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Cuadernos de Lavapiés

Tragabuzos

Como muchas otras ciudades españolas,la Sevilla de los años setenta creció a trompicones, digiriendo malamente el atracón de campesinos desubicados, metiéndolos en barriadas que se construían lejos de todo, más allá de lo que fueron huertas, luego vertederos y, al final, fronteras poco practicables que protegían al centro de sus adiposidades prefabricadas.

Primero aparecían los pisos piloto, perfectamente amueblados para atraer candidatos a vecino, y al poco se levantaban los bloques, que antes de terminarse ya se rellenaban de familias obreras, contentas muchas de ellas ante la expectativa de tener (por vez primera algunos) baño dentro de la propia vivienda. No había infraestructuras, que era una palabra bastante confusa, cuyo significado aún no teníamos claro. En los bajos de aquellos bloques completamente iguales había sitio para locales comerciales, que tardaban bastantes años en abrirse, y por eso casi todos compraban a los ambulantes, o en los mercadillos que se formaban en los confines de los vertederos. Tampoco había jardines, ni árboles, y todo era gris y tenía el color del cemento. Donde pocos años antes hubiera naranjales, nosotros sólo vimos hormigón, un hormigón que retrasaba la primavera mientras en el centro (tan lejano sin autobuses) florecían los azahares y sonaban los tambores de una Semana Santa que nunca pasaría por nuestras calles.

Cuando llegaban el invierno y la lluvia (nuestro remedo de invierno, según aprendí después, a base de latitudes), los descampados y las plazas artificiales de las barriadas se inundaban, y lo que hasta entonces había sido un campo de fútbol se convertía en un enorme estanque, un océano misterioso donde aventurarse a estrenar las botas de goma. Las prohibiciones maternas, por supuesto, acicateaban la tentación, y allá que abandonábamos los trompos, canicas, tirachinas y balones, dispuestos a meternos en la parte más profunda de las charcas, que siempre imaginábamos abisal, a pesar de tratarse de la misma plazuela de albero donde días antes habíamos estado jugando. Pero el agua, de pronto, había cambiado lo cotidiano, lo aburrido, en un misterio sin ranas, sapos, ni peces, pero en el que se escondía lo desconocido, bajo el terrible nombre de “tragabuzos”.

Todos los niños de todas las barriadas conocían de buena tinta la historia de algún niño que, desobedeciendo a su madre y calzado con sus katiuskas de goma, había terminado por desaparecer, engullido por un tragabuzos. A veces, asomados al bordillo, mirábamos ensimismados a un punto concreto de la charca, donde la imaginación de todos adivinaba la espiral letal de un remolino sin fondo, que se tragaría al primer descuidado que se dejara absorber por su fuerza telúrica y secreta. Las madres, preocupadas con razón por la limpieza y durabilidad de nuestras ropas de hipermercado, oían divertidas nuestras historias de tragabuzos, y confirmaban nuestros miedos; “tú no te metas en charcos, y no te pasará nada”, era lo más que llegaban a decir, sin conseguir satisfacer nuestra curiosidad acerca del origen y destino de esos terribles remolinos que se tragaban a los niños con botas de goma para nunca escupir sus cuerpos.

Luego, pasados los años, salí de aquellas barriadas, que ya empezaban a dejar de ser cánceres adiposos más allá del final de la ciudad. Con el tiempo, los jardines aparecieron y hasta enraizaron, los locales comerciales prosperaron, los vertederos (algunos) se convirtieron en parques que ya hoy dan sombra y disimulan el hormigón. Las plazuelas de albero o de cemento se convirtieron en plazas de verdad, plazas de las que sirven para poner quioscos donde comprar periódicos que leer al sol, sentados en un banco, rodeado de gente que ya no vive en el confín de una urbe que no puede ser campo y no llega a ciudad. Nacieron niños, se construyeron colegios (no siempre a tiempo de malograr el futuro de muchos de esos niños, que acabaron en el descampado de atrás, entre jeringuillas sucias) y los niños, claro, crecieron.

Yo también he crecido. He vivido en otros barrios, en los que sí había infraestructuras, y casas con antejardín, garaje y sótano, barrios que en inglés se llaman "suburbia" , pero que no significan lo mismo que aquí, con sus prados privados, sus carreteras interminables, sus centros comerciales, y su absoluta falta de vida, su asepsia nada suburbial.
En las barriadas, el cemento estaba muerto y era gris y te destrozaba las rodillas si te caías al suelo jugando un partidillo sin porterías. Pero había gente, aunque tuviéramos que ir al centro en Semana Santa atravesando descampados hasta llegar a la parada de autobús más cercana.

En las barriadas no suburbiales de los suburbios de campo de golf estadounidenses, la geografía donde han nacido y se han criado las generaciones que hoy controlan el país más poderoso del mundo, el gris nunca ha existido. Allá todo es verde, como una naturaleza convenientemente asilvestrada al estilo disneyland. Allí no se apilan los pisos prefabricados, de los que muestran desvergonzadamente las bombonas de butano en el balcón, a la vera del tendedero. Allí las casas albergan varios coches, nadie pisa a nadie ni se toca con ningún vecino, y las calles no son calles, sino veredas por donde sólo los coches que viven en las casas pueden circular.

Allí todo es verde, menos por dentro, donde todo es gris. No hay plazas, con suerte un "mall" de aluminio y cristal, exactamente igual, asquerosamente uniforme, climatizado día y noche, invierno y verano, a la misma temperatura, con el mismo hilo musical, con las mismas franquicias de las mismas cadenas de comida basura. No hay plazuelas, ni se encharcan los vertederos con las lluvias, y no hay tragabuzos. O quizá sí, pero no son remolinos que se tragan niños desobedientes, sino vacíos vitales, ausencias humanas, existencias aisladas detrás de zonas ajardinadas y exclusivas, que se te tragan el alma.

Las comunidades de vecinos desarraigados que chapoteaban en las barriadas del extrarradio sevillano parecerían poblados antiguos, tribus milenarias, clanes en ebullición, en comparación con la ausencia de grupos humanos en estos suburbios modernos del sueño americano. Al menos, las adiposidades de cemento de barriada se convirtieron en núcleos de población. Desarraigados, descontentos, hipotecados y sin infraestructuras, al menos tuvimos vecinos, niños o mayores que se entretenían contando mentiras sobre charcas asesinas, hasta que el sol sevillano evaporara su misterio, y pudiésemos jugar de nuevo al trompo.

Agua Corriente

Agua Corriente

Mientras en parte de occidente, las multinacionales de bebidas azucaradas gaseosas embotellan glamour de grifo (el Vichy de hoy en día no se toma en balnearios, sino en botellas biberón, después de la clase de aerobic), mientras cada vez queda menos para que hagamos la paella con bebidas isotónicas, la mayor parte de los bengalíes aún considera un grifo como un lujo fuera de su alcance.

El agua de los ríos, que viene cargada de enfermedades de las que hicieron de la Extremadura de los años veinte una herida abierta en España, no sirve para beber, y se lleva cada año demasiadas vidas. Cuando se intentó abrir pozos, se descubrió que la tierra vomitaba agua envenenada con arsénico, y se descubrió de la forma más terrible.

Un estudio ha demostrado que la solución al veneno la llevan puesta alrededor de su cintura una gran mayoría de las mujeres de Bangla Desh: el sari, la tradicional prenda de algodón con que millones de indias, paquistaníes y bengalíes cubren su cuerpo, ha demostrado ser una alternativa eficaz y barata a sistemas de filtrado que quedan fuera del alcance de una grandísima mayoría.

La apretada trama de fibra, de la misma fibra que alimentó los telares de la metrópolis, de la fibra que ató el destino de la Península Indostaní al del Imperio que manufacturó su algodón y su historia, ahora puede salvar vidas. Gandhi, que tanto se preocupó por el algodón, hasta casi llegar a explicar la realidad de aquellas partes del mundo como quien desenrolla un ovillo de hebras blancas, estaría contento de saber que, con sólo desfajarse las mujeres de Bangla Desh de sus coloridos trajes, podrán evitar que sus hijos sigan sucumbiendo al cólera.

Quizá sea ir demasiado lejos, pero uno no puede evitar el simbolismo encerrado en la noticia. Ignoro si unos pantalones de algodón, lino, marca o diseño, serían tan eficaces a la hora de filtrar las miasmas mortíferas del agua de los ríos del Tercer Mundo. Y también ignoro si estaríamos (los hombres que llevamos esos pantalones) dispuestos a bajárnoslos, y quedarnos con el culo al aire, para sacarle el veneno al agua de nuestra gente o la de al lado. Ver tanto algodón convertido en bandera o en uniforme de campaña me hace dudarlo. Por eso me alegro de que haya sido el sari, el doméstico atuendo de tantos millones de mujeres, el elegido. Ellas no dudarán en desnudarse, si es preciso, para dar la vida, ni en frotar más de lo acostumbrado, para limpiar de bacterias asesinas las telas de su salvación.

Quizá deberíamos seguir ejemplo en todas partes, y luchar para que más y más mujeres nos dirijan, en este trabajo interminable de filtrar las porquerías que hemos ido dejando por todas partes; y reclamar que sea el prieto entramado de una tela femenina el tejido que nos ayude a eliminar los venenos y a vestir este mundo de una decencia que sigue haciendo demasiada falta.

Ángel González García

Un retal de arpillera

En Bangla Desh, un trozo de algodón salva del cólera, y en Nigeria, un retal de arpillera cubre el tronco enterrado de los condenados a lapidación, para no ofender a los ojos píos que habrán de arrojar los guijarros criminales.

En Nigeria, una pareja acaba de ser condenada a una muerte cruel, por prácticas sexuales fuera del matrimonio. Lo escribe Safiya Husseini, que se libró por muy poco, y lo recogía Benjamín Prado: primero entierran a los hombres hasta la cintura, y a las mujeres hasta el pecho, porque hasta en un acto de tal inmoralidad algunos pretenden imponer la falsedad de la suya, asesina. Después, cubiertos por la arpillera de la vergüenza, morirán apedreados lentamente, en un castigo lento y cruel a un crimen inexistente.

En Iraq, según tengo entendido, ni la versión más coránica del déspota Saddam pretendió incluir tal brutalidad entre sus medidas de represión. En Nigeria se seguirá haciendo, porque, a pesar de lo que digan Blair y Bush, la injusticia de hoy sólo se denuncia en aquellos lugares en los que los países ricos tengan intereses políticos, económicos o estratégicos. Otra cosa sería si, al levantar la el telón de arpillera burda bajo el que se hace impune el crimen salvaje, se descubriera lo que se esconde bajo suelo iraquí. Otro futuro esperaría a los amantes impacientes del país africano, si dentro de sus fronteras se “ocultaran” armas fantasmagóricas, o si en los campos de tiro de su entrenamiento terrorista se usaran lanzagranadas, en vez de piedras.

Ángel González García

Los pictos en Iraq

Los pictos, pueblo habitante de las remotas tierras escocesas ya antes de la llegada de los romanos, salían a la batalla desnudos, embadurnados los cuerpos con pinturas de guerra, y enardecidos hasta el furor más tremebundo por la oportuna ingesta de algún bebedizo de herboristería campera. Los celtas que invadieron la Península Itálica también parecen haber consumido algún tipo de sustancia que les enardecía el ánimo antes de entrar en batalla, para poder superar así el miedo a la muerte y dar rienda suelta a su ira desenfrenada. Los asesinos del Viejo de la Montaña, los hashishin, tomaron de aquella sustancia así como nosotros hemos tomado el vocablo, y con ella parecían encontrar el valor necesario en sus arriesgadas empresas de asesinato selectivo al más puro estilo Sharon.

A los soldados de más de cuatro imperios les han doblado la ración de ron, coñac, ginebra o whisky justo antes de tener que vérselas con el enemigo, más para entonarlos que para quitarles el frío. A los pilotos estadounidenses que bombardearon por error a sus aliados canadienses en Afganistán les habían dado, según ellos mismo declararon y las autoridades estadounidenses se encargaron de ocultar, anfetaminas para ayudarles a concentrarse en las misiones de alto riesgo que les habían sido encomendadas.

Una vez hecho este recordatorio, fácilmente ampliable por plumas más claras y capaces de mayores rigores informativos, aconsejo al lector a que relea la crónica firmada por Gervasio Sánchez en “El País” del lunes 5 de abril de 2004, en la que relata la batalla sostenida el día anterior en Nayaf, Iraq, entre una multitud de iraquíes y los contingentes español, salvadoreño, hondureño y estadounidense estacionados en aquella ciudad.

Sánchez describe el comportamiento de las tropas americanas de una forma que nos recuerda películas sobre la guerra de Vietnam, con sus marines heroinómanos viviendo un infierno a bordo de una lancha que se adentra en el corazón de la jungla. Sánchez llega incluso a tildar de rambos a los de Nayaf, mientras describe cómo recibían con gritos excitados tanto las ráfagas enemigas como la llegada de sus helicópteros. En tremendo contraste, los soldados españoles y centroamericanos parecen soldados de verdad, con miedo, prudencia, no menos valentía que las de sus compañeros de bando en esta batalla, pero reales al fin y al cabo, tan reales que hasta ellos se asombran del furor desatado a su alrededor.

Al acabarse los disparos, tras varias horas que han dejado veinte muertos entre los asaltantes y dos entre los militares, se oyen “las gracias y piruetas” de los soldados norteamericanos, “felices como niños”, mientras “militares de diferentes nacionalidades” se ponen a cubierto por si acaso vuelve el peligro. Los comentarios de los mandos españoles, en algunos casos militares con años de experiencia en fuerzas de pacificación, son elocuentes, y critican la falta de tacto de sus aliados, mientras uno no puede dejar de imaginarse a Martin Sheen escribiendo en su diario, mientras una lancha cargada de adolescentes yonquis con uniforme intenta no morir de miedo. Los gritos y cabriolas de los marines junto a su ametralladora pesada hacer volar la imaginación al son de las Walkirias de Wagner, y preguntarse (como quizá hayan hecho también los soldados de la brigada Plus Ultra): “¿qué les habrán dado a ésos?”

Según se quejan los mandos de la expedición española, los estadounidenses entraron en su jurisdicción, y, sin aviso previo ni coordinación con la fuerza al mando de la ciudad, detuvieron de malas maneras al imam Mustafá Al Yuqubi. Ahora, y tras citar a Coppola, toca ahora arrimarse un tanto a las ideas descabelladas de Oliver Stone y sus teorías conspiratorias, y sopesar la posibilidad de que se trate de un acto premeditado por parte de los estadounidenses. ¿La motivación? Venganza por el “abandono”, intento de que la opinión pública española, ante las noticias de la batalla, recobre un ardor guerrero semejante al patriotero discurso de un gran porcentaje de la americana…Falacias sin fundamento, absurdas teorías de conspiraciones ocultas y puñaladas traperas que no tienen nada que ver con los complejos mecanismos de la política internacional. El hecho de que un día y medio después de la detención de Yuqubi aún no se hubiera puesto al corriente a los españoles de lo sucedido no demuestra nada, ni hace caer la sombra de la sospecha sobre el comportamiento de las fuerzas armadas estadounidenses.

Teorías maquiavélicas como la que acabo de sugerir no son más que ensoñaciones, exageraciones de un pacifista radical, acusaciones tan sin sentido como la de que las armas de destrucción masiva no existen, o la de que ellos lo sabían. O como la de pensar que a los marines norteamericanos que se reían de la muerte entre casquillos ensangrentados les hubieran suministrado una buena dosis de anfetas, para ponerlos más a tono con la situación. En cuanto a la descoordinación y puñalada trapera a la guarnición de la Plus Ultra, debe ser considerado como un error garrafal que ha costado muchas vidas, y que podría haber costado muchas más.

Lo malo es que ahora que me he convencido de esta última teoría, creo que me da aún más miedo que la anterior.

Ángel M. González García

Apaciguamiento y no intervención

Apaciguamiento y no intervención

En su artículo “Apaciguamiento y no intervención” (El País, 15-04-2004), el profesor Juan Pablo Fusi establece un magnífico entramado discursivo en el que compara la oposición a la segunda invasión de Iraq con la política de no intervención que siguieron, entre 1931 y 1939, Gran Bretaña y Francia. No seré yo quien sostenga que los paralelos historiográficos son de poco uso en el mundo real: nada hay que más me ayude a entender la actual situación política que un vistazo al estado de cosas cuando el poder imperial no enviaba marines, sino flotas de galeras cargadas de tercios, cuando Bin Laden era el Gran Turco y Argel un hervidero de “terroristas” que secuestraban a Cervantes, mientras las “células infiltradas” se alzaban a la sierra en las Alpujarras en la inti fada más cruel de la Historia de la Península. El problema reside en la dificultad de asignar equivalencias, o en lo subjetivo de tales identificaciones, con las que no siempre se puede estar de acuerdo.

En el caso que analiza el profesor Fusi aparecen, de un lado, la Alemania nazi, la Italia fascista, el régimen franquista y el Imperio Nipón, con los que se identifica a Sadam Husein. Por el otro, los gobiernos británico y francés del período de entre guerras, con su política de “apaciguamiento y no intervención”, parecen ser antecedentes históricos de la oposición a la invasión de Iraq propugnada por Francia, Alemania y el gobierno entrante de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en la ecuación no aparece la política internacional de los EEUU durante los años treinta del siglo XX, a pesar de que, durante esos años, también Washington suscribió la política de no intervención que acabó por favorecer el crecimiento de los regímenes autoritarios y el estallido del mayor conflicto bélico del pasado siglo. En cambio, sí aparece la presente estrategia del ataque preventivo propugnada por la extrema derecha americana, y lo hace para contraponerse, como ejemplo positivo, a la nefasta postura seguida por Francia y Gran Bretaña de la pre-guerra.

Recuerda el señor Fusi que algunos historiadores (Mazower, Kershaw, Paul Kennedy, Schama, Hobsbaun o Burleigh) niegan la validez de establecer paralelismos entre Sadam y Hitler, o entre la Gran Bretaña de Chamberlain y la América de Bush. Recuerda asimismo que algunos de estos historiadores consideran falsos los paralelismos en la Historia, algo con lo que resulta difícil comulgar, y que, de aceptarse, acabaría por desmentir la opinión de que la Historia sirve para no repetirla, para aprender de los errores pasados. Pero el razonamiento del profesor Fusi no responde a estos caveats, ni intenta demostrar qué le hace posible asignar a Bush el papel de bueno indiscutible en la situación actual.

Por supuesto que ninguno de los historiadores citados muestra simpatías por Hitler, Franco o Mussolini, y por descontado que ninguno de ellos disculparía las atrocidades cometidas por el régimen de Sadam. Pero sí que ponen reparos a la asignación al régimen de Bush del papel indiscutible de “bueno de la película”, algo sobre lo que el profesor Fusi parece no querer entrar en debate.

Afirmar, como quieren hacer los que intentaron volar el otro día un museo sobre el Holocausto en Hungría, que Hitler no hizo nada malo, o que “no fue tan terrible después de todo”, es una estupidez cruel y bárbara; pero también lo sería asignar a sus oponentes de entonces el beneficio de la inocencia, por mera exclusión. El Imperio Británico y Francia acabaron enfrentándose a un Eje del Mal verdadero y terrible, pero ello no convierte a sus regímenes de entonces en cándidos e inocentes defensores de la libertad a ultranza y en cualquier contexto. Así, los mismos gobiernos que, en comparación con el nazismo, resultaban paraísos de la democracia, estaban embarcados en aquella época en empresas coloniales e imperiales que desmintieron las idealizaciones surgidas tras el conflicto mundial, y que continuaron produciendo terribles resultados décadas después de 1945. Reconocer la suerte que significó para todos que los Estados Unidos entraran en la Segunda Guerra Mundial, librándonos así de una Europa nazi o fascista, no está reñido con el recordatorio de que esos mismos Estados de la Unión estaban desarrollando experimentos médicos dignos del doctor Mengele con numerosos ciudadanos afro-americanos, como en el caso del Tuskegee Syphilis Study (en 1932) o con la afirmación de que no fue hasta los años setenta del pasado siglo que el gobierno estadounidense acabó con las últimas leyes segregacionistas en su territorio continental. Y todo ello sin recordar que, a poco de derrotar al Eje, el gobierno estadounidense dio legitimidad y visto bueno al franquismo.

La Alemania de Schroeder o la Francia de Chirac tampoco son Estados perfectos, pero ello no significa que podamos equiparar su política a la de Chamberlain o Blum antes de 1939. Sadam estableció un régimen del terror, como también hizo Hitler, pero eso no los identifica por completo, como el gobierno de Bush ha querido hacer ver. En cuanto a la actual administración estadounidense, cabe preguntarse a qué facción de la Historia reciente tendríamos que equipararlo, sin caer en conclusiones automáticas y rayanas con el maniqueísmo. Ciertamente, no a la política de neutralidad propugnada en 1937 y 1939 por Roosevelt, pero tampoco a la que poco tiempo después convirtió a la máquina de guerra americana en el mejor aliado de la lucha contra la brutalidad autoritaria. Creo que hay demasiadas diferencias entre la respuesta estadounidense al ataque de Pearl Harbour y el que hace un año perpetró Bush contra Iraq, por mucho que desde la Casa Blanca hayan pretendido comparar el ataque japonés a la base del Pacífico con el del 11-S.

Del mismo modo, surge la pregunta de qué referentes históricos asignar en este ejercicio de los paralelismos a Sharon y su muro, a Palestina y su abandono, a Bush y a la carta blanca que acaba de otorgar a Israel para que siga llevando a cabo una política que no se puede explicar, apoyar ni defender aludiendo a la mano blanda que se tuvo en su momento con Hitler, y que tantos millones de muertos acabó costando.

Ángel González García

Estábamos naciendo

Estábamos naciendo, o a punto de hacerlo, cuando el 68 despertaba conciencias. Franco se murió antes de que pudiera importarnos tanto como una piruleta o un sobre de soldaditos. Luego se convirtió en ese señor de las pesetas amarillas, las que acabaron por desaparecer. La transición y la ilusión, y el miedo y la recompensa nos pillaron jugando a las canicas en la plaza. El día de Tejero estábamos en clase de sociales, y la seño nos mandó a casa alarmada, pero lo importante fue que ése día no hubo clase, sino canicas. Decir terrorismo fue luego para nuestros cuerpos adolescentes decir Líbano, inflación, Palestina, drogas, desempleo, colza, corrupción, desempleo otra vez… Palabras que debían habernos importado entre primero y segundo amores, besos, cigarros, copas, pero que tenían muy poco interés en aquellos momentos. Los menos, los más “alternativos”, pensaban con nostalgias de acné en los tiempos en que sus padres lucharon contra el viejo dictador, o hablaban de sus hermanos mayores manifestándose frente a los grises en alguna facultad de melenas y bajos acampanados.

Llegamos, por tanto, tarde a todo. Llegamos tarde a la Historia que una cronología caprichosa nos había concedido. Demasiado jóvenes para salir de marcha con Almodóvar por las noches Tiernas del Madrid más tentador, cuando nos salieron cositas de hombres y de mujeres, Antonio Banderas ya estaba merodeando California con pie seguro, y los alcaldes de Madrid habían dejado de ser sabios con alma de santos.

Muchos de nosotros trabaja ahora en puestos muy inferiores a nuestra capacidad, preparación y expectativas, cobrando sueldos que nos impiden vivir y actuar con dignidad en nuestro propio país, alargando una juventud precaria camino de una edad madura prendida con alfileres en el mejor de los casos. Muchos de nosotros se han quedado entre las canicas y los videojuegos, prendidos a caballo entre dos períodos históricos, sin mucha voz ni suficiente interés por lo que nos rodeaba.

Ahora, a todos los que vivimos en Madrid, de cualquier edad que seamos, se nos ha echado la Historia encima con el peso de una losa y la rotundidad de la muerte. Se nos han sacudido las entrañas, se nos ha globalizado el dolor. A los mayores, las imágenes del 11 de marzo de 2004 les evocaban otros momentos en los que su presente les hizo protagonistas. A los menos mayores, las de las manifestaciones millonarias del día 12 les trajeron de nuevo vientos de lucha y de ideales y de luto. A los más jóvenes les sacaron de su apatía egocéntrica y su aislamiento emocional, insertándolos de un golpe cruel en el capítulo que el destino les ha otorgado en la historia de su siglo.

A los de mi generación, esta Historia nos ha pillado igual de desprevenidos que a grandes, medianos y chicos. Algunos, quizá, nos sintamos ahora demasiado mayores para verter toda nuestra inocencia en la rabia o la protesta, y demasiado jóvenes como para disponer de una tribuna, de un puesto de responsabilidad con el que poner algo de orden a un caos que también hemos heredado. Pero, en el entretanto, muchos también deseamos inútilmente que la Historia, por esta vez, se hubiera olvidado de todos.

Ángel González

De Ysabel y Fernando

De Ysabel y Fernando

El espíritu impera, sobre cualquier otro, en algunas algaradas editoriales de la derecha española de estos días traumáticos.

El domingo 28 de marzo, el Director de la Real Academia de la Historia firmaba una editorial para ABC,a la que un servidor quisiera hacer de monje glosista, aunque quizá de monje mozárabe, de ésos que, de tanto juntarse con la morisma,acabaron medio contagiados de "sus errores".

Afirma don Gonzalo Anes que "hay versículos del Corán que incitan a vengarse del insumiso y a exterminar al incrédulo, y en los que Alá es presentado como señor de la venganza". Habría que glosar estas palabras con otras que recuerden que hay todo tipo de versículos en el Viejo y el Nuevo testamentos, entre ellos los que compelen al buen creyente a poner la alabaceteña al cuello del primogénito, para mostrar así qué tan fanático debe llegar a ser el buen siervo de Dios. Otros versículos de más rancio abolengo cristiano incitan a los correligionarios del señorito visigodo Pelayo a poner la otra mejilla en caso de agresión, actitud que en pocas ocasiones ha sido puesta en práctica por la Cristiandad, pero que no parece habernos invalidado para el título de seguidores de Jesús.

Y es que "del dicho al hecho hay un gran trecho", y ésta es máxima aplicable por igual a moros y a cristianos. Ni el señor don Gonzalo Anes comerá cordero con hierbas amargas dentro de unas semanas (Jesús sí lo hizo, y no dijo nada de cambiar el hebraico menú) ni es probable que decidiese saltar el foso de los leones del zoo de la Casa de Campo, para mostrar con ello la fortaleza de su fe. Son pocos, también, los judíos que hoy por hoy pretenden lapidar a una adúltera, o que se dediquen a quemar grasa de buey para apaciguar al señor de las tormentas,mientras esperan a que sus señoras se purifiquen ritualmente de sus preñeces obligatoriamente incestuosas.

De igual modo, para la gran mayoría de los creyentes en el Islam (una cifra que de ninguna manera se corresponde con la de los habitantes del mundo islámico)los versículos que hablan de la guerra santa no son sino azoras, hechas de palabras.

Según el artículo del señor Anes, lo que ha convertido a las sociedades cristianas occidentales en "superiores" (a su modo de ver) a las islámicas, ha sido una supuesta y efectiva separación entre religión y estado. Incluso aceptando esta reducción de la realidad (los últimos 8 años de gobierno en España no han sido ejemplo de separación entre ambas esferas), hay que recordar que al laicismo occidental se llegó mediante la revolución social, propiciada por el desarrollo industrial y por la aparición de programas políticos alternativos al del Antiguo Régimen.

En muchos países islámicos, sin embargo, el Nuevo Régimen europeo implantó colonias, que sólo en la segunda mitad del siglo XX consiguieron su independencia. En el caso de Marruecos, tras un período colonial (don Gonzalo parece olvidar esta fase reciente de nuestra Historia compartida, favoreciendo en cambio navas de gloria tolosana y salados heroicos), el régimen autocrático de una monarquía absoluta sigue manteniendo al país fuera del alcance de los logros del laicismo occidental: en el analfabetismo y la miseria. De estos descontentos se nutren los que se toman el versículo fatal como palabra divina.

Cuando el cristianismo europeo/occidental y pretendidamente laico se ha creído amenazado, también los católicos se han tomado al pie de la letra la parte de la Biblia que más a pelo viniera para golpear en nombre de Dios. España sabe de
cruzadas, de algunas que acabaron cuando el que esto escribe jugaba a las canicas, y que aún colean. Y también dentro de la ortodoxia católica se ha reclutado a jóvenes desesperados criados en el odio y la pobreza, para que, Evangelio en mano, inmolaran por Cristo Rey a los clientes de un pub.

Debo confesar que, en el fondo, coincido con el Director de la Real Academia de la Historia en que resulta una tremenda estupidez intentar arreglar el mundo de hoy con un libro de instrucciones ideado para el de hace demasiados siglos. La diferencia estriba en que el señor Anes se niega a ver la viga en el propio, entretenido como está contando las pajas versiculares que ciegan al cíclope. Un monstruo cuyo único ojo, parece desprenderse del análisis, sólo lee azoras y versículos.

Antes que buscar mensajes terroristas entre las líneas del código ajeno,convendría aceptar de una vez por todas que el islamismo, como cualquier otro integrismo religioso o político, se nutre de las frustraciones de las sociedades en que hace presa. En el caso del moderno Marruecos, y como bien apunta Alí Lmrabet, el islamismo constituye la única alternativa a un mundo feudal, y la única ideología que, hoy por hoy, ofrece un programa político a los ciudadanos del país vecino (que ni eso son, sino súbditos).

Si en la España moderna hemos superado (más recientemente de lo que a veces queremos creer) artículos como el de "no separar lo que Dios ha unido", y hoy nos divorciamos sin que nos echen del pueblo ni nos quemen en la plaza, también
un pueblo marroquí con oportunidades y futuro, con un mínimo de bienestar, podría ejercitar su derecho a tomar al pie de la letra lo que su buen juicio (no su miedo) le dictara, desechando versículos y favoreciendo otros, de los buenos, de los que también abundan en la Torá y el Evangelio.

Ángel González García

Selecciones nacionales

Selecciones nacionales

Los partidarios de que Catalunya o Euzkadi compitan con sus propias selecciones nacionales ponen como ejemplo a Gran Bretaña, donde Escocia e Inglaterra, de darse el caso, podrían acabar disputándose una final del Mundial de fútbol.

Pero las declaraciones (o el acertijo en voz alta) de Pasqual Maragall el otro día en TV3 apuntan a que esta equiparación con el sistema británico presenta una serie de problemas. Según el Presidente de la Generalitat, sería inconcebible, por ejemplo, un partido entre las selecciones catalana y española de hockey. La solución pasa, pues, por encontrar un nombre que designe al “resto de España”.

En el caso del Reino Unido, Inglaterra constituye una nación, de la misma manera que Escocia, Irlanda del Norte o Gales. Allí, Inglaterra no es “lo que nos sobra” después de restarle a Gran Bretaña los otros países isleños. En su Historia, Gran Bretaña ha visto surgir a Inglaterra como una identidad que se impuso, por la fuerza a veces, sobre las otras. Un caso paralelo, si se quieren dibujar semejanzas en España, sería el papel desarrollado por Castilla. Pero, en el caso ibérico, el “resto de España”(suponiendo que Euskadi y Catalunya jueguen por su cuenta), sería un conglomerado de nacionalidades que de ninguna manera podríamos llamar Castilla.

Aunque un servidor habla castellano como lengua materna, y detenta la nacionalidad española, y aunque mi cultura nativa ha recibido la influencia de la castellana durante siglos (algo de lo que ni los portugueses se libraron), considerarme castellano sería una simplificación inaceptable en quien entiende de nacionalismos y se preocupa de identidades.

Ante la propuesta de encontrar nomenclatura que agrupe al “resto de España” sólo caben dos cursos de acción. Uno, poner en práctica el modelo británico del “o jugamos todos o se rompe la baraja”, con selecciones nacionales para cada comunidad: algo que confirmaría las pesadillas de la derecha, y alargaría ad infinitum los pre-olímpicos. El COI se vería agobiado de trabajo, mientras las marcas de ropa deportiva harían su agosto, a costa quizá del trabajo indecente de niños sin una identidad nacional tan definida como la de quienes podemos permitírnosla.

La otra opción es la de no confundir churras con merinas, y dar a Castilla lo que es de Castilla y a España lo que le corresponde. La pluralidad en la Península Ibérica engloba a dos estados, cada uno de ellos compuesto de un mosaico de pueblos. La pluralidad dentro del Estado español debe ser defendida y reforzada, por bien de todos. Pero obviar la pluralidad de ese “resto de España”, reduciéndolo a una mera rebaba, de las que sobran y se liman, de las que sólo tienen identidad “por defecto”, no es la mejor manera de preservar ese pluralismo.

Ángel González García