Cuadernos de Lavapiés


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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Crónicas de San Simón.

Son cosas del mercado

Le conocí en una fiesta de cumpleaños. Me pareció un tipo agradable y con don de gentes, de buena labia. En su actitud, nada arrogante, no mostraba dedicarse a la promoción de viviendas, así que me sorprendió cuando me lo dijo. Alguien, un amigo común, le había dicho que llevaba tiempo buscando a donde mudarme. No por frivolidad, que si a la fuerza ahorcan, también a la fuerza te hace la vida empaquetar tus cosas y mudar de asiento.

Se ofreció a ayudarme, y la oferta cayó en tierra abonada: el tipo me inspiraba confianza y la situación me invitaba, seductora, a asirme a un clavo ardiendo, una alcayata al rojo, o a lo que el destino tuviera a bien concederme. Nos reunimos en su oficina a los pocos días. Había plantas por doquier, que regaba una señora boliviana, que también se encargaba de la limpieza, como, atento, me explicó mi anfitrión. En las paredes y sobre las repisas había infinidad de fotos suyas en todos los continentes. Al notar mi curiosidad, tuvo a bien comentarme algunas anécdotas relacionadas con sus viajes.

−¿Has estado en Perú? −me preguntó, y tuve que responderle que no. Ahí terminó esa etapa de la conversación. Luego salió el tema de la universidad, en la que no nos tratamos, pero de la que al parecer compartimos amigos o conocidos. La cosa iba bien, y cada vez me encontraba más cómodo y esperanzado. Hasta que dejó de sonreír y me preguntó que qué tenía en mente. Cuántos dormitorios, en qué zona, qué presupuesto…

Al decirle lo que me podría permitir, teniendo en cuenta los dos sueldos que entran en casa, y al añadirle las necesidades, con el bebé recién llegado, de espacio y comodidades, se puso aún más serio. Ya se me caía el alma al suelo, cuando su rostro se suavizó un tanto. Ahora, en vez del rictus de presidente de tribunal de oposiciones, puso cara de pena. Giró la pantalla del ordenador en mi dirección y me mostró unas fotos en alta resolución, de un piso de tres dormitorios, con trastero, terraza, bien comunicado, no muy antiguo…Las glándulas salivares, confusas ellas como un servidor, o quizá solidarias con el resto de mi organismo, se dispararon con la visión de tan celestial escenario en que representar mis días.

−Pero por éste están pidiendo… −Por respeto a la vergüenza de quien esto lea, me abstengo de hacer pública la indecente cifra− ¿No crees que te merecería la pena?

−De tenerlo, puede, pero no podemos gastar en alquiler el 80% de los ingresos −confesé, no sé si avergonzado, pidiendo comprensión, o deseando un “gesto”, una “rebajita” que en mi caso habría de ser “rebajón”.

Así debió entenderlo él, que se limitó a arquear las cejas y a pronunciar la frase que me había acompañado durante los últimos 7 años como una maldición: “Son cosas del mercado”.

Aquello no llegó a más, y al final nos tuvimos que adaptar al espacio disponible. El bebé se acostumbró a dormir con nosotros. Ya veremos qué trae el futuro. En cuanto al tipo aquél, volví a verle hace poco, en otro cumpleaños. Llevaba la misma ropa que la última vez, pero algo indicaba que las cosas no seguían iguales. Llevaba el mismo traje, sí, pero parecía ajado, brillante del uso. Nos saludamos, y preguntó si ya había encontrado algo.

−No, seguimos viviendo en el pisito de un dormitorio. Ya veremos cuando el niño crezca un poco…

−Bueno, mejor así. Mientras podáis, aguantad así, que ya veremos cómo reacciona el mercado. Ahora está bajo, pero nunca se sabe. A mí me ha afectado la crisis, ¿sabes? Ahora estoy entre dos trabajos; la inmobiliaria que tenía con un socio tuvimos que cerrarla, así que estoy buscando trabajar para alguna de las franquicias. Menos complicaciones así, ¿sabes? Cuando uno se mete a empresario, se desvive demasiado, y luego no compensa.

Una de las amistades comunes me había contado que se quedó en el paro hace unos meses, a poco de declararse oficialmente rota la burbuja inmobiliaria, y la misma frase que entonces se me vino a la cabeza pugnaba ahora por escapar de la garganta.

−Vaya por Dios−le contesté, mientras luchaba en mi fuero interno por no dejarla escapar.

Fue inútil:

−Bueno, son cosas del mercado−dije, mientras todos los músculos de mi cara escapaban a mi voluntad y se declaraban en rebeldía para esbozar el gesto de compasión sonriente más hipócrita que he hecho en mi vida.

 

 

04/06/2008 23:39 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Estatuts métricos

Viernes, 20:30 de la tarde-noche de comienzos de un mes que me cuesta trabajo llamar marzo, porque uno también tiene su nacionalidad, y en la nación de uno, marzo no se habla con los abrigos, ni abril con las bufandas. La semana ha sido larga y difícil, pero el metro me lleva a casa y no vendrá a recogerme hasta el lunes por la mañana. Por delante de mis ojos pasan los nombres de estaciones con sabor a Joaquín Sabina. Un señor que debe haber nacido a aquel lado del Adriático se pone a tocar melodías rusas en el acordeón, entran y salen bolivianos, bengalíes, cantoneses y cabileños y yo estoy cansado, deseando llegar a casa. Sé que al subir al exterior en Atocha me daré de cara y pecho con el viento de fresquera mesetaria, recién venido de una sierra que no es como las de mi tierra. Una sierra que no es de las de mi nación, como si las cadenas montañosas también tuvieran identidades en vez de elevaciones, o patriotismos en lugar de barrancas.

Embarrancado yo mismo en estos inútiles pensamientos, me pongo a oír música que no sea la del acordeonista balcánico, y escojo a Camarón, entre otras cosas porque hace poco fue 28 de febrero y no pude celebrarlo en mi patria, y tengo aún reciente la diarrea nacionalista que me dio al comprobar que mis paisanos tenían puente, mientras en Castilla soplaba el cierzo de camino al trabajo, por la mañana, cuando más duele.

 

En el metro, si te vas a privar de las alertas de un sentido, más te vale aguzar los otros, porque hay mucho ratero que trabaja bajo tierra. Es por eso que, mientras Camarón se arrancaba por bulerías de la nostalgia, ví de lejos que venía un individuo como que recogiendo firmas para vaya usted a saber qué causa, estrategia no desconocida a la hora de distraer al pimpollo mientras se le desvalija de lo que se pueda. Servidor, que de pimpollo no tiene todavía mucho (todo se curará con la edad), se fijó en que el tal coleccionista de garabatos tenía pinta de niño bien, de pollito catequista de barrio decente e instituto privado, de víctima, en una palabra, de los chorizos tunelarios, más que de agresor. (Aunque eso puede llegar a depender del cristal con que se mire).

 

Recorría el vagón el muchacho bien recogiendo calabazas como las que no suelen administrar los colegios caros, ya que nadie parecía querer echarle una firmita a la hoja que presentaba a la concurrencia. Él, impertérrito, seguía en su empeño y ya se me aproximaba. Como alguien siempre vendrá que te sorprenderá, me quité los auriculares e hice callar, sacrílego, al de San Fernando, por si acaso y para tener el oído alerta, que nunca se sabe, y más vale desconfiar que lamentar. No fuera a ser que el niño de casa particular resultara ser un elemento con ganas de romperle la telaraña a mi billetera.

 

Como aún tenía el oído haciéndose eco de la voz de Camarón, no entendí bien lo primero que me dijo, mientras ofrecía (ofrendaba) la hoja donde echar mi firma. Sólo entendí “Estatut”, y eso me bastó para pedir al pollo que por favor repitiera, que no le había entendido.
-Que si le importaría firmar para pedir que Zapatero convoque a referéndum el Estatut de Catalunya.-

 

El chaval lo dijo sin “ny”, claro está, y yo no pude reprimirme. Me salió del alma, abriéndose el paso a codazos por entre los restos de una mucosidad nacionalista que me sale de vez en cuando, hasta que la expectoro con algún expletivo:
-No he de signar res jo, moltes gràcies.

 

Y me quedé más ancho que esta Castilla tan fría, con estos marzos tan serranos. De los que sólo vale protegerse bajo tierra, donde los nacionalismos de difuminan. Algo bueno había de tener el transporte público.
11/03/2006 00:55 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 4 comentarios.

Saca al ciudadano que llevas dentro

La pasada noche me dejé influenciar por el mensaje del Ayto. de Madrid que insta a quien lo lea (es imposible no hacerlo, el cartel está en todas partes) a “sacar el ciudadano que llevas dentro” para que sea éste quien se encargue de separar y reciclar los residuos domésticos, para bien de todos y alegría del planeta. Sinceramente convencido, saqué al ciudadano que llevo dentro, y le invité cordialmente a una charla preparatoria en el sofá de casa. Como no cabíamos en el salón (nunca un sufijo ha sido tan mentiroso), al final el ciudadano que llevo dentro se tuvo que quedar de pie, mientras le aleccionaba sobre las bondades del reciclado. Me puso cara de adolescente rebelde al que reprendemos por no ordenar su cuarto, y que se toma la regañina como si lo que intentáramos fuese recortar sus más inalienables libertades de mozuelo/a hormonado/a.

Le dije que, de ahora en adelante, íbamos a separar los residuos domésticos en, a saber: orgánicos, vidrios, latas, papel y cartón, y plásticos. El muy irreverente me contestó que a ver de qué chistera inmobiliaria iba yo a sacar los centímetros cuadrados para colocar tanto cubo. Le respondí que con un poco de voluntad, hasta los tabiques ceden, y le hablé del Feng Shuei y de la economía de espacios nipona, en nada reñida con el confort.

Como seguía respondón, di por terminada la charla y le mandé a separar el contenido del cubo de basura que vive debajo del fregadero. Lo hizo de mala gana y a regañadientes, pero al menos metió cada cosa en su bolsa. Cuando salía para tirarlas al contenedor más cercano, le oí murmurar algo sobre “su espacio vital”, seguido de un “estoy harto” típico de su edad, egocéntrica y paraoica.

Eso fue anoche, a las diez y media. Esta mañana, el ciudadano que llevo dentro todavía no había vuelto a casa, y servidor estaba al borde de un ataque de pánico. Nunca antes lo había dejado suelto por las calles de Madrid. No me atrevía a llamar a la Policía Municipal, así que he salido a buscarle, a preguntar por si alguien lo había visto. Angustiado, he recorrido las calles de Lavapiés de arriba abajo, buscando un contenedor de reciclaje. Tardé en reconocerlo, pero al cabo di con uno, casi completamente achicharrado, como una falla valenciana a la mañana siguiente. Ya casi estamos en San José, pero Lavapiés no está a las orillas del Turia, ni es tradición aceptada aquí la de quemar cosas en la vía pública, así que temí cualquier desgracia. Junto al contenedor, tirado en el suelo, estaba el ciudadano que llevo dentro, hecho una pena, las bolsas de basura medio cubriendo su cuerpo.

Como lo único que se puede hacer en estos casos es darle un abrazo al hijo pródigo, me lo llevé a casa y le di de desayunar. El relato de su noche me heló la sangre. El pobrecito mío es un inadaptado, por mucho que se las dé de jovencito rebelde con causa, y nada más poner el pie en la calle fue objeto de escarnio y víctima propiciatoria para casi todo el que se cruzó por su camino. Y es que, a fuer de largo, el camino en busca de contenedores en mi barrio es casi un via crucis, ambientado por la falta de alumbrado público, empedrado de mojones de perro y frecuentado por ciudadanos que otros llevan dentro y que pueden llegar a tener muy mala leche. Al final, el ciudadano que llevo dentro está castigado, y no va a salir de casa en mucho tiempo, que no quiero que me lo echen a perder las locas iniciativas del Ayto. que todos llevamos fuera.

 

09/03/2006 11:16 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

La puta que pelaba una naranja, o Cómo hacer costumbrismo en el tercer milenio

A enero aún le quedan un par de domingos, pero los dos últimos días están siendo tan primaverales, que casi parecen de invierno sevillano, sólo que sin brumas béticas ni nieblas marismeñas, que por algo estamos en Madrid.

El que esto escribe, que de mayor quiere ser escritor costumbrista, o escritor a secas, aunque sea de los malos, no ha ido hoy a trabajar. Ha “medio ido”, pues en el camino, equidistante entre casa y oficina, razones que no vienen al caso le han concedido el viernes libre, y se ha desayunado la mañana soleada dando un paseo de los que sólo podía permitirse cuando estaba en el paro (toco madera como un autómata supersticioso, valga la contradicción).

Como desempleado, el costumbrismo daba mucho juego: los paseos sin rumbo, de entrevista en entrevista, de rechazo en rechazo, eran fuente de ideas. El ahorro en abono de transportes daba lugar al gasto en suelas, y tras cada esquina y en cada glorieta esperaban escenas de sobra costumbristas, ingeniosas las más de las veces, con vocación de despertar algún día las nostalgias de un lector, aunque fuera después de muerto el que esto escribe (toco madera de nuevo). Siempre había tiempo para sentarse en una plaza soleada y apuntar en una libreta ideas, escribir relatos o describir escenas. El problema era cómo hacer llegar eso a un lector, que con uno era a veces suficiente.

Hoy, con trabajo, horario y salario, el que esto escribe va y viene en metro al trabajo, y no camina ya a la caza de cuadros de costumbres, de escenas del Madrid de comienzos del siglo XXI, una ciudad que también necesitará algún día de quien la cuente a los que nunca podrán verlo, a ésos que algún día pensarán en ella con un infundado sentimiento de nostalgia, de ésa misma que hoy ya expresamos por el Madrid de la Transición, o el de la Movida. A cambio, al llegar de la oficina y si no está muy cansado, el que sigue escribiendo puede hoy, con encender dos botones, escribir y publicar lo que se le venga en gana, aunque no lo lea nadie. Son cosas de la tecnología Wi-Fi aplicadas al costumbrismo que quiere ser literario.

Estábamos entonces con que el viernes llegó regalado, así que, aplicando el proverbial desprecio por la ortodoncia equina, un servidor se dispuso a volver a casa por el camino más largo y lento, haciendo caso omiso de rutas pedestres recomendadas por el Excmo. Ayuntamiento y su no menos excelente Concejalía de Turismo. Caminando sin maletín y sin prisa, con vocación de perderse, es fácil encontrar la Plaza de San Ildefonso. Lo que ya no es tan fácil es detenerse y mirar, y darse cuenta de que este trozo de la ciudad tiene el mismo encanto que un animal en vías anchas de extinción. Un animal vivo, vivaraz y lleno de energía, que no se da cuenta de que puede ser el último representante de su especie. En la Plaza de San Ildefonso, por haber, hay un horno de pan con un luminoso del siglo pasado que reza “Panis Quotidie”, algo que dicho a secas puede no tener importancia, pero que se reviste de ella cuando se da uno cuenta de que a pocos metros, en la Gran Vía, acechan depredadores dispuestos a devorar al último ejemplar de una especie legendaria: un “Pans & Company” rodeado de su cohorte de McDonald’s y Starbucks.

También hay en San Ildefonso una iglesia antigua, simple, mesetaria de pueblo, de tejados pizarrosos, que encierra un retablo dorado y circunvoluto. Las fachadas de la plaza están llenas de balcones, y los tejados hacen coro a la torre, algunos con más suerte que otros, pues los hay que se caen. No hay ninguna agencia inmobiliaria a la vista, y el estado de algunas fincas se pone de acuerdo con el ambiente que flota, al sol de esta primavera temprana y desorientada, ambiente de plaza de pueblo castellano, donde todavía hay viejos y niños que compran pan cotidiano. Por si cabía duda, suena la campana de la iglesia de pueblo.

A la vuelta de una esquina, todo cambia, y en vez de hornos latinos hay tiendas de ropa alternativa, cara y marginal, valgan las contradicciones. Dos manzanas más allá, la calle Fuencarral tienta a comprar zapatillas deportivas con música dance o chill out o a probarse un abrigo que bien pudiera parecer digno del ganador de un Goya en la noche de la ceremonia. Ahora sí se ven inmobiliarias, más que tiendas, y al aire de pueblo se lo lleva un viento cosmopolita, agradecido y contento de que se haya terminado de una vez el siglo XX, el que en mala hora nació. Así, a muy pocos minutos de la plaza del pueblecito amanchegado donde casi casi picotean las gallinas, se llega a la Gran Vía, y el escritor que quiere ser costumbrista deja de acordarse de los jubilados que lagartean el sol en sus bancos, para hacerlo del Excmo. Sr. Alcalde, don Alberto Ruiz Gallardón, no con ánimo de insultar, sino por mera asociación de ideas.

En sus tiempos, cuando el siglo XX era el futuro, la construcción de la Gran Vía de Madrid supuso y suscitó lo que hoy se encargan de hacer las obras Gallardonianas que están haciendo de esta ciudad un espacio urbano de nunca acabar. Por entonces, todo un barrio de callejas y plazuelas tan de otro tiempo como la Plaza de San Ildefonso sucumbieron al progreso, representado por la línea recta y anchurosa de la nueva avenida. Como ahora, las autoridades respondieron a las quejas pintando las delicias que supondría la calle, una vez estuviera terminada. Hoy, la Concejalía de Obras Públicas, o la de ilusionismo didáctico, elabora imágenes computerizadas para convencernos de lo cuco que va a estar Madrid cuando todo acabe. Como si estas cosas acabaran.

Al final, la Gran Vía nació, se hizo mayor y adquirió un pasado, tan convincente o más que el de las calles y barrios que murieron por su culpa. Hoy, Tom Cruise y Angelina Jollie vienen de vez en cuando a estrenar una superproducción, y no ven grúas ni terraplenes, ni siquiera la antigua Red de San Luis, marquesina venida a más, que hoy reposa en el pueblo natal de su autor. Más abajo de donde estuvo, la calle Montera se viste de prostituta, y Madrid de estibador portuario, aunque esto último sólo a veces, a ciertas horas, si se da la necesaria conjunción de luces, olores y colores que permita en ensalmo de creer que allá abajo hay un muelle, un rompeolas y una lonja, en lugar de la Puerta del Sol. Y en la calle de la Montera, una puta se apoya en el escaparate de una tienda de novias, y pela una naranja a las doce del mediodía del viernes, y el olor cítrico de su tierra le llega al escritor costumbrista mientras la mira a ella, real y en tres dimensiones de carne en alquiler, en fuerte contraste con la pareja de maniquíes en postura de decir “sí quiero”. “Como si querer importase”, dice entonces la puta, y a continuación se mete en la boca un gajo de naranja.

 

20/01/2006 15:45 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Muerte y aceitunas

Madre yo tengo un novio aceitunero

que avareando tiene mucho salero

cuando me ve me dice: - Voy a morir por ti.- Madre yo tengo un novio aceitunero, aceitunero me gusta a mí.

Dale y dale a la vara, dale bien que las verdes son las más caras y las otras pa ti, tipití, tipití.

¡ Ay, que me voy a morir por ti!

Recogiendo aceituna él me decía

con palabritas, madre, que se moría.

Se acabó la faena y no lo he vuelto a ver

y eso que me decía que se moría por mi querer.

 

El novio aceitunero de la copla convierte en requiebro un “voy a morir por ti” lleno de erotismo, como todo en esta coplilla, que por algo está llena de hombres cimbreando sus varas y de virginidades de aceituna verde que se pierden en el olivar. Luego serán los mozos y los novios quienes se pierdan de vista, una vez caída del árbol la ansiada fruta. Hoy sabe a hiel ese verso, ese requiebro macabro, porque ayer comenzó el año y con él la cuenta nueva (¿o el borrón?) de mujeres asesinadas, y porque ayer cayó la primera, en un olivar, y porque siempre es ella la que muere por él, porque él la mata, porque…

Las uvas y las aceitunas tienen mucho en común, aparte de forma y tamaño semejantes. Son de la misma tierra; hace milenios que se conocen; crecieron y siguen creciendo juntas, y si pregunta uno por todo el Mediterráneo, se enterará de que se quieren mucho, tanto que parecen inseparables. Las uvas se pueden tomar de doce en doce y cerrar años. Las aceitunas, en cambio, pueden servir para abrirlos.

En Algarinejo, en la provincia de Granada, Pilar Pacheco Valverde cerró el año de Dios de 2005 comiendo uvas, como casi todos. Para abrir el 2006, Pilar optó por las aceitunas, y empezó el año vareándolas en un cortijo cercano a su pueblo. En los poemas de Lorca, la muerte que acontece en el olivar suele ser una muerte privada, un asunto íntimo entre el asesino, la víctima y el dios Sol, que observa y abrasa, mientras la navaja refulge y la sangre tiñe la tierra seca. A Pilar Pacheco también le sorprendió la muerte en el olivar, en el primer día del año, pero no en la intimidad, sino en presencia de diez testigos que vareaban olivos con ella. Su exmarido no se sirvió de la navaja lorquiana; le bastó una escopeta para convertir a Pilar en la primera mujer que muere asesinada este nuevo año en España, a manos de su compañero o ex-pareja. http://www.elpais.es/articulo/elpporsoc/20060101elpepusoc_3/Tes

 

 

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02/01/2006 10:39 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Simón de Rojas

(En el Centro Cultural de la Villa, en una exposición sobre Cervantes y su época, está expuesto el cuadro “El fraile trinitario Simón de Rojas, difunto” de Velázquez. Estará por poco tiempo, y pertenece a una colección privada, así que recomiendo darse prisa).

Se trata de un cuadro sencillo, impresionante, hipnotizador. Sobre un estrado está tendido el cuerpo sin vida del fraile, de rostro sereno, frío. El blanco y el negro de sus hábitos no dan respiro a las medias tintas. O todo, o nada, o vida, o muerte, en este caso. De la bocamanga del hábito sobresalen dos manos de muerte, que no de muerto, que se agarran a la cruz, no se sabe si por el rigor mortis o el de la fe inquebrantable. De la boca, vacía, salen dos palabras, que Velázquez escribe con humo, o pincela con niebla, o dibuja con aire, no se sabe: Ave María.

 Simón de Rojas

Simón de Rojas nació en Valladolid en 1552. Desde muy joven se hizo adepto del culto de María, y desde muy joven también entró a formar parte de las filas de los frailes Trinitarios. Eran éstos los principales responsables (junto con los Mercedarios) del rescate de cautivos, actividad que les llevaba a organizar expediciones comerciales a la compra de esclavos, sacando en el proceso un buen número de almas cristianas de los baños argelinos, tunecinos o tetuanís. Estudió Simón de Rojas en Salamanca, y residió en Toledo. Pero fue Madrid, Lavapiés en concreto, el escenario de los veinte años más productivos de su vida.

Llegó a la Corte llamado por la corona, en alas de una bien merecida fama como predicador y reformador de costumbres, y vivió en la calle que hoy lleva ecos de su nombre, allí donde Atocha se derrama cuesta abajo hacia Lavapiés, hacia el otro mundo, donde el Madrid de tantos siglos pierde la elegancia, desaguada entre callejones que siguen siendo oscuros. La calle que sigue, la del Ave María, tiene el nombre que quiso Simón de Rojas, que también se salió con la suya cuando consiguió que esas mismas palabras fueran inscritas en la fachada del Alcázar Real. Por otras calles cercanas, como la la Torrecilla del Leal, pasó parte de su tiempo en las imprentas cercanas, supervisando la impresión de estampas marianas, que exportaba allende las fronteras de Castilla, en su particular cruzada contrarreformista. No fue coincidencia que acabara siendo conocido en vida como “el Padre Ave María”, que es como ha pasado a la iconografía, acompañándose siempre su retrato del latino lema.

Entre la exportación de estampas religiosas y la predicación en nombre de los cautivos, el futuro San Simón cuidaba de la salud espiritual de un barrio muy pecador, como sigue siéndolo. En aquel entonces, los alrededores de Antón Martín estaban llenos de enfermos de sífilis, unos recién salidos del hospital y otros resistiéndose a entrar, mendigando por las calles de alrededor, en las que abundaban también las oportunidades de contraer ésa y otras enfermedades más o menos venéreas. Un poco más abajo, los moriscos y conversos abundaban sobremanera, unos de rancio abolengo castellano, otros recién llegados de las Alpujarras, y el fraile trinitario no perdía la ocasión de diatribar contra unos y otros, como era de recibo, trabajándose opiniones ajenas y poderosas, convenciendo a los sanedrines de turno de la necesidad de “hacer algo” con aquella chusma.   

Además de todo ello, se convirtió el fraile en Preceptor de los Infantes de España, Confesor de ntra. Sra. La Reyna Dª Isabel de Borbón, y en el primer comerciante de abalorios al por mayor del barrio de Lavapiés. En efecto, entre unas y otras cosas, fray Simón de Rojas se dedicó a la producción de unos rosarios de cuentas azules, representativos de la Imaculada Concepción, que tuvieron un éxito comparable al de la bisutería que hoy venden al por mayor los innumerables negocios del barrio. Lo que no estoy en condiciones de asegurar es que se vendieran en el top manta barroco.

Hoy, en la calle Ave María no se ven procesiones de flagelantes, sangrándose los lomos en agradecimiento a la decisión real de expulsar a los moriscos del barrio. No caminan por ella los ex-cautivos cristianos, enseñando sus cadenas a quien quiera mirarlas, y honrarlas con una limosna. Tampoco se trata el “mal francés” en Antón Martín, donde en vez de hospital ahora hay tres kebaps, y en las imprentas del barrio ya no se imprimen ediciones de novelas escritas por mancos, sino que se hacen fotocopias en color del DNI. Si hoy saliera San Simón a pasear por el barrio, el Ave María que escupirían sus labios sería de órdago, cuando viera la Plaza de Lavapiés. A mí me gusta más así…

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11/12/2005 22:20 Autor: cuadernosdelavapies. #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Adoquines de París

No recuerdo bien qué buscaban algunos parisinos debajo de los adoquines que empedraban las calles. Servidor aún no era siquiera proyecto de embrión, ni deseo en ciernes de gestación, y todavía quedaban dos años para presentarme al mundo sin ser llamado, como para decir “Generalísimo, haga vuecencia el favor de legalizar los condones, que, a este paso, veo colas del paro del tamaño de un pantano, para dentro de 20 años, cuando su excelencia no sea más que cenizas y rencillas eternas en boca de taxistas y taberneros”.

Y aunque luego, en clase de Historia de institutos públicos y laicos, aprendí un día que los parisinos del 68 buscaban utopías debajo del suelo municipal, mientras los gendarmes les miraban con ojos de cumplidores del orden, la verdad es que esa búsqueda siempre me quedó tan lejos del alma como las que protagonizaran tatarabuelos de esos y otros parisinos a finales del XVIII, a través de los lóbregos (supongo) pasillos de la Bastilla. Ambas eran Historia lejana, a pesar de que entre los vivos de la tele abundaran los que habían estado allí, entre los estudiantes utópicos, lanzando cócteles molotov y quemando mobiliario público. Tanto más lejana, cuanto que nadie a mi alrededor, en las barriadas del extrarradio desarrollista, había estado nunca en París, ni para levantar adoquines ni para hacer fotos en blanco y negro de la Torre Eiffel.

En la tele sí, y en los libros que luego quise leer cuando la adolescencia me pedía algo contra lo que rebelarme, también abundaban los señores canos y entripados en ternos azul marino, que contaban con nostalgia envidiable los días de causas justas y revueltas memorables. Pero eso no fue nunca suficiente para llegarme adentro de la existencia, y las únicas excavaciones utópicas que he conocido de cerca, y que aún modifican mi vida cotidiana y de verdad, son las emprendidas por el alcalde con más vocación de Historia que ha tenido la capital de España en los últimos siglos.

Ignoro la edad real de Gallardón (la por él ansiada no, ésa es la de Oro, en cuyo Olimpo quiere acabar residiendo, desde el monumento dedicado a su memoria, y que terminará por formar parte del mobiliario simbólico de la ciudad). Por tanto, no puedo ni quiero aventurar dónde estaría el actual alcalde de Madrid cuando los estudiantes parisinos hacían de las suyas. Lo que sí sé es que hoy, mientras la capital del Sena (Mater Dolorosa francorum republicae) arde con connotaciones muy diferentes de las que evocaría una nostálgica y rebelde melodía de Brassens, el futuro padre del Nuevo Madrid, el que acabará dando nombre a más de un barrio, plaza, parque, boulevard (para seguir con el ambiente parisién) o Macro-centro comercial , anda levantando Madrid en busca de no se sabe bien qué utopía. Como en Madrid los adoquines se sientan en los despachos, la corteza a levantar en busca del filón perseguido es, mayormente, de asfalto. Asimismo, el particular mayo de Gallardón dura todo el año, y no sólo los meses primaverales de víspera de examen y hormonas alteradas que sacaron a la rue a los estudiantes idealistas de antaño. Por eso, quizá, y porque hoy los estudiantes van en Mini Cooper a clases de Máster en Business Administration, pagados con el dinero que sus abuelos ganaron mientras estudiaban derecho en vez de destrozar la Ciudad de la Luz, los que levantan el suelo, trasplantan el madroño y echan a un lado a la osa para hacer paso a un pelotón de grúas no son universitarios fumados, sino inmigrantes que malviven con un quinto del sueldo, para que las otras cuatro partes engorden el giro que habrá de alimentar a muchos.

Y mientras, por aquello de la lejanía y el desinterés cínico, ignoro quién acabó sacando partido del estudiantil ataque de urbanismo salvaje de hace casi cuarenta años, no es difícil averiguar qué empresas, multinacionales, conglomerados y constructoras son los que están haciendo el agosto con el mayo de Gallardón.

Mientras escribo esto, un bosque de grúas ha sustituido al encinar que a buen seguro daba sombra por mayo del 68 del siglo pasado a un suelo todavía sin calificar. Abajo, como piara de cerdos que hozan en busca de bellotas, las excavadoras bailan al ritmo de un éxito del pasado reciente, el “España va bien”, que todavía no ha pasado de moda. Aunque todo se andará, y quién sabe si dentro de veinticinco o treinta años esos desarrollos urbanos no terminarán alojando revueltas de jóvenes que no habrán podido ir a la universidad, ni hacer un máster en administración de nada que no sea su propia marginación, revueltas en las que ardan, como París, los Mini Coopers, los deportivos de importación, los sueños de una generación y las esperanzas de una vida mejor, ésa que nunca tuvo intención de enterrarse bajo los adoquines de ningún bulevar.
09/11/2005 16:02 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 2 comentarios.

De cruzados, aves extintas y otras glorias patrias

Soy masoquista, y todas las frustraciones que de ello se deriven se me hacen tan merecedoras como el que murió por gusto y hasta la muerte le supo a delicia. O sea, que no busco la empatía cuando confieso lo que hice el viernes pasado, justo antes de salir de viaje de trabajo a Sevilla y Córdoba. El trabajo consistía en llevarme a varias docenas de estudiantes americanos a visitar mi ciudad natal y la que la antecede en preponderancias béticas y o ribereñas.

El acto masoquista consistió en llegar al quiosco, husmear como quien se sabe víctima inminente de un largo viaje, y dar con una de las nuevas publicaciones que adornan nuestros estantes patrios: "Historia de Iberia Vieja". Por si la elección léxica a la hora de darle título no diera pistas suficientes sobre la ganadería de este novillo cuernón que acaba de entrar en el tentadero del debate pseudo histórico hispano, véase en su quiosco más cercano la portada elegida para vestir su primer número: un jinete medieval cristiano y muy coquetón, obra decimonónica y decimotodo que no hay que tenerle en cuenta a don Marceliano Santa María, su autor, a quien Dios tenga en su gloria. Nada tengo en contra de un buen jinete cristiano y medieval, lo que pasa es que el que me ocupa me resulta antipático por lo decimonónico, por lo facha y porque aparece saltando en su corcel (árabe a pesar de todo) sobre los cuerpos asustados, desnudos y animalescos de lo que según su autor era el palenque del caudillo moro Al Nasir.

La acción, verídica o legendaria, viene a ser nuestra carga de Balaklava ibérica, y en ella un grupo de caballeros castellanos, leoneses y bien nacidos hacía escabechina de otro de esclavos africanos que, atados y encadenados a postes, sólo muestran, además del miedo, su admiración por la manifiesta superioridad de aquellos peludos y barbados hijo del Señor don Santiago de todas y cada una de las Españas.

La pintura decimonónica es la pintura decimonónica, y el que esté libre de pecado que tire el primer Fortuny, pero el problema del cuadro de Santa María no es el cuadro en sí, como tampoco lo es que Santiago siga matando moros en los altares de media España. El problema es que una revista de supuesta divulgación cultural ponga el cuadrito para ilustrar una recreación histórica de las Navas de Tolosa que suscribiría el propio Jose Antonio (Cousin of the Riverside).

Porque, sí, queridos niños y niñas, la revista Historia de Iberia Vieja ha venido al quiosco de este nuestro barrio de derechas para dar rienda suelta a las fantasías más ñoñas y patrioteras de la españadetodalavida, pero con una pátina de supuesto rigor histórico y científico. De la vocación y el talante neo-cruzado de esta publicación pueden dar fe las palabras de su barquero insignia, en el artículo inaugural de esta prenda, de la que aprovecho para comentar que más hubiera valido imprimirla en pergamino, aún a riesgo de caer en el anacronismo:

"Parece claro, por tanto" escribe el ex-comunista exaltado y neo paladín de la derecha castiza, Pío Moa "que España existe como entidad política y cultural reconocible desde Leovigildo, y que, inlcuso anegada por la marea musulmana y fragmentada en varios reinos, el ideal nacional persistió con potencia bastante para recobrar la unidad perdida en la mayor parte de la península. Unidad amenazada hoy de nuevo por los separatismos y por la intervención islámica, la cual, asombrosamente, ha logrado con un solo golpe cambiar de arriba abajo la política española".

Ganas me dan de imprimir el texto, enrollar el folio en el que aparezca, y dar de lleno con él en el coco al próximo alumno que me cuestione la utilidad de estudiar la Historia. Pero como eso, aparte de muy poco profesional, resultaría muy de derechas, prefiero achantarme y contar cómo leí esta maravilla de artículo (intitulado "¿Desde cuándo existe España?) de camino a Sevilla, en un autobús lleno de veinteañeros estadounidenses que escuchaban sus Ipods, en vez de prestar atención a lo que yo les contaba por el micrófono del autobús (versiones in situ de la batalla de Las Navas de Tolosa, al tiempo que el autobús bajaba a toda pastilla las curvas benévolas del moderno Despeñaperros). Como ya me ponía pesado, y la cultura hay que darla dorando la píldora para que no amargue, dejé de intentar contar por qué o por qué no se llamaba aquello Depeñaperros, y a poco de cruzar el cartel de bienvenida de la Junta de Andalucía volví a sumerrgirme en las procelosas y patrióticas palabras del Moa, que no sólo el nombre tiene de ave extinta, sino también las ideas.

Luego vinieron las llanuras fértiles del Valle del Guadalquivir (seguro que Moa lo llama Betis a cada ocasión que tiene) y el hotel bien situado y el descanso de tantas horas de carretera y sol. La lectura masoquista de Pío Moa y sus nuevos compis me hicieron querer fraguar quijotescas explicaciones, situaciones estúpidas en las que varias docenas de estudiantes de Massachussetts se quedaban pasmados mientras yo les explicaba el significado de un patio lleno de naranjos, interconectados por mini-acequias, o donde los mismos alumnos flipaban de colores con mi historia de cómo Abderrahman I les compró a los cristianos cordobeses un trozo de su iglesia para acomodar en ella a los fieles musulmanes, en vez de tomar, robar, destruír o confiscar, para acabar rezando pared con pared.

No se me malinterprete: también cuento a mis alumnos cómo Almanzor hizo traer las campanas de Santiago a lomos de cristiano, cruzando la península que Moa considera, a estas alturas, la reserva espiritual de Occidente (todavía). Y también les cuento que no todo fue convivencia y tolerancia. Lo que al final resulta es un enorme pifostio mental por parte de estos chicos que salen del Mall de Boston para meterse en la Mezquita de Córdoba con un servidor, que les dice ora una cosa ora la contraria. Pero eso es precisamente lo que busco, un pifostio histórico en el que no se sabe nunca quién es el bueno y quién el malo, quién el moro traidor y quién el Cid mercenario. Cualquier otra certeza al respecto sería digna sólo de dinosaurios, dodos, moas y otros extintos.

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24/06/2005 00:04 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 7 comentarios.

Archivos churriguerescos y Unidad Patria

La Plaza Mayor de Salamanca es de color anaranjado, que es un tono muy poco común para una plaza. Cuando el sol de antes de ponerse incide en las piedras de la Plaza Mayor, éstas sacan a relucir su alto contenido en hierro, y brillan de una manera especial,con un brillo que hace posible perdonarle a Salamanca la velocidad cruel y afilada de sus ventiscas invernales, o la poca vergüenza y caridad cristianas que muestra su sol estival, un sol de dehesa y tostadero que sólo al atardecer y sólo gracias al hierro se hace amable.

A pesar del hierro coquetón de su masa, las piedras de Salamanca son como barras de mantequilla caliente y, cuando el cincel del cantero las acomete, se dejan hacer de todo, como amantes entregados. Y si el cantero, harto de la frigidez franciscana del granito, se siente inspirado, hará gemir a la piedra salmantina en contornos suaves y lúbricos, para darle al sol y al hierro cama en que hacer sus cositas, y que el Tormes lo vea.

En la Plaza Mayor de Salamanca, un número no desdeñable (por más ganas que se tengan de ello) de castellanos de León se reunió para protestar contra el traslado de los Archivos que ahora protege la piedra férrica y feérica salmantina. Muchos abanicaron el techo de cielo raso mesetario con pancartas rojigualdas en las que se leía "España y Archivo = Unidad", con todo el descaro de quien está cansado de tapujos, y decide cortar por lo sano, y "que sea lo que Dios quiera", voluntad que suele coincidir con la de quienes se declaran sus hijos predilectos.

Mi compañera, que tiene tendencia a ver el lado bueno de las cosas, comenta qué buena cosa puede llegar a ser, si bien se examina, que una sociedad se eche a la calle para reclamar que no les quiten los papeles, lo libros, la memoria de su Historia. Veo el envite/embite y subo la apuesta, recordando el adagio trasnochado que suelo repetir a los grupos de turistas que acompaño a la ciudad del Tormes: lo que Natura no da, Salamanca no lo presta.

Claro que, en este caso, el exceso de celo por conservar, no un campo de pozos petrolíferos, sino un montón de legajos y documentos, esconde una chuleta, una trampa estudiantil y tuna de alumno pícaro y aprovechón, de los que da gusto pillar en pleno examen, "con las manos en la masa, en flagrante, sin recurso de apelación": la Memoria Histórica tan cacareada, pancarteada y asociada a la sacra misión de conservar la unidad de todas las españas no es propia, y los documentos de que se trata fueron robados por un gobernante ilegítimo, que pretendió con ello sancionar lo que la victoria por las armas le había otorgado.

No se trata de devolver un oro de Moctezuma que a su vez el desdichado emperador había robado a base de miedo y mamporros, sino de desfacer el entuerto perpetrado por gente que ahora está muerta (y por otra que sigue viva o embalsamada, y que incluso detenta aún cargos de máximos poder y responsabilidad). Quien roba al ladrón tiene cien años de perdón, debió pensar el menos cortés de los hernanes, cuando dejó las novelas de caballerías para meterse a conquistador en sociedad anónima comercial; pero en el caso del robo que nos ocupa, aún ni siquiera ha prescrito la moratoria refranera.

"Archivo y España = Unidad" es una solemne tontería, o una metáfora desafortunada, según se prefiera, malparida por la derecha catódica y neocatecumenal para congregar jubilados pelayos a la luz mágica de la piedra churrigueresca de la Plaza Mayor. Contagiado por la fiebre de eslóganes sandios,me dejo llevar y pienso que, según el Partido Popular, lo que Franco robó, Salamanca no devuelve, y me avergüenzo ipso facto. Debe ser el ambiente anaranjado y latiniculto de esta maravillosa ciudad esculpida en piedra castellana de mantequilla leonesa, que me hace perder los papeles y el sentido del ridículo. Al final, me eximo de pecado, y me acojo al sagrado del precedente. Después de todo, en Salamanca se han dicho frases memorables ("decíamos ayer"), pero también otras menos afortunadas, como las que ladró Millán Astray, un tío abuelo hipertenso y con mucha mala leche, paladín no tan antiguo de esa misma unidad rojigualda y torera que la ecuación conservadora (¿de qué?) igual a los dichosos Archivos de la discordia.

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12/06/2005 14:36 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Desayuno en Lavapiés

Angustiado por la incertidumbre, agobiado por el oneroso peso del temor al porvenir, precario e imprevisible, salí a callejear por el barrio. Bueno, en realidad fui a la panadería, donde empecé a pensar que algo importantísimo había ocurrido. Debí haberlo sospechado cuando vi que Milagros, que está siempre a régimen, anunció a bombo y platillo que hoy, además de la pistola cotidiana, se llevaba media docena de bizcochuelos borrachos, "pa celebrar el feliz acontecimiento, y que me quiten lo bailao".

Luego, al pasar frente al locutorio de Ahmed, noté con extrañeza una congregación de parroquianos que, en lugar de poner conferencias con Casablanca o Alcazarquivir, batían palmas en corro, dentro del cual dos jóvenes de manos alheñadas soltaban estridentes lelilíes. Al soniquete de la zambra festiva, me acerqué. Cantaban y tocaban panderos y sonajas, pero como servidor no habla árabe, y además cantaban en bereber, que no se le parece nada, no alcancé a saber de qué iba la cosa. "Queda poco para San Isidro", me dije "y quizá los musulmanes del barrio, de tanto roce, se han puesto a cantarle al santo labrador, para que llueva un poco, que con la sequía de este año habrá pocos jornales a repartir en el campo, y pocos ingresos que girar al Rif, donde los esperan como el agua de mayo que nosotros también."

En esto, el sobrino de Ahmed, que estudia periodismo en la Complutense, pasó montado en un ciclomotor, de pie sobre los estribos y enarbolando una espingarda de fogueo, al grito de "Sidi Filipe, Sidi Filipe, Aljándulila...", lo cual terminó de confundirme, porque Alex es de Lavapiés y no tiene acento.

Le di un pellizco a mi barra de pan y seguí calle abajo, al son de más músicas. En el restaurante de la esquina, los dueños paquistaníes se habían vestido de lanceros imperiales, con bigotones y turbante incluidos, y regalaban puritos Dux al paisanaje. Los chinos de la tienda habían construido un dragón multicolor con envoltorios de Chupa Chups, y lanzaban petardos que, en vez de explotar, sonaban como los primeros compases de una marcha muy conocida, sólo que no pude identificarla, así en frío.

Por la calle del Ave María, en dirección a la plaza, bajó entonces una muchedumbre portando flautas, quenas y tambores, que hacían sonar con algarabía y regocijo. Una señora de pelo negro y lacio, cubierta con un tocado también negro, del mismo paño que su larga pollera, bajaba brincando de felicidad, como quien acaba de conocer su destino, y ha sabido que será bueno con ella. Como tampoco hablo quechua, no entendí las frases en aymara que parecían gritar algo muy, pero que muy alegre.

En realidad, no fue hasta llegar a la puerta del Champion, en la misma plaza de Lavapiés, que me enteré de la verdadera transcendencia del acontecimiento. Allí, un combo de como 250 personas, a lo que parece venezolanos y dominicanos en su mayoría, bailaban al son de varios tambores, que interpretaba (y ahí ya me quedé estupefacto) no un grupo salsero o merenguero, sino el mismísimo regimiento de zapadores de Almansa, con acompañamiento de pífanos y pelucones blancos bajo el tricornio de raso chillón.

La barra de pan daba sus últimos suspiros cuando subí por fin a casa. Encendí el televisor. En la pantalla, en vez de una tertulia marujil o una entrega caducada de dibujos animados japoneses, apareció el Excelentísimo Señor Alcalde de la Villa y Corte, vestido de Corregidor, con la Cruz de Santiago al pecho, anunciando cañas y toros durante 15 días, en la Plaza Mayor, claro está. Mojé el currusco de pan superviviente en el café, alegre y feliz. Últimamente, las cosas no habían ido muy bien, y la preocupación me estaba volviendo un ser taciturno y amargado. Ahora, con un poco de suerte, las cosas se arreglarán, y el sentimiento de orfandad y desvalimiento pasará al olvido. "Por fin tenemos heredero", me repetí en voz alta, casi incapaz de creerme tanta dicha junta.

Emocionado, fui a la cocina. Vertí el resto de la cafetera en la taza y le añadí medio kilo de azúcar. Como todas las cucharillas estaban sucias, eché el café en un biberón, mojé la tetina en el jarabe formado, y me lo amorré, feliz y contento.

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09/05/2005 20:13 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 4 comentarios.

¿Esta tarde en la BBC?

Acabo de hablar con un señor de la BBC Radio, que me va a entrevistar esta tarde, para que dé mi opinión sobre el Plan Ibarretxe. Lo juro. Ha sido de rocambol, pero igual salgo esta tarde después de las seis y media. Lo malo es que, como soy tan poco serio, se me ha olvidado preguntarle a señor de la BBC en qué programa salgo.
13/01/2005 16:36 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Un milagro en equilibrio

Acabo de empezarlo, y antes de que se me salga el (pseudo) crítico literario, quiero decir que Lucía Etxebarría tiene toda la razón del mundo: no hay literatura que tenga que ver con la preñez. Llevamos varios milenios dejando por escrito nuestras neuras, nuestros miedos y ansias, pero demasiado poco sobre algo tan universal y necesario como la Muerte: el Nacimiento y lo que le precede.

Preñez, dice la narradora, que no embarazo. Embarazo es más bien lo que se lee en la cara de la Madonna de Fra Angelico, que seguro que nunca vio un cordón umbilical en su vida. Y embarazosas son las idealizaciones cristianas de la obstetricia, por mucho que le gusten a uno los belenes.

Lucía no lo sabe, pero da la casualidad de que estaba a mitad de la enésima relectura de Fortunata y Jacinta, cuando me regalaron Un milagro en equilibrio. Y gracias, porque necesitaba un poco de eso, encharcado como estaba en la maravillosa novela de un maravilloso autor y ser humano que fue Galdós, de nombre Benito y de sexo obviamente varón, por muy adelantado a su tiempo que fuera. Es Fortunata y Jacinta, entre otras muchas cosas, una historia de dos mujeres; una que no puede concebir hijos y otra, su rival, que sí puede, como también puede conquistar el amor de un imbécil que las dos se disputan en desigualdad de condiciones. Fortunata parió y perdió el niño, y Galdós pasa por ahí en muy pocas páginas de esas finas de la editorial Aguilar, de fuente infinitesimal y párrafitos apretadísimos.

Lucía Etxebarría, en cambio, escribe sobre todo lo obviado, lo olvidado. Y no será de extrañar por ello que algunos críticos y catedraticones de este país acaben por considerar el último premio Planeta como una fruslería, de ésas que se les presta atención por el qué dirán y porque, en muchos despachos, departamentos y aulas de España, la literatura femenina todavía es una moda "que seguro que pasará, como todas". Como si el ser mujer y escribir fuera un género literario...
10/01/2005 13:17 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Asteroides

Es lo que tiene ver la tele, y estar conectado a Internet al mismo tiempo. La película se llama Asteroide, creo, y en ella Bruce Willis tiene que salvar al planeta de un enorme cuerpo celeste (del tamaño de Texas, que se pronuncia con jota, by the way). Le eligen para viajar al espacio, plantarse en el asteroide y perforar una mina en la que insertar varias cabezas nucleares, y lo hacen porque se trata del mejor profesional de las plataformas petrolíferas del mundo. Hasta ahí, bien. Pero cuando el héroe se entera del marrón que le ha caído encima, expresa con cara de circunstancia heroica: "Seiscientos mil millones de personas, y me tiene que tocar a mí".

No escribo para hablar de lo patético que se puso Hollywood a costa del milenarismo. Escribo como traductor de inglés que no pudo encontrar trabajo como tal en más de año y medio de tocar puertas, y digo que, según el traductor que proporcionó a la compañía, el inglés "six billion people" equivale a eso, a seiscientos mil millones, que son mucha, mucha, pero que mucha gente.

Quizá no sepan el traductor, ni el director de equipo de doblaje, ni el coordinador de programas, ni ningún otro cargo de ninguna de las empresas implicadas en la traducción, doblaje y distribución del film, que en inglés americano, un "billion" equivale exactamente a mil de nuestros millones, de modo que la cantidad se reduce a un 6000 millones, que sigue siendo una muchedumbre, pero que, de momento, cabemos en este planeta tan frágil.

A partir de ahora, y aprovechando que tengo Internet en casa (no conseguí trabajo de traductor, pero lo logré) empieza mi cruzada contra las barabaridades que algunos canales televisivos, productoras, etc. se dejan escapar demasiado a menudo. Si les aburre, sírvanse avisarme.
09/01/2005 16:39 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 2 comentarios.

Café Barbieri

A estas alturas, es preciso confesarse y confesar que servidor es propenso a las depresiones estacionales, que yo de por mí motejo de “autismos de invierno”.

Embutido este año más que otros en mi aislamiento patológico, llevaba ya demasiadas semanas pisando la calle sólo lo imprescindible, desairando amigos y familiares a golpes de silencio, y comprobando a cada rato el contador de visitas a mi bitácora, buscando un canal de comunicación con desconocidos, mientras alieno inexorablemente a conocidos y queridos.

Hoy, por fin, la obligación de ir a pagar el alquiler me he sacado a la calle, para que el frío mesetario polarizado por la borrasca norteña me diera de bofetadas, desquitándose de las que mi eremitismo de patio interior le había hurtado. Bien pronto se me han quitado las ganas de pasear las carnes por las hieleras de Lavapiés, y he deseado tener a mano un claustro resguardado, como el que cobija las tímidas salidas del monje que medita caminando entre arcos mientras se airea su celda-leonera. “Cabin fever”, llaman los americanos a esa verdadera fiebre que provoca el encierro, la que hacía enloquecer en sus cabañas de madera a tramperos y pioneros, en los largos meses del invierno.
Los americanos que conquistaban la naturaleza salvaje de abril a septiembre no tenían claustros donde refugiarse de la ventisca, ni yo tampoco, así que decido tomarme el enésimo café en el Barbieri, a la vista de la Plaza de Lavapiés. Un poco más arriba, en la calle del Ave María, hay una farmacia que me gusta imaginar es la misma en que Maximiliano Rubín, el legítimo de Fortunata, estropeaba fórmulas con las distracciones de su feble psique.

No sé si allá por los años 70 del siglo XIX ya existía el Café Barbieri; es probable que no. Sí lo hacía, en la mismísima plaza de Antón Martín, uno de los cafés más emblemáticos de aquellos años. En él recaló algún tiempo Juan Pablo Rubín, el hermano del contrahecho farmacéutico, y allí lo encontró don Evaristo, protector de la perdida Fortunata, para convencerle de que apoyara la reconciliación entre los esposos. Hoy en Antón Martín hay un Burger King, debajo justo del globo que anuncia otra farmacia famosa.

La decoración del Café Barbieri recuerda a la de todos esos cafés que han hecho las veces de claustros resguardados de los fríos madrileños. Es fácil soñar aquí, e imaginarse charlando y discutiendo con un grupo de personas, tertuliando como ya sólo se hace por Internet, pariendo historias, proyectos, cocciones que se quedarían, con mucha probabilidad, en agua de borrajas. Fórmulas fallidas, pero no peligrosas, como las de Maxi Rubín; sueños en los que, décadas después, se reúne a varios contertulios frente a las cámaras para recordar aquellos años de tertulias en el Barbieri, de libros publicados, películas dirigidas, obras estrenadas, homenajes sentidos y juergas salvajes...Sueños irrealizables, porque hoy las tertulias no están en las reboticas ni en los cafés, sino en los chats de Internet, y los cafés son sitios para merendar, y además un servidor cada vez se vuelve más autista.
27/12/2004 20:11 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 4 comentarios.

Una de perfumes

Esta mañana me he despertado temprano. Me sentía extraño, fuera de mí. En el cuarto de baño, me miré al espejo y me llevé la mayor sorpresa de mi vida. El rostro que vi reflejado no era el mío. Era yo, sí, podía adivinarme en la expresión de los ojos, en los gestos involuntarios e indefinibles, pero no era mi cara. La barba había desaparecido, el peinado era diferente, y mi piel brillaba con artificio, lisa como la porcelana y fría como un esquema desdibujado. Un cierto aire andrógino me invadía la mirada, que aparecía languidecer por momentos, a medida que la piel se hacía cada vez más imposiblemente blancuzca y tersa.

Miré a mi alrededor, y eché enseguida de menos mis azulejos blancos y azules. En su lugar, losas de mármol blanco y negro, y un retrete con forma de silla intergaláctica. Sonaba una extraña música, de origen desconocido, y mi cuerpo estaba enfundado en un pijama de seda, que más parecía esmóquin de diseño. Al volver a mi cuarto, que había crecido hasta un tamaño tres veces superior al de mi antiguo pisito, vi que mi compañera dormía como quien posa, perfectamente maquillada con artificio de aerógrafo y Photoshop. Su languidez era como de película antigua, y no desapareció ni aún después de despertarse y hablarme con una voz que no era la suya. Fueron unas palabras incomprensibles, en francés de pasarela.

Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. "¡Pero si tu no hablas francés!", dije con una voz prestada. "Ni yo llevo trajes Moschino", continué, mientras me ajustaba una corbata de 1200 euros. Un violonchelo sincopado hacía bailar las ondas de raso de las sábanas, negras como la elegancia prestada que me invadía. Tardé unos segundos en encontrar la mesilla de noche, entre otras cosas porque su diseño extraño ocultaba los cajones, blancos sobre negro de ébano y mármol. Dentro, un frasco de perfume, que tuve que tirar por el desagüe (tras varios intentos de dar con el mecanismo de la cisterna) para volver a la normalidad.

El médico me ha dicho que no hay tratamiento, pero que no me preocupe, que no deja secuelas, y que se me pasará después de Reyes.
17/12/2004 17:15 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

¿En qué contenedor se debe depositar la tele-basura?

Hay dos razones, entre otras cien, que explican por qué nunca conseguiré ser un escritor de éxito, ni siquiera medianamente leído. Una es mi desmedida afición a los videojuegos, que le quitan a uno el tiempo necesario para escribir una novela, y que embotan el intelecto hasta anular las aspiraciones creativas y/o literarias. La otra es que soy muy marujo, muy de barriada, a la par que muy "literario" en el peor sentido de la palabra, como el pseudo-erudito a la violeta que quiere teñir el pelo de su dehesa con colores de sabiduría de oropel. La mezcla no resulta muy buena, ni siquiera en estos tiempos de mestizajes culturales, y me parece muy bien que así sea.

A mi parte maruja le divierte "Aquí hay tomate", mientras que mi otro yo de pseudo-intelectual en eternas ciernes necesita a veces esas sobremesas (sobresofás) documentadas (televisivamente hablando) por obra y gracia de la BBC. Cuando alguna carrera ciclista no agua mis fiestas/siestas de documentales (me pregunto qué hará Fungairiño de mayo a septiembre) compagino, gracias al zapping, las pausas publicitarias de ambas emisiones. En la ocasión más reciente, aproveché el descanso en el enésimo film sobre los leones del Serenghetti para ver, dos canales más allá, una breve información sobre las actividades del rey de España en su reciente viaje a Latinoamérica. En una de las actividades programadas, me cuentan, don Juan Carlos fue y se entrevistó con "Rafael (sic) García Márquez, autor de Memoria de mis ---biiiiip----- tristes."

¡Cáspita!, debería exclamar ante tamaño desaguisado, sobre todo para no herir la sensibilidad de una censura que no duda en mutilar el título de un colombiano, a quien, no obstante, han rebautizado con el nombre del arcángel equivocado. Ya sólo queda que en "Salsa Rosa" le llamen "Miguel García Márquez", y entonces el Nóbel de Literatura terminará sonando a personaje lorquiano y lírico, a patriarca gitano como el que visitaba Macondo, pero más aflamencado y juncal si cabe.

En cuanto a los niños que estuvieren (futuro de subjuntivo, destinado a desaparecer, sino extinto ya y amojamado) viendo a esas horas la telebasura, se está preocupando el Gobierno de que no tengan acceso a los melodramas de toreros, tonadilleras, sus asistentas y los amantes de sus chóferes, como si algo de todo eso fuera nuevo o dañino. Nada van a encontrar los chavales en estos programas que no sepan ya de vernos a los mayores: que somos mezquinos, ridículos, irracionales, y capaces de cualquier cosa con tal de conseguir dinero rápido; la misma lección que se aprende viendo las noticias o asomándose al patio de luces del bloque de pisos.

Dirá alguno que no puede permitirse que un ser humano autodenominado "periodista" se quede tan pancho después de llamar Rafael a García Márquez. El aludido contestaría, como cuando la conciencia o los amigos le cargan con lo carroñero de su "especialidad", que "esto es lo que pide el público". Por eso, quiero suplicar desde aquí a ese público caníbal que al parecer anda por ahí extorsionando a cientos de licenciados en Periodismo, que hagan el favor de no pedir que se llame Borja Marri a Cela, ni Joaquín a Aleixandre, Nicolás a Benavente, o (¿se atreve la lengua a pronunciarlo?) José Ramón a Cervantes. Por lo que pudiera pasar.
22/11/2004 09:44 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Mercedarios y pateras

Los frailes Mercedarios de la Plaza de Tirso de Molina se dedicaban a rescatar cautivos cristianos. Como el Estado de entonces se desentendía de liberar a los súbditos que sufrían la esclavitud en el Norte de África, a pesar de que muchos de ellos hubieran caído prisioneros al servicio del rey nuestro señor, la congregación que tenía su monasterio en la Merced se hizo cargo de recoger limosnas y donaciones con las que chalanear al Bey de Argel la libertad de los que se pudiera.

A este efecto, y bajo bandera blanca de mercaderes, los hermanos de fray Gabriel Téllez fletaban sus pateras de remos y cruzaban el Estrecho a la inversa, para así sacar del baño (no por alergia a la higiene, sino por razones más cristianas) a algunos desdichados, compañeros de Cervantes. Una vez comprada la mercancía, los mercedarios recogían sus bártulos y se volvían a Alicante, Cartagena o Cádiz, desde donde repartían su preciosa carga a ritmo de procesiones, Te Deums, misas, autos y rituales varios, en los que los excautivos vestían sus cadenas e interpretaban su papel de agradecidas víctimas, para así recaudar nuevos fondos, con los que sacar del peligro más almas cautivas.

Al llegar a Madrid, los frailes, la Villa y la Corona pagaban a escote una representación, destinada a enternecer y satisfacer al pueblo, para que, en vez de reclamar que acabase la sangría de galeras y corsarios en las costas mediterráneas, agradeciera a sus gobernantes la cara libertad obtenida por aquellos desgraciados. No hay que escandalizarse: también el gobierno Bus recibió a su prisionera marine con desfile heroico, y a las pocas semanas ya se filmaban versiones de telefilm de su odisea en Iraq.

La procesión de frailes, inciensos, penitentes, estandartes, pendones y excautivos de tosco sayal y grilletes colgando desembocaba y tenía su apoteosis en lo que hoy es la Plaza de Tirso de Molina. En el espacio que abrió la desamortización de Mendizábal se instaló la plaza, que se llamó del Progreso, y en la que contempló su obra la efigie del ministro liberal. Luego, los fascistas recién llegados lo quitaron de en medio, y como no pudieron rehacer un convento que ya llevaba cien años hecho cascotes, pusieron en lugar del “masón anticlerical” al autor de los “Cigarrales de Toledo”. Ahora mismo, en la Plaza de Tirso de Molina, huele a meados; meados ácidos que atraviesan la plaza, que en su parte más ancha se pueden evitar, pero que se vuelven ineludibles a medida que se embuda en dirección a la calle de la Magdalena. Los domingos, la aglomeración rastrera (en el mejor sentido de la palabra) de vendedores de top manta y compradores de lo que sea quizá reste acidez y protagonismo al olor de la plaza, pero el resto de la semana, el orín difamante campea. Bajo el mercedario, borrachos sin casa e inmigrantes sin suerte parecen moverse, las fronteras de su territorio definidas por la acritud del olor y una leve acera triangular. El centro de la plaza, en forma de galera antigua, con su proa apuntando a Antón Martín, y fray Gabriel de mascarón, parece no llegar nunca a puerto seguro, y sus tripulantes, cautivos de varios mundos, sólo encuentran en este triángulo de orines un alcázar seguro, del que ni los mercedarios más avezados parecerían capaces de rescatarles.
02/11/2004 20:51 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Graffittis majos y hip hop goyesco

Berlín es una ciudad underground y graffitera, en cuya parte oriental se pueden alquilar caserones por 400 euros, o beber en locales ilegales alojados en antiguos refugios atómicos. Y Berlín es también una enorme tapia donde campa el graffitti. En Madrid, este arte que un día se subastará en Sotheby's parece haber sido centrifugado, y sólo campea en las barriadas del extrarradio. En el centro, las fachadas sufren alguna vez el ataque de un okupa anarka, y en Lavapiés campea una especie de vándalo tridentino y capillita, armado de tiza, como los profes de religión del instituto.

Pero no siempre fue así, y en tiempos de Ramón de la Cruz los barrios de la Villa y Corte fueron escenario de pandilleros dieciochescos, que marcaban su territorio con “graffittis” ilustrados. Los chisperos, habitantes de los barrios altos del Barquillo o las Maravillas, se enfrentaban entre sí o con los manolos, los de Lavapiés, y usaban las paredes de la época para dejarse mensajes amenazadores o chulerías varias, como hacen hoy los “gangs” de Los Ángeles o Nueva York.

Y en vez de rap ególatra con rimas apologéticas de la mala hostia del rapero, y de lo peligroso que sería buscarle las cosquillas a semejante prenda, circulaban por el Madrid goyesco coplas como la que recoge Pablo de Répide:
"Si no me habéis conocido
en el pico del sombrero,
soy del barrio del Barquillo,
traigo bandera de fuego."

Lo del pico del sombrero no es ripio forzado ni esclavitud de rima fácil, que las pandillas urbanas siempre han tenido sus señales, y lo que fue tricornio ladeado o montera arremangada, hoy es gorra de Fubu torcida, pañuelo “bandana” estilo pirata baturro, y pantalones culibajos de perneras de campaña.

Lo de "traigo bandera de fuego” quedaría un tanto cursi a ritmo base, y sería difícil dárselas de duro de barrio con una redecilla recogiendo la melena, chupetín de raso anaranjado y medias rodilleras de seda carmesí. Pero también los “gangsta rappers” de hoy parecerán carrozones del tío vivo en un quíteme allá esas décadas, y en su día los chisperos y manolos se tenían miedo, respeto y ganas, porque al del sombrero de pico doblado le respondía uno de los Latin Kings del Madrid del Antiguo Régimen con las de:
“Aquí están las Maravillas
con deseos de reñir;
menos lengua y más pedradas,
señores del Barquillí.”

Eso sí, los “skaters” brillaban por su ausencia. Lo que sí había eran frontones, paredes enormes, ideales para escribir mensajes. Y luego, a los toros, festejo al que ningún pandillero moderno se ocurriría trasladar la juerga."
22/10/2004 13:15 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Escritor acatarrado

Estoy enfermo. El otoño ya se ha aposentado sobre la Meseta, con sus uniformes de colegiales, su olor a lápices de colores y sus tardes, oscuras antes de tiempo, ideales para ver pasar a la gente desde el cristal de un café. Si se puede, porque yo llevo ya varios días con un catarro que me impide sentir culpa por la pereza que el cuerpo pide e impone. Sin embargo, he tenido que bajar, venciendo las ganas de permanecer bajo techo y manta, y meterme en el cyber para escribir aunque sea algo. O quizá he bajado sólo para comprobar el marcador del sitio, y ver si alguien ha topado con mi página. Son (¿sois?) pocos, una media de 15 ó 20, entre ellos algunos que llegan de casualidad, y no se quedan para los postres. Algunos serán (oh, vanidad) visitas repetidas de la misma persona, ansiosa por releer mi prosa. Otros, cybernautas en busca de porno a los que una máquina buscadora trae por aquí, sabe dios por qué. Pero a mí me gusta imaginar que son una quincena, una veintena de lectores, heterogénea pero real, internacional pero no de casualidad, algunos amigos y otros que no, y me gusta imaginar que les debo algo, que esperan lo que escribo, y que no puedo defraudarles.

Por ello he bajado al cyber (cuando sea grande pondré internet en casa), para sentirme "escritor", aunque me gane la vida con otra cosa, y ni ésa sepa hacerla muy bien después de todo. Nunca he contestado "escritor" para contestar a qué me dedico. He dicho que maestro, profesor, parado, camarero y pinche, aunque con ninguna de esas profesiones me identifico, pero me ha dado siempre vergüenza medio ajena, casi propia, decir que soy escritor, así por las buenas, sin un enchufillo en la SGAE ni un agente literario que al menos cubra las apariencias.

Pero, bueno, quizá para los quince o veinte lectores que me he inventado puedo ser escritor, así sin comillas...Por favor, si no os molesta...¿A vosotros qué os duele? Además, que estoy malito, y a los enfermos se les dan mantas, caldo de gallina y algún caprichito tonto.
21/10/2004 19:33 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Cabezas de Aragón

El escudo que ilustra las barras de Aragón está bajo crítica. En uno de los cuarteles que lo forman aparecen las cabezas de cuatro moros, con lo que se conmemora la conquista de Huesca por los cristianos. Una comunidad islámica ha pedido que se modifiquen escudo y bandera, para promover el buen rollito entre Islam y Cristiandad. Pero el buen rollito o el talante abierto no son más que pose de bautizo si no se reconoce el pasado, con sus glorias y sus penas. Aragón, como casi todos lo pueblos de la mitad Norte de la Península, se hizo con y contra el moro, cometiéndose en ello muchos errores, y cerrando durante siglos puertas que la Historia volvía a abrir, machacona, hasta nuestros días.

Pero, para crear el buen rollito inter-confesional que tanta falta hace, no conviene borrar al moro ni a sus cabezas. Hay que dejarlas donde están, para que las excursiones de los colegios pregunten que por qué, y para decirles a los preguntones (moros y cristianos) la razón, y que ellos saquen conclusiones, y que aprendan de su pasado, de lo bueno y de lo malo. Claro que es mucho más fácil inventarse medievos mitad Euro Disney mitad Arcipreste de Hita, y hacer museos a la cohabitación tolerante, pero olvidar el abuso, el crimen y la intolerancia que nuestro pasado (como cualquier otro) ejerció, no sería más que una operación inútil de cirugía estético-histórica que sólo agradaría a los que se preocupan más por la imagen de una sociedad que por su verdadera fibra cultural y moral.
19/10/2004 19:31 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Gallardetes de Gallardón

Luego, claro, me dicen los pocos amigos que cuando escribo se me va la olla literaria, y casi que hay que usar un folleto de instrucciones para entenderme. Algo que no tendría nada de malo, si no fuera porque cuando no me leen, me muero de asco.

Sin embargo, no puedo evitarlo. La culpa no es mía, sino de aquellos libros azules de Anaya, de don Lázaro Carreter, o de aquellos profesores que nos obligaban a memorizar algún que otro poema. A mí se me quedó poco del de Mío Cid, pero el otro día, viendo a Gallardón decir lo de "en política, como en la vida, a veces se gana, a veces se empata, y otras veces se pierde..." se me desbocó la memoria pasiva, y los labios se me movieron automáticamente para recitar, impostando la voz: "Dios, que buen vassallo, si oviesse buen Señor".

Le falta al alcalde de Madrid una barba florida y una cota de malla cubierta de túnica blanca. En la pechera, en vez de la afrancesada cruz templaria, debería llevar don Alberto la de Santiago, o la de Calatrava, o una de Alcántara, guardianes del puente moruno. Y como los antiguos comendadores, los que ninguna Fuenteovejuna se atrevió a tocar, debería montar en su corcel de guerra y bajarse al Puente de Segovia, a ajustar cuentas en justa justa con la loca Aguirre, que para estar en su papel, debería tocarse el cráneo con un morrión de conquistador venido a más.

Estaría bonito, la verdad, arremolinarse en las alturas, quizá desde el Viaducto, quizá desde las Vistillas, para animar al valiente doncel, el que en buen hora ciñó vara de regidor, no a que descabece a la hidra, sino a que espolee, y venga a unirse a los moros de taifas, que se haga tornadizo y nos defienda campos y ganados de las lanzas de la encomienda. Que está la cosa mu acuchá.
18/10/2004 20:42 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Mesones de Paredes, amas de cría y pasteleros

La calle del Mesón de Paredes fue una de las primeras que quise ver al venir a vivir a Madrid. En 1939 mi padre, que venía con los de Franco y con 19 años de su edad de entonces, se estableció en esta calle, y de ella le oí hablar desde niño, en mi infancia de barriada andaluza.

No sé si mi padre lo sabía entonces, pero en la Edad Media, un Simón Miguel Paredes tenía por aquí el más grande mesón de la villa. El emplazamiento de la fonda, en una de las subidas al burgo medieval, y la endémica escasez y calidad de las ventas y mesones ibéricos (de creer a los viajeros de todo siglo pasado) parece que favorecieron el florecimiento del negocio. Tanto que, unos pocos Paredes más tarde, el apellido acabó por tomar preposición y sus portadores, cargos públicos en el gobierno local.

Para los cuarenta del siglo acabado de pasar ya no estaba la fonda famosa, pero sí los fondos de un barrio abigarrado y trajinero, que fue lo que gustó a mi padre, quien no en vano venía de pueblo y de una guerra.

Pero entre los medioevos mesoneros y la posguerra de buscavidas, y según cuenta Pablo de Répide, se halló en la calle del Mesón de Paredes una de las más reputadas y antiguas pastelerías de España, y aún de Europa, una que ya era famosa en tiempos de Quevedo. No eran las de aquella época como las de hoy, ni era su principal negocio la producción de croissants o pastas de té, sino la de pasteles o empanadas rellenos de carne, como la que sirvió de último reposo a los restos mortales de los padres del Buscón de Quevedo, quien no le tenía al gremio mayor aprecio que a los de médicos o escribanos, lo cual es mucho y malo que decir...Y es que los bulos, fundados o no, de la España aurisecular acusaban a algunos pasteleros de pocos remilgos a la hora de obtener carne para el picadillo del relleno, no haciendo ascos a la de ajusticiados, no tratándose de los quemados por el brazo secular, quienes, además de herejes, quedaban inservibles por culpa de la cruel barbacoa.

También cuenta Répide que en sus tiempos (los comienzos del siglo XX) abundaban en la calle Mesón de Paredes las agencias de amas de cría, y añade un comentario crítico sobre la inocencia de las chicas de pueblo, que perdían la doncellez en los prados del norte para poder así entrar en el negocio del alquiler mamífero. Resulta irónico, tanto canibalismo directo o indirecto, y curiosa la coincidencia de vocaciones en la Historia de esta calle. Desaparecieron los pasteleros sospechosos de canibalismo pesetero, y los sustituyeron las lactantes por horas, pero en el fondo el negocio continuó siendo el de alimentar a unos a base de otros, menos afortunados. Ya fuera a costa de sus proteínas lácteas o cárnicas.

Y, cómo no, un paseo por la actual calle del Mesón de Paredes confirma la tradición y quiere perpetuarla. Hoy, esta calle empinada sorprendería a mi padre, quien quizá sería incapaz de verse en los rostros inmigrados que animan las esquinas del siglo XXI. Yo, que no conocí el Madrid de la posguerra, sí puedo y quiero ver en el vecindario de hoy la herencia y la continuación de lo que fue. Aunque cambien los rasgos y las lenguas, sigue habitando Mesón de Paredes gente trabajadora y humilde, que intenta hacerse hueco y lugar, y que en el proceso arma ruido y recorre las calles incesantemente. Pero claro, yo no he conocido el barrio como otros, que llevan toda la vida aquí y ven ahora como se les ha ido, porque ya nada es lo mismo. Como yo soy nuevo, puedo creerme que no hay tanta diferencia entre un senegalés recién llegado y mi padre hace sesenta años, recién salido de una guerra y con ganas de seguir vivo.

Y cuando digo que sigue la tradición, también me refiero a la de la venta de secreciones corporales. La de ahora no es exclusiva de mujeres paridas. Hoy se alquila el sudor de la gente con o sin papeles, o se le chupa el sustento pidiendo alquileres astronómicos o se apuran los beneficios excluyendo al trabajador extranjero de seguros sociales.
12/10/2004 22:33 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 2 comentarios.

Tom Cruise y la Contrarreforma

En 1623, el Príncipe de Gales se plantó en Madrid, sin avisar y de incógnito, acompañado tan sólo por el Duque de Buckingham. Venía el inglés a casarse con la infanta doña María, hermana del católico monarca don Felipe el IV de su nombre, el que mira a Ópera desde la Plaza de Oriente. Lo cuenta Manuel Fernández Álvarez, e informa de cómo el problema confesional amenaza la buena marcha de la alianza anglo-hispana: el anglicanismo profesado por el heredero al trono de San Jorge parece impedir la aceptación del enlace, en un tiempo en que la obediencia o desobediencia a Roma eran razón de estado a nivel continental.

El caso es que la ciudad decide tomar cartas en el asunto, y se organiza una rogativa por la conversión del herejote britón, costumbre nada rara en tiempos de inundación, sequía, fuego o terremoto, y que sólo hace poco se ha abandonado en favor de peticiones de fondos de cohesión europeos, que parecen más eficaces que las antiguas novenas a la virgen o santo patrón de turno. Así, el cardenal primado de España decide que, puestos a hacer las cosas, mejor es hacerlas bien, y organiza a las órdenes religiosas con sede en la Corte, para que de los conventos, parroquias, basílicas, seminarios, vicarías, sacristías y beaterios de Madrid salga una mar océana de penitentes, que procesionan con desparpajo por las calles de la ciudad:

...unos con calaveras y cruces en las manos, otros con sacos y cilicios, sin capuchas, cubiertas las
cabezas de ceniza, con coronas de abrojos, vertiendo sangre; otros, con sogas y cadenas a los cuellos,
y por los cuerpos, cruces a cuestas, grillos en los pies, aspados y lisiados hiriéndose los pechos con
piedras, con mordazas y huesos de muertos en las bocas, y todos rezando salmos. Así pasaron por la
calle Mayor y palacio, y volvieron a sus conventos con viaje de tres horas, que admiró a la Corte y la
dejó llena de ejemplos, ternura, lágrimas y devoción. (León Pinelo, "Anales de Madrid", ed. de M. Fdez.
Álvarez)

Fernández Álvarez cita al cronista León Pinelo, contemporáneo y orgulloso conciudadano del devoto desfile de flagelantes, penitentes, harapientos voluntarios y/o forzosos, nubarrones de incienso y estandartes divinos. Habrá que imaginarse, nos dice el historiador, a más de un Lazarillo de carne y hueso, o a un Guzmán de pelo en pecho, chupando la calavera de un desgraciado ignoto, mientras uno de los muchachos callejeros de Murillo le molía la espalda a cintarazos, haciendo que la sangre salpicara el guardainfante de una dama de la devota audiencia, en un gesto galante que ponía cachondas a las españolas de hace 400 años. Al de Gales, en cuya isla habían pasado el siglo precedente aboliendo pasiones cofrades y tendencias rocieras, se le quitaron las ganas de volver al redil romano al ver semejante espectáculo, y al final la boda no tuvo lugar, como tampoco lo hubo para la alianza duradera con el inglés. Cierto que tanto el Caribe como las ciudades españolas del Atlántico se habrían ahorrado las iras anglicanas, en forma de invasiones, quemas y saqueos, de no haberse asustado el príncipe inglés ante el barroquismo religioso/sangriento madrileño, pero a la postre ni el hereje quiso convertirse ni los españoles abandonaríamos el gusto por la sangre de Cristo hasta fecha más o menos reciente, dependiendo de la latitud.

El caso es que cada mochuelo volvió a su olivo, y el inglés se fue a seguir provocando la emigración de puritanos a Boston, mientras que los últimos Austrias hispanos se envolvían en nubes de incienso antes de hacer mutis por el foro de la Historia. Los flagelantes sado maso de las procesiones volverían a su claustro, o a pedir a la puerta de una iglesia, o a robar bolsas en las gradas de San Felipe, y no habría más sangre afrodisíaca y (per)vertida por las esquinas de Madrid, hasta que se organizara el siguiente Auto de Fe en la Plaza Mayor (acontecimiento éste que nunca se hacía esperar mucho).

Hoy, en Madrid y en Semana Santa, se forman colas larguísimas de coches que se llevan a la playa a la gran mayoría, y las pocas procesiones sólo las miran con curiosidad los escasos turistas y los ojos atónitos de los dependientes chinos de las tiendas de toda esquina que se precie. En los sex shops de Atocha, los conjuntos de cuero fetichista no recuerdan a la parafernalia barroca de sayal y esparto, y sólo detrás de alguna puerta escondida gira un torno de madera escupidor de mantecados artesanos, que se pueden pagar con euros de vellón, Visa o American Express.

Sin embargo, ayer, frente al Congreso de los Diputados y a lo largo de la calle del Prado, se montó un chiringuito, digno heredero de los que patrocinaba el Santo Oficio en sus buenos tiempos. Gradas, equipos de luces, escenarios múltiples, tremendos sistemas de sonido, puestos de grabación de cámaras simultáneas, y otras joyas de sacristía digital festoneaban la calle del Prado hasta llegar a la puerta de la nueva sede de la Iglesia de la Cienciología en España. El evento semejaba un estreno holliwoodiense, con alfombra roja y lluvia de confetti dorado y plateado, con presencia de medios informativos y asistencia de estrellas de mucho vuelo, entre los que sonaba el nombre de un príncipe moderno, aunque no de Gales.

El edificio del Congreso, que en otros tiempos ya pasados también fue templo de los ideales de una parte de la sociedad, queda en un segundo plano. La estatua de Cervantes rabia ansiando ser el metal fundido de los cañones de una galera turca, reposando castamente en el fondo del Mediterráneo. Los leones de la Cortes responden con un guiño de sorna no exento de nostalgia, que también el bronce puede tenerla, máxime cuando se le acogota con espectáculos de tamaño mal gusto.

En el ambiente se masca la posible aparición de Tom Cruise, como un nuevo cardenal Adriano, para poner el broche de oro a la fiesta, pero hasta entonces, una banda de swing trasnochado, con trajes a la Dick Tracy (color azafrán) atruena el barrio con una comparsa penosa y colonial (en el peor sentido de la palabra). ¿Mirarían los sacerdotes de Tenochtitlán a los capellanes de Cortés con el mismo irónico despecho con que observo a mi alrededor a los fieles cienciólogos, vestidos de tonos negros y rostros anglosajones? ¿Se acercarían con curiosidad los padres Jerónimos de la carrera cercana, a husmear entre congregaciones de herejotes, como solían hacerlo en tiempos de Felipe II, de veleidosidades luteranas de intramuros? ¿Qué diría, en fin, Neptuno, desde allá abajo? Aunque dudo que el dios del mar que oculta los cañones turcos de Lepanto se asombrara de ver, trescientos metros más arriba de Planet Hollywood y Starbucks, el nuevo templo de la Nueva Iglesia Española de la Cienciología, ocupando un edificio que, al precio que la propiedad inmobiliaria en el área, bien pudiera costar lo que varias ciudades del Medio Oeste americano.
21/09/2004 14:58 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Paro forzoso

Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que publiqué algo. Por suerte, he conseguido trabajo y he vuelto a cotizar a Hacienda, y este fin de mes no será una excursión de 20 días al infierno de la pobreza más absoluta, sin ningún gasto pagado (acaso el que sufre el espíritu cuando uno se siente inútil o explotado, un gasto que se abona a base de desesperanza).

Había dejado, incluso, de comprar el periódico y de escribirle a El País cartas que, aunque acabaran publicadas, nunca pasaron de eso, de cartas al director de un pseudo-intelectual en paro que vive en Lavapiés. Pero hoy, y por casualidad, he visto que en el Ciberpaís han sacado mi anuncio desesperado en busca de lectores, un e-mail que envié a principios de año. Un poco de suerte nunca viene mal, así que he encontrado la fuerza para meterme otra vez en estos Cuadernos, y escribir algo, por si alguno de los lectores del suplemento dominical se deja caer por estos lares, para que ese agente literario que quizá el destino me depare un día no encuentre que la página que despertó su curiosidad abandonada.
16/09/2004 14:44 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 2 comentarios.

El olivo de Fuencarral

Hay un olivo en la calle Fuencarral, aislado como un ramo de novia plantada, rodeado por lajas de mármol barato cubiertas de graffitti. Se trata de un ensanche, de una verruga que le salió a la linealidad de una calle que tenía prisa. Tenía prisa por llegar a Tribunal (¿dónde queda tu oficina para irte a buscar?), cuando el celo cirujano municipal le abrió a Fuencarral un absceso, en el que ahora habita mi olivo.

Cubrieron las paredes de la herida con lápidas de piedra sucia, fría y destinada a la vejez prematura. Las pintadas en las paredes le hacen el eco a unos suelos cubiertos de mierdas de perro. Todos los perros de Chueca vienen a la verruga de Fuencarral.

Hay bancos sórdidos de madera transplantada, cierres metálicos eternamente cerrados, y una fila de árboles de fósforo, incapaces de solemnidad. De noche, las farolas dan una luz de garito que perpetúa la vergonzosa suciedad del falso, pretencioso, mármol mancillado.

Pero en medio de todo, grandioso en su chaparra campechanía, gris y plata y verde, queda el olivo de Fuencarral. Cada vez que paso a su lado, me hace pensar en aquellos olivos jóvenes y frondosos de jueves santo que desfilaban sobre la peana de un paso en la tierra de mi niñez. Y cuando el otoño ha dejado de ser un respiro para convertirse en amenaza de amargores, el olivo de Fuencarral da sus aceitunas, acebuchadas de humo de autobús, asilvestradas de aerosoles graffiteros.

El olivo de Fuencarral es un árbol que merece la pena
11/06/2004 11:48 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Helicópteros en Lavapiés

En Lavapiés nos estamos acostumbrando a los helicópteros. Va para tres meses que sus tableteos lepidópteros nos abanican el barrio, así que ya poca gente se queda mirando al cielo, como si levantando el ceño al aparato pudiésemos descifrar a qué o quién vigila.

La sucesión de acontecimientos trajo mayor vigilancia policial, y llegó a notarse. Pocas semanas después del atentado ya se pudieron presenciar arrestos de prepúberes ilegales por parte de policías de paisano. Pero la boda ya ha pasado, y las carteras descuidadas de los ojos del mundo que cuenta se han posado en otras esquinas de otras calles. La cara invisible del helicóptero sigue vigilando desde arriba, pero a nivel de calle, la inseguridad ha vuelto, como los cangrejos tras la tormenta.

Acabo de llegar del mercado, y por el camino he visto a tres niños, menores de 13 años, que se repartían entre risas, bromas y veras, un pequeño tesoro que el de en medio portaba. Podrían haber sido tres rinconetes de Murillo disputándose una raja de sandía. La música de fondo bien podría haber sido la de una zarabanda sincopada, de sacabuches y añafiles, de atambores y cajas.

Se trataba, en cambio, de tres niños magrebíes que discutían en árabe por el privilegio de vaciar de su contenido un bolso de señora, fresco aún y palpitante como una presa no del todo exánime. La banda sonora, mientras tanto, era la interpretada por las aspas del helicóptero. Con la impunidad que otorga la luz de la tarde joven, los tres jóvenes pícaros han seguido escarbando en el bolso, tras comprobar que la presencia que invadió su teatro de operaciones era la mía, y no la de un agente de seguridad. Mientras hurgaban en su tesoro, los tres han mirado hacia el cielo. Algo han dicho en árabe que no he sido capaz de entender. Pero sí he podido notar que la presencia del aparato volador suspendido sobre sus cabezas les ha hecho tanta gracia como a mí.
09/06/2004 22:24 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

De ferias

La tarde del 28 de mayo de 2004 ha sido capaz de lo que sus desdichadas predecesoras no pudieron. Ha sido una tarde preciosa, una tarde perfecta para dar un paseo por la Feria del Libro de Madrid. Desde la Rosaleda hasta la calle de Alcalá, he paseado despacio. La música se interrumpía a veces por los anuncios de próximas comparecencias de autores predilectos, y me he acordado de las ferias de mi niñez, donde una frontera de albero separaba las castañuelas, el vino y las sevillanas de los anuncios de tómbolas, rifas y coches locos.

De un lado estaba la feria de los mayores, la del vino y el baile, la del alterne. Del otro, la feria más atractiva en aquellos años de pantalón corto: la del algodón dulce, las rajas de coco, el castillo del terror y los churros con chocolate, premio y colofón de la noche.

Con los años cambiaron las preferencias y los gustos, y el lado infernal del Real, el de las tómbolas, fue postergado a favor de las casetas de farolillo, borrachera y muchachas engalanadas. Con más años, han vuelto a cambiar, y ahora deambulo por esta feria del libro de Madrid con la ilusión de entonces, a pesar de la música de listas de éxito y operaciones triunfales. Paseo, y me alegro de que aún queden muchos días, como antes me alegraba la noche del alumbrado en la feria de mi ciudad.

La música desaparece al llegar a Alcalá. El tráfico agigantado de la calle impone su marea, y quedan repentinamente lejos las casetas de las editoriales. Cruzo a la otra acera, y bajo hacia Cibeles. Al llegar a una esquina, oigo lo que parece ser un órgano de iglesia, que casi empieza a imponerse sobre el ruido de coches y autobuses.

La sensación es algo irreal. Parece que los tubos y fuelles del instrumento se rebelan por un día contra la dictadura de los motores, y a medida que avanzo compruebo sorprendido que han vencido los acordes eclesiásticos. Paso por delante de la parroquia de San Manuel y San Benito, donde unos enorme altavoces escupen violentamente una fuga con reminiscencias apocalípticas. Veo las filas de vehículos en combustión, pero sólo oigo el órgano, y mi cuerpo vibra, como lo hacía cuando era mucho más pequeño, y se internaba en las calles de gravilla del otro lado de la feria.

“Semana Internacional del Órgano de Madrid”, leo en la puerta del templo.
31/05/2004 19:48 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

La función del sujeto agente

Coincidiendo con el anuncio de las subidas de precio de los cigarrillos Marlboro, ayer se dio por finalizada la actual etapa del programa de búsqueda de agente literario por parte de un seguro servidor.

Buscar agente es mucho más agradable que buscar editor. Éstos ni te contestan, aun aquellos que prometen hacerlo en 6 meses. Los agentes, en cambio, te abren la puerta del zaguán, te dejan subir, y luego te dicen que no están cogiendo más representados ni aspirantes. Algunos incluso se muestran empáticos y te dicen que, hoy por hoy, no hay agentes en España con la puerta abierta a gente nueva. Te recomiendan incluso, con un tono de colegueo que se agradece, que vayas directamente a las editoriales, a ver si así...

Acabé algo deprimido, así que decidí irme de viaje para olvidar penas. Cogí dos fajos de billetes del Monopoly, y me fui a una sucursal de Viajes Cernícalo, para que me vendieran un paquete de esos económicos, una semana en la playa, o en una casa rural en alguna comarca pintoresca.

Cuando le dije a la señorita que buscaba una semanita a media pensión en un hotel de medio pelo (o sucedáneos, que el Monopoly tampoco da para muchas alegrías), me contestó con cara de "lo siento pero" que está la cosa muy achuchá, y me recomendó que me pusiera en contacto directamente con las líneas aéreas y/o de transporte por superficie, y que cogiera el listín y llamase a los hoteles y pensiones yo mismo.

También me recomendó llevarme bocadillos y un saco de dormir.

Ángel González Sincurro
26/05/2004 21:11 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 3 comentarios.

Lavadoras en palacio

La monarquía española se ha decidido, tras muchos siglos, a centrifugarse los genes. El programa de prelavado, aclarado y adición de detergentes quitamanchas por fin se ha puesto a girar a unas cuantas revoluciones por minuto más de lo acostumbrado, y dentro de una o dos generaciones tendremos un rey con el ADN medianamente normal.

Cadenas de aminoácidos con Denominación de Origen asturiana se incorporarán a las proteínas reales, mientras el resto sonreímos beatíficamente, porque ha sido un gesto muy bonito, que nos ha llegado al alma.

Quizá dentro de 500 años, el futuro monarca (10% charnego para entonces) dé un paso más, y se case con una andaluza, o quizá con una melillense o una tinerfeña. O puede que hasta sea al revés, y la futurible reina post-sálica del siglo XXVII suba al tálamo real a un gitano almeriense. Y quizá dentro de otros 5 ó 6 siglos, el/la dinasta de turno se moje el culo y los cromosomas con salngre no sólo plebeya y astur, sino hasta ecuatoriana, marroquí o rumana, que de todo puede pasar en ese futuro maravilloso en que las instituciones prehistóricas seguirán siendo el molde de las maravillosas sociedades que están por nacer.

¡Cantemos con el corazón henchido de júbilo, como un coro de querubines, todos nosotros, los hidalgos y los villanos, los godos y los insulares, los cristianos nuevos y los viejos, los plebeyos y los no tanto! Si seguimos así, dentro de otro milenio habremos avanzado un tranquito.

Fersipando III, duque de San Simón
26/05/2004 20:07 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Endorfinas

Los domingos no puedo publicar, porque cierra el cyber. Hay otros, pero son muy caros. Así que salgo a comprar el periódico al quiosco de la plaza, y busco en la sección de opinión, sin nervios ni anticipación excitada, sin esperanzas.

Veo publicada mi carta. Es la novena este año, creo, y me da un vuelco el corazón. Las mariposas en la boca del estómago aletean, y la euforia fluye en forma de endorfinas. Un complicado proceso químico que no acabo de entender se pone en marcha, y me siento de buen humor. El high me va a durar todo el día, lo sé, ya los conozco. En los últimos meses alterno estas subidas de ánimo con bajones, casi siempre relacionados con la falta de dinero o el vencimiento de un recibo de la luz.

Mañana será un lunes menos lunes, porque aún durará la resaca de la euforia de hoy. Si me dura mucho, quizá tenga tiempo de escribir a algún agente, de intentar que un editor reconozca mi nombre. Dentro de varios días esas esperanzas se habrán desvanecido, y de nuevo veré la idea de añadir a mi CV las cartas que me publica el periódico como una solemne tontería. “Le sacan a usted una carta al director, ¿y qué? ¿se cree usted por eso que ya es escritor, quizá una especie de periodista?”

Entonces veré todo con mucha menos endorfina, y no se me encabalgará el ánimo con proyectos, ni me hará cosquillas la esperanza. Mientras tanto, aprovecho el subidón para que se me quite el dolor. Es un dolor continuo, un estado de excitación permanente, un enfado contra muchos, unas ganas de gritar y de que se me oiga, de denunciar y de que alguien mire hacia donde señalo con el índice extendido, y se lo diga a alguien, que a su vez lo comunique a muchos, y que entre muchos hagamos algo.

Ángel
24/05/2004 21:45 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Puro teatro

En estos momentos, las redacciones están preparando a toda velocidad las ediciones especiales del domingo, con todo lujo de detalles sobre el enlace de los futuros monarcas. La edición del sábado habla de presencias reales, de fiestas palaciegas y de recepciones protocolarias.

Un bello croquis-maqueta-dibujo representa el recorrido oficial y explica el orden, horario, significación y origen de todas las estaciones del ritual. Leyéndolo, uno recuerda las relaciones de las entradas triunfales de los reyes de antaño, publicadas muchas de ellas en la imprenta de al lado, del otro de la pared contra la que me recuesto.

Recuerdo un curso de quinto de carrera, en el que creíamos que leeríamos a Shakespeare. El profesor, en cambio, nos obligó a empaparnos con aburridas descripciones de la entrada de Isabel I en Londres, antes de su coronación, o con relaciones no menos pesadas de las entradas, salidas y bodas de los Austrias en Madrid. No entendíamos por qué, hasta que el cátedra nos explicó cada detalle, cada símbolo oculto en la decoración de los arcos triunfales, en los sainetes representados a lo largo del recorrido real, cada uno con una propuesta, una alabanza, una oferta, una advertencia al futuro monarca o al príncipe en ciernes. Puro teatro, pura representación de los deseos, esperanzas, frustraciones y planes de las diversas fuerzas sociales.

Las ciudades, los concejos, gastaban sus dineros en pagar cómicos, artistas y músicos que alabaran o advirtieran al rey. La burguesía, el pueblo llano, los jueces, la Iglesia, los gremios, cada estamento de la sociedad tomaba parte en un ritual destinado a establecer las condiciones del trato. En aquellos tiempos, todo ello era necesario. Hoy no tanto.

Después de que hubimos leído varios de esos textos, después de habernos familiarizado con dibujos y grabados de arcos triunfales, emblemas, banderolas, escenarios provisionales y recorridos urbanos sabiamente planeados, como los que publica hoy la prensa española, sólo después pudimos leer a Marlowe, a Calderón, a Lope y a Shakespeare.

Ángel González García
24/05/2004 17:13 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

De madera

El primer acto que los novios han representado tras su enlace ha sido la entrega del ramo a la Virgen de Atocha. Esta figura de cara morena, como la del niño que porta en brazos, es la patrona de la monarquía, pero este año, todo el mundo se ha familiarizado con el sonido del nombre Atocha, y no por esa razón. Noticieros en japonés, inglés, árabe y en todas las lenguas que dan noticias televisadas han pronunciado ese nombre, cada uno con su acento y entonación, con imágenes terribles sirviendo de fondo. Este año, la ofrenda del ramo de novia a la Virgen de Atocha tiene un significado más.

La comentarista de televisión apunta todo esto, claro está, y también apunta al hecho de que la Virgen es muy morena. Especifica que se debe a un oscurecimiento de la madera por el paso de los siglos. No es la primera vez que oigo esto. Hace 400 años, muchos españoles sintieron la necesidad de explicar el sospechoso bronceado que exhibían muchas imágenes sacras. En algunos casos, lo moruno de tanta Santa Patrona se entendió como el resultado de rocambolescas historias de vírgenes enterradas, visigodos heroicos y morismas sacrílegas frustradas en sus iconoclastas intentos. “De tantos siglos enterradas para hurtarle el cuerpo al sarraceno”, decían algunas voces barrocas, “nuestras vírgenes se habían puesto morenas, aunque no morunas”.

Sin embargo, al ver la imagen de la talla, uno se pregunta sino estará hecha, simplemente, de una madera ya de por sí oscura, importada quizá desde las selvas del Mali maderero hace diez siglos.

Dos páginas más allá, leo otra noticia, cansado como estoy de vírgenes, bodas reales y protocolos imperiales. En Gran Canaria se han encontrado los cadáveres de cinco hombre negros, en la bodega de un carguero que transportaba maderas tropicales. “Un mercante procedente de Costa de Marfil (que) traía caoba, iroko, sipo, obeche y makore”, para hacer sillas, librerías, mesas de billar, quién sabe si para convertirse en santos de la devoción de alguien tras pasar por el taller de un artista.

Al abrir la bodega, se encontraron cinco figuras de ébano, de tamaño natural, sin vida. El periódico explica: “la madera que se encuentra en el interior (de la bodega) sigue su natural proceso de captación de oxígeno y expulsión de dióxido de carbono” con lo que los cinco polizones (y otro muchos más) se asfixian poco a poco en la cámara hermética donde se metieron para huir de la miseria.

Uno piensa en sus cuerpos de ébano y piensa en los africanos que venden figuras de madera en los paseos marítimos plagados de turistas: elefantes de todos los tamaños, máscaras, diosas danzantes...El olor a madera preciosa, a madera tropical, se mezcla con el de la descomposición de sus cadáveres, y las máscaras tribales a 10 euros se difuminan con la cara morena y de madera de la Virgen de Atocha.

Ángel González García
24/05/2004 17:11 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Starbucks

El día de la boda del heredero y la periodista, salgo por fin a la calle cuando todo ha terminado. A dos esquinas de mi casa hay una taberna. Leo lo último de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan. A Muñoz Molina le gustan los Starbucks de Nueva York. Allí puede tomar café tranquilo y mirar al viandante sin que le interrumpan lectores coñazo o conocidos de pacotilla. Yo, en cambio, los odio a muerte (a los Starbucks), porque durante años fueron la única alternativa, porque sirven el café en tazas de cartón, porque te obligan a hacer cola para pedir uno, porque no saben lo que es un cortado, y porque no te dejan fumar en ellos. Ver uno ahora en plena calle de Alcalá me da un escalofrío de miedo que sólo remite si paso por delante de un Burger King y lo veo vacío.

Leo un rato a Muñoz Molina en una taberna a dos esquinas de la mía. Las paredes son de piedra berroqueña y gruesa, de ésas que hacen que las casas de Madrid parezcan trozos de sierra reeducados, y sus bodegas, cuevas. Al otro lado de la pared junto a la que tomo café se imprimió la primera edición de la Segunda Parte del Quijote y eso, de alguna manera, me hace sentir bien.

Dejo un rato a Muñoz Molina y tomo el periódico del día. Por un euro, de esta simple forma, tomo café y leo la prensa. Un lujo.

Ángel González García
24/05/2004 16:31 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Así está el patio

Me he levantado cuando ya había terminado la ceremonia. Me he tomado el café del desayuno viendo en televisión el recorrido oficial en un coche vetusta-fashion, bajo una lluvia más de otoño que de primavera. La cámara del helicóptero que oigo a través de la ventana que da al patio de luces muestra unas calles que parecen vacías y desmayadas de ánimo.

No digo que no haya gente, que la hay, aguantando la lluvia a pesar de todo, como la comentarista señala con tono de decepción mal escondida. Pero el revuelo mediático de las últimas semanas, tan hinchado y autocomplaciente, hace que los huecos entre los que se ve mucho más pavimento del augurado parezcan mayores.

La comentarista repite que es una pena que la lluvia haya retenido a tantos en casa. Pero más llovía después de los atentados, y hacía frío, y eso no detuvo a millones de personas. Ver en televisión la enorme pantalla dispuesta para la muchedumbre fantasma en la Plaza de España es un canto a la desproporción, y me hace preguntarme hasta qué punto nos importa lo que quieren que nos importe.

La comitiva avanza hacia la Glorieta de Atocha, aquí al lado, mientras yo fumo junto a la ventana, mirando en pijama lo que está sucediendo a dos calles de mi casa, oyendo el ruido del helicóptero que baja y llena el patio estrecho de pocas luces, marcándole el compás a las gotas de lluvia que se estrellan contra el suelo.

Más tarde aparecerán imágenes de una casa particular, en la que familiares y vecinos celebran con cava y canapés, y hacen turno para asomarse a unos privilegiados balcones desde los que ver pasar la comitiva. Algunos confiesan sentirse testigos de excepción de la Historia viva, con mayúsculas, que desfila por delante de su portal con la misma cercanía que lo hace cada noche el camión de la basura o las prostitutas de Montera.

Desde mi ventana, que da a un patinillo, no se puede ver la Historia. Se oye su retumbar, como la noche en que Lavapiés golpeó cacerolas para pedir verdades, hace tan poco...Como se trata de una escalera interior, acaso lo que se percibe desde mi patio sea la intrahistoria de Unamuno, con la salvedad de que aquí colgamos los calzoncillos, porque al fin y al cabo es un patio de luces.

Hoy los calzoncillos no se van a secar rápido. Llueve fuerte, hasta que escampa por fin, y se va la borrasca, y vuelve la primavera serrana de Madrid, y la gente sale a la calle, ahora sí en mayor número, por ver algo del final de los circenses e invadir luego bares y figones.

Ángel González García
22/05/2004 20:03 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Coincidencias

Acabo de enterarme de que al lado del cyber donde siempre escribo y hago cosas hay una agencia literaria. Llevo un año gastándome el dinero intentando hacer algo con mi vida, desde una terminal de mancebía digital, y ahora va a resultar que el momento mágico está aquí al lado...

Quizá pueda seguir escribiendo la semana que viene. Quién sabe, puede que esto sea el primer paso de la publicación de algo mío. Donde sea, como sea. No intento ganar dinero, sólo que no me cueste los 2000 euros que cobran por una edición personal.

Ángel
21/05/2004 19:24 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Vargas Llosa en el Arenal

Acabo de cruzarme con Mario Vargas Llosa. Iba yo caminando calle Arenal abajo, y me ha pasado al lado, en dirección a la Puerta de Sol. Es un hombre elegante, de porte aristocrático tanto en la vida real como en fotografías o televisión.

He estado en un tris de darme la vuelta, seguirle unos metros a distancia prudencial, mientras echaba mano en mi mochila de trapo. Habría sacado con mano diestra algún relato, y me habría emparejado con él a la altura de Carlos III.
-Disculpe, don Mario. Hace cosa de un mes compartí página con usted en El País. Usted en opinión y yo en una carta al director muy chuli que me publicaron...--Silencio bochornoso, si es que don Mario no ha hecho ya señas a un señor agente del orden.-- ¿Sería tan amable de leer uno de éstos?-- seguido del acto fugaz de entregarle un par de cuentos de un seguro servidor.

Luego, dándole las gracias, habría apretado el paso, perdiéndome entre la multitud. Pero no he podido. Me quedé parado unos segundos en plena acera, y seguí caminando. No tuve la disculpa de "no llevar nada encima". Últimamente siempre llevo en la mochila unos cuantos ejemplares de mis Relatos Baratos, por ver si me encuentro con una librería que los quiera poner en el mostrador. Total, si la gente se lleva publicidad de cualquier cosa...

En realidad, no tuve excusa para no hacerlo. Acaso, un sentido del ridículo, una vergüenza ajena y propia que me sentarían bien si fuera ya un escritor de éxito. Éxito quiere decir que te lean unos cuantos, y se lo comenten a otros cuantos, y al final lo que te inventas no se ponga mohoso en un disco duro.

Ángel González García
20/05/2004 19:01 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

14 yanquis en la corte del rey Arturo

Es por mayo, por mayo, cuando aún no hace la calor, ni encañan los trigos ni canta la calandria, pero al menos se puede salir a la calle sin temor a las nevadas… Es por mayo, pues, cuando en los colleges americanos preparan la gran ceremonia que supone la graduación de otra promoción de brillantes alumnos. Cualquier gasto es poco cuando se trata de festejar el hecho de que unos cuantos afortunados muchachos de buena familia vayan a enfrentarse de una vez por todas con el mundo exterior, dejando para siempre un trocito de corazón en esta su alma mater. Lo mismo aquí, en Filadelfia, que en Princeton o Harvard, cientos de chicos y chicas se ponen la toga y la teja, y guardan cola para recibir su diploma. Como hace sol, (aunque no el suficiente para algunos), se montan por todo el campus unas enormes carpas de lona blanca como la nieve, a mitad de camino entre tienda de campaña donde alojar mesnadas medievales y caseta de feria donde trasegar manzanilla de Sanlúcar.

De la mañana a la noche, el prado bajo la ventana de mi apartamento "on campus" se convierte en el campamento donde los leales a Isabel habrán de pernoctar, antes de deshacer en combate a los partidarios de la Beltraneja. O en el lugar donde los Caballeros de la Mesa Redonda velan armas antes de dar batalla sin cuartel a un ejército de invasores, magos y ogros.

Por la noche, sentado frente a la ventana, intento leer algo. De súbito, un ruido extraño me llama la atención. Suena a chapa, y me recuerda a aquel piso en España años ha. Era una octava planta, frente a un cruce donde cada dos semanas se producía algún accidente de tráfico, hasta que la Comunidad de Vecinos solicitó del Ayuntamiento la ubicación de un semáforo. Eran barriadas obreras aún en desarrollo, y se requerían unas cuantas desgracias antes de que la concejalía decidiese acondicionar la zona.

El ruido de ahora sonaba exactamente igual a un accidente de tráfico. Inconfundible aquel resplandor sonoro de la chapa al golpearse contra sí misma. Me asomo, con el morbo a flor de piel, esperando ver un coche retorcido o humeante, o cuando menos un conductor rabioso imprecando a otro. Pero lo que veo es dos bandos de caballeros, peones y lanceros medievales arremetiéndose con furia en el prado. Ecco qua el ruido de chapa. Andan cubiertos de armadura, y cargados de espadas y lanzas, y parecen ordenarse en dos líneas de batalla, atentos a las órdenes de lo que parece ser el árbitro. Cuando éste baja la mano, las dos líneas se abalanzan la una sobre la otra, pero siempre siguiendo un cierto orden, que parece ser jerárquico. Los peones y lanceros como que rodean al caballero y lo protegen, cual ajedrez viviente.

Mi primera reacción no podía ser otra que la de Obelix ante los romanos: "están locos estos yanquis". Aunque había que reconocerle el mérito. ¿Mal gusto? no veo por qué. A nadie se le ocurre juzgar así a un medievalista académico y formado en la Academia. Si a nadie le parece ridículo un intelectual embobado con cides campeadores y roldanes, que se interese a su modo un albañil por las mismas cosas no debería provocar la chanza. ¿De qué obra provendrían éstos? Al día siguiente mi curiosidad quedó satisfecha cuando me contaron que se trataba de un club llamado "Society for Recreational Anachronism", que como su propio nombre indica, se dedica a pasar el tiempo haciendo simulaciones de batallas medievales. Creo que incluso actúan en una "Feria Medieval" que se celebra por aquí - hablo del este de Pensilvania - con torneos, banquetes y demás parafernalia.

La noche siguiente, tras salir cada uno de su trabajo, mis caballeros andantes volvieron a reunirse bajo mi ventana, a repartirse guantazos y mandobles anacrónicos. Para ambientarles y ambientarme recité en voz alta algunos versos del Mio Cid, entreverados aquí y allá por líneas sueltas del Tirant lo Blanc, pero no creo que el ruido de tanta ferretería como cargaban encima les permitiera oírme. Mejor, por si acaso les daba por creerme un tío raro.

Y así siguieron, una cuantas noches. Unas veces el césped bajo la ventana se convertía en Las Navas de Tolosa, otras en Poitiers, otras en Crecy, algún día en Calatañazor... Cada día una batalla distinta, y siempre la misma. Con un poco de imaginación, eso sí, para poder salvar las distancias.

O for a muse of fire, that would ascend
The brightest heaven of invention
A kingdom for a stage, princes to act,
And monarchs to behold the swelling scene!


Así se queja Shakespeare, en Enrique V ante la dificultad de pintar tanta grandeza, con los escasos medios que proporciona la escena. El quería representar gran parte de la Guerra de los Cien Años, batallas incluidas, pero George Lucas aún no había nacido y el inglés tuvo que apañárselas como buenamente pudo. Se hace lo que se puede, supongo, y por eso mis aguerridos caballeros, en una demostración de su versatilidad, hacían de su capa un sayo e interpretaban su papel a las mil maravillas, tomando las altas torres estudiantiles por las almenas de la Alhambra, y las carpas dispuestas para la ceremonia de graduación por el campamento que en Santa Fe erigieran los Reyes Católicos. Un eco imaginado de atambores, añafiles y chirimías se mezclaba a murmullo del viento y yo leía en voz alta el ¡Ay de mi Alhama!, el romance del Conde Olinos, el de

Alora la bien cercada,
tú que estás en par del río.
Cercóte el adelantado
una mañana en Domingo


Y el

Moro alcaide, moro alcaide, - el de la barba vellida,
el rey os manda prender, - porque Alhama era perdida


Moros abencerrajes y nobles castellanos, enamorados los unos, nobles y justos los otros, se alanceaban desde sus caballos por las vegas granadinas. Si no había caballos, daba igual, tampoco hubo gigantes, sino que mire vuestra merced, que eran molinos. Así seguía la guerra incruenta en el campus de la universidad, en el oeste de Filadelfia.
Por lo menos hasta que, pasada una semana, terminado el año académico y entregados los diplomas, desaparecieron del campus los estudiantes y las tiendas de lona blanca amanecieron por tierra una mañana. El campus queda siempre triste y vacío después de que se van los estudiantes. Los que quedan son pocos y no hacen bulto. Volvieron otra noche los campeones del club medieval - había que aprovechar el buen tiempo - y siguieron los torneos en el césped bajo mi ventana. Pero sin la escenografía adecuada y sin altas damas ni elegantes mancebos mirando desde las ventanas, aquello ya no era lo mismo. Las tiendas sobre el césped, con metros de lona a medio recoger, me causaron la misma impresión que a don Alonso Quijano cuando vio por fin las lonas que cubrían las aspas de los molinos. Si es que llegó a verlos. Si es que eran aspas de molino, y no brazos de gigantes.

Ángel González García
18/05/2004 20:25 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Cosme, Damián y los transplantes obligados

Cerca del Museo Reina Sofía (con su plaza, la más desaprovechada del centro de Madrid), a la espalda del antiguo Real Colegio de Medicina y Cirugía San Carlos, está la calle de San Cosme y San Damián. Y no es por casualidad que su empinado desnivel se ampare a la sombra de tal insigne institución, porque estos dos facultativos de la Antigüedad son santos patrones del Protomedicato cristiano.

En la historia de sus vidas destaca el milagro barnardiano de la sanación de un rico hombre, a quien los dos compañeros de urgencias transplantaron la pierna de un esclavo negro que tuvo la mala fortuna de ponerse a mano de los dos ases del escalpelo. Cuenta Michael Solomon, que conoce el barrio y sabe de médicos antiguos, que las versiones varían de unas a otras: en algunas el esclavo acaba muerto (exceptuando su pierna), mientras que en otras queda de por vida lisiado para mayor disfrute del ricachón y gloria de los galenos.

Fue esta última la versión más atractiva para los iconógrafos del Cristianismo, que se explayaron a lo largo de los siglos en dar expresión plástica al incidente. Así, numerosas representaciones del “milagro” muestran a ambos cirujanos junto a su paciente, restablecido (prognosis positiva y post-operatorio facilón), quien muestra con orgullo sus piernas a dos colores. Mientras, en el fondo permanece el esclavo negro, sosteniéndose en unas muletas, con el muñón castamente vendado. Pierna vendida, muñón vendado…

El azulejo con el nombre de la calle (que en este barrio suele incluir un bonito e ilustrativo dibujo) no reproduce, por suerte, esta cruel representación iconográfica. Sería de ver la vergüenza y la afrenta a algunos de sus vecinos actuales, senegaleses, guineanos o caribeños de piel tan oscura como la del esclavo donante de piezas de repuesto para ricos. Sin embargo, y según denuncias hechas por algunas religiosas españolas en Mozambique, todavía hoy se amputan miembros y se trafica con órganos de seres humanos, para alimentar la demanda de hígados, riñones, pulmones y corazones que tenemos los rico-hombres y mujeres de hoy.

Durante bastante tiempo, la imagen del terrible experimento de San Cosme y San Damián fue interpretada de manera simbólica. En ella parecía resumirse el trato que el occidente judeo-cristiano y europeo dio a los africanos durante muchos siglos, el uso práctico que de su cuerpo y su fuerza hizo el sistema esclavista: la pierna del pobre esclavo adquiría así valor de brazo, de mano quizá, amputada o secuestrada para construir imperios. Parece que el progreso y la modernidad vienen dispuestos, no obstante, a simplificar símbolos, a significar al pie de la letra las pesadillas más salvajes y atroces de nuestros predecesores en el planeta. Hoy la pierna del africano tiene un significado puramente literal, mientras millones de personas de ese continente mueren de Sida, incapaces de permitirse medicación, a menos que tomen parte de un ejercicio de experimentación sufragado por una importante empresa farmacéutica.

Para terminar, una curiosidad hagiográfica: los dos gemelos sirios Cosme y Damián recibieron el sobrenombre de anárgiros, “los que no cobran”, los “médicos no mercenarios”.

Más sobre santos y transplantes

Ángel González García
10/05/2004 17:00 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Los melindres

Los domingos son días de mal humor. Cuando me ganaba la vida, el domingo era el fin de algo demasiado corto. Era un día agorero, estigmatizado sin remedio. Si acaso algún lunes festivo le quitaba la mala sombra al domingo, se convertía en un sábado repetido, incapaz como era de reconocerle algún mérito al día que nos vende, al judas de la semana. Ahora que no me la gano, los domingos no sirven para nada, y me pone de mal humor el necesario descanso de quienes sí tienen algo que hacer el lunes por la mañana.

Como estoy de mal humor, salgo a dar un paseo, que es lo único sensato que se puede hacer en tales casos. Le doy vueltas al asunto, mientras veo a familias, individuos, parejas y animales que disfrutan del día, agraviándome en cada sonrisa. Decido que ya está bien de melindres, y hago acto de contrición. Mi deseo de enmienda, mientras veo a la gente en las terrazas, es sincero, así que mañana mismo me iré de una vez por todas a la agencia de empleo temporal, por ver si sale algo poniendo copas, o de pinche en un catering.

El lunes cumplo la penitencia, y hago el via crucis Atocha abajo. Pero el martes ya he vuelto a mis trece, y me repito que no me da la gana de poner otra vez copas, hablando idiomas, teniendo los títulos que he sudado, y la experiencia en lo mío, que no es mala ni poca. El miércoles consigo una entrevista de “lo mío”. Me embeleco con el trato, me ilusiono cuando dicen “queremos a alguien de tu perfil”, “háblanos de tu experiencia como docente universitario”, y se me hace agua el currículum cuando me alaban lo abultado e “impresionante” del resumen de mi vida laboral que les presento.

Cuando me dicen que no contratan, pagan en efectivo, y que con 12 la hora voy que chuto, me desenamoro y vuelvo a casa diciendo que sí, que a poner copas se ha dicho. Total, por el mismo dinero, al menos así no realquilo el cacumen, que mis años y mis libros me costó cultivar, y dejarlo tan coqueto. Claro que, por otra parte, lo tengo tan sin terminar y tan con alfileres, que si me paso ocho horas lavando platos se me va a echar a perder tarde o temprano…

A partir de ahí, la semana, digamos que ha podido conmigo. Los ratos que no ocupa lo arriba expuesto, los dedico a escribir. La persona con la que comparto cama, vida y futuro, se dedica a ganar el pan que nos sustente a los dos, mientras yo me gasto parte importante del presupuesto en el cyber, a 70 céntimos la hora, escribiendo e intentando publicar cartas al director en El País.

Así, llega la hora de comer tarde el domingo, y vuelvo de mi paseo con algo que habilite un almuerzo improvisado. Me digo que no, que así no se puede, que debo tomar una determinación, que escribir puede ser algo secundario, que tengo que encontrar el hueco que me dé de comer. A los postres, la BBC da un programa semanal de reportajes. El último domingo habló de la situación en la frontera de Chad y el Sudán, donde miles de refugiados huyen de una guerra para morirse de sed, hambre y enfermedad, cuando no a manos de asesinos bien armados que irrumpen en los campos fronterizos. Trabajadores de la ONU rechinan los dientes de la conciencia mientras denuncian sin diplomacia alguna la indiferencia del mundo. La nuestra, la mía. Un empleado de la ONU a punto de llorar de impotencia se pregunta con qué cara va él a administrar medicinas contra el cólera a niños que no tienen de comer, y que para pasar la píldora tienen que beber agua emponzoñada.

Tras ello, otro reportaje, de los que Alfredo Urdaci nunca soñó hacer, ni en los días más idealistas de su paso por la facultad: 250.000 mujeres y niñas nepalíes son la mercancía de un negocio que une Nepal y la India. Una vez en ésta, se las obliga a acostarse con treinta hombres al día. El periodista (¿entiendes, Urdaci?) pregunta a una muchacha. Fue vendida a los nueve años de edad. Violada durante cinco, pudo ser rescatada, y ahora muere lentamente en un hospicio. Su familia no la quiere, está manchada, y además fue infectada de SIDA. ¿Se dan cuenta la cantidad de verbos en pasiva que hay que usar para hablar de lo que pasan millones de mujeres en este jodido planeta? La voz pasiva es dura para el oído del hispanohablante moderno, suena extraña, forzada. Pero no hay más remedio que usarla, sobre todo cuando hablamos de los que no tienen voz activa, porque se la arrancan de cuajo.

El siguiente reportaje habla sobre la incidencia del SIDA entre la población infantil de barrios como Soweto, en Sudáfrica. Es tan grave el azote de esta enfermedad sobre la población infantil del país, que a ninguno de los traficantes de órganos asentados y operativos en el vecino Mozambique se le ocurrirá intentar cosechar su mercancía entre los pobres sudafricanos. Qué desagradable figura de pensamiento, qué asqueroso escorzo de una prosa pobre y sin más recursos que el tremendismo, me dice la musa.

Whatever, le contesto (porque yo con mi musa hablo en inglés). Entonces ya no puedo más, todas las disquisiciones de entresemana e inmerecido weekend se me diluyen, y lo único que puedo hacer para no liarme a patadas con las paredes es escribir, y me siento al ordenador y hago lo que puedo, y no me dan 12 euros la hora, que si así fuera, otro gallo nos cantara. Pero como es domingo, y el cyber está cerrado, y el que abre es demasiado caro, me tendré que esperar hasta el lunes, para cuando ya se me habrán quitado los melindres, y estaré pensando volver a la agencia de empleo temporal a ver si sale algo en convenciones, donde pidan camareros con idiomas.

Ángel González García
10/05/2004 12:39 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

La Vendimia del barrio

Lavendimia.jpgLa Vendimia: cada uno la hace donde puede

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07/05/2004 19:24 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Lavapiés fronterizo

LavapiesCuesta.jpgTras varios años sirviendo en la Guerra de Marruecos, Arturo Barea vuelve a su Madrid natal, y se establece en la calle del Ave María, en Lavapiés. Su infancia había transcurrido, según cuenta el propio Barea en su autobiografía , The Forging of a Rebel entre el “barrio de Palacio”, donde vivía su adinerado tío, y el de Lavapiés, donde lo hacía mal que bien su madre, lavandera y viuda.

Desde que Barea se avecindó en el barrio hasta las postrimerías de la Guerra Civil, el madrileño se vio envuelto con papel de protagonista en la Historia de España y su capital. Cuando por fin consigue huir de la muerte que le hubiera deparado el régimen franquista, Barea se establece en Inglaterra. Desde allí, en la lejanía del exilio, describe con estas palabras el Lavapiés que había dejado:

En aquella época, Lavapiés era la frontera de Madrid. Era el final de la ciudad, y el fin del mundo. (… ) La gente había bautizado los límites del barrio: las “Américas” y “El Nuevo Mundo”. Era, sin duda, otro mundo. Hasta allí llegaban la civilización y la ciudad. Y allí acababan ambas.” (Barea 92)

La madre de Barea, proletaria de los lavaderos del Manzanares, subía y bajaba (cargada de fardos de ropa) por calles empinadas que desembocaban en el límite de la ciudad, mientras que el pequeño Arturo recorría callejuelas completamente diferentes y asombrosamente similares a las de hoy. En las fronteras del barrio comenzaba un mundo de seres y cosas extraños.

Allí, la ciudad vertía sus residuos, y también lo hacía el resto del país. Las aguas de Madrid arrastraban la escoria del centro a la periferia, y la escoria de las aguas de España eran absorbidas desde la periferia hasta el centro. Las dos olas se encontraban y formaban un cinturón que ceñía la ciudad. Sólo los iniciados, la Guardia Civil y nosotros los niños penetrábamos aquella barrera viva.

El siglo XX cambió muchas cosas. Hoy la plaza de Lavapiés no es el último espacio urbano de Madrid. Cruzando la Ronda de Valencia ya no se abandona el casco urbano de una ciudad que se ha desparramado hasta dejar al barrio en el centro. Sin embargo, Lavapiés sigue siendo una membrana permeable en ambas direcciones. Sus cuestas todavía conducen desde la altura hasta los bajos fondos, o viceversa, según de dónde partamos:

Costanillas y arroyos barbados de hierbas resecas y amarillentas. Chimeneas fabriles escupiendo humo, mezclando su ponzoña con los olores provenientes de los establos, sus zumos pestilentes goteando cuesta abajo. Solares de suelo negro y pútrido, arroyos sucios y trozos de tierra resquebrajada y seca…

Un escenario muy diferente al de ahora formaba el espacio urbano que vio corretear al joven Barea. Hoy no duermen las recuas de los arrieros en los patios y portales de las corralas, ni bajan los torrentes malsanos por mitad de calles polvorientas. No hay “árboles epilépticos”, ni “cardos hostiles” resistiendo las dentelladas hambrientas de cabras famélicas. Las tripas vergonzantes de raquitismo desnudo y descalzo que describe Barea ya no deambulan por las calles del barrio. Hoy, niños bien nutridos arrastran sus mochilas cuesta arriba, enfundados en uniformes azul marino y gris, con sus donuts en la mano y un gameboy en la otra. El “Barrio de las Injurias”, como lo llamaban algunos contemporáneos de Barea, ya no es el “fiel de la balanza”, el punto de encuentro entre el existir y el dejar de ser.

Hoy el desnivel de sus calles está festoneado de tiendas al por mayor y locutorios telefónicos. En la plaza no se mezclan los patriarcas gitanos de patillas plateadas con los niños descalzos recogiendo colillas de cigarro para venderlas al peso. No hay burros, ni gallinas picoteando a la puerta del Champion, ni suben las lavanderas con sus bultos de ropa ajena, esquivando las avenidas de agua residual que bajaban en torrenteras sépticas.

Hoy, en la mismísima plaza tiene su sede una biblioteca universitaria, y dentro de poco lo hará un centro nacional de teatro. Las corralas, que Barea describió en inglés como galerías penitenciarias, donde los “reclusos” del barrio compartían letrina, ya casi no existen. Hoy son pisos con portero electrónico y televisor, donde se apilan los inmigrantes, diez en dos habitaciones, para poder hacer frente a alquileres tan abusivos como los de hace cien años. Por eso será que pasan tanto tiempo en la plaza, en la calle, haciendo turnos quizá para dormir…

En las corralas modernas se sigue dando la misma mezcla heterogénea de entonces. Barea hablaba de el albañil, el herrero, el carpintero, el vendedor de periódicos, el mendigo ciego de las esquinas, el arruinado, el desposeído…Y el poeta. Hoy son el senegalés que regenta un locutorio de humedades, el marroquí que vende artesanía de oropel, la ecuatoriana que limpia oficinas, el chino que acarrea fardos de artículos del todo a cien…

A principios del siglo XX se oían, según el Barea exiliado, diversas lenguas en la Babel de las costanillas: el habla refinada del caballero venido a menos, el acento desvergonzado del chulo, la jerga de ladrones y mendigos, la altisonante retórica del escritor siempre en ciernes…Lo mismo blasfemias horripilantes que frases exquisitamente tiernas. En los comienzos del siglo XXI, sólo un paseo basta para coleccionar sustantivos wolof, verbos mandarines y adjetivos rifeños. Y los niños, mezclando las lenguas de sus padres con el español más vivo y castizo.

Cuenta Barea que sus paseos infantiles siempre le llevaban desde la Plaza de Oriente, cuesta abajo, hasta ese barrio cercano y del otro mundo. En su descenso, los escenarios cambiaban, desde las galerías de mármol del Palacio Real, con sus alabarderos de guardia y sus grandezas de España, hasta las pilas de basura donde unos cuantos andrajosos buscaban su cena entre los desechos. Al llegar la noche, Barea, retomaba el camino hacia arriba, hacia el centro, para pasar la noche en casa de sus tíos adinerados. Igual que él, miles de personas atravesaban Lavapiés en un camino de descenso hasta el infierno de la pobreza, arrastrados por la mala suerte, la desgana o la enfermedad. Otros, de igual pero diferente modo, subían la escala social desde los límites de Madrid hacia arriba, en busca de un triunfo que las más de las veces se diluía en mera supervivencia.

Hoy, los inmigrantes de mantienen vivo Lavapiés. También para ellos el barrio es el primer escalón de un ascenso que les lleve hasta la dignidad. Algunos de ellos, llegarán hasta la cima, y conseguirán conquistar el último repecho. Otros se quedarán en el barrio para siempre, mientras que otros caerán de nuevo rodando hasta un arroyo que ya no existe, porque Madrid llega hoy hasta más allá del horizonte.

En cuanto a los poetas, a los escritores siempre en ciernes y sus altisonantes palabras, algunos hay aún que, como yo, se apartan del paso cuando baja el torrente de los desechos, y se aprietan contra las paredes de Lavapiés, esperando poder escalar un día la costanilla del éxito, una vez pasado Antón Martín, donde la vida es menos empinada, dicen.

Ángel González García
05/05/2004 18:27 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 4 comentarios.

Generación Revival

Parece que, gracias a nuestro acceso a múltiples fuentes de información, hoy hemos llegado a nombrar la edad en la que vivimos, reconocerla, discutirla en prensa, cafés y tertulias, casi al tiempo que ella, impertérrita, tiene lugar. O dicho de otro modo, hoy nos inventamos nuestro presente con mayor eficiencia y encono que hace catorce siglos. O quizá no. Lo que sí parece más seguro es que las generaciones de hoy se reconocen en el espejo de su tiempo con mayor rapidez que antaño.

Yo pertenezco a una generación que ha ido siempre muy mal de tiempo. Somos los nacidos en el intermedio de un entreacto de una obra ya acabada. El franquismo, a quien de nosotros pilló, lo hizo vistiendo aún los que ya por entonces se llamaban Dodotis. La Transición era una señora de la que hablaban en el telediario del almuerzo, cuando a lo que nosotros nos interesaba de verdad era que llegara el hombre del tiempo, terminara luego de irse, y pusieran de una vez los benditos dibujos animados. El día de Tejero estábamos en el cole, en clase de naturales, estudiando los afluentes del Guadalquivir, o en el recreo jugando al coger, y nos mandaron para casa y nos fuimos contentos y excitados porque al día siguiente tampoco habría clase. De los Mundiales de fútbol sí me acuerdo, sobre todo de Naranjito y Rossi. Pero nada de eso era Historia. Historia era Franco, la Guerra Civil, y luego más tarde Historia llegó a ser Mayo del 68, la muerte de Franco, Jarcha, los grises, la Constitución, la movida madrileña...Épocas maravillosamente conflictivas y llenas de causas, fiestas a las que los de mi edad habíamos llegado tarde.

¿Y después? Para cuando cayó el muro de Berlín, muchos de nosotros nos acabábamos el plato de macarrones para que nos dejaran ver Mazinger Z, o David el Gnomo. Otros mascábamos chicle de menta antes de llegar a casa para que no se notara el aliento a tabaco furtivo. Y ahora, de pronto, Gorbachov es Historia Contemporánea, y se habla cada vez más fuerte de neoliberalismo e imperio corporativo. Y nos sorprendemos a nosotros mismos hablando de cuando las diferencias entre los malos y los buenos no estaban tan claras, y los rusos también tenían su corazoncito; o de cuando se acabaron los malos malísimos y hubo que pasar una década inventando enemigos de afuera, o catástrofes terribles, o marcianos super-evolucionados, o pandemias apocalípticas.

Ahora, los de mi generación les calentamos la oreja a los jóvenes con batallitas de épocas pasadas, en las que no teníamos móvil y lo que más miedo nos daba era el paro, y los ricos pagaban más impuestos, España no iba bien, nadie se ahogaba en el Estrecho, no teníamos Internet, y los americanos eran unos muchachotes de mal gusto y aniñados en su cuerpo de gigante, un tanto fanfarrones y todo lo que se quiera, pero muy adelantados. Si no, que le preguntaran a Jesús Hermida.

Pero se lo contamos, eso sí, con una visión de nuestro propio tiempo mucho más exacta que la que haya mostrado cualquiera de nuestros antecesores, exceptuando quizá a Nostradamus. Y lo hacemos por las mañanas, en la cola del paro. Y es que por la mañana siempre tiene uno las ideas más frescas, mientras lee en el periódico lo que pasa con el mundo, cómo se va haciendo la Historia.

Ángel M. González García
04/05/2004 18:14 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Jubilación Compostelana

Santiago8.jpgPuede que Jesús practicase la carpintería ayudando a José, y puede incluso que Simón Pedro fuera pescador antes que vicario de Cristo. Pero la Iglesia de hoy en día más parece querer arrimarse al gremio de la construcción, por la forma en que reparte una de cal y otra de arena, sin necesidad de mezcladora.

Ayer se supo que el Vaticano ha negado a los musulmanes el derecho a rezar en la mezquita de Córdoba, y hoy el cabildo catedralicio de Santiago de Compostela ha decidido retirar una talla del XVIII, porque no quiere “ofender sensibilidades” de otras culturas.

La imagen, una talla policromada que representa al santo a caballo, descabezando infieles, ha sido catalogada de ofensiva contra los musulmanes y se va a retirar, aunque no parece estar muy claro cuál será su nuevo destino.

Según mantenía Américo Castro, la propia aparición de un culto guerrero para este santo patrón de las Españas surgió como respuesta a la práctica musulmana. Según lo entendió el insigne historiador, las huestes cristianas carecían de un líder espiritual a la vez que guerrero, a quien invocar en asuntos bélicos. Si bien los andalusíes entraban en batalla al grito de ¡Mahoma!, parece que los primeros reconquistadores le hicieron ascos tempranos al uso del nombre y la imagen de Jesús repartiendo mandobles, por razones obvias. Sería así, por imitación, que los asturianos, leoneses, gallegos y castellanos empezaron a valerse del apóstol, adaptando la tradición hagiográfica de un santo no castrense, hasta convertirlo en adalid militar y divino. Su subsecuente aparición en la batalla de Clavijo, cooperando para la derrota muslime, acabó por consagrar a Santiago como guerrero de la cristiandad castellana. Cataluña y Portugal optaron por San Jorge, otro héroe a caballo, capaz de derrotar el sólo a un terrible monstruo.

Curiosamente, siglos después de la batalla de Clavijo, Santiago se llegó a convertir en santo predilecto de los no muy ortodoxos moriscos castellanos. Para estos conversos y sus descendientes, los aspectos menos desagradables (o más atractivos) del Cristianismo impuesto eran aquéllos que más les recordaban las tradiciones y preceptos islámicos. Santiago, así, les traía evocaciones del Profeta o de Alí, el héroe celebrado y seguido por los chiítas, entre los que se contaba un número de musulmanes españoles.

A pesar de ello, ahora se va a retirar de la catedral compostelana la imagen de Santiago en plena refriega. Catalanes y portugueses no se verán en la misma necesidad, porque un dragón, por muy simbólico que sea, no ofende a nadie. En el caso de otras huellas del pasado guerrero e intolerante del Cristianismo español, no es posible saber cuáles serán las medidas cosméticas a adoptar. Cabe incluso preguntarse si el apellido Matamoros acabará por desaparecer de las guías telefónicas.

Al fin y al cabo, las cabezas de infieles rodando ante el tajo santiagués servían un propósito: recordarnos el pasado de nuestras religiones, y aprende de él. Quizá la solución pasara por admitir los errores que se cometieron, enseñar lo que no se debe repetir, y abrirse al diálogo verdadero. Supongo que esa talla polícroma acabará en un almacén, pero quizá lo ideal sería que viajara por el mundo como parte de una exposición. Diversas piezas del arte religioso de todos tiempos y culturas podrían acompañar al santo en un periplo que enseñara a los modernos hasta qué extremo han llegado todas las religiones en su celo por callar las verdades ajenas.

Santiago se irguió frente a la Kaaba mahomética como alarde de fuerza espiritual, en una grandiosa “mythomachia
Américo Castro, España en su Historia, 122. Barcelona: Ed. Crítica, 2001.

Los moros llaman Mafómat, e los cristianos Sant Yagüe. (v.73)
Poema de Mío Cid

Tienen por santo algunos de los que nosotros Cristianos tenemos y honramos por santos, y particularmente los apóstoles, y los llaman morabutos, y porfían que fueron moros, y dicen que el apóstol Santiago se llamó Alí.
Diego de Haedo, Topographía General de Argel. Tomo I, p. 152

Para los moriscos, cruzada y yihad se encuentran, pues, en el mismo plano y, por consiguiente, Santiago (aunque Matamoros), campeón de la cristiandad, puede adoptar los rasgos de Alí, campeón del Islam.
Louis Cardaillac, Moriscos y cristianos: un enfrentamiento polémico. Trad. Mercedes García Arenal. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

Que no hay más de un Santiago, al qual dio Dios una lanza con tanta virtud, que mataba con ella a quantos quería, y que el nombre de este Santiago en arábigo es Muceph, hermano de Moysén…
Gerónimo de Rojas, declarando ante el Tribunal de la Inquisición. A.H.N. Inq. Leg. 197, núm. 5

Ytem que abía dicho y afirmado que Mahoma era secreto de Dios y que estava casado con una prima de Santiago.
Acta de acusación contra “Salvador, morisco, esclavo de Martín Coello, vecino de Alarcón” (1574). Recogido por Cardaillac, 431.

Ángel González García
02/05/2004 13:57 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Balcones

Torrecillacuadro.jpgSitios para colgar mensajes. Y que no se sequen.
30/04/2004 21:56 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Reservado el derecho de oración

El Vaticano ha negado la petición hecha por algunas asociaciones islámicas para permitir a los musulmanes compartir el espacio de la actual catedral de Córdoba. El portavoz de relaciones inter-confesionales de la Santa Sede ha declarado que los musulmanes cordobeses tienen que “aceptar la Historia”.

La Historia se escribe. A veces se re-escribe, siempre se edita, y se le sacan versiones. El Vaticano debería especificar: “Los musulmanes que quieran compartir la que fue mezquita con los cristianos deben renunciar a su pretensión, y aceptar la Historia que escribieron los ganadores, y aceptar además la versión que abarca desde tal año hasta tal otro”, debería haber dicho la curia romana.

Hace más de 400, dos moriscos granadinos, Alonso del Castillo y Miguel de Luna, también tuvieron la idea de compartir rezos con sus vecinos cristianos. Se demolía por aquellos años el alminar de una principal mezquita granadina, para ampliar la catedral. La “Torre Turpiana” tenía sorpresa dentro, y entre los escombros de sus cimientos apareció una caja con unos huesos, un trozo de tela y un texto misterioso, escrito en varias lenguas.

La caja, como habrán adivinado, había sido escondida allí, quizá la noche siguiente al derribo, por Alonso del Castillo y Miguel de Luna. También habían sido ellos los autores del arcano texto, y es que tanto suegro como yerno eran personas polifacéticas, que lo mismo firmaban un tratado de historia, que curaban enfermedades o traducían textos para el mismísimo “Rey Prudente”. El pergamino hablaba de los comienzos del Cristianismo en la ciudad del Darro, y de cómo los primeros evangelizadores penibéticos (y, por ende, los primeros mártires) habían sido nada menos que unos árabes llegados desde oriente.

Los huesos de los supuestos mártires (en concreto los de San Cecilio) fueron llevados al El Escorial, donde Felipe II los hizo reverenciar como era debido. El trozo de tela sufrió destino semejante, y Granada, musulmana un par de generaciones antes, pasó por la mayor ola mística cristiana de su modernidad, que acabó en la fundación de iglesias, conventos, etc.

El manuscrito condujo a otros, como en una búsqueda del tesoro orquestada por Castillo y Luna. Al final, en el Sacromonte se descubren las planchas de plomo que hoy llevan su nombre, que se hizo precisamente sacro tras el descubrimiento. Se trata de unas placas de plomo grabadas en un árabe falsamente arcaico, en las que Castillo y su yerno se reinventan la Historia Sagrada, y re-escriben los Evangelios Cristianos en una versión mestiza.

Lo que ambos pretendían era reconciliar la Biblia cristiana con el Corán, creando una especie de terreno neutral para que los moriscos pudieran aceptar la conversión forzosa a la que habían sido sometidos, y para que sus vecinos cristiano viejos dejaran de tratarlos como una casta a extinguir. Como buenos andaluces, Castillo y Luna eran, a pesar de musulmanes, muy devotos de María, y por eso se les ocurre poner en boca de la Virgen esta serie de lindezas que quisieron limar las diferencias entre moros y cristianos.

El revuelo que causaron los plomos duró 80 años. Durante éstos, los huesos del “mártir” (a saber de dónde los habían sacado Luna y su suegro) fueron adobados y adorados; San Cecilio se quedó como santo patrón de Granada; se fundó la abadía del Sacromonte; se expulsó a los moriscos; se discutió largo y tendido sobre la autenticidad de los plomos, y al final (en 1680) el Vaticano dio por cerrado el caso, condenándolos como apócrifos y mentirosos.

El que esto escribe es ateo, y por eso considera el apócrifo de Alonso del Castillo y Miguel de Luna tan válido o tan falso como todo otro libro pretendidamente sagrado. Pero también el que esto piensa entiende que textos como la Biblia, el Evangelio o el Corán son expresiones de la espiritualidad de pueblos enteros, y que como tales tienen un valor quizá más importante que su supuesto origen divino.

Los plomos del Sacromonte también fueron la expresión de una colectividad que quiso acabar con las barreras y el odio. Muchos moriscos, como Alonso del Castillo y Miguel de Luna, quisieron encontrar, ingenuamente, un lugar común desde el que ponerse en contacto con su dios, y hacerlo con el vecino al lado, cada uno a lo suyo y los dos en comandita.

Nada de ello fue posible. Hoy, la catedral de Granada es una bellísima obra de arte, elevada sobre las ruinas de otra, que a su vez lo sería de una anterior (o casi, casi). Así ha sido (y sigue siendo) nuestra Historia. Pero entre los cimientos de una, de cualquiera de las que quedaron enterradas, aún podemos hallar cofres misteriosos que apunten a lugares posibles, a lugares comunes.

La catedral de Córdoba no fue tan cara como la granadina. No costó, al menos, tanto derribo. Quedó allí más patente, sin necesidad de inventar plomos apócrifos, que es posible y necesario que cristianos, moros, judíos y ateos amantes del arte pidan paz y pidan justicia, y que lo hagan pared con pared, jardín con coro, claustro con mihrab, tabique con tabique. Tenemos el local. Tenemos la clientela, tanto para llenarlo un viernes como un domingo, tanto para la Semana Santa como para el Ramadán. Abramos el chiringuito de rezar, que al cabo van a ir todos a pedir lo mismo. Hasta los que vamos de cabeza al infierno de los descreídos. A lo mejor juntando rezos sale Dios (esta vez sí, con mayúsculas) del armario y nos deja a los ateos con dos palmos de narices. Por bocazas, que lo somos.

Ángel González García
30/04/2004 17:30 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Aguirre (Esperanza) o la ira de Dios

La presidenta de la Comunidad de Madrid dice que la obra de Iñigo Ramírez de Haro “Me cago en Dios” es blasfema, y yo estoy de acuerdo. Luego dice que no se puede subvencionar dicha obra, porque “atenta contra la dignidad de los creyentes”. Ignoro si el autor es o no creyente, pero afirmo que para cagarse en Dios (y más si se escribe su nombre con mayúsculas) hace falta o bien creer en él (minúsculas mías), o haber llegado al ateísmo tras años de educación religiosa, contra la cual, precisamente, surge la blasfemia. Si el autor de la blasfemia es creyente, tiene tanto derecho como el que más a exponer su punto de vista y sus sentimientos sobre la divinidad. Si no lo es (creyente), tiene el derecho adquirido de quien fue educado en una sociedad cristiana. En mi caso, reconozco que perdí la fe hace mucho. Pero, aunque la unión entre un servidor y la comunidad de los fieles (ecclesia) se haya roto, mis años de convivencia en aquel matrimonio (unión místico/conyugal del alma con su creador) me dan derecho a decir lo que se me venga en gana del creador, en cualquiera de sus potencias y personas. Y por lo tanto, a blasfemar.

Se pregunta la señora Aguirre “¿qué pasaría si se hubiera titulado la obra con la palabra Alá?” y se contesta que cualquiera habría puesto el grito en el cielo ante el desacato y falta de respeto y tacto. Quiero responder aquí a la señora Aguirre lo que se suele decir cuando un tercero se mete en disputas familiares: “puedo yo, y quiero, meterme con mis señores padres, hermanos o familiares varios, pero eso no significa que haya de permitir que el de fuera también lo haga.

No es lo mismo que el señor Ramírez de Haro escriba “Me cago en Dios”, a que blasfeme contra el dios de una religión que ni le ha sido impuesta en la escuela, ni ha visto más que desde fuera, ni es (aunque en tiempos lo fuera) la mayoritaria en este país. Personalmente, yo no me siento capacitado para blasfemar contra lo que conozco desde fuera (aunque ése fuera esté en la memoria histórica de mi cultura), ni creo tener el derecho a enojarme hasta tal punto con el dios de una religión que no es la mía. Pero reconozco el de todo musulmán a dar rienda suelta a sus represiones emprendiéndola a expletivos contra el ser supremo. Quienes condenaron a Salman Rushdie por mucho menos que lo que ha hecho Ramírez de Haro, en cambio, estarían de acuerdo con las palabras de Aguirre, y aplaudirían la amenaza de retirar apoyos y ayudas institucionales a obras de este tipo.

Detrás de la blasfemia suelen estar el rencor o el desconocimiento. Cuando el que blasfema lo hace contra la religión que le vio nacer, le suelen impulsar motivaciones morales y principios éticos, que consideran traicionados por quienes ostentan las jerarquías de la religión. Cuando se blasfema contra el dios del vecino, se hace desde el odio, el desprecio y la falta de consideración hacia lo que no se conoce.

Ángel González García
29/04/2004 20:23 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 1 comentario.

Aullemos, dijo Saramago

Anoche Saramago habló con su acento maravilloso, y aulló también, perro portugués como los que corean la partición de la balsa ibérica en una de sus novelas.

Habló Saramago de la democracia, de la verdad, la justicia, la bondad y la decencia. Aulló, "para que se le oyera" e invitó a aullar a todos los seres humanos de buena voluntad y entendederas, "para que se nos oiga", para que la democracia sea algo más que "lo menos malo", y la justicia recupere las posibilidades que nunca ha tenido.

José Saramago, además de un maravilloso escritor, es un hombre bueno, que defiende lo bueno, lo justo y lo necesario. La bondad y la justicia que defiende Saramago no son las del idealista de cabello plateado que vive a espaldas de la realidad, con su sangre y sus suciedades. La utopía que postula es la necesaria, la pragmática, la egoísta si se quiere. En su último libro, el 83% del electorado de un país vota en blanco. Lo hacen para protestar sobre la naturaleza formal y hueca de la democracia en que viven (vivimos). Lo hacen con un afán colectivo de utopía, pero con los pies en la tierra con que se construye la realidad. Como ese alfarero, protagonista de otra de sus novelas, que sigue trabajando en su taller, a sabiendas de que es lo único posible, en un mundo que ya le ha condenado a la nada.

Saramago aúlla pidiendo justicia, y su utopía es la del sentido común. Su denuncia es la obvia: cuando dice que la democracia no será plena hasta que los poderes verdaderamente fácticos dejen de ser los del gran capital, Saramago tiene los pies en la tierra, no se entretiene en ensoñaciones. Cuando propone el diálogo, el poder de la bonhomía, la honradez en la política, la justicia en el dinero, no lo hace desde la lejanía de lo teórico. Sabe que la utopía es en realidad el único camino sostenible, posible, deseable y realizable. Son las otras, la ideas que han sostenido al mundo desde que tenemos memoria, las que andan descarriadas entre idealizaciones empecinadas y condenadas al fracaso. Nada hay más utópico e irrealizable que el axioma neoliberal de que la riqueza concentrada en unas manos acabará revirtiendo en la riqueza de la sociedad y la mayoría de sus miembros. O un porcentaje decentemente alto de ellos. Nada más ensoñador que pretender la paz donde sembramos injusticias.

El egoísmo bien entendido empieza por todos nosotros. Sostener que siempre habrá ricos y pobres no es realista, sólo es insuficiente. Mientras tengamos que seguir viviendo juntos, sólo nos mantendrá a flote la persecución de la utopía.

Iñaki Gabilondo, que entrevistaba a Saramago, lo llamó "brujo", porque en su libro, escrito hace ya algunos años, aparecen extrañas coincidencias con los sucesos acaecidos recientemente en España. También en la ficción de Ensayo sobre la lucidez hay un atentado contra un tren, y también en la novela la acción ciudadana, espontánea y pacífica, da un vuelco impensable a la situación política del país. Más que brujo, Saramago parece un chamán de la "tribu de la sensibilidad", que es una bonita forma de llamar a los artistas, a los escritores, a los músicos. Y pareció anoche un chamán cuando, con sus musicales sibilantes lusitanas, dijo: "están pasando cosas extrañas", refiriéndose a la esperanza, a la voluntad de cambiar el mundo.

"Otro mundo es posible", he visto ondear en algunos balcones de mi barrio de Lavapiés, y he sentido algo de esperanza. Anoche, en el teatro Alcázar de Madrid, un perro portugués encarnado en chamán trajeado lo reiteró entre verdades y bellezas. "Aullemos, dijo el perro, para que se nos oiga.

Ángel González García
28/04/2004 20:13 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

Para que yo me llame Ángel González García

--Con un nombre como el tuyo --me ha dicho mi agente invisible --no se va a ninguna parte.
--¡Pues en la oficina del paro no le han puesto pegas!--le he contestado en un arrebato de orgullo ahidalgado. A lo que ella (mi agente literario) me ha respondido certeramente con un guiño, más de burla que de complicidad. Es lo malo de los agentes invisibles: que como son inventados, siempre tienen razón.

--Mira Zapatero, por ejemplo --me ha contado después, con un tonillo de superioridad.
--¿Quién se acuerda del Rodríguez? De momento, sólo los periodistas extranjeros, hasta que se enteren de que pueden ahorrarse el trabajo de intentar pronunciar tanta erre, y dejarlo sólo en ZP. Y la lista sería interminable. Felipe se pudo permitir el González porque es mucho Felipe, pero de ésos sale uno por siglo, acaso dos, y el otro, para más inri, tiene hasta tu nombre de pila. Hay que ser un pedazo de poeta para llamarse Ángel González y además hacer de ello un buen poema. De García, ¿qué te voy a contar? Como no venga avalado por el genio y un Lorca (o un Márquez) bien plantados, resulta un nombre imposible para quien quiera llegar a medianamente reconocido. Fíjate en el granadino, y encuéntrame alguien que hable de él como Federico García. De Benito Pérez mejor será no hablar, porque no se iba a enterar nadie.

La evidencia era apabullante, pero mi agente invisible ha seguido dale que te pego con varios ejemplos más de que no se puede ir por la vida llamándose, como un servidor, Ángel Miguel González García, y pretender escribir cosas y que un día salgan libros de uno en los escaparates de la Gran Vía. Así que he desenchufado a mi agente literario, y me he decidido a solucionar el tema, antes de que la fama me caiga encima, sin haber tenido tiempo de montármelo en plan seudónimo pegadizo. He probado con varios, jugueteando con antiguos motes de barrio, apellidos altisonantes, distantes y espléndidos, o nombres de guerra de aquellos que, a fuer de simples, evocan de todo un poco.

Ninguno me ha satisfecho en lo más mínimo. El problema es que no consigo sentirme identificado con ninguno, y no me gusta imaginarme firmando libros en el FNAC con el nombre de un señor que, francamente, nunca me hará volver la cabeza, por mucho que quiera meterme en el personaje. He probado después con los segundos apellidos de mis señores padre y madre, pero el resultado ha sido muy parecido al original. Y es que no se puede ser tan del montón, que hasta remontándome a los abuelos no encuentro más que péreces, ramíreces, garcías y otros tan pedestres, que no hay manera de elevar el caché genealógico, aunque sea sólo el de tipo fonético. Y es que hay apellidos que, a pesar de plebeyos, tienen un nosequé, que suena bonito, como Aznar o Zapatero (y cito a los dos, intencionadamente, para que se vea que me refiero a la sonoridad del nombre, no a las connotaciones que pueda suscitar al ser oído).

Convencido de que, buscando en el acervo familiar (tan limitado, por otra parte), no hallaría apellidos pegadizos o distinguidos, he querido acudir a los posibles nombres que, de no haber decidido mis padres el de Ángel, podrían haberme adornado el DNI. ¿Quién no ha oído alguna vez las anécdotas e historias sobre “el nombre que quería ponerte papá”, o sobre la obsesión de la abuela “porque te pusiéramos el de su madre”? En mi caso, y como nací un 15 de mayo, parece ser que a punto estuve de llamarme Isidro, un nombre que de pequeño me aterrorizaba a toro pasado, pero que hoy en día me daría al menos un toque de originalidad castiza y labradora.

Descartada la enmienda parcial a la decisión bautista de mis queridos progenitores, sobre todo porque no me hallo dentro de un nombre tan de feria como Isidro, y tampoco de su etimológico Isidoro (mote del Felipe González de la clandestinidad), he pensado en una estrategia ideal. Así como no es lo mismo llamarse Leticia que Letizia, Bakero que Vaquero, Javier que Xabier, o Carmona que Karmona (éste último es mi favorito), tampoco será igual llamarse González que Quntsali, ni García que G’artzai. Y por semejante regla de tres, el Ángel lo pienso cambiar por Ahe (con la hache aspirada y nasalizada), y el Miguel de mis desdichas por un Malik morisco.

Me justificaré: González suena a guía de teléfonos, pero en algún momento un visigodo (quién sabe si hasta un suevo, alano o vándalo) se llamó con el etniquísimo nombre de Gündsalf, o algo semejante, de evocaciones no sólo exóticas sino casi wagnerianas. Yo, que no soy muy aficionado a lo valquirio ni me arrimo a lo teutónico, me quedo en cambio con una versión supuestamente mozárabe del González clásico, porque hace falta investigar un ratito para demostrarme que no se pronunciaría así el cotidiano apellido en el Toledo del siglo X. Ergo, Quntsali me quedo, hasta que un lingüista como Dios manda me ponga en mi sitio.

En lo que respecta al García sin Lorca con que adorno los espacios a rellenar donde dice “segundo apellido”, me puse a mirar un poco por aquí y por allá, para encontrarme con que lo más probable es que sea de origen euskalduna como la madre que me parió es extremeña. Dicen que puede que García tenga que ver con la raíz Artz- que es como decir “oso” en lengua protovasca, prerromana e ibérica de bellota, que es algo como muy étnico y que queda como que muy original. Porque reconocerán conmigo que es mucho más interesante la historia de López (que debe venir de Lupus “lobo” en latín) una vez que se conoce el origen animal y totémico de dicho apellido. Y es que, para firmar novelas, Antonio López Antón queda muy del montón, mientras que Lobo Antunes en la portada del libro da ganas de leerlo.

En cuanto al Ahe (con hache aspirada y medio nasalizada), viene a ser la representación ortográfica de cómo pronuncia el nombre Ángel la gran mayoría de mis paisanos, y de cómo lo dice uno en las pocas ocasiones en que se ve obligado a pronunciar el propio nombre. Y como ahora que no está el PP, los nacionalismos han dejado de ser el coco (el andaluz, de hecho, ha dejado de ser y punto), pues eso: Ahe. Lo del Malik es ganas de fastidiar al clero, y montármelo en plan revisonismo histórico. Y, si suena a tontería, respondo que Carmona está en la provincia de Sevilla, y que la ce (mayúscula) se la pusieron los romanos, o que vaca se escribe con uve, menos la del coche, pero de ésas ya casi no hay, porque si llevas mucho equipaje te compras un monovolumen.

Firmao:
Ahe Malik Quntsali G’artzai
22/04/2004 18:34 #. Tema: Crónicas de San Simón Hay 4 comentarios.

Agua Corriente

000726_01saree.jpgMientras en parte de occidente, las multinacionales de bebidas azucaradas gaseosas embotellan glamour de grifo (el Vichy de hoy en día no se toma en balnearios, sino en botellas biberón, después de la clase de aerobic), mientras cada vez queda menos para que hagamos la paella con bebidas isotónicas, la mayor parte de los bengalíes aún considera un grifo como un lujo fuera de su alcance.

El agua de los ríos, que viene cargada de enfermedades de las que hicieron de la Extremadura de los años veinte una herida abierta en España, no sirve para beber, y se lleva cada año demasiadas vidas. Cuando se intentó abrir pozos, se descubrió que la tierra vomitaba agua envenenada con arsénico, y se descubrió de la forma más terrible.

Un estudio ha demostrado que la solución al veneno la llevan puesta alrededor de su cintura una gran mayoría de las mujeres de Bangla Desh: el sari, la tradicional prenda de algodón con que millones de indias, paquistaníes y bengalíes cubren su cuerpo, ha demostrado ser una alternativa eficaz y barata a sistemas de filtrado que quedan fuera del alcance de una grandísima mayoría.

La apretada trama de fibra, de la misma fibra que alimentó los telares de la metrópolis, de la fibra que ató el destino de la Península Indostaní al del Imperio que manufacturó su algodón y su historia, ahora puede salvar vidas. Gandhi, que tanto se preocupó por el algodón, hasta casi llegar a explicar la realidad de aquellas partes del mundo como quien desenrolla un ovillo de hebras blancas, estaría contento de saber que, con sólo desfajarse las mujeres de Bangla Desh de sus coloridos trajes, podrán evitar que sus hijos sigan sucumbiendo al cólera.

Quizá sea ir demasiado lejos, pero uno no puede evitar el simbolismo encerrado en la noticia. Ignoro si unos pantalones de algodón, lino, marca o diseño, serían tan eficaces a la hora de filtrar las miasmas mortíferas del agua de los ríos del Tercer Mundo. Y también ignoro si estaríamos (los hombres que llevamos esos pantalones) dispuestos a bajárnoslos, y quedarnos con el culo al aire, para sacarle el veneno al agua de nuestra gente o la de al lado. Ver tanto algodón convertido en bandera o en uniforme de campaña me hace dudarlo. Por eso me alegro de que haya sido el sari, el doméstico atuendo de tantos millones de mujeres, el elegido. Ellas no dudarán en desnudarse, si es preciso, para dar la vida, ni en frotar más de lo acostumbrado, para limpiar de bacterias asesinas las telas de su salvación.

Quizá deberíamos seguir ejemplo en todas partes, y luchar para que más y más mujeres nos dirijan, en este trabajo interminable de filtrar las porquerías que hemos ido dejando por todas partes; y reclamar que sea el prieto entramado de una tela femenina el tejido que nos ayude a eliminar los venenos y a vestir este mundo de una decencia que sigue haciendo demasiada falta.

Ángel González García
20/04/2004 18:13 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.

De Ysabel y Fernando

RRCC.jpgEl espíritu impera, sobre cualquier otro, en algunas algaradas editoriales de la derecha española de estos días traumáticos.

El domingo 28 de marzo, el Director de la Real Academia de la Historia firmaba una editorial para ABC,a la que un servidor quisiera hacer de monje glosista, aunque quizá de monje mozárabe, de ésos que, de tanto juntarse con la morisma,acabaron medio contagiados de "sus errores".

Afirma don Gonzalo Anes que "hay versículos del Corán que incitan a vengarse del insumiso y a exterminar al incrédulo, y en los que Alá es presentado como señor de la venganza". Habría que glosar estas palabras con otras que recuerden que hay todo tipo de versículos en el Viejo y el Nuevo testamentos, entre ellos los que compelen al buen creyente a poner la alabaceteña al cuello del primogénito, para mostrar así qué tan fanático debe llegar a ser el buen siervo de Dios. Otros versículos de más rancio abolengo cristiano incitan a los correligionarios del señorito visigodo Pelayo a poner la otra mejilla en caso de agresión, actitud que en pocas ocasiones ha sido puesta en práctica por la Cristiandad, pero que no parece habernos invalidado para el título de seguidores de Jesús.

Y es que "del dicho al hecho hay un gran trecho", y ésta es máxima aplicable por igual a moros y a cristianos. Ni el señor don Gonzalo Anes comerá cordero con hierbas amargas dentro de unas semanas (Jesús sí lo hizo, y no dijo nada de cambiar el hebraico menú) ni es probable que decidiese saltar el foso de los leones del zoo de la Casa de Campo, para mostrar con ello la fortaleza de su fe. Son pocos, también, los judíos que hoy por hoy pretenden lapidar a una adúltera, o que se dediquen a quemar grasa de buey para apaciguar al señor de las tormentas,mientras esperan a que sus señoras se purifiquen ritualmente de sus preñeces obligatoriamente incestuosas.

De igual modo, para la gran mayoría de los creyentes en el Islam (una cifra que de ninguna manera se corresponde con la de los habitantes del mundo islámico)los versículos que hablan de la guerra santa no son sino azoras, hechas de palabras.

Según el artículo del señor Anes, lo que ha convertido a las sociedades cristianas occidentales en "superiores" (a su modo de ver) a las islámicas, ha sido una supuesta y efectiva separación entre religión y estado. Incluso aceptando esta reducción de la realidad (los últimos 8 años de gobierno en España no han sido ejemplo de separación entre ambas esferas), hay que recordar que al laicismo occidental se llegó mediante la revolución social, propiciada por el desarrollo industrial y por la aparición de programas políticos alternativos al del Antiguo Régimen.

En muchos países islámicos, sin embargo, el Nuevo Régimen europeo implantó colonias, que sólo en la segunda mitad del siglo XX consiguieron su independencia. En el caso de Marruecos, tras un período colonial (don Gonzalo parece olvidar esta fase reciente de nuestra Historia compartida, favoreciendo en cambio navas de gloria tolosana y salados heroicos), el régimen autocrático de una monarquía absoluta sigue manteniendo al país fuera del alcance de los logros del laicismo occidental: en el analfabetismo y la miseria. De estos descontentos se nutren los que se toman el versículo fatal como palabra divina.

Cuando el cristianismo europeo/occidental y pretendidamente laico se ha creído amenazado, también los católicos se han tomado al pie de la letra la parte de la Biblia que más a pelo viniera para golpear en nombre de Dios. España sabe de
cruzadas, de algunas que acabaron cuando el que esto escribe jugaba a las canicas, y que aún colean. Y también dentro de la ortodoxia católica se ha reclutado a jóvenes desesperados criados en el odio y la pobreza, para que, Evangelio en mano, inmolaran por Cristo Rey a los clientes de un pub.

Debo confesar que, en el fondo, coincido con el Director de la Real Academia de la Historia en que resulta una tremenda estupidez intentar arreglar el mundo de hoy con un libro de instrucciones ideado para el de hace demasiados siglos. La diferencia estriba en que el señor Anes se niega a ver la viga en el propio, entretenido como está contando las pajas versiculares que ciegan al cíclope. Un monstruo cuyo único ojo, parece desprenderse del análisis, sólo lee azoras y versículos.

Antes que buscar mensajes terroristas entre las líneas del código ajeno,convendría aceptar de una vez por todas que el islamismo, como cualquier otro integrismo religioso o político, se nutre de las frustraciones de las sociedades en que hace presa. En el caso del moderno Marruecos, y como bien apunta Alí Lmrabet, el islamismo constituye la única alternativa a un mundo feudal, y la única ideología que, hoy por hoy, ofrece un programa político a los ciudadanos del país vecino (que ni eso son, sino súbditos).

Si en la España moderna hemos superado (más recientemente de lo que a veces queremos creer) artículos como el de "no separar lo que Dios ha unido", y hoy nos divorciamos sin que nos echen del pueblo ni nos quemen en la plaza, también
un pueblo marroquí con oportunidades y futuro, con un mínimo de bienestar, podría ejercitar su derecho a tomar al pie de la letra lo que su buen juicio (no su miedo) le dictara, desechando versículos y favoreciendo otros, de los buenos, de los que también abundan en la Torá y el Evangelio.

Ángel González García
03/04/2004 11:19 #. Tema: Crónicas de San Simón No hay comentarios. Comentar.


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