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Cuadernos de Lavapiés

Kerbala, Bin Laden, y un catalán de hace dos siglos

Dicen que a Claudio Sánchez Albornoz le disgustaba muy mucho que se usara la Historia para explicar o ilustrar el presente. Claro que, por otra parte, ¿a qué se dedicaron él mismo y Américo Castro durante buena parte del siglo pasado, sino a eso?

Entiéndase que ir al estante con el gatillo presto, la idea fija y ganas de probarla a cualquier costa, echando mano del primer episodio histórico que se nos acomode al intento, es tarea aburrida y traidora. Pero habrá que reconocer que hay ocasiones legítimas, en las que la Historia se le abalanza a uno sin avisar, y en las que no queda más remedio que plantearse si la existencia de la especie es una eterna repetición de curso, llena de suspensos como era de esperar.

Digo esto, a modo de justificación si se quiere, porque acabo de leer lo siguiente, escrito en 1807 por Alí Bey en referencia a la invasión de Iraq por parte de Abdelaziz Ibn Saaud, caudillo wahabí y antecesor de los actuales reyes de Arabia Saudita:

Dueño ya de la parte interior de la Arabia, hallóse bien pronto Abdelaziz en estado de alargar su vista a los
países adyacentes. Comenzó por una expedición a las cercanías de Bagdad. En 1801 fue cuando, al frente de un
cuerpo de cromedarios se echó sobre Iman Hosseïn (la actual Kerbala), ciudad poco distante de Bagdad, donde se
hallaba el sepulcro de un imán del mismo nombre, en un templo magnífico y lleno de las riquezas de Turquía y Persia.
Los habitantes sólo hicieron una débil resistencia y el vencedor mandó pasar por el filo de la espada a todos los
hombres y muchachos varones de todas las edades. Mientras se ejecutaba tan horrible carnicería, un doctor wehabí
gritaba desde lo alto de una torre: "Matad, degollad a todos los infieles que dan compañeros a Dios". Apoderóse
Abdelaziz de los tesoros del templo y lo hizo destruir; saqueó y quemó la ciudad, la cual quedó convertida en un
desierto.
Alí Bey, Viajes de Alí Bey. Ed. Óptima, 2001

A la sazón, Iraq se encontraba subyugado por el Imperio Otomano, al menos nominalmente. Que es como lo está hoy en día (sobre el papel al menos), sólo que esta vez bajo férula estaodounidense. Los turcos eran vistos por los wahabíes saudíes como invasores ilegales e imperialistas corrompidos, cuasi peores que un infiel. Una gran diferencia: los seguidores de Abdelaziz Ibn Saaud no tenían acceso a Internet, ni se habían sacado todavía el carné de conducir coches bomba. Por su parte, los chíies de Kerbala también eran mal mirados por el celo excesivo de los seguidores de Abdulwehab, que además les considerabas aliados del enemigo turco. Como consecuencia, acabaron pagando con un acto de crueldad digno de un asirio antiguo.

203 años más tarde, Kerbala volvió a sufrir un destino cruel, precisamente mientras se celebraba la festividad que conmemora al Imán Hussein, mencionado por Domingo Badía alias Alí Bey. También esta vez los chiíes de Kerbala se encontraron en el fuego cruzado entre dos enemigos o entre dos fanatismos: el del interés y el de la fe. Demasiados paralelismos en poco más de dos siglos.

Quizá Sánchez Albornoz tenía escrúpulos a trazar semejanzas entre pasado y presente, porque creía que el ser humano debe ser entendido en su contexto temporal; o que las situaciones, por mucho que se parezcan desde la perspectiva de la Historia interesada (y ¿cuál no lo es?), en el fondo son siempre diferentes, porque son distintos los individuos que las protagonizan. Es cierto, y Abdelaziz Ibn Saud no es Saddam Hussein, ni el Imán Hussein tiene que ver con el exdictador iraquí, ni Bin Laden es wahabí, ni Bush puede compararse del todo con el sultán otomano, ciego a todo lo que no fueran retribuciones y ganancias. Pero cada vez me parece más cierto que, aunque diferentes, todos los seres humanos, cada uno en su contexto, somos igual de imbéciles, desde Alejandro Magno a Donald Rumsfeld.
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