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Cuadernos de Lavapiés

Puro teatro

En estos momentos, las redacciones están preparando a toda velocidad las ediciones especiales del domingo, con todo lujo de detalles sobre el enlace de los futuros monarcas. La edición del sábado habla de presencias reales, de fiestas palaciegas y de recepciones protocolarias.

Un bello croquis-maqueta-dibujo representa el recorrido oficial y explica el orden, horario, significación y origen de todas las estaciones del ritual. Leyéndolo, uno recuerda las relaciones de las entradas triunfales de los reyes de antaño, publicadas muchas de ellas en la imprenta de al lado, del otro de la pared contra la que me recuesto.

Recuerdo un curso de quinto de carrera, en el que creíamos que leeríamos a Shakespeare. El profesor, en cambio, nos obligó a empaparnos con aburridas descripciones de la entrada de Isabel I en Londres, antes de su coronación, o con relaciones no menos pesadas de las entradas, salidas y bodas de los Austrias en Madrid. No entendíamos por qué, hasta que el cátedra nos explicó cada detalle, cada símbolo oculto en la decoración de los arcos triunfales, en los sainetes representados a lo largo del recorrido real, cada uno con una propuesta, una alabanza, una oferta, una advertencia al futuro monarca o al príncipe en ciernes. Puro teatro, pura representación de los deseos, esperanzas, frustraciones y planes de las diversas fuerzas sociales.

Las ciudades, los concejos, gastaban sus dineros en pagar cómicos, artistas y músicos que alabaran o advirtieran al rey. La burguesía, el pueblo llano, los jueces, la Iglesia, los gremios, cada estamento de la sociedad tomaba parte en un ritual destinado a establecer las condiciones del trato. En aquellos tiempos, todo ello era necesario. Hoy no tanto.

Después de que hubimos leído varios de esos textos, después de habernos familiarizado con dibujos y grabados de arcos triunfales, emblemas, banderolas, escenarios provisionales y recorridos urbanos sabiamente planeados, como los que publica hoy la prensa española, sólo después pudimos leer a Marlowe, a Calderón, a Lope y a Shakespeare.

Ángel González García

De madera

El primer acto que los novios han representado tras su enlace ha sido la entrega del ramo a la Virgen de Atocha. Esta figura de cara morena, como la del niño que porta en brazos, es la patrona de la monarquía, pero este año, todo el mundo se ha familiarizado con el sonido del nombre Atocha, y no por esa razón. Noticieros en japonés, inglés, árabe y en todas las lenguas que dan noticias televisadas han pronunciado ese nombre, cada uno con su acento y entonación, con imágenes terribles sirviendo de fondo. Este año, la ofrenda del ramo de novia a la Virgen de Atocha tiene un significado más.

La comentarista de televisión apunta todo esto, claro está, y también apunta al hecho de que la Virgen es muy morena. Especifica que se debe a un oscurecimiento de la madera por el paso de los siglos. No es la primera vez que oigo esto. Hace 400 años, muchos españoles sintieron la necesidad de explicar el sospechoso bronceado que exhibían muchas imágenes sacras. En algunos casos, lo moruno de tanta Santa Patrona se entendió como el resultado de rocambolescas historias de vírgenes enterradas, visigodos heroicos y morismas sacrílegas frustradas en sus iconoclastas intentos. “De tantos siglos enterradas para hurtarle el cuerpo al sarraceno”, decían algunas voces barrocas, “nuestras vírgenes se habían puesto morenas, aunque no morunas”.

Sin embargo, al ver la imagen de la talla, uno se pregunta sino estará hecha, simplemente, de una madera ya de por sí oscura, importada quizá desde las selvas del Mali maderero hace diez siglos.

Dos páginas más allá, leo otra noticia, cansado como estoy de vírgenes, bodas reales y protocolos imperiales. En Gran Canaria se han encontrado los cadáveres de cinco hombre negros, en la bodega de un carguero que transportaba maderas tropicales. “Un mercante procedente de Costa de Marfil (que) traía caoba, iroko, sipo, obeche y makore”, para hacer sillas, librerías, mesas de billar, quién sabe si para convertirse en santos de la devoción de alguien tras pasar por el taller de un artista.

Al abrir la bodega, se encontraron cinco figuras de ébano, de tamaño natural, sin vida. El periódico explica: “la madera que se encuentra en el interior (de la bodega) sigue su natural proceso de captación de oxígeno y expulsión de dióxido de carbono” con lo que los cinco polizones (y otro muchos más) se asfixian poco a poco en la cámara hermética donde se metieron para huir de la miseria.

Uno piensa en sus cuerpos de ébano y piensa en los africanos que venden figuras de madera en los paseos marítimos plagados de turistas: elefantes de todos los tamaños, máscaras, diosas danzantes...El olor a madera preciosa, a madera tropical, se mezcla con el de la descomposición de sus cadáveres, y las máscaras tribales a 10 euros se difuminan con la cara morena y de madera de la Virgen de Atocha.

Ángel González García

Starbucks

El día de la boda del heredero y la periodista, salgo por fin a la calle cuando todo ha terminado. A dos esquinas de mi casa hay una taberna. Leo lo último de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan. A Muñoz Molina le gustan los Starbucks de Nueva York. Allí puede tomar café tranquilo y mirar al viandante sin que le interrumpan lectores coñazo o conocidos de pacotilla. Yo, en cambio, los odio a muerte (a los Starbucks), porque durante años fueron la única alternativa, porque sirven el café en tazas de cartón, porque te obligan a hacer cola para pedir uno, porque no saben lo que es un cortado, y porque no te dejan fumar en ellos. Ver uno ahora en plena calle de Alcalá me da un escalofrío de miedo que sólo remite si paso por delante de un Burger King y lo veo vacío.

Leo un rato a Muñoz Molina en una taberna a dos esquinas de la mía. Las paredes son de piedra berroqueña y gruesa, de ésas que hacen que las casas de Madrid parezcan trozos de sierra reeducados, y sus bodegas, cuevas. Al otro lado de la pared junto a la que tomo café se imprimió la primera edición de la Segunda Parte del Quijote y eso, de alguna manera, me hace sentir bien.

Dejo un rato a Muñoz Molina y tomo el periódico del día. Por un euro, de esta simple forma, tomo café y leo la prensa. Un lujo.

Ángel González García

Así está el patio

Me he levantado cuando ya había terminado la ceremonia. Me he tomado el café del desayuno viendo en televisión el recorrido oficial en un coche vetusta-fashion, bajo una lluvia más de otoño que de primavera. La cámara del helicóptero que oigo a través de la ventana que da al patio de luces muestra unas calles que parecen vacías y desmayadas de ánimo.

No digo que no haya gente, que la hay, aguantando la lluvia a pesar de todo, como la comentarista señala con tono de decepción mal escondida. Pero el revuelo mediático de las últimas semanas, tan hinchado y autocomplaciente, hace que los huecos entre los que se ve mucho más pavimento del augurado parezcan mayores.

La comentarista repite que es una pena que la lluvia haya retenido a tantos en casa. Pero más llovía después de los atentados, y hacía frío, y eso no detuvo a millones de personas. Ver en televisión la enorme pantalla dispuesta para la muchedumbre fantasma en la Plaza de España es un canto a la desproporción, y me hace preguntarme hasta qué punto nos importa lo que quieren que nos importe.

La comitiva avanza hacia la Glorieta de Atocha, aquí al lado, mientras yo fumo junto a la ventana, mirando en pijama lo que está sucediendo a dos calles de mi casa, oyendo el ruido del helicóptero que baja y llena el patio estrecho de pocas luces, marcándole el compás a las gotas de lluvia que se estrellan contra el suelo.

Más tarde aparecerán imágenes de una casa particular, en la que familiares y vecinos celebran con cava y canapés, y hacen turno para asomarse a unos privilegiados balcones desde los que ver pasar la comitiva. Algunos confiesan sentirse testigos de excepción de la Historia viva, con mayúsculas, que desfila por delante de su portal con la misma cercanía que lo hace cada noche el camión de la basura o las prostitutas de Montera.

Desde mi ventana, que da a un patinillo, no se puede ver la Historia. Se oye su retumbar, como la noche en que Lavapiés golpeó cacerolas para pedir verdades, hace tan poco...Como se trata de una escalera interior, acaso lo que se percibe desde mi patio sea la intrahistoria de Unamuno, con la salvedad de que aquí colgamos los calzoncillos, porque al fin y al cabo es un patio de luces.

Hoy los calzoncillos no se van a secar rápido. Llueve fuerte, hasta que escampa por fin, y se va la borrasca, y vuelve la primavera serrana de Madrid, y la gente sale a la calle, ahora sí en mayor número, por ver algo del final de los circenses e invadir luego bares y figones.

Ángel González García

Manzanas, lagares y cestos

Las fuerzas armadas estadounidenses han definido a los torturadores a sus órdenes como manzanas podridas en un cesto sano y fresco como una ídem. En el artículo de John Schwartz que reproduce El País, Philip G. Zimbardo, investigador de la Universidad de Stanford, corrige al Pentágono en su intento de escurrir el bulto, y dice que parecen haber colocado manzanas sanas en un cesto podrido.

Zimbardo se refiere con ello a las condiciones de impunidad en que se desenvuelve todo lo relacionado con la guerra de Iraq, y critica a los dirigentes de la Coalición por poner todos los medios para que la corrupción desemboque en la puesta en práctica de los más bajos instintos del ser humano.

Siguiendo con la imagen frutera, de llagar asturiano en otoño, describiría la situación como un número de manzanas (sanas, sí, pero con la irreversible tendencia a la corrupción que hasta la más inmaculada de ellas tiene, porque es manzana y está en su esencia) en un cesto podrido. Todas las manzanas, las sanas y las enfermas, acaban por sucumbir, de igual manera que toda persona puede llegar a cometer las peores atrocidades, siempre que se le brinde la ocasión o se le haga creer la necesidad. La ocasión y la supuesta necesidad de torturar, vejar y asesinar las han puesto las autoridades que contrataron a conocidos torturadores para ocuparse de las cárceles iraquíes.

Ahora, la facción armada del fundamentalismo neoliberal puede alegar dos justificaciones para su conducta: la negligencia criminal de no saber a quiénes contratan, o el deseo expreso de que se dieran las torturas, con lo cual mostrarían un absoluto desprecio por la vida y la dignidad humanas.

Meter manzanas en una cesta de tal podredumbre, darles un arma y la confiarles la custodia de vidas humanas en tales circunstancias peca, cuando menos, de utópico. Se trata de una utopía mucho más dañina que las que intentó la izquierda en el siglo XX. Se trata de la utopía que pretende un mundo seguro, mientras la injusticia hace hervir a millones de seres. De la utopía que aparenta sorprenderse cuando descubre sus propias atrocidades, de la utopía que quiere creer que la muerte puede eludirse con muros de hormigón, y abortarse la violencia con obuses.

Cuando vivía en los EEUU, lo hice algún tiempo en una zona deprimida del norte del Estado de Nueva York, cerca de donde, hace cien años, se inventó la luz eléctrica. Hoy, la riqueza de entonces ha desaparecido, y las industrias que dieron trabajo a varias generaciones se han marchado a sitios más baratos. El desempleo y la pobreza crecieron, y hoy son evidentes la depresión y el abandono, que parecen contagiarse al entorno natural. Hace algunos años, el gobernador del Estado puso en marcha un plan para revitalizar la economía de la zona. Se fomentó la instalación de prisiones manejadas por empresas privadas, y se les dieron facilidades para instalarse en la zona. Hoy, los pocos puestos de trabajo que se anuncian por el condado de Montgomery son como celador, cocinero, limpiador o electricista de una de las sociedades anónimas carcelarias del área.

La otra actividad que deja algo de ingresos es a recolección de manzanas. Cada otoño, los manhatanitas ansiosos de naturaleza conducen hasta los Adirondacks para comprar un cesto de manzanas, de unas manzanas que sobreviven a la nieve y las heladas que, a veces, se adelantan demasiado. Manzanas y cárceles. Podredumbre y cestos.

Ángel González García

Divisiones inexactas

Una de las niñas de mis clases de apoyo está teniendo sus primeros encontronazos con la aritmética parda. Las divisiones se le atragantan (como a Aznar), pero sobre todo cuando se trata de sacar decimales, que le están poniendo la evaluación cuesta arriba.

Ayer me preguntó que para qué sirve eso de sacar tantos decimales. Si la división no sale exacta, me dijo, Se deja un resto y se da la solución a ojo de buen cubero. Podría haberle contestado que sacarle decimales a las divisiones tiene muchas ventajas prácticas y usos políticos, y podría haberle puesto como ejemplo una sencilla operación: si desde 1976, 322 personas han sido asesinadas por el estado en el de Texas, eso quiere decir que durante las tres últimas décadas se ha ejecutado a 11,5 personas al año. Así, resulta matemáticamente imposible afirmar que cada mes muere de forma absolutamente legal una persona, en la tierra donde Bush fuera gobernador.

Un ser humano cada hoja del calendario representa mucha muerte. Cero coma algo personas al mes suena mucho mejor. Será porque cero coma algo es menos de algo, y así es más fácil hacerse a la idea de que no son personas, sino algo menos que personas las que mueren vistiendo un mono anaranjado, con un número de serie grabado en la pechera, un número entero y no decimal esta vez.

Ángel González García

Coincidencias

Acabo de enterarme de que al lado del cyber donde siempre escribo y hago cosas hay una agencia literaria. Llevo un año gastándome el dinero intentando hacer algo con mi vida, desde una terminal de mancebía digital, y ahora va a resultar que el momento mágico está aquí al lado...

Quizá pueda seguir escribiendo la semana que viene. Quién sabe, puede que esto sea el primer paso de la publicación de algo mío. Donde sea, como sea. No intento ganar dinero, sólo que no me cueste los 2000 euros que cobran por una edición personal.

Ángel

Corto y cambio

Un barroquista manuelino como yo lo tiene crudo para hacerse el conciso. Tanto es así, que ese adjetivo me suena a cirugía, a pesadilla de neonato. Pero el caso es que llevo ya algún tiempo intentando aprender a escribir poco, a no enrollarme. El primer ejercicio que me impuse fue el de las cartas al director en El País, que tuve que ir desnatando poco a poco, para ver si así me colaban alguna en tinta y prensa. Luego, empecé a medir las columnas que más me gustaban, para ajustar mis piezas a la longitud en caracteres de lo que hacen Manuel Vicent, Juan José Millás, Eduardo Mendoza o Maruja Torres. Como no tengo dinero para un taller literario, me pongo ejercicios yo solito, como opositor de provincias.

Últimamente he decidido que tengo que sangrar con más generosidad la prosa, como los barberos antiguos, para que suelte humores malignos, y se me regenere un poco lo churrigueresco. Pero no tanto por imperativos estilísticos, como por necesidad cibernética. Porque en el cyber me cobran por tiempo, y les da igual si en el que empleo escribo Fortunata y Jacinta o un epigrama como el que este lo que sea quería ser, y ya nunca será, porque burla burlando al final me he enrollado, que igual viene de rollo, de los de piedra, en la plaza del pueblo, donde castigaban a los infractores, porque era un rollo quedarse encadenado al rollo por haber robado una gallina.

Ángel González García

Vargas Llosa en el Arenal

Acabo de cruzarme con Mario Vargas Llosa. Iba yo caminando calle Arenal abajo, y me ha pasado al lado, en dirección a la Puerta de Sol. Es un hombre elegante, de porte aristocrático tanto en la vida real como en fotografías o televisión.

He estado en un tris de darme la vuelta, seguirle unos metros a distancia prudencial, mientras echaba mano en mi mochila de trapo. Habría sacado con mano diestra algún relato, y me habría emparejado con él a la altura de Carlos III.
-Disculpe, don Mario. Hace cosa de un mes compartí página con usted en El País. Usted en opinión y yo en una carta al director muy chuli que me publicaron...--Silencio bochornoso, si es que don Mario no ha hecho ya señas a un señor agente del orden.-- ¿Sería tan amable de leer uno de éstos?-- seguido del acto fugaz de entregarle un par de cuentos de un seguro servidor.

Luego, dándole las gracias, habría apretado el paso, perdiéndome entre la multitud. Pero no he podido. Me quedé parado unos segundos en plena acera, y seguí caminando. No tuve la disculpa de "no llevar nada encima". Últimamente siempre llevo en la mochila unos cuantos ejemplares de mis Relatos Baratos, por ver si me encuentro con una librería que los quiera poner en el mostrador. Total, si la gente se lleva publicidad de cualquier cosa...

En realidad, no tuve excusa para no hacerlo. Acaso, un sentido del ridículo, una vergüenza ajena y propia que me sentarían bien si fuera ya un escritor de éxito. Éxito quiere decir que te lean unos cuantos, y se lo comenten a otros cuantos, y al final lo que te inventas no se ponga mohoso en un disco duro.

Ángel González García

Monipodio en Nueva York

Yo conocí la Sevilla barroca en el Nueva York del cambio de milenio.
Éste podría ser el comienzo de un poema en prosa, inspirado en la visión de alguna joya de Zurbarán en un museo de Manhattan. Si José Hierro escribió Los Claustros tras ver un trozo de cielo de Harlem en el patio románico transplantado a un anexo del Metropolitan, bien podría yo evocar la Sevilla de mi juventud en la estatua del Cid que hace guardia ante el Hispanic Institute, y que es el mismo Campeador de Vivar que se ve desde la puerta de la Fábrica de Tabacos donde Carmen se arremangaba las faldas para enrrollar cigarros.

Pero no, no es eso. Cuando digo que descubrí la Sevilla de Monipodio en el Nueva York de hoy, no me refiero a una evocación artística. Yo descubrí en las calles y en los barrios de Manhattan cómo fueron en realidad los de la metrópoli imperial, cómo caminaron los jaques del Arenal, cuánto se parecieron al miedo las caras de las prostitutas viejas de la mancebía, cómo se doblaron las espaldas de los aguadores y los esportilleros, cómo refulgieron los dorados de los coches de mano donde el lujo que hoy pasea por la Quinta Avenida se mezclaba con el barro de los arrabales del río. A la vuelta de la esquina entre la Primera Avenida y el comienzo del Harlem , pude ver la Casa de la Contratación , un poco más allá de la Torre del Oro , en una calle pegada a la muralla como lo está Wall Street , a la vista del puerto donde se alternan los galeones de la carrera de Indias con los petroleros y las barcazas que transportan desperdicios Hudson abajo, hasta llegar a Sanlúcar de Barrameda .

También las murallas de la Sevilla más cosmopolita que conocieron los siglos dejaron claro quién era quién y cuál era su sitio. Negros de arrabal, cofrades mulatos, moriscos sospechosos, ajudiados genoveses, portugueses ocupados, flamencos (no los del tablao, sino los de la tabla que inventó Pérez reverte), ciento y una naciones se mezclaban sin juntarse en la Sevila que decidía con doblones los destinos de tierras lejanas. Hoy, Chinatown y Little Italy se van convirtiendo en parques temáticos, pero en todos los huecos que dejan el asfalto y los arbustos nacen nuevos guetos, que siguen funcionando a pesar de las excepciones.

Las ocupaciones también están divididas, definidas las competencias de las razas: los judíos para abogado, los italianos a restaurar, los chinos a lavar ropa, los latinos a fregar, limpiar y dejar reluciente lo que se pueda. Cada pueblo tiene su función y su puesto, como en la Sevilla que se dividía en calles, las calles en gremios y los gremios en grupos sociales que cada vez tenían más difícil sacudirse el papel que se le asignaba.

Y descubrí sobre todo la Sevilla pícara en el claroscuro tenebrista y descarnado de Nueva York, en la profundidad de las diferencias, en los contrastes carnavalescos. El mendigo que se refleja en el escaparate lujoso e innecesario, las chabolas de cartón que miran desde el otro lado de una ciénaga la silueta de los dientes de acero del skyline. Los guardainfantes de diseño, las carrozas cubiertas de tapices, los jubones de brocado y las agujetas de encaje, los sombreros de jaque bigotudo, plumíferos e innecesarios también ellos. La riqueza robada convertida en orfebrería de capilla, y junto a todo ello, como para darle color y profundidad, las viejas empujando carritos de supermercado, el harapo de hombre que se emborracha de líquido anticongelante para radiadores, los niños que nunca irán a la escuela, los jóvenes que morirán en reyertas callejeras. En vez de floretes y flores de esgrima, capas de nocturnidad y sombreros alados, bandas callejeras semiautomáticamente armadas hasta los dientes, en vez de vihuelas, turntables donde suenan raperos que no alcanzan el mercado europeo, y que mueren jóvenes de lo mismo que cantan.
"Los Claustros", de José Hierro, en Cervantes Virtual

Hierba buena nunca muere

En mitad de la plaza, como los toreros con hambre de fama, hay un hombre. Tiene el pelo blanco, la piel arrugada y una expresión seria pero que inspira tranquilidad. Su cabeza está cubierta, pero no por una montera de rizos de azabache, sino por un pequeño bonete de ganchillo. Como la primavera anda remolona, el sol que lo baña, a él y a toda la plaza, no es de castigo, sino de caricias de mañana luminosa. Junto a sí, el hombre sostiene una bicicleta, grande y antigua. En lugar de transportín, un cajón grande de los que se apilan junto al mercado, atado con cintas elásticas al esqueleto desgarbado de la bicicleta. En su interior, una montaña preñada de verde, una pila desmesurada de manojos de hierbabuena, que el hombre vende sin necesidad de vocear. El perfume verde y mentolado se anuncia a distancia.

No, la plaza no es la Jma el Fna de Marrakech. Las montañas que se adivinan desde las azoteas más privilegiadas no son las del Atlas., sino las de la sierra de madrileña, y la torre más cercana no es la Koutubía, sino la de la iglesia de San Lorenzo. El coso en el que faena el hombre, plantado en los medios, es Lavapiés, la plaza-embudo por la que todo el barrio trasiega antes de verterse en la Ronda.

A nadie le extraña ya oír que en Lavapiés se vende hierba; de la otra, no de la “buena”, sino de la que se esconde con prisa en los parterres cada vez que aparece una patrulla de la policía. Pero todavía sorprende ver a este hombre, ofreciendo manojos de esa otra hierba que aderezará teteras u ollas de caldo, meriendas exóticas o almuerzos castizos.
De la otra, de la “mala hierba”, se dice que sirve para financiar el crimen, para subvencionar el terrorismo asesino. Debe ser cierto, como lo es que otras ventas, en apariencia honradas, subvencionan la guerra y los misiles que arrancan paredes entre las que duermen niños. Las hierbas no son ni buenas ni malas. Son lo que queramos hacer con ellas.

Mientras, en otro ángulo de la Plaza de Lavapiés, varios tipos de hierba cambian de manos en transacciones fugaces, en lances de microeconomía que poco parecen tener que ver con el mercado global. Mi torero rifeño permanece ajeno, digno en su firmeza amable, pregonando con su presencia silenciosa el aroma y el sabor condensados en ramilletes lujuriosos. No hace falta preguntarse qué financiarán los euros que algunos viandantes intercambian por su mercancía huertana. Financiar es vocablo bancario, y el viejo vendedor que ha transplantado su negocio a este lado del Estrecho sólo acepta dinero al contado, a ser posible monedas sueltas.

Ángel González García

La Guashintón liberada, por Torcuato Taxi

En estos momentos nuestras tropas han completado la liberación de la capital enemiga. Las imágenes que todos hemos podido ver, gracias al magnífico esfuerzo de nuestros compañeros en el equipo técnico, casi sustituyen a cualquier palabra. A estas alturas del conflicto, pocos de entre nosotros no han visto los documentos visuales llegados a través de una red de comunicaciones insuperable, producto y símbolo de la superioridad técnica, económica, política y social que ostentamos sobre nuestros enemigos, y que justifica por derecho de preeminencia nuestra liberadora intervención.

Tras las últimas operaciones de castigo y bombardeo aéreo, que han acelerado la descomposición de sus sistemas logísticos y de inteligencia, y destruido el grueso de sus fuerzas armadas, nuestra gente ha entrado por fin esta mañana en el centro de su capital, y se despliegan ahora en posiciones estratégicas, en todo momento bienvenidos por las espontáneas demostraciones de una población civil que recibe a los nuestros como liberadores y ansía comenzar cuanto antes la reconstrucción.

"Aunque la abrumadora superioridad de nuestra tecnología —por no hablar de la infinitamente mayor abundancia de nuestros recursos, en comparación con los del enemigo— nos ha permitido derribar el régimen y acabar con la resistencia organizada de sus líderes, no se debe esperar un rápido final a las operaciones", afirmó uno de los máximos responsables de la operación, apuntando a la posibilidad de que los focos de resistencia se atrincheren en algunas zonas, y desde ellas intenten perpetuar el conflicto mediante tácticas de guerrilla urbana y/o terroristas. No obstante, y según fuentes igualmente fidedignas, una gran mayoría de la población, en especial en zonas urbanas y deprimidas, ha salido a las calles para recibir con alegría desbordante nuestra llegada.

Símbolos de la opresión que el régimen anterior representaba son ahora objeto generalizado de las iras de unos seres que han sufrido durante demasiado tiempo la opresión y brutalidad de un estado policial, entregado —de la mano de una oligarquía despótica— a la fiebre del librecambismo deshumanizado; gentes que han debido sufrir las injusticias de una sociedad segregada y los caprichos de una minoría acaparadora, más dignos del pasado oscuro de la especie que de sociedades avanzadas, como es el caso de la nuestra, donde esas cosas —definitivamente— no ocurren.

En la que hasta hace poco fuera capital, en el emblemático epicentro de un régimen hoy caído, las muchedumbres descontroladas, llevadas por deseos de venganza, odios reprimidos durante demasiado tiempo, y por la comprensible violencia inherente a los cambios históricos que se están produciendo a su alrededor, ha dado en el pillaje, y tomado los principales edificios representativos del poder derrocado a sangre y fuego, valga la ambigüedad sintáctica. En riguroso directo, y a pesar de la enorme distancia, podemos observar en estos momentos el aspecto que ofrecen el Pentágono, el Capitolio y la Casa Blanca, pasto de las llamas, que intentan adelantarse a los ciudadanos hoy libres del antiguo imperio más poderoso de este planeta del Sistema Solar, primero de los escenarios de nuestra entrada en escena, como defensores de la libertad, la justicia, el amor fraterno y la verdadera solidaridad más allá de nuestra órbita.

Bien es cierto que las protestas iniciales contra la operación pusieron el dedo en la llaga cuestionando nuestro derecho de intervención en el escenario pero, como muy bien supieron comunicar nuestros líderes, la necesidad de mantener el equilibrio en una zona de la Galaxia cuya estabilidad resulta indispensable para nuestra economía terminó por convencer a la mayoría de la conveniencia de liberar a los habitantes del planeta Tierra del yugo férreo que se les ha impuesto desde muy pocos centros de poder, establecidos éstos en el subcontinente Norteamericano. Nombres, referencias geográficas y personajes desconocidos hasta hace poco para el gran público, pero que han aparecido con fuerza en la actualidad que nos rodea, si bien a distancia, por supuesto.

Gracias a una cobertura técnica e informativa sin precedentes, hemos tenido la oportunidad de acercarnos a una realidad que por remota no deja de afectarnos muy de lleno, y hemos sido testigos asombrados de los sucesos acaecidos en gran número de aglomeraciones urbanas. Sirva como ejemplo la imagen indeleble de Nueva York, la primera ciudad en importancia, verdadero centro social y cultural del fenecido imperio, siendo tomada por nuestros efectivos, a quienes cientos de miles de ciudadanos de barrios como Harlem o Bronx acogieron con la alegría y el homenaje que se dispensa a los héroes.

El caos y la conmoción tras la caída del régimen han derivado en multitud de actos violentos. Masas enardecidas por el vergonzante espectáculo de la ingente riqueza en manos de unos pocos han tomado las calles en busca de venganza. Muchos de los que ahora se dedican al pillaje y a los ajustes de cuentas vivían hasta hace poco embelesados por discursos somníferos de preponderancia mundial, cuando no apartados de opiniones disidentes por un sistema educativo que promovía la ignorancia y unos medios de comunicación fusionados en un manojo de accionistas mayoritarios. Así conseguía perpetuarse un régimen que disfrazaba su legalidad bajo un entramado de falacias pretendidamente democráticas, y así conservaban sus prerrogativas las oligarquías gobernantes, en dolorosa comparación con la vida cotidiana de una gran parte de pueblo americano, condenado por un sistema depredador a una existencia precaria y triste. Hoy por hoy yacen destruidos muchos de los símbolos de ostentación de una sociedad que se regodeaba en el despilfarro más inhumano mientras un gran porcentaje de sus miembros malvivía sin servicios mínimos que garantizasen la salud y la educación de sus jóvenes. Entre el desorden que está siguiendo al vacío de poder, símbolos del odio desbordado aparecen por todas partes, como en el caso del saqueo a la clínica veterinaria especializada en cirugía plástica para mascotas que, tras ser tomada por las masas encendidas, ha sido rehabilitada por los nuestros como hospital para atender a los heridos de una guerra justa y necesaria.

Ahora que la libertad se impone —con un costo sorprendentemente bajo de vidas humanas y un insignificante desgaste por parte de nuestros efectivos, todo sea dicho— de nuevo amanece su sol bajo una atmósfera más limpia y resplandeciente, y la ignorancia a la que millones de seres habían sido condenados empieza a dar paso a la luz del entendimiento. Llega ahora el momento de encontrar el equilibrio de fuerzas y opiniones que asegure la recuperación de una sociedad que, según se apresuran a recordar algunos de sus más distinguidos representantes (hasta hace poco enterrados bajo la pesada losa del anonimato impuesto por la ignorancia generalizada) ha producido ingente cantidad de personajes y valores de importancia esencial para el conocimiento adecuado de la especie humana.

Esperemos que la luz de este nuevo día (unidad que divide casi a la perfección el movimiento de rotación del planeta, y que los indígenas han dividido en otras unidades hasta el infinito, según una curiosa costumbre observada en muchas de sus culturas) traiga para los habitantes de la Tierra en general y para nuestros antiguos enemigos un futuro resplandeciente y un viaje seguro y tranquilo por el universo de la existencia.

Ángel González García

14 yanquis en la corte del rey Arturo

Es por mayo, por mayo, cuando aún no hace la calor, ni encañan los trigos ni canta la calandria, pero al menos se puede salir a la calle sin temor a las nevadas… Es por mayo, pues, cuando en los colleges americanos preparan la gran ceremonia que supone la graduación de otra promoción de brillantes alumnos. Cualquier gasto es poco cuando se trata de festejar el hecho de que unos cuantos afortunados muchachos de buena familia vayan a enfrentarse de una vez por todas con el mundo exterior, dejando para siempre un trocito de corazón en esta su alma mater. Lo mismo aquí, en Filadelfia, que en Princeton o Harvard, cientos de chicos y chicas se ponen la toga y la teja, y guardan cola para recibir su diploma. Como hace sol, (aunque no el suficiente para algunos), se montan por todo el campus unas enormes carpas de lona blanca como la nieve, a mitad de camino entre tienda de campaña donde alojar mesnadas medievales y caseta de feria donde trasegar manzanilla de Sanlúcar.

De la mañana a la noche, el prado bajo la ventana de mi apartamento "on campus" se convierte en el campamento donde los leales a Isabel habrán de pernoctar, antes de deshacer en combate a los partidarios de la Beltraneja. O en el lugar donde los Caballeros de la Mesa Redonda velan armas antes de dar batalla sin cuartel a un ejército de invasores, magos y ogros.

Por la noche, sentado frente a la ventana, intento leer algo. De súbito, un ruido extraño me llama la atención. Suena a chapa, y me recuerda a aquel piso en España años ha. Era una octava planta, frente a un cruce donde cada dos semanas se producía algún accidente de tráfico, hasta que la Comunidad de Vecinos solicitó del Ayuntamiento la ubicación de un semáforo. Eran barriadas obreras aún en desarrollo, y se requerían unas cuantas desgracias antes de que la concejalía decidiese acondicionar la zona.

El ruido de ahora sonaba exactamente igual a un accidente de tráfico. Inconfundible aquel resplandor sonoro de la chapa al golpearse contra sí misma. Me asomo, con el morbo a flor de piel, esperando ver un coche retorcido o humeante, o cuando menos un conductor rabioso imprecando a otro. Pero lo que veo es dos bandos de caballeros, peones y lanceros medievales arremetiéndose con furia en el prado. Ecco qua el ruido de chapa. Andan cubiertos de armadura, y cargados de espadas y lanzas, y parecen ordenarse en dos líneas de batalla, atentos a las órdenes de lo que parece ser el árbitro. Cuando éste baja la mano, las dos líneas se abalanzan la una sobre la otra, pero siempre siguiendo un cierto orden, que parece ser jerárquico. Los peones y lanceros como que rodean al caballero y lo protegen, cual ajedrez viviente.

Mi primera reacción no podía ser otra que la de Obelix ante los romanos: "están locos estos yanquis". Aunque había que reconocerle el mérito. ¿Mal gusto? no veo por qué. A nadie se le ocurre juzgar así a un medievalista académico y formado en la Academia. Si a nadie le parece ridículo un intelectual embobado con cides campeadores y roldanes, que se interese a su modo un albañil por las mismas cosas no debería provocar la chanza. ¿De qué obra provendrían éstos? Al día siguiente mi curiosidad quedó satisfecha cuando me contaron que se trataba de un club llamado "Society for Recreational Anachronism", que como su propio nombre indica, se dedica a pasar el tiempo haciendo simulaciones de batallas medievales. Creo que incluso actúan en una "Feria Medieval" que se celebra por aquí - hablo del este de Pensilvania - con torneos, banquetes y demás parafernalia.

La noche siguiente, tras salir cada uno de su trabajo, mis caballeros andantes volvieron a reunirse bajo mi ventana, a repartirse guantazos y mandobles anacrónicos. Para ambientarles y ambientarme recité en voz alta algunos versos del Mio Cid, entreverados aquí y allá por líneas sueltas del Tirant lo Blanc, pero no creo que el ruido de tanta ferretería como cargaban encima les permitiera oírme. Mejor, por si acaso les daba por creerme un tío raro.

Y así siguieron, una cuantas noches. Unas veces el césped bajo la ventana se convertía en Las Navas de Tolosa, otras en Poitiers, otras en Crecy, algún día en Calatañazor... Cada día una batalla distinta, y siempre la misma. Con un poco de imaginación, eso sí, para poder salvar las distancias.

O for a muse of fire, that would ascend
The brightest heaven of invention
A kingdom for a stage, princes to act,
And monarchs to behold the swelling scene!


Así se queja Shakespeare, en Enrique V ante la dificultad de pintar tanta grandeza, con los escasos medios que proporciona la escena. El quería representar gran parte de la Guerra de los Cien Años, batallas incluidas, pero George Lucas aún no había nacido y el inglés tuvo que apañárselas como buenamente pudo. Se hace lo que se puede, supongo, y por eso mis aguerridos caballeros, en una demostración de su versatilidad, hacían de su capa un sayo e interpretaban su papel a las mil maravillas, tomando las altas torres estudiantiles por las almenas de la Alhambra, y las carpas dispuestas para la ceremonia de graduación por el campamento que en Santa Fe erigieran los Reyes Católicos. Un eco imaginado de atambores, añafiles y chirimías se mezclaba a murmullo del viento y yo leía en voz alta el ¡Ay de mi Alhama!, el romance del Conde Olinos, el de

Alora la bien cercada,
tú que estás en par del río.
Cercóte el adelantado
una mañana en Domingo


Y el

Moro alcaide, moro alcaide, - el de la barba vellida,
el rey os manda prender, - porque Alhama era perdida


Moros abencerrajes y nobles castellanos, enamorados los unos, nobles y justos los otros, se alanceaban desde sus caballos por las vegas granadinas. Si no había caballos, daba igual, tampoco hubo gigantes, sino que mire vuestra merced, que eran molinos. Así seguía la guerra incruenta en el campus de la universidad, en el oeste de Filadelfia.
Por lo menos hasta que, pasada una semana, terminado el año académico y entregados los diplomas, desaparecieron del campus los estudiantes y las tiendas de lona blanca amanecieron por tierra una mañana. El campus queda siempre triste y vacío después de que se van los estudiantes. Los que quedan son pocos y no hacen bulto. Volvieron otra noche los campeones del club medieval - había que aprovechar el buen tiempo - y siguieron los torneos en el césped bajo mi ventana. Pero sin la escenografía adecuada y sin altas damas ni elegantes mancebos mirando desde las ventanas, aquello ya no era lo mismo. Las tiendas sobre el césped, con metros de lona a medio recoger, me causaron la misma impresión que a don Alonso Quijano cuando vio por fin las lonas que cubrían las aspas de los molinos. Si es que llegó a verlos. Si es que eran aspas de molino, y no brazos de gigantes.

Ángel González García

El erial de Queens

Viví ocho años en los EE.UU. En ese tiempo, atravesé cien veces el camino entre JFK y Manhattan, el mismo infierno de hormigón, asfalto y eventualidad que describe Antonio Muñoz Molina en su último libro: Ventanas de Manhattan.

He tenido tiempo y ocasión de sentir el asombro y la excitación acobardada del europeo quizá no del todo urbanizado ante el tamaño de los puentes, las autopistas gigantes y eternas, el incesante tráfago de todos los pueblos del planeta que describe el ubetense de forma magistral.

Recuerdo la admiración pueblerina, a los 20 años de mi edad, ante el número de carriles de las carreteras interminables, cuando aún no sabía que algunas partes del mundo han muerto ahogadas en su propio asfalto, y que millones de personas sobreviven en islas suburbanas rodeadas de cabinas de peaje y rampas de incorporación rápida.

Recuerdo también cuando desaparecieron el vértigo de la aventura, el espanto sobrecogedor pero vibrante de la primera vez, y ya no veía casas enormes de jardines privados, sino barrios muertos, que evocaban imágenes de telediarios infantiles, con ciudades destruidas y calles fantasma. Llegó el día en que no vibré de novelería al ver los letreros anunciando mensajes evangélicos en un español cimarrón, como lo llama Muñoz Molina. Para entonces, ya había visto que detrás de las fachadas de los barrios grises y ahogados vivía gente muy triste, sin esperanzas, con la vida dividida entre lo que dejaron y lo que nunca volverían a tener.

En el camino entre JFK y Manhattan, uno ve todas las banderas que ondean delante del edificio de la ONU, en el corazón del centro del mundo, pasados los vertederos y las marismas. También se ven muchas otras. Están en las lunas de los coches, en las tiendas, en las gasolineras, en los balcones de las casas tuberculosas...Luego, cuando uno habla con los que han colocado esas banderas autoadhesivas, se da cuenta de que sus colores son los de la ruptura y la contradicción, del escorzo emocional. Por un lado, su tierra, su isla, su ciudad, son siempre un paraíso donde la gente conversa y escucha, se respeta a los mayores y se sabe disfrutar de las cosas buenas de la vida. Por otro, en esos lugares míticos de origen, nunca hay futuro, ni trabajo, ni la posibilidad de alcanzar todas esas cosas con que nos enseñan a soñar. Hablo lo mismo de científicos de Girona que prefieren investigar sin trabas en vez de mendigar subvenciones, que de empleados de gasolinera tailandeses, limpiando parabrisas a las cuatro de la mañana para hurtarle el cuerpo a una mísera parcela sedienta de monzón...

Las dos visiones, la del parque temático de acero y hormigón en vez de cartón piedra, y la de La tierra baldía de T.S. Elliot, se conjugan en la obra de Muñoz Molina de una manera asombrosa. Lo que a mí me tomó ocho años de vivir, cien veces de cruzar el anti-paraíso de JFK a Manhattan, Molina lo expresa en una docena de párrafos condensados y magistrales. Si hace veinte años el autor de Beatus Ille pudo componer alambicadas maravillas, ahora ofrece un castellano destilado, una de las mejores descripciones sobre la barriga del mundo que se han escrito en castellano.

Ángel González García

Historia general de Minorea

Hace una cantidad aún por definir (por mucho que se empeñen algunos indocumentados de haber dado con la fecha aproximada) de años había en Minorea un rey llamado Fersipando, el III de su nombre, y el de más triste memoria de la tríada formada por él mismo, su bisabuelo materno y su primo carnal por parte de padre, fundador de la dinastía.

Fersipando III, siguiendo en esto las enseñanzas de su historia reciente y las de sus consejeros, parientes e iguales, se servía para mantener su férreo control de Minorea de una serie de alianzas difíciles a veces, cambiantes con cierta regularidad, inestables de cuando en cuando, pero al fin y al cabo duraderas, porque estaban hechas entre personas con unos intereses comunes: sacar la mayor tajada de lo que se presentara cuando y como se presentara, a costa de quien osara también invitarse a convites a los que no lo había sido. Verbigracia los pobres y los casi casi.

Comoquiera que durante un par de quinquenios especialmente abonanzados del reinado de Fersipando III las cosechas alcanzaran buen precio en los mercados, los negocios crecieran y las exportaciones minoreanas hicieran inclinarse la balanza del mercado del lado propio, sucedió que entre las gentes pobres y las casi casi de Minorea se empezó a dar el caso de que los habitantes, lugareños y ciudadanos se pasaban al menos un rato del día leyendo, oyendo leer o hablando descansadamente de cosas que hasta la época no habían tenido tiempo de discutir. Porque 24 horas no eran siempre suficientes para asegurar la hogaza con que pasar la vigésimo quinta. Algunos de los casi casi, encumbrados en los tiempos de abundancia, acabaron por salir de su oscura existencia, y dejar incluso atrás su condición, encaramándose (ellos o sus progenies) a otros escalones de mayor altura y menos sometidos al pisoteo que los que habían ocupado durante generaciones sus ancestros. Dicen que algunos de estos casos fueron debidos a un incremento desmesurado de conocimientos por parte del interesado.

Los primeros miedos que tales ascensos pudieron provocar entre quienes tenían la sartén por el mango se vieron fácilmente disipados por su carácter ocasional y nunca generalizado, además de por la asombrosa capacidad de adaptación a su nuevo destino que mostraban estos escaladores retrepados de nuevas sobre el regazo de la Fortuna. El primer cuarto del reinado de Fersipando III transcurrió así entre el contento generalizado, hasta que pasó lo que tenía que pasar, y es que la conjunción de epidemias, tormentas, inundaciones, guerras, bandolerismos, y miles de otras zarandajas socio-económicas que giraban por el mundo alcanzaron en la línea de flotación de las riquezas del reino, de modo que donde antaño hubo holganza, hastío, tranquilidad y relajo, el triste hogaño de los últimos del reinado de Fersipando III trajo el hambre, la escasez, el desamparo y la ira a las vidas de los minoreanos.

En los campos se juntaron piquetes que pedían tierra, en las ciudades los artesanos reclamaban pan y trabajo, y en el litoral los estibadores y pescadores se habían convertido en contrabandistas que asesinaban en noches de niebla portuaria a los agentes del rey, en venganzas que nadie nunca desenmarañaba. El rey, aconsejado por sus más fieles, probó todo lo habido y por haber. Primero se acusó a los turmantes, muchos de los cuales llevaban siglos de co-habitación pacífica con los minoreanos, y durante algunos años la presión popular tuvo su ocasional válvula de escape en una o dos matanzas de turmantes desprevenidos. Luego, una docena de pseudo-profetas piojosos alumbraron un cambio de edad para distraer a la audiencia, mientras el propio Fersipando III desfilaba al frente de sus tropas para malgastar lo que no había en las arcas reales en una guerra oportunamente declarada contra un enemigo vagamente elaborado por la inteligentsia fersipandiana. Al cabo, no obstante, y ante la pertinacia del período de carestía, el malestar social terminó por convertirse en turbamulta iracunda, y las fuerzas llamadas a la restitución del control, los supervivientes de una guerra desastrosa y humillante contra un enemigo demasiado poderoso y mejor surtido, se unieron a la revuelta, en un golpe histórico de los de marca mayor, de cuyo cuño hanse visto pocos.

A la cabeza de aquella revuelta organizada a la vez que espontánea se situó desde el principio Zaramón Liebres, el hijo de un zapatero remendón y una lavandera ribereña, y hombre de grandes dotes para el gobierno, al menos durante los primeros lustros de su mandato, hasta que decidió adoptar el nombre de Leporato I, acuñar moneda, fundar una dinastía y hacer ajusticiar al por mayor a toda una generación de desafortunados disidentes. Leporato I siguió poco más o menos contando con los mismos apoyos en los que hacía lo propio su antecesor (quien, por cierto, acabó colgado de un madroño), y por lo demás su reinado se diferenció bien poco de el del malhadado Fersipando III.

Una de las primeras medidas de Leporato I fue la de casar a sus dos hijas (fruto de su matrimonio con Serevanda Tiforda, molinera de su aldea) con sendos vizconbarones o marduqueses que tanto da, y la de emparejar a su primogénito Zandubio Liebres con una de las ramas destroncadas de la dinastía de los fersipandos, que a la sazón porquerizaban piaras en las fragosas sierras del sur del país. Como era natural, Leporato I se murió, y como era de esperar lo hizo no sin antes haber dejado las cosas muy bien atadas en lo que a sucesión se refería. Para cuando Leporato I abandonó este mundo, su hijo Zandubio el Orejas había pasado a ser para todos los efectos legales Aurículo I, y su joven esposa, una chica blancuzca y granulienta, de expresión aburrida, estaba encinta del que sería Aurículo II.

Cuando Aurículo II llevaba cinco años en el trono, otra época de escasez se tomó la libertad de asolar Minorea con la intensidad de una iracunda venganza divina. Las rapiñas sostenidas que el grupo favorecido por el monarca hacían caer sobre la tierra sólo sangraban a ésta hasta casi la inanición, pero se aseguraban, al menos mientras asegurarse no significara mucho gasto, de que los minoreanos pobres y los casi casi siguieran vivos en su mayoría de un año para otro, consciente como era la élite del país de la necesariedad de mantener malvivos a quienes llevaban el peso de tributaciones, pechos y cargas laborales.

Pero las rapiñas elitistas no fueron ni granizo de agosto comparadas con las plagas, hambrunas, terremotos, epidemias, invasiones y bajas cotizaciones en los mercados de valores que asestaron el último golpe a la dinastía leporata. De nuevo el pueblo minoreano, aguijoneado por el hambre y es descontento social, se levantó en armas contra sus dirigentes y depuso a Aurículo II, que tuvo no obstante tiempo de abandonar el país disfrazado de turmante según unos, cubierto de salchichones según otros, por lo que durante algunos años el consumo de tales embutidos se convirtió en acto antipatriótico.

Sean cuales fueren las razones para el descenso del consumo de salchichones, a la postre estos embutidos habrían de tener gran importancia en el desarrollo posterior de la Historia de Minorea. Fue por esas fechas cuando Macundino Butifuet, quien otrora había sido dueño de las piaras porcinas más generosas del país, decidió reconvertir el negocio familiar en banco, y su profesión de exportador de charcutería en la de político. Beneficiado por una crisis acefálica en Minorea, durante el período que ha pasado a la Historia con el calificativo de “la Regencia Bailona”, Butifuet se hizo con el poder en poco tiempo, sirviéndose a la vez del apoyo de una masa presta a dar manos libres a quien prometiera sacarlos de caos y del que le prestaba una oligarquía con la que compartía visión de futuro y amistades sólidas. Las Fuerzas Armadas no fueron obstáculo a las ambiciones de Butifuet, quien se ganó el apoyo de dicho estamento a fuerza de legalizar de nuevo el consumo, venta y exportación de salchichones, aunque en honor a la verdad el nuevo presidente vitalicio se abstuvo durante los treinta años de su mandato de volver a participar en dicho comercio.

La “salchichonada”, como algunos opositores dieron en llamarla, dejó a Macundino Butifuet al mando indiscutido de Minorea durante tres décadas, durante las cuales se mantuvieron el orden y el concierto, a costa de unas pocas purgas que buena falta hacía, porque el reino andaba muy infestado de sinvergüenzas que por pedir pedían la luna, y así, señores, no se puede trabajar en serio por el bien de una sociedad. Fueron estos treinta años los que vieron la desaparición de los minoreanos pobres. A partir del segundo trinquenio del mandato de Butifuet, se declaró en todos los foros y quedó bien dicho a todos los vientos que los minoreanos eran ya todos de casi casi para arriba. Algunos desagradecidos acusaron al régimen de Butifuet de haber logrado esto a base de acabar con los pobres, o mandarlos a Turmantia, donde eran tratados peor que esclavos por nuestros antiguos huéspedes.

Hueras y falsas son estas voces que intentan denostar la tarea de un líder que, si bien pudo pecar en ocasiones de autoritarismo, lo hizo siempre por el bien de los minoreanos, desde los más casi casi hasta los más como dios manda. Tras treinta años de lo que algunas lenguas deslenguadas han calificado de “reinado” (ridículo intento de asemejar el régimen del ciudadano Macundino Butifuet a regímenes pasados y obsoletos), Minorea estaba por fin en el lugar que le correspondía dentro del concierto de las naciones, y donde sigue hoy, por mucho que el ministro de exteriores turmante vaya diciendo por ahí. Libre de anclas que nos amarren al fondo abisal de tiranías y despotismos, los minoreanos, incluyendo los casi casi, navegamos en una empresa común en pos de la prosperidad, de la mano de nuestro actual líder.

Los hubo que quisieron desestabilizar la sucesión pacífica y legalista de nuestro presente régimen constitucional, aludiendo a semejanzas entre la elección del actual timonel de nuestro destino y las de aquellos fersipandos, aurículos y leporatos que se sucedían en el trono a base de derechos dinásticos y/o contraídos como quien contrae la gripe. Bien es cierto que las casualidades de la ciencia arcana de la genealogía emblemática parecen apuntar al hecho de que el sucesor de nuestro amado Macundino Butifuet es sobrino político de una rama de los leporatos con la que emparentó el ex-presidente a través de su matrimonio con la nieta del último fersipando, mientras ésta crecía montaraz entre las piaras meridionales que abstecían una de las fábricas salchichoneras del futuro prócer. Pero de ahí a querer apuntar afinidades entre el cambio pacíficamente orquestado por nuestro actual Consejo de la Mellota, y esas veleidades revolucionarias y/o absolutistas de antaño, es evidente que dista un mundo. Hoy por hoy, Minorea es un país de nuevo libre y próspero. Nonada, nuestra capital, puede contarse como una de las más modernas y avanzadas del mundo, como demuestra la reciente inauguración de su línea de suburbano veloz, primera obra de tal envergadura acometida en nuestro país, y prueba irrefutable de que Minorea va como tiene que ir.

Cosme, Damián y los transplantes obligados

Cerca del Museo Reina Sofía (con su plaza, la más desaprovechada del centro de Madrid), a la espalda del antiguo Real Colegio de Medicina y Cirugía San Carlos, está la calle de San Cosme y San Damián. Y no es por casualidad que su empinado desnivel se ampare a la sombra de tal insigne institución, porque estos dos facultativos de la Antigüedad son santos patrones del Protomedicato cristiano.

En la historia de sus vidas destaca el milagro barnardiano de la sanación de un rico hombre, a quien los dos compañeros de urgencias transplantaron la pierna de un esclavo negro que tuvo la mala fortuna de ponerse a mano de los dos ases del escalpelo. Cuenta Michael Solomon, que conoce el barrio y sabe de médicos antiguos, que las versiones varían de unas a otras: en algunas el esclavo acaba muerto (exceptuando su pierna), mientras que en otras queda de por vida lisiado para mayor disfrute del ricachón y gloria de los galenos.

Fue esta última la versión más atractiva para los iconógrafos del Cristianismo, que se explayaron a lo largo de los siglos en dar expresión plástica al incidente. Así, numerosas representaciones del “milagro” muestran a ambos cirujanos junto a su paciente, restablecido (prognosis positiva y post-operatorio facilón), quien muestra con orgullo sus piernas a dos colores. Mientras, en el fondo permanece el esclavo negro, sosteniéndose en unas muletas, con el muñón castamente vendado. Pierna vendida, muñón vendado…

El azulejo con el nombre de la calle (que en este barrio suele incluir un bonito e ilustrativo dibujo) no reproduce, por suerte, esta cruel representación iconográfica. Sería de ver la vergüenza y la afrenta a algunos de sus vecinos actuales, senegaleses, guineanos o caribeños de piel tan oscura como la del esclavo donante de piezas de repuesto para ricos. Sin embargo, y según denuncias hechas por algunas religiosas españolas en Mozambique, todavía hoy se amputan miembros y se trafica con órganos de seres humanos, para alimentar la demanda de hígados, riñones, pulmones y corazones que tenemos los rico-hombres y mujeres de hoy.

Durante bastante tiempo, la imagen del terrible experimento de San Cosme y San Damián fue interpretada de manera simbólica. En ella parecía resumirse el trato que el occidente judeo-cristiano y europeo dio a los africanos durante muchos siglos, el uso práctico que de su cuerpo y su fuerza hizo el sistema esclavista: la pierna del pobre esclavo adquiría así valor de brazo, de mano quizá, amputada o secuestrada para construir imperios. Parece que el progreso y la modernidad vienen dispuestos, no obstante, a simplificar símbolos, a significar al pie de la letra las pesadillas más salvajes y atroces de nuestros predecesores en el planeta. Hoy la pierna del africano tiene un significado puramente literal, mientras millones de personas de ese continente mueren de Sida, incapaces de permitirse medicación, a menos que tomen parte de un ejercicio de experimentación sufragado por una importante empresa farmacéutica.

Para terminar, una curiosidad hagiográfica: los dos gemelos sirios Cosme y Damián recibieron el sobrenombre de anárgiros, “los que no cobran”, los “médicos no mercenarios”.

Más sobre santos y transplantes

Ángel González García

Chico con tubo de pegamento

Se han pagado 93 millones de dólares por el Chico con pipa de Picasso. En Lavapiés los niños no fuman en pipa. Inhalan pegamento, que mata más deprisa.

Si me atreviera, quizá les haría una foto; quizá pediría a uno de ellos que posara frente a mi cámara digital, los ojos idos (ventanas de neuronas esquilmadas por el adhesivo), la postura lánguida, el tubo de “pega” barato en la mano pequeña, a imagen e imitación del cuadro del malagueño. Pero no me atrevo porque, mientras hiciese la foto, tan artística y tan inteligente (en cuanto que concepto), los demás chavales de la banda acabarían robándome la cámara.

Con 93 millones de dólares sobraría dinero para sacarlos de la calle, antes de que el pegamento acabe de pudrir, tan deprisa, sus pequeños cerebros.

Ángel González García

Un ramito de viole(n)tas

“Era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio”, dice la canción. La que le gustaba a su madre era la versión antigua, la de esa cantante de pelo largo de cuando Franco, que se murió en un accidente de coche, la pobre. Pero la que pusieron el día de su boda fue otra, más moderna, más aflamencada, más rumbera, que es como a ella le gustaban las canciones.

La historia era triste, pero tenía una ternura que la hacía estremecerse cada vez, y no de pena o miedo. “Tenía el hombre un poco de mal genio, y ella se quejaba de que nunca fue tierno”. Como su padre, como su abuelo, al que nunca conoció más que en historias contradictorias de la abuela. “Tenía mal genio”, repetía la vieja con una mezcla de queja escondida, admiración y orgullo porque su hombre fue muy hombre, hasta para dejar caer la mano alguna que otra vez. Un poco de mal genio que al suyo, su marido, le salió poco a poco. La canción sonó en su boda, y la recuerda, y conoce la letra “hace ya más de (¿cuántos?) años, recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía, que le han devuelto la alegría”.

El marido huraño, que a pesar de todo la hacía feliz (¿o era ironía?), no se entera, pero la pobre mujer recibe cartas todos los años, acompañadas de un ramito de violetas, cartas “llenas de poesía, que le han devuelto la alegría”. Al final, era el hombre (el que nunca fue tierno, el que a veces tenía un pronto violento, como deben ser los hombres bien bragados, el que parecía el mismo demonio) quien le mandaba los anónimos poemas que mantuvieron su ilusión tantos años. Una canción muy bonita, triste, pero tierna, porque el marido, al final, resultó que la quería, a pesar de todo, y por eso se escondía detrás de las flores sin nombre, para que un día al año ella se sintiera feliz…

Después de la boda pasaron los años, y nada cambió de repente. Sólo que la vida siguió su curso, y dejaron de ser niños y dejaron de ser adolescentes, y se hicieron mayores y sus peleas se hicieron de mayores, y en su piso las paredes resonaron un día con los mismo gritos que las que albergaron a sus padres, que las que se colaban por el patio de luces, como peleas de casados. A veces era tierno, y nunca dejó de ser hombre para hacerse demonio, porque no le hizo falta. Ella no se quejaba, hasta que empezó a hacerlo. La canción dejó de sonar el día que le rompió el tímpano a golpes. Cuando salió del dispensario, esperó ver un ramito de violetas esperándola, acompañado de un mensaje anónimo y furtivo que le curara el alma.

Años más tarde, cuando el dispensario se quedó chico y el postoperatorio empezó a durar más de un par de días, decidió salvar la vida. No era feliz en su matrimonio, y su marido sí era el mismo demonio, dijo el juez, y consiguió lo que la mujer de pelo largo y lacio que cantaba en tiempos de Franco nunca habría logrado. Fue entonces cuando empezaron a llegar los mensajes. No eran versos, ni vinieron en primavera para acompañar ramos de flores. Tampoco llegaban cada nueve de noviembre, sino cada semana, cada dos días, a veces en mitad de la noche en forma de llamada de teléfono, y nunca con líneas tiernas de amores imposibles y admiraciones ocultas.

Al funeral acabó asistiendo más gente que a su boda. No hubo música, ni baile, ni convite, y por supuesto que no sonó la canción. De entre las flores que cubrieron su tumba, es bastante probable que hubiera violetas, aunque no se sabe si en un ramo o repartidas entre otras flores, escondidas entre coronas de duelo.

Ángel González García

Los melindres

Los domingos son días de mal humor. Cuando me ganaba la vida, el domingo era el fin de algo demasiado corto. Era un día agorero, estigmatizado sin remedio. Si acaso algún lunes festivo le quitaba la mala sombra al domingo, se convertía en un sábado repetido, incapaz como era de reconocerle algún mérito al día que nos vende, al judas de la semana. Ahora que no me la gano, los domingos no sirven para nada, y me pone de mal humor el necesario descanso de quienes sí tienen algo que hacer el lunes por la mañana.

Como estoy de mal humor, salgo a dar un paseo, que es lo único sensato que se puede hacer en tales casos. Le doy vueltas al asunto, mientras veo a familias, individuos, parejas y animales que disfrutan del día, agraviándome en cada sonrisa. Decido que ya está bien de melindres, y hago acto de contrición. Mi deseo de enmienda, mientras veo a la gente en las terrazas, es sincero, así que mañana mismo me iré de una vez por todas a la agencia de empleo temporal, por ver si sale algo poniendo copas, o de pinche en un catering.

El lunes cumplo la penitencia, y hago el via crucis Atocha abajo. Pero el martes ya he vuelto a mis trece, y me repito que no me da la gana de poner otra vez copas, hablando idiomas, teniendo los títulos que he sudado, y la experiencia en lo mío, que no es mala ni poca. El miércoles consigo una entrevista de “lo mío”. Me embeleco con el trato, me ilusiono cuando dicen “queremos a alguien de tu perfil”, “háblanos de tu experiencia como docente universitario”, y se me hace agua el currículum cuando me alaban lo abultado e “impresionante” del resumen de mi vida laboral que les presento.

Cuando me dicen que no contratan, pagan en efectivo, y que con 12 la hora voy que chuto, me desenamoro y vuelvo a casa diciendo que sí, que a poner copas se ha dicho. Total, por el mismo dinero, al menos así no realquilo el cacumen, que mis años y mis libros me costó cultivar, y dejarlo tan coqueto. Claro que, por otra parte, lo tengo tan sin terminar y tan con alfileres, que si me paso ocho horas lavando platos se me va a echar a perder tarde o temprano…

A partir de ahí, la semana, digamos que ha podido conmigo. Los ratos que no ocupa lo arriba expuesto, los dedico a escribir. La persona con la que comparto cama, vida y futuro, se dedica a ganar el pan que nos sustente a los dos, mientras yo me gasto parte importante del presupuesto en el cyber, a 70 céntimos la hora, escribiendo e intentando publicar cartas al director en El País.

Así, llega la hora de comer tarde el domingo, y vuelvo de mi paseo con algo que habilite un almuerzo improvisado. Me digo que no, que así no se puede, que debo tomar una determinación, que escribir puede ser algo secundario, que tengo que encontrar el hueco que me dé de comer. A los postres, la BBC da un programa semanal de reportajes. El último domingo habló de la situación en la frontera de Chad y el Sudán, donde miles de refugiados huyen de una guerra para morirse de sed, hambre y enfermedad, cuando no a manos de asesinos bien armados que irrumpen en los campos fronterizos. Trabajadores de la ONU rechinan los dientes de la conciencia mientras denuncian sin diplomacia alguna la indiferencia del mundo. La nuestra, la mía. Un empleado de la ONU a punto de llorar de impotencia se pregunta con qué cara va él a administrar medicinas contra el cólera a niños que no tienen de comer, y que para pasar la píldora tienen que beber agua emponzoñada.

Tras ello, otro reportaje, de los que Alfredo Urdaci nunca soñó hacer, ni en los días más idealistas de su paso por la facultad: 250.000 mujeres y niñas nepalíes son la mercancía de un negocio que une Nepal y la India. Una vez en ésta, se las obliga a acostarse con treinta hombres al día. El periodista (¿entiendes, Urdaci?) pregunta a una muchacha. Fue vendida a los nueve años de edad. Violada durante cinco, pudo ser rescatada, y ahora muere lentamente en un hospicio. Su familia no la quiere, está manchada, y además fue infectada de SIDA. ¿Se dan cuenta la cantidad de verbos en pasiva que hay que usar para hablar de lo que pasan millones de mujeres en este jodido planeta? La voz pasiva es dura para el oído del hispanohablante moderno, suena extraña, forzada. Pero no hay más remedio que usarla, sobre todo cuando hablamos de los que no tienen voz activa, porque se la arrancan de cuajo.

El siguiente reportaje habla sobre la incidencia del SIDA entre la población infantil de barrios como Soweto, en Sudáfrica. Es tan grave el azote de esta enfermedad sobre la población infantil del país, que a ninguno de los traficantes de órganos asentados y operativos en el vecino Mozambique se le ocurrirá intentar cosechar su mercancía entre los pobres sudafricanos. Qué desagradable figura de pensamiento, qué asqueroso escorzo de una prosa pobre y sin más recursos que el tremendismo, me dice la musa.

Whatever, le contesto (porque yo con mi musa hablo en inglés). Entonces ya no puedo más, todas las disquisiciones de entresemana e inmerecido weekend se me diluyen, y lo único que puedo hacer para no liarme a patadas con las paredes es escribir, y me siento al ordenador y hago lo que puedo, y no me dan 12 euros la hora, que si así fuera, otro gallo nos cantara. Pero como es domingo, y el cyber está cerrado, y el que abre es demasiado caro, me tendré que esperar hasta el lunes, para cuando ya se me habrán quitado los melindres, y estaré pensando volver a la agencia de empleo temporal a ver si sale algo en convenciones, donde pidan camareros con idiomas.

Ángel González García

La Vendimia del barrio

La Vendimia del barrio

La Vendimia: cada uno la hace donde puede

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