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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2004.
Según han venido descubriendo paleobiólogos, paleoantropólogos y algunos otros paleo científicos, el ser humano vino a aparecer en el planeta por la parte de allá del Estrecho, extendiéndose durante cientos de miles, o millones de años. La ciencia, en su estudio de otras especies, aprendió también a observar y observó que cuando una especie se extiende sobre un amplio territorio, el lugar de origen suele conservar entre sus residentes una mayor variedad genética. Las poblaciones periféricas, en cambio, descienden de un grupo menor de individuos (el grupo o grupos que abandonaron el lugar de origen y sus desdendientes), y muestran mayor uniformidad genética. Dicho de otra forma, hay más diferencia entre el ADN de cualquier africano y su vecino que la que separa a Mao Zedong de Abraham Lincoln, o a Espartaco de Woody Allen. Lo que equivale a decir que el continente africano constituye una biblioteca genética, o una cuenta de ahorros, los que hemos podido acumular a lo largo de nuestra existencia en la Tierra, y que vamos a necesitar en caso de emergencia, como la única, aunque débil, seguridad de permanencia, la de la especie.
Sin embargo, en África se muere la gente de SIDA, y con ella nuestra variedad genética. Se nos está jodiendo el ADN, el fondo de pensiones del que depende nuestra supervivencia como especie. La eugenesia, que quiso falsamente basarse en la ciencia para justificar el racismo, debería expiar sus pecados, reinventarse gracias a la moderna Biogenética, y volver a la carga para purgar sus culpas. Así, el supremacismo racial debería convertirse de una vez en supremacismo especial, de especie, y usar conceptos como el de la pureza de sangre, que hoy se traduciría como "variedad genética", para echar un cable egoísta a África y sus habitantes.
Hoy sabemos que un material genético demasiado uniforme nos haría más susceptibles a la extinción, al quitarnos armas con las que combatir cualquier eventualidad. Aún así, mientras la enfermedad avanza a costa de demasiadas vidas, ni siquiera un egoísmo bien entendido parece poder despertarnos del sopor. Claro que, bien pensado, si no nos importa nada de lo que pase más allá de nuestra puerta, ¿por qué íbamos a preocuparnos porque nuestros descendientes tengan la oportunidad de sobrevivir a una pandemia? Vivo cerca de la iglesia de San Sebastián, una de esas estructuras que mi ignorancia despreciaba, cuando solía pensar que Madrid no tenía iglesias bellas ni rincones mágicos. Eso era cuando un cierto sentimiento provinciano de inferioridad pretendía consolarse con el tipismo del terruño propio, que nada tendría de esa urbanidad cosmopolita de la capital, pero "cuyo barrio del _____________ o castillo de ________________, o cuyas vistas desde la torre de la catedral de __________ valían, aunque sólo fuera por lo pintoresco, más que diez madrides."
Ahora, que no necesito comparar ausencias con presencias, me limito a pasar por delante de la iglesia de San Sebastián y a disfrutar del olivo que nació hace mucho junto a la puerta de la fachada que da a la calle Huertas, en una especie de jardín, que ocupa el mismo lugar que en tiempos fuera cementerio. Al lado de la cancela hay un tramo de empedrado, el más ilustrado de España, con el piso tachonado de letras de bronce que los turistas inmortalizan en píxels. La plaza del Ángel cobija un botellón suministrado por la licorería, regentada por inmigrantes chinos, que despachan aguardiente de lagarto, Coca-Cola, ron y vasos de plástico, dentro siempre del horario contemplado por la normativa municipal. A diez metros, una heladería italiana atendida por un argentino, una tienda de artesanía mexicana y un rosario de bares de copas que te invitan a un chupito presentando en barra el cuponcito que te ofrecen los promotores que jalonan Huertas.
Tras la cancela, un olivo y una fachada que ya no se usa, pero que en tiempos estaba llena de mendigos, de pedigüeños casi medievales, de ciegos romancistas, de lisiados rezadores, de huérfanos profesionales que esperaban a las almas piadosas que venían a ponerse a bien con sus conciencias. Los narra Galdós en Misericordia, y resultaría difícil imaginarlos, entre turistas que comen helado de pistacho, sino fuera porque, en verano, algunos sin casa nada galdosianos se instalan en los bancos y portales de la plaza contigua. Al lado, el hotel en que Manolete rezaba antes de torear, que todavía aparece mencionado en las guías como el hotel de los matadores, escupe de vez en cuando un público adinerado, que ya no entra en la iglesia de San Sebastián, pero que sigue midiendo su éxito con el rasero de los desgraciados de la plaza, acartonados por la miseria y el abandono.
Yo, que paso algunas mañanas por San Sebastián camino del trabajo, sólo a veces encuentro el fantasma de Cadalso, que se quiere saltar la cancela de lo que fue cementerio para robarse el cadáver de su amada. La juerga nocturna de los estudiantes Erasmus de medio mundo impidió al necrófilo platónico consumar su sacrílego escarceo, y la mañana se le viene encima merodeando con ojeras y peluca blanca. A veces le ven los vagabundos que duermen en sus garitas de embalaje de frigoríficos No-frost, y le toman por un colgado excéntrico y le miran no hacer nada, pero tan lúgubremente, que parece cosa de llorar o del diablo, que todo es uno...Y es que para un mendigo que no pudo serlo de Galdós poca importancia debe tener un señorito arromanticado que escarba con los ojos el suelo donde descansó hace demasiado la carne momia de su novia tísica.
Varias estaciones de metro después, llego a la Colonia Metropolitana. Por las amañanas, los rebaños de estudiantes harían pensar que las casas con jardían alineadas en estas calles de ciudad jardín cobijan familias numerosas como de teleserie anglosajona, pero no. La mayoría de jóvenes desaparece después de clase, hasta los que viven en los colegios mayores de la zona, y se vierte sobre Moncloa, con la querencia de bares y aceras concurridas. Cuando terminan las clases, las calles sin bullicio, tiendas ni bares de la Colonia Metropolitana se quedan vacías, o casi. El horario de visitas de las clínicas privadas ha terminado. Los colegios de monjas ya escupieron al chavalerío uniformado, recogido por parentela o servicio en coches de empaque. Una universidad privada que por las mañanas hierve de aspirantes a empresario del año está ahora vacía y apagada, sin nada que justifique la tapia que la define, las puertas que la guardan.
Por entre las aceras ajardinadas aparecen entonces los mendigos del Siglo de Oro, los lisiados medievales, los soldados del Tercio arrastrando muñones por compasión de Dios y la Patria, los ciegos de Galdós y los de todas y cada una de las vergüenzas, literarias o no. Vienen a la sopa boba, porque en algunos chalés sin adosar con pinta de familia pudiente y reproductora se ha instalado el comedor de una congregación de monjitas, seglares o no, que se esconden tras las tapias como se escodían en otros tiempos las monjitas guapetonas de las comedias de capa y espada. Sólo que ahora, en la Colonia Metropolitana, las verjas miran con cámaras de seguridad, y la mayoría de los clientes del comedor de amparo bajaron en algún momento no de las galeras de don Juan de Austria, sino de las pateras que pudieron llegar a la playa. La noche del miércoles, Steven Pinker hablaba, con soltura atípica en un científico, de la naturaleza humana, y desglosaba parte de sus teorías sobre el institnto y el aprendizaje. Era tarde, hacía una noche toledana incluso en Madrid, y Pinker acababa por decir que nuestra parte "buena", "solidaria" y preocupada por la justicia era tan integrante de nuestra naturaleza como la otra, la que antes achacábamos a los "instintos animales"; y que no había solución ni final previsto para la eterna "lucha", o desequilibrio, entre el ser humano que mata, oprime y abusa, y el otro, el que también por instinto y también por haberlo aprendido tiene en cuenta los sentimientos y derechos del prójimo.
A esa misma hora, en el kilómetro 54 de la carretera nacional N-1, esas dos naturalezas del ser humano se cruzaron por carriles equivocados. Un conductor suicida en sentido contrario a velocidad malsana asesinó a dos inocentes, padre y madre, que volvían del puente con sus dos hijos. En sentido opuesto, como le correspondía, un camionero de Ciudad Real paró al ver el criminal accidente, y se jugó la vida para salvar a los dos niños, que están graves, aunque fuera de peligro. Esta mañana me he despertado temprano. Me sentía extraño, fuera de mí. En el cuarto de baño, me miré al espejo y me llevé la mayor sorpresa de mi vida. El rostro que vi reflejado no era el mío. Era yo, sí, podía adivinarme en la expresión de los ojos, en los gestos involuntarios e indefinibles, pero no era mi cara. La barba había desaparecido, el peinado era diferente, y mi piel brillaba con artificio, lisa como la porcelana y fría como un esquema desdibujado. Un cierto aire andrógino me invadía la mirada, que aparecía languidecer por momentos, a medida que la piel se hacía cada vez más imposiblemente blancuzca y tersa.
Miré a mi alrededor, y eché enseguida de menos mis azulejos blancos y azules. En su lugar, losas de mármol blanco y negro, y un retrete con forma de silla intergaláctica. Sonaba una extraña música, de origen desconocido, y mi cuerpo estaba enfundado en un pijama de seda, que más parecía esmóquin de diseño. Al volver a mi cuarto, que había crecido hasta un tamaño tres veces superior al de mi antiguo pisito, vi que mi compañera dormía como quien posa, perfectamente maquillada con artificio de aerógrafo y Photoshop. Su languidez era como de película antigua, y no desapareció ni aún después de despertarse y hablarme con una voz que no era la suya. Fueron unas palabras incomprensibles, en francés de pasarela.
Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba pasando. "¡Pero si tu no hablas francés!", dije con una voz prestada. "Ni yo llevo trajes Moschino", continué, mientras me ajustaba una corbata de 1200 euros. Un violonchelo sincopado hacía bailar las ondas de raso de las sábanas, negras como la elegancia prestada que me invadía. Tardé unos segundos en encontrar la mesilla de noche, entre otras cosas porque su diseño extraño ocultaba los cajones, blancos sobre negro de ébano y mármol. Dentro, un frasco de perfume, que tuve que tirar por el desagüe (tras varios intentos de dar con el mecanismo de la cisterna) para volver a la normalidad.
El médico me ha dicho que no hay tratamiento, pero que no me preocupe, que no deja secuelas, y que se me pasará después de Reyes. Bush acaba de aparecer en conferencia de prensa para poner un parche a la opinión púbica estadounidense. Ésta, que muy de vez en cuando pone otros asuntos por delante del crematístico, anda un tanto escandalizada porque las cartas de condolencia a los familiares de sus militares muertos vienen firmadas a máquina. Una cosa es que la carta en sí sea una plantilla normalizada (que tampoco están las cosas como para redactar una esquela empática por cada marine desventrado por la metralla) pero muy otra es que ni la firma sea real, sino que venga impresa al por mayor, gracias sin duda a Adobe Photoshop. Por ahí no quieren pasar los americanos, que, muy al revés del estereotipo que de sí mismos tienen, prestan una enorme importancia a las formas y maneras, por muy huecas que éstas estén.
Así, el delfín tejano se ha plantado delante de los medios de comunicación, con su inglés ofensivo y su lógica de primero de BUP, y ha dicho un par de preciosidades. Entre ellas, la enésima enunciación de su principio universal de gobierno: "la libertad es un valor universal; las sociedades libres no luchan contra otras en guerras injustas; el mundo es hoy un sitio mejor, gracias a la invasión de Iraq, y la libertad es lo que nosotros digamos, pues para ello tenemos monopolio esclusivo sobre ella". Todo ello aliñado por la cansina verdad absoluta de que "América no descansará hasta que la bandera de la libertad ondee por el mundo entero". "
A los catorce años, y con poco que uno haya leído, pensado u oído comentar a los mayores, suelen tenerse similares certezas y revelaciones. Lo bueno es que, hoy en día, pocas sociedades están regidas por adolescentes hormonados y con el pavo aún sin sacudir. Otro gallo les cantó a los europeos de hace 500 años, quienes en muchas ocasiones fueron regidos por monarcas lampiños o emperatrices escasamente púberes. Por desgracia para el presente, el líder del mundo parece no haber abandonado esa edad en la que el universo entero se derretía como cera al calor de nuestras adolescentes certezas irrompibles. Por desgracia para los iraquíes, Bush está convencido de que lo que él y unos cuantos millones de occidentales adinerados y con automóvil llaman libertad es la única versión posible que de tal concepto puede y debe tenerse. Además, tanto el líder como quienes lo apoyan están preparados para dejar que mueran unos cuantos siempre y cuando las cartas de condolencia vengan firmadas de puño y letra.
A continuación de esta noticia, la BBC informa que se ha decidido sortear mediante lotería qué lista electoral iraquí aparecerá primero en las papeletas en las próximas elecciones. Al parecer, y tras demasiadas controversias al respecto, se ha optado por el sistema del sorteo, supuesto legal que no sé si está incluido con el "Freedom Pack" que vinieron a ofrecer (de puerta en puerta) los marines, pero que se aplicará de todas formas. Supongo que la libertad, tal y como la definen quienes pretenden imponerla por la fuerza, debe saber adaptarse en esto de las formas, ya que no en lo esencial. Carmen es puertorriqueña, tiene pasaporte estadounidense, y no ha estado nunca en Euzkadi. Cuando vemos las noticias, Carmen siempre está haciendo algo, parece que concentrada en esa otra actividad (cualquiera que sea) que los hombres no sabemos sincronizar con la de prestar atención.
Sin embargo, cada vez que se menciona el Plan Ibarretxe, Carmen distrae la mirada de su otra actividad (sea ésta la lectura, la escritura o “sus artesanías”, como diría Johann Sebastian Mastropiero), mira a la pantalla, sube las pupilas hasta esconderlas en los párpados que bajan a propósito, y se muerde el labio superior suavemente, para a continuación mover la cabeza de lado a lado, como quien ve a un niño haciendo una barrabasada. A estas alturas, es preciso confesarse y confesar que servidor es propenso a las depresiones estacionales, que yo de por mí motejo de “autismos de invierno”.
Embutido este año más que otros en mi aislamiento patológico, llevaba ya demasiadas semanas pisando la calle sólo lo imprescindible, desairando amigos y familiares a golpes de silencio, y comprobando a cada rato el contador de visitas a mi bitácora, buscando un canal de comunicación con desconocidos, mientras alieno inexorablemente a conocidos y queridos.
Hoy, por fin, la obligación de ir a pagar el alquiler me he sacado a la calle, para que el frío mesetario polarizado por la borrasca norteña me diera de bofetadas, desquitándose de las que mi eremitismo de patio interior le había hurtado. Bien pronto se me han quitado las ganas de pasear las carnes por las hieleras de Lavapiés, y he deseado tener a mano un claustro resguardado, como el que cobija las tímidas salidas del monje que medita caminando entre arcos mientras se airea su celda-leonera. “Cabin fever”, llaman los americanos a esa verdadera fiebre que provoca el encierro, la que hacía enloquecer en sus cabañas de madera a tramperos y pioneros, en los largos meses del invierno. Los americanos que conquistaban la naturaleza salvaje de abril a septiembre no tenían claustros donde refugiarse de la ventisca, ni yo tampoco, así que decido tomarme el enésimo café en el Barbieri, a la vista de la Plaza de Lavapiés. Un poco más arriba, en la calle del Ave María, hay una farmacia que me gusta imaginar es la misma en que Maximiliano Rubín, el legítimo de Fortunata, estropeaba fórmulas con las distracciones de su feble psique.
No sé si allá por los años 70 del siglo XIX ya existía el Café Barbieri; es probable que no. Sí lo hacía, en la mismísima plaza de Antón Martín, uno de los cafés más emblemáticos de aquellos años. En él recaló algún tiempo Juan Pablo Rubín, el hermano del contrahecho farmacéutico, y allí lo encontró don Evaristo, protector de la perdida Fortunata, para convencerle de que apoyara la reconciliación entre los esposos. Hoy en Antón Martín hay un Burger King, debajo justo del globo que anuncia otra farmacia famosa.
La decoración del Café Barbieri recuerda a la de todos esos cafés que han hecho las veces de claustros resguardados de los fríos madrileños. Es fácil soñar aquí, e imaginarse charlando y discutiendo con un grupo de personas, tertuliando como ya sólo se hace por Internet, pariendo historias, proyectos, cocciones que se quedarían, con mucha probabilidad, en agua de borrajas. Fórmulas fallidas, pero no peligrosas, como las de Maxi Rubín; sueños en los que, décadas después, se reúne a varios contertulios frente a las cámaras para recordar aquellos años de tertulias en el Barbieri, de libros publicados, películas dirigidas, obras estrenadas, homenajes sentidos y juergas salvajes...Sueños irrealizables, porque hoy las tertulias no están en las reboticas ni en los cafés, sino en los chats de Internet, y los cafés son sitios para merendar, y además un servidor cada vez se vuelve más autista. El año hará bien en terminarse, por lo que a un servidor respecta. En su marzo, 192 de mis conciudadanos murieron a escasos trescientos metros de casa. En noviembre, mi padre murió, y las Navidades me han pillado con el alma llena de un memento mori que no soy capaz de desatascarme de la boca del estómago.
Ahora, el falso reflejo de deísmo que puede quedarle a esta consciencia atea y asustada se ha resentido en la médula, cuando una enorme ola ha arrasado de cuajo con más de veinte mil semejantes, lejos sí, pero tan cerca. No estoy para bromas, porque de carne de inocentes está hecha la llaga que más me duele.
Que acabe el año, aunque eso me acerque, nos acerque a todos un poco más a la muerte. Y perdón por el pesimismo, pero es que no podía guardármelo. En reciente conferencia de prensa, el delfín ha tenido que pronunciar por primera vez en su vida el nombre de algunos países del mundo en el que la mayoría habitamos. Su comparecencia, motivada por el reciente maremoto en Asia, ha sido para asegurar que se tomarán las medidas necesarias para ayudar a los supervivientes.
Por suerte, el arbusto-zarza incombustible que nos manda no se ha liado la bandera a la cabeza, para condenar el "terrorismo Tsunami" ni prometer que "las placas tectónicas pagarán por su crimen, las sacaremos de sus escondrijos y responderán de sus actos ante el mundo libre". Lo que dice Juan Manuel de Prada leer en ABC sobre los Archivos de Salamanca da con la tecla, cuando se pregunta si la restitución de los archivos a la Generalitat catalana significaría también la devolución de lo que se desamortizó cuando Mendizábal. Incluso se pregunta qué pasaría si, con la misma regla de tres, "el Islam reclamara la restitución de los templos y palacios que le fueron usurpados en la Reconquista?". El argumento tiene su aquél de gatillo flojo lógico, historicista y dialéctico, y por tal lo habrá tomado el editor de ABC . Pero yo tengo otro, ya puestos: Incluso teniendo en cuenta que la palabra Generalitat evoca al castellanoparlante un sentido vago y "general" (en tanto que colectivo), la realidad es que la Generalitat de Catalunya tiene una entidad física, legal, política e institucional. Por tener, tiene hasta dirección de correo, porteros y aparcamientos. Ese "Islam" de que habla Juan Manuel de Prada no puede decir lo mismo. Difícil le será a un concepto tan general como el que define el vocablo Islam rellenar las solicitudes de devolución de la Alhambra, sobre todo cuando haya que rellenar la casilla del CIF. Cierto es que la Iglesia Católica, al igual que la Generalitat, tiene dirección, porteros y todo lo demás. Pero también tiene algo de memoria (poca) y sabe que, en lo que a desamortizaciones respecta, mejor le está quedarse callada y no levantar la manta... Comparto con de Prada la preocupación por las exageraciones en esto de desfacer entuertos históricos. No se puede ya devolverle el oro a Moctezuma, ni al PRI para que lo administre; ni tampoco es posible, a estas alturas, ofrecerle un kleenex a Boabdil, mientras regañamos a su madre con el dedo índice. Pero otra cosa es devolver lo que robó un régimen, no de hace siglos, sino de tiempos en los que muchos de quienes se oponen ahora a la devolución ya cobraban nóminas a cargo del Estado.
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