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Cuadernos de Lavapiés

Crema catalana en Cadaqués

El día anterior habíamos ido a Figueres, donde el frío siberiano filtrado de Pirineos desmentía a cada bocanada mis promesas de aire mediterráneo y temperaturas a nivel de Mare Nostrum. Mis estudiantes, treinta y tantos, de diferentes países pero unidos por su amor o su curiosidad por todo lo español, tuvieron la caridad de disimular mis mentiras. Les había prometido surrealismo, buena cocina, genialidad y la oportunidad de hurtarle el cuerpo al frío meseteño del Madrid al que han pagado por venir, pero el último deseo se pudrió como la hojarasca amarillenta, pesada de humedades e incapaz de levantar su último vuelo.
El Museo Dalí me fue de gran ayuda. Tanto genio y tan bien utilizado, tanta belleza y tantas preguntas sin contestar consiguieron que mis alumnos olvidaran el frío. Mientras la tarde avanzaba entre el gris que escupían las montañas, el efecto Dalí se apoderaba de todos, a medida que el autobús subía y trepaba. A pocos pero eternos kilómetros de Cadaqués, en una esquina donde la Península Ibérica se termina por las bravas, el cielo nos concedió una tregua, y un pincel caprichoso abrió un hueco entre las nubes, por donde se filtraron los rayos que Zeus tuvo a bien brindar, por intercesión quizá del veraneante más famoso del siglo XX.

Abajo, tras un paseo de montaña rusa, Poseidón tomó el testigo, y las olas, antiquísimas como poemas épicos escritos en lenguas madre, hicieron el resto. Satisfecho, me senté en un mesón pequeño, a disfrutar del dinero de las dietas, ponderando si podía llamarse orgullo a la sensación de placer que me proporcionaba compartir con estos jóvenes partes del lugar donde vivo y “cositas, cositas, cositas” de la cultura en la que me voy cocinando, mal que bien. La mesa, guarnecida con la generosidad que proveen las dietas en metálico, parecía querer arrastrarme a una borrachera anacreóntico-nacionalista, regada por vino mediterráneo (whatever that means). Por suerte, uno de los alumnos pidió la cesta del pan, y lo llamó francés, en inglés, como era su costumbre y es la de millones de anglosajones. Yo le corregí: “payés”, querrás decir, que mira dónde estamos. La diosa Ceres, desnuda de mitología, salió corriendo de la sala cuando el estudiante, de Wisconsin por lo menos, me respondió que “al lado de Francia”; tanto, que menos tardaría en tocar costa gala un botecillo de aquellos azules y melancólicos que sesteaban en la cala cercana, que el más pajarero de los AVEs en cruzar monegros, ebros y llobregates y plantarse en Madrid. Me di por vencido en mi lucha molinera por salvar aunque fuera una sombra de orgullo nacionalista, cuando otro de los estudiantes se sacó un hueso de aceituna negra de la boca para exclamar cuánto le recordaba Cadaqués a Santorini. 

"¿Qué tienen de postre?" pregunté a un camarero que pasaba, para disimular mi rubor. "Crema catalana, por supuesto", me respondió con una retranca que en nada delataba su acento germánico. "O tiramisú" añadió, ante mi abatimiento. "A fin de cuentas, esto es un restaurante italiano." 
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