País deje de dar ejemplo para tal simplificación. Tanta importancia tiene saber si los asesinados eran de Marruecos, Sudáfrica o Namibia, como distinguir el origen británico o galo (en vez de simplemente europeo) de sus compañeros de desgracia.

A menudo me he encontrado con senegaleses que dicen ser simplemente africanos, o nigerianos que no dan a conocer el nombre de su país, porque entienden que, para los europeos, todo es lo mismo. Su humildad y resignación ante nuestra indiferencia e ignorancia no deberían venir refrendados por el lenguaje ambiguo utilizado por los más importantes medios de comunicación de nuestro país.

África es enorme. Europa también. Simplificar al otro es el primer paso en el camino de la ignorancia, que a su vez constituye condición sine qua non para el desprecio.

Ángel González García

Carpinteros de ribera

Carpinteros de ribera, eran llamados los especialistas en maderas destinadas a flotar sobre las aguas. En otros tiempos, estos carpinteros eran miembros muy importantes de toda tripulación. En el no improbable caso de que una galerna desarbolara la embarcación, o de que un bajío traidor taladrara el casco, los carpinteros de ribera eran los únicos que podían salvar a sus compañeros del naufragio. En el caso de que fuera éste inevitable, eran ellos los encomendados con la labor de construir medios de escape, aprovechando cuanta madera se salvara del navío, o los recursos que el lugar de naufragio proporcionara a los desafortunados robinsones.

Hoy, en los tiempos del titanio y la fibra de carbono,la figura del carpintero de ribera ha cambiado mucho. Quizá haya desaparecido incluso de la mayor parte de los astilleros y buques actuales, y ciertamente no ocupa el lugar de preferencia de antaño en las listas de embarcados que se confeccionan en las oficinas de personal de las modernas navieras. Ni los barcos llevan ya palos que reponer, ni las brechas en el casco se pueden hoy componer con maderamen y clavos, como bien demostró el Prestige. En la actualidad, los escasos tripulantes con conocimientos de carpintería naval se encargan de confeccionar balsas de la mala muerte, en las que oficiales como los del buque Wisteria abandonan a su suerte a los polizones. Un síntoma de la modernidad es que, según parece, ya no se practica el ritual pirata de caminar sobre una plancha para atraer con ello a los tiburones y dar ejemplo entre teóricos cabecillas de motines en alta mar.
Ángel González García
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La almadraba del vecino

Fernando Quiñones, que era de Cádiz, y a quien le gustaba mucho el pescado, escribió una novela en la que uno de los personajes, un pastelero despiadado, compraba a bajo precio cadáveres de ajusticiados para rellenar sus empanadas de carne, sacando con ello unos beneficios que más parecían de empresario postmoderno titulado en administración de empresas que de tahonero gaditano diecisietesco.

A Quiñones, claro, se le veía el Quevedo de la tradición en esta historia de canibalismo aprovechado, con lo que le queda a uno la sospecha de que, burla burlando, nuestros antepasados de manteo, jubón y calzas deben haber cubierto sus estructuras aminoácidas de buenas porciones de carne prójima. No sé si ese canibalismo encubierto que parece haber quitado el hambre a más de uno de nuestros tatarabuelos es o no hereditario, o si ha dejado en nuestro ADN mestizo restos espongiformes de mala leche antropófaga. Lo que sí es cierto es que esos mismos españoles primitivos —lo más primitivo que se despacha en esto de la españolidad nos viene del siglo XVI en adelante— se escandalizaron hasta el regodeo morboso cuando, llegados al Yucatán, dieron con los restos biodegradables de las barbacoas humanas que se montaban en los chiringuitos piramidales mayas y aztecas. De poco vale recordar a los bernales y gomaras de hoy que el mismo Cortés se sirvió de un mandatario azteca sobrado de quilos para adobar con las mantecas del gordo las heridas sufridas en la batalla por sus hombres.

Y vale de poco, porque quinientos años después, los descendientes de los caníbales ibéricos seguimos empeñados en ver la brizna microscópica en la córnea del vecino, siempre antes de rascarnos el orzuelo con vocación de arquitrabe que nos afea el ojo. Así, resulta fácil imaginarse al tío de Pablos, el verdugo que hizo picadillo de los cuerpos de su propio hermano y cuñada, repasando la sobremesa antropófaga con historias de caribes chupa-médulas, llegadas del otro lado del Atlántico con la misma magia con que hoy nos cuentan documentales de alto riesgo, de exploradores heroicos en defensa del chimpancé y ecologistas capaces de disparar a un muerto de hambre por descerrajar de un tiro a un elefante sagrado.

Otro español de entonces, el Lázaro de Tormes de la Segunda Parte, apócrifa continuación del clásico, decide por razones extrañas que no quiere dejar de ser pícaro para acabar en picadillo él también, así que se deja llevar de un capricho ictiófilo y se convierte en atún del Estrecho, despreciando el miedo a las almadrabas que, bajo licencia de los Medina Sidonia, acechaban en Conil, Barbate o Tarifa. Lázaro le echa agallas al asunto, y harto de ser pícaro bonito, correteador de Italias, se vuelve proyecto vivo de mojama.

No había buques factoría japoneses en el Estrecho que controlaba mal que bien la monarquía de los Austrias. La carne roja casi mamífera de los atunes plateados de entonces no acababa en bodegas frigoríficas, camino de convertirse en sushi de lujo de algún figón de Kyoto. Quizá a eso le deba Lázaro haber sobrevivido las corrientes, oleajes y emboscadas de las aguas del plus ultra y del minus ultra también. Otros, atunes y no, han tenido peor suerte.

Por otro lado del Mediterráneo, Ulises se hizo pasar por carnero, precisamente para evitar servir de postre en el festín que el Cíclope tuvo a bien darse con los compañeros de patera del egregio inmigrante ilegal. Con ello no se demuestra que travestirse de comida potencial nos ha de salvar de ser devorados por nuestros congéneres, de igual modo que enseñar la condición de prójimo tampoco nos da un salvoconducto automático para atravesar la cocina del semejante sin peligro de ser trinchado. Si no, que se lo pregunten a los padres del buscón llamado Pablos.

A menudo, frente a la atlántica y caribeña Alameda de Apodaca, en Cádiz, un lugar desde el que Fernando Quiñones seguro seguro que miró muchas veces el mar buscando la aleta dorsal del pícaro atún, aparecen cuerpos de carne roja en el agua. Muchos cuerpos, y no de atunes, sino de una especie que da la casualidad que es la nuestra misma. No se trata de pícaros rifeños intentando emular al de Tormes (quien, dicho sea de paso, también era hermano de África), de eso podemos estar seguros incluso antes de repatriar sus cadáveres mojados e indeseables. Pero de lo que no podemos estar tan seguros es de que algún que otro atún despistado, ellos, seres de plata que no tienen complejos caníbales ni de los otros, no haya mordisqueado la carne flotante y desesperada de un africano ahogado, antes de acabar a su vez en la tripa de un pesquero japonés de alto tonelaje, de los que pagan el kilo en canal de buen atún rojo del Estrecho a mejor precio de lo que jamás lo hiciera ningún apoderado de los duques de Cádiz.

Se me dirá que hay cosas inevitables, que tampoco disponemos hoy en día de esas gallardas galeras de Cartagena o de Nápoles para andar persiguiendo a émulos de atún deshauciados. En sus tiempos, y cuando había moros en la costa que querían llegar hasta las vegas andaluzas, el trato era diferente, se les perseguía, se les apresaba, se les ajusticiaba de lo alto de una torre vigía, y a otra cosa. En nuestro siglo (¿nuestro?), las galeras de don Álvaro de Bazán han sido sutituídas por los portaaviones, que no están para sacar moros del agua fría, sino para plantarse en las puertas de otros moros, de los que tienen petróleo, en un decir jesús, que para eso está Rota, como quien dice, a las puertas del tercer mundo.



© Ángel González

Darfur y otros infiernos de pantalla plana

Entre Sudán y Chad se está cocinando una masacre escandalosamente similar a la que dejamos pasar por delante de los noticieros de hace diez años. Conflictos étnicos lejanos, guerras entre pueblos que no queremos reconocer, porque no nos interesa, vocablos para definir grupos de hombres y mujeres que queremos ignorar...

Costó varios millones de asesinatos, pero ahora podemos lamentar nuestra indiferencia usando palabras que ya no ignoramos: hutu, tutsi o Ruanda pasaron de no escribirse, de no leerse, a provocar debates ortográficos (¿Ruanda o Rwanda?). Las imágenes de entonces no necesitan alfabetos: ríos conradianos por los que navegaban cadáveres hinchados; cocodrilos ahítos; horrores que quizá llegaron a suscitar una consulta rápida al Atlas, y poco más.

A medida que se acerca la estación más seca del año, de nuevo el hambre, las matanzas y el terror avanzan en el corazón de África (¿cuántos corazones tiene este continente?). En Darfur quizá no alcanzaremos a ver el Nilo Blanco transportando corriente abajo flotillas de cuerpos. Pero los cadáveres siempre llegan, siempre aparecen. Los ríos de la muerte no son como los de Jorge Manrique. Sus cauces son desconocidos, y sus ojos, misterios, remolinos y guadianadas acaban arrastrando víctimas hasta los lugares más insospechados.

Los ríos de arena de Darfur han depositado su carga fúnebre al otro lado del Océano, en los cauces traidores de La Española. La corriente torrencial de nuestra indiferencia activa, la catarata de nuestras injusticias (las de todos) acabará por dejar sedimentos de muerte en países cuyo nombre sólo entonces aprenderemos.

Ángel González García

Ron Malibú

Propongo un juego cruel:
Mirad donde podáis las imágenes y leed las informaciones de lo que acaba de pasar en La Española, y después volved a ver de nuevo el anuncio del Ron Malibú, el que dice que en el Caribe la gente no se preocupa por las cosas, y están todo el día de relajo. O el que muestra a unos hombres negros (se supone que caribeños) usando teléfonos móviles arcaicos, porque "como son tan pobres y están tan atrasados, nos hace mucha gracia verlos en burro, mire usted".

Otro juego, no cruel esta vez: imaginad los 340 millones de euros gastados en Iraq por el gobierno de Aznar, empleándose en cosas útiles de verdad. O imaginad a los torturadores estadounidenses que, de pronto, abandonan Abu Ghraib, se vuelven personas decentes, y marchan a la república Dominicana o Haití a ayudar a sus congéneres que les necesitan.

Ángel

Malibú

La adquisición de Malibú, el pasado 22 de mayo, ha supuesto la inclusión
en nuestro portafolio de productos de una marca estratégica y de suma
importancia: Este ron caribeño vende 2.330.000 cajas a nivel mundial y está
presente en más de 150 países, siendo una marca clave en EE.UU., Francia,
España y Reino Unido. Los datos y cifras son todos muy positivos: Malibú
registró en España, entre 1997 y 2000, un crecimiento del 156%,
incrementando las ventas en los cuatro mercados mencionados.

Por volumen de ventas, Malibú ocupará la tercera posición en nuestro
portafolio global, despúes de Ballantine´s y Kalhúa. En España este ron
caribeño tiene una cuota de mercado del 6,6%, y ha registrado un
excepcional crecimiento en todos los canales, aunque sigue predominando
en el sector hostelero y es, en general, un producto de consumo nocturno.

A pesar de su crecimiento, Malibú presenta en distribución cuotas inferiores
a las de, por ejemplo, Tía María; concretamente un 60, frente al 67 de Tía
María, lo que significa que tenemos oportunidades de crecimiento
importantes si ganamos en distribución.

Es un producto de marcada estacionalidad en verano y Navidad, pero de
gran éxito. ¿Quién no conoce el éxito de la campaña publicitaria de Malibú,
me estás estresando?. En la actualidad esta marca es la segunda que más
invierte en publicidad dentro de su categoría de licores con un SOS del 24%
frente al 32% de su competidor Baileys, por ejemplo, que ocupa el primer
lugar en inversión publicitaria.

Existe una clara relación entre inversión y crecimiento de la marca
en España. Nosotros seguiremos invirtiendo y mejorando la posición
de Malibú en el mercado. Nuestra apuesta continua son nuestras marcas
y ¡ahora también la de Malibú!.

Farenheit 9/11

Michael Moore ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes. No estamos solos, le digo a Carmen, y se me ponen la carne de gallina y la piel de ganso. Somos más de tú y yo los que no estamos locos, los que no tenemos los ojos inyectados de sangre o de codicia ignorante. Y algunos son jurado de festivales internacionales, y saben que con este premio se facilita que millones de personas en todo el mundo miren al lugar vergonzoso al que apunta el dedo acusador de Moore.

Hace casi un año visité África por vez primera. Fui invitado a un congreso en Túnez. Allí, en el bulevar más importante de la capital, paseé junto a las terrazas, me tomaron por argelino, me confundieron con marroquí, me alabaron el penoso francés que chapurreo, y me dieron conversación, a cambio de cigarrillos, en una cháchara de piratas antiguos, hecha de catalán, castellano, francés, italiano y árabe, como la que Cervantes debió usar para negociar sus escapadas argelinas.

Paseando por la avenida preñada de primavera y aire salado, me paré delante de una librería. En el escaparate, en un lugar de honor y protagonismo, los dos últimos libros de Michael Moore, en traducción francesa. En la terraza de al lado, en vez de música árabe o maalouf andaluza, “Fifty Cent” rapeaba, mientras los nativos tomaban café y cruasanes. Junto al escaparate, varias personas miraban y comentaban en árabe trufado de francés.

Eso fue hace un año. Hoy, en esas mismas calles plagadas de policía de la capital tunecina, la Liga Árabe se debate entre las plantás de Gaddafi y las amenazas veladas de Bush, o el miedo a los fundamentalismos. Me pregunto si seguirá Moore en los escaparates, y me alegro de que haya ganado la Palma de Oro. Y espero impaciente a que aparezcan por los mercadillos de Marruecos y de España las versiones pirata de su último documental, que Disney no va a distribuir, pero los top manta sí.

Ángel González

Divisiones inexactas

Una de las niñas de mis clases de apoyo está teniendo sus primeros encontronazos con la aritmética parda. Las divisiones se le atragantan (como a Aznar), pero sobre todo cuando se trata de sacar decimales, que le están poniendo la evaluación cuesta arriba.

Ayer me preguntó que para qué sirve eso de sacar tantos decimales. Si la división no sale exacta, me dijo, Se deja un resto y se da la solución a ojo de buen cubero. Podría haberle contestado que sacarle decimales a las divisiones tiene muchas ventajas prácticas y usos políticos, y podría haberle puesto como ejemplo una sencilla operación: si desde 1976, 322 personas han sido asesinadas por el estado en el de Texas, eso quiere decir que durante las tres últimas décadas se ha ejecutado a 11,5 personas al año. Así, resulta matemáticamente imposible afirmar que cada mes muere de forma absolutamente legal una persona, en la tierra donde Bush fuera gobernador.

Un ser humano cada hoja del calendario representa mucha muerte. Cero coma algo personas al mes suena mucho mejor. Será porque cero coma algo es menos de algo, y así es más fácil hacerse a la idea de que no son personas, sino algo menos que personas las que mueren vistiendo un mono anaranjado, con un número de serie grabado en la pechera, un número entero y no decimal esta vez.

Ángel González García

Prostitución académica

Ocho meses después de solicitar trabajo en una escuela de idiomas, me llamaron la otra mañana. Me preguntaron si tenía tiempo, y contesté lo obvio, así que me emplazaron para una reunión al día siguiente, en un pueblo de las estribaciones de la sierra de Madrid, como a cuarenta minutos de la capital.

Como sólo llevo unos meses aquí, me tomé el desplazamiento como una excursión campestre. Me apeé del autobús, como me habían indicado, en una urbanización de lujo, ubicada en un paraje de gran belleza, a mitad de camino entre una dehesa bellotera y los mismísimos Beverly Hills.

En la esquina, un colegio privado a las puertas del cual varios mercedes, un porsche, algún BMW y un Jaguar depositaban su carga de chavales uniformados. Buen síntoma, me digo, mientras avanzo por entre calles diseñadas para conducir en ellas, entre chalés de lujo matritense. Alguna chacha de las que viven en la casa sale a recoger el cubo de la basura y me saluda como quien no se fía. No la culpo. Otro Jaguar sale de un garaje, y esto ya empieza a parecer la selva amazónica. Al final de una calle/veredita bucólica, una garita con su guarda me cortan el paso.

Me identifico, y el paso se me franquea, o sea, se me hace franco. Bien. Se trata de una propiedad enorme, provista de varios edificios, piscina grande, parque privado, amplia zona de aparcamientos, plaza central con fuente grande, glorieta recoleta...No la diseñó un arquitecto, sino un concejal de urbanismo, es obvio. La seriedad de la empresa que lleva el cotarro queda confirmada por la piedra berroqueña que da cobijo a aulas y oficinas.

El estilo arquitectónico es nórdico, anglosajón diría, con un aire de neogoticismo fantasmal que contrasta con la dehesa que se extiende entre encinas y alcornoques más allá de los sinfines del parque. En el interior son todo maderas nobles, diseño y amabilidad, mientras espero junto a una chimenea a que me reciba el jefe de estudios. Seremos tres los candidatos hoy, y nos conducen a un aula tecnológica, espléndidamente dotada de cuanto quiérase desear para dar clase de idiomas.

A la amabilidad se une la profesionalidad de los directivos. Se trata de una empresa seria, de reconocida calidad y buena reputación, a nivel internacional.. El test de personalidad que nos hacen parece haber sido diseñado por alguien que entiende en esto de seleccionar personal. Se nos pide, entre otras cosas, que improvisemos en unos minutos un plan de clase. Se nos explica que, de pasar la selección, podremos tomar parte en un curso de formación. Se agradece. Nunca acaba el docente de formarse. Y además, es gratis, cosa que no todos ofrecen. Haberlos, háylos por ahí que te exigen un curso de formación, valorado en unos cientos de euros a veces, para poder optar a un puesto de trabajo. Que tengas dos carreras y experiencia profesional no importa.

Si el cursillo es superado satisfactoriamente, el candidato pasará a ejercitar prácticas no remuneradas allí mismo en el castillo neogótico. There is the rub. Trabajaremos gratis, con suerte y con una magnífica excusa por delante, pero estaremos prestando nuestros servicios a cambio de nada, aunque sea por una o dos semanas. Menos da una piedra, me digo, y las berroqueñas pseudogóticas del palacete serrano prometen seriedad y buen trato laboral, así que termino mi plan de clase y subo a enfrentarme confianzudo a la entrevista individual.

Arriba, en una sala amena, exquisita y cara, continúa el proceso de selección. Mis títulos, experiencia, publicaciones y conferencias me avalan. La empresa quiere gente muy preparada, dispuesta y con horarios y exigencias flexibles. Me froto las manos. La clientela está compuesta por profesionales de nivel medio-alto: ejecutivos, diplomáticos, periodistas de todo el mundo, que vienen a esta finca lujosa de la serranía de Madrid, pasan una semana a pensión completa e sus instalaciones, y reciben cursos intensivos de inmersión lingüística. Un licenciado de 24 años no serviría. Necesitan gente con caché, y yo me sigo frotando las cavidades metacárpicas (figuradamente).

Me veo dando clases de cultura, lengua y literatura a ejecutivos de alto nivel, periodistas enviados por canales de TV para mejorar su español, diplomáticos intentando mejorar su nivel...Paseando por el parque privado mientras practican el subjuntivo y comentamos un artículo de prensa.

La entrevista va bien, hasta que me dicen que no harán contrato “al menos de momento”. El salario es de 12 euros la hora. El transporte cuesta ya más de 4.

En la calle Torrecilla del Leal, en Lavapiés, dos chicas francesas, profesoras, ganan para ir tirando, dando clases de idiomas y apoyo escolar a los niños del barrio. Me han dado algunas clases, y estoy contratado. Me pagan exactamente 12 euros por hora.

El local es pequeño. Quizá en tiempos fue una frutería. A veces, el olor a pescado del mercado de Antón Martín llega hasta la puerta de su aula (en singular y sin ordenadores). Los ejecutivos, diplomáticos y periodistas que vienen a la sierra a aprender pagan un mínimo de 100 euros por hora de clase. Las clases son de cuatro alumnos. De 400 euros que cambian de manos en razón de un servicio académico prestado (soy yo quien lo presta, por mucho que la informática y los medios audiovisuales me ayuden) yo veo 12. Los alumnos de la academia de Lavapiés pagan 7 euros por hora. Yo cobro igual en ambos sitios.

Yo no soy economista, pero no creo que varios años de estudiar los flujos, reflujos, mareas y estrategias de cómo se mueve el dinero me convencieran de que es justo que en ambos lugares me ofrezcan el mismo sueldo.

Epílogo:
Ahora que lo he escrito, me he dado cuenta de que, con cambiar unos pocos sustantivos y adjetivos, esto podría quedar como un artículo sobre la prostitución de lujo versus la otra de la esquina, que como ahora están de moda...

Ángel González García
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Un retal de arpillera

En Bangla Desh, un trozo de algodón salva del cólera, y en Nigeria, un retal de arpillera cubre el tronco enterrado de los condenados a lapidación, para no ofender a los ojos píos que habrán de arrojar los guijarros criminales.

En Nigeria, una pareja acaba de ser condenada a una muerte cruel, por prácticas sexuales fuera del matrimonio. Lo escribe Safiya Husseini, que se libró por muy poco, y lo recogía Benjamín Prado: primero entierran a los hombres hasta la cintura, y a las mujeres hasta el pecho, porque hasta en un acto de tal inmoralidad algunos pretenden imponer la falsedad de la suya, asesina. Después, cubiertos por la arpillera de la vergüenza, morirán apedreados lentamente, en un castigo lento y cruel a un crimen inexistente.

En Iraq, según tengo entendido, ni la versión más coránica del déspota Saddam pretendió incluir tal brutalidad entre sus medidas de represión. En Nigeria se seguirá haciendo, porque, a pesar de lo que digan Blair y Bush, la injusticia de hoy sólo se denuncia en aquellos lugares en los que los países ricos tengan intereses políticos, económicos o estratégicos. Otra cosa sería si, al levantar la el telón de arpillera burda bajo el que se hace impune el crimen salvaje, se descubriera lo que se esconde bajo suelo iraquí. Otro futuro esperaría a los amantes impacientes del país africano, si dentro de sus fronteras se “ocultaran” armas fantasmagóricas, o si en los campos de tiro de su entrenamiento terrorista se usaran lanzagranadas, en vez de piedras.

Ángel González García
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