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Cuadernos de Lavapiés

Agua Corriente

Agua Corriente Mientras en parte de occidente, las multinacionales de bebidas azucaradas gaseosas embotellan glamour de grifo (el Vichy de hoy en día no se toma en balnearios, sino en botellas biberón, después de la clase de aerobic), mientras cada vez queda menos para que hagamos la paella con bebidas isotónicas, la mayor parte de los bengalíes aún considera un grifo como un lujo fuera de su alcance.

El agua de los ríos, que viene cargada de enfermedades de las que hicieron de la Extremadura de los años veinte una herida abierta en España, no sirve para beber, y se lleva cada año demasiadas vidas. Cuando se intentó abrir pozos, se descubrió que la tierra vomitaba agua envenenada con arsénico, y se descubrió de la forma más terrible.

Un estudio ha demostrado que la solución al veneno la llevan puesta alrededor de su cintura una gran mayoría de las mujeres de Bangla Desh: el sari, la tradicional prenda de algodón con que millones de indias, paquistaníes y bengalíes cubren su cuerpo, ha demostrado ser una alternativa eficaz y barata a sistemas de filtrado que quedan fuera del alcance de una grandísima mayoría.

La apretada trama de fibra, de la misma fibra que alimentó los telares de la metrópolis, de la fibra que ató el destino de la Península Indostaní al del Imperio que manufacturó su algodón y su historia, ahora puede salvar vidas. Gandhi, que tanto se preocupó por el algodón, hasta casi llegar a explicar la realidad de aquellas partes del mundo como quien desenrolla un ovillo de hebras blancas, estaría contento de saber que, con sólo desfajarse las mujeres de Bangla Desh de sus coloridos trajes, podrán evitar que sus hijos sigan sucumbiendo al cólera.

Quizá sea ir demasiado lejos, pero uno no puede evitar el simbolismo encerrado en la noticia. Ignoro si unos pantalones de algodón, lino, marca o diseño, serían tan eficaces a la hora de filtrar las miasmas mortíferas del agua de los ríos del Tercer Mundo. Y también ignoro si estaríamos (los hombres que llevamos esos pantalones) dispuestos a bajárnoslos, y quedarnos con el culo al aire, para sacarle el veneno al agua de nuestra gente o la de al lado. Ver tanto algodón convertido en bandera o en uniforme de campaña me hace dudarlo. Por eso me alegro de que haya sido el sari, el doméstico atuendo de tantos millones de mujeres, el elegido. Ellas no dudarán en desnudarse, si es preciso, para dar la vida, ni en frotar más de lo acostumbrado, para limpiar de bacterias asesinas las telas de su salvación.

Quizá deberíamos seguir ejemplo en todas partes, y luchar para que más y más mujeres nos dirijan, en este trabajo interminable de filtrar las porquerías que hemos ido dejando por todas partes; y reclamar que sea el prieto entramado de una tela femenina el tejido que nos ayude a eliminar los venenos y a vestir este mundo de una decencia que sigue haciendo demasiada falta.

Ángel González García
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