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Cuadernos de Lavapiés

Endorfinas

Los domingos no puedo publicar, porque cierra el cyber. Hay otros, pero son muy caros. Así que salgo a comprar el periódico al quiosco de la plaza, y busco en la sección de opinión, sin nervios ni anticipación excitada, sin esperanzas.

Veo publicada mi carta. Es la novena este año, creo, y me da un vuelco el corazón. Las mariposas en la boca del estómago aletean, y la euforia fluye en forma de endorfinas. Un complicado proceso químico que no acabo de entender se pone en marcha, y me siento de buen humor. El high me va a durar todo el día, lo sé, ya los conozco. En los últimos meses alterno estas subidas de ánimo con bajones, casi siempre relacionados con la falta de dinero o el vencimiento de un recibo de la luz.

Mañana será un lunes menos lunes, porque aún durará la resaca de la euforia de hoy. Si me dura mucho, quizá tenga tiempo de escribir a algún agente, de intentar que un editor reconozca mi nombre. Dentro de varios días esas esperanzas se habrán desvanecido, y de nuevo veré la idea de añadir a mi CV las cartas que me publica el periódico como una solemne tontería. “Le sacan a usted una carta al director, ¿y qué? ¿se cree usted por eso que ya es escritor, quizá una especie de periodista?”

Entonces veré todo con mucha menos endorfina, y no se me encabalgará el ánimo con proyectos, ni me hará cosquillas la esperanza. Mientras tanto, aprovecho el subidón para que se me quite el dolor. Es un dolor continuo, un estado de excitación permanente, un enfado contra muchos, unas ganas de gritar y de que se me oiga, de denunciar y de que alguien mire hacia donde señalo con el índice extendido, y se lo diga a alguien, que a su vez lo comunique a muchos, y que entre muchos hagamos algo.

Ángel
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