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Cuadernos de Lavapiés

Ancares

En una remota región del noroeste de la Península, la desidia de algunas instituciones está propiciando un muy conveniente experimento etnológico, histórico, filológico y sociológico que la propia desidia de los dichos institutos acabará por desbaratar.
Al un lado de esta sierra agreste, la decimononia ñoña tiró una línea divisoria y asignó a diferentes diputaciones la región, de modo que la mitad de los nativos quedaron hechos gallegos, mientras que la otra fue declarada oficialmente leonesa. Tanto da que a ambos lados se hable un gallego muy suyo, casi más suyo que el berciano, casi tan de sí mismo como el leonés que se habla en Portugal, al otro lado de otra raya estúpida. Quiso la Historia que León dejase de existir como tal, de modo los del lado de acá de Ancares pasaron, sin haberlo sido nunca, de leoneses a castellano-leoneses (y que viva el abuso del guión).
Luego, claro está, la Historia hizo un cursillo de autonomías e identidades en el INEM, del que salió la primera de la promoción. Encontró trabajo la ciencia de Tucídides en edificios públicos y organismos autonómicos, y llamó a su amiga la Filología para que se ganara unas perrillas, que falta le hacían a la pobre. En esto, los de Ancares se habían olvidado de encender el piloto automático del paso de los siglos, y se pasaban los inviernos más o menos como Astérix el galo, pero con un gaitero en vez del bardo desafinado, sin carreteras que los umbilicaran a los centros de administración política ni perrito que les ladrara si se les olvidaba pagar los impuestos. Y como Obélix con sus menhires, los de Ancares seguían en sus pallozas de paja de centeno y piedra, viviendo como el que no quiere la cosa en un parque temático auténtico de verdad, habitando hasta hace poco las mismas constucciones milenarias de sus antepasados montaraces.

Pero hete que, qué locos están estos romanos, a la Xunta Iribarne se le enteró algún chivato de que con dos carreteras y unos postes eléctricos, aquella reserva de cultura ancestral se les podría convertir en un chollo turístico, cuando no reportarles material de sobra para documentales auto-étnicos, que son los que más premios cosechan. Y ni que decir tiene la de tesis doctorales que podrían ordeñarse de tamaña riqueza cultural...Así, los Ancares de la parte gallega cobraron subvenciones, arreglaron sus pallozas, construyeron hoteles rurales, y se acostumbran a la luz eléctrica, los caminos asfaltados y los servicios públicos que otros damos por sentados.

La Junta Castellano-leonesa, que ni ella misma parece aún saber qué es, como que no ha querido identificarse con el asunto. Una cosa es subvencionar la reconversión de un antiguo monasterio burgalense en Posada de Peregrinos, y otra muy diferente darles dinero a unos montañeses que suenan a lucense para que no se les caiga el chiringuito céltico. Otro asunto será el que tan celtas como los de ancares fueron muchos de los pueblos que hoy ocupan las llanadas de pan llevar de Castilla. La identidad que vende en Galicia, con sus falditas pseudoescocesas y sus gaiteros de diseño étnico, no es la misma que da de comer en Castilla-León, de modo que a las pallozas de la parte leonesa se les cae la techumbre, a sus dueños se les come el ganado el lobo, las carreteras no aparecen por ningún lado, y todo esto acaba pareciendo una novela de Llamazares, en la que una vertiente del monte sobrevivirá adaptándose al futuro, mientras que la otra terminará por abandonarse, sus pueblos desaparecerán y las pallozas acabarán en el olvido.

Y todo, por una línea administrativa que nunca tuvo sentido, y una revancha nacionalista mal entendida, que se pasa por el forro de las identidades la realidad multiforme de los seres humanos. ¿Moraleja?: la diversidad cultural bien entendida empieza por uno mismo.
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