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Cuadernos de Lavapiés

Saca al ciudadano que llevas dentro

La pasada noche me dejé influenciar por el mensaje del Ayto. de Madrid que insta a quien lo lea (es imposible no hacerlo, el cartel está en todas partes) a “sacar el ciudadano que llevas dentro” para que sea éste quien se encargue de separar y reciclar los residuos domésticos, para bien de todos y alegría del planeta. Sinceramente convencido, saqué al ciudadano que llevo dentro, y le invité cordialmente a una charla preparatoria en el sofá de casa. Como no cabíamos en el salón (nunca un sufijo ha sido tan mentiroso), al final el ciudadano que llevo dentro se tuvo que quedar de pie, mientras le aleccionaba sobre las bondades del reciclado. Me puso cara de adolescente rebelde al que reprendemos por no ordenar su cuarto, y que se toma la regañina como si lo que intentáramos fuese recortar sus más inalienables libertades de mozuelo/a hormonado/a.

Le dije que, de ahora en adelante, íbamos a separar los residuos domésticos en, a saber: orgánicos, vidrios, latas, papel y cartón, y plásticos. El muy irreverente me contestó que a ver de qué chistera inmobiliaria iba yo a sacar los centímetros cuadrados para colocar tanto cubo. Le respondí que con un poco de voluntad, hasta los tabiques ceden, y le hablé del Feng Shuei y de la economía de espacios nipona, en nada reñida con el confort.

Como seguía respondón, di por terminada la charla y le mandé a separar el contenido del cubo de basura que vive debajo del fregadero. Lo hizo de mala gana y a regañadientes, pero al menos metió cada cosa en su bolsa. Cuando salía para tirarlas al contenedor más cercano, le oí murmurar algo sobre “su espacio vital”, seguido de un “estoy harto” típico de su edad, egocéntrica y paraoica.

Eso fue anoche, a las diez y media. Esta mañana, el ciudadano que llevo dentro todavía no había vuelto a casa, y servidor estaba al borde de un ataque de pánico. Nunca antes lo había dejado suelto por las calles de Madrid. No me atrevía a llamar a la Policía Municipal, así que he salido a buscarle, a preguntar por si alguien lo había visto. Angustiado, he recorrido las calles de Lavapiés de arriba abajo, buscando un contenedor de reciclaje. Tardé en reconocerlo, pero al cabo di con uno, casi completamente achicharrado, como una falla valenciana a la mañana siguiente. Ya casi estamos en San José, pero Lavapiés no está a las orillas del Turia, ni es tradición aceptada aquí la de quemar cosas en la vía pública, así que temí cualquier desgracia. Junto al contenedor, tirado en el suelo, estaba el ciudadano que llevo dentro, hecho una pena, las bolsas de basura medio cubriendo su cuerpo.

Como lo único que se puede hacer en estos casos es darle un abrazo al hijo pródigo, me lo llevé a casa y le di de desayunar. El relato de su noche me heló la sangre. El pobrecito mío es un inadaptado, por mucho que se las dé de jovencito rebelde con causa, y nada más poner el pie en la calle fue objeto de escarnio y víctima propiciatoria para casi todo el que se cruzó por su camino. Y es que, a fuer de largo, el camino en busca de contenedores en mi barrio es casi un via crucis, ambientado por la falta de alumbrado público, empedrado de mojones de perro y frecuentado por ciudadanos que otros llevan dentro y que pueden llegar a tener muy mala leche. Al final, el ciudadano que llevo dentro está castigado, y no va a salir de casa en mucho tiempo, que no quiero que me lo echen a perder las locas iniciativas del Ayto. que todos llevamos fuera.

 

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