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Cuadernos de Lavapiés

Adoquines de París

No recuerdo bien qué buscaban algunos parisinos debajo de los adoquines que empedraban las calles. Servidor aún no era siquiera proyecto de embrión, ni deseo en ciernes de gestación, y todavía quedaban dos años para presentarme al mundo sin ser llamado, como para decir “Generalísimo, haga vuecencia el favor de legalizar los condones, que, a este paso, veo colas del paro del tamaño de un pantano, para dentro de 20 años, cuando su excelencia no sea más que cenizas y rencillas eternas en boca de taxistas y taberneros”.

Y aunque luego, en clase de Historia de institutos públicos y laicos, aprendí un día que los parisinos del 68 buscaban utopías debajo del suelo municipal, mientras los gendarmes les miraban con ojos de cumplidores del orden, la verdad es que esa búsqueda siempre me quedó tan lejos del alma como las que protagonizaran tatarabuelos de esos y otros parisinos a finales del XVIII, a través de los lóbregos (supongo) pasillos de la Bastilla. Ambas eran Historia lejana, a pesar de que entre los vivos de la tele abundaran los que habían estado allí, entre los estudiantes utópicos, lanzando cócteles molotov y quemando mobiliario público. Tanto más lejana, cuanto que nadie a mi alrededor, en las barriadas del extrarradio desarrollista, había estado nunca en París, ni para levantar adoquines ni para hacer fotos en blanco y negro de la Torre Eiffel.

En la tele sí, y en los libros que luego quise leer cuando la adolescencia me pedía algo contra lo que rebelarme, también abundaban los señores canos y entripados en ternos azul marino, que contaban con nostalgia envidiable los días de causas justas y revueltas memorables. Pero eso no fue nunca suficiente para llegarme adentro de la existencia, y las únicas excavaciones utópicas que he conocido de cerca, y que aún modifican mi vida cotidiana y de verdad, son las emprendidas por el alcalde con más vocación de Historia que ha tenido la capital de España en los últimos siglos.

Ignoro la edad real de Gallardón (la por él ansiada no, ésa es la de Oro, en cuyo Olimpo quiere acabar residiendo, desde el monumento dedicado a su memoria, y que terminará por formar parte del mobiliario simbólico de la ciudad). Por tanto, no puedo ni quiero aventurar dónde estaría el actual alcalde de Madrid cuando los estudiantes parisinos hacían de las suyas. Lo que sí sé es que hoy, mientras la capital del Sena (Mater Dolorosa francorum republicae) arde con connotaciones muy diferentes de las que evocaría una nostálgica y rebelde melodía de Brassens, el futuro padre del Nuevo Madrid, el que acabará dando nombre a más de un barrio, plaza, parque, boulevard (para seguir con el ambiente parisién) o Macro-centro comercial , anda levantando Madrid en busca de no se sabe bien qué utopía. Como en Madrid los adoquines se sientan en los despachos, la corteza a levantar en busca del filón perseguido es, mayormente, de asfalto. Asimismo, el particular mayo de Gallardón dura todo el año, y no sólo los meses primaverales de víspera de examen y hormonas alteradas que sacaron a la rue a los estudiantes idealistas de antaño. Por eso, quizá, y porque hoy los estudiantes van en Mini Cooper a clases de Máster en Business Administration, pagados con el dinero que sus abuelos ganaron mientras estudiaban derecho en vez de destrozar la Ciudad de la Luz, los que levantan el suelo, trasplantan el madroño y echan a un lado a la osa para hacer paso a un pelotón de grúas no son universitarios fumados, sino inmigrantes que malviven con un quinto del sueldo, para que las otras cuatro partes engorden el giro que habrá de alimentar a muchos.

Y mientras, por aquello de la lejanía y el desinterés cínico, ignoro quién acabó sacando partido del estudiantil ataque de urbanismo salvaje de hace casi cuarenta años, no es difícil averiguar qué empresas, multinacionales, conglomerados y constructoras son los que están haciendo el agosto con el mayo de Gallardón.

Mientras escribo esto, un bosque de grúas ha sustituido al encinar que a buen seguro daba sombra por mayo del 68 del siglo pasado a un suelo todavía sin calificar. Abajo, como piara de cerdos que hozan en busca de bellotas, las excavadoras bailan al ritmo de un éxito del pasado reciente, el “España va bien”, que todavía no ha pasado de moda. Aunque todo se andará, y quién sabe si dentro de veinticinco o treinta años esos desarrollos urbanos no terminarán alojando revueltas de jóvenes que no habrán podido ir a la universidad, ni hacer un máster en administración de nada que no sea su propia marginación, revueltas en las que ardan, como París, los Mini Coopers, los deportivos de importación, los sueños de una generación y las esperanzas de una vida mejor, ésa que nunca tuvo intención de enterrarse bajo los adoquines de ningún bulevar.
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2 comentarios

B@obab -

Celebro tu regreso con un tema tan candente, la verdad...

Baobab -

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