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Cuadernos de Lavapiés

Desayuno en Lavapiés

Angustiado por la incertidumbre, agobiado por el oneroso peso del temor al porvenir, precario e imprevisible, salí a callejear por el barrio. Bueno, en realidad fui a la panadería, donde empecé a pensar que algo importantísimo había ocurrido. Debí haberlo sospechado cuando vi que Milagros, que está siempre a régimen, anunció a bombo y platillo que hoy, además de la pistola cotidiana, se llevaba media docena de bizcochuelos borrachos, "pa celebrar el feliz acontecimiento, y que me quiten lo bailao".

Luego, al pasar frente al locutorio de Ahmed, noté con extrañeza una congregación de parroquianos que, en lugar de poner conferencias con Casablanca o Alcazarquivir, batían palmas en corro, dentro del cual dos jóvenes de manos alheñadas soltaban estridentes lelilíes. Al soniquete de la zambra festiva, me acerqué. Cantaban y tocaban panderos y sonajas, pero como servidor no habla árabe, y además cantaban en bereber, que no se le parece nada, no alcancé a saber de qué iba la cosa. "Queda poco para San Isidro", me dije "y quizá los musulmanes del barrio, de tanto roce, se han puesto a cantarle al santo labrador, para que llueva un poco, que con la sequía de este año habrá pocos jornales a repartir en el campo, y pocos ingresos que girar al Rif, donde los esperan como el agua de mayo que nosotros también."

En esto, el sobrino de Ahmed, que estudia periodismo en la Complutense, pasó montado en un ciclomotor, de pie sobre los estribos y enarbolando una espingarda de fogueo, al grito de "Sidi Filipe, Sidi Filipe, Aljándulila...", lo cual terminó de confundirme, porque Alex es de Lavapiés y no tiene acento.

Le di un pellizco a mi barra de pan y seguí calle abajo, al son de más músicas. En el restaurante de la esquina, los dueños paquistaníes se habían vestido de lanceros imperiales, con bigotones y turbante incluidos, y regalaban puritos Dux al paisanaje. Los chinos de la tienda habían construido un dragón multicolor con envoltorios de Chupa Chups, y lanzaban petardos que, en vez de explotar, sonaban como los primeros compases de una marcha muy conocida, sólo que no pude identificarla, así en frío.

Por la calle del Ave María, en dirección a la plaza, bajó entonces una muchedumbre portando flautas, quenas y tambores, que hacían sonar con algarabía y regocijo. Una señora de pelo negro y lacio, cubierta con un tocado también negro, del mismo paño que su larga pollera, bajaba brincando de felicidad, como quien acaba de conocer su destino, y ha sabido que será bueno con ella. Como tampoco hablo quechua, no entendí las frases en aymara que parecían gritar algo muy, pero que muy alegre.

En realidad, no fue hasta llegar a la puerta del Champion, en la misma plaza de Lavapiés, que me enteré de la verdadera transcendencia del acontecimiento. Allí, un combo de como 250 personas, a lo que parece venezolanos y dominicanos en su mayoría, bailaban al son de varios tambores, que interpretaba (y ahí ya me quedé estupefacto) no un grupo salsero o merenguero, sino el mismísimo regimiento de zapadores de Almansa, con acompañamiento de pífanos y pelucones blancos bajo el tricornio de raso chillón.

La barra de pan daba sus últimos suspiros cuando subí por fin a casa. Encendí el televisor. En la pantalla, en vez de una tertulia marujil o una entrega caducada de dibujos animados japoneses, apareció el Excelentísimo Señor Alcalde de la Villa y Corte, vestido de Corregidor, con la Cruz de Santiago al pecho, anunciando cañas y toros durante 15 días, en la Plaza Mayor, claro está. Mojé el currusco de pan superviviente en el café, alegre y feliz. Últimamente, las cosas no habían ido muy bien, y la preocupación me estaba volviendo un ser taciturno y amargado. Ahora, con un poco de suerte, las cosas se arreglarán, y el sentimiento de orfandad y desvalimiento pasará al olvido. "Por fin tenemos heredero", me repetí en voz alta, casi incapaz de creerme tanta dicha junta.

Emocionado, fui a la cocina. Vertí el resto de la cafetera en la taza y le añadí medio kilo de azúcar. Como todas las cucharillas estaban sucias, eché el café en un biberón, mojé la tetina en el jarabe formado, y me lo amorré, feliz y contento.

Matrimoniadas

El Teatro de La Latina de Madrid presenta en cartelera "Matrimoniadas", producido por José Luis Moreno, e interpretado por casi los mismos actores que lo hicieran en la televisión nacional, los sábados por la noche, durante la oscura noche del octenio aznárico. (Ésta la dedico a los que me escriben llamándome rojo y otras lindezas).

Hasta ahí, no repruebo, que, en cuestión de gustos, sigue sin publicarse nada reseñable. Por otro lado, sacar del sofá a tanto fondón sabaderil y sentarlo en una butaca de teatro, aunque sea a ver "Matrimoniadas" es, de por sí, digno de elogiar. Lo que ya me levanta costras es enterarme de que la empresa está subvencionada, apoyada, u otrosí bendecida y nihilobstatada por el diario La Razón.

La de la sinrazón que a la mía se hace es tremenda, porque no me persuado, como diría don Quijote, de que un periódico tan de catequesis como éste se rebaje a prestar apoyo a una obra así.

Me explico: La Razón ha estado repitiendo últimamente el soniquete del PP, según el cual su problema no es que prediquen la homofobia, sino que les duele el uso del voquible "matrimonio", como diría Sancho. "Que tengan los mismos derechos", reguelda Rajoy cuando se le atosiga, "pero que no se le llame matrimonio, por razón de respeto a la institución". La razón dice que todo cambia, que las instituciones se desarrollan y a veces hasta mueren y desaparecen, como las cucarachas del anuncio, y que lo que otrora fue matrimonio hoy sería ilegal en muchos sitios: ningún arzobispo se atrevería a casar hoy a una niña de tres años con un bebé de seis meses, por muy herederos al trono de Francia que fueran o fuesen los pañales del novio.

La Razón, en cambio, lleva semanas denunciando que, al dejar que se casen los homosexuales, se está poco menos que blasfemando contra el sagrado sacramento, el único que ha dado carta blanca durante milenios para cometer violencias físicas y sexuales contra uno de los contrayentes, por parte del otro. Bueno estaría que los padres, por el mero hecho de pagar el convite del bautizo,adquirieran el derecho de apalizar al neonato, por muy hijo suyo que éste fuera. No obstante, el propio diario La Razón no tiene el menor inconveniente en financiar un espectáculo ("Matrimoniados") en el que la única gracia (dudosa) reside en una continua batería de chistes malos y procaces, viejos chistes de taberna, que no hacen sino ridiculizar esa misma y sagrada institución que se defiende desde la tribuna igualmente tabernaria de las derechas de toda la vida.

En resumen: cuando lo produce José Luis Moreno y lo subvenciona La Razón, el matrimonio es una procaz conjunción de señoras gordas y asexuales, calvos mandones, rubias de bote prestas a poner los cuernos al más pintado, y pintados que no paran de quejarse en el escenario de lo mala que es la vida del casado. Sin embargo, cuando se trata de igualar a los ciudadanos y de dar a cada uno lo que le corresponde, el matrimonio abandona toda frivolidad de chascarrillo, para convertirse en terreno sagrado, en institución demasiado importante y esencial como para dejar que cuatro rojos, ateos, enfermos o degenerados lo mancillen con su amor contra natura. Como si meter el cadáver de un Papa en plomo y madera, para luego sepultarlo entre mármol y hormigón, siguiera los dictados de la Naturaleza o de la lógica.

Ancares

En una remota región del noroeste de la Península, la desidia de algunas instituciones está propiciando un muy conveniente experimento etnológico, histórico, filológico y sociológico que la propia desidia de los dichos institutos acabará por desbaratar.
Al un lado de esta sierra agreste, la decimononia ñoña tiró una línea divisoria y asignó a diferentes diputaciones la región, de modo que la mitad de los nativos quedaron hechos gallegos, mientras que la otra fue declarada oficialmente leonesa. Tanto da que a ambos lados se hable un gallego muy suyo, casi más suyo que el berciano, casi tan de sí mismo como el leonés que se habla en Portugal, al otro lado de otra raya estúpida. Quiso la Historia que León dejase de existir como tal, de modo los del lado de acá de Ancares pasaron, sin haberlo sido nunca, de leoneses a castellano-leoneses (y que viva el abuso del guión).
Luego, claro está, la Historia hizo un cursillo de autonomías e identidades en el INEM, del que salió la primera de la promoción. Encontró trabajo la ciencia de Tucídides en edificios públicos y organismos autonómicos, y llamó a su amiga la Filología para que se ganara unas perrillas, que falta le hacían a la pobre. En esto, los de Ancares se habían olvidado de encender el piloto automático del paso de los siglos, y se pasaban los inviernos más o menos como Astérix el galo, pero con un gaitero en vez del bardo desafinado, sin carreteras que los umbilicaran a los centros de administración política ni perrito que les ladrara si se les olvidaba pagar los impuestos. Y como Obélix con sus menhires, los de Ancares seguían en sus pallozas de paja de centeno y piedra, viviendo como el que no quiere la cosa en un parque temático auténtico de verdad, habitando hasta hace poco las mismas constucciones milenarias de sus antepasados montaraces.

Pero hete que, qué locos están estos romanos, a la Xunta Iribarne se le enteró algún chivato de que con dos carreteras y unos postes eléctricos, aquella reserva de cultura ancestral se les podría convertir en un chollo turístico, cuando no reportarles material de sobra para documentales auto-étnicos, que son los que más premios cosechan. Y ni que decir tiene la de tesis doctorales que podrían ordeñarse de tamaña riqueza cultural...Así, los Ancares de la parte gallega cobraron subvenciones, arreglaron sus pallozas, construyeron hoteles rurales, y se acostumbran a la luz eléctrica, los caminos asfaltados y los servicios públicos que otros damos por sentados.

La Junta Castellano-leonesa, que ni ella misma parece aún saber qué es, como que no ha querido identificarse con el asunto. Una cosa es subvencionar la reconversión de un antiguo monasterio burgalense en Posada de Peregrinos, y otra muy diferente darles dinero a unos montañeses que suenan a lucense para que no se les caiga el chiringuito céltico. Otro asunto será el que tan celtas como los de ancares fueron muchos de los pueblos que hoy ocupan las llanadas de pan llevar de Castilla. La identidad que vende en Galicia, con sus falditas pseudoescocesas y sus gaiteros de diseño étnico, no es la misma que da de comer en Castilla-León, de modo que a las pallozas de la parte leonesa se les cae la techumbre, a sus dueños se les come el ganado el lobo, las carreteras no aparecen por ningún lado, y todo esto acaba pareciendo una novela de Llamazares, en la que una vertiente del monte sobrevivirá adaptándose al futuro, mientras que la otra terminará por abandonarse, sus pueblos desaparecerán y las pallozas acabarán en el olvido.

Y todo, por una línea administrativa que nunca tuvo sentido, y una revancha nacionalista mal entendida, que se pasa por el forro de las identidades la realidad multiforme de los seres humanos. ¿Moraleja?: la diversidad cultural bien entendida empieza por uno mismo.

"Arapas con queso"

No sé si alguien me leerá desde Venezuela, pero ante todo quiero decir que el título no es mío, sino cita literal de un programa de televisión emitido el otro día en un canal español, nacional y público. De hecho, en el canal que pasa por ser el de más alto nivel intelectual.

Se trataba de un documental de viajes, de factura inglesa, en el que un joven londinense con acento cockney viajaba por Venezuela contando sus aventuras. Como éstas dan hambre, el inglés se mete en un establecimiento, para almorzarse unas arepas, a las que llama erróneamente "arapas". Hasta ahí, nada que objetar, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. El viajero/aventurero no sabe pronunciar arepa, ni falta que le hace, y el vendedor bien que le entiende, en todo caso. Lo que no es de recibo, ni se puede permitir, es que al doblarlo, a ninguno de los responsables del asunto se le pasara por la cabeza corregir el error. En "arapa" se quedó, y en "araparías" los establecimientos donde se sirven. Y no una vez lo dijo, sino muchas. Cosas de este país, que todavía necesita que vengan de fuera a contarnos, de mala manera y con errores de bulto, lo que deberíamos saber, porque nos toca y es nuestro.

Para no amargarme, pongo el partido de fútbol. La cancha verde aparece delimitada por vallas publicitarias. Una campaña en toda regla de un fabricante japonés de coches me saca de dudas: "Today Tomorrow Toyota". El partido se celebra en A Coruña, donde se hablan castellano y gallego, pero no inglés, gracias. Pudo haberse dado (al fin y al cabo los ingleses siempre mostraron una querencia por esta ciudad, si bien mostraban su amor a cañonazos), pero hoy por hoy sigue siendo Gibraltar el que ostenta la exclusiva de tener el idioma de Shakespeare como lengua oficial.

Quizá, en el fondo, Toyota haya dado en el clavo. Igual, en un futuro posible, vascos, catalanes, gallegos y demás ralea nos comunicaremos en inglés, que también es la lengua de un imperio, pero de uno que nos da buenos consejos, publicitarios ellos,eso sí; pero muy lingüísticamente correctos y claritos.

Préstame tu vida

El domingo fui a comer con mi amigo Mangor. Mangor es senegalés, de Dakar, y también lo son sus amigos y compañeros de piso. Mientras comíamos, comenzamos a hablar del programa que emitió la televisión pública el pasado viernes 11 de febrero, por la noche: "Préstame tu vida". En la última emisión de este nuevo "reality show", un inmigrante de Gambia intercambiaba su vida con un joven español de más o menos la misma edad.

Con semejantes premisas, podrían haberse hecho muchas cosas, unas malas y otras buenas, pero lo que "Préstame tu vida" hizo fue simplemente alimentar de la manera más burda los estereotipos más bastos que puedan reinar entre europeos y africanos.

Me contó Mangor que vio el programa en casa con sus compañeros, y que con sólo empezar se dieron cuenta de que no iban a ver nada nuevo. En efecto, el inmigrante de Gambia aparecía comiendo con la familia del español, expresando sin ambages su intención de tomar tres esposas más de la que ya tenía, mientras que el joven ibérico se mostraba asqueado tras volver de la carnicería halal, muy ibérico ultramontano en su crítica de las costumbres islámicas, y muy despreciador de todo lo que venga de según qué partes.

Ýo conozco bastante a Mangor, y sé que también es musulmán, y no conozco a ningún hombre de mente más abierta, comportamiento más respetuoso, o principios más liberales. Por eso pensé que cuando eligieron al de Gambia en el casting, lo hicieron porque buscaban alguien que pudiera alimentar el estereotipo. Lo que no sabía, hasta que me lo dijo Mangor, era que Gambia es conocida entre los países de su entorno como un país excepcionalmente liberal, donde hasta fumar marihuana está extendido y socialmente aceptado.

Le creí, porque Mangor sabe muchas cosas, porque no miente, y porque, por mi parte, sé que la mayoría de los españoles tampoco habría pasado el casting, por no ajustarse lo suficiente al estereotipo que se buscaba.

Muertos ignorados y bufones aragoneses

En una capital aragonesa, un hombre se queda sin trabajo. A partir de entonces, dicen los vecinos, se vuelve huraño e insociable. Pasan diez años, y una casualidad por fin descubre que el hombre que perdió el trabajo y la alegría de vivir lleva cinco años muerto en su piso, ajeno al resto del mundo, que siguió haciendo lo suyo sin echarle de menos.

En otra parte de Aragón, un emigrante colombiano acepta vestirse de bufón medieval, cubierto con los colores de la antigua bandera del reino, y subir por una empinada cuesta, mientras los vecinos le acribillan a manzanazos. Se trata de una tradición tan vieja como la memoria, que ningún mozo del pueblo está dispuesto a mantener, a costa de los golpes afrutados de la chusma carnavalera. El inmigrante colombiano, al parecer feliz, sube la cuesta, protegiéndose de los hematomas de sidra con la tapa de una olla. "Éste es ya mi pueblo", dice cuando le pregunta el reportero. "Además, los 350 euros que pagan por esto dan mucho de sí allá en Colombia", apostilla.

Lenguaje universal

El estudiante lleva en Madrid un año y medio, estudiando business, sin haber aprendido ni una sola palabra de español. Ahora ha decidido matricularse en un curso, pero se muestra no incapaz de aprender, sino de tomárselo con un mínimo de seriedad y dedicación.

Me pregunto y le pregunto cómo se las ha arreglado hasta ahora para relacionarse, y me responde que todas sus amistades, sean de donde sean, hablan inglés. Intento averiguar cómo hace para moverse por la ciudad con un nivel cero de comprensión, y menos quince de interés por averiguar qué pone en ese cartel del metro, y me responde que va a los sitios en taxi. Le pregunto dónde vive desde hace un año, aunque lo pone en su ficha, y no sabe contestar, incapaz de pronunciar el nombre de un aristócrata decimonónico al que acabaron por dar calle en la capital del reino. ¿Cómo indicas al taxista a dónde quieres ir? pregunto, y me cuenta que le enseña un papelito.

Intento, por fin, entrarle por el bolsillo, y le digo que tiene que prestar atención, y aprender al menos los números, entre otras cosas para evitar que le estafen por ahí, y que le cobren cincuenta por lo que debió ser quince. Me mira, pondera mis palabras, y me responde con un sonrisa genuina y confiada que no le preocupa lo más mínimo. "Mucho confías en la honestidad del español", le digo, desafiante en mi suficiencia. "No me importa", me contesta, sonriendo de nuevo con cara de inocencia y candidez; "yo les doy la Visa, ellos me traen el recibo, firmo entre las líneas y ya está", me dice, sabio y ajeno, mucho más alto que yo, mucho más etéreo, y a la vez, como los elfos de Tolkien, mucho más real de lo que podré serlo yo nunca.

Ibarretxe que etxe

Dice el Lehendakari Ibarretxe ante el Congreso de los Diputados que, hoy en día, no se llevan ya las asociaciones impuestas, sino las que parten de la anuencia del asociado. Y dice, muy molón él, que ni a los hijos siquiera se retiene hoy en casa contra su voluntad.

Lo que pasa es que el señor Lehendakari es nacionalista, y el nacionalismo, como otras ideologías decimonónicas, tiene en grande estima la genealogía, y es amiga de árboles familiares (sean o no éstos de Gernika). No hay, por tanto, que extrañarse, de que Ibarretxe se sirva de una imagen tan "familiar" para hablar de las asociaciones voluntarias, o de las identidades ad hoc, que vienen a ser lo mismo. El problema es que el autor del Plan de libre asociación de Euzkadi está confundiendo, probablemente a propósito, al electorado, poniendo el carro delante de la mula o embarallando las cartas de las familias étnicas con que jugábamos de pequeños a la brisca. Porque, querer hacer ver a estas alturas que España es "la madre" de la que una hija hecha mayocita quiere independizarse, es rizar el rizo un poquitín demasiado, y ya no están los tiempos para que venga un Arana a hacer un collage pseudo-histórico que medio cuele.

Razón tendrá, supongo, Ibarretxe, cuando dice que dos no se juntan si uno no quiere (harina de otro costal será demostrar que su Plan es, de verdad, la voz y la opinión de dicho "uno"). Labor, por otra parte, difícil, sobre todo porque los "unos" suelen estar compuestos de varios millones de individuos. Pero en lo que no tiene razón es en querer presentar la "historia de la asociación de Euzkadi a España" como una relación materno-filial (o paterno-filial, que no importa el sexo del progenitor, y menos en estos días) en la que Europa hace de abuela, España de madre y Euzkadi de ¿hija independizada, hermana que vive sola?.

Claro que, ya que insiste, que lo haga bien, y se prepare el temario para cuando le pregunten qué papel tendrían Canarias, Extremadura, Murcia, La Mancha o Melilla en esta familia. Sobre todo teniendo en cuenta que todas fuimos "adoptadas", a menudo por vascos, y quizá ahora habría que dilucidar a quién le corresponde nuestra tutela en caso de divorcio, emancipación, desasociación, o lo que quiera que sea que nos traigan mamá y una de las hermanas mayores. La otra, como está saliendo con Maragall, sólo se mete para pedirle a la mama más dinero. La mama, como está tan sola, se lo da. Pero esa historia la cuento otro día.

Los últimos mohicanos

Acabo de ver en televisión "El último mohicano" en su más reciente versión y, aunque no sé si esta superpoducción fue rodada en Nueva Zelanda o Patagonia, tal es la magia del cine, que me podido creer que los majestuosos paisajes de fondo eran en realidad las Adirondacks, las montañas del norte de Nueva York, donde viví algún tiempo.

Mi casa estaba frente al río Mohawk, en el valle del mismo nombre. A la espalda subían los taludes del valle, cubiertos de una selva impenetrable durante unos pocos meses al año, de nieve y troncos pelados lo restante. En la otra orilla, una macroautopista que sigue la ruta del norte, la misma por la que los franceses entraron y los ingleses subieron, los iroqueses entraron y los algonquinos salieron. Ahora la cruzan incesantemente camiones enormes con matrícula de Quebec, en un contínuo movimiento de vehículos que es la verdadera vida de aquel país, una sociedad entera construída al lado del camino, para servirle y darle comida rápida, cama y refresco de soda cargado de hielo. A veces, desde mi ventana podía ver el valle en toda su majestuosidad, e imaginar el espíritu de un romántico como Fenimore Cooper, alimentado desde pequeño con historias sucedidas por aquellos contornos, hace muchos años, muchos antes de que incluso el joven novelista viviera allí, conociendo a quienes habían conocido a los indios. Por eso su mohicano, su indio, tenía que ser el último, porque había nacido de las historias de los viejos colonos,cuando ya había desaparecido la huella de los primeros habitantes de esa tierra tan dura.

Esos mismos colonos que contaron historias al joven Cooper son también los que vieron a Rip Van Winkle salir un día al bosque y nuca más volver. Nunca, claro está, hasta demasiados años después, tras despertarse de una siesta de pesadilla. Por eso por allí cerca, encajonado entre farallones, queda el paso de Rip Van Winkle, entre dos peajes y no muy lejos de un área de descanso, exactamente igual a todas las áreas de descanso de la Interstate 90.

Pero después de irse los franceses, los indios y hasta los ingleses, se fue con ellos la frontera, y el valle del Mohawk pasó el siglo XIX creciendo pacíficamente. Hasta que llegó Edison, inventó la electricidad a sus orillas, y se dio inicio a un período de riqueza y opulencia. Cuando yo vivía allí aún se podían ver las huellas de esas épocas, en la multitud de edificios que fueron fábricas, batanes, estaciones de ferrocarril, almacenes fluviales, y que de alguna manera parecían mucho más antiguas que las invisibles, erradicadas, de los últimos indios. Frente a mi casa, una enorme fábrica vacía, con sus propios muelles, vacíos de vagones de un tren que ya casi nunca pasa por allí. Desde finales del XIX hasta los años cuarenta del XX, del río Mohawk salieron la mayor parte de los guantes vendidos en el mundo. También suministraron sus factorías alfombras a miles de hogares pequeño burgueses, y paraguas y tiendas de campaña para las guerras y uniformes para la marina y delantales de hule, hasta que un día aquello se fue al garete, y la gente se fue en busca de otra vida. Los que quedan malviven entre un índice de desempleo que se puede ver desde el coche, conduciendo por sus pueblos y ciudades desmayados, y los pocos empleos que dan las prisiones privadas.

Tras ver la película, me he dado cuenta de que nunca conseguí idealizar ni en parte aquella tierra, mientras viví en ella. Ahora, al recordar las aventuras del holandés que se quedó dormido y se le fue la vida, o la del último representante de un pueblo que se desvanece de la Historia, o las reseñas de las batallas épicas entre holandeses, indios, ingleses y franceses, me pregunto por qué no le dí esa oportunidad a aquel lugar, pensando que todos los escenarios pueden ser buenos para representar algo memorable, que todas las piedras tienen un jugo que merece la pena exprimir. Luego, me conecto a Internet para escribir algo, y la curiosidad me pica un poquito. Recuerdo que en My Yahoo aún tengo vínculos a las noticias locales de Schenectady, en Upstate New York, incluyendo el parte meteorológico local. Hoy, finales de enero, se ha registrado una máxima de 14 grados bajo cero, centígrados que para eso tengo un convertidor automático. A las doce del mediodía, y teniendo en cuenta el factor viento, la sensación de frío para el cuerpo es -25°C. En esas condiciones, y mirando la silueta amarilla de un Macdonald's al otro lado del río, es difícil idealizar nada.

Senatus Populusque Texani

G. W. Bush ha hecho albóndigas verbales en su discurso de posesión, con la carne picada de demasiadas víctimas. La ha aderezado con una salsa en la que la palabra "libertad" hasta se hizo empalagosa, y ha bailado al son de la autosatisfacción frente a los principales contribuyentes a su campaña.

Su toma de posesión ha sido la escenificación calderoniana de lo que un francófilo llamaría la "estrategia del fait accompli", y que en vernáculo sería bien traducida por "la política del por cojones". Su verdadera toma de posesión tuvo lugar en Florida hace cuatro años, de manera ilegal. Pero, una vez dentro, el okupa neo-conservador se ha hecho fuerte, asegurándose la reelección. Para ello, hacía falta invadir un país, y lo hizo, mintiendo pero sabiendo que a lo hecho, pecho, y que no hay mejor disculpa que la no emitida o la que llega cuando ya no hay remedio.

El heredero a la presidencia de los EEUU ha prometido llevar la libertad a todos los rincones del orbe, y lo ha hecho desde un escenario con el documento de la constitución de los EEUU de fondo. También los cónsules romanos se las prometían exitosas a la hora de recetar civilización a las asilvestradas tribus europeas de la época, y de semejante modo se pronunciaban las capitulaciones que daban carta casi blanca a los conquistadores españoles en las Indias. Llévese la cruz de Santiago, el SPQR o las barras y las estrellas, cambian en realidad sólo los símbolos y las excusas. Las de imponer latines civilizadores, bautismos de salvación o democracias importadas "por cojones" ha servido, mayormente, para esquilmar oros, dorados o negros, y para poco más.

El re-ungido tejano ha machacado la palabra libertad hasta dejarla sin pulpa, pero ha tenido el detalle de prometer reformas en la política social de su país. Ante su promesa de privatizar la seguridad social, me he acordado de los autobuses de pensionistas neoyorquinos que pasaban por delante de mi casa, camino de Canadá, en busca de medicamentos baratos. Algunos de ellos eran veteranos de guerra que tenían que pasar horas en la carretera para conseguir medicinas en un país donde no tuvieron un Vietnam ni han empezado el siglo exportando libertad, pero donde existen y funcionan la sanidad pública. Hasta para los vecinos yanquis que derramaron su sangre por su país o se desangraron a impuestos.

Lo peor de aquellos viajes, me contaron, no eran las horas de espera, ni las paradas obligadas por próstatas renqueantes, sino el acoso al que les sometían los propios guardas aduaneros estadounidenses, cuando regresaban de la excursión farmacéutica. Les llamaban anti-patriotas, y les hacían vaciar las maletas, y hasta les humillaban por irse a comprar genéricos en el país vecino, en vez de pagar precios que no podían permitirse con sus pensiones de Cenicienta.

Algunos de estos pensionistas soñaban con el día en que Fidel Castro se bajara del burro, no para irse de jineteras y dinios, que a su edad ya no, sino para poder encontrar un médico decente a precios humanos, no más cruzando unas millas de mar color turquesa. Aunque, claro, para alcanzar tal meta, antes sería necesario imponer allí también, de una vez por todas, esa "libertad" que Bush babeó anoche "urbi et orbi".

Ángel González

Astronomía visceral

"Tras años de preparación, por fin la sonda ha entrado hoy en Titán", dijo el interno.
Había sido su primera colonoscopia, y el paciente tenía un culo gigantesco.

Lo mismo de siempre

Extremismos de ideologías nacidas hace casi un milenio y medio. Contraataques cruzados de fundamentalistas que rigen una estación espacial de acuerdo a unas reglas redactadas hace cuatro mil años, bajo un sol abrasador. Furibundos egoísmos tan de siempre como los del becerro de oro, que hacen carroña del semejante con la misma desfachatez de hace dos mil años. Nietos de monarcas geriátricos (que heredan el privilegio a través de la sangre, como en las épocas más oscuras de la Historia humana) disfrazados de sicarios que propugnaban la exterminación de una raza. Muertos y más muertos en un mar que ni es rojo, ni se abre para dejar pasar a quien huye de plagas que ríase usted de las bíblicas. Obispos ultramontanos que encargan frescos catedralicios con una mano, mientras la otra condena al hombre que quiere amar a otro, a la mujer que renuncia a unirse al macho (divino o humano)...

El milenio acaba de empezar, y ya apesta a la misma podredumbre viciada de todalavidadediós.

Mission Aborted

El mundo de la noticia tiene estas cosas, y mi "bautizo radiofónico" va a tener que esperar mejor ocasión. "We are no longer running that story, I'm sorry. Thank you for your time" me dijo el señor inglés. Otra vez será. O nunca.

¿Esta tarde en la BBC?

Acabo de hablar con un señor de la BBC Radio, que me va a entrevistar esta tarde, para que dé mi opinión sobre el Plan Ibarretxe. Lo juro. Ha sido de rocambol, pero igual salgo esta tarde después de las seis y media. Lo malo es que, como soy tan poco serio, se me ha olvidado preguntarle a señor de la BBC en qué programa salgo.

Más documentales (chisme "a la Elvira Lindo")

Acabo de ponerle una vela al retrato de Carmen Caffarel que tengo en el pasillo, en un altarcico que le he hecho muy mono y muy apañado. Y lo he hecho porque este fin de semana, de encierro, me lo he pasado viendo documentales en la 2, casi sin pausa.

Ni quito ni pongo rey, ni ayudo a mi señor, que no tengo, y además soy demasiado perezoso para ayudar a nadie, pero si la comisión de sabios ha determinado que nos pongan más documentales, y la Carmen sigue aplicando el tratamiento, hasta es posible que disminuya la inflación del nivel de garrulería que provocaron ocho años de derechas interesadas. Aunque sea un poquito.

Lo que sí quiero es proponer temas, que ya está bien de tanto león del Serenguetti manducando gacelas Thompson. Y propongo una serie documental sobre una especie en expansión en nuestro territorio: el catedraticón post conciliar. A pesar del pesimismo maniqueísta de más de cuatro, este habitante de los círculos universitarios ibéricos no murió de un golpe de aire fresco, como se pensaba allá por los años de la libertad en ciernes, y sigue vivo.

Un milagro en equilibrio

Acabo de empezarlo, y antes de que se me salga el (pseudo) crítico literario, quiero decir que Lucía Etxebarría tiene toda la razón del mundo: no hay literatura que tenga que ver con la preñez. Llevamos varios milenios dejando por escrito nuestras neuras, nuestros miedos y ansias, pero demasiado poco sobre algo tan universal y necesario como la Muerte: el Nacimiento y lo que le precede.

Preñez, dice la narradora, que no embarazo. Embarazo es más bien lo que se lee en la cara de la Madonna de Fra Angelico, que seguro que nunca vio un cordón umbilical en su vida. Y embarazosas son las idealizaciones cristianas de la obstetricia, por mucho que le gusten a uno los belenes.

Lucía no lo sabe, pero da la casualidad de que estaba a mitad de la enésima relectura de Fortunata y Jacinta, cuando me regalaron Un milagro en equilibrio. Y gracias, porque necesitaba un poco de eso, encharcado como estaba en la maravillosa novela de un maravilloso autor y ser humano que fue Galdós, de nombre Benito y de sexo obviamente varón, por muy adelantado a su tiempo que fuera. Es Fortunata y Jacinta, entre otras muchas cosas, una historia de dos mujeres; una que no puede concebir hijos y otra, su rival, que sí puede, como también puede conquistar el amor de un imbécil que las dos se disputan en desigualdad de condiciones. Fortunata parió y perdió el niño, y Galdós pasa por ahí en muy pocas páginas de esas finas de la editorial Aguilar, de fuente infinitesimal y párrafitos apretadísimos.

Lucía Etxebarría, en cambio, escribe sobre todo lo obviado, lo olvidado. Y no será de extrañar por ello que algunos críticos y catedraticones de este país acaben por considerar el último premio Planeta como una fruslería, de ésas que se les presta atención por el qué dirán y porque, en muchos despachos, departamentos y aulas de España, la literatura femenina todavía es una moda "que seguro que pasará, como todas". Como si el ser mujer y escribir fuera un género literario...

Asteroides

Es lo que tiene ver la tele, y estar conectado a Internet al mismo tiempo. La película se llama Asteroide, creo, y en ella Bruce Willis tiene que salvar al planeta de un enorme cuerpo celeste (del tamaño de Texas, que se pronuncia con jota, by the way). Le eligen para viajar al espacio, plantarse en el asteroide y perforar una mina en la que insertar varias cabezas nucleares, y lo hacen porque se trata del mejor profesional de las plataformas petrolíferas del mundo. Hasta ahí, bien. Pero cuando el héroe se entera del marrón que le ha caído encima, expresa con cara de circunstancia heroica: "Seiscientos mil millones de personas, y me tiene que tocar a mí".

No escribo para hablar de lo patético que se puso Hollywood a costa del milenarismo. Escribo como traductor de inglés que no pudo encontrar trabajo como tal en más de año y medio de tocar puertas, y digo que, según el traductor que proporcionó a la compañía, el inglés "six billion people" equivale a eso, a seiscientos mil millones, que son mucha, mucha, pero que mucha gente.

Quizá no sepan el traductor, ni el director de equipo de doblaje, ni el coordinador de programas, ni ningún otro cargo de ninguna de las empresas implicadas en la traducción, doblaje y distribución del film, que en inglés americano, un "billion" equivale exactamente a mil de nuestros millones, de modo que la cantidad se reduce a un 6000 millones, que sigue siendo una muchedumbre, pero que, de momento, cabemos en este planeta tan frágil.

A partir de ahora, y aprovechando que tengo Internet en casa (no conseguí trabajo de traductor, pero lo logré) empieza mi cruzada contra las barabaridades que algunos canales televisivos, productoras, etc. se dejan escapar demasiado a menudo. Si les aburre, sírvanse avisarme.

Canicas

En los últimos días han aparecido dos noticias relacionadas con las canicas. Y no, ninguna de ellas hablaba de la nueva afición de Bush por tan antiguo juego, sino de un suceso acaecido en Palestina, en el que varios muchachos murieron por culpa de un obús israelita, que les pilló jugando con sus canicas. La noticia ha dado la vuelta al mundo, incluso algunos han negado su autenticidad, alegando que se trataba de hombres, no niños, y que no jugaban a las bolas, sino que estaban preparando atentados.

Según las arqueólogas bolivianas Reina Cedillo Vargas y Carmen Lechuga García, el de las canicas es un juego casi tan antiguo como la propia necesidad de divertirse(leer artículo en Esmas). La palabra canica, según el diccionario, llegó al castellano del neerlandés, por la vía de un francés dialectal que dejó su huella en el catalán caniques. En origen, se trata de una palabra germánica, relacionada con el verbo knikken (=romper o aplastar), a su vez relacionada con el inglés to knock, primera parte del universal knock out o K.O., que es como quedaron los chavales palestinos, estuvieran o no jugando al gua.

En inglés moderno, a las canicas se les llama marbles, que también es mármol, porque a finales del siglo XVII empezaron a importarse unas de este material, importadas de Alemania. ver fuente Hoy, en inglés se dice que alguien "pierde sus canicas" (to lose one's marbles), cuando en español diríamos que chochea, algo que quizá tenga que ver con la calidad de símbolo de la infancia que llegó a adquirir este juego, cuando se decía de alguien que había llegado a la mocedad porque "había dejado de jugar a las canicas".

La otra noticia relacionada con estas bolas de cristal sin vocación de adivinas mostraba ayer a un bombero español en Sri Lanka, enseñando a un grupo de niños supervivientes del tsunami a jugar, tirando bolitas a un hoyo practicado en la arena de la devastación. Los chavales parecían encantados, mucho más de lo que pueden haberlo estado los miles de niños españoles ante sus nuevas playstations. Sin embargo, es muy posible que también para estos niños, como para los de Palestina, haya llegado la hora de dejar de jugar, demasiado pronto. No siempre hay un culpable de lo que no es justo. A veces, el juego termina trágicamente porque algunos han "perdido sus canicas" y la pagan con el más débil. Otras, sencillamente, la Tierra impone su ley y, como es una bola, acaba haciendo que todo parezca un juego imposible de ganar.

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Aventura del vizcaíno

Todo esto que (Don Quijote / Zapatero) decía escuchaba un (lehendakari / escudero) de los que el (coche / plan)(acompañaban / apoyaban), que era (nacionalista / vizcaíno), el cual, viendo que no quería dejar pasar el (coche / plan)adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al (Parlamento de Euskadi / Toboso), se fue para (Don Quijote / Zapatero) y, asiéndole de la (lanza / Constitución), le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, de esta manera:
--Anda, caballero que mal andes; por el Dios que criome, que, si no dejas (coche / plan Ibarretxe), así te matas como estás ahí vizcaíno.
Entendiole muy bien (Don Quijote / Zapatero), y con mucho (sosiego / buen rollito) le respondió:
--Si fueras (caballero / demócrata), como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y tu atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual respondió el (vizcaíno / lehendakari):
--¿Yo no caballero? Juro a (Dios / Sabino Arana) tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y (espada / Estatuto) sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa.

Kerbala, Bin Laden, y un catalán de hace dos siglos

Dicen que a Claudio Sánchez Albornoz le disgustaba muy mucho que se usara la Historia para explicar o ilustrar el presente. Claro que, por otra parte, ¿a qué se dedicaron él mismo y Américo Castro durante buena parte del siglo pasado, sino a eso?

Entiéndase que ir al estante con el gatillo presto, la idea fija y ganas de probarla a cualquier costa, echando mano del primer episodio histórico que se nos acomode al intento, es tarea aburrida y traidora. Pero habrá que reconocer que hay ocasiones legítimas, en las que la Historia se le abalanza a uno sin avisar, y en las que no queda más remedio que plantearse si la existencia de la especie es una eterna repetición de curso, llena de suspensos como era de esperar.

Digo esto, a modo de justificación si se quiere, porque acabo de leer lo siguiente, escrito en 1807 por Alí Bey en referencia a la invasión de Iraq por parte de Abdelaziz Ibn Saaud, caudillo wahabí y antecesor de los actuales reyes de Arabia Saudita:

Dueño ya de la parte interior de la Arabia, hallóse bien pronto Abdelaziz en estado de alargar su vista a los
países adyacentes. Comenzó por una expedición a las cercanías de Bagdad. En 1801 fue cuando, al frente de un
cuerpo de cromedarios se echó sobre Iman Hosseïn (la actual Kerbala), ciudad poco distante de Bagdad, donde se
hallaba el sepulcro de un imán del mismo nombre, en un templo magnífico y lleno de las riquezas de Turquía y Persia.
Los habitantes sólo hicieron una débil resistencia y el vencedor mandó pasar por el filo de la espada a todos los
hombres y muchachos varones de todas las edades. Mientras se ejecutaba tan horrible carnicería, un doctor wehabí
gritaba desde lo alto de una torre: "Matad, degollad a todos los infieles que dan compañeros a Dios". Apoderóse
Abdelaziz de los tesoros del templo y lo hizo destruir; saqueó y quemó la ciudad, la cual quedó convertida en un
desierto.
Alí Bey, Viajes de Alí Bey. Ed. Óptima, 2001

A la sazón, Iraq se encontraba subyugado por el Imperio Otomano, al menos nominalmente. Que es como lo está hoy en día (sobre el papel al menos), sólo que esta vez bajo férula estaodounidense. Los turcos eran vistos por los wahabíes saudíes como invasores ilegales e imperialistas corrompidos, cuasi peores que un infiel. Una gran diferencia: los seguidores de Abdelaziz Ibn Saaud no tenían acceso a Internet, ni se habían sacado todavía el carné de conducir coches bomba. Por su parte, los chíies de Kerbala también eran mal mirados por el celo excesivo de los seguidores de Abdulwehab, que además les considerabas aliados del enemigo turco. Como consecuencia, acabaron pagando con un acto de crueldad digno de un asirio antiguo.

203 años más tarde, Kerbala volvió a sufrir un destino cruel, precisamente mientras se celebraba la festividad que conmemora al Imán Hussein, mencionado por Domingo Badía alias Alí Bey. También esta vez los chiíes de Kerbala se encontraron en el fuego cruzado entre dos enemigos o entre dos fanatismos: el del interés y el de la fe. Demasiados paralelismos en poco más de dos siglos.

Quizá Sánchez Albornoz tenía escrúpulos a trazar semejanzas entre pasado y presente, porque creía que el ser humano debe ser entendido en su contexto temporal; o que las situaciones, por mucho que se parezcan desde la perspectiva de la Historia interesada (y ¿cuál no lo es?), en el fondo son siempre diferentes, porque son distintos los individuos que las protagonizan. Es cierto, y Abdelaziz Ibn Saud no es Saddam Hussein, ni el Imán Hussein tiene que ver con el exdictador iraquí, ni Bin Laden es wahabí, ni Bush puede compararse del todo con el sultán otomano, ciego a todo lo que no fueran retribuciones y ganancias. Pero cada vez me parece más cierto que, aunque diferentes, todos los seres humanos, cada uno en su contexto, somos igual de imbéciles, desde Alejandro Magno a Donald Rumsfeld.

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