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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2004.
02/04/2004
Selecciones nacionales Los partidarios de que Catalunya o Euzkadi compitan con sus propias selecciones nacionales ponen como ejemplo a Gran Bretaña, donde Escocia e Inglaterra, de darse el caso, podrían acabar disputándose una final del Mundial de fútbol. Pero las declaraciones (o el acertijo en voz alta) de Pasqual Maragall el otro día en TV3 apuntan a que esta equiparación con el sistema británico presenta una serie de problemas. Según el Presidente de la Generalitat, sería inconcebible, por ejemplo, un partido entre las selecciones catalana y española de hockey. La solución pasa, pues, por encontrar un nombre que designe al “resto de España”. En el caso del Reino Unido, Inglaterra constituye una nación, de la misma manera que Escocia, Irlanda del Norte o Gales. Allí, Inglaterra no es “lo que nos sobra” después de restarle a Gran Bretaña los otros países isleños. En su Historia, Gran Bretaña ha visto surgir a Inglaterra como una identidad que se impuso, por la fuerza a veces, sobre las otras. Un caso paralelo, si se quieren dibujar semejanzas en España, sería el papel desarrollado por Castilla. Pero, en el caso ibérico, el “resto de España”(suponiendo que Euskadi y Catalunya jueguen por su cuenta), sería un conglomerado de nacionalidades que de ninguna manera podríamos llamar Castilla. Aunque un servidor habla castellano como lengua materna, y detenta la nacionalidad española, y aunque mi cultura nativa ha recibido la influencia de la castellana durante siglos (algo de lo que ni los portugueses se libraron), considerarme castellano sería una simplificación inaceptable en quien entiende de nacionalismos y se preocupa de identidades. Ante la propuesta de encontrar nomenclatura que agrupe al “resto de España” sólo caben dos cursos de acción. Uno, poner en práctica el modelo británico del “o jugamos todos o se rompe la baraja”, con selecciones nacionales para cada comunidad: algo que confirmaría las pesadillas de la derecha, y alargaría ad infinitum los pre-olímpicos. El COI se vería agobiado de trabajo, mientras las marcas de ropa deportiva harían su agosto, a costa quizá del trabajo indecente de niños sin una identidad nacional tan definida como la de quienes podemos permitírnosla. La otra opción es la de no confundir churras con merinas, y dar a Castilla lo que es de Castilla y a España lo que le corresponde. La pluralidad en la Península Ibérica engloba a dos estados, cada uno de ellos compuesto de un mosaico de pueblos. La pluralidad dentro del Estado español debe ser defendida y reforzada, por bien de todos. Pero obviar la pluralidad de ese “resto de España”, reduciéndolo a una mera rebaba, de las que sobran y se liman, de las que sólo tienen identidad “por defecto”, no es la mejor manera de preservar ese pluralismo. Ángel González García 02/04/2004 21:50 #. No hay comentarios. Comentar.
03/04/2004
De Ysabel y Fernando El espíritu impera, sobre cualquier otro, en algunas algaradas editoriales de la derecha española de estos días traumáticos. El domingo 28 de marzo, el Director de la Real Academia de la Historia firmaba una editorial para ABC,a la que un servidor quisiera hacer de monje glosista, aunque quizá de monje mozárabe, de ésos que, de tanto juntarse con la morisma,acabaron medio contagiados de "sus errores". Afirma don Gonzalo Anes que "hay versículos del Corán que incitan a vengarse del insumiso y a exterminar al incrédulo, y en los que Alá es presentado como señor de la venganza". Habría que glosar estas palabras con otras que recuerden que hay todo tipo de versículos en el Viejo y el Nuevo testamentos, entre ellos los que compelen al buen creyente a poner la alabaceteña al cuello del primogénito, para mostrar así qué tan fanático debe llegar a ser el buen siervo de Dios. Otros versículos de más rancio abolengo cristiano incitan a los correligionarios del señorito visigodo Pelayo a poner la otra mejilla en caso de agresión, actitud que en pocas ocasiones ha sido puesta en práctica por la Cristiandad, pero que no parece habernos invalidado para el título de seguidores de Jesús. Y es que "del dicho al hecho hay un gran trecho", y ésta es máxima aplicable por igual a moros y a cristianos. Ni el señor don Gonzalo Anes comerá cordero con hierbas amargas dentro de unas semanas (Jesús sí lo hizo, y no dijo nada de cambiar el hebraico menú) ni es probable que decidiese saltar el foso de los leones del zoo de la Casa de Campo, para mostrar con ello la fortaleza de su fe. Son pocos, también, los judíos que hoy por hoy pretenden lapidar a una adúltera, o que se dediquen a quemar grasa de buey para apaciguar al señor de las tormentas,mientras esperan a que sus señoras se purifiquen ritualmente de sus preñeces obligatoriamente incestuosas. De igual modo, para la gran mayoría de los creyentes en el Islam (una cifra que de ninguna manera se corresponde con la de los habitantes del mundo islámico)los versículos que hablan de la guerra santa no son sino azoras, hechas de palabras. Según el artículo del señor Anes, lo que ha convertido a las sociedades cristianas occidentales en "superiores" (a su modo de ver) a las islámicas, ha sido una supuesta y efectiva separación entre religión y estado. Incluso aceptando esta reducción de la realidad (los últimos 8 años de gobierno en España no han sido ejemplo de separación entre ambas esferas), hay que recordar que al laicismo occidental se llegó mediante la revolución social, propiciada por el desarrollo industrial y por la aparición de programas políticos alternativos al del Antiguo Régimen. En muchos países islámicos, sin embargo, el Nuevo Régimen europeo implantó colonias, que sólo en la segunda mitad del siglo XX consiguieron su independencia. En el caso de Marruecos, tras un período colonial (don Gonzalo parece olvidar esta fase reciente de nuestra Historia compartida, favoreciendo en cambio navas de gloria tolosana y salados heroicos), el régimen autocrático de una monarquía absoluta sigue manteniendo al país fuera del alcance de los logros del laicismo occidental: en el analfabetismo y la miseria. De estos descontentos se nutren los que se toman el versículo fatal como palabra divina. Cuando el cristianismo europeo/occidental y pretendidamente laico se ha creído amenazado, también los católicos se han tomado al pie de la letra la parte de la Biblia que más a pelo viniera para golpear en nombre de Dios. España sabe de cruzadas, de algunas que acabaron cuando el que esto escribe jugaba a las canicas, y que aún colean. Y también dentro de la ortodoxia católica se ha reclutado a jóvenes desesperados criados en el odio y la pobreza, para que, Evangelio en mano, inmolaran por Cristo Rey a los clientes de un pub. Debo confesar que, en el fondo, coincido con el Director de la Real Academia de la Historia en que resulta una tremenda estupidez intentar arreglar el mundo de hoy con un libro de instrucciones ideado para el de hace demasiados siglos. La diferencia estriba en que el señor Anes se niega a ver la viga en el propio, entretenido como está contando las pajas versiculares que ciegan al cíclope. Un monstruo cuyo único ojo, parece desprenderse del análisis, sólo lee azoras y versículos. Antes que buscar mensajes terroristas entre las líneas del código ajeno,convendría aceptar de una vez por todas que el islamismo, como cualquier otro integrismo religioso o político, se nutre de las frustraciones de las sociedades en que hace presa. En el caso del moderno Marruecos, y como bien apunta Alí Lmrabet, el islamismo constituye la única alternativa a un mundo feudal, y la única ideología que, hoy por hoy, ofrece un programa político a los ciudadanos del país vecino (que ni eso son, sino súbditos). Si en la España moderna hemos superado (más recientemente de lo que a veces queremos creer) artículos como el de "no separar lo que Dios ha unido", y hoy nos divorciamos sin que nos echen del pueblo ni nos quemen en la plaza, también un pueblo marroquí con oportunidades y futuro, con un mínimo de bienestar, podría ejercitar su derecho a tomar al pie de la letra lo que su buen juicio (no su miedo) le dictara, desechando versículos y favoreciendo otros, de los buenos, de los que también abundan en la Torá y el Evangelio. Ángel González García
06/04/2004
Estábamos naciendoEstábamos naciendo, o a punto de hacerlo, cuando el 68 despertaba conciencias. Franco se murió antes de que pudiera importarnos tanto como una piruleta o un sobre de soldaditos. Luego se convirtió en ese señor de las pesetas amarillas, las que acabaron por desaparecer. La transición y la ilusión, y el miedo y la recompensa nos pillaron jugando a las canicas en la plaza. El día de Tejero estábamos en clase de sociales, y la seño nos mandó a casa alarmada, pero lo importante fue que ése día no hubo clase, sino canicas. Decir terrorismo fue luego para nuestros cuerpos adolescentes decir Líbano, inflación, Palestina, drogas, desempleo, colza, corrupción, desempleo otra vez… Palabras que debían habernos importado entre primero y segundo amores, besos, cigarros, copas, pero que tenían muy poco interés en aquellos momentos. Los menos, los más “alternativos”, pensaban con nostalgias de acné en los tiempos en que sus padres lucharon contra el viejo dictador, o hablaban de sus hermanos mayores manifestándose frente a los grises en alguna facultad de melenas y bajos acampanados.
Llegamos, por tanto, tarde a todo. Llegamos tarde a la Historia que una cronología caprichosa nos había concedido. Demasiado jóvenes para salir de marcha con Almodóvar por las noches Tiernas del Madrid más tentador, cuando nos salieron cositas de hombres y de mujeres, Antonio Banderas ya estaba merodeando California con pie seguro, y los alcaldes de Madrid habían dejado de ser sabios con alma de santos.
Muchos de nosotros trabaja ahora en puestos muy inferiores a nuestra capacidad, preparación y expectativas, cobrando sueldos que nos impiden vivir y actuar con dignidad en nuestro propio país, alargando una juventud precaria camino de una edad madura prendida con alfileres en el mejor de los casos. Muchos de nosotros se han quedado entre las canicas y los videojuegos, prendidos a caballo entre dos períodos históricos, sin mucha voz ni suficiente interés por lo que nos rodeaba.
Ahora, a todos los que vivimos en Madrid, de cualquier edad que seamos, se nos ha echado la Historia encima con el peso de una losa y la rotundidad de la muerte. Se nos han sacudido las entrañas, se nos ha globalizado el dolor. A los mayores, las imágenes del 11 de marzo de 2004 les evocaban otros momentos en los que su presente les hizo protagonistas. A los menos mayores, las de las manifestaciones millonarias del día 12 les trajeron de nuevo vientos de lucha y de ideales y de luto. A los más jóvenes les sacaron de su apatía egocéntrica y su aislamiento emocional, insertándolos de un golpe cruel en el capítulo que el destino les ha otorgado en la historia de su siglo.
A los de mi generación, esta Historia nos ha pillado igual de desprevenidos que a grandes, medianos y chicos. Algunos, quizá, nos sintamos ahora demasiado mayores para verter toda nuestra inocencia en la rabia o la protesta, y demasiado jóvenes como para disponer de una tribuna, de un puesto de responsabilidad con el que poner algo de orden a un caos que también hemos heredado. Pero, en el entretanto, muchos también deseamos inútilmente que la Historia, por esta vez, se hubiera olvidado de todos.
Ángel González
20/04/2004
Agua Corriente Mientras en parte de occidente, las multinacionales de bebidas azucaradas gaseosas embotellan glamour de grifo (el Vichy de hoy en día no se toma en balnearios, sino en botellas biberón, después de la clase de aerobic), mientras cada vez queda menos para que hagamos la paella con bebidas isotónicas, la mayor parte de los bengalíes aún considera un grifo como un lujo fuera de su alcance. El agua de los ríos, que viene cargada de enfermedades de las que hicieron de la Extremadura de los años veinte una herida abierta en España, no sirve para beber, y se lleva cada año demasiadas vidas. Cuando se intentó abrir pozos, se descubrió que la tierra vomitaba agua envenenada con arsénico, y se descubrió de la forma más terrible. Un estudio ha demostrado que la solución al veneno la llevan puesta alrededor de su cintura una gran mayoría de las mujeres de Bangla Desh: el sari, la tradicional prenda de algodón con que millones de indias, paquistaníes y bengalíes cubren su cuerpo, ha demostrado ser una alternativa eficaz y barata a sistemas de filtrado que quedan fuera del alcance de una grandísima mayoría. La apretada trama de fibra, de la misma fibra que alimentó los telares de la metrópolis, de la fibra que ató el destino de la Península Indostaní al del Imperio que manufacturó su algodón y su historia, ahora puede salvar vidas. Gandhi, que tanto se preocupó por el algodón, hasta casi llegar a explicar la realidad de aquellas partes del mundo como quien desenrolla un ovillo de hebras blancas, estaría contento de saber que, con sólo desfajarse las mujeres de Bangla Desh de sus coloridos trajes, podrán evitar que sus hijos sigan sucumbiendo al cólera. Quizá sea ir demasiado lejos, pero uno no puede evitar el simbolismo encerrado en la noticia. Ignoro si unos pantalones de algodón, lino, marca o diseño, serían tan eficaces a la hora de filtrar las miasmas mortíferas del agua de los ríos del Tercer Mundo. Y también ignoro si estaríamos (los hombres que llevamos esos pantalones) dispuestos a bajárnoslos, y quedarnos con el culo al aire, para sacarle el veneno al agua de nuestra gente o la de al lado. Ver tanto algodón convertido en bandera o en uniforme de campaña me hace dudarlo. Por eso me alegro de que haya sido el sari, el doméstico atuendo de tantos millones de mujeres, el elegido. Ellas no dudarán en desnudarse, si es preciso, para dar la vida, ni en frotar más de lo acostumbrado, para limpiar de bacterias asesinas las telas de su salvación. Quizá deberíamos seguir ejemplo en todas partes, y luchar para que más y más mujeres nos dirijan, en este trabajo interminable de filtrar las porquerías que hemos ido dejando por todas partes; y reclamar que sea el prieto entramado de una tela femenina el tejido que nos ayude a eliminar los venenos y a vestir este mundo de una decencia que sigue haciendo demasiada falta. Ángel González García Un retal de arpilleraEn Bangla Desh, un trozo de algodón salva del cólera, y en Nigeria, un retal de arpillera cubre el tronco enterrado de los condenados a lapidación, para no ofender a los ojos píos que habrán de arrojar los guijarros criminales.
En Nigeria, una pareja acaba de ser condenada a una muerte cruel, por prácticas sexuales fuera del matrimonio. Lo escribe Safiya Husseini, que se libró por muy poco, y lo recogía Benjamín Prado: primero entierran a los hombres hasta la cintura, y a las mujeres hasta el pecho, porque hasta en un acto de tal inmoralidad algunos pretenden imponer la falsedad de la suya, asesina. Después, cubiertos por la arpillera de la vergüenza, morirán apedreados lentamente, en un castigo lento y cruel a un crimen inexistente.
En Iraq, según tengo entendido, ni la versión más coránica del déspota Saddam pretendió incluir tal brutalidad entre sus medidas de represión. En Nigeria se seguirá haciendo, porque, a pesar de lo que digan Blair y Bush, la injusticia de hoy sólo se denuncia en aquellos lugares en los que los países ricos tengan intereses políticos, económicos o estratégicos. Otra cosa sería si, al levantar la el telón de arpillera burda bajo el que se hace impune el crimen salvaje, se descubriera lo que se esconde bajo suelo iraquí. Otro futuro esperaría a los amantes impacientes del país africano, si dentro de sus fronteras se “ocultaran” armas fantasmagóricas, o si en los campos de tiro de su entrenamiento terrorista se usaran lanzagranadas, en vez de piedras.
Ángel González García Los pictos en IraqLos pictos, pueblo habitante de las remotas tierras escocesas ya antes de la llegada de los romanos, salían a la batalla desnudos, embadurnados los cuerpos con pinturas de guerra, y enardecidos hasta el furor más tremebundo por la oportuna ingesta de algún bebedizo de herboristería campera. Los celtas que invadieron la Península Itálica también parecen haber consumido algún tipo de sustancia que les enardecía el ánimo antes de entrar en batalla, para poder superar así el miedo a la muerte y dar rienda suelta a su ira desenfrenada. Los asesinos del Viejo de la Montaña, los hashishin, tomaron de aquella sustancia así como nosotros hemos tomado el vocablo, y con ella parecían encontrar el valor necesario en sus arriesgadas empresas de asesinato selectivo al más puro estilo Sharon.
A los soldados de más de cuatro imperios les han doblado la ración de ron, coñac, ginebra o whisky justo antes de tener que vérselas con el enemigo, más para entonarlos que para quitarles el frío. A los pilotos estadounidenses que bombardearon por error a sus aliados canadienses en Afganistán les habían dado, según ellos mismo declararon y las autoridades estadounidenses se encargaron de ocultar, anfetaminas para ayudarles a concentrarse en las misiones de alto riesgo que les habían sido encomendadas.
Una vez hecho este recordatorio, fácilmente ampliable por plumas más claras y capaces de mayores rigores informativos, aconsejo al lector a que relea la crónica firmada por Gervasio Sánchez en “El País” del lunes 5 de abril de 2004, en la que relata la batalla sostenida el día anterior en Nayaf, Iraq, entre una multitud de iraquíes y los contingentes español, salvadoreño, hondureño y estadounidense estacionados en aquella ciudad.
Sánchez describe el comportamiento de las tropas americanas de una forma que nos recuerda películas sobre la guerra de Vietnam, con sus marines heroinómanos viviendo un infierno a bordo de una lancha que se adentra en el corazón de la jungla. Sánchez llega incluso a tildar de rambos a los de Nayaf, mientras describe cómo recibían con gritos excitados tanto las ráfagas enemigas como la llegada de sus helicópteros. En tremendo contraste, los soldados españoles y centroamericanos parecen soldados de verdad, con miedo, prudencia, no menos valentía que las de sus compañeros de bando en esta batalla, pero reales al fin y al cabo, tan reales que hasta ellos se asombran del furor desatado a su alrededor.
Al acabarse los disparos, tras varias horas que han dejado veinte muertos entre los asaltantes y dos entre los militares, se oyen “las gracias y piruetas” de los soldados norteamericanos, “felices como niños”, mientras “militares de diferentes nacionalidades” se ponen a cubierto por si acaso vuelve el peligro. Los comentarios de los mandos españoles, en algunos casos militares con años de experiencia en fuerzas de pacificación, son elocuentes, y critican la falta de tacto de sus aliados, mientras uno no puede dejar de imaginarse a Martin Sheen escribiendo en su diario, mientras una lancha cargada de adolescentes yonquis con uniforme intenta no morir de miedo. Los gritos y cabriolas de los marines junto a su ametralladora pesada hacer volar la imaginación al son de las Walkirias de Wagner, y preguntarse (como quizá hayan hecho también los soldados de la brigada Plus Ultra): “¿qué les habrán dado a ésos?”
Según se quejan los mandos de la expedición española, los estadounidenses entraron en su jurisdicción, y, sin aviso previo ni coordinación con la fuerza al mando de la ciudad, detuvieron de malas maneras al imam Mustafá Al Yuqubi. Ahora, y tras citar a Coppola, toca ahora arrimarse un tanto a las ideas descabelladas de Oliver Stone y sus teorías conspiratorias, y sopesar la posibilidad de que se trate de un acto premeditado por parte de los estadounidenses. ¿La motivación? Venganza por el “abandono”, intento de que la opinión pública española, ante las noticias de la batalla, recobre un ardor guerrero semejante al patriotero discurso de un gran porcentaje de la americana…Falacias sin fundamento, absurdas teorías de conspiraciones ocultas y puñaladas traperas que no tienen nada que ver con los complejos mecanismos de la política internacional. El hecho de que un día y medio después de la detención de Yuqubi aún no se hubiera puesto al corriente a los españoles de lo sucedido no demuestra nada, ni hace caer la sombra de la sospecha sobre el comportamiento de las fuerzas armadas estadounidenses.
Teorías maquiavélicas como la que acabo de sugerir no son más que ensoñaciones, exageraciones de un pacifista radical, acusaciones tan sin sentido como la de que las armas de destrucción masiva no existen, o la de que ellos lo sabían. O como la de pensar que a los marines norteamericanos que se reían de la muerte entre casquillos ensangrentados les hubieran suministrado una buena dosis de anfetas, para ponerlos más a tono con la situación. En cuanto a la descoordinación y puñalada trapera a la guarnición de la Plus Ultra, debe ser considerado como un error garrafal que ha costado muchas vidas, y que podría haber costado muchas más.
Lo malo es que ahora que me he convencido de esta última teoría, creo que me da aún más miedo que la anterior.
Ángel M. González García Apaciguamiento y no intervención En su artículo “Apaciguamiento y no intervención” (El País, 15-04-2004), el profesor Juan Pablo Fusi establece un magnífico entramado discursivo en el que compara la oposición a la segunda invasión de Iraq con la política de no intervención que siguieron, entre 1931 y 1939, Gran Bretaña y Francia. No seré yo quien sostenga que los paralelos historiográficos son de poco uso en el mundo real: nada hay que más me ayude a entender la actual situación política que un vistazo al estado de cosas cuando el poder imperial no enviaba marines, sino flotas de galeras cargadas de tercios, cuando Bin Laden era el Gran Turco y Argel un hervidero de “terroristas” que secuestraban a Cervantes, mientras las “células infiltradas” se alzaban a la sierra en las Alpujarras en la inti fada más cruel de la Historia de la Península. El problema reside en la dificultad de asignar equivalencias, o en lo subjetivo de tales identificaciones, con las que no siempre se puede estar de acuerdo. En el caso que analiza el profesor Fusi aparecen, de un lado, la Alemania nazi, la Italia fascista, el régimen franquista y el Imperio Nipón, con los que se identifica a Sadam Husein. Por el otro, los gobiernos británico y francés del período de entre guerras, con su política de “apaciguamiento y no intervención”, parecen ser antecedentes históricos de la oposición a la invasión de Iraq propugnada por Francia, Alemania y el gobierno entrante de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en la ecuación no aparece la política internacional de los EEUU durante los años treinta del siglo XX, a pesar de que, durante esos años, también Washington suscribió la política de no intervención que acabó por favorecer el crecimiento de los regímenes autoritarios y el estallido del mayor conflicto bélico del pasado siglo. En cambio, sí aparece la presente estrategia del ataque preventivo propugnada por la extrema derecha americana, y lo hace para contraponerse, como ejemplo positivo, a la nefasta postura seguida por Francia y Gran Bretaña de la pre-guerra. Recuerda el señor Fusi que algunos historiadores (Mazower, Kershaw, Paul Kennedy, Schama, Hobsbaun o Burleigh) niegan la validez de establecer paralelismos entre Sadam y Hitler, o entre la Gran Bretaña de Chamberlain y la América de Bush. Recuerda asimismo que algunos de estos historiadores consideran falsos los paralelismos en la Historia, algo con lo que resulta difícil comulgar, y que, de aceptarse, acabaría por desmentir la opinión de que la Historia sirve para no repetirla, para aprender de los errores pasados. Pero el razonamiento del profesor Fusi no responde a estos caveats, ni intenta demostrar qué le hace posible asignar a Bush el papel de bueno indiscutible en la situación actual. Por supuesto que ninguno de los historiadores citados muestra simpatías por Hitler, Franco o Mussolini, y por descontado que ninguno de ellos disculparía las atrocidades cometidas por el régimen de Sadam. Pero sí que ponen reparos a la asignación al régimen de Bush del papel indiscutible de “bueno de la película”, algo sobre lo que el profesor Fusi parece no querer entrar en debate. Afirmar, como quieren hacer los que intentaron volar el otro día un museo sobre el Holocausto en Hungría, que Hitler no hizo nada malo, o que “no fue tan terrible después de todo”, es una estupidez cruel y bárbara; pero también lo sería asignar a sus oponentes de entonces el beneficio de la inocencia, por mera exclusión. El Imperio Británico y Francia acabaron enfrentándose a un Eje del Mal verdadero y terrible, pero ello no convierte a sus regímenes de entonces en cándidos e inocentes defensores de la libertad a ultranza y en cualquier contexto. Así, los mismos gobiernos que, en comparación con el nazismo, resultaban paraísos de la democracia, estaban embarcados en aquella época en empresas coloniales e imperiales que desmintieron las idealizaciones surgidas tras el conflicto mundial, y que continuaron produciendo terribles resultados décadas después de 1945. Reconocer la suerte que significó para todos que los Estados Unidos entraran en la Segunda Guerra Mundial, librándonos así de una Europa nazi o fascista, no está reñido con el recordatorio de que esos mismos Estados de la Unión estaban desarrollando experimentos médicos dignos del doctor Mengele con numerosos ciudadanos afro-americanos, como en el caso del Tuskegee Syphilis Study (en 1932) o con la afirmación de que no fue hasta los años setenta del pasado siglo que el gobierno estadounidense acabó con las últimas leyes segregacionistas en su territorio continental. Y todo ello sin recordar que, a poco de derrotar al Eje, el gobierno estadounidense dio legitimidad y visto bueno al franquismo. La Alemania de Schroeder o la Francia de Chirac tampoco son Estados perfectos, pero ello no significa que podamos equiparar su política a la de Chamberlain o Blum antes de 1939. Sadam estableció un régimen del terror, como también hizo Hitler, pero eso no los identifica por completo, como el gobierno de Bush ha querido hacer ver. En cuanto a la actual administración estadounidense, cabe preguntarse a qué facción de la Historia reciente tendríamos que equipararlo, sin caer en conclusiones automáticas y rayanas con el maniqueísmo. Ciertamente, no a la política de neutralidad propugnada en 1937 y 1939 por Roosevelt, pero tampoco a la que poco tiempo después convirtió a la máquina de guerra americana en el mejor aliado de la lucha contra la brutalidad autoritaria. Creo que hay demasiadas diferencias entre la respuesta estadounidense al ataque de Pearl Harbour y el que hace un año perpetró Bush contra Iraq, por mucho que desde la Casa Blanca hayan pretendido comparar el ataque japonés a la base del Pacífico con el del 11-S. Del mismo modo, surge la pregunta de qué referentes históricos asignar en este ejercicio de los paralelismos a Sharon y su muro, a Palestina y su abandono, a Bush y a la carta blanca que acaba de otorgar a Israel para que siga llevando a cabo una política que no se puede explicar, apoyar ni defender aludiendo a la mano blanda que se tuvo en su momento con Hitler, y que tantos millones de muertos acabó costando. Ángel González García
21/04/2004
TragabuzosComo muchas otras ciudades españolas,la Sevilla de los años setenta creció a trompicones, digiriendo malamente el atracón de campesinos desubicados, metiéndolos en barriadas que se construían lejos de todo, más allá de lo que fueron huertas, luego vertederos y, al final, fronteras poco practicables que protegían al centro de sus adiposidades prefabricadas.
Primero aparecían los pisos piloto, perfectamente amueblados para atraer candidatos a vecino, y al poco se levantaban los bloques, que antes de terminarse ya se rellenaban de familias obreras, contentas muchas de ellas ante la expectativa de tener (por vez primera algunos) baño dentro de la propia vivienda. No había infraestructuras, que era una palabra bastante confusa, cuyo significado aún no teníamos claro. En los bajos de aquellos bloques completamente iguales había sitio para locales comerciales, que tardaban bastantes años en abrirse, y por eso casi todos compraban a los ambulantes, o en los mercadillos que se formaban en los confines de los vertederos. Tampoco había jardines, ni árboles, y todo era gris y tenía el color del cemento. Donde pocos años antes hubiera naranjales, nosotros sólo vimos hormigón, un hormigón que retrasaba la primavera mientras en el centro (tan lejano sin autobuses) florecían los azahares y sonaban los tambores de una Semana Santa que nunca pasaría por nuestras calles.
Cuando llegaban el invierno y la lluvia (nuestro remedo de invierno, según aprendí después, a base de latitudes), los descampados y las plazas artificiales de las barriadas se inundaban, y lo que hasta entonces había sido un campo de fútbol se convertía en un enorme estanque, un océano misterioso donde aventurarse a estrenar las botas de goma. Las prohibiciones maternas, por supuesto, acicateaban la tentación, y allá que abandonábamos los trompos, canicas, tirachinas y balones, dispuestos a meternos en la parte más profunda de las charcas, que siempre imaginábamos abisal, a pesar de tratarse de la misma plazuela de albero donde días antes habíamos estado jugando. Pero el agua, de pronto, había cambiado lo cotidiano, lo aburrido, en un misterio sin ranas, sapos, ni peces, pero en el que se escondía lo desconocido, bajo el terrible nombre de “tragabuzos”.
Todos los niños de todas las barriadas conocían de buena tinta la historia de algún niño que, desobedeciendo a su madre y calzado con sus katiuskas de goma, había terminado por desaparecer, engullido por un tragabuzos. A veces, asomados al bordillo, mirábamos ensimismados a un punto concreto de la charca, donde la imaginación de todos adivinaba la espiral letal de un remolino sin fondo, que se tragaría al primer descuidado que se dejara absorber por su fuerza telúrica y secreta. Las madres, preocupadas con razón por la limpieza y durabilidad de nuestras ropas de hipermercado, oían divertidas nuestras historias de tragabuzos, y confirmaban nuestros miedos; “tú no te metas en charcos, y no te pasará nada”, era lo más que llegaban a decir, sin conseguir satisfacer nuestra curiosidad acerca del origen y destino de esos terribles remolinos que se tragaban a los niños con botas de goma para nunca escupir sus cuerpos.
Luego, pasados los años, salí de aquellas barriadas, que ya empezaban a dejar de ser cánceres adiposos más allá del final de la ciudad. Con el tiempo, los jardines aparecieron y hasta enraizaron, los locales comerciales prosperaron, los vertederos (algunos) se convirtieron en parques que ya hoy dan sombra y disimulan el hormigón. Las plazuelas de albero o de cemento se convirtieron en plazas de verdad, plazas de las que sirven para poner quioscos donde comprar periódicos que leer al sol, sentados en un banco, rodeado de gente que ya no vive en el confín de una urbe que no puede ser campo y no llega a ciudad. Nacieron niños, se construyeron colegios (no siempre a tiempo de malograr el futuro de muchos de esos niños, que acabaron en el descampado de atrás, entre jeringuillas sucias) y los niños, claro, crecieron.
Yo también he crecido. He vivido en otros barrios, en los que sí había infraestructuras, y casas con antejardín, garaje y sótano, barrios que en inglés se llaman "suburbia" , pero que no significan lo mismo que aquí, con sus prados privados, sus carreteras interminables, sus centros comerciales, y su absoluta falta de vida, su asepsia nada suburbial. En las barriadas, el cemento estaba muerto y era gris y te destrozaba las rodillas si te caías al suelo jugando un partidillo sin porterías. Pero había gente, aunque tuviéramos que ir al centro en Semana Santa atravesando descampados hasta llegar a la parada de autobús más cercana.
En las barriadas no suburbiales de los suburbios de campo de golf estadounidenses, la geografía donde han nacido y se han criado las generaciones que hoy controlan el país más poderoso del mundo, el gris nunca ha existido. Allá todo es verde, como una naturaleza convenientemente asilvestrada al estilo disneyland. Allí no se apilan los pisos prefabricados, de los que muestran desvergonzadamente las bombonas de butano en el balcón, a la vera del tendedero. Allí las casas albergan varios coches, nadie pisa a nadie ni se toca con ningún vecino, y las calles no son calles, sino veredas por donde sólo los coches que viven en las casas pueden circular.
Allí todo es verde, menos por dentro, donde todo es gris. No hay plazas, con suerte un "mall" de aluminio y cristal, exactamente igual, asquerosamente uniforme, climatizado día y noche, invierno y verano, a la misma temperatura, con el mismo hilo musical, con las mismas franquicias de las mismas cadenas de comida basura. No hay plazuelas, ni se encharcan los vertederos con las lluvias, y no hay tragabuzos. O quizá sí, pero no son remolinos que se tragan niños desobedientes, sino vacíos vitales, ausencias humanas, existencias aisladas detrás de zonas ajardinadas y exclusivas, que se te tragan el alma.
Las comunidades de vecinos desarraigados que chapoteaban en las barriadas del extrarradio sevillano parecerían poblados antiguos, tribus milenarias, clanes en ebullición, en comparación con la ausencia de grupos humanos en estos suburbios modernos del sueño americano. Al menos, las adiposidades de cemento de barriada se convirtieron en núcleos de población. Desarraigados, descontentos, hipotecados y sin infraestructuras, al menos tuvimos vecinos, niños o mayores que se entretenían contando mentiras sobre charcas asesinas, hasta que el sol sevillano evaporara su misterio, y pudiésemos jugar de nuevo al trompo.
22/04/2004
Para que yo me llame Ángel González García--Con un nombre como el tuyo --me ha dicho mi agente invisible --no se va a ninguna parte. --¡Pues en la oficina del paro no le han puesto pegas!--le he contestado en un arrebato de orgullo ahidalgado. A lo que ella (mi agente literario) me ha respondido certeramente con un guiño, más de burla que de complicidad. Es lo malo de los agentes invisibles: que como son inventados, siempre tienen razón.
--Mira Zapatero, por ejemplo --me ha contado después, con un tonillo de superioridad. --¿Quién se acuerda del Rodríguez? De momento, sólo los periodistas extranjeros, hasta que se enteren de que pueden ahorrarse el trabajo de intentar pronunciar tanta erre, y dejarlo sólo en ZP. Y la lista sería interminable. Felipe se pudo permitir el González porque es mucho Felipe, pero de ésos sale uno por siglo, acaso dos, y el otro, para más inri, tiene hasta tu nombre de pila. Hay que ser un pedazo de poeta para llamarse Ángel González y además hacer de ello un buen poema. De García, ¿qué te voy a contar? Como no venga avalado por el genio y un Lorca (o un Márquez) bien plantados, resulta un nombre imposible para quien quiera llegar a medianamente reconocido. Fíjate en el granadino, y encuéntrame alguien que hable de él como Federico García. De Benito Pérez mejor será no hablar, porque no se iba a enterar nadie.
La evidencia era apabullante, pero mi agente invisible ha seguido dale que te pego con varios ejemplos más de que no se puede ir por la vida llamándose, como un servidor, Ángel Miguel González García, y pretender escribir cosas y que un día salgan libros de uno en los escaparates de la Gran Vía. Así que he desenchufado a mi agente literario, y me he decidido a solucionar el tema, antes de que la fama me caiga encima, sin haber tenido tiempo de montármelo en plan seudónimo pegadizo. He probado con varios, jugueteando con antiguos motes de barrio, apellidos altisonantes, distantes y espléndidos, o nombres de guerra de aquellos que, a fuer de simples, evocan de todo un poco.
Ninguno me ha satisfecho en lo más mínimo. El problema es que no consigo sentirme identificado con ninguno, y no me gusta imaginarme firmando libros en el FNAC con el nombre de un señor que, francamente, nunca me hará volver la cabeza, por mucho que quiera meterme en el personaje. He probado después con los segundos apellidos de mis señores padre y madre, pero el resultado ha sido muy parecido al original. Y es que no se puede ser tan del montón, que hasta remontándome a los abuelos no encuentro más que péreces, ramíreces, garcías y otros tan pedestres, que no hay manera de elevar el caché genealógico, aunque sea sólo el de tipo fonético. Y es que hay apellidos que, a pesar de plebeyos, tienen un nosequé, que suena bonito, como Aznar o Zapatero (y cito a los dos, intencionadamente, para que se vea que me refiero a la sonoridad del nombre, no a las connotaciones que pueda suscitar al ser oído).
Convencido de que, buscando en el acervo familiar (tan limitado, por otra parte), no hallaría apellidos pegadizos o distinguidos, he querido acudir a los posibles nombres que, de no haber decidido mis padres el de Ángel, podrían haberme adornado el DNI. ¿Quién no ha oído alguna vez las anécdotas e historias sobre “el nombre que quería ponerte papá”, o sobre la obsesión de la abuela “porque te pusiéramos el de su madre”? En mi caso, y como nací un 15 de mayo, parece ser que a punto estuve de llamarme Isidro, un nombre que de pequeño me aterrorizaba a toro pasado, pero que hoy en día me daría al menos un toque de originalidad castiza y labradora.
Descartada la enmienda parcial a la decisión bautista de mis queridos progenitores, sobre todo porque no me hallo dentro de un nombre tan de feria como Isidro, y tampoco de su etimológico Isidoro (mote del Felipe González de la clandestinidad), he pensado en una estrategia ideal. Así como no es lo mismo llamarse Leticia que Letizia, Bakero que Vaquero, Javier que Xabier, o Carmona que Karmona (éste último es mi favorito), tampoco será igual llamarse González que Quntsali, ni García que G’artzai. Y por semejante regla de tres, el Ángel lo pienso cambiar por Ahe (con la hache aspirada y nasalizada), y el Miguel de mis desdichas por un Malik morisco.
Me justificaré: González suena a guía de teléfonos, pero en algún momento un visigodo (quién sabe si hasta un suevo, alano o vándalo) se llamó con el etniquísimo nombre de Gündsalf, o algo semejante, de evocaciones no sólo exóticas sino casi wagnerianas. Yo, que no soy muy aficionado a lo valquirio ni me arrimo a lo teutónico, me quedo en cambio con una versión supuestamente mozárabe del González clásico, porque hace falta investigar un ratito para demostrarme que no se pronunciaría así el cotidiano apellido en el Toledo del siglo X. Ergo, Quntsali me quedo, hasta que un lingüista como Dios manda me ponga en mi sitio.
En lo que respecta al García sin Lorca con que adorno los espacios a rellenar donde dice “segundo apellido”, me puse a mirar un poco por aquí y por allá, para encontrarme con que lo más probable es que sea de origen euskalduna como la madre que me parió es extremeña. Dicen que puede que García tenga que ver con la raíz Artz- que es como decir “oso” en lengua protovasca, prerromana e ibérica de bellota, que es algo como muy étnico y que queda como que muy original. Porque reconocerán conmigo que es mucho más interesante la historia de López (que debe venir de Lupus “lobo” en latín) una vez que se conoce el origen animal y totémico de dicho apellido. Y es que, para firmar novelas, Antonio López Antón queda muy del montón, mientras que Lobo Antunes en la portada del libro da ganas de leerlo.
En cuanto al Ahe (con hache aspirada y medio nasalizada), viene a ser la representación ortográfica de cómo pronuncia el nombre Ángel la gran mayoría de mis paisanos, y de cómo lo dice uno en las pocas ocasiones en que se ve obligado a pronunciar el propio nombre. Y como ahora que no está el PP, los nacionalismos han dejado de ser el coco (el andaluz, de hecho, ha dejado de ser y punto), pues eso: Ahe. Lo del Malik es ganas de fastidiar al clero, y montármelo en plan revisonismo histórico. Y, si suena a tontería, respondo que Carmona está en la provincia de Sevilla, y que la ce (mayúscula) se la pusieron los romanos, o que vaca se escribe con uve, menos la del coche, pero de ésas ya casi no hay, porque si llevas mucho equipaje te compras un monovolumen.
Firmao: Ahe Malik Quntsali G’artzai
27/04/2004
Imposible pensar en pretérito imperfectoA veces, la mala suerte nos lleva a cometer errores que, si bien cumplen las normas de la gramática, arremeten torpemente contra las de la lógica. Hay conjunciones de vocablos que son como las de planetas opuestos, como convivencias anti-naturales, como parejas de hecho que ha unido la falta de cuidado en la expresión. Así, el pretérito imperfecto del verbo ser no queda bien al lado de la palabra “imposible”.
Debemos comprender que cuando Ana Botella, en su último libro, escribió que “era imposible pensar en otra autoría” que la de ETA para los atentados del 11-M, lo hizo con las prisas de añadir el “capítulo cero”, en el que se ocupa de los últimos acontecimientos. Porque afirmar que algo “era imposible” quizá no sea un ataque contra el sistema verbal castellano, pero sí constituye un garrotazo a la lógica y a la verdad.
Habría sido infinitamente más correcto por parte de Ana Botella decir que “era improbable” que otro grupo hubiera cometido la masacre. Porque afirmar la imposibilidad de que suceda lo que ya ha sucedido peca de simplista, como poco. Afirmar que “era imposible pensar” en Al Qaeda como opción es faltar a la verdad. Sí era posible pensar en otras opciones, y de hecho, millones de españoles lo hicieron. Impossibilitas confutata.
Se podrá aducir que de lo improbable a lo imposible no hay tanta diferencia. Pero no es cierto. La improbabilidad de una autoría de Al Qaeda (algo que, ante el acoso, argumentó el Gobierno tarde y mal) convirtió la probabilidad de que hubiese sido ETA en una verdad absoluta, en un intento de fraude.
En las horas que transcurrieron entre la masacre y las elecciones, la imposibilidad se hizo presente y posible, por mucho que el Gobierno deseara lo contrario. La incapacidad de unos líderes para actuar conforme a lo posible (y no a su versión cabezota y obstinada de lo real) fue lo que les perdió.
Para la próxima edición de su libro, quizá Ana Botella debería incluir un complemento preposicional, una pequeña corrección de estilo que, respetando igualmente la gramática, también lo haga con la lógica más básica. He aquí una propuesta: “era imposible (para unos cuantos de nosotros) pensar en otra autoría que la de ETA”. Tanto si esa imposibilidad tuvo su razón de ser en que así convenía a los intereses del partido, como si fue causada por la incapacidad de conectar con la mayoría de las mentes pensantes del país, la consecuencia es la misma: los líderes del PP no estuvieron a la altura de la labor que se les había encomendado, y a cuya renovación optaban.
Es de esperar que en lo que le queda en su cargo público, la esposa del Presidente del Gobierno en funciones no dé por imposibles muchas más cosas, mientras que el resto de los ciudadanos contemplamos posibilidades, sopesamos improbabilidades y nos mostramos más capaces de regir (y discernir) que aquellos que supuestamente tienen esa obligación.
Ángel González García Campaña electoral en MinoreaEste miércoles, el excelentísimo señor ministro de Asuntos Verdaderamente Importantes inauguró el modernísimo Desembarcadero Espacial, que habrá de sustituir al antiguo, y que será ubicado en la avenida de la Oportunidad, a escasos dos kilómetros del centro de Minorea.
En un acto de la mayor brillantez, el Excmo. Sr. Ministro dio por inauguradas las instalaciones de este nuevo proyecto, ejemplo fehaciente de la modernización que disfruta nuestro país, sobre todo de un tiempo a esta parte. Según señaló el máximo responsable de que las cosas funcionen como Dios manda, Minorea "está demostrando al mundo que somos capaces de hacer las cosas bien y por derecho, sobre todo si tenemos claro que donde hay patrón no manda marinero, y que el que quiera peces, debe mojarse el ya saben".
En su estilo directo, popular y sencillo, que tanto agrada (y con razón) a las multitudes, el Excmo. Sr. Ministro explicó los motivos por los que la inauguración ha precedido en tres años a la finalización de las obras, y salió al paso de las acusaciones de los de siempre sobre el supuesto oportunismo de hacerlo a dos meses vista de las elecciones generales. Tardó en hacerlo exactamente tres minutos y cuarenta y dos segundos, descontando los cinco carraspeos y el trago de agua con el que enjuagó su perorata a la mitad de la explicación, que dejó convencidos a los medios y asistentes al magno acontecimiento. El tono utilizado en dicha contestación a los demagogos de toda la vida fue arrullador. A los veintitrés segundos de iniciar, una niebla como de algodón de azúcar descendió sobre todos, mientras un coro de ángeles adventistas cantaba kirieleisons como lo que eran. Fue muy bonito.
Por entre los acordes divinos, el Excmo. Sr. Ministro de AA.VV.II. dijo que cuando por fin se colonice un planeta de nuestro sistema (o de otros, añadió entre el asombro de los circunstantes), los minoreanos estaremos preparados para la nueva era con un Desembarcadero Espacial en la vanguardia de este tipo de investigación. Una verdad como una casa.
En cuanto a las polémicas suscitadas en torno al coste y la financiación del proyecto, el Excmo. Sr. Ministro dijo que ya se sacarían los cuartos de alguna parte, y señaló con el dedo la maqueta del Desembarcadero, diciendo: "Miren qué bonito. Desde esta rampa despegarán los cohetes de pasajeros que dentro de poco se inventarán, seguro; y éstos son los coches voladores que todos vamos a tener dentro de nada, siempre y cuando no se pongan ustedes tontos y voten a los incompetentes ésos que ustedes saben."
A lo que el público asistente respondió babeando, monísimos todos. El acto se dio después por terminado (para dejar buen sabor de boca) y el Sr. Ministro montó en un caballo alado para asistir a la inauguración en otro punto de nuestra hermosa geografía de un Centro Nacional de Adaptación de Resucitados, instalado en las cercanías del cementerio de San Balsamato, donde dentro de pocos años dará comienzo el Plan Nacional para la Vida Eterna, el gran proyecto de ampliación de la existencia emprendido por el Gobierno de Todo lo Incumbente de nuestro país.
Ángel González García Bienvenidos a EspañaUNIDAD 1 Lección 1
Ejercicio número 1. "Bienvenidos a Madrid" La carta que Andrea escribe a sus familiares está llena de espacios en blanco. Léala una vez, y escoja de entre la lista palabras las más adecuadas para completarla. Razone después sus respuestas.
Hace pocas semanas que he llegado a Madrid. Aquí la vida no es fácil para alguien como yo. Al principio, lo más importante es encontrar alojamiento, así que nada más llegar a la ciudad cargué con mis maletas y me dispuse a encontrar un sitio donde vivir. En la _________________(estación de tren/aeropuerto) me dieron la dirección de un/a __________________(pensión/piso) donde alquilaban habitaciones.
La calle estaba en pleno centro, y había mucha gente por todos lados. A causa del tráfico incesante de ___________________(automóviles/tranvías), casi no podía oír mis propios pensamientos. Subí a la cuarta planta de un edificio viejo y desvencijado. Me abrió una mujer con cara de malas pulgas, que me miró de arriba a abajo con gesto desaprobador. --Busco habitación --le dije con mi mejor sonrisa. --Tú no eres de aquí, ¿verdad? --fue toda su respuesta.
Le contesté que era de __________________(Quito/Ourense) y, cerrándome casi la puerta, dijo que no tenía nada libre. Bajé a la calle. Alguien me seguía. Me di la vuelta para ver a un hombre bajito, de acento extraño que no pude reconocer. Me dijo que allí cerca había un lugar donde podría encontrar habitación.
--Los dueños son paisanos suyos, creo, y no tendrá usted el mismo problema --me dijo. Le di las gracias, y me explicó que era huésped de la antipática señora de antes. Él también era de fuera, de __________________(Canarias/Polonia) y se sintió mal cuando vio la actitud de su patrona.
Por suerte, encontré alojamiento, y al día siguiente salí a buscar trabajo, tarea que no ha sido fácil. Los mejores trabajos ya están ocupados, y a los que acabamos de llegar sólo nos ofrecen los más duros y peor pagados. Tras llamar en muchas puertas, por fin conseguí uno en el mercado. Nos pagan muy poco, y nos hacen trabajar muchas horas, pero al menos se puede vivir, no como allá, en ______________(Ecuador/el pueblo), donde los únicos que pueden salir adelante son los caciques de siempre. De todas formas, he podido ahorrar unos cuantos _________________(euros/duros) para mandarles en un giro junto con esta carta.
En Madrid hay gente de todas partes. Se ven _____________(murcianos/colombianos), ____________(andaluces/marroquíes), ________________(asturianos/dominicanos), y por las calles se les puede ver, cada uno con sus guisos y sus músicas diferentes. Hay algunos que dicen que esta ciudad tiene muchos ladrones, y que la mayoría de los _______________(andaluces/gitanos/magrebíes) son peligrosos, porque te roban hasta la camisa. Un compañero del trabajo, que es de _______________(Cuba/Cuenca) dice que de uno en uno no son malos, pero que cuando se juntan varios de esa gente, son peligrosos, y es mejor no mezclarse con ellos.
A nosotros a veces nos toman por tontos, y no llaman ________________(sudacas/paletos), que es así como para insultar. También hay gente que le trata a uno con respeto, pero es preciso vencer primero su desconfianza. Por eso muchas veces nos juntamos entre nosotros, y recordamos juntos cosas de la tierra, y comemos nuestros platos, y cantamos nuestras canciones. Y eso también les puede molestar a algunos, sobre todo si nos oyen hablar a nuestra manera, se ponen nerviosos porque creen que estamos insultándoles en sus propias narices.
La gente de aquí siempre están hablando de sus políticos, y unos apoyan al ________________(rey/presidente), mientras que otros quieren cambiar las cosas, y que ganen los ____________________(republicanos/socialistas). Será porque yo no entiendo, pero a mí me parecen todos iguales. Más o menos lo mismo que pasa con nosotros, y es que creo que en todas partes hay casi de lo mismo, sólo que con los colores y los nombres cambiados.
Madrid, 30 de abril de ________________________ (1930/1969/2004) Brigitte Bardot y los animalitos de DiosEntre la desordenada galería de símbolos iconográficos heredados por mi generación ocupa un lugar de quinta fila la imagen de Brigitte Bardot, medio desnuda e intentando con desgana calculada cubrirse las tetas de veinteañera crecidita y picardeada. No se trata, al menos en mi caso, de un mojón simbólico de importancia en la colección de imágenes que (como buen hijo de mi siglo) forman mi equipaje cultural. La Bardot ha sido en realidad un símbolo sexual heredado de aquellas gentes que uno consideraba viejos en los años infantiles de transición democrática y autonomías, y a cuya edad de entonces, expresada en fríos dígitos, nos acercamos cada día, sin poder evitarlo.
Para mi generación, supongo que el equivalente a esa francesa rebelde y descaradamente sexual sería la Madonna de su primer disco, la virgen hortera de encajes exagerados y posturitas desafiantes, pero para muchos de los que ahora están en el poder, la Brigitte Bardot estaba asociada a revoluciones sexuales, viajes en autocar a Perpignan, y quema simbólica de sujetadores que en nada se parecían a los que mi generación adoró tras la marca registrada de Wonderbra. A los de mi generación, en cambio, el despertar de la pubertad y las masturbaciones ensoñadoras y porno-asistidas nos llegó cuando la dulce francesita era ya una señora vieja, fondona y con pinta de estar siempre cabreada, que se fotografiaba en las revistas del corazón de las peluquerías de señoras (adónde acompañábamos a nuestras madres con vergüenza infinita, soportando estoicos los eternos "estás hecho un hombrecito") y lo hacía rodeada de animales exóticos cuya supervivencia la ex-sex-symbol representaba como apoderada de las causas justas entre el famoseo aburrido y pasteloso de los ochenta.
Por esas fechas, los niños españoles de mi generación aprendíamos sobre animales y ecología de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, un verdadero artista cuya temprana muerte lloramos casi tanto como la de Chanquete, hasta el punto de venderse como rosquillas la canción que Enrique y Ana compusieron, con gran visión comercial por parte de su casa discográfica. "Amigo Félix" sonó más de un verano en la radio, porque entonces aún las canciones sobrevivían unos meses en la memoria colectiva (aún no teníamos MTV). No muy distante en el tiempo, recuerdo la voz de Roberto Carlos, en su precioso castellano acariocado, llorando las ballenas y sus grasientos asesinatos, y recuerdo perfectamente llegar a la adolescencia con una más o menos hipócrita educación medioambiental (en pañales, vista desde la perspectiva del tiempo que ha pasado).
Años después, ante la creciente concienciación sobre los derechos de los animales, empecé a sospechar, sin motivo aparente, de la evolución que las ideologías ecologistas habían tenido, desde su rebeldía hippiesca de los setenta, hasta el estatus de política gubernamental, ejercida desde arriba como un nuevo código de comportamiento dotado de caracteres religiosos.
A medida que se acercaba el cambio de milenio (a poco de que el hombre del saco del Telón de Acero se convirtiera en un carnaval y el muro de Berlín acabara a trozos en los Hard Rock Cafés ã de medio mundo, rodeado de luces de neón post guerra fría) la nueva verdad revelada del conservacionismo-conservadurismo ecológico se apoderó del vacío en el apartado villano de la película, y desempeñó a las mil maravillas el rol de amenaza catastrófica universal sin el que nuestro año dos mil habría sido una rareza histórica. Luego, claro, pasó lo que pasó, y hoy por hoy, a principios del XXI, como si Godofredo de Bouillon se hubiera vestido de gangster rapper y el Cid Campeador de marine con gafas de visión nocturna, a las interinas amenazas de meteoritos gigantes, sidas exterminadores y demás rayos jupiterinos ha sustituído el familiar moro Muza de piel morena y almalafia sospechosa, y la lucha por la salvación de las nutrias marinas californianas ha dado paso al antiterrorismo global, alerta y en guardia, con los Santos Lugares de nuevo en el pebetero de la vida y de la muerte. Dios, el dios de toda la vida, el varón avejentado pero poderoso, de albas melenas venerandas y barbas de plata pura, ha vuelto a tomar el mando, que seguramente tuvo que descuidar para tomar cartas en asuntos de otros planetas, y a la madre Gaya la ha mandado a freír espárragos, sin agradecerle siquiera el detalle de cuidarle el tenderete de las verdades reveladas y oficializadas durante esas décadas dificilillas de finales de milenio.
Y como no podía ser menos, la Brigitte Bardot post SIDA, no sé si envuelta ya en abrigo de pieles, se dedica en estos años de la dinastía Bush a escribir libros no sobre animalitos esta vez, sino sobre temas mucho más acordes con lo que de verdad importa, verbigracia la falta que le está haciendo al mundo occidental una limpieza étnica, en el más puro estilo tradicional de la palabra, porque se nos está llenando la cocina de amulatados y cuartagos --con pasaporte, desodorante y zapatos de Armani algunos-- pero trayendo consigo la semilla de la perfidia moruna y/o africana, por no decir sudaca, que también se está dejando ver por la Europa de María Santísima una morisma aindiada que levanta sospechas por edificios ministeriales y entidades bancarias.
Yo, como digo, venía sospechando desde hace mucho, que detrás de preocupaciones exageradas por el futuro de tal o cual especie de rana de colores se escondía un marionetero con hilos de material reciclable y agenda conservadora. Que por debajo del pietismo bichófilo se escondía y se esconde una "justificada" ignorancia de aquellos niños etíopes o vietnamitas que, en cosa de una década, dejaron de ser tema de conversación en los salones liberales y bienpensantes del mundo rico, para ser sustituidos por los gatos sin hogar víctimas de abuso psicológico, o por gorilas casi extintos en cuyo favor se celebraban y se celebran festivales benéficos y campañas de concienciación. Que mientras hombres y mujeres de colores equivocados se mueren de asco y de hambre en los confines de los parques naturales, jodidos hasta la saciedad por el colonialismo, el post colonialismo y el Banco Mundial, la piedad mal entendida de quienes tienen tiempo y dinero para practicarla se ocupa en fundar sociedades para la defensa de espacios protegidos o y osos panda, lo cual no me parecería malo si acompañara a una campaña igual de universal para la erradicación de la malaria.
Que detrás de la máscara del "salvemos el planeta" se escudan los intereses de la única parte del planeta que nos conviene "salvar" y que suele coincidir con nuestros propios países. Que detrás de la supervivencia de muchas especies africanas de sabanas inmensas se esconde la sangre de esos mismos negritos que a nadie les importa un bledo, porque dizque de salvajes paganos han pasado a ser cazadores furtivos, asesinos de elefantitos que de otro modo podrían dar de fotografiar a unos cuantos turistas americanos o europeos, que tanto monta.
Claro que no se puede echar por la borda toda una creencia o todo un sistema ideológico como el del ecologismo por culpa de algunas brujas pochas como la Brigitte Bardot, que donde fueron sex-symbol se hicieron animal-lovers se hicieron racistas de nombradía se harán espectros de una época. No se puede negar que la gran mayoría de los habitantes de las partes ricas del planeta no pondrían por delante de la vida de un semejante la de una florecilla endémica de una zona montañosa, por muy a punto de extinguirse que la segunda estuviera. Pero sí se puede afirmar que detrás de la apropiación del discurso de conservación de la Naturaleza por parte de poderes y gobiernos se deja ver la milenaria táctica de desviar la mirada hacia otros problemas, otros enemigos visibles o invisibles. Y conviene recordar que una de esas nuevas santas de la nueva religión, que entregaron su vida y fortuna a la salvación de nuestros primos los primates africanos, no tuvo reparos en ordenar a sus voluntarios que dispararan contra esos otros africanos, nuestros hermanos los cazadores furtivos tan malvados y salvajes, y tan infinitamente menos merecedores de compasión que los parientes peludos, muchísimo más lejanos que el furtivo más furtivo y más negro y más salvaje del mundo.
Ahora resulta que el poder, a quien nunca le ha importado el estado de conservación de la jungla amazónica, por mucho que así nos lo haya hecho creer, tiene pensado taladrar la tundra de Alaska, para sacar más petróleo, y arrasar de paso nosecuántos kilómetros cuadrados de reserva natural. Y el mundo de los que se preocupan por la salud del planeta parece haberse despertado de una historia de amor, como la que creyeron vivir con Clinton, con una puñalada trapera de ese mismo poder que se había servido de ellos para meter en cintura a los que no cuentan, y acallar los gritos de angustia de los indios masacrados en el Amazonas por las mismas compañías que sufragan expediciones de buena voluntad y anuncios super políticamente correctos en National Geographic.
Y así, mis estudiantes estadounidenses (envueltos de punta a rabo en ropa de marcas deportivas confeccionada en talleres de niños esclavos en cualquier suburbio de una gran ciudad del Extremo Oriente) llegan a la clase de español dispuestos a hacer una presentación oral sobre el medioambiente. Y hablan con lo que nos queda de idealismo de especies en peligro de extinción en la América Latina, o de ecosistemas amenazados de repúblicas empeñadas hasta el gollete en deudas impagables, exprimidas por minorías acriolladas que sólo están en peligro de extinguir a sus compatriotas menos afortunados, y sangradas por multinacionales que ya no son sólo gringas, sino que también vienen de la nueva España, el nuevo paraíso europeo para las gentes de buen bolsillo. Pero eso les importa poco a los de generaciones posteriores a la Brigitte Bardot de idealismos antañones, y nos quedamos a la puerta del problema, contando las parejas de quetzales y no las de niños que se mueren, hoy en día, de enfermedades medievales en los barrios pobres de Estados Unidos, sin ir más lejos.
A nosotros, a mis estudiantes y a mí, lo que nos priva es el Discovery Channel, no Nietszche, y lo que nos fastidia es que todavía haya burrobestias por esos mundos de Dios que anden matando tan noble bestia por sacarle no más unos kilos de marfil al negocio, mientras los que sí tienen dinero para comprar colmillos decorativos para la sala de estar defienden con una mano la perforación petrolífera de Alaska al tiempo que con la otra pasan leyes contra la crueldad hacia nuestros amigos los animales.
Pero que no se escandalice nadie, porque al fin, reconciliar posturas racionalmente excluyentes es y ha sido siempre dote humana, y si no que se lo pregunten a los ecologistas abertzales de confesión supuestamente libertaria y pro-conservación del medio ambiente (el de Euskal Herria), que sin embargo se agrupan en un movimiento nacido de las iras racistas decimonónicas de un inventor de limpiezas de sangre tardío, acojonado hasta la médula por el mestizaje. Mezcolanza que, quieras que no, se le acabó colando por la puerta del caserío, y se le acabará sentándose en la cocina, sirviéndose unas copas de txacolí, y estropeándole de una vez por todas el erre hache.
Y todo ello, sin que la extinción de más especies a manos de nuestra insoportable ignorancia cambie demasiado el curso de la Naturaleza, cuyos somos, por mucho que queramos negarlo. Y por tanto, contingentes como las ranas de colores. Así que menos humos, humanos, tanto de los tóxicos como de los divinos, que tampoco se perderá demasiado el día que nos sobrevivan las cucarachas, y más se perdió en Cuba, si bien se examina.
Ángel González García El metro de MinoreaCuento macroeconómico
“El excelentísimo Señor Ministro de Fomento y Demás Cosas Útiles inauguró ayer tarde en la capital el primer trayecto completado del nuevo ferrocarril suburbano, el primero en nuestro país, símbolo afrutado y fruto simbólico de la corriente de progreso y modernización que el nuevo siglo está trayendo a nuestro suelo.”
Así rezaba el titular del periódico de mayor tirada de la pequeña República de Minorea, haciendo con ello público un hito histórico de tamaña importancia como sin duda lo era aquella inauguración. La línea, que uniría las estaciones de Gazpire y Soldaneta taladrando el subsuelo calcáreo de Nonada, la capital de Minorea, había costado años de sacrificios, disputas, querellas y controversias a nivel nacional. Por fin, derribada la resistencia que ofrecía la oposición política y saltada por encima a la torera la que brindaba una opinión pública adversa, el Gobierno de la República recogía ahora los parabienes de quienes antaño se opusieran a la modernizadora medida. El señor ministro, magnánimo a pesar de su conocida sorna, se hizo eco de esta contradictoria actitud con una referencia a la “superficialidad” de aquellos que se opusieron en su día al colosal proyecto, y alabó de paso la capacidad administrativa de unos gobernantes que “eran capaces de meterse a fondo en su trabajo, y reorganizar profundamente los cimientos de la sociedad minoreana, hasta conseguir subirla al tren del progreso.” Ahí fue el asueto de los circunstantes, el regocijo de los adláteres y la sonrisa inocente de los viandantes, avinagrando el ceño de quienes se sintieron más que aludidos por la pobre metáfora ministerial.
Y es que una de las críticas de éstos últimos tuvo que ver con la supuesta inviabilidad presupuestaria del ambicioso plan, que desviaría, en su opinión, fondos necesarios para la precaria estabilidad de casi riqueza a la que había llegado la sociedad minoreana. A esto, el gobierno respondió con una oferta de precios que, suministrada por un consorcio público de Mayorea, el país vecino, acabó por convencer a los pocos inversores nativos enfrascados en el proyecto y acalló de paso algunas voces.
Al final, y con la aquiescencia resignada del pueblo, el suelo de la capital de Minorea empezó a ser perforado por empresas subcontratadas, de capital y tecnología extranjeras, pero que proporcionaron empleo al poco especializado trabajador indígena, con lo que se acalló a otro de los sectores discordes. Claro que hubo contratiempos más o menos técnicos, en ocasión de cada uno de los cuales se reavivaban las polémicas, y que tuvieron que ver con la composición del suelo calcáreo Nonadeño, el nivel de seguridad laboral disfrutado (o sufrido) por los trabajadores, la concesión de indemnizaciones exorbitadas por expropiación de fincas urbanas a favor de varias empresas inmobiliarias inexplicablemente vinculadas a miembros del gobierno, y otras zarandajas por el estilo. Pero las obras siguieron, incluso después de que varias voces se elevaran en tono de protesta ante el elevado coste de los trenes que habrían de circular por las entrañas de la capital, Dios mediante. El señor ministro estuvo espléndido en aquella ocasión, apoyado de manera no menos magistral por el señor presidente, al explicar en todos los medios la manera en que el gasto sería amortizable a muy corto plazo, dejando convencidos a la gran mayoría. Gracias a un ventajoso acuerdo comercial con el gobierno de las Provincias Unidas de Hamelín, una empresa de este país, principal aliado y amigo de Minorea, porporcionaría la maquinaria a un precio muy por debajo del normal, a cambio además de una apertura de mercados que en todo beneficiaría a todos y cada uno de los minoreanos, y que bien pronto se vería reflejado en unos índices de medición de factores macroeconómicos que si bien resultan complicadillos de entender, son la verdad revelada, como todo el mundo sabe.
Ahora, escasas docenas de meses después, llegaba el momento de la magna inauguración. En el andén, reluciente y luminoso, esperaba el primer tren que haría el recorrido entre las estaciones de Gazpire y Soldaneta, adornado con cintas, brillante como un caballo de batalla, refulgente como la armadura de un caballero destinado a la gloria eterna. Aunque se habían realizado ya muchos viajes de pruebas (como tuvo que explicar el ingeniero jefe al señor ministro, mediante la ayuda de un intérprete); en realidad éste era el primer viaje “oficial”, con público abarrotando los vagones de cola mientras la comitiva gubernamental junto con los representantes de los medios de comunicación viajaban en el furgón delantero. Por razones de seguridad, no a modo de reflejo de una división social por lo demás desterrada de Minorea desde hacía muchos años.
Tras las ceremonias de rigor, la comitiva oficial abordó el tren, para acomodarse antes de que se abrieran las puertas al público general, abigarrada formación de curiosos ciudadanos de a pie, hombres y mujeres, grandes y chicos. El primero en darse cuenta no fue el señor ministro, quizá porque éste era oriundo de las provincias septentrionales, donde la población suele ser más alta que la del resto del país, además de ser él especialmente alto, incluso para un Noreano. Los que tampoco lo notaron fueron los fotógrafos y camarógrafos, que, ocupados con su equipo, lentes y aparatos electrónicos, tenían algo más urgente en qué pensar que en andar buscando agarraderas. Fueron algunos de los funcionarios de más bajo rango, pequeños en sus trajes holgados de oficinista precario, quienes tuvieron que apiñarse en torno a las barras verticales, incapaces como eran de alcanzar las agarraderas que colgaban a demasiada altura del suelo (o subsuelo) habitado por los pequeños habitantes de Minorea. Sin embargo, la mayoría de los ocupantes del furgón de cabeza no tuvo problemas en acomodarse, confortablemente sentados a pesar de que las piernecitas de algunos colgasen descaradamente lejos del piso.
En los demás furgones, abarrotados en un instante por un público ansioso de novedades, hubo un repartimiento del espacio disponible dictado por la improvisación y la confianza que inspiran en las multitudes algunas ocasiones especiales, celebratorias, claro está. Las señoras y los ancianos se repartieron en buen orden los asientos, mientras el resto del común se afanaba por asirse a las barras verticales como hacen los peregrinos con la imagen del santo al llegar al destinode su piadoso viaje. Quienes no consiguieron unirse a esta especie de adoración unísona, se confiaron al efecto amortiguador de los cuerpos de sus vecinos de espacio en la masa amorfa de la multitud empaquetada. La propia bulla, supusieron, impediría que las fuerzas centrífuga, centrípeta o de inercia dieran con sus comprimidos huesos en el suelo. Por supuesto que no faltaron algunos muchachos jóvenes y considerablemente más altos (estas nuevas generaciones mostraban en su cuerpo el progreso de los últimos decenios en Minorea) que, ayudados de un leve brinco, se colgaron de las agarraderas, para despecho de señoras cercanas y coqueteo de muchachitas sonrientes.
Cuando por fin sonó el silbato, las puertas se cerraron sobre una multitud tan alegre como quien toma parte de una excursión coleciva por prados y sierras amenas, a solazarse con el paisaje. Pero el paisaje de aquel viaje era la oscuridad casi completa de los túneles. Al arrancar, hubo algun revuelo en la parte trasera del furgón de cola. Una señora de belleza rotunda se quejó de la morosidad con que un compañero de viaje se frotaba contra sus muelles carnes, so pretexto de la inercia y la arrancada brusca. Los muchachos sintieron su cuerpo balancearse sobre el mar de cabezas, y rieron la aventura. El tren fue adquiriendo velocidad, hasta que algunos de los adoradores de postes de los más alejados al altar, algunos fieles marginales o peregrinos remolones se vieron desprendidos del objeto asido y pasaron a formar parte de esa otra congregación de minoreanos bajitos que ya se balanceaba como una mancha de aceite, y entre la que ya se hacían oír los gritos y quejas.
Después de varias curvas, los más débiles de entre los de a pie empezaron a dejarse llevar como ovas en la corriente, sólo que zarandeados a un ritmo cada vez más frenético. En el furgón de cabeza, casi vacío en comparación con los otros, cayó un corresponsal de la televisión pública, trastabillado que se había con el cable de su micrófono, y un funcionario de la contaduría general del Estado se dio dos coscorrones contra la puerta cerrada que todos, incluido el señor ministro, pudieron ver, y de lo que se despertó una sana hilaridad (por lo discreta).
En Soldaneta esperaba una banda militar de música, que comenzó a entonar el himno nacional no bien se anunció en la pantalla electrónica la proximidad del primer convoy de la historia del ferrocarril suburbano de Nonada, capital de la República de Minorea, país que demostraba con esta exitosa obra de infraestructura que el tamaño de sus habitantes en nada correspondía con las cualidades de una sociedad que avanzaba a pasos de gigante por el camino del futuro, el progreso y la prosperidad, pesara a quien pesase.
Cuando el tren hizo su parada en el andén acordonado de la nueva estación de Soldaneta, se abrieron en primer lugar las puertas del furgón donde viajaba el señor ministro, quien salió del interior esgrimiendo la sonrisa más oronda de sus tres legislaturas, con una fila de dientes perfectamente alineados, brillantes. La banda del Tercer Regimiento de Artillería Necesaria del Ejército de Absolutamente Todo minoreano, acuartelada de manera provisional en la antigua sede de la facultad de Filosofía y Letras Contingentes de Nonada, hoy extinta, enardeció más si cabe la compostura orgullosa del señor ministro, que fue recibido por el Excelentísimo señor Alcalde de la capital, señora y personalidades varias. Enseguida el cortejo subió por las magníficas escaleras mecánicas en dirección al Palacio de la Esclusa, donde sería ofrecida una magnífica recepción y una rueda de prensa multitudinaria.
Los fotógrafos y camarógrafos subieron a prudente distancia del cortejo, pensando muchos de ellos en los canapés de salmón ahumado que a buen seguro alegrarían su dura y ajetreada jornada profesional. Sólo entonces se abrieron las puertas de los demás furgones, para que un público capaz de soportar una espera de escasos segundos por razones de seguridad, que no de menosprecio ni de todavía hay clases, saliera de nuevo a la luz del espléndido cielo nonadeño.
La mayoría salió, tundida de empujones, empellones y contracargas, tan considerables como los acometidos por cuerpos humanos, si bien pequeños, sometidos a la multiplicación de sus masas por la aceleración y deceleración con la que eran zarandeados sus respectivos pesos. Pero una minoría considerable tuvo que ser desalojada por los equipos de rescate, que acudieron prestos, una vez se hubo informado de la catástrofe por parte de los elementos policiales congregados para garantizar la seguridad de la ciudadanía. De entre los fallecidos, la mayoría lo fueron por asfixia y aplastamiento, aparte de los que recibieron contusiones y fracturas múltiples por causa de los golpes contra suelo y paredes. Muchos otros tuvieron que ser ingresados en algunos de los modernos y avanzados hospitales de la ciudad, aunque algunos acabaron en las salas de emergencias normalitas, que son las que más abundantes, y en las que se les atendió como se pudo, y según cada caso, habiendo incluso unos cuantos que quedaron francamente bien, teniendo en cuenta la gravedad del susodicho caso.
En la multitudinaria rueda de prensa no hubo canapés de salmón ahumado, pero sí barra libre, abierta hasta mucho después de que se retiraran las autoridades a hablar de sus cosas. Quizá por eso nadie se enterara mucho de los muertos y heridos en el tren, ni del caso del muchacho alto y joven que, colgado como un gimnasta de dos agarraderas, terminó atravesando varios furgones a través de cristales rotos y cráneos de prójimos. Por suerte, la inventiva del pueblo minoreano, sabio e ingenioso como pocos, (quizá para compensar su reducido tamaño, que diría un mayoreano) supo resolver el problema, y pronto aparecieron en los mercadillos y rastros de la ciudad unos curiosos inventos para solucionar el problema de las agarraderas demasiado altas de unos furgones de metro que habían sido obtenidos de manera tan provechosa gracias a la diplomacia y las buenas relaciones con el país de Hamelín, donde claro, son más altos, pero unos maravillosos administradores. Ahí están si no los resultados para probarlo.
Ángel González García
28/04/2004
Aullemos, dijo SaramagoAnoche Saramago habló con su acento maravilloso, y aulló también, perro portugués como los que corean la partición de la balsa ibérica en una de sus novelas.
Habló Saramago de la democracia, de la verdad, la justicia, la bondad y la decencia. Aulló, "para que se le oyera" e invitó a aullar a todos los seres humanos de buena voluntad y entendederas, "para que se nos oiga", para que la democracia sea algo más que "lo menos malo", y la justicia recupere las posibilidades que nunca ha tenido.
José Saramago, además de un maravilloso escritor, es un hombre bueno, que defiende lo bueno, lo justo y lo necesario. La bondad y la justicia que defiende Saramago no son las del idealista de cabello plateado que vive a espaldas de la realidad, con su sangre y sus suciedades. La utopía que postula es la necesaria, la pragmática, la egoísta si se quiere. En su último libro, el 83% del electorado de un país vota en blanco. Lo hacen para protestar sobre la naturaleza formal y hueca de la democracia en que viven (vivimos). Lo hacen con un afán colectivo de utopía, pero con los pies en la tierra con que se construye la realidad. Como ese alfarero, protagonista de otra de sus novelas, que sigue trabajando en su taller, a sabiendas de que es lo único posible, en un mundo que ya le ha condenado a la nada.
Saramago aúlla pidiendo justicia, y su utopía es la del sentido común. Su denuncia es la obvia: cuando dice que la democracia no será plena hasta que los poderes verdaderamente fácticos dejen de ser los del gran capital, Saramago tiene los pies en la tierra, no se entretiene en ensoñaciones. Cuando propone el diálogo, el poder de la bonhomía, la honradez en la política, la justicia en el dinero, no lo hace desde la lejanía de lo teórico. Sabe que la utopía es en realidad el único camino sostenible, posible, deseable y realizable. Son las otras, la ideas que han sostenido al mundo desde que tenemos memoria, las que andan descarriadas entre idealizaciones empecinadas y condenadas al fracaso. Nada hay más utópico e irrealizable que el axioma neoliberal de que la riqueza concentrada en unas manos acabará revirtiendo en la riqueza de la sociedad y la mayoría de sus miembros. O un porcentaje decentemente alto de ellos. Nada más ensoñador que pretender la paz donde sembramos injusticias.
El egoísmo bien entendido empieza por todos nosotros. Sostener que siempre habrá ricos y pobres no es realista, sólo es insuficiente. Mientras tengamos que seguir viviendo juntos, sólo nos mantendrá a flote la persecución de la utopía.
Iñaki Gabilondo, que entrevistaba a Saramago, lo llamó "brujo", porque en su libro, escrito hace ya algunos años, aparecen extrañas coincidencias con los sucesos acaecidos recientemente en España. También en la ficción de Ensayo sobre la lucidez hay un atentado contra un tren, y también en la novela la acción ciudadana, espontánea y pacífica, da un vuelco impensable a la situación política del país. Más que brujo, Saramago parece un chamán de la "tribu de la sensibilidad", que es una bonita forma de llamar a los artistas, a los escritores, a los músicos. Y pareció anoche un chamán cuando, con sus musicales sibilantes lusitanas, dijo: "están pasando cosas extrañas", refiriéndose a la esperanza, a la voluntad de cambiar el mundo.
"Otro mundo es posible", he visto ondear en algunos balcones de mi barrio de Lavapiés, y he sentido algo de esperanza. Anoche, en el teatro Alcázar de Madrid, un perro portugués encarnado en chamán trajeado lo reiteró entre verdades y bellezas. "Aullemos, dijo el perro, para que se nos oiga.
Ángel González García
29/04/2004
Prostitución académicaOcho meses después de solicitar trabajo en una escuela de idiomas, me llamaron la otra mañana. Me preguntaron si tenía tiempo, y contesté lo obvio, así que me emplazaron para una reunión al día siguiente, en un pueblo de las estribaciones de la sierra de Madrid, como a cuarenta minutos de la capital.
Como sólo llevo unos meses aquí, me tomé el desplazamiento como una excursión campestre. Me apeé del autobús, como me habían indicado, en una urbanización de lujo, ubicada en un paraje de gran belleza, a mitad de camino entre una dehesa bellotera y los mismísimos Beverly Hills.
En la esquina, un colegio privado a las puertas del cual varios mercedes, un porsche, algún BMW y un Jaguar depositaban su carga de chavales uniformados. Buen síntoma, me digo, mientras avanzo por entre calles diseñadas para conducir en ellas, entre chalés de lujo matritense. Alguna chacha de las que viven en la casa sale a recoger el cubo de la basura y me saluda como quien no se fía. No la culpo. Otro Jaguar sale de un garaje, y esto ya empieza a parecer la selva amazónica. Al final de una calle/veredita bucólica, una garita con su guarda me cortan el paso.
Me identifico, y el paso se me franquea, o sea, se me hace franco. Bien. Se trata de una propiedad enorme, provista de varios edificios, piscina grande, parque privado, amplia zona de aparcamientos, plaza central con fuente grande, glorieta recoleta...No la diseñó un arquitecto, sino un concejal de urbanismo, es obvio. La seriedad de la empresa que lleva el cotarro queda confirmada por la piedra berroqueña que da cobijo a aulas y oficinas.
El estilo arquitectónico es nórdico, anglosajón diría, con un aire de neogoticismo fantasmal que contrasta con la dehesa que se extiende entre encinas y alcornoques más allá de los sinfines del parque. En el interior son todo maderas nobles, diseño y amabilidad, mientras espero junto a una chimenea a que me reciba el jefe de estudios. Seremos tres los candidatos hoy, y nos conducen a un aula tecnológica, espléndidamente dotada de cuanto quiérase desear para dar clase de idiomas.
A la amabilidad se une la profesionalidad de los directivos. Se trata de una empresa seria, de reconocida calidad y buena reputación, a nivel internacional.. El test de personalidad que nos hacen parece haber sido diseñado por alguien que entiende en esto de seleccionar personal. Se nos pide, entre otras cosas, que improvisemos en unos minutos un plan de clase. Se nos explica que, de pasar la selección, podremos tomar parte en un curso de formación. Se agradece. Nunca acaba el docente de formarse. Y además, es gratis, cosa que no todos ofrecen. Haberlos, háylos por ahí que te exigen un curso de formación, valorado en unos cientos de euros a veces, para poder optar a un puesto de trabajo. Que tengas dos carreras y experiencia profesional no importa.
Si el cursillo es superado satisfactoriamente, el candidato pasará a ejercitar prácticas no remuneradas allí mismo en el castillo neogótico. There is the rub. Trabajaremos gratis, con suerte y con una magnífica excusa por delante, pero estaremos prestando nuestros servicios a cambio de nada, aunque sea por una o dos semanas. Menos da una piedra, me digo, y las berroqueñas pseudogóticas del palacete serrano prometen seriedad y buen trato laboral, así que termino mi plan de clase y subo a enfrentarme confianzudo a la entrevista individual.
Arriba, en una sala amena, exquisita y cara, continúa el proceso de selección. Mis títulos, experiencia, publicaciones y conferencias me avalan. La empresa quiere gente muy preparada, dispuesta y con horarios y exigencias flexibles. Me froto las manos. La clientela está compuesta por profesionales de nivel medio-alto: ejecutivos, diplomáticos, periodistas de todo el mundo, que vienen a esta finca lujosa de la serranía de Madrid, pasan una semana a pensión completa e sus instalaciones, y reciben cursos intensivos de inmersión lingüística. Un licenciado de 24 años no serviría. Necesitan gente con caché, y yo me sigo frotando las cavidades metacárpicas (figuradamente).
Me veo dando clases de cultura, lengua y literatura a ejecutivos de alto nivel, periodistas enviados por canales de TV para mejorar su español, diplomáticos intentando mejorar su nivel...Paseando por el parque privado mientras practican el subjuntivo y comentamos un artículo de prensa.
La entrevista va bien, hasta que me dicen que no harán contrato “al menos de momento”. El salario es de 12 euros la hora. El transporte cuesta ya más de 4.
En la calle Torrecilla del Leal, en Lavapiés, dos chicas francesas, profesoras, ganan para ir tirando, dando clases de idiomas y apoyo escolar a los niños del barrio. Me han dado algunas clases, y estoy contratado. Me pagan exactamente 12 euros por hora.
El local es pequeño. Quizá en tiempos fue una frutería. A veces, el olor a pescado del mercado de Antón Martín llega hasta la puerta de su aula (en singular y sin ordenadores). Los ejecutivos, diplomáticos y periodistas que vienen a la sierra a aprender pagan un mínimo de 100 euros por hora de clase. Las clases son de cuatro alumnos. De 400 euros que cambian de manos en razón de un servicio académico prestado (soy yo quien lo presta, por mucho que la informática y los medios audiovisuales me ayuden) yo veo 12. Los alumnos de la academia de Lavapiés pagan 7 euros por hora. Yo cobro igual en ambos sitios.
Yo no soy economista, pero no creo que varios años de estudiar los flujos, reflujos, mareas y estrategias de cómo se mueve el dinero me convencieran de que es justo que en ambos lugares me ofrezcan el mismo sueldo.
Epílogo: Ahora que lo he escrito, me he dado cuenta de que, con cambiar unos pocos sustantivos y adjetivos, esto podría quedar como un artículo sobre la prostitución de lujo versus la otra de la esquina, que como ahora están de moda...
Ángel González García Aguirre (Esperanza) o la ira de DiosLa presidenta de la Comunidad de Madrid dice que la obra de Iñigo Ramírez de Haro “Me cago en Dios” es blasfema, y yo estoy de acuerdo. Luego dice que no se puede subvencionar dicha obra, porque “atenta contra la dignidad de los creyentes”. Ignoro si el autor es o no creyente, pero afirmo que para cagarse en Dios (y más si se escribe su nombre con mayúsculas) hace falta o bien creer en él (minúsculas mías), o haber llegado al ateísmo tras años de educación religiosa, contra la cual, precisamente, surge la blasfemia. Si el autor de la blasfemia es creyente, tiene tanto derecho como el que más a exponer su punto de vista y sus sentimientos sobre la divinidad. Si no lo es (creyente), tiene el derecho adquirido de quien fue educado en una sociedad cristiana. En mi caso, reconozco que perdí la fe hace mucho. Pero, aunque la unión entre un servidor y la comunidad de los fieles (ecclesia) se haya roto, mis años de convivencia en aquel matrimonio (unión místico/conyugal del alma con su creador) me dan derecho a decir lo que se me venga en gana del creador, en cualquiera de sus potencias y personas. Y por lo tanto, a blasfemar.
Se pregunta la señora Aguirre “¿qué pasaría si se hubiera titulado la obra con la palabra Alá?” y se contesta que cualquiera habría puesto el grito en el cielo ante el desacato y falta de respeto y tacto. Quiero responder aquí a la señora Aguirre lo que se suele decir cuando un tercero se mete en disputas familiares: “puedo yo, y quiero, meterme con mis señores padres, hermanos o familiares varios, pero eso no significa que haya de permitir que el de fuera también lo haga.
No es lo mismo que el señor Ramírez de Haro escriba “Me cago en Dios”, a que blasfeme contra el dios de una religión que ni le ha sido impuesta en la escuela, ni ha visto más que desde fuera, ni es (aunque en tiempos lo fuera) la mayoritaria en este país. Personalmente, yo no me siento capacitado para blasfemar contra lo que conozco desde fuera (aunque ése fuera esté en la memoria histórica de mi cultura), ni creo tener el derecho a enojarme hasta tal punto con el dios de una religión que no es la mía. Pero reconozco el de todo musulmán a dar rienda suelta a sus represiones emprendiéndola a expletivos contra el ser supremo. Quienes condenaron a Salman Rushdie por mucho menos que lo que ha hecho Ramírez de Haro, en cambio, estarían de acuerdo con las palabras de Aguirre, y aplaudirían la amenaza de retirar apoyos y ayudas institucionales a obras de este tipo.
Detrás de la blasfemia suelen estar el rencor o el desconocimiento. Cuando el que blasfema lo hace contra la religión que le vio nacer, le suelen impulsar motivaciones morales y principios éticos, que consideran traicionados por quienes ostentan las jerarquías de la religión. Cuando se blasfema contra el dios del vecino, se hace desde el odio, el desprecio y la falta de consideración hacia lo que no se conoce.
Ángel González García
30/04/2004
Reservado el derecho de oraciónEl Vaticano ha negado la petición hecha por algunas asociaciones islámicas para permitir a los musulmanes compartir el espacio de la actual catedral de Córdoba. El portavoz de relaciones inter-confesionales de la Santa Sede ha declarado que los musulmanes cordobeses tienen que “aceptar la Historia”.
La Historia se escribe. A veces se re-escribe, siempre se edita, y se le sacan versiones. El Vaticano debería especificar: “Los musulmanes que quieran compartir la que fue mezquita con los cristianos deben renunciar a su pretensión, y aceptar la Historia que escribieron los ganadores, y aceptar además la versión que abarca desde tal año hasta tal otro”, debería haber dicho la curia romana.
Hace más de 400, dos moriscos granadinos, Alonso del Castillo y Miguel de Luna, también tuvieron la idea de compartir rezos con sus vecinos cristianos. Se demolía por aquellos años el alminar de una principal mezquita granadina, para ampliar la catedral. La “Torre Turpiana” tenía sorpresa dentro, y entre los escombros de sus cimientos apareció una caja con unos huesos, un trozo de tela y un texto misterioso, escrito en varias lenguas.
La caja, como habrán adivinado, había sido escondida allí, quizá la noche siguiente al derribo, por Alonso del Castillo y Miguel de Luna. También habían sido ellos los autores del arcano texto, y es que tanto suegro como yerno eran personas polifacéticas, que lo mismo firmaban un tratado de historia, que curaban enfermedades o traducían textos para el mismísimo “Rey Prudente”. El pergamino hablaba de los comienzos del Cristianismo en la ciudad del Darro, y de cómo los primeros evangelizadores penibéticos (y, por ende, los primeros mártires) habían sido nada menos que unos árabes llegados desde oriente.
Los huesos de los supuestos mártires (en concreto los de San Cecilio) fueron llevados al El Escorial, donde Felipe II los hizo reverenciar como era debido. El trozo de tela sufrió destino semejante, y Granada, musulmana un par de generaciones antes, pasó por la mayor ola mística cristiana de su modernidad, que acabó en la fundación de iglesias, conventos, etc.
El manuscrito condujo a otros, como en una búsqueda del tesoro orquestada por Castillo y Luna. Al final, en el Sacromonte se descubren las planchas de plomo que hoy llevan su nombre, que se hizo precisamente sacro tras el descubrimiento. Se trata de unas placas de plomo grabadas en un árabe falsamente arcaico, en las que Castillo y su yerno se reinventan la Historia Sagrada, y re-escriben los Evangelios Cristianos en una versión mestiza.
Lo que ambos pretendían era reconciliar la Biblia cristiana con el Corán, creando una especie de terreno neutral para que los moriscos pudieran aceptar la conversión forzosa a la que habían sido sometidos, y para que sus vecinos cristiano viejos dejaran de tratarlos como una casta a extinguir. Como buenos andaluces, Castillo y Luna eran, a pesar de musulmanes, muy devotos de María, y por eso se les ocurre poner en boca de la Virgen esta serie de lindezas que quisieron limar las diferencias entre moros y cristianos.
El revuelo que causaron los plomos duró 80 años. Durante éstos, los huesos del “mártir” (a saber de dónde los habían sacado Luna y su suegro) fueron adobados y adorados; San Cecilio se quedó como santo patrón de Granada; se fundó la abadía del Sacromonte; se expulsó a los moriscos; se discutió largo y tendido sobre la autenticidad de los plomos, y al final (en 1680) el Vaticano dio por cerrado el caso, condenándolos como apócrifos y mentirosos.
El que esto escribe es ateo, y por eso considera el apócrifo de Alonso del Castillo y Miguel de Luna tan válido o tan falso como todo otro libro pretendidamente sagrado. Pero también el que esto piensa entiende que textos como la Biblia, el Evangelio o el Corán son expresiones de la espiritualidad de pueblos enteros, y que como tales tienen un valor quizá más importante que su supuesto origen divino.
Los plomos del Sacromonte también fueron la expresión de una colectividad que quiso acabar con las barreras y el odio. Muchos moriscos, como Alonso del Castillo y Miguel de Luna, quisieron encontrar, ingenuamente, un lugar común desde el que ponerse en contacto con su dios, y hacerlo con el vecino al lado, cada uno a lo suyo y los dos en comandita.
Nada de ello fue posible. Hoy, la catedral de Granada es una bellísima obra de arte, elevada sobre las ruinas de otra, que a su vez lo sería de una anterior (o casi, casi). Así ha sido (y sigue siendo) nuestra Historia. Pero entre los cimientos de una, de cualquiera de las que quedaron enterradas, aún podemos hallar cofres misteriosos que apunten a lugares posibles, a lugares comunes.
La catedral de Córdoba no fue tan cara como la granadina. No costó, al menos, tanto derribo. Quedó allí más patente, sin necesidad de inventar plomos apócrifos, que es posible y necesario que cristianos, moros, judíos y ateos amantes del arte pidan paz y pidan justicia, y que lo hagan pared con pared, jardín con coro, claustro con mihrab, tabique con tabique. Tenemos el local. Tenemos la clientela, tanto para llenarlo un viernes como un domingo, tanto para la Semana Santa como para el Ramadán. Abramos el chiringuito de rezar, que al cabo van a ir todos a pedir lo mismo. Hasta los que vamos de cabeza al infierno de los descreídos. A lo mejor juntando rezos sale Dios (esta vez sí, con mayúsculas) del armario y nos deja a los ateos con dos palmos de narices. Por bocazas, que lo somos.
Ángel González García Operación CervantesOperación Cervantes
Queridos lectores: Dentro de pocas jornadas dará comienzo la primera edición de Operación Cervantes. Tras meses de negociaciones, sugerencias y expectativas, ya estamos en disposición de anunciar la próxima premier mundial del primer concurso de realidad literaria online.
Ocho aspirantes participarán en este proyecto. La selección será dura, y sólo un pequeño porcentaje de ellos obtendrá un lugar en “la casa”, un espacio virtual y literario donde permanecerán recluidos hasta que ustedes, los lectores, los vayan expulsando de ella, uno a uno.
El premio: el mayor regalo posible para quienes, como nuestros aspirantes, desean dar comienzo a una carrera en el difícil mundo literario hispano. Gracias a intensas negociaciones, hemos obtenido el patrocinio de una editorial de primerísima fila, que publicará la bitácora ganadora en forma de libro, abriendo así las puertas del triunfo editorial al concursante que ustedes decidan.
Dentro de pocas semanas, podrán leer desde la comodidad de sus escritorios las líneas que los aspirantes a Operación Cervantes trazarán en el “blogfesionario”. Además de comparecencias indecentes que satisfagan el voyeurismo de chicos y grandes, nuestros participantes realizarán una serie de pruebas, que ustedes mismos impondrán, y que serán seleccionadas por nuestro equipo de entre las enviadas a los comentarios de “la casa”.
Permanezcan atentos a esta bitácora. En las próximas semanas iremos desvelando más secretos sobre nuestro nuevo concurso. Mientras tanto, pueden comenzar a enviar sus sugerencias y candidaturas. Hasta pronto,
La dirección 30/04/2004 20:18 #. Tema: No hay comentarios. Comentar. Balcones Sitios para colgar mensajes. Y que no se sequen.
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