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Cuadernos de Lavapiés

De ferias

La tarde del 28 de mayo de 2004 ha sido capaz de lo que sus desdichadas predecesoras no pudieron. Ha sido una tarde preciosa, una tarde perfecta para dar un paseo por la Feria del Libro de Madrid. Desde la Rosaleda hasta la calle de Alcalá, he paseado despacio. La música se interrumpía a veces por los anuncios de próximas comparecencias de autores predilectos, y me he acordado de las ferias de mi niñez, donde una frontera de albero separaba las castañuelas, el vino y las sevillanas de los anuncios de tómbolas, rifas y coches locos.

De un lado estaba la feria de los mayores, la del vino y el baile, la del alterne. Del otro, la feria más atractiva en aquellos años de pantalón corto: la del algodón dulce, las rajas de coco, el castillo del terror y los churros con chocolate, premio y colofón de la noche.

Con los años cambiaron las preferencias y los gustos, y el lado infernal del Real, el de las tómbolas, fue postergado a favor de las casetas de farolillo, borrachera y muchachas engalanadas. Con más años, han vuelto a cambiar, y ahora deambulo por esta feria del libro de Madrid con la ilusión de entonces, a pesar de la música de listas de éxito y operaciones triunfales. Paseo, y me alegro de que aún queden muchos días, como antes me alegraba la noche del alumbrado en la feria de mi ciudad.

La música desaparece al llegar a Alcalá. El tráfico agigantado de la calle impone su marea, y quedan repentinamente lejos las casetas de las editoriales. Cruzo a la otra acera, y bajo hacia Cibeles. Al llegar a una esquina, oigo lo que parece ser un órgano de iglesia, que casi empieza a imponerse sobre el ruido de coches y autobuses.

La sensación es algo irreal. Parece que los tubos y fuelles del instrumento se rebelan por un día contra la dictadura de los motores, y a medida que avanzo compruebo sorprendido que han vencido los acordes eclesiásticos. Paso por delante de la parroquia de San Manuel y San Benito, donde unos enorme altavoces escupen violentamente una fuga con reminiscencias apocalípticas. Veo las filas de vehículos en combustión, pero sólo oigo el órgano, y mi cuerpo vibra, como lo hacía cuando era mucho más pequeño, y se internaba en las calles de gravilla del otro lado de la feria.

“Semana Internacional del Órgano de Madrid”, leo en la puerta del templo.

El patio de luces

Empezaron los del patio interior, quejándose de que no les alcanzaba el sol. Lo discutieron en varias reuniones de vecinos, pero no sirvió de nada. Los de los pisos exteriores, claro, dijeron que ni hablar, pero siguió haciéndose, mientras tendían la ropa en el patinillo, en la panadería de enfrente, en los descansillos de la escalera...Hasta que una noche empezaron con el telefonillo. La cosa escaló con los anónimos, que yo mismo llevé sin saber lo que eran, y sin pensar más que en lo mío, claro. El del primero se compró un perro muy grande. Cuando picaban en su puerta lo soltaba escaleras abajo. A poco, el espejo del ascensor apareció cubierto de graffitti. “Queremos luz”, decía, y el presidente les desprecintó los contadores, con lo que se quedaron varios días sin electricidad. La del tercero y una amiga tomaron el ascensor, con doña Serafina dentro. El del perro y el presidente se pusieron de acuerdo, y contrataron a un sobrino de uno de ellos, que trabajaba de segurata, para que hiciera guardia en el zaguán. Entonces los otros se hicieron fuertes en la azotea y cambiaron la cerradura. El sobrino trajo a unos amigos suyos, la forzaron y la cosa acabó muy mal, con varios heridos. No sé más, porque me cambiaron de ruta.
Ángel González

Intérprete

Salió temprano de casa. Al doblar su esquina se cruzó con el vecino. Se saludaron brevemente, como solían hacer. Esa mañana tenía varios recados, así que apretó el paso. Entre metros y autobuses se le fue la mayor parte de la mañana, y la otra entre colas y edificios oficiales, cargado de fotocopias y fotografías tamaño carné. Así, por lo menos, hacía algo, en vez de quedarse en casa a verlas venir. En el Ministerio recogió un impreso y preguntó por la bolsa de trabajo. Nada. Luego, fue a la Consejería, donde se repitió el episodio. A media mañana tenía cita en la oficina del INEM, en la Ronda de Atocha. Pasó por su casa para recoger algunos documentos y la tarjeta del paro. Pasó por delante del negocio del vecino, de nuevo se saludaron, y esta vez se detuvo a conversar brevemente, en ambos idiomas, como solían hacer de cuando en vez.
El funcionario actualizó sus datos. Le dio información sobre cursos formativos y el inscribió en las listas de espera de tres de ellos. “Deberías diversificar tu demanda, porque para lo tuyo no suele haber nada”. “Entiendo. ¿Y en el Ministerio?”. “Nada, lo de siempre, que no se convocan. Te voy a poner como auxiliar administrativo, a ver si sale algo en una empresa de importaciones...”
Cuando regresó a su calle, había un gran revuelo. Cerca del portal, la del segundo le alcanzó para contarle. Acababan de llevarse al del negocio; sospechaban que quizá había tenido algo que ver. A los tres días lo leyó en la prensa. El sospechoso había sido arrestado con anterioridad, pero se le puso en libertad porque, entre otras cosas, no diponían de intérpretes.

Ángel González

Sacrificio

Durante todo el camino lo sospechó sin saberlo. Al llegar, las instrucciones no dejaron el menor lugar a dudas sobre lo que habría de suceder aún no sabía cuándo. Pero, a pesar de ello, no se dio cuenta, o no quiso dar oídos a sus propias sospechas. El calor inapelable y la luz blanca de un sol sin piedad hacían que todo fuera más despacio. Mientras seguía con los preparativos, se pudo observar a sí mismo en la calima irreal. Fue en ese momento cuando por fin la sospecha tomó forma concreta, y la respiración se le hizo más lenta y difícil. Miró al muchacho, tirado en el suelo como un bulto borroso en la luz excesiva.
Entonces Él le habló. “Hazlo”, le dijo, “y que tu mano cumpla mi voluntad”.
Miró a su mano y a lo que ésta blandía, y volvió los ojos al joven. Avanzó como nadando en la calima pegajosa hasta el bulto irreal. “Ahora”, volvió a decir la voz, la palabra que siempre había sido su palabra, hasta este preciso instante. Levantó la mano, se volvió hacia el resplandor, y negó con la cabeza. Ayudó al muchacho a incorporarse, y se marcharon ambos, alejándose de la blancura hiriente hasta desaparecer en la sombra sin voces.

Ángel González

Atraco

“Pero es que no llevo ni un céntimo”. Mi tono de voz intentaba conciliar, casi invitando a que se compadeciera de mí. “A ver, la mochila”, fue toda su respuesta. Dentro no había nada de valor, y en eso descansaba mi aparente tranquilidad. Miraba a su arma, intentando calmarme y que todo acabara pronto y sin percances. Revolvió entre mis cosas, hasta dar con algo que le pareció merecer el esfuerzo. “Eso no, te lo ruego”, le dije al verlo, la compostura perdida del todo ya. “Es sólo una pieza, no sirve para nada...” “Algo me darán”, me interrumpió, meneando el arma en mi cara. Luego salió corriendo, volviéndose varias veces para asegurarse de que no le seguía. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, se detuvo y miró hacia mí. Levantó el arma sobre su cabeza y volvió a agitarla, amenazante. Acto seguido se la introdujo en la boca. El sonido que llegó hasta mis oídos entonces no fue el que esperaba. A pesar de la distancia, oí el crujido galletero, mientras le veía masticar lentamente, sonreír con los dientes manchados de chocolate, y desaparecer tras la esquina.

Después de aquello, decidí no votarle nunca más.

Ángel González

Chiringuitos de playa

El anuncio comienza con la imagen de un chiringuito subdesarrollado, techado de palmas, en una playa trópico-paradisíaca. Unos hombres negros, doblados con falsas voces cubanas, practican un diálogo con segundas, una estupidez digna de la revista de variedades más cutre de la posguerra más hambrienta.

"Mira, el mío es muy grande", dice uno. El otro responde "No es el tamaño lo que impolta, sino que vibre". La gracia desternillante consiste en que hablaban de sus teléfonos móviles, unos aparatos enormes y anticuados. El esperpento cupletero continúa, y uno de los parroquianos del chiringuito acaba yéndose (enorme Motorola del 84 atado a la oreja con un pañuelo) caballero en un borrico. A estas alturas, el acento gangoso que quiere pasar por castellano antillano, santiaguero, oriental o cimarrón, se hace ofensivo.

La voz en off sentencia: Si en el Caribe se tomaran las cosas tan en serio, no tendríamos Ron Malibú.

En la parte del Caribe que me ha tocado ver, los teléfonos móviles son de Telefónica Movistar y no son trastos obsoletos, aunque sí caros. Hay burros, como en otras partes, y la gente se preocupa, a veces mucho, porque la vida es motivo de preocupación.

En la República Dominicana y en Haití la gente no pasa el día en chiringuitos playeros, ni responde a la tragedia o al continuo martilleo de la injusticia con carnavales y danzones. A veces, la tragedia es tan terrible que hay que tomársela en serio, aunque en el mundo rico bajen las reservas de licores exóticos, o nos suban los precios del Ron Malibú.

Una multinacional británica (valga el contrasentido) vendió recientemente la marca a la empresa Allied Domecq, que también es una multinacional, y también británica, aunque el nombre nos evoque a Feria del Caballo y a coñac en el casino del pueblo. Dudo mucho que esta empresa consienta en que sus empleados de planta de producción se tomen a broma su trabajo.

Los guionistas y/o responsables de este spot publicitario parecen ser, en este caso, los únicos que se toman algo a broma. Ese algo es la identidad de gentes que no se pasan la vida “gosándola, mi amol”, que no tienen más remedio que tomársela muy en serio, que viven en la pobreza y el atraso, pero que no merecen por ello nuestra burla.

Al final del anuncio, uno de los personajes de carnaval cruel tiene que meterse en el agua para encontrar cobertura (se ve que en aquellas latitudes vergonzosas las compañías de teléfono no ofrecen los servicios de calidad que en España). Una vez en el agua, se observa cómo lo arrollan las olas de ese mar de paraíso tropical. Resulta indignante ver, a renglón seguido, las imágenes de los cadáveres que se acumulan en las márgenes de ríos secos que nunca debieron ser urbanizados, en La Española, la isla más desgraciada de América.

Ángel González

Darfur y otros infiernos de pantalla plana

Entre Sudán y Chad se está cocinando una masacre escandalosamente similar a la que dejamos pasar por delante de los noticieros de hace diez años. Conflictos étnicos lejanos, guerras entre pueblos que no queremos reconocer, porque no nos interesa, vocablos para definir grupos de hombres y mujeres que queremos ignorar...

Costó varios millones de asesinatos, pero ahora podemos lamentar nuestra indiferencia usando palabras que ya no ignoramos: hutu, tutsi o Ruanda pasaron de no escribirse, de no leerse, a provocar debates ortográficos (¿Ruanda o Rwanda?). Las imágenes de entonces no necesitan alfabetos: ríos conradianos por los que navegaban cadáveres hinchados; cocodrilos ahítos; horrores que quizá llegaron a suscitar una consulta rápida al Atlas, y poco más.

A medida que se acerca la estación más seca del año, de nuevo el hambre, las matanzas y el terror avanzan en el corazón de África (¿cuántos corazones tiene este continente?). En Darfur quizá no alcanzaremos a ver el Nilo Blanco transportando corriente abajo flotillas de cuerpos. Pero los cadáveres siempre llegan, siempre aparecen. Los ríos de la muerte no son como los de Jorge Manrique. Sus cauces son desconocidos, y sus ojos, misterios, remolinos y guadianadas acaban arrastrando víctimas hasta los lugares más insospechados.

Los ríos de arena de Darfur han depositado su carga fúnebre al otro lado del Océano, en los cauces traidores de La Española. La corriente torrencial de nuestra indiferencia activa, la catarata de nuestras injusticias (las de todos) acabará por dejar sedimentos de muerte en países cuyo nombre sólo entonces aprenderemos.

Ángel González García

La viuda del Pulgar

Aria Condizionata

A la viuda de don Crescencio del Pulgar le gustaba mucho la ópera. Cada vez que una compañía italiana visitaba la ciudad, la viuda se sentaba sola en su palco, justo encima del escenario, con la espalda erguida y el ceño adusto, seria como una estatua y escrutadora como una esfinge. En esas noches mágicas de estreno, cuando lo mejor de lo mejor de los que son alguien en la ciudad se revestía de sus mejores galas para hacer ostentación de refinamiento y llenaba por completo el teatro, todo el mundo estaba pendiente de la expresión de la viuda de don Crescencio del Pulgar, "la del dedo", como era llamada por algunos envidiosos de tertulia y té con pastas.

Desde que la entonces joven esposa de don Crescencio llegara a la ciudad, hacía ya bastantes años, no habían faltado las malas lenguas ni los chismes de merienda ociosa sobre su supuesto origen humilde. Los más aventurados y lenguaraces contaban historias sobre el pasado sórdido de la del Pulgar, llenos de tugurios de suburbio obrero o de lupanares de puerto de mar en los que alguien sabía de buena tinta de alguien que conocía a un tercero que la había visto bailar desnuda frente a un público ebrio de marineros tatuados y rijosos.

Don Crescencio, que era ya sesentón y tenía fama de rijoso persiguechachas, había, según algunos, recogido a su lozana esposa del arroyo como quien dice, encandilado por los atractivos sensuales de la mujer. Otros, más gráficos, insistían en que la del Pulgar le chupaba la verga al viejo tan bien que él era capaz de dejarse hacer cualquier cosa con tal de tenerla amorrada a su entrepierna. Alguno hubo que, de puro envidioso, afirmó saber de buena tinta que el difunto don Crescencio solía pasearse en calesa cerca del mercado central, en busca de mocetones recién llegados del pueblo, que llevaba a casa para que su mujer les chupara las rurales y juveniles vergas, mientras él se excitaba contemplando. Claro que esto se dijo después de la muerte del industrial, cuando los hijos, fruto de su anterior matrimonio, impugnaron el testamento, y corrieron bulos calumniadores sobre la reciente viuda, apadrinados en algunos casos por los leguleyos de los furiosos nenes.

El testamento quedó como estaba, y dicen que esto fue obra del abogado de la del Pulgar, que terminó comprando el silencio de los desheredados retoños del difunto. Luego pasaron los años, y el irreprochable comportamiento de la viuda de don Crescencio acabó por ahogar, a fuer de irreprochable, las calumnias y las críticas de la gente que es alguien en la ciudad. Abandonado el luto riguroso que luciera tras el fallecimiento de don Crescencio, la viuda siguió mostrándose, no obstante las expectativas de muchos, decorosa en su comportamiento. La falta de excesiva rigidez en su vida social, el dolor contenido, la dignidad sin exageración, las alegrías mesuradas y una indefinible elegancia en todos sus gestos y apariciones acabaron por convencer a la buena sociedad de que la viudez de la del Pulgar no era la histriónica exageración de quien alberga muy otros sentimientos de puertas adentro.

Fiestas amables y tertulias caseras ¾en las que el chocolate con tejeringos acompañaba al más refinado té inglés, y en las que no faltaban antiguos denostadores de la señora de la casa, ganados ahora para su causa¾ salteaban de vez en cuando la monotonía de la viuda del Pulgar. Cuando el final del verano indicaba el inicio de la temporada de ópera, la viuda de don Crescencio, vestida elegante y decentemente, rodeada del halo cuasi místico de elegancia y savoir faire que había sabido cultivar, se sentaba con la espalda erguida en su palco, y todo el mundo quedaba pendiente de sus gestos.

La audiencia, el empresario, el director de la orquesta, el tenor, la soprano, hasta Andrés, el tramoyista, todos estaban pendientes del gesto de la viuda del Pulgar, como si de éste dependiera el éxito o el fracaso de la representación. Tanto era así que, una semana antes de cada estreno, un enorme y precioso bouquet de flores, enviado por la empresa del teatro, hacía su aparición en el recibidor de la mansión de la calle Cervantes, domicilio ya de don Crescencio, ora de su magnífica viuda. Acompañaba siempre a las flores un sobre, con dos entradas de palco privado, sobre el mismo escenario, que era donde ella siempre hacía aparición sola, erguida y hierática como una diosa de las artes, como una musa inalcanzable y reverenciada, de cuyo gesto de aprobación o condena pendían el éxito o el frío fracaso.

El empresario actual, hijo del anterior, intentó en cierta ocasión convencer a su padre de que enviase una sola entrada, con tal de reducir gastos, e incluso insinuó que el resto de butacas en ese palco también podrían venderse. El padre, serio y firme, prohibió tajantemente a su futuro sucesor hacer tal cosa, advirtiéndole que el uso que la señora viuda del Pulgar hiciera o dejara de hacer con la otra entrada era asunto exclusivo de tan insigne dama. Además, según afirmó el honrado empresario, la segunda entrada se consideraba como una cortesía de la empresa hacia la memoria del difunto don Crescencio.

De esta forma, cada temporada se repetía varias veces el ritual mágico, y cada estreno los cientos de oídos de la mitad de cientos de espectadores que abarrotaban el coqueto teatro parecían concertarse con la mirada de la viuda del Pulgar y escuchar, más que los acordes melodiosos de una obertura, o la pasión y el lirismo de tal o cual aria, los gestos cuasi imperceptibles de agrado o enojo, de excitación o desprecio, de placer o dolor que dejaban entrever las severas facciones de la viuda del Pulgar.

Esta tiranía, que algunos podrían haber juzgado excesiva, no solía ser, en cambio, ni demasiado severa ni flagrantemente injusta. Bien es cierto que hubo alguna ocasión en que la impecable representación de una obra magnífica llegó a pasar desapercibida, o incluso pataleada, cuando la audiencia, observando una mueca de descontento en la expresión de su musa tirana, condenaba automáticamente la obra sin derecho a apelación. Pero como de todas formas la gente, incluso la que es alguien, suele gustar de dictablandas, siempre y cuando no se descubra prevaricación en quien las tiraniza; y como, por otra parte, la autarquía operística de la viuda del Pulgar era por lo general benévola, su autoridad reinaba con tal majestad que las críticas periodísticas del día siguiente al estreno siempre encontraban hueco para referir, de manera más o menos directa, lo que ellos consideraban el juicio de la más experta de las aficionadas a la ópera y la más elegante de las grandes señoras de la ciudad.

La viuda del Pulgar, que se llamaba Magdalena Realejo, leía luego en la cama esponjosa, ahumada con lavanda, mientras desayunaba, las reseñas de la crítica, y se partía de risa, tanto que a veces tenía que levantarse a mear, porque se le aflojaba la vejiga con tanto cachondeo como se formaba con sus asistencias a los estrenos de ópera. Magdalena, claro está, sabía que el teatro entero estaba pendiente de ella, intentando leer en su cara el placer o la indiferencia. Por eso se reía Magdalena, porque esa audiencia de los que son alguien en la ciudad no sabía que su musa aún conservaba muchos trajes elegantes que habían sido de su marido, el difunto Crescencio, que en paz descanse, que era un viejo verde pero tenía un corazón como para quererle, a pesar de lo viejo que era. Y claro, no sabían que ella, cose que te cose, los había arreglado, que para la aguja Magdalena siempre había tenido muy buena mano, y los había ensanchado en los hombros, y rebajado en las cinturas, y les había sacado el dobladillo. Y quedaban que ni a la medida, puestos encima de los cuerpos jóvenes y nervudos de los marineros, o de los reclutas de pueblo, que luego entraban de los primeros al abrirse las puertas del teatro, con la otra entrada, la que siempre seguía enviando el imbécil del empresario, y se metían en los urinarios hasta que casi todo el mundo estaba en silencio esperando a que se levantara el telón. Luego, en medio de la obertura, el recluta o el marinero, o el mozo de cuerda, que también los había, entraba sin ser visto en el palco de la viuda del Pulgar. Ella lo estaba esperando, con la espalda erguida contra el respaldo de la silla, las piernas separadas y la mirada fija en el escenario, y el trajeado mocetón se arrodillaba de espaldas a la baranda del palco, y empezaba a lamer el coño de Magadalena, que no usaba bragas cuando iba a la ópera, por razones de comfort.

Ángel González

Deberes de autor

"Que me pongan esto en la Internet, que lo cuelguen en todos lo chats del planeta, que un cualquiera sin título ni derecho, cansado por un rato de surfear en busca de porno gratis, ligues fáciles o música prohibida (¿prohibitiva?), lo traduzca al urdu, al aimara, al cananeo si se puede, y lo cite sin citar, sin que ni una booleana combinada ni todos los motores de búsqueda y todas las meta tags del mundo den nunca con mi nombre. Que un nigeriano cabreado lo corte, copie y pegue a una cadena de e-mails que se meta por todas las bandejas de entrada de todos los Outlooks y los Eudoras del mundo."
-¿Así empezaba?
-Que te digo que sí, me lo sé de memoria, tío. Me lo descargué en emepetrés, y me lo puse a todas horas con los auriculares, hasta que conseguí memorizarlo. El lunes, estamos ya a jueves y me sé el comienzo de corrido...
Los dos muchachos esperaban el autobús, sentados bajo la marquesina. Hasta que el siguiente coche de una línea que, afortunadamente, no era la suya se llevó a la vieja de pelo violeta, no volvieron a hablar del tema. Cuando se vieron solos de nuevo, el rubio siguió preguntando acerca de los más nimios detalles de la historia.
-¿Y urdu qué es?
-Mira que eres melón, es el idioma que hablan en Pakistán, o por ahí.
-¿Y a ti cómo te llegó? ¿en un correo de cadena?
-Que va, me lo pilló un amigo que tenía los códigos y me los pasó sin virus ni nada.
-Pues tienes que pasármelo.
-¿Para que te lo pillen tus viejos, y se forme la gorda? Ni de coña...Están metiendo unos puros que te cagas, si te descubren con el archivo te toca servicio social seis meses por lo menos, haciendo de Net Nanny diez horas al día y sin cobrar un céntimo. La única forma segura es aprendértelo de memoria, como estoy haciendo yo...—explicó el mayor de los dos, casi impaciente.

Otro joven, algo mayor que ellos, se acercó a la parada, y ambos lo observaron con miradas bajas y como distraídas, en silencio discreto. El recién llegado llevaba un gran jersey negro, cabellos a la mohicana y una bolsa de lona en bandolera, una apariencia de lo más inofensiva, pero ellos siguieron callados hasta que el joven sacó de su bolsa de lona un cartel y un rollo de cinta adhesiva con los que, tras decorar un lateral de la marquesina con el anuncio de un concierto de hip hop, siguió engalanando las paredes del barrio.
El más alto se acercó al póster.
-Dicen que este grupo te lo cuenta en sus rimas, enterito.
-¿Y cómo se lo montan para...?—empezó a preguntar el rubio, pero su amigo estaba al quite, adelantándose paternalista a las preguntas del interlocutor:
-Dicen que si lo comprimes en .zip y luego lo abres desde el explorador te sale el código html, que si lo barres tiene el texto íntegro en clave—explicó triunfal. Pero en la residencia tienen desactivados los drivers, y el administrador no te deja descargar sin pasar antes por el anti virus y el Net Nanny, el muy cabrón...
-Bueno, tú, y ¿cómo sigue?—el más joven se impacientaba.

"Me he pasado la vida, y son muchos ya mis años, sin cumplir el sueño de escribir, atenazado por el derrotismo de no tener nada importante que decir. Ahora, a mi vejez, quiero dejar esto escrito, antes de desaparecer para siempre, y dejarlo que se extienda como un gusano por cuantos más escritorios mejor. La tarea es ingente, porque, aunque me queda poco tiempo, lo que por fin tengo que escribir, lo que por fin me lleva a sentarme frente al ordenador es todo, absolutamente todo lo que me permita mi frágil salud. Encontré por fin qué decir el día que ellos lo prohibieron, el día en que se cumplió la profecía..."
-¿De qué profecía habla?
-No lo sé, pero si me interrumpes se me va el hilo, y te quedas con las ganas. Tú pilla el mensaje, que es lo que importa.

"Empezaron con la defensa a ultranza de los derechos de autoría. Al principio muchos pusieron el grito en el cielo ante las escandalosas componendas que se establecían entre herederos de autores, editoras y advenedizos, al amparo de leyes cada vez más estrictas, y en las que poco a poco se implicaban los intereses de las grandes compañías de publicación y distribución. Hubo casos curiosos, como el de oscuras entidades anónimas que percibían los derechos indirectos de la reproducción de obras del siglo XVI, o que ingresaban sustanciales sumas por la reedición de clásicos de la literatura incluso de autores muertos siglos antes."

-¿A quién se refiere?
-Ni yo lo sé, ni tú te ibas a enterar si te lo dijera, ¿no ves que nosotros no leemos?

"Pero a pesar de todo, el espíritu de defensa de la propiedad fue avanzando, la tecnología que en un principio se oponía a la privatización del intelecto fue también señoreada por los interesados más poderosos, y de la prohibición de Napster a la actual reforma del código penal, que impone sanciones de cárcel por la difusión, hablada o escrita, del contenido de cualquier libro registrado, han pasado pocas décadas."

-Tú eres muy chico,—se interrumpió el muchacho para responder a la expresión confusa de su amigo—pero eso era un portal desde donde podías descargarte todos los archivos que quisieras, gratis.—Exclamó satisfecho de sí el mayor de los dos, esta vez para redondear la faena, pues hasta allí había conseguido memorizar casi al pie de la letra.
-¿Y no te sabes nada más?—ansió el rubio.
-Bueno, más o menos el espíritu de la letra, eso sí, y también la historia que cuenta.—Respondió el enterado—Lo que sigue es un tocho espeso espeso, donde dice que desde que prohibieron contarse historias y hablar del argumento de las películas al salir del cine la cosa ha ido de mal en peor, y luego explica que cuando hablaron por primera vez de multar a la gente que silbara canciones en el metro nadie se lo quiso creer, pero que fíjate tú a dónde hemos llegado, y la gente sigue tragando, y ya en los bares han acabado por poner carteles donde se prohibe hablar de fútbol, y hay que ver los partidos de pago sin comentarios, que sólo se permite corear al equipo.
-Joder, dímelo a mí, que en la peña donde va mi viejo no te dejan ni contarle el resultado al que no haya pagado la cuota...
-Pues eso, que dice que el día que pillaron a los chavales aquellos hablando del Lazarillo en un banco del parque se jodió el mundo ya del todo.
-¿Del Lazarillo?
-Sí, una novela de yonosécuándo, que no te la cuento porque viene gente, disimula...

Era de nuevo el muchacho del jersey negro y los carteles, que tras haber cubierto una tapia que a tal efecto se ofrecía en un lateral de la avenida, regresaba quizá para esperar su autobús de regreso a casa. Saludó casi imperceptiblemente a los dos amigos, y se quedó de pie, las manos en los bolsillos, retirado unos pasos del alero de la techumbre.

Permanecieron los tres en silencio, hasta que el mayor de los dos amigos, con un expletivo, sacó de su bolsillo un teléfono digital de quinta generación. El aparato emitió un sonido reconocible, mientras el muchacho levantaba la vista de la pantalla de su aparato al rostro de su amigo.
K s Lazrillo?
K m dejes, aora no
Qntame. S no sntera d nda, pls?
L Lazrillo s un tio ke vvio ac mcho. 500 añs o +. ac d criado a vrios dueños. Se bsca la vda. psa abnturas y hambre. es la fndadora del gnro picaresco.

Los dos amigos estaban tan enfrascados con sus respectivos teléfonos, que no vieron cómo se acercaban los dos agentes. El joven de los carteles se dio la vuelta y les miró, blandiendo un escáner de sexta generación.
-Quedáis los dos detenidos bajo cargos de compartir ilegalmente información sujeta a las leyes de protección de los derechos de autor. Os la váis a cargar, piratas de mierda. A ver, los teléfonos...

Teclados infectos

Dicen que el teclado de cualquier ordenador de uso público suele tener más bacterias en activo que muchos otros ambientes que consideraríamos focos de infección. Dicen también que es recomendable lavarse las manos después de usar un cyber.

Los periódicos, si son de primera mano, no suelen traer microbios. Será que los mata la acidez de la tinta, ésa que te deja los dedos pringados y grises.

Acabarán inventándose los teclados asépticos, y puede que un día las rotativas escupan papel satinado, del que ni mancha ni contagia. Pero ¿cómo evitar que las palabras extiendan infecciones mucho más peligrosas? --se pregunta el enano, oculto tras su despacho, perdido en el telón de fondo de una bandera que también contagia, que contagia de colores.

Ángel

Ron Malibú

Propongo un juego cruel:
Mirad donde podáis las imágenes y leed las informaciones de lo que acaba de pasar en La Española, y después volved a ver de nuevo el anuncio del Ron Malibú, el que dice que en el Caribe la gente no se preocupa por las cosas, y están todo el día de relajo. O el que muestra a unos hombres negros (se supone que caribeños) usando teléfonos móviles arcaicos, porque "como son tan pobres y están tan atrasados, nos hace mucha gracia verlos en burro, mire usted".

Otro juego, no cruel esta vez: imaginad los 340 millones de euros gastados en Iraq por el gobierno de Aznar, empleándose en cosas útiles de verdad. O imaginad a los torturadores estadounidenses que, de pronto, abandonan Abu Ghraib, se vuelven personas decentes, y marchan a la república Dominicana o Haití a ayudar a sus congéneres que les necesitan.

Ángel

Malibú

La adquisición de Malibú, el pasado 22 de mayo, ha supuesto la inclusión
en nuestro portafolio de productos de una marca estratégica y de suma
importancia: Este ron caribeño vende 2.330.000 cajas a nivel mundial y está
presente en más de 150 países, siendo una marca clave en EE.UU., Francia,
España y Reino Unido. Los datos y cifras son todos muy positivos: Malibú
registró en España, entre 1997 y 2000, un crecimiento del 156%,
incrementando las ventas en los cuatro mercados mencionados.

Por volumen de ventas, Malibú ocupará la tercera posición en nuestro
portafolio global, despúes de Ballantine´s y Kalhúa. En España este ron
caribeño tiene una cuota de mercado del 6,6%, y ha registrado un
excepcional crecimiento en todos los canales, aunque sigue predominando
en el sector hostelero y es, en general, un producto de consumo nocturno.

A pesar de su crecimiento, Malibú presenta en distribución cuotas inferiores
a las de, por ejemplo, Tía María; concretamente un 60, frente al 67 de Tía
María, lo que significa que tenemos oportunidades de crecimiento
importantes si ganamos en distribución.

Es un producto de marcada estacionalidad en verano y Navidad, pero de
gran éxito. ¿Quién no conoce el éxito de la campaña publicitaria de Malibú,
me estás estresando?. En la actualidad esta marca es la segunda que más
invierte en publicidad dentro de su categoría de licores con un SOS del 24%
frente al 32% de su competidor Baileys, por ejemplo, que ocupa el primer
lugar en inversión publicitaria.

Existe una clara relación entre inversión y crecimiento de la marca
en España. Nosotros seguiremos invirtiendo y mejorando la posición
de Malibú en el mercado. Nuestra apuesta continua son nuestras marcas
y ¡ahora también la de Malibú!.

Prótesis imposibles

En El País, edición del día 26 de mayo, aparece la fotografía de G.W. Bush estrechando la mano protésica del líder iraquí Kasir Qadim. Prótesis ésta que le fue implantada en EEUU para sustituir a la que el régimen del déspota sustituido le hizo cortar brutalmente, como castigo a su disidencia.

La foto que no se puede publicar, porque no existe, es la del propio Bush recibiendo un abrazo o un puntapié del niño iraquí que quedó sin piernas ni brazos como resultado de uno de los bombardeos estadounidenses.

Ángel González

La función del sujeto agente

Coincidiendo con el anuncio de las subidas de precio de los cigarrillos Marlboro, ayer se dio por finalizada la actual etapa del programa de búsqueda de agente literario por parte de un seguro servidor.

Buscar agente es mucho más agradable que buscar editor. Éstos ni te contestan, aun aquellos que prometen hacerlo en 6 meses. Los agentes, en cambio, te abren la puerta del zaguán, te dejan subir, y luego te dicen que no están cogiendo más representados ni aspirantes. Algunos incluso se muestran empáticos y te dicen que, hoy por hoy, no hay agentes en España con la puerta abierta a gente nueva. Te recomiendan incluso, con un tono de colegueo que se agradece, que vayas directamente a las editoriales, a ver si así...

Acabé algo deprimido, así que decidí irme de viaje para olvidar penas. Cogí dos fajos de billetes del Monopoly, y me fui a una sucursal de Viajes Cernícalo, para que me vendieran un paquete de esos económicos, una semana en la playa, o en una casa rural en alguna comarca pintoresca.

Cuando le dije a la señorita que buscaba una semanita a media pensión en un hotel de medio pelo (o sucedáneos, que el Monopoly tampoco da para muchas alegrías), me contestó con cara de "lo siento pero" que está la cosa muy achuchá, y me recomendó que me pusiera en contacto directamente con las líneas aéreas y/o de transporte por superficie, y que cogiera el listín y llamase a los hoteles y pensiones yo mismo.

También me recomendó llevarme bocadillos y un saco de dormir.

Ángel González Sincurro

Kurtura Jenerá

La Excma. Sra. Ministra de Asuntos Intangibles ha anunciado un anteproyecto de ley para la promoción de la cultura entre los minoreanos, que tan necesitados andamos de hobbies sanos y educativos. A partir de cuando se pueda, el Ministerio establecerá la obligatoriedad para todos los autores, artistas, músicos y pseudointelectuales de Minorea de promover y airear escándalos y amoríos con personas o cosas de reconocida y merecida fama y notoriedad.

La Sra. Ministra ha declarado que confía plenamente en que dichas medidas aumentarán el nivel cultural en nuestro pequeño país, "haciendo posible que los profesionales del garabato y demás actividades inútiles pero molonas alcancen verdadera difusión entre las masas sin fermentar".

Por su parte, el reputado escritor Sisenando López Aragó ha declarado que él ya lo veía venir, y que por eso tiene planeado acostarse con tres tonadilleras jubiladas en cuanto se lo permitan sus numerosos compromisos. La Asociación de Editores Contra la Caspa ha manifestado que la medida es justa y necesaria, y ha anunciado que a partir de dentro de poco sólo se publicará a aquellos autores que demuestren o simplemente declaren haber practicado sexo degradante con alguien medianamente famoso, o a aquellos que puedan calumniar sin necesidad de pruebas la honra pública de alguien que haya estado alguna vez en televisión.

Numerosos colectivos de creadores de toda laya han recibido la noticia como el primer paso hacia una lenta pero deseable recuperación del papel que la cultura ha tenido de toda la vida de Dios en nuestra bienamada Minorea.

Organizaciones internacionales han expresado asimismo su júbilo, y no han faltado voces exigiendo que la próxima edición de los Premios Príncipe de Nonorea se celebre tras 3 meses de encierro de los candidatos en un patio de colegio, televisado ejercicio en el que serían las audiencias las que decidirían el resultado final del concurso. 6438 cadenas de televisión han apoyado esta idea.

Angelencia ERRE

Lavadoras en palacio

La monarquía española se ha decidido, tras muchos siglos, a centrifugarse los genes. El programa de prelavado, aclarado y adición de detergentes quitamanchas por fin se ha puesto a girar a unas cuantas revoluciones por minuto más de lo acostumbrado, y dentro de una o dos generaciones tendremos un rey con el ADN medianamente normal.

Cadenas de aminoácidos con Denominación de Origen asturiana se incorporarán a las proteínas reales, mientras el resto sonreímos beatíficamente, porque ha sido un gesto muy bonito, que nos ha llegado al alma.

Quizá dentro de 500 años, el futuro monarca (10% charnego para entonces) dé un paso más, y se case con una andaluza, o quizá con una melillense o una tinerfeña. O puede que hasta sea al revés, y la futurible reina post-sálica del siglo XXVII suba al tálamo real a un gitano almeriense. Y quizá dentro de otros 5 ó 6 siglos, el/la dinasta de turno se moje el culo y los cromosomas con salngre no sólo plebeya y astur, sino hasta ecuatoriana, marroquí o rumana, que de todo puede pasar en ese futuro maravilloso en que las instituciones prehistóricas seguirán siendo el molde de las maravillosas sociedades que están por nacer.

¡Cantemos con el corazón henchido de júbilo, como un coro de querubines, todos nosotros, los hidalgos y los villanos, los godos y los insulares, los cristianos nuevos y los viejos, los plebeyos y los no tanto! Si seguimos así, dentro de otro milenio habremos avanzado un tranquito.

Fersipando III, duque de San Simón

Anacronismos de a peseta

En el siglo XV, las aristocracias ibéricas dudaron poco a la hora de juntar sus apellidos a las cuentas bancarias de los judíos recién convertidos a la fuerza, o de los ex-nobles moros iraquizados por las huestes cristianas. Tanto fue así, que en los siglos XVI y XVII ya circulaban "libros verdes" en los que se sacaban las vergüenzas a los poderosos, señalando con dedo acusador los orígenes "sospechosos" de muchos de ellos. Ni el propio rey católico don Fernando de Aragón se libró de que se le echara en cara alguno de sus antepasados, de los que se quitaron la almalafia a tiempo.

En plena ebullición de la obsesión por la limpieza de sangre, hubo quienes reivindicaron con falso populismo el valor de la villanía, la supuesta pureza de una plebe que rabiaba de pobreza y desigualdad pero que, al menos, podía estar segura de no tener "mácula conversa" en su baja sangre no azul. A tal punto llegó la cosa, que hubo tratadistas que tuvieron que salir en defensa de los pobres nobles (que no de los nobles pobres, que también los había). Uno de ellos fue Pedro de Valencia, quien, de paso, echó un capote a conversos y moriscos. Según este autor, el mestizaje continuo y la mezcla de sangres (interesada o no) habían hecho imposible asegurar a cualquiera descender de una línea de cristianos viejos "puros". Incluso los que alardeaban de estirpe asturiana o montañesa, dice de Valencia, podían fácilmente tener una "oveja negra" en el árbol familiar, como la tenían sin duda casi todos los dones y señores de la España Inperial.La diferencia estribaba en que los de sangre noble conservaban la memoria de sus generaciones, mientras que el pueblo llano difuminaba sus memorias al cabo de pocas generaciones.

Hoy sucede algo parecido. Las estirpes asturianas continúan dando validez a quien accede al estamento superior, según parece, y el conocimiento de los antepasados sigue diferenciando a los poderosos de los don nadie. Si un servidor es un cualquiera, hoy como hace 400 años, lo tiene difícil para bucear entre los anónimos hijos de su sangre, o para averiguar la identidad de ese ejército de desconocidos que le precedieron en el anonimato plebeyo. Si uno es el príncipe heredero, con sólo acudir a un libro de Historia encontrará semblanzas, retratos y apellidajes de su ralea que se remontarán a la noche de los siglos.

No estoy en condiciones de decir nada (bueno o malo) de mis tatarabuelos, aunque ello no significa que no hubiera entre ellos sinvergüenzas, corruptos, maltratadores y abusadores varios. Pero de ellos no me ha quedado ni el nombre ni la sombra de una identidad. El príncipe heredero sí que sabe de los suyos lo que está en los escritos y lo que no, o al menos debería saberlo. Por suerte, yo no tengo que pagar por los supuestos delitos de mis desconocidos predecesores. Tampoco el príncipe heredero. Por desgracia, tampoco disfruto de prebendas que quizá ellos consiguieron a base de métodos semejantes a los que dieron al primer Borbón lo que el último hoy tiene. El príncipe heredero sí.

Ángel I de Lavapiés y V pino

¡Que no mueran los novios!

En Canaán se presentó en el convite un utópico con dotes de tabernero prodigioso. A Camacho y la futura Camacha se les colaron de rondón un gorrón panzudo y muerto de hambre y otro utópico. Uno que, de ver al anterior volviendo agua en vino, le habría pedido que le nombrase caballero.

A las familias del norte de Iraq vienen a pedirle el aguinaldo nupcial unos sujetos que quizá también sean unos utópicos en su vida privada. Y se lo vienen a cobrar no en vasos de vino y pañuelos de peladillas, sino en vidas de convidados. No echan arroz al paso de los recién casados, sino que arrojan bombas que nada entienden de dañinas utopías.

En el norte de Iraq, “¡vivan los novios!” Es un grito de angustia y un deseo frustrado.

Ángel González García

Farenheit 9/11

Michael Moore ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes. No estamos solos, le digo a Carmen, y se me ponen la carne de gallina y la piel de ganso. Somos más de tú y yo los que no estamos locos, los que no tenemos los ojos inyectados de sangre o de codicia ignorante. Y algunos son jurado de festivales internacionales, y saben que con este premio se facilita que millones de personas en todo el mundo miren al lugar vergonzoso al que apunta el dedo acusador de Moore.

Hace casi un año visité África por vez primera. Fui invitado a un congreso en Túnez. Allí, en el bulevar más importante de la capital, paseé junto a las terrazas, me tomaron por argelino, me confundieron con marroquí, me alabaron el penoso francés que chapurreo, y me dieron conversación, a cambio de cigarrillos, en una cháchara de piratas antiguos, hecha de catalán, castellano, francés, italiano y árabe, como la que Cervantes debió usar para negociar sus escapadas argelinas.

Paseando por la avenida preñada de primavera y aire salado, me paré delante de una librería. En el escaparate, en un lugar de honor y protagonismo, los dos últimos libros de Michael Moore, en traducción francesa. En la terraza de al lado, en vez de música árabe o maalouf andaluza, “Fifty Cent” rapeaba, mientras los nativos tomaban café y cruasanes. Junto al escaparate, varias personas miraban y comentaban en árabe trufado de francés.

Eso fue hace un año. Hoy, en esas mismas calles plagadas de policía de la capital tunecina, la Liga Árabe se debate entre las plantás de Gaddafi y las amenazas veladas de Bush, o el miedo a los fundamentalismos. Me pregunto si seguirá Moore en los escaparates, y me alegro de que haya ganado la Palma de Oro. Y espero impaciente a que aparezcan por los mercadillos de Marruecos y de España las versiones pirata de su último documental, que Disney no va a distribuir, pero los top manta sí.

Ángel González

Endorfinas

Los domingos no puedo publicar, porque cierra el cyber. Hay otros, pero son muy caros. Así que salgo a comprar el periódico al quiosco de la plaza, y busco en la sección de opinión, sin nervios ni anticipación excitada, sin esperanzas.

Veo publicada mi carta. Es la novena este año, creo, y me da un vuelco el corazón. Las mariposas en la boca del estómago aletean, y la euforia fluye en forma de endorfinas. Un complicado proceso químico que no acabo de entender se pone en marcha, y me siento de buen humor. El high me va a durar todo el día, lo sé, ya los conozco. En los últimos meses alterno estas subidas de ánimo con bajones, casi siempre relacionados con la falta de dinero o el vencimiento de un recibo de la luz.

Mañana será un lunes menos lunes, porque aún durará la resaca de la euforia de hoy. Si me dura mucho, quizá tenga tiempo de escribir a algún agente, de intentar que un editor reconozca mi nombre. Dentro de varios días esas esperanzas se habrán desvanecido, y de nuevo veré la idea de añadir a mi CV las cartas que me publica el periódico como una solemne tontería. “Le sacan a usted una carta al director, ¿y qué? ¿se cree usted por eso que ya es escritor, quizá una especie de periodista?”

Entonces veré todo con mucha menos endorfina, y no se me encabalgará el ánimo con proyectos, ni me hará cosquillas la esperanza. Mientras tanto, aprovecho el subidón para que se me quite el dolor. Es un dolor continuo, un estado de excitación permanente, un enfado contra muchos, unas ganas de gritar y de que se me oiga, de denunciar y de que alguien mire hacia donde señalo con el índice extendido, y se lo diga a alguien, que a su vez lo comunique a muchos, y que entre muchos hagamos algo.

Ángel