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Cuadernos de Lavapiés

Whitman, Reagan y las lilas

When lilacs last in the dooryard bloom’d (“La última vez que florecieron las lilas en el jardín…”) escribió Walt Whitman a la muerte de Abraham Lincoln, a modo de elegía por el presidente que fue capaz de llegar a la guerra civil para ilegalizar la esclavitud. En el poema, el gran bardo americano evocó la procesión continental de un tren fúnebre, un convoy enlutado que recorrió la república llevando a todos los americanos la cercanía del cadáver del presidente más bienamado de su siglo.

Estos días, parece que se repiten algunas de las escenas de entonces. A la muerte de Ronald Reagan, EEUU ha respondido con su desmedido gusto por el boato y el ritual, y de nuevo una procesión fúnebre se ha adueñado del país. ¿Cantarán los poetas el despertar de una primavera oscurecida por el acontecimiento luctuoso? Es posible, y hasta probable, que alguna épica pseudo-troyana se haga cargo en breve plazo de acabar de mitificar la imagen de quien fue uno de los presidentes americanos más odiados fuera de sus fronteras.

Las lilas tempranas de Whitman florecieron para llorar la muerte de Lincoln, pero no parece que estas flores, de tantos y tan polémicos significados, acaben por asomarse al funeral del ex actor de Hollywood. Las versiones lila o multicolor de la bandera estadounidense que adornan las calles de los “barrios homosexuales” de algunas ciudades estadounidenses no estarán a media asta, en homenaje al líder fallecido. No en vano, Reagan fue impulsor de leyes restrictivas y discriminatorias contra homosexuales, y apoyó las medidas de estados de la Unión que consiguieron ilegalizar, entre otras cosas, ciertos tipos de relaciones humanas, y hasta de posturas sexuales.

En Washington D.C., un ciudadano anónimo expresaba su pena por la muerte de un hombre que había sido presidente de los Estados Unidos, pero que ha muerto víctima de una terrible enfermedad. “Al final de sus días” expresa con pena este ciudadano, “ni siquiera podía recordar que un día fue el líder del país más poderoso del mundo”. A juzgar por la serie de homenajes públicos que los medios occidentales le están brindando a su memoria, parece que son muchos los que, por una u otra razón, han perdido la memoria.

Ángel González García
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1 comentario

Rachel Bondage -

Hace unos cuantos años se murió el padre de Juan Carlos de Borbón, un individuo de oscuras pretensiones y voraz ansia de poder y, aquí, celebramos grandes fastos por su muerte, momento que, una servidora, aprovechó para gozar de salas del Palacio Real tradicionalmente cerradas al público. Quizá lo único sensato que hizo el Paquito El Chocolatero fue asegurarse que tan horrendo personaje no accediera jamás al poder, pasándose la línea sucesoria de los Borbones por el forro de los cojones, hecho este en el que el tal Paquito era todo un profesional.

Besos
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