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Cuadernos de Lavapiés

Paradoja ¿nigeriana?

Paradoja ¿nigeriana?

Artículo publicado hoy por El País. En un país africano, "tribus cristianas" masacran a los musulmanes, y vicecersa. Debajo, se nos asegura que "Hoy es el mejor momento para llevarte tu Crossfire", que es un automóvil muy bonito y seguro que muy moderno. Por coincidencias como éstas nos juzgarán un día los que vengan después. Claro que nosotros, para entonces, ya estaremos muertos.
Me pregunto, a riesgo de que me ataquen dos falangistas testosterones, qué coño está haciendo dios a estas alturas. ¿Será que hace como los dictadores pillados in franganti, y se va de viaje en un deportivo último modelo mientras sus supuestos hijos siguen asesinándose en su nombre?
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Beata Ysabel

Carlos Abella y Ramallo, embajador de España (de la España Eterna, martillo de herejes) defiende en ABC la beatificación de Isabel la Católica

Este artículo deberían publicarlo en Chiapas, o quizá deberían las autoridades post-coloniales hacerlo pregonar por un paje, acompañado de dos fijosdalgo de morrión, tizona y requisitoria. Me pregunto si se debería también, de acuerdo con la derecha ibérica, resucitar el bueno, bonito y barato invento de la encomienda. Será cuestión de consultarlo con los que entienden de economía neoliberal, porque quizá sea una buena idea para acabar con el desempleo. A la Beata Ysabel me la imagino como patrona de los barcos negreros, con estampitas suyas en el camarote del capitán. Lo malo es que, como la esclavitud ya no está tan bien vista, quizá sería mejor adecuar el futuro culto a la reina a las circunstancias políticas actuales. Propongo que se nombre a Santa Ysabel de Trastámara patrona de los patrones de pateras.

Game Over

Meses antes de que los defensores de la libertad invadieran Iraq, salió al mercado estadounidense un videojuego que estuve a punto de alquilar. En el anuncio de televisión que promocionaba el juego, se veía la inconfundible imagen de Sadam (boina negra incluida) a través de la mirilla telescópica. El objetivo del juego era eliminar al dictador, tras atravesar un gran número de escenarios y niveles, a golpe de joystick y pulso firme.

Cualquier chaval de 10 años será capaz de explicar breve y concisamente el mecanismo de utilización: ambos pulgares controlan dos palancas giratorias. El derecho se alterna para presionar triángulo, círculo, cuadrado y equis, mientras que corazones y anulares se ocupan de los botones R1, R2, L1 y su correspondiente.

El mecanismo de manejo de un helicóptero de combate es mucho más complicado e infinitamente más difícil de controlar que el de una Playstation 2 , por muy realista que sea el juego. A ello cabe sumar que los “malos” que se ocultan de nuestro teleobjetivo de visión nocturna en la pantalla del televisor casero son programas informáticos, dibujos muy complicados, construidos mediante códigos, dibujos animados interactivos, si se quiere.

Los hombres desarmados que Canal Plus mostró el otro día, siendo desintegrados por la ametralladora pesada de un helicóptero americano, no eran reprogramables. El “game over” que podría haber puesto fin al vídeo emitido por la cadena francesa tiene un valor absoluto y real. Ni los más avezados hackers y tramposos digitales podrán resetear esta partida. Los trozos de carne desparramada no estaban hechos de píxels. Aunque parezca lo contrario.

Ángel González García
Este artículo en El País de hoy

Se nos rompió el genoma...

Ayer, después de ver más fotos de soldados americanos abusando de prisioneros iraquíes, salí a la calle. Crucé la de Atocha, y al llegar a la otra acera, justo antes de que se me pusiera el muñeco en rojo, me di cuenta de que se me había caído el genoma. No es la primera vez que me pasa. Las otras veces se me ha ensuciado de porquerías que había por el suelo. En una ocasión se me rajó un poquito, por la mitad de una cadena de ADN muy mona que tengo aquí en la parte izquierda del sapiens. La metí en aceite virgen de oliva extra y me la llevé al dispensario, donde me hicieron un apaño evolutivo que quedó bastante bien, todo hay que decirlo.

Esta vez no he tenido tanta suerte. Para cuando me di cuenta de la pérdida, un autobús municipal de combustible no contaminante me había pasado por encimita del genoma, dejándomelo hecho unos zorros. “De todas formas” me dije “estaba todo sucio y ya me iba haciendo falta uno nuevo, algo más fashion y menos obsoleto”.

Ángel González García

Lavapiés fronterizo

Lavapiés fronterizo

Tras varios años sirviendo en la Guerra de Marruecos, Arturo Barea vuelve a su Madrid natal, y se establece en la calle del Ave María, en Lavapiés. Su infancia había transcurrido, según cuenta el propio Barea en su autobiografía , The Forging of a Rebel entre el “barrio de Palacio”, donde vivía su adinerado tío, y el de Lavapiés, donde lo hacía mal que bien su madre, lavandera y viuda.

Desde que Barea se avecindó en el barrio hasta las postrimerías de la Guerra Civil, el madrileño se vio envuelto con papel de protagonista en la Historia de España y su capital. Cuando por fin consigue huir de la muerte que le hubiera deparado el régimen franquista, Barea se establece en Inglaterra. Desde allí, en la lejanía del exilio, describe con estas palabras el Lavapiés que había dejado:

En aquella época, Lavapiés era la frontera de Madrid. Era el final de la ciudad, y el fin del mundo. (… ) La gente había bautizado los límites del barrio: las “Américas” y “El Nuevo Mundo”. Era, sin duda, otro mundo. Hasta allí llegaban la civilización y la ciudad. Y allí acababan ambas.” (Barea 92)

La madre de Barea, proletaria de los lavaderos del Manzanares, subía y bajaba (cargada de fardos de ropa) por calles empinadas que desembocaban en el límite de la ciudad, mientras que el pequeño Arturo recorría callejuelas completamente diferentes y asombrosamente similares a las de hoy. En las fronteras del barrio comenzaba un mundo de seres y cosas extraños.

Allí, la ciudad vertía sus residuos, y también lo hacía el resto del país. Las aguas de Madrid arrastraban la escoria del centro a la periferia, y la escoria de las aguas de España eran absorbidas desde la periferia hasta el centro. Las dos olas se encontraban y formaban un cinturón que ceñía la ciudad. Sólo los iniciados, la Guardia Civil y nosotros los niños penetrábamos aquella barrera viva.

El siglo XX cambió muchas cosas. Hoy la plaza de Lavapiés no es el último espacio urbano de Madrid. Cruzando la Ronda de Valencia ya no se abandona el casco urbano de una ciudad que se ha desparramado hasta dejar al barrio en el centro. Sin embargo, Lavapiés sigue siendo una membrana permeable en ambas direcciones. Sus cuestas todavía conducen desde la altura hasta los bajos fondos, o viceversa, según de dónde partamos:

Costanillas y arroyos barbados de hierbas resecas y amarillentas. Chimeneas fabriles escupiendo humo, mezclando su ponzoña con los olores provenientes de los establos, sus zumos pestilentes goteando cuesta abajo. Solares de suelo negro y pútrido, arroyos sucios y trozos de tierra resquebrajada y seca…

Un escenario muy diferente al de ahora formaba el espacio urbano que vio corretear al joven Barea. Hoy no duermen las recuas de los arrieros en los patios y portales de las corralas, ni bajan los torrentes malsanos por mitad de calles polvorientas. No hay “árboles epilépticos”, ni “cardos hostiles” resistiendo las dentelladas hambrientas de cabras famélicas. Las tripas vergonzantes de raquitismo desnudo y descalzo que describe Barea ya no deambulan por las calles del barrio. Hoy, niños bien nutridos arrastran sus mochilas cuesta arriba, enfundados en uniformes azul marino y gris, con sus donuts en la mano y un gameboy en la otra. El “Barrio de las Injurias”, como lo llamaban algunos contemporáneos de Barea, ya no es el “fiel de la balanza”, el punto de encuentro entre el existir y el dejar de ser.

Hoy el desnivel de sus calles está festoneado de tiendas al por mayor y locutorios telefónicos. En la plaza no se mezclan los patriarcas gitanos de patillas plateadas con los niños descalzos recogiendo colillas de cigarro para venderlas al peso. No hay burros, ni gallinas picoteando a la puerta del Champion, ni suben las lavanderas con sus bultos de ropa ajena, esquivando las avenidas de agua residual que bajaban en torrenteras sépticas.

Hoy, en la mismísima plaza tiene su sede una biblioteca universitaria, y dentro de poco lo hará un centro nacional de teatro. Las corralas, que Barea describió en inglés como galerías penitenciarias, donde los “reclusos” del barrio compartían letrina, ya casi no existen. Hoy son pisos con portero electrónico y televisor, donde se apilan los inmigrantes, diez en dos habitaciones, para poder hacer frente a alquileres tan abusivos como los de hace cien años. Por eso será que pasan tanto tiempo en la plaza, en la calle, haciendo turnos quizá para dormir…

En las corralas modernas se sigue dando la misma mezcla heterogénea de entonces. Barea hablaba de el albañil, el herrero, el carpintero, el vendedor de periódicos, el mendigo ciego de las esquinas, el arruinado, el desposeído…Y el poeta. Hoy son el senegalés que regenta un locutorio de humedades, el marroquí que vende artesanía de oropel, la ecuatoriana que limpia oficinas, el chino que acarrea fardos de artículos del todo a cien…

A principios del siglo XX se oían, según el Barea exiliado, diversas lenguas en la Babel de las costanillas: el habla refinada del caballero venido a menos, el acento desvergonzado del chulo, la jerga de ladrones y mendigos, la altisonante retórica del escritor siempre en ciernes…Lo mismo blasfemias horripilantes que frases exquisitamente tiernas. En los comienzos del siglo XXI, sólo un paseo basta para coleccionar sustantivos wolof, verbos mandarines y adjetivos rifeños. Y los niños, mezclando las lenguas de sus padres con el español más vivo y castizo.

Cuenta Barea que sus paseos infantiles siempre le llevaban desde la Plaza de Oriente, cuesta abajo, hasta ese barrio cercano y del otro mundo. En su descenso, los escenarios cambiaban, desde las galerías de mármol del Palacio Real, con sus alabarderos de guardia y sus grandezas de España, hasta las pilas de basura donde unos cuantos andrajosos buscaban su cena entre los desechos. Al llegar la noche, Barea, retomaba el camino hacia arriba, hacia el centro, para pasar la noche en casa de sus tíos adinerados. Igual que él, miles de personas atravesaban Lavapiés en un camino de descenso hasta el infierno de la pobreza, arrastrados por la mala suerte, la desgana o la enfermedad. Otros, de igual pero diferente modo, subían la escala social desde los límites de Madrid hacia arriba, en busca de un triunfo que las más de las veces se diluía en mera supervivencia.

Hoy, los inmigrantes de mantienen vivo Lavapiés. También para ellos el barrio es el primer escalón de un ascenso que les lleve hasta la dignidad. Algunos de ellos, llegarán hasta la cima, y conseguirán conquistar el último repecho. Otros se quedarán en el barrio para siempre, mientras que otros caerán de nuevo rodando hasta un arroyo que ya no existe, porque Madrid llega hoy hasta más allá del horizonte.

En cuanto a los poetas, a los escritores siempre en ciernes y sus altisonantes palabras, algunos hay aún que, como yo, se apartan del paso cuando baja el torrente de los desechos, y se aprietan contra las paredes de Lavapiés, esperando poder escalar un día la costanilla del éxito, una vez pasado Antón Martín, donde la vida es menos empinada, dicen.

Ángel González García

Breve lección de memoria histórica

La primera vez llegaron fue un golpe súbito y repentino. No nos lo esperábamos, porque era inconcebible que algo así pudiera suceder. La impresión que nos llevamos todos fue de las que marcan para toda la vida. Quizá fueron la sorpresa y el desconcierto iniciales los que impidieron que sospecháramos. Claro que hubo algunos que levantaron voces aquí y allá, pero la verdad es que tantas décadas de imaginarnos fantasías y ciencias ficciones no nos habían preparado para lo que llegó, y no fuimos capaces de ver más allá de nuestras narices.

Además, al principio no había manera de distinguirlos. Los primeros en llegar eran verdaderos profesionales. Habían aprendido la manera de comunicarse con nosotros, y lo hicieron poniéndose en contacto casi al mismo tiempo con todos. Parecían estar perfectamente al corriente de todo lo relacionado con nosotros, con todos nosotros, y tuvieron, eso sí, la deferencia de entrevistarse primero con los de aquí, para guardar las formalidades y no despertar malquerencias. Pero a lo pocos días muchos otros de sus enviados, sincronizados al detalle y tan parecidos a todos nosotros que aún hoy resulta difícil distinguirlos, hicieron sus diligencias en otras partes.

Fue la falta de experiencia, sí y, como algunos todavía recuerdan, la falta de memoria histórica, el embebido sopor al que habíamos terminado por otorgarnos lo que nos cegó. En un principio, parecía que todo se abría a mil posibilidades maravillosas. Incluso dimos por bienvenidas muchas de las cosas que trajeron. Como los niños, nos agolpábamos por conseguir las maravillas que desplegaban ante nuestros ojos con sonrisas beatíficas y paternales. Algo de lo que pecamos todos en algún momento, y miente o idealiza el que afirme lo contrario, porque no conozco a nadie que no acabara subyugado ante la cantidad de novedades que nos llovieron en menos de lo que una generación tarda en mirarse al ombligo.

También nuestras relaciones con los demás se vieron afectadas, pero con la excusa de la buena voluntad, la lejanía y el apoyo sin fisuras que en un principio nos prestaron callaron las pocas voces que advertían en contra de un endeudamiento financiero o moral que luego nos atara a obligaciones indeseables. Así, nos ayudaron a barrer para dentro y a hacer de nuestra capa un sayo para mayor conveniencia, como era natural que quisiéramos hacer, en aquellos tiempos de arrogancia juvenil. Algunos protestaron, diciendo que, dada la situación entre nosotros en aquel tiempo, en realidad no se hacía necesaria la ayuda de ningún aliado exterior, pero fue la avaricia impaciente de muchos la que terminó por perdernos a todos. Con la justificación de la rapidez y eficacia con que podríamos amoldar las cosas a nuestra conveniencia, si nos servíamos de la ayuda ofrecida, terminamos, de nuevo, por dejarnos envolver en una situación que ha acabado por explotarnos en la cara.

Porque, acabada la faena y reasegurados en nuestra posición de privilegio sin contestación, comenzaron a dejarse caer por entre círculos de quienes temían que un poder absoluto por nuestra parte acabaría por resultar incómodo o peligroso, y convencieron a demasiadas cabezas pensantes de lo maligno de nuestras intenciones. Y bien sabe Dios que, a toro pasado, hay que admitir que tuvieron sus razones. Al menos esto nos ha quedado de la pérdida, y es que hemos aprendido (algunos más que otros) a mirar atrás y vernos reflejados, si no consolados en la Historia, algo de lo que nunca fuimos capaces mientras lo tuvimos todo.

El caso es que no pasó mucho tiempo desde su primera llegada, hasta el día en que por primera vez mostraron su cara oculta. Mientras algunos locos y visionarios de pacotilla no habían dejado de repetir que detrás de esa apariencia tan semejante a la nuestra se escondían repugnantes monstruos capaces de las más atroces crueldades, al final resultó que lo único que habían ocultado a nuestros ojos era, precisamente, hasta qué punto eran iguales a nosotros. Fue su semejanza, tanto en la apariencia exterior como en los rincones más recónditos de su cerebro, lo que mostraron el día que cambió por completo su discurso y anunciaron las demandas que justificaban como pago a su inestimable colaboración. Al principio intentamos negociar, algo a lo que muy pocos estaban ya acostumbrados, de modo que hubo de desempolvar y sacar de su cómoda jubilación a algunos y rogar para que otros se le escaparan un año más a las garras de la muerte. Pero fue inútil negociar.

Los partidarios de la resistencia, de nuevo amparados en la distancia y en la posición ventajosa que teníamos tanto desde el punto de vista práctico como del moral (una superioridad moral que duró hasta casi la última hora, y que sin duda fue lo último en caer) exigieron de quien correspondía que rechazara sus pretensiones y les conminara calmada pero firmemente a abandonar su postura amenazadora. Comenzó entonces por su parte una verdadera campaña de desprestigio, que ya había dado comienzo sin que hubiésemos sabido darnos cuenta a tiempo, y que tenía muy minadas las opiniones más diversas y encontradas, no sólo fuera, sino incluso entre nosotros.

Aunque en un principio la mayoría se mostró firme, bien pronto empezaron a controlar de maneras aún más sutiles de lo que podíamos haber sospechado la opinión de demasiados. Hicimos todo lo humanamente posible por contraatacar y crear un ambiente favorable a nuestra causa, y puedo dar fe de que se hizo contando con los medios más adecuados de que dispusimos para ello. Pero su superioridad, como en todo, nacía de su insoportable semejanza con nosotros; tanta que fueron capaces en todo momento de anticipar nuestras reacciones y adelantársenos en cada ocasión.

El resultado, de todos es bien conocido. Por mucho que algunas lenguas filosóficas y milenaristas quieran evaluar todo lo que sucedió como un destino ineludible o como un castigo bíblico, la verdad es que no ha pasado sino lo que viene sucediendo desde que tenemos memoria, y seguramente desde mucho antes aun. Como algunos de los que antes temían nuestra presencia y callaban ante nuestra arrogancia hoy tienen la impunidad de gritarnos a la cara, hemos acabado por saborear la hiel que tuvimos la oportunidad de no sembrar, pero que distribuimos por doquier cuando nos llegó la hora del protagonismo. Ahora otro pez más grande ha llegado al estanque donde las únicas agallas eran las nuestras. Un pez que quisimos imaginar inexistente primero, irreal después, pero que al final se hizo carne de nuestra carne y acabó por hacernos a un lado, en el mismo estanque donde hasta hace poco éramos los únicos, los indiscutibles. Tenían razón después de todo los que afirman que a todo cénit le llega su ocaso. Sólo que resulta difícil, quién lo iba a decir, imaginar a estos de ahora llegada la hora de su fin.

Ahora los puedo ver perfectamente desde mi ventana, en la pantalla de televisión y en casi todas las pantallas que me rodean como ojos vigilantes. Verlos en las esquinas (sonrientes, entregando golosinas a los niños y posando para las cámaras con la pureza en los ojos y la sinceridad en el gesto de quien se sabe poseedor de la verdad más fuerte que se conoce) resulta casi una fantasía hecha realidad, o una pesadilla que no ha terminado tras apagar el despertador impaciente. Puedo recordar perfectamente los días en que eran los nuestros, con sus uniformes limpios y honrados, los que se retrataban delante de unas cámaras similares, conscientes de su papel de máximos representantes de una especie en apogeo. Ahora son ellos los que tienen agarrada la sartén por el mango, y nuestros jóvenes hambrientos y asustados los que saquean edificios y derriban monumentos de una preeminencia que ya ha dejado de ser.

Washington DC, _________ de __________________ de ¿_______

Generación Revival

Parece que, gracias a nuestro acceso a múltiples fuentes de información, hoy hemos llegado a nombrar la edad en la que vivimos, reconocerla, discutirla en prensa, cafés y tertulias, casi al tiempo que ella, impertérrita, tiene lugar. O dicho de otro modo, hoy nos inventamos nuestro presente con mayor eficiencia y encono que hace catorce siglos. O quizá no. Lo que sí parece más seguro es que las generaciones de hoy se reconocen en el espejo de su tiempo con mayor rapidez que antaño.

Yo pertenezco a una generación que ha ido siempre muy mal de tiempo. Somos los nacidos en el intermedio de un entreacto de una obra ya acabada. El franquismo, a quien de nosotros pilló, lo hizo vistiendo aún los que ya por entonces se llamaban Dodotis. La Transición era una señora de la que hablaban en el telediario del almuerzo, cuando a lo que nosotros nos interesaba de verdad era que llegara el hombre del tiempo, terminara luego de irse, y pusieran de una vez los benditos dibujos animados. El día de Tejero estábamos en el cole, en clase de naturales, estudiando los afluentes del Guadalquivir, o en el recreo jugando al coger, y nos mandaron para casa y nos fuimos contentos y excitados porque al día siguiente tampoco habría clase. De los Mundiales de fútbol sí me acuerdo, sobre todo de Naranjito y Rossi. Pero nada de eso era Historia. Historia era Franco, la Guerra Civil, y luego más tarde Historia llegó a ser Mayo del 68, la muerte de Franco, Jarcha, los grises, la Constitución, la movida madrileña...Épocas maravillosamente conflictivas y llenas de causas, fiestas a las que los de mi edad habíamos llegado tarde.

¿Y después? Para cuando cayó el muro de Berlín, muchos de nosotros nos acabábamos el plato de macarrones para que nos dejaran ver Mazinger Z, o David el Gnomo. Otros mascábamos chicle de menta antes de llegar a casa para que no se notara el aliento a tabaco furtivo. Y ahora, de pronto, Gorbachov es Historia Contemporánea, y se habla cada vez más fuerte de neoliberalismo e imperio corporativo. Y nos sorprendemos a nosotros mismos hablando de cuando las diferencias entre los malos y los buenos no estaban tan claras, y los rusos también tenían su corazoncito; o de cuando se acabaron los malos malísimos y hubo que pasar una década inventando enemigos de afuera, o catástrofes terribles, o marcianos super-evolucionados, o pandemias apocalípticas.

Ahora, los de mi generación les calentamos la oreja a los jóvenes con batallitas de épocas pasadas, en las que no teníamos móvil y lo que más miedo nos daba era el paro, y los ricos pagaban más impuestos, España no iba bien, nadie se ahogaba en el Estrecho, no teníamos Internet, y los americanos eran unos muchachotes de mal gusto y aniñados en su cuerpo de gigante, un tanto fanfarrones y todo lo que se quiera, pero muy adelantados. Si no, que le preguntaran a Jesús Hermida.

Pero se lo contamos, eso sí, con una visión de nuestro propio tiempo mucho más exacta que la que haya mostrado cualquiera de nuestros antecesores, exceptuando quizá a Nostradamus. Y lo hacemos por las mañanas, en la cola del paro. Y es que por la mañana siempre tiene uno las ideas más frescas, mientras lee en el periódico lo que pasa con el mundo, cómo se va haciendo la Historia.

Ángel M. González García

Jubilación Compostelana

Jubilación Compostelana

Puede que Jesús practicase la carpintería ayudando a José, y puede incluso que Simón Pedro fuera pescador antes que vicario de Cristo. Pero la Iglesia de hoy en día más parece querer arrimarse al gremio de la construcción, por la forma en que reparte una de cal y otra de arena, sin necesidad de mezcladora.

Ayer se supo que el Vaticano ha negado a los musulmanes el derecho a rezar en la mezquita de Córdoba, y hoy el cabildo catedralicio de Santiago de Compostela ha decidido retirar una talla del XVIII, porque no quiere “ofender sensibilidades” de otras culturas.

La imagen, una talla policromada que representa al santo a caballo, descabezando infieles, ha sido catalogada de ofensiva contra los musulmanes y se va a retirar, aunque no parece estar muy claro cuál será su nuevo destino.

Según mantenía Américo Castro, la propia aparición de un culto guerrero para este santo patrón de las Españas surgió como respuesta a la práctica musulmana. Según lo entendió el insigne historiador, las huestes cristianas carecían de un líder espiritual a la vez que guerrero, a quien invocar en asuntos bélicos. Si bien los andalusíes entraban en batalla al grito de ¡Mahoma!, parece que los primeros reconquistadores le hicieron ascos tempranos al uso del nombre y la imagen de Jesús repartiendo mandobles, por razones obvias. Sería así, por imitación, que los asturianos, leoneses, gallegos y castellanos empezaron a valerse del apóstol, adaptando la tradición hagiográfica de un santo no castrense, hasta convertirlo en adalid militar y divino. Su subsecuente aparición en la batalla de Clavijo, cooperando para la derrota muslime, acabó por consagrar a Santiago como guerrero de la cristiandad castellana. Cataluña y Portugal optaron por San Jorge, otro héroe a caballo, capaz de derrotar el sólo a un terrible monstruo.

Curiosamente, siglos después de la batalla de Clavijo, Santiago se llegó a convertir en santo predilecto de los no muy ortodoxos moriscos castellanos. Para estos conversos y sus descendientes, los aspectos menos desagradables (o más atractivos) del Cristianismo impuesto eran aquéllos que más les recordaban las tradiciones y preceptos islámicos. Santiago, así, les traía evocaciones del Profeta o de Alí, el héroe celebrado y seguido por los chiítas, entre los que se contaba un número de musulmanes españoles.

A pesar de ello, ahora se va a retirar de la catedral compostelana la imagen de Santiago en plena refriega. Catalanes y portugueses no se verán en la misma necesidad, porque un dragón, por muy simbólico que sea, no ofende a nadie. En el caso de otras huellas del pasado guerrero e intolerante del Cristianismo español, no es posible saber cuáles serán las medidas cosméticas a adoptar. Cabe incluso preguntarse si el apellido Matamoros acabará por desaparecer de las guías telefónicas.

Al fin y al cabo, las cabezas de infieles rodando ante el tajo santiagués servían un propósito: recordarnos el pasado de nuestras religiones, y aprende de él. Quizá la solución pasara por admitir los errores que se cometieron, enseñar lo que no se debe repetir, y abrirse al diálogo verdadero. Supongo que esa talla polícroma acabará en un almacén, pero quizá lo ideal sería que viajara por el mundo como parte de una exposición. Diversas piezas del arte religioso de todos tiempos y culturas podrían acompañar al santo en un periplo que enseñara a los modernos hasta qué extremo han llegado todas las religiones en su celo por callar las verdades ajenas.

Santiago se irguió frente a la Kaaba mahomética como alarde de fuerza espiritual, en una grandiosa “mythomachia
Américo Castro, España en su Historia, 122. Barcelona: Ed. Crítica, 2001.

Los moros llaman Mafómat, e los cristianos Sant Yagüe. (v.73)
Poema de Mío Cid

Tienen por santo algunos de los que nosotros Cristianos tenemos y honramos por santos, y particularmente los apóstoles, y los llaman morabutos, y porfían que fueron moros, y dicen que el apóstol Santiago se llamó Alí.
Diego de Haedo, Topographía General de Argel. Tomo I, p. 152

Para los moriscos, cruzada y yihad se encuentran, pues, en el mismo plano y, por consiguiente, Santiago (aunque Matamoros), campeón de la cristiandad, puede adoptar los rasgos de Alí, campeón del Islam.
Louis Cardaillac, Moriscos y cristianos: un enfrentamiento polémico. Trad. Mercedes García Arenal. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

Que no hay más de un Santiago, al qual dio Dios una lanza con tanta virtud, que mataba con ella a quantos quería, y que el nombre de este Santiago en arábigo es Muceph, hermano de Moysén…
Gerónimo de Rojas, declarando ante el Tribunal de la Inquisición. A.H.N. Inq. Leg. 197, núm. 5

Ytem que abía dicho y afirmado que Mahoma era secreto de Dios y que estava casado con una prima de Santiago.
Acta de acusación contra “Salvador, morisco, esclavo de Martín Coello, vecino de Alarcón” (1574). Recogido por Cardaillac, 431.

Ángel González García

Balcones

Balcones

Sitios para colgar mensajes. Y que no se sequen.

Operación Cervantes

Operación Cervantes

Queridos lectores:
Dentro de pocas jornadas dará comienzo la primera edición de Operación Cervantes. Tras meses de negociaciones, sugerencias y expectativas, ya estamos en disposición de anunciar la próxima premier mundial del primer concurso de realidad literaria online.

Ocho aspirantes participarán en este proyecto. La selección será dura, y sólo un pequeño porcentaje de ellos obtendrá un lugar en “la casa”, un espacio virtual y literario donde permanecerán recluidos hasta que ustedes, los lectores, los vayan expulsando de ella, uno a uno.

El premio: el mayor regalo posible para quienes, como nuestros aspirantes, desean dar comienzo a una carrera en el difícil mundo literario hispano. Gracias a intensas negociaciones, hemos obtenido el patrocinio de una editorial de primerísima fila, que publicará la bitácora ganadora en forma de libro, abriendo así las puertas del triunfo editorial al concursante que ustedes decidan.

Dentro de pocas semanas, podrán leer desde la comodidad de sus escritorios las líneas que los aspirantes a Operación Cervantes trazarán en el “blogfesionario”. Además de comparecencias indecentes que satisfagan el voyeurismo de chicos y grandes, nuestros participantes realizarán una serie de pruebas, que ustedes mismos impondrán, y que serán seleccionadas por nuestro equipo de entre las enviadas a los comentarios de “la casa”.

Permanezcan atentos a esta bitácora. En las próximas semanas iremos desvelando más secretos sobre nuestro nuevo concurso. Mientras tanto, pueden comenzar a enviar sus sugerencias y candidaturas. Hasta pronto,

La dirección

Reservado el derecho de oración

El Vaticano ha negado la petición hecha por algunas asociaciones islámicas para permitir a los musulmanes compartir el espacio de la actual catedral de Córdoba. El portavoz de relaciones inter-confesionales de la Santa Sede ha declarado que los musulmanes cordobeses tienen que “aceptar la Historia”.

La Historia se escribe. A veces se re-escribe, siempre se edita, y se le sacan versiones. El Vaticano debería especificar: “Los musulmanes que quieran compartir la que fue mezquita con los cristianos deben renunciar a su pretensión, y aceptar la Historia que escribieron los ganadores, y aceptar además la versión que abarca desde tal año hasta tal otro”, debería haber dicho la curia romana.

Hace más de 400, dos moriscos granadinos, Alonso del Castillo y Miguel de Luna, también tuvieron la idea de compartir rezos con sus vecinos cristianos. Se demolía por aquellos años el alminar de una principal mezquita granadina, para ampliar la catedral. La “Torre Turpiana” tenía sorpresa dentro, y entre los escombros de sus cimientos apareció una caja con unos huesos, un trozo de tela y un texto misterioso, escrito en varias lenguas.

La caja, como habrán adivinado, había sido escondida allí, quizá la noche siguiente al derribo, por Alonso del Castillo y Miguel de Luna. También habían sido ellos los autores del arcano texto, y es que tanto suegro como yerno eran personas polifacéticas, que lo mismo firmaban un tratado de historia, que curaban enfermedades o traducían textos para el mismísimo “Rey Prudente”. El pergamino hablaba de los comienzos del Cristianismo en la ciudad del Darro, y de cómo los primeros evangelizadores penibéticos (y, por ende, los primeros mártires) habían sido nada menos que unos árabes llegados desde oriente.

Los huesos de los supuestos mártires (en concreto los de San Cecilio) fueron llevados al El Escorial, donde Felipe II los hizo reverenciar como era debido. El trozo de tela sufrió destino semejante, y Granada, musulmana un par de generaciones antes, pasó por la mayor ola mística cristiana de su modernidad, que acabó en la fundación de iglesias, conventos, etc.

El manuscrito condujo a otros, como en una búsqueda del tesoro orquestada por Castillo y Luna. Al final, en el Sacromonte se descubren las planchas de plomo que hoy llevan su nombre, que se hizo precisamente sacro tras el descubrimiento. Se trata de unas placas de plomo grabadas en un árabe falsamente arcaico, en las que Castillo y su yerno se reinventan la Historia Sagrada, y re-escriben los Evangelios Cristianos en una versión mestiza.

Lo que ambos pretendían era reconciliar la Biblia cristiana con el Corán, creando una especie de terreno neutral para que los moriscos pudieran aceptar la conversión forzosa a la que habían sido sometidos, y para que sus vecinos cristiano viejos dejaran de tratarlos como una casta a extinguir. Como buenos andaluces, Castillo y Luna eran, a pesar de musulmanes, muy devotos de María, y por eso se les ocurre poner en boca de la Virgen esta serie de lindezas que quisieron limar las diferencias entre moros y cristianos.

El revuelo que causaron los plomos duró 80 años. Durante éstos, los huesos del “mártir” (a saber de dónde los habían sacado Luna y su suegro) fueron adobados y adorados; San Cecilio se quedó como santo patrón de Granada; se fundó la abadía del Sacromonte; se expulsó a los moriscos; se discutió largo y tendido sobre la autenticidad de los plomos, y al final (en 1680) el Vaticano dio por cerrado el caso, condenándolos como apócrifos y mentirosos.

El que esto escribe es ateo, y por eso considera el apócrifo de Alonso del Castillo y Miguel de Luna tan válido o tan falso como todo otro libro pretendidamente sagrado. Pero también el que esto piensa entiende que textos como la Biblia, el Evangelio o el Corán son expresiones de la espiritualidad de pueblos enteros, y que como tales tienen un valor quizá más importante que su supuesto origen divino.

Los plomos del Sacromonte también fueron la expresión de una colectividad que quiso acabar con las barreras y el odio. Muchos moriscos, como Alonso del Castillo y Miguel de Luna, quisieron encontrar, ingenuamente, un lugar común desde el que ponerse en contacto con su dios, y hacerlo con el vecino al lado, cada uno a lo suyo y los dos en comandita.

Nada de ello fue posible. Hoy, la catedral de Granada es una bellísima obra de arte, elevada sobre las ruinas de otra, que a su vez lo sería de una anterior (o casi, casi). Así ha sido (y sigue siendo) nuestra Historia. Pero entre los cimientos de una, de cualquiera de las que quedaron enterradas, aún podemos hallar cofres misteriosos que apunten a lugares posibles, a lugares comunes.

La catedral de Córdoba no fue tan cara como la granadina. No costó, al menos, tanto derribo. Quedó allí más patente, sin necesidad de inventar plomos apócrifos, que es posible y necesario que cristianos, moros, judíos y ateos amantes del arte pidan paz y pidan justicia, y que lo hagan pared con pared, jardín con coro, claustro con mihrab, tabique con tabique. Tenemos el local. Tenemos la clientela, tanto para llenarlo un viernes como un domingo, tanto para la Semana Santa como para el Ramadán. Abramos el chiringuito de rezar, que al cabo van a ir todos a pedir lo mismo. Hasta los que vamos de cabeza al infierno de los descreídos. A lo mejor juntando rezos sale Dios (esta vez sí, con mayúsculas) del armario y nos deja a los ateos con dos palmos de narices. Por bocazas, que lo somos.

Ángel González García

Aguirre (Esperanza) o la ira de Dios

La presidenta de la Comunidad de Madrid dice que la obra de Iñigo Ramírez de Haro “Me cago en Dios” es blasfema, y yo estoy de acuerdo. Luego dice que no se puede subvencionar dicha obra, porque “atenta contra la dignidad de los creyentes”. Ignoro si el autor es o no creyente, pero afirmo que para cagarse en Dios (y más si se escribe su nombre con mayúsculas) hace falta o bien creer en él (minúsculas mías), o haber llegado al ateísmo tras años de educación religiosa, contra la cual, precisamente, surge la blasfemia. Si el autor de la blasfemia es creyente, tiene tanto derecho como el que más a exponer su punto de vista y sus sentimientos sobre la divinidad. Si no lo es (creyente), tiene el derecho adquirido de quien fue educado en una sociedad cristiana. En mi caso, reconozco que perdí la fe hace mucho. Pero, aunque la unión entre un servidor y la comunidad de los fieles (ecclesia) se haya roto, mis años de convivencia en aquel matrimonio (unión místico/conyugal del alma con su creador) me dan derecho a decir lo que se me venga en gana del creador, en cualquiera de sus potencias y personas. Y por lo tanto, a blasfemar.

Se pregunta la señora Aguirre “¿qué pasaría si se hubiera titulado la obra con la palabra Alá?” y se contesta que cualquiera habría puesto el grito en el cielo ante el desacato y falta de respeto y tacto. Quiero responder aquí a la señora Aguirre lo que se suele decir cuando un tercero se mete en disputas familiares: “puedo yo, y quiero, meterme con mis señores padres, hermanos o familiares varios, pero eso no significa que haya de permitir que el de fuera también lo haga.

No es lo mismo que el señor Ramírez de Haro escriba “Me cago en Dios”, a que blasfeme contra el dios de una religión que ni le ha sido impuesta en la escuela, ni ha visto más que desde fuera, ni es (aunque en tiempos lo fuera) la mayoritaria en este país. Personalmente, yo no me siento capacitado para blasfemar contra lo que conozco desde fuera (aunque ése fuera esté en la memoria histórica de mi cultura), ni creo tener el derecho a enojarme hasta tal punto con el dios de una religión que no es la mía. Pero reconozco el de todo musulmán a dar rienda suelta a sus represiones emprendiéndola a expletivos contra el ser supremo. Quienes condenaron a Salman Rushdie por mucho menos que lo que ha hecho Ramírez de Haro, en cambio, estarían de acuerdo con las palabras de Aguirre, y aplaudirían la amenaza de retirar apoyos y ayudas institucionales a obras de este tipo.

Detrás de la blasfemia suelen estar el rencor o el desconocimiento. Cuando el que blasfema lo hace contra la religión que le vio nacer, le suelen impulsar motivaciones morales y principios éticos, que consideran traicionados por quienes ostentan las jerarquías de la religión. Cuando se blasfema contra el dios del vecino, se hace desde el odio, el desprecio y la falta de consideración hacia lo que no se conoce.

Ángel González García

Prostitución académica

Ocho meses después de solicitar trabajo en una escuela de idiomas, me llamaron la otra mañana. Me preguntaron si tenía tiempo, y contesté lo obvio, así que me emplazaron para una reunión al día siguiente, en un pueblo de las estribaciones de la sierra de Madrid, como a cuarenta minutos de la capital.

Como sólo llevo unos meses aquí, me tomé el desplazamiento como una excursión campestre. Me apeé del autobús, como me habían indicado, en una urbanización de lujo, ubicada en un paraje de gran belleza, a mitad de camino entre una dehesa bellotera y los mismísimos Beverly Hills.

En la esquina, un colegio privado a las puertas del cual varios mercedes, un porsche, algún BMW y un Jaguar depositaban su carga de chavales uniformados. Buen síntoma, me digo, mientras avanzo por entre calles diseñadas para conducir en ellas, entre chalés de lujo matritense. Alguna chacha de las que viven en la casa sale a recoger el cubo de la basura y me saluda como quien no se fía. No la culpo. Otro Jaguar sale de un garaje, y esto ya empieza a parecer la selva amazónica. Al final de una calle/veredita bucólica, una garita con su guarda me cortan el paso.

Me identifico, y el paso se me franquea, o sea, se me hace franco. Bien. Se trata de una propiedad enorme, provista de varios edificios, piscina grande, parque privado, amplia zona de aparcamientos, plaza central con fuente grande, glorieta recoleta...No la diseñó un arquitecto, sino un concejal de urbanismo, es obvio. La seriedad de la empresa que lleva el cotarro queda confirmada por la piedra berroqueña que da cobijo a aulas y oficinas.

El estilo arquitectónico es nórdico, anglosajón diría, con un aire de neogoticismo fantasmal que contrasta con la dehesa que se extiende entre encinas y alcornoques más allá de los sinfines del parque. En el interior son todo maderas nobles, diseño y amabilidad, mientras espero junto a una chimenea a que me reciba el jefe de estudios. Seremos tres los candidatos hoy, y nos conducen a un aula tecnológica, espléndidamente dotada de cuanto quiérase desear para dar clase de idiomas.

A la amabilidad se une la profesionalidad de los directivos. Se trata de una empresa seria, de reconocida calidad y buena reputación, a nivel internacional.. El test de personalidad que nos hacen parece haber sido diseñado por alguien que entiende en esto de seleccionar personal. Se nos pide, entre otras cosas, que improvisemos en unos minutos un plan de clase. Se nos explica que, de pasar la selección, podremos tomar parte en un curso de formación. Se agradece. Nunca acaba el docente de formarse. Y además, es gratis, cosa que no todos ofrecen. Haberlos, háylos por ahí que te exigen un curso de formación, valorado en unos cientos de euros a veces, para poder optar a un puesto de trabajo. Que tengas dos carreras y experiencia profesional no importa.

Si el cursillo es superado satisfactoriamente, el candidato pasará a ejercitar prácticas no remuneradas allí mismo en el castillo neogótico. There is the rub. Trabajaremos gratis, con suerte y con una magnífica excusa por delante, pero estaremos prestando nuestros servicios a cambio de nada, aunque sea por una o dos semanas. Menos da una piedra, me digo, y las berroqueñas pseudogóticas del palacete serrano prometen seriedad y buen trato laboral, así que termino mi plan de clase y subo a enfrentarme confianzudo a la entrevista individual.

Arriba, en una sala amena, exquisita y cara, continúa el proceso de selección. Mis títulos, experiencia, publicaciones y conferencias me avalan. La empresa quiere gente muy preparada, dispuesta y con horarios y exigencias flexibles. Me froto las manos. La clientela está compuesta por profesionales de nivel medio-alto: ejecutivos, diplomáticos, periodistas de todo el mundo, que vienen a esta finca lujosa de la serranía de Madrid, pasan una semana a pensión completa e sus instalaciones, y reciben cursos intensivos de inmersión lingüística. Un licenciado de 24 años no serviría. Necesitan gente con caché, y yo me sigo frotando las cavidades metacárpicas (figuradamente).

Me veo dando clases de cultura, lengua y literatura a ejecutivos de alto nivel, periodistas enviados por canales de TV para mejorar su español, diplomáticos intentando mejorar su nivel...Paseando por el parque privado mientras practican el subjuntivo y comentamos un artículo de prensa.

La entrevista va bien, hasta que me dicen que no harán contrato “al menos de momento”. El salario es de 12 euros la hora. El transporte cuesta ya más de 4.

En la calle Torrecilla del Leal, en Lavapiés, dos chicas francesas, profesoras, ganan para ir tirando, dando clases de idiomas y apoyo escolar a los niños del barrio. Me han dado algunas clases, y estoy contratado. Me pagan exactamente 12 euros por hora.

El local es pequeño. Quizá en tiempos fue una frutería. A veces, el olor a pescado del mercado de Antón Martín llega hasta la puerta de su aula (en singular y sin ordenadores). Los ejecutivos, diplomáticos y periodistas que vienen a la sierra a aprender pagan un mínimo de 100 euros por hora de clase. Las clases son de cuatro alumnos. De 400 euros que cambian de manos en razón de un servicio académico prestado (soy yo quien lo presta, por mucho que la informática y los medios audiovisuales me ayuden) yo veo 12. Los alumnos de la academia de Lavapiés pagan 7 euros por hora. Yo cobro igual en ambos sitios.

Yo no soy economista, pero no creo que varios años de estudiar los flujos, reflujos, mareas y estrategias de cómo se mueve el dinero me convencieran de que es justo que en ambos lugares me ofrezcan el mismo sueldo.

Epílogo:
Ahora que lo he escrito, me he dado cuenta de que, con cambiar unos pocos sustantivos y adjetivos, esto podría quedar como un artículo sobre la prostitución de lujo versus la otra de la esquina, que como ahora están de moda...

Ángel González García

Aullemos, dijo Saramago

Anoche Saramago habló con su acento maravilloso, y aulló también, perro portugués como los que corean la partición de la balsa ibérica en una de sus novelas.

Habló Saramago de la democracia, de la verdad, la justicia, la bondad y la decencia. Aulló, "para que se le oyera" e invitó a aullar a todos los seres humanos de buena voluntad y entendederas, "para que se nos oiga", para que la democracia sea algo más que "lo menos malo", y la justicia recupere las posibilidades que nunca ha tenido.

José Saramago, además de un maravilloso escritor, es un hombre bueno, que defiende lo bueno, lo justo y lo necesario. La bondad y la justicia que defiende Saramago no son las del idealista de cabello plateado que vive a espaldas de la realidad, con su sangre y sus suciedades. La utopía que postula es la necesaria, la pragmática, la egoísta si se quiere. En su último libro, el 83% del electorado de un país vota en blanco. Lo hacen para protestar sobre la naturaleza formal y hueca de la democracia en que viven (vivimos). Lo hacen con un afán colectivo de utopía, pero con los pies en la tierra con que se construye la realidad. Como ese alfarero, protagonista de otra de sus novelas, que sigue trabajando en su taller, a sabiendas de que es lo único posible, en un mundo que ya le ha condenado a la nada.

Saramago aúlla pidiendo justicia, y su utopía es la del sentido común. Su denuncia es la obvia: cuando dice que la democracia no será plena hasta que los poderes verdaderamente fácticos dejen de ser los del gran capital, Saramago tiene los pies en la tierra, no se entretiene en ensoñaciones. Cuando propone el diálogo, el poder de la bonhomía, la honradez en la política, la justicia en el dinero, no lo hace desde la lejanía de lo teórico. Sabe que la utopía es en realidad el único camino sostenible, posible, deseable y realizable. Son las otras, la ideas que han sostenido al mundo desde que tenemos memoria, las que andan descarriadas entre idealizaciones empecinadas y condenadas al fracaso. Nada hay más utópico e irrealizable que el axioma neoliberal de que la riqueza concentrada en unas manos acabará revirtiendo en la riqueza de la sociedad y la mayoría de sus miembros. O un porcentaje decentemente alto de ellos. Nada más ensoñador que pretender la paz donde sembramos injusticias.

El egoísmo bien entendido empieza por todos nosotros. Sostener que siempre habrá ricos y pobres no es realista, sólo es insuficiente. Mientras tengamos que seguir viviendo juntos, sólo nos mantendrá a flote la persecución de la utopía.

Iñaki Gabilondo, que entrevistaba a Saramago, lo llamó "brujo", porque en su libro, escrito hace ya algunos años, aparecen extrañas coincidencias con los sucesos acaecidos recientemente en España. También en la ficción de Ensayo sobre la lucidez hay un atentado contra un tren, y también en la novela la acción ciudadana, espontánea y pacífica, da un vuelco impensable a la situación política del país. Más que brujo, Saramago parece un chamán de la "tribu de la sensibilidad", que es una bonita forma de llamar a los artistas, a los escritores, a los músicos. Y pareció anoche un chamán cuando, con sus musicales sibilantes lusitanas, dijo: "están pasando cosas extrañas", refiriéndose a la esperanza, a la voluntad de cambiar el mundo.

"Otro mundo es posible", he visto ondear en algunos balcones de mi barrio de Lavapiés, y he sentido algo de esperanza. Anoche, en el teatro Alcázar de Madrid, un perro portugués encarnado en chamán trajeado lo reiteró entre verdades y bellezas. "Aullemos, dijo el perro, para que se nos oiga.

Ángel González García

El metro de Minorea

Cuento macroeconómico

“El excelentísimo Señor Ministro de Fomento y Demás Cosas Útiles inauguró ayer tarde en la capital el primer trayecto completado del nuevo ferrocarril suburbano, el primero en nuestro país, símbolo afrutado y fruto simbólico de la corriente de progreso y modernización que el nuevo siglo está trayendo a nuestro suelo.”

Así rezaba el titular del periódico de mayor tirada de la pequeña República de Minorea, haciendo con ello público un hito histórico de tamaña importancia como sin duda lo era aquella inauguración. La línea, que uniría las estaciones de Gazpire y Soldaneta taladrando el subsuelo calcáreo de Nonada, la capital de Minorea, había costado años de sacrificios, disputas, querellas y controversias a nivel nacional. Por fin, derribada la resistencia que ofrecía la oposición política y saltada por encima a la torera la que brindaba una opinión pública adversa, el Gobierno de la República recogía ahora los parabienes de quienes antaño se opusieran a la modernizadora medida. El señor ministro, magnánimo a pesar de su conocida sorna, se hizo eco de esta contradictoria actitud con una referencia a la “superficialidad” de aquellos que se opusieron en su día al colosal proyecto, y alabó de paso la capacidad administrativa de unos gobernantes que “eran capaces de meterse a fondo en su trabajo, y reorganizar profundamente los cimientos de la sociedad minoreana, hasta conseguir subirla al tren del progreso.” Ahí fue el asueto de los circunstantes, el regocijo de los adláteres y la sonrisa inocente de los viandantes, avinagrando el ceño de quienes se sintieron más que aludidos por la pobre metáfora ministerial.

Y es que una de las críticas de éstos últimos tuvo que ver con la supuesta inviabilidad presupuestaria del ambicioso plan, que desviaría, en su opinión, fondos necesarios para la precaria estabilidad de casi riqueza a la que había llegado la sociedad minoreana. A esto, el gobierno respondió con una oferta de precios que, suministrada por un consorcio público de Mayorea, el país vecino, acabó por convencer a los pocos inversores nativos enfrascados en el proyecto y acalló de paso algunas voces.

Al final, y con la aquiescencia resignada del pueblo, el suelo de la capital de Minorea empezó a ser perforado por empresas subcontratadas, de capital y tecnología extranjeras, pero que proporcionaron empleo al poco especializado trabajador indígena, con lo que se acalló a otro de los sectores discordes. Claro que hubo contratiempos más o menos técnicos, en ocasión de cada uno de los cuales se reavivaban las polémicas, y que tuvieron que ver con la composición del suelo calcáreo Nonadeño, el nivel de seguridad laboral disfrutado (o sufrido) por los trabajadores, la concesión de indemnizaciones exorbitadas por expropiación de fincas urbanas a favor de varias empresas inmobiliarias inexplicablemente vinculadas a miembros del gobierno, y otras zarandajas por el estilo.
Pero las obras siguieron, incluso después de que varias voces se elevaran en tono de protesta ante el elevado coste de los trenes que habrían de circular por las entrañas de la capital, Dios mediante. El señor ministro estuvo espléndido en aquella ocasión, apoyado de manera no menos magistral por el señor presidente, al explicar en todos los medios la manera en que el gasto sería amortizable a muy corto plazo, dejando convencidos a la gran mayoría. Gracias a un ventajoso acuerdo comercial con el gobierno de las Provincias Unidas de Hamelín, una empresa de este país, principal aliado y amigo de Minorea, porporcionaría la maquinaria a un precio muy por debajo del normal, a cambio además de una apertura de mercados que en todo beneficiaría a todos y cada uno de los minoreanos, y que bien pronto se vería reflejado en unos índices de medición de factores macroeconómicos que si bien resultan complicadillos de entender, son la verdad revelada, como todo el mundo sabe.

Ahora, escasas docenas de meses después, llegaba el momento de la magna inauguración. En el andén, reluciente y luminoso, esperaba el primer tren que haría el recorrido entre las estaciones de Gazpire y Soldaneta, adornado con cintas, brillante como un caballo de batalla, refulgente como la armadura de un caballero destinado a la gloria eterna. Aunque se habían realizado ya muchos viajes de pruebas (como tuvo que explicar el ingeniero jefe al señor ministro, mediante la ayuda de un intérprete); en realidad éste era el primer viaje “oficial”, con público abarrotando los vagones de cola mientras la comitiva gubernamental junto con los representantes de los medios de comunicación viajaban en el furgón delantero. Por razones de seguridad, no a modo de reflejo de una división social por lo demás desterrada de Minorea desde hacía muchos años.

Tras las ceremonias de rigor, la comitiva oficial abordó el tren, para acomodarse antes de que se abrieran las puertas al público general, abigarrada formación de curiosos ciudadanos de a pie, hombres y mujeres, grandes y chicos. El primero en darse cuenta no fue el señor ministro, quizá porque éste era oriundo de las provincias septentrionales, donde la población suele ser más alta que la del resto del país, además de ser él especialmente alto, incluso para un Noreano. Los que tampoco lo notaron fueron los fotógrafos y camarógrafos, que, ocupados con su equipo, lentes y aparatos electrónicos, tenían algo más urgente en qué pensar que en andar buscando agarraderas. Fueron algunos de los funcionarios de más bajo rango, pequeños en sus trajes holgados de oficinista precario, quienes tuvieron que apiñarse en torno a las barras verticales, incapaces como eran de alcanzar las agarraderas que colgaban a demasiada altura del suelo (o subsuelo) habitado por los pequeños habitantes de Minorea. Sin embargo, la mayoría de los ocupantes del furgón de cabeza no tuvo problemas en acomodarse, confortablemente sentados a pesar de que las piernecitas de algunos colgasen descaradamente lejos del piso.

En los demás furgones, abarrotados en un instante por un público ansioso de novedades, hubo un repartimiento del espacio disponible dictado por la improvisación y la confianza que inspiran en las multitudes algunas ocasiones especiales, celebratorias, claro está. Las señoras y los ancianos se repartieron en buen orden los asientos, mientras el resto del común se afanaba por asirse a las barras verticales como hacen los peregrinos con la imagen del santo al llegar al destinode su piadoso viaje. Quienes no consiguieron unirse a esta especie de adoración unísona, se confiaron al efecto amortiguador de los cuerpos de sus vecinos de espacio en la masa amorfa de la multitud empaquetada. La propia bulla, supusieron, impediría que las fuerzas centrífuga, centrípeta o de inercia dieran con sus comprimidos huesos en el suelo. Por supuesto que no faltaron algunos muchachos jóvenes y considerablemente más altos (estas nuevas generaciones mostraban en su cuerpo el progreso de los últimos decenios en Minorea) que, ayudados de un leve brinco, se colgaron de las agarraderas, para despecho de señoras cercanas y coqueteo de muchachitas sonrientes.

Cuando por fin sonó el silbato, las puertas se cerraron sobre una multitud tan alegre como quien toma parte de una excursión coleciva por prados y sierras amenas, a solazarse con el paisaje. Pero el paisaje de aquel viaje era la oscuridad casi completa de los túneles. Al arrancar, hubo algun revuelo en la parte trasera del furgón de cola. Una señora de belleza rotunda se quejó de la morosidad con que un compañero de viaje se frotaba contra sus muelles carnes, so pretexto de la inercia y la arrancada brusca. Los muchachos sintieron su cuerpo balancearse sobre el mar de cabezas, y rieron la aventura. El tren fue adquiriendo velocidad, hasta que algunos de los adoradores de postes de los más alejados al altar, algunos fieles marginales o peregrinos remolones se vieron desprendidos del objeto asido y pasaron a formar parte de esa otra congregación de minoreanos bajitos que ya se balanceaba como una mancha de aceite, y entre la que ya se hacían oír los gritos y quejas.

Después de varias curvas, los más débiles de entre los de a pie empezaron a dejarse llevar como ovas en la corriente, sólo que zarandeados a un ritmo cada vez más frenético. En el furgón de cabeza, casi vacío en comparación con los otros, cayó un corresponsal de la televisión pública, trastabillado que se había con el cable de su micrófono, y un funcionario de la contaduría general del Estado se dio dos coscorrones contra la puerta cerrada que todos, incluido el señor ministro, pudieron ver, y de lo que se despertó una sana hilaridad (por lo discreta).

En Soldaneta esperaba una banda militar de música, que comenzó a entonar el himno nacional no bien se anunció en la pantalla electrónica la proximidad del primer convoy de la historia del ferrocarril suburbano de Nonada, capital de la República de Minorea, país que demostraba con esta exitosa obra de infraestructura que el tamaño de sus habitantes en nada correspondía con las cualidades de una sociedad que avanzaba a pasos de gigante por el camino del futuro, el progreso y la prosperidad, pesara a quien pesase.

Cuando el tren hizo su parada en el andén acordonado de la nueva estación de Soldaneta, se abrieron en primer lugar las puertas del furgón donde viajaba el señor ministro, quien salió del interior esgrimiendo la sonrisa más oronda de sus tres legislaturas, con una fila de dientes perfectamente alineados, brillantes. La banda del Tercer Regimiento de Artillería Necesaria del Ejército de Absolutamente Todo minoreano, acuartelada de manera provisional en la antigua sede de la facultad de Filosofía y Letras Contingentes de Nonada, hoy extinta, enardeció más si cabe la compostura orgullosa del señor ministro, que fue recibido por el Excelentísimo señor Alcalde de la capital, señora y personalidades varias. Enseguida el cortejo subió por las magníficas escaleras mecánicas en dirección al Palacio de la Esclusa, donde sería ofrecida una magnífica recepción y una rueda de prensa multitudinaria.

Los fotógrafos y camarógrafos subieron a prudente distancia del cortejo, pensando muchos de ellos en los canapés de salmón ahumado que a buen seguro alegrarían su dura y ajetreada jornada profesional. Sólo entonces se abrieron las puertas de los demás furgones, para que un público capaz de soportar una espera de escasos segundos por razones de seguridad, que no de menosprecio ni de todavía hay clases, saliera de nuevo a la luz del espléndido cielo nonadeño.

La mayoría salió, tundida de empujones, empellones y contracargas, tan considerables como los acometidos por cuerpos humanos, si bien pequeños, sometidos a la multiplicación de sus masas por la aceleración y deceleración con la que eran zarandeados sus respectivos pesos. Pero una minoría considerable tuvo que ser desalojada por los equipos de rescate, que acudieron prestos, una vez se hubo informado de la catástrofe por parte de los elementos policiales congregados para garantizar la seguridad de la ciudadanía. De entre los fallecidos, la mayoría lo fueron por asfixia y aplastamiento, aparte de los que recibieron contusiones y fracturas múltiples por causa de los golpes contra suelo y paredes. Muchos otros tuvieron que ser ingresados en algunos de los modernos y avanzados hospitales de la ciudad, aunque algunos acabaron en las salas de emergencias normalitas, que son las que más abundantes, y en las que se les atendió como se pudo, y según cada caso, habiendo incluso unos cuantos que quedaron francamente bien, teniendo en cuenta la gravedad del susodicho caso.

En la multitudinaria rueda de prensa no hubo canapés de salmón ahumado, pero sí barra libre, abierta hasta mucho después de que se retiraran las autoridades a hablar de sus cosas. Quizá por eso nadie se enterara mucho de los muertos y heridos en el tren, ni del caso del muchacho alto y joven que, colgado como un gimnasta de dos agarraderas, terminó atravesando varios furgones a través de cristales rotos y cráneos de prójimos. Por suerte, la inventiva del pueblo minoreano, sabio e ingenioso como pocos, (quizá para compensar su reducido tamaño, que diría un mayoreano) supo resolver el problema, y pronto aparecieron en los mercadillos y rastros de la ciudad unos curiosos inventos para solucionar el problema de las agarraderas demasiado altas de unos furgones de metro que habían sido obtenidos de manera tan provechosa gracias a la diplomacia y las buenas relaciones con el país de Hamelín, donde claro, son más altos, pero unos maravillosos administradores. Ahí están si no los resultados para probarlo.

Ángel González García

Campaña electoral en Minorea

Este miércoles, el excelentísimo señor ministro de Asuntos Verdaderamente Importantes inauguró el modernísimo Desembarcadero Espacial, que habrá de sustituir al antiguo, y que será ubicado en la avenida de la Oportunidad, a escasos dos kilómetros del centro de Minorea.

En un acto de la mayor brillantez, el Excmo. Sr. Ministro dio por inauguradas las instalaciones de este nuevo proyecto, ejemplo fehaciente de la modernización que disfruta nuestro país, sobre todo de un tiempo a esta parte. Según señaló el máximo responsable de que las cosas funcionen como Dios manda, Minorea "está demostrando al mundo que somos capaces de hacer las cosas bien y por derecho, sobre todo si tenemos claro que donde hay patrón no manda marinero, y que el que quiera peces, debe mojarse el ya saben".

En su estilo directo, popular y sencillo, que tanto agrada (y con razón) a las multitudes, el Excmo. Sr. Ministro explicó los motivos por los que la inauguración ha precedido en tres años a la finalización de las obras, y salió al paso de las acusaciones de los de siempre sobre el supuesto oportunismo de hacerlo a dos meses vista de las elecciones generales. Tardó en hacerlo exactamente tres minutos y cuarenta y dos segundos, descontando los cinco carraspeos y el trago de agua con el que enjuagó su perorata a la mitad de la explicación, que dejó convencidos a los medios y asistentes al magno acontecimiento. El tono utilizado en dicha contestación a los demagogos de toda la vida fue arrullador. A los veintitrés segundos de iniciar, una niebla como de algodón de azúcar descendió sobre todos, mientras un coro de ángeles adventistas cantaba kirieleisons como lo que eran. Fue muy bonito.

Por entre los acordes divinos, el Excmo. Sr. Ministro de AA.VV.II. dijo que cuando por fin se colonice un planeta de nuestro sistema (o de otros, añadió entre el asombro de los circunstantes), los minoreanos estaremos preparados para la nueva era con un Desembarcadero Espacial en la vanguardia de este tipo de investigación. Una verdad como una casa.

En cuanto a las polémicas suscitadas en torno al coste y la financiación del proyecto, el Excmo. Sr. Ministro dijo que ya se sacarían los cuartos de alguna parte, y señaló con el dedo la maqueta del Desembarcadero, diciendo: "Miren qué bonito. Desde esta rampa despegarán los cohetes de pasajeros que dentro de poco se inventarán, seguro; y éstos son los coches voladores que todos vamos a tener dentro de nada, siempre y cuando no se pongan ustedes tontos y voten a los incompetentes ésos que ustedes saben."

A lo que el público asistente respondió babeando, monísimos todos. El acto se dio después por terminado (para dejar buen sabor de boca) y el Sr. Ministro montó en un caballo alado para asistir a la inauguración en otro punto de nuestra hermosa geografía de un Centro Nacional de Adaptación de Resucitados, instalado en las cercanías del cementerio de San Balsamato, donde dentro de pocos años dará comienzo el Plan Nacional para la Vida Eterna, el gran proyecto de ampliación de la existencia emprendido por el Gobierno de Todo lo Incumbente de nuestro país.

Ángel González García

Brigitte Bardot y los animalitos de Dios

Entre la desordenada galería de símbolos iconográficos heredados por mi generación ocupa un lugar de quinta fila la imagen de Brigitte Bardot, medio desnuda e intentando con desgana calculada cubrirse las tetas de veinteañera crecidita y picardeada. No se trata, al menos en mi caso, de un mojón simbólico de importancia en la colección de imágenes que (como buen hijo de mi siglo) forman mi equipaje cultural. La Bardot ha sido en realidad un símbolo sexual heredado de aquellas gentes que uno consideraba viejos en los años infantiles de transición democrática y autonomías, y a cuya edad de entonces, expresada en fríos dígitos, nos acercamos cada día, sin poder evitarlo.

Para mi generación, supongo que el equivalente a esa francesa rebelde y descaradamente sexual sería la Madonna de su primer disco, la virgen hortera de encajes exagerados y posturitas desafiantes, pero para muchos de los que ahora están en el poder, la Brigitte Bardot estaba asociada a revoluciones sexuales, viajes en autocar a Perpignan, y quema simbólica de sujetadores que en nada se parecían a los que mi generación adoró tras la marca registrada de Wonderbra. A los de mi generación, en cambio, el despertar de la pubertad y las masturbaciones ensoñadoras y porno-asistidas nos llegó cuando la dulce francesita era ya una señora vieja, fondona y con pinta de estar siempre cabreada, que se fotografiaba en las revistas del corazón de las peluquerías de señoras (adónde acompañábamos a nuestras madres con vergüenza infinita, soportando estoicos los eternos "estás hecho un hombrecito") y lo hacía rodeada de animales exóticos cuya supervivencia la ex-sex-symbol representaba como apoderada de las causas justas entre el famoseo aburrido y pasteloso de los ochenta.

Por esas fechas, los niños españoles de mi generación aprendíamos sobre animales y ecología de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, un verdadero artista cuya temprana muerte lloramos casi tanto como la de Chanquete, hasta el punto de venderse como rosquillas la canción que Enrique y Ana compusieron, con gran visión comercial por parte de su casa discográfica. "Amigo Félix" sonó más de un verano en la radio, porque entonces aún las canciones sobrevivían unos meses en la memoria colectiva (aún no teníamos MTV). No muy distante en el tiempo, recuerdo la voz de Roberto Carlos, en su precioso castellano acariocado, llorando las ballenas y sus grasientos asesinatos, y recuerdo perfectamente llegar a la adolescencia con una más o menos hipócrita educación medioambiental (en pañales, vista desde la perspectiva del tiempo que ha pasado).

Años después, ante la creciente concienciación sobre los derechos de los animales, empecé a sospechar, sin motivo aparente, de la evolución que las ideologías ecologistas habían tenido, desde su rebeldía hippiesca de los setenta, hasta el estatus de política gubernamental, ejercida desde arriba como un nuevo código de comportamiento dotado de caracteres religiosos.

A medida que se acercaba el cambio de milenio (a poco de que el hombre del saco del Telón de Acero se convirtiera en un carnaval y el muro de Berlín acabara a trozos en los Hard Rock Cafés ã de medio mundo, rodeado de luces de neón post guerra fría) la nueva verdad revelada del conservacionismo-conservadurismo ecológico se apoderó del vacío en el apartado villano de la película, y desempeñó a las mil maravillas el rol de amenaza catastrófica universal sin el que nuestro año dos mil habría sido una rareza histórica. Luego, claro, pasó lo que pasó, y hoy por hoy, a principios del XXI, como si Godofredo de Bouillon se hubiera vestido de gangster rapper y el Cid Campeador de marine con gafas de visión nocturna, a las interinas amenazas de meteoritos gigantes, sidas exterminadores y demás rayos jupiterinos ha sustituído el familiar moro Muza de piel morena y almalafia sospechosa, y la lucha por la salvación de las nutrias marinas californianas ha dado paso al antiterrorismo global, alerta y en guardia, con los Santos Lugares de nuevo en el pebetero de la vida y de la muerte. Dios, el dios de toda la vida, el varón avejentado pero poderoso, de albas melenas venerandas y barbas de plata pura, ha vuelto a tomar el mando, que seguramente tuvo que descuidar para tomar cartas en asuntos de otros planetas, y a la madre Gaya la ha mandado a freír espárragos, sin agradecerle siquiera el detalle de cuidarle el tenderete de las verdades reveladas y oficializadas durante esas décadas dificilillas de finales de milenio.

Y como no podía ser menos, la Brigitte Bardot post SIDA, no sé si envuelta ya en abrigo de pieles, se dedica en estos años de la dinastía Bush a escribir libros no sobre animalitos esta vez, sino sobre temas mucho más acordes con lo que de verdad importa, verbigracia la falta que le está haciendo al mundo occidental una limpieza étnica, en el más puro estilo tradicional de la palabra, porque se nos está llenando la cocina de amulatados y cuartagos --con pasaporte, desodorante y zapatos de Armani algunos-- pero trayendo consigo la semilla de la perfidia moruna y/o africana, por no decir sudaca, que también se está dejando ver por la Europa de María Santísima una morisma aindiada que levanta sospechas por edificios ministeriales y entidades bancarias.

Yo, como digo, venía sospechando desde hace mucho, que detrás de preocupaciones exageradas por el futuro de tal o cual especie de rana de colores se escondía un marionetero con hilos de material reciclable y agenda conservadora. Que por debajo del pietismo bichófilo se escondía y se esconde una "justificada" ignorancia de aquellos niños etíopes o vietnamitas que, en cosa de una década, dejaron de ser tema de conversación en los salones liberales y bienpensantes del mundo rico, para ser sustituidos por los gatos sin hogar víctimas de abuso psicológico, o por gorilas casi extintos en cuyo favor se celebraban y se celebran festivales benéficos y campañas de concienciación. Que mientras hombres y mujeres de colores equivocados se mueren de asco y de hambre en los confines de los parques naturales, jodidos hasta la saciedad por el colonialismo, el post colonialismo y el Banco Mundial, la piedad mal entendida de quienes tienen tiempo y dinero para practicarla se ocupa en fundar sociedades para la defensa de espacios protegidos o y osos panda, lo cual no me parecería malo si acompañara a una campaña igual de universal para la erradicación de la malaria.

Que detrás de la máscara del "salvemos el planeta" se escudan los intereses de la única parte del planeta que nos conviene "salvar" y que suele coincidir con nuestros propios países. Que detrás de la supervivencia de muchas especies africanas de sabanas inmensas se esconde la sangre de esos mismos negritos que a nadie les importa un bledo, porque dizque de salvajes paganos han pasado a ser cazadores furtivos, asesinos de elefantitos que de otro modo podrían dar de fotografiar a unos cuantos turistas americanos o europeos, que tanto monta.

Claro que no se puede echar por la borda toda una creencia o todo un sistema ideológico como el del ecologismo por culpa de algunas brujas pochas como la Brigitte Bardot, que donde fueron sex-symbol se hicieron animal-lovers se hicieron racistas de nombradía se harán espectros de una época. No se puede negar que la gran mayoría de los habitantes de las partes ricas del planeta no pondrían por delante de la vida de un semejante la de una florecilla endémica de una zona montañosa, por muy a punto de extinguirse que la segunda estuviera. Pero sí se puede afirmar que detrás de la apropiación del discurso de conservación de la Naturaleza por parte de poderes y gobiernos se deja ver la milenaria táctica de desviar la mirada hacia otros problemas, otros enemigos visibles o invisibles. Y conviene recordar que una de esas nuevas santas de la nueva religión, que entregaron su vida y fortuna a la salvación de nuestros primos los primates africanos, no tuvo reparos en ordenar a sus voluntarios que dispararan contra esos otros africanos, nuestros hermanos los cazadores furtivos tan malvados y salvajes, y tan infinitamente menos merecedores de compasión que los parientes peludos, muchísimo más lejanos que el furtivo más furtivo y más negro y más salvaje del mundo.

Ahora resulta que el poder, a quien nunca le ha importado el estado de conservación de la jungla amazónica, por mucho que así nos lo haya hecho creer, tiene pensado taladrar la tundra de Alaska, para sacar más petróleo, y arrasar de paso nosecuántos kilómetros cuadrados de reserva natural. Y el mundo de los que se preocupan por la salud del planeta parece haberse despertado de una historia de amor, como la que creyeron vivir con Clinton, con una puñalada trapera de ese mismo poder que se había servido de ellos para meter en cintura a los que no cuentan, y acallar los gritos de angustia de los indios masacrados en el Amazonas por las mismas compañías que sufragan expediciones de buena voluntad y anuncios super políticamente correctos en National Geographic.

Y así, mis estudiantes estadounidenses (envueltos de punta a rabo en ropa de marcas deportivas confeccionada en talleres de niños esclavos en cualquier suburbio de una gran ciudad del Extremo Oriente) llegan a la clase de español dispuestos a hacer una presentación oral sobre el medioambiente. Y hablan con lo que nos queda de idealismo de especies en peligro de extinción en la América Latina, o de ecosistemas amenazados de repúblicas empeñadas hasta el gollete en deudas impagables, exprimidas por minorías acriolladas que sólo están en peligro de extinguir a sus compatriotas menos afortunados, y sangradas por multinacionales que ya no son sólo gringas, sino que también vienen de la nueva España, el nuevo paraíso europeo para las gentes de buen bolsillo. Pero eso les importa poco a los de generaciones posteriores a la Brigitte Bardot de idealismos antañones, y nos quedamos a la puerta del problema, contando las parejas de quetzales y no las de niños que se mueren, hoy en día, de enfermedades medievales en los barrios pobres de Estados Unidos, sin ir más lejos.

A nosotros, a mis estudiantes y a mí, lo que nos priva es el Discovery Channel, no Nietszche, y lo que nos fastidia es que todavía haya burrobestias por esos mundos de Dios que anden matando tan noble bestia por sacarle no más unos kilos de marfil al negocio, mientras los que sí tienen dinero para comprar colmillos decorativos para la sala de estar defienden con una mano la perforación petrolífera de Alaska al tiempo que con la otra pasan leyes contra la crueldad hacia nuestros amigos los animales.

Pero que no se escandalice nadie, porque al fin, reconciliar posturas racionalmente excluyentes es y ha sido siempre dote humana, y si no que se lo pregunten a los ecologistas abertzales de confesión supuestamente libertaria y pro-conservación del medio ambiente (el de Euskal Herria), que sin embargo se agrupan en un movimiento nacido de las iras racistas decimonónicas de un inventor de limpiezas de sangre tardío, acojonado hasta la médula por el mestizaje. Mezcolanza que, quieras que no, se le acabó colando por la puerta del caserío, y se le acabará sentándose en la cocina, sirviéndose unas copas de txacolí, y estropeándole de una vez por todas el erre hache.

Y todo ello, sin que la extinción de más especies a manos de nuestra insoportable ignorancia cambie demasiado el curso de la Naturaleza, cuyos somos, por mucho que queramos negarlo. Y por tanto, contingentes como las ranas de colores. Así que menos humos, humanos, tanto de los tóxicos como de los divinos, que tampoco se perderá demasiado el día que nos sobrevivan las cucarachas, y más se perdió en Cuba, si bien se examina.

Ángel González García

Bienvenidos a España

UNIDAD 1
Lección 1

Ejercicio número 1. "Bienvenidos a Madrid"
La carta que Andrea escribe a sus familiares está llena de espacios en blanco. Léala una vez, y escoja de entre la lista palabras las más adecuadas para completarla. Razone después sus respuestas.

Hace pocas semanas que he llegado a Madrid. Aquí la vida no es fácil para alguien como yo. Al principio, lo más importante es encontrar alojamiento, así que nada más llegar a la ciudad cargué con mis maletas y me dispuse a encontrar un sitio donde vivir. En la _________________(estación de tren/aeropuerto) me dieron la dirección de un/a __________________(pensión/piso) donde alquilaban habitaciones.

La calle estaba en pleno centro, y había mucha gente por todos lados. A causa del tráfico incesante de ___________________(automóviles/tranvías), casi no podía oír mis propios pensamientos. Subí a la cuarta planta de un edificio viejo y desvencijado. Me abrió una mujer con cara de malas pulgas, que me miró de arriba a abajo con gesto desaprobador.
--Busco habitación --le dije con mi mejor sonrisa.
--Tú no eres de aquí, ¿verdad? --fue toda su respuesta.

Le contesté que era de __________________(Quito/Ourense) y, cerrándome casi la puerta, dijo que no tenía nada libre. Bajé a la calle. Alguien me seguía. Me di la vuelta para ver a un hombre bajito, de acento extraño que no pude reconocer. Me dijo que allí cerca había un lugar donde podría encontrar habitación.

--Los dueños son paisanos suyos, creo, y no tendrá usted el mismo problema --me dijo.
Le di las gracias, y me explicó que era huésped de la antipática señora de antes. Él también era de fuera, de __________________(Canarias/Polonia) y se sintió mal cuando vio la actitud de su patrona.

Por suerte, encontré alojamiento, y al día siguiente salí a buscar trabajo, tarea que no ha sido fácil. Los mejores trabajos ya están ocupados, y a los que acabamos de llegar sólo nos ofrecen los más duros y peor pagados. Tras llamar en muchas puertas, por fin conseguí uno en el mercado. Nos pagan muy poco, y nos hacen trabajar muchas horas, pero al menos se puede vivir, no como allá, en ______________(Ecuador/el pueblo), donde los únicos que pueden salir adelante son los caciques de siempre. De todas formas, he podido ahorrar unos cuantos _________________(euros/duros) para mandarles en un giro junto con esta carta.

En Madrid hay gente de todas partes. Se ven _____________(murcianos/colombianos), ____________(andaluces/marroquíes), ________________(asturianos/dominicanos), y por las calles se les puede ver, cada uno con sus guisos y sus músicas diferentes. Hay algunos que dicen que esta ciudad tiene muchos ladrones, y que la mayoría de los _______________(andaluces/gitanos/magrebíes) son peligrosos, porque te roban hasta la camisa. Un compañero del trabajo, que es de _______________(Cuba/Cuenca) dice que de uno en uno no son malos, pero que cuando se juntan varios de esa gente, son peligrosos, y es mejor no mezclarse con ellos.

A nosotros a veces nos toman por tontos, y no llaman ________________(sudacas/paletos), que es así como para insultar. También hay gente que le trata a uno con respeto, pero es preciso vencer primero su desconfianza. Por eso muchas veces nos juntamos entre nosotros, y recordamos juntos cosas de la tierra, y comemos nuestros platos, y cantamos nuestras canciones. Y eso también les puede molestar a algunos, sobre todo si nos oyen hablar a nuestra manera, se ponen nerviosos porque creen que estamos insultándoles en sus propias narices.

La gente de aquí siempre están hablando de sus políticos, y unos apoyan al ________________(rey/presidente), mientras que otros quieren cambiar las cosas, y que ganen los ____________________(republicanos/socialistas). Será porque yo no entiendo, pero a mí me parecen todos iguales. Más o menos lo mismo que pasa con nosotros, y es que creo que en todas partes hay casi de lo mismo, sólo que con los colores y los nombres cambiados.

Madrid, 30 de abril de ________________________ (1930/1969/2004)

Imposible pensar en pretérito imperfecto

A veces, la mala suerte nos lleva a cometer errores que, si bien cumplen las normas de la gramática, arremeten torpemente contra las de la lógica. Hay conjunciones de vocablos que son como las de planetas opuestos, como convivencias anti-naturales, como parejas de hecho que ha unido la falta de cuidado en la expresión. Así, el pretérito imperfecto del verbo ser no queda bien al lado de la palabra “imposible”.

Debemos comprender que cuando Ana Botella, en su último libro, escribió que “era imposible pensar en otra autoría” que la de ETA para los atentados del 11-M, lo hizo con las prisas de añadir el “capítulo cero”, en el que se ocupa de los últimos acontecimientos. Porque afirmar que algo “era imposible” quizá no sea un ataque contra el sistema verbal castellano, pero sí constituye un garrotazo a la lógica y a la verdad.

Habría sido infinitamente más correcto por parte de Ana Botella decir que “era improbable” que otro grupo hubiera cometido la masacre. Porque afirmar la imposibilidad de que suceda lo que ya ha sucedido peca de simplista, como poco. Afirmar que “era imposible pensar” en Al Qaeda como opción es faltar a la verdad. Sí era posible pensar en otras opciones, y de hecho, millones de españoles lo hicieron. Impossibilitas confutata.

Se podrá aducir que de lo improbable a lo imposible no hay tanta diferencia. Pero no es cierto. La improbabilidad de una autoría de Al Qaeda (algo que, ante el acoso, argumentó el Gobierno tarde y mal) convirtió la probabilidad de que hubiese sido ETA en una verdad absoluta, en un intento de fraude.

En las horas que transcurrieron entre la masacre y las elecciones, la imposibilidad se hizo presente y posible, por mucho que el Gobierno deseara lo contrario. La incapacidad de unos líderes para actuar conforme a lo posible (y no a su versión cabezota y obstinada de lo real) fue lo que les perdió.

Para la próxima edición de su libro, quizá Ana Botella debería incluir un complemento preposicional, una pequeña corrección de estilo que, respetando igualmente la gramática, también lo haga con la lógica más básica. He aquí una propuesta: “era imposible (para unos cuantos de nosotros) pensar en otra autoría que la de ETA”. Tanto si esa imposibilidad tuvo su razón de ser en que así convenía a los intereses del partido, como si fue causada por la incapacidad de conectar con la mayoría de las mentes pensantes del país, la consecuencia es la misma: los líderes del PP no estuvieron a la altura de la labor que se les había encomendado, y a cuya renovación optaban.

Es de esperar que en lo que le queda en su cargo público, la esposa del Presidente del Gobierno en funciones no dé por imposibles muchas más cosas, mientras que el resto de los ciudadanos contemplamos posibilidades, sopesamos improbabilidades y nos mostramos más capaces de regir (y discernir) que aquellos que supuestamente tienen esa obligación.

Ángel González García

Para que yo me llame Ángel González García

--Con un nombre como el tuyo --me ha dicho mi agente invisible --no se va a ninguna parte.
--¡Pues en la oficina del paro no le han puesto pegas!--le he contestado en un arrebato de orgullo ahidalgado. A lo que ella (mi agente literario) me ha respondido certeramente con un guiño, más de burla que de complicidad. Es lo malo de los agentes invisibles: que como son inventados, siempre tienen razón.

--Mira Zapatero, por ejemplo --me ha contado después, con un tonillo de superioridad.
--¿Quién se acuerda del Rodríguez? De momento, sólo los periodistas extranjeros, hasta que se enteren de que pueden ahorrarse el trabajo de intentar pronunciar tanta erre, y dejarlo sólo en ZP. Y la lista sería interminable. Felipe se pudo permitir el González porque es mucho Felipe, pero de ésos sale uno por siglo, acaso dos, y el otro, para más inri, tiene hasta tu nombre de pila. Hay que ser un pedazo de poeta para llamarse Ángel González y además hacer de ello un buen poema. De García, ¿qué te voy a contar? Como no venga avalado por el genio y un Lorca (o un Márquez) bien plantados, resulta un nombre imposible para quien quiera llegar a medianamente reconocido. Fíjate en el granadino, y encuéntrame alguien que hable de él como Federico García. De Benito Pérez mejor será no hablar, porque no se iba a enterar nadie.

La evidencia era apabullante, pero mi agente invisible ha seguido dale que te pego con varios ejemplos más de que no se puede ir por la vida llamándose, como un servidor, Ángel Miguel González García, y pretender escribir cosas y que un día salgan libros de uno en los escaparates de la Gran Vía. Así que he desenchufado a mi agente literario, y me he decidido a solucionar el tema, antes de que la fama me caiga encima, sin haber tenido tiempo de montármelo en plan seudónimo pegadizo. He probado con varios, jugueteando con antiguos motes de barrio, apellidos altisonantes, distantes y espléndidos, o nombres de guerra de aquellos que, a fuer de simples, evocan de todo un poco.

Ninguno me ha satisfecho en lo más mínimo. El problema es que no consigo sentirme identificado con ninguno, y no me gusta imaginarme firmando libros en el FNAC con el nombre de un señor que, francamente, nunca me hará volver la cabeza, por mucho que quiera meterme en el personaje. He probado después con los segundos apellidos de mis señores padre y madre, pero el resultado ha sido muy parecido al original. Y es que no se puede ser tan del montón, que hasta remontándome a los abuelos no encuentro más que péreces, ramíreces, garcías y otros tan pedestres, que no hay manera de elevar el caché genealógico, aunque sea sólo el de tipo fonético. Y es que hay apellidos que, a pesar de plebeyos, tienen un nosequé, que suena bonito, como Aznar o Zapatero (y cito a los dos, intencionadamente, para que se vea que me refiero a la sonoridad del nombre, no a las connotaciones que pueda suscitar al ser oído).

Convencido de que, buscando en el acervo familiar (tan limitado, por otra parte), no hallaría apellidos pegadizos o distinguidos, he querido acudir a los posibles nombres que, de no haber decidido mis padres el de Ángel, podrían haberme adornado el DNI. ¿Quién no ha oído alguna vez las anécdotas e historias sobre “el nombre que quería ponerte papá”, o sobre la obsesión de la abuela “porque te pusiéramos el de su madre”? En mi caso, y como nací un 15 de mayo, parece ser que a punto estuve de llamarme Isidro, un nombre que de pequeño me aterrorizaba a toro pasado, pero que hoy en día me daría al menos un toque de originalidad castiza y labradora.

Descartada la enmienda parcial a la decisión bautista de mis queridos progenitores, sobre todo porque no me hallo dentro de un nombre tan de feria como Isidro, y tampoco de su etimológico Isidoro (mote del Felipe González de la clandestinidad), he pensado en una estrategia ideal. Así como no es lo mismo llamarse Leticia que Letizia, Bakero que Vaquero, Javier que Xabier, o Carmona que Karmona (éste último es mi favorito), tampoco será igual llamarse González que Quntsali, ni García que G’artzai. Y por semejante regla de tres, el Ángel lo pienso cambiar por Ahe (con la hache aspirada y nasalizada), y el Miguel de mis desdichas por un Malik morisco.

Me justificaré: González suena a guía de teléfonos, pero en algún momento un visigodo (quién sabe si hasta un suevo, alano o vándalo) se llamó con el etniquísimo nombre de Gündsalf, o algo semejante, de evocaciones no sólo exóticas sino casi wagnerianas. Yo, que no soy muy aficionado a lo valquirio ni me arrimo a lo teutónico, me quedo en cambio con una versión supuestamente mozárabe del González clásico, porque hace falta investigar un ratito para demostrarme que no se pronunciaría así el cotidiano apellido en el Toledo del siglo X. Ergo, Quntsali me quedo, hasta que un lingüista como Dios manda me ponga en mi sitio.

En lo que respecta al García sin Lorca con que adorno los espacios a rellenar donde dice “segundo apellido”, me puse a mirar un poco por aquí y por allá, para encontrarme con que lo más probable es que sea de origen euskalduna como la madre que me parió es extremeña. Dicen que puede que García tenga que ver con la raíz Artz- que es como decir “oso” en lengua protovasca, prerromana e ibérica de bellota, que es algo como muy étnico y que queda como que muy original. Porque reconocerán conmigo que es mucho más interesante la historia de López (que debe venir de Lupus “lobo” en latín) una vez que se conoce el origen animal y totémico de dicho apellido. Y es que, para firmar novelas, Antonio López Antón queda muy del montón, mientras que Lobo Antunes en la portada del libro da ganas de leerlo.

En cuanto al Ahe (con hache aspirada y medio nasalizada), viene a ser la representación ortográfica de cómo pronuncia el nombre Ángel la gran mayoría de mis paisanos, y de cómo lo dice uno en las pocas ocasiones en que se ve obligado a pronunciar el propio nombre. Y como ahora que no está el PP, los nacionalismos han dejado de ser el coco (el andaluz, de hecho, ha dejado de ser y punto), pues eso: Ahe. Lo del Malik es ganas de fastidiar al clero, y montármelo en plan revisonismo histórico. Y, si suena a tontería, respondo que Carmona está en la provincia de Sevilla, y que la ce (mayúscula) se la pusieron los romanos, o que vaca se escribe con uve, menos la del coche, pero de ésas ya casi no hay, porque si llevas mucho equipaje te compras un monovolumen.

Firmao:
Ahe Malik Quntsali G’artzai