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02/05/2004
Jubilación Compostelana Puede que Jesús practicase la carpintería ayudando a José, y puede incluso que Simón Pedro fuera pescador antes que vicario de Cristo. Pero la Iglesia de hoy en día más parece querer arrimarse al gremio de la construcción, por la forma en que reparte una de cal y otra de arena, sin necesidad de mezcladora. Ayer se supo que el Vaticano ha negado a los musulmanes el derecho a rezar en la mezquita de Córdoba, y hoy el cabildo catedralicio de Santiago de Compostela ha decidido retirar una talla del XVIII, porque no quiere “ofender sensibilidades” de otras culturas. La imagen, una talla policromada que representa al santo a caballo, descabezando infieles, ha sido catalogada de ofensiva contra los musulmanes y se va a retirar, aunque no parece estar muy claro cuál será su nuevo destino. Según mantenía Américo Castro, la propia aparición de un culto guerrero para este santo patrón de las Españas surgió como respuesta a la práctica musulmana. Según lo entendió el insigne historiador, las huestes cristianas carecían de un líder espiritual a la vez que guerrero, a quien invocar en asuntos bélicos. Si bien los andalusíes entraban en batalla al grito de ¡Mahoma!, parece que los primeros reconquistadores le hicieron ascos tempranos al uso del nombre y la imagen de Jesús repartiendo mandobles, por razones obvias. Sería así, por imitación, que los asturianos, leoneses, gallegos y castellanos empezaron a valerse del apóstol, adaptando la tradición hagiográfica de un santo no castrense, hasta convertirlo en adalid militar y divino. Su subsecuente aparición en la batalla de Clavijo, cooperando para la derrota muslime, acabó por consagrar a Santiago como guerrero de la cristiandad castellana. Cataluña y Portugal optaron por San Jorge, otro héroe a caballo, capaz de derrotar el sólo a un terrible monstruo. Curiosamente, siglos después de la batalla de Clavijo, Santiago se llegó a convertir en santo predilecto de los no muy ortodoxos moriscos castellanos. Para estos conversos y sus descendientes, los aspectos menos desagradables (o más atractivos) del Cristianismo impuesto eran aquéllos que más les recordaban las tradiciones y preceptos islámicos. Santiago, así, les traía evocaciones del Profeta o de Alí, el héroe celebrado y seguido por los chiítas, entre los que se contaba un número de musulmanes españoles. A pesar de ello, ahora se va a retirar de la catedral compostelana la imagen de Santiago en plena refriega. Catalanes y portugueses no se verán en la misma necesidad, porque un dragón, por muy simbólico que sea, no ofende a nadie. En el caso de otras huellas del pasado guerrero e intolerante del Cristianismo español, no es posible saber cuáles serán las medidas cosméticas a adoptar. Cabe incluso preguntarse si el apellido Matamoros acabará por desaparecer de las guías telefónicas. Al fin y al cabo, las cabezas de infieles rodando ante el tajo santiagués servían un propósito: recordarnos el pasado de nuestras religiones, y aprende de él. Quizá la solución pasara por admitir los errores que se cometieron, enseñar lo que no se debe repetir, y abrirse al diálogo verdadero. Supongo que esa talla polícroma acabará en un almacén, pero quizá lo ideal sería que viajara por el mundo como parte de una exposición. Diversas piezas del arte religioso de todos tiempos y culturas podrían acompañar al santo en un periplo que enseñara a los modernos hasta qué extremo han llegado todas las religiones en su celo por callar las verdades ajenas. Santiago se irguió frente a la Kaaba mahomética como alarde de fuerza espiritual, en una grandiosa “mythomachia Américo Castro, España en su Historia, 122. Barcelona: Ed. Crítica, 2001. Los moros llaman Mafómat, e los cristianos Sant Yagüe. (v.73) Poema de Mío Cid Tienen por santo algunos de los que nosotros Cristianos tenemos y honramos por santos, y particularmente los apóstoles, y los llaman morabutos, y porfían que fueron moros, y dicen que el apóstol Santiago se llamó Alí. Diego de Haedo, Topographía General de Argel. Tomo I, p. 152 Para los moriscos, cruzada y yihad se encuentran, pues, en el mismo plano y, por consiguiente, Santiago (aunque Matamoros), campeón de la cristiandad, puede adoptar los rasgos de Alí, campeón del Islam. Louis Cardaillac, Moriscos y cristianos: un enfrentamiento polémico. Trad. Mercedes García Arenal. México: Fondo de Cultura Económica, 1979. Que no hay más de un Santiago, al qual dio Dios una lanza con tanta virtud, que mataba con ella a quantos quería, y que el nombre de este Santiago en arábigo es Muceph, hermano de Moysén… Gerónimo de Rojas, declarando ante el Tribunal de la Inquisición. A.H.N. Inq. Leg. 197, núm. 5 Ytem que abía dicho y afirmado que Mahoma era secreto de Dios y que estava casado con una prima de Santiago. Acta de acusación contra “Salvador, morisco, esclavo de Martín Coello, vecino de Alarcón” (1574). Recogido por Cardaillac, 431. Ángel González García
04/05/2004
Generación RevivalParece que, gracias a nuestro acceso a múltiples fuentes de información, hoy hemos llegado a nombrar la edad en la que vivimos, reconocerla, discutirla en prensa, cafés y tertulias, casi al tiempo que ella, impertérrita, tiene lugar. O dicho de otro modo, hoy nos inventamos nuestro presente con mayor eficiencia y encono que hace catorce siglos. O quizá no. Lo que sí parece más seguro es que las generaciones de hoy se reconocen en el espejo de su tiempo con mayor rapidez que antaño.
Yo pertenezco a una generación que ha ido siempre muy mal de tiempo. Somos los nacidos en el intermedio de un entreacto de una obra ya acabada. El franquismo, a quien de nosotros pilló, lo hizo vistiendo aún los que ya por entonces se llamaban Dodotis. La Transición era una señora de la que hablaban en el telediario del almuerzo, cuando a lo que nosotros nos interesaba de verdad era que llegara el hombre del tiempo, terminara luego de irse, y pusieran de una vez los benditos dibujos animados. El día de Tejero estábamos en el cole, en clase de naturales, estudiando los afluentes del Guadalquivir, o en el recreo jugando al coger, y nos mandaron para casa y nos fuimos contentos y excitados porque al día siguiente tampoco habría clase. De los Mundiales de fútbol sí me acuerdo, sobre todo de Naranjito y Rossi. Pero nada de eso era Historia. Historia era Franco, la Guerra Civil, y luego más tarde Historia llegó a ser Mayo del 68, la muerte de Franco, Jarcha, los grises, la Constitución, la movida madrileña...Épocas maravillosamente conflictivas y llenas de causas, fiestas a las que los de mi edad habíamos llegado tarde.
¿Y después? Para cuando cayó el muro de Berlín, muchos de nosotros nos acabábamos el plato de macarrones para que nos dejaran ver Mazinger Z, o David el Gnomo. Otros mascábamos chicle de menta antes de llegar a casa para que no se notara el aliento a tabaco furtivo. Y ahora, de pronto, Gorbachov es Historia Contemporánea, y se habla cada vez más fuerte de neoliberalismo e imperio corporativo. Y nos sorprendemos a nosotros mismos hablando de cuando las diferencias entre los malos y los buenos no estaban tan claras, y los rusos también tenían su corazoncito; o de cuando se acabaron los malos malísimos y hubo que pasar una década inventando enemigos de afuera, o catástrofes terribles, o marcianos super-evolucionados, o pandemias apocalípticas.
Ahora, los de mi generación les calentamos la oreja a los jóvenes con batallitas de épocas pasadas, en las que no teníamos móvil y lo que más miedo nos daba era el paro, y los ricos pagaban más impuestos, España no iba bien, nadie se ahogaba en el Estrecho, no teníamos Internet, y los americanos eran unos muchachotes de mal gusto y aniñados en su cuerpo de gigante, un tanto fanfarrones y todo lo que se quiera, pero muy adelantados. Si no, que le preguntaran a Jesús Hermida.
Pero se lo contamos, eso sí, con una visión de nuestro propio tiempo mucho más exacta que la que haya mostrado cualquiera de nuestros antecesores, exceptuando quizá a Nostradamus. Y lo hacemos por las mañanas, en la cola del paro. Y es que por la mañana siempre tiene uno las ideas más frescas, mientras lee en el periódico lo que pasa con el mundo, cómo se va haciendo la Historia.
Ángel M. González García Breve lección de memoria históricaLa primera vez llegaron fue un golpe súbito y repentino. No nos lo esperábamos, porque era inconcebible que algo así pudiera suceder. La impresión que nos llevamos todos fue de las que marcan para toda la vida. Quizá fueron la sorpresa y el desconcierto iniciales los que impidieron que sospecháramos. Claro que hubo algunos que levantaron voces aquí y allá, pero la verdad es que tantas décadas de imaginarnos fantasías y ciencias ficciones no nos habían preparado para lo que llegó, y no fuimos capaces de ver más allá de nuestras narices.
Además, al principio no había manera de distinguirlos. Los primeros en llegar eran verdaderos profesionales. Habían aprendido la manera de comunicarse con nosotros, y lo hicieron poniéndose en contacto casi al mismo tiempo con todos. Parecían estar perfectamente al corriente de todo lo relacionado con nosotros, con todos nosotros, y tuvieron, eso sí, la deferencia de entrevistarse primero con los de aquí, para guardar las formalidades y no despertar malquerencias. Pero a lo pocos días muchos otros de sus enviados, sincronizados al detalle y tan parecidos a todos nosotros que aún hoy resulta difícil distinguirlos, hicieron sus diligencias en otras partes.
Fue la falta de experiencia, sí y, como algunos todavía recuerdan, la falta de memoria histórica, el embebido sopor al que habíamos terminado por otorgarnos lo que nos cegó. En un principio, parecía que todo se abría a mil posibilidades maravillosas. Incluso dimos por bienvenidas muchas de las cosas que trajeron. Como los niños, nos agolpábamos por conseguir las maravillas que desplegaban ante nuestros ojos con sonrisas beatíficas y paternales. Algo de lo que pecamos todos en algún momento, y miente o idealiza el que afirme lo contrario, porque no conozco a nadie que no acabara subyugado ante la cantidad de novedades que nos llovieron en menos de lo que una generación tarda en mirarse al ombligo.
También nuestras relaciones con los demás se vieron afectadas, pero con la excusa de la buena voluntad, la lejanía y el apoyo sin fisuras que en un principio nos prestaron callaron las pocas voces que advertían en contra de un endeudamiento financiero o moral que luego nos atara a obligaciones indeseables. Así, nos ayudaron a barrer para dentro y a hacer de nuestra capa un sayo para mayor conveniencia, como era natural que quisiéramos hacer, en aquellos tiempos de arrogancia juvenil. Algunos protestaron, diciendo que, dada la situación entre nosotros en aquel tiempo, en realidad no se hacía necesaria la ayuda de ningún aliado exterior, pero fue la avaricia impaciente de muchos la que terminó por perdernos a todos. Con la justificación de la rapidez y eficacia con que podríamos amoldar las cosas a nuestra conveniencia, si nos servíamos de la ayuda ofrecida, terminamos, de nuevo, por dejarnos envolver en una situación que ha acabado por explotarnos en la cara.
Porque, acabada la faena y reasegurados en nuestra posición de privilegio sin contestación, comenzaron a dejarse caer por entre círculos de quienes temían que un poder absoluto por nuestra parte acabaría por resultar incómodo o peligroso, y convencieron a demasiadas cabezas pensantes de lo maligno de nuestras intenciones. Y bien sabe Dios que, a toro pasado, hay que admitir que tuvieron sus razones. Al menos esto nos ha quedado de la pérdida, y es que hemos aprendido (algunos más que otros) a mirar atrás y vernos reflejados, si no consolados en la Historia, algo de lo que nunca fuimos capaces mientras lo tuvimos todo.
El caso es que no pasó mucho tiempo desde su primera llegada, hasta el día en que por primera vez mostraron su cara oculta. Mientras algunos locos y visionarios de pacotilla no habían dejado de repetir que detrás de esa apariencia tan semejante a la nuestra se escondían repugnantes monstruos capaces de las más atroces crueldades, al final resultó que lo único que habían ocultado a nuestros ojos era, precisamente, hasta qué punto eran iguales a nosotros. Fue su semejanza, tanto en la apariencia exterior como en los rincones más recónditos de su cerebro, lo que mostraron el día que cambió por completo su discurso y anunciaron las demandas que justificaban como pago a su inestimable colaboración. Al principio intentamos negociar, algo a lo que muy pocos estaban ya acostumbrados, de modo que hubo de desempolvar y sacar de su cómoda jubilación a algunos y rogar para que otros se le escaparan un año más a las garras de la muerte. Pero fue inútil negociar.
Los partidarios de la resistencia, de nuevo amparados en la distancia y en la posición ventajosa que teníamos tanto desde el punto de vista práctico como del moral (una superioridad moral que duró hasta casi la última hora, y que sin duda fue lo último en caer) exigieron de quien correspondía que rechazara sus pretensiones y les conminara calmada pero firmemente a abandonar su postura amenazadora. Comenzó entonces por su parte una verdadera campaña de desprestigio, que ya había dado comienzo sin que hubiésemos sabido darnos cuenta a tiempo, y que tenía muy minadas las opiniones más diversas y encontradas, no sólo fuera, sino incluso entre nosotros.
Aunque en un principio la mayoría se mostró firme, bien pronto empezaron a controlar de maneras aún más sutiles de lo que podíamos haber sospechado la opinión de demasiados. Hicimos todo lo humanamente posible por contraatacar y crear un ambiente favorable a nuestra causa, y puedo dar fe de que se hizo contando con los medios más adecuados de que dispusimos para ello. Pero su superioridad, como en todo, nacía de su insoportable semejanza con nosotros; tanta que fueron capaces en todo momento de anticipar nuestras reacciones y adelantársenos en cada ocasión.
El resultado, de todos es bien conocido. Por mucho que algunas lenguas filosóficas y milenaristas quieran evaluar todo lo que sucedió como un destino ineludible o como un castigo bíblico, la verdad es que no ha pasado sino lo que viene sucediendo desde que tenemos memoria, y seguramente desde mucho antes aun. Como algunos de los que antes temían nuestra presencia y callaban ante nuestra arrogancia hoy tienen la impunidad de gritarnos a la cara, hemos acabado por saborear la hiel que tuvimos la oportunidad de no sembrar, pero que distribuimos por doquier cuando nos llegó la hora del protagonismo. Ahora otro pez más grande ha llegado al estanque donde las únicas agallas eran las nuestras. Un pez que quisimos imaginar inexistente primero, irreal después, pero que al final se hizo carne de nuestra carne y acabó por hacernos a un lado, en el mismo estanque donde hasta hace poco éramos los únicos, los indiscutibles. Tenían razón después de todo los que afirman que a todo cénit le llega su ocaso. Sólo que resulta difícil, quién lo iba a decir, imaginar a estos de ahora llegada la hora de su fin.
Ahora los puedo ver perfectamente desde mi ventana, en la pantalla de televisión y en casi todas las pantallas que me rodean como ojos vigilantes. Verlos en las esquinas (sonrientes, entregando golosinas a los niños y posando para las cámaras con la pureza en los ojos y la sinceridad en el gesto de quien se sabe poseedor de la verdad más fuerte que se conoce) resulta casi una fantasía hecha realidad, o una pesadilla que no ha terminado tras apagar el despertador impaciente. Puedo recordar perfectamente los días en que eran los nuestros, con sus uniformes limpios y honrados, los que se retrataban delante de unas cámaras similares, conscientes de su papel de máximos representantes de una especie en apogeo. Ahora son ellos los que tienen agarrada la sartén por el mango, y nuestros jóvenes hambrientos y asustados los que saquean edificios y derriban monumentos de una preeminencia que ya ha dejado de ser.
Washington DC, _________ de __________________ de ¿_______
05/05/2004
Lavapiés fronterizo Tras varios años sirviendo en la Guerra de Marruecos, Arturo Barea vuelve a su Madrid natal, y se establece en la calle del Ave María, en Lavapiés. Su infancia había transcurrido, según cuenta el propio Barea en su autobiografía , The Forging of a Rebel entre el “barrio de Palacio”, donde vivía su adinerado tío, y el de Lavapiés, donde lo hacía mal que bien su madre, lavandera y viuda. Desde que Barea se avecindó en el barrio hasta las postrimerías de la Guerra Civil, el madrileño se vio envuelto con papel de protagonista en la Historia de España y su capital. Cuando por fin consigue huir de la muerte que le hubiera deparado el régimen franquista, Barea se establece en Inglaterra. Desde allí, en la lejanía del exilio, describe con estas palabras el Lavapiés que había dejado: En aquella época, Lavapiés era la frontera de Madrid. Era el final de la ciudad, y el fin del mundo. (… ) La gente había bautizado los límites del barrio: las “Américas” y “El Nuevo Mundo”. Era, sin duda, otro mundo. Hasta allí llegaban la civilización y la ciudad. Y allí acababan ambas.” (Barea 92)La madre de Barea, proletaria de los lavaderos del Manzanares, subía y bajaba (cargada de fardos de ropa) por calles empinadas que desembocaban en el límite de la ciudad, mientras que el pequeño Arturo recorría callejuelas completamente diferentes y asombrosamente similares a las de hoy. En las fronteras del barrio comenzaba un mundo de seres y cosas extraños. Allí, la ciudad vertía sus residuos, y también lo hacía el resto del país. Las aguas de Madrid arrastraban la escoria del centro a la periferia, y la escoria de las aguas de España eran absorbidas desde la periferia hasta el centro. Las dos olas se encontraban y formaban un cinturón que ceñía la ciudad. Sólo los iniciados, la Guardia Civil y nosotros los niños penetrábamos aquella barrera viva.El siglo XX cambió muchas cosas. Hoy la plaza de Lavapiés no es el último espacio urbano de Madrid. Cruzando la Ronda de Valencia ya no se abandona el casco urbano de una ciudad que se ha desparramado hasta dejar al barrio en el centro. Sin embargo, Lavapiés sigue siendo una membrana permeable en ambas direcciones. Sus cuestas todavía conducen desde la altura hasta los bajos fondos, o viceversa, según de dónde partamos: Costanillas y arroyos barbados de hierbas resecas y amarillentas. Chimeneas fabriles escupiendo humo, mezclando su ponzoña con los olores provenientes de los establos, sus zumos pestilentes goteando cuesta abajo. Solares de suelo negro y pútrido, arroyos sucios y trozos de tierra resquebrajada y seca…Un escenario muy diferente al de ahora formaba el espacio urbano que vio corretear al joven Barea. Hoy no duermen las recuas de los arrieros en los patios y portales de las corralas, ni bajan los torrentes malsanos por mitad de calles polvorientas. No hay “árboles epilépticos”, ni “cardos hostiles” resistiendo las dentelladas hambrientas de cabras famélicas. Las tripas vergonzantes de raquitismo desnudo y descalzo que describe Barea ya no deambulan por las calles del barrio. Hoy, niños bien nutridos arrastran sus mochilas cuesta arriba, enfundados en uniformes azul marino y gris, con sus donuts en la mano y un gameboy en la otra. El “Barrio de las Injurias”, como lo llamaban algunos contemporáneos de Barea, ya no es el “fiel de la balanza”, el punto de encuentro entre el existir y el dejar de ser. Hoy el desnivel de sus calles está festoneado de tiendas al por mayor y locutorios telefónicos. En la plaza no se mezclan los patriarcas gitanos de patillas plateadas con los niños descalzos recogiendo colillas de cigarro para venderlas al peso. No hay burros, ni gallinas picoteando a la puerta del Champion, ni suben las lavanderas con sus bultos de ropa ajena, esquivando las avenidas de agua residual que bajaban en torrenteras sépticas. Hoy, en la mismísima plaza tiene su sede una biblioteca universitaria, y dentro de poco lo hará un centro nacional de teatro. Las corralas, que Barea describió en inglés como galerías penitenciarias, donde los “reclusos” del barrio compartían letrina, ya casi no existen. Hoy son pisos con portero electrónico y televisor, donde se apilan los inmigrantes, diez en dos habitaciones, para poder hacer frente a alquileres tan abusivos como los de hace cien años. Por eso será que pasan tanto tiempo en la plaza, en la calle, haciendo turnos quizá para dormir… En las corralas modernas se sigue dando la misma mezcla heterogénea de entonces. Barea hablaba de el albañil, el herrero, el carpintero, el vendedor de periódicos, el mendigo ciego de las esquinas, el arruinado, el desposeído…Y el poeta. Hoy son el senegalés que regenta un locutorio de humedades, el marroquí que vende artesanía de oropel, la ecuatoriana que limpia oficinas, el chino que acarrea fardos de artículos del todo a cien… A principios del siglo XX se oían, según el Barea exiliado, diversas lenguas en la Babel de las costanillas: el habla refinada del caballero venido a menos, el acento desvergonzado del chulo, la jerga de ladrones y mendigos, la altisonante retórica del escritor siempre en ciernes…Lo mismo blasfemias horripilantes que frases exquisitamente tiernas. En los comienzos del siglo XXI, sólo un paseo basta para coleccionar sustantivos wolof, verbos mandarines y adjetivos rifeños. Y los niños, mezclando las lenguas de sus padres con el español más vivo y castizo. Cuenta Barea que sus paseos infantiles siempre le llevaban desde la Plaza de Oriente, cuesta abajo, hasta ese barrio cercano y del otro mundo. En su descenso, los escenarios cambiaban, desde las galerías de mármol del Palacio Real, con sus alabarderos de guardia y sus grandezas de España, hasta las pilas de basura donde unos cuantos andrajosos buscaban su cena entre los desechos. Al llegar la noche, Barea, retomaba el camino hacia arriba, hacia el centro, para pasar la noche en casa de sus tíos adinerados. Igual que él, miles de personas atravesaban Lavapiés en un camino de descenso hasta el infierno de la pobreza, arrastrados por la mala suerte, la desgana o la enfermedad. Otros, de igual pero diferente modo, subían la escala social desde los límites de Madrid hacia arriba, en busca de un triunfo que las más de las veces se diluía en mera supervivencia. Hoy, los inmigrantes de mantienen vivo Lavapiés. También para ellos el barrio es el primer escalón de un ascenso que les lleve hasta la dignidad. Algunos de ellos, llegarán hasta la cima, y conseguirán conquistar el último repecho. Otros se quedarán en el barrio para siempre, mientras que otros caerán de nuevo rodando hasta un arroyo que ya no existe, porque Madrid llega hoy hasta más allá del horizonte. En cuanto a los poetas, a los escritores siempre en ciernes y sus altisonantes palabras, algunos hay aún que, como yo, se apartan del paso cuando baja el torrente de los desechos, y se aprietan contra las paredes de Lavapiés, esperando poder escalar un día la costanilla del éxito, una vez pasado Antón Martín, donde la vida es menos empinada, dicen. Ángel González García
06/05/2004
Se nos rompió el genoma...Ayer, después de ver más fotos de soldados americanos abusando de prisioneros iraquíes, salí a la calle. Crucé la de Atocha, y al llegar a la otra acera, justo antes de que se me pusiera el muñeco en rojo, me di cuenta de que se me había caído el genoma. No es la primera vez que me pasa. Las otras veces se me ha ensuciado de porquerías que había por el suelo. En una ocasión se me rajó un poquito, por la mitad de una cadena de ADN muy mona que tengo aquí en la parte izquierda del sapiens. La metí en aceite virgen de oliva extra y me la llevé al dispensario, donde me hicieron un apaño evolutivo que quedó bastante bien, todo hay que decirlo.
Esta vez no he tenido tanta suerte. Para cuando me di cuenta de la pérdida, un autobús municipal de combustible no contaminante me había pasado por encimita del genoma, dejándomelo hecho unos zorros. “De todas formas” me dije “estaba todo sucio y ya me iba haciendo falta uno nuevo, algo más fashion y menos obsoleto”.
Ángel González García Game OverMeses antes de que los defensores de la libertad invadieran Iraq, salió al mercado estadounidense un videojuego que estuve a punto de alquilar. En el anuncio de televisión que promocionaba el juego, se veía la inconfundible imagen de Sadam (boina negra incluida) a través de la mirilla telescópica. El objetivo del juego era eliminar al dictador, tras atravesar un gran número de escenarios y niveles, a golpe de joystick y pulso firme. Cualquier chaval de 10 años será capaz de explicar breve y concisamente el mecanismo de utilización: ambos pulgares controlan dos palancas giratorias. El derecho se alterna para presionar triángulo, círculo, cuadrado y equis, mientras que corazones y anulares se ocupan de los botones R1, R2, L1 y su correspondiente. El mecanismo de manejo de un helicóptero de combate es mucho más complicado e infinitamente más difícil de controlar que el de una Playstation 2 , por muy realista que sea el juego. A ello cabe sumar que los “malos” que se ocultan de nuestro teleobjetivo de visión nocturna en la pantalla del televisor casero son programas informáticos, dibujos muy complicados, construidos mediante códigos, dibujos animados interactivos, si se quiere. Los hombres desarmados que Canal Plus mostró el otro día, siendo desintegrados por la ametralladora pesada de un helicóptero americano, no eran reprogramables. El “game over” que podría haber puesto fin al vídeo emitido por la cadena francesa tiene un valor absoluto y real. Ni los más avezados hackers y tramposos digitales podrán resetear esta partida. Los trozos de carne desparramada no estaban hechos de píxels. Aunque parezca lo contrario. Ángel González García Este artículo en El País de hoy
07/05/2004
Paradoja ¿nigeriana? Artículo publicado hoy por El País. En un país africano, "tribus cristianas" masacran a los musulmanes, y vicecersa. Debajo, se nos asegura que "Hoy es el mejor momento para llevarte tu Crossfire", que es un automóvil muy bonito y seguro que muy moderno. Por coincidencias como éstas nos juzgarán un día los que vengan después. Claro que nosotros, para entonces, ya estaremos muertos. Me pregunto, a riesgo de que me ataquen dos falangistas testosterones, qué coño está haciendo dios a estas alturas. ¿Será que hace como los dictadores pillados in franganti, y se va de viaje en un deportivo último modelo mientras sus supuestos hijos siguen asesinándose en su nombre? Ver página en grandeBeata YsabelCarlos Abella y Ramallo, embajador de España (de la España Eterna, martillo de herejes) defiende en ABC la beatificación de Isabel la CatólicaEste artículo deberían publicarlo en Chiapas, o quizá deberían las autoridades post-coloniales hacerlo pregonar por un paje, acompañado de dos fijosdalgo de morrión, tizona y requisitoria. Me pregunto si se debería también, de acuerdo con la derecha ibérica, resucitar el bueno, bonito y barato invento de la encomienda. Será cuestión de consultarlo con los que entienden de economía neoliberal, porque quizá sea una buena idea para acabar con el desempleo. A la Beata Ysabel me la imagino como patrona de los barcos negreros, con estampitas suyas en el camarote del capitán. Lo malo es que, como la esclavitud ya no está tan bien vista, quizá sería mejor adecuar el futuro culto a la reina a las circunstancias políticas actuales. Propongo que se nombre a Santa Ysabel de Trastámara patrona de los patrones de pateras. La Vendimia del barrio La Vendimia: cada uno la hace donde puedeagrandar foto
10/05/2004
Los melindresLos domingos son días de mal humor. Cuando me ganaba la vida, el domingo era el fin de algo demasiado corto. Era un día agorero, estigmatizado sin remedio. Si acaso algún lunes festivo le quitaba la mala sombra al domingo, se convertía en un sábado repetido, incapaz como era de reconocerle algún mérito al día que nos vende, al judas de la semana. Ahora que no me la gano, los domingos no sirven para nada, y me pone de mal humor el necesario descanso de quienes sí tienen algo que hacer el lunes por la mañana.
Como estoy de mal humor, salgo a dar un paseo, que es lo único sensato que se puede hacer en tales casos. Le doy vueltas al asunto, mientras veo a familias, individuos, parejas y animales que disfrutan del día, agraviándome en cada sonrisa. Decido que ya está bien de melindres, y hago acto de contrición. Mi deseo de enmienda, mientras veo a la gente en las terrazas, es sincero, así que mañana mismo me iré de una vez por todas a la agencia de empleo temporal, por ver si sale algo poniendo copas, o de pinche en un catering.
El lunes cumplo la penitencia, y hago el via crucis Atocha abajo. Pero el martes ya he vuelto a mis trece, y me repito que no me da la gana de poner otra vez copas, hablando idiomas, teniendo los títulos que he sudado, y la experiencia en lo mío, que no es mala ni poca. El miércoles consigo una entrevista de “lo mío”. Me embeleco con el trato, me ilusiono cuando dicen “queremos a alguien de tu perfil”, “háblanos de tu experiencia como docente universitario”, y se me hace agua el currículum cuando me alaban lo abultado e “impresionante” del resumen de mi vida laboral que les presento.
Cuando me dicen que no contratan, pagan en efectivo, y que con 12 la hora voy que chuto, me desenamoro y vuelvo a casa diciendo que sí, que a poner copas se ha dicho. Total, por el mismo dinero, al menos así no realquilo el cacumen, que mis años y mis libros me costó cultivar, y dejarlo tan coqueto. Claro que, por otra parte, lo tengo tan sin terminar y tan con alfileres, que si me paso ocho horas lavando platos se me va a echar a perder tarde o temprano…
A partir de ahí, la semana, digamos que ha podido conmigo. Los ratos que no ocupa lo arriba expuesto, los dedico a escribir. La persona con la que comparto cama, vida y futuro, se dedica a ganar el pan que nos sustente a los dos, mientras yo me gasto parte importante del presupuesto en el cyber, a 70 céntimos la hora, escribiendo e intentando publicar cartas al director en El País.
Así, llega la hora de comer tarde el domingo, y vuelvo de mi paseo con algo que habilite un almuerzo improvisado. Me digo que no, que así no se puede, que debo tomar una determinación, que escribir puede ser algo secundario, que tengo que encontrar el hueco que me dé de comer. A los postres, la BBC da un programa semanal de reportajes. El último domingo habló de la situación en la frontera de Chad y el Sudán, donde miles de refugiados huyen de una guerra para morirse de sed, hambre y enfermedad, cuando no a manos de asesinos bien armados que irrumpen en los campos fronterizos. Trabajadores de la ONU rechinan los dientes de la conciencia mientras denuncian sin diplomacia alguna la indiferencia del mundo. La nuestra, la mía. Un empleado de la ONU a punto de llorar de impotencia se pregunta con qué cara va él a administrar medicinas contra el cólera a niños que no tienen de comer, y que para pasar la píldora tienen que beber agua emponzoñada.
Tras ello, otro reportaje, de los que Alfredo Urdaci nunca soñó hacer, ni en los días más idealistas de su paso por la facultad: 250.000 mujeres y niñas nepalíes son la mercancía de un negocio que une Nepal y la India. Una vez en ésta, se las obliga a acostarse con treinta hombres al día. El periodista (¿entiendes, Urdaci?) pregunta a una muchacha. Fue vendida a los nueve años de edad. Violada durante cinco, pudo ser rescatada, y ahora muere lentamente en un hospicio. Su familia no la quiere, está manchada, y además fue infectada de SIDA. ¿Se dan cuenta la cantidad de verbos en pasiva que hay que usar para hablar de lo que pasan millones de mujeres en este jodido planeta? La voz pasiva es dura para el oído del hispanohablante moderno, suena extraña, forzada. Pero no hay más remedio que usarla, sobre todo cuando hablamos de los que no tienen voz activa, porque se la arrancan de cuajo.
El siguiente reportaje habla sobre la incidencia del SIDA entre la población infantil de barrios como Soweto, en Sudáfrica. Es tan grave el azote de esta enfermedad sobre la población infantil del país, que a ninguno de los traficantes de órganos asentados y operativos en el vecino Mozambique se le ocurrirá intentar cosechar su mercancía entre los pobres sudafricanos. Qué desagradable figura de pensamiento, qué asqueroso escorzo de una prosa pobre y sin más recursos que el tremendismo, me dice la musa.
Whatever, le contesto (porque yo con mi musa hablo en inglés). Entonces ya no puedo más, todas las disquisiciones de entresemana e inmerecido weekend se me diluyen, y lo único que puedo hacer para no liarme a patadas con las paredes es escribir, y me siento al ordenador y hago lo que puedo, y no me dan 12 euros la hora, que si así fuera, otro gallo nos cantara. Pero como es domingo, y el cyber está cerrado, y el que abre es demasiado caro, me tendré que esperar hasta el lunes, para cuando ya se me habrán quitado los melindres, y estaré pensando volver a la agencia de empleo temporal a ver si sale algo en convenciones, donde pidan camareros con idiomas.
Ángel González García Un ramito de viole(n)tas“Era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio”, dice la canción. La que le gustaba a su madre era la versión antigua, la de esa cantante de pelo largo de cuando Franco, que se murió en un accidente de coche, la pobre. Pero la que pusieron el día de su boda fue otra, más moderna, más aflamencada, más rumbera, que es como a ella le gustaban las canciones.
La historia era triste, pero tenía una ternura que la hacía estremecerse cada vez, y no de pena o miedo. “Tenía el hombre un poco de mal genio, y ella se quejaba de que nunca fue tierno”. Como su padre, como su abuelo, al que nunca conoció más que en historias contradictorias de la abuela. “Tenía mal genio”, repetía la vieja con una mezcla de queja escondida, admiración y orgullo porque su hombre fue muy hombre, hasta para dejar caer la mano alguna que otra vez. Un poco de mal genio que al suyo, su marido, le salió poco a poco. La canción sonó en su boda, y la recuerda, y conoce la letra “hace ya más de (¿cuántos?) años, recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía, que le han devuelto la alegría”.
El marido huraño, que a pesar de todo la hacía feliz (¿o era ironía?), no se entera, pero la pobre mujer recibe cartas todos los años, acompañadas de un ramito de violetas, cartas “llenas de poesía, que le han devuelto la alegría”. Al final, era el hombre (el que nunca fue tierno, el que a veces tenía un pronto violento, como deben ser los hombres bien bragados, el que parecía el mismo demonio) quien le mandaba los anónimos poemas que mantuvieron su ilusión tantos años. Una canción muy bonita, triste, pero tierna, porque el marido, al final, resultó que la quería, a pesar de todo, y por eso se escondía detrás de las flores sin nombre, para que un día al año ella se sintiera feliz…
Después de la boda pasaron los años, y nada cambió de repente. Sólo que la vida siguió su curso, y dejaron de ser niños y dejaron de ser adolescentes, y se hicieron mayores y sus peleas se hicieron de mayores, y en su piso las paredes resonaron un día con los mismo gritos que las que albergaron a sus padres, que las que se colaban por el patio de luces, como peleas de casados. A veces era tierno, y nunca dejó de ser hombre para hacerse demonio, porque no le hizo falta. Ella no se quejaba, hasta que empezó a hacerlo. La canción dejó de sonar el día que le rompió el tímpano a golpes. Cuando salió del dispensario, esperó ver un ramito de violetas esperándola, acompañado de un mensaje anónimo y furtivo que le curara el alma.
Años más tarde, cuando el dispensario se quedó chico y el postoperatorio empezó a durar más de un par de días, decidió salvar la vida. No era feliz en su matrimonio, y su marido sí era el mismo demonio, dijo el juez, y consiguió lo que la mujer de pelo largo y lacio que cantaba en tiempos de Franco nunca habría logrado. Fue entonces cuando empezaron a llegar los mensajes. No eran versos, ni vinieron en primavera para acompañar ramos de flores. Tampoco llegaban cada nueve de noviembre, sino cada semana, cada dos días, a veces en mitad de la noche en forma de llamada de teléfono, y nunca con líneas tiernas de amores imposibles y admiraciones ocultas.
Al funeral acabó asistiendo más gente que a su boda. No hubo música, ni baile, ni convite, y por supuesto que no sonó la canción. De entre las flores que cubrieron su tumba, es bastante probable que hubiera violetas, aunque no se sabe si en un ramo o repartidas entre otras flores, escondidas entre coronas de duelo.
Ángel González García Chico con tubo de pegamentoSe han pagado 93 millones de dólares por el Chico con pipa de Picasso. En Lavapiés los niños no fuman en pipa. Inhalan pegamento, que mata más deprisa.
Si me atreviera, quizá les haría una foto; quizá pediría a uno de ellos que posara frente a mi cámara digital, los ojos idos (ventanas de neuronas esquilmadas por el adhesivo), la postura lánguida, el tubo de “pega” barato en la mano pequeña, a imagen e imitación del cuadro del malagueño. Pero no me atrevo porque, mientras hiciese la foto, tan artística y tan inteligente (en cuanto que concepto), los demás chavales de la banda acabarían robándome la cámara.
Con 93 millones de dólares sobraría dinero para sacarlos de la calle, antes de que el pegamento acabe de pudrir, tan deprisa, sus pequeños cerebros.
Ángel González García Cosme, Damián y los transplantes obligadosCerca del Museo Reina Sofía (con su plaza, la más desaprovechada del centro de Madrid), a la espalda del antiguo Real Colegio de Medicina y Cirugía San Carlos, está la calle de San Cosme y San Damián. Y no es por casualidad que su empinado desnivel se ampare a la sombra de tal insigne institución, porque estos dos facultativos de la Antigüedad son santos patrones del Protomedicato cristiano. En la historia de sus vidas destaca el milagro barnardiano de la sanación de un rico hombre, a quien los dos compañeros de urgencias transplantaron la pierna de un esclavo negro que tuvo la mala fortuna de ponerse a mano de los dos ases del escalpelo. Cuenta Michael Solomon, que conoce el barrio y sabe de médicos antiguos, que las versiones varían de unas a otras: en algunas el esclavo acaba muerto (exceptuando su pierna), mientras que en otras queda de por vida lisiado para mayor disfrute del ricachón y gloria de los galenos. Fue esta última la versión más atractiva para los iconógrafos del Cristianismo, que se explayaron a lo largo de los siglos en dar expresión plástica al incidente. Así, numerosas representaciones del “milagro” muestran a ambos cirujanos junto a su paciente, restablecido (prognosis positiva y post-operatorio facilón), quien muestra con orgullo sus piernas a dos colores. Mientras, en el fondo permanece el esclavo negro, sosteniéndose en unas muletas, con el muñón castamente vendado. Pierna vendida, muñón vendado… El azulejo con el nombre de la calle (que en este barrio suele incluir un bonito e ilustrativo dibujo) no reproduce, por suerte, esta cruel representación iconográfica. Sería de ver la vergüenza y la afrenta a algunos de sus vecinos actuales, senegaleses, guineanos o caribeños de piel tan oscura como la del esclavo donante de piezas de repuesto para ricos. Sin embargo, y según denuncias hechas por algunas religiosas españolas en Mozambique, todavía hoy se amputan miembros y se trafica con órganos de seres humanos, para alimentar la demanda de hígados, riñones, pulmones y corazones que tenemos los rico-hombres y mujeres de hoy. Durante bastante tiempo, la imagen del terrible experimento de San Cosme y San Damián fue interpretada de manera simbólica. En ella parecía resumirse el trato que el occidente judeo-cristiano y europeo dio a los africanos durante muchos siglos, el uso práctico que de su cuerpo y su fuerza hizo el sistema esclavista: la pierna del pobre esclavo adquiría así valor de brazo, de mano quizá, amputada o secuestrada para construir imperios. Parece que el progreso y la modernidad vienen dispuestos, no obstante, a simplificar símbolos, a significar al pie de la letra las pesadillas más salvajes y atroces de nuestros predecesores en el planeta. Hoy la pierna del africano tiene un significado puramente literal, mientras millones de personas de ese continente mueren de Sida, incapaces de permitirse medicación, a menos que tomen parte de un ejercicio de experimentación sufragado por una importante empresa farmacéutica. Para terminar, una curiosidad hagiográfica: los dos gemelos sirios Cosme y Damián recibieron el sobrenombre de anárgiros, “los que no cobran”, los “médicos no mercenarios”. Más sobre santos y transplantesÁngel González García
12/05/2004
Historia general de MinoreaHace una cantidad aún por definir (por mucho que se empeñen algunos indocumentados de haber dado con la fecha aproximada) de años había en Minorea un rey llamado Fersipando, el III de su nombre, y el de más triste memoria de la tríada formada por él mismo, su bisabuelo materno y su primo carnal por parte de padre, fundador de la dinastía.
Fersipando III, siguiendo en esto las enseñanzas de su historia reciente y las de sus consejeros, parientes e iguales, se servía para mantener su férreo control de Minorea de una serie de alianzas difíciles a veces, cambiantes con cierta regularidad, inestables de cuando en cuando, pero al fin y al cabo duraderas, porque estaban hechas entre personas con unos intereses comunes: sacar la mayor tajada de lo que se presentara cuando y como se presentara, a costa de quien osara también invitarse a convites a los que no lo había sido. Verbigracia los pobres y los casi casi.
Comoquiera que durante un par de quinquenios especialmente abonanzados del reinado de Fersipando III las cosechas alcanzaran buen precio en los mercados, los negocios crecieran y las exportaciones minoreanas hicieran inclinarse la balanza del mercado del lado propio, sucedió que entre las gentes pobres y las casi casi de Minorea se empezó a dar el caso de que los habitantes, lugareños y ciudadanos se pasaban al menos un rato del día leyendo, oyendo leer o hablando descansadamente de cosas que hasta la época no habían tenido tiempo de discutir. Porque 24 horas no eran siempre suficientes para asegurar la hogaza con que pasar la vigésimo quinta. Algunos de los casi casi, encumbrados en los tiempos de abundancia, acabaron por salir de su oscura existencia, y dejar incluso atrás su condición, encaramándose (ellos o sus progenies) a otros escalones de mayor altura y menos sometidos al pisoteo que los que habían ocupado durante generaciones sus ancestros. Dicen que algunos de estos casos fueron debidos a un incremento desmesurado de conocimientos por parte del interesado.
Los primeros miedos que tales ascensos pudieron provocar entre quienes tenían la sartén por el mango se vieron fácilmente disipados por su carácter ocasional y nunca generalizado, además de por la asombrosa capacidad de adaptación a su nuevo destino que mostraban estos escaladores retrepados de nuevas sobre el regazo de la Fortuna. El primer cuarto del reinado de Fersipando III transcurrió así entre el contento generalizado, hasta que pasó lo que tenía que pasar, y es que la conjunción de epidemias, tormentas, inundaciones, guerras, bandolerismos, y miles de otras zarandajas socio-económicas que giraban por el mundo alcanzaron en la línea de flotación de las riquezas del reino, de modo que donde antaño hubo holganza, hastío, tranquilidad y relajo, el triste hogaño de los últimos del reinado de Fersipando III trajo el hambre, la escasez, el desamparo y la ira a las vidas de los minoreanos.
En los campos se juntaron piquetes que pedían tierra, en las ciudades los artesanos reclamaban pan y trabajo, y en el litoral los estibadores y pescadores se habían convertido en contrabandistas que asesinaban en noches de niebla portuaria a los agentes del rey, en venganzas que nadie nunca desenmarañaba. El rey, aconsejado por sus más fieles, probó todo lo habido y por haber. Primero se acusó a los turmantes, muchos de los cuales llevaban siglos de co-habitación pacífica con los minoreanos, y durante algunos años la presión popular tuvo su ocasional válvula de escape en una o dos matanzas de turmantes desprevenidos. Luego, una docena de pseudo-profetas piojosos alumbraron un cambio de edad para distraer a la audiencia, mientras el propio Fersipando III desfilaba al frente de sus tropas para malgastar lo que no había en las arcas reales en una guerra oportunamente declarada contra un enemigo vagamente elaborado por la inteligentsia fersipandiana. Al cabo, no obstante, y ante la pertinacia del período de carestía, el malestar social terminó por convertirse en turbamulta iracunda, y las fuerzas llamadas a la restitución del control, los supervivientes de una guerra desastrosa y humillante contra un enemigo demasiado poderoso y mejor surtido, se unieron a la revuelta, en un golpe histórico de los de marca mayor, de cuyo cuño hanse visto pocos.
A la cabeza de aquella revuelta organizada a la vez que espontánea se situó desde el principio Zaramón Liebres, el hijo de un zapatero remendón y una lavandera ribereña, y hombre de grandes dotes para el gobierno, al menos durante los primeros lustros de su mandato, hasta que decidió adoptar el nombre de Leporato I, acuñar moneda, fundar una dinastía y hacer ajusticiar al por mayor a toda una generación de desafortunados disidentes. Leporato I siguió poco más o menos contando con los mismos apoyos en los que hacía lo propio su antecesor (quien, por cierto, acabó colgado de un madroño), y por lo demás su reinado se diferenció bien poco de el del malhadado Fersipando III.
Una de las primeras medidas de Leporato I fue la de casar a sus dos hijas (fruto de su matrimonio con Serevanda Tiforda, molinera de su aldea) con sendos vizconbarones o marduqueses que tanto da, y la de emparejar a su primogénito Zandubio Liebres con una de las ramas destroncadas de la dinastía de los fersipandos, que a la sazón porquerizaban piaras en las fragosas sierras del sur del país. Como era natural, Leporato I se murió, y como era de esperar lo hizo no sin antes haber dejado las cosas muy bien atadas en lo que a sucesión se refería. Para cuando Leporato I abandonó este mundo, su hijo Zandubio el Orejas había pasado a ser para todos los efectos legales Aurículo I, y su joven esposa, una chica blancuzca y granulienta, de expresión aburrida, estaba encinta del que sería Aurículo II.
Cuando Aurículo II llevaba cinco años en el trono, otra época de escasez se tomó la libertad de asolar Minorea con la intensidad de una iracunda venganza divina. Las rapiñas sostenidas que el grupo favorecido por el monarca hacían caer sobre la tierra sólo sangraban a ésta hasta casi la inanición, pero se aseguraban, al menos mientras asegurarse no significara mucho gasto, de que los minoreanos pobres y los casi casi siguieran vivos en su mayoría de un año para otro, consciente como era la élite del país de la necesariedad de mantener malvivos a quienes llevaban el peso de tributaciones, pechos y cargas laborales.
Pero las rapiñas elitistas no fueron ni granizo de agosto comparadas con las plagas, hambrunas, terremotos, epidemias, invasiones y bajas cotizaciones en los mercados de valores que asestaron el último golpe a la dinastía leporata. De nuevo el pueblo minoreano, aguijoneado por el hambre y es descontento social, se levantó en armas contra sus dirigentes y depuso a Aurículo II, que tuvo no obstante tiempo de abandonar el país disfrazado de turmante según unos, cubierto de salchichones según otros, por lo que durante algunos años el consumo de tales embutidos se convirtió en acto antipatriótico.
Sean cuales fueren las razones para el descenso del consumo de salchichones, a la postre estos embutidos habrían de tener gran importancia en el desarrollo posterior de la Historia de Minorea. Fue por esas fechas cuando Macundino Butifuet, quien otrora había sido dueño de las piaras porcinas más generosas del país, decidió reconvertir el negocio familiar en banco, y su profesión de exportador de charcutería en la de político. Beneficiado por una crisis acefálica en Minorea, durante el período que ha pasado a la Historia con el calificativo de “la Regencia Bailona”, Butifuet se hizo con el poder en poco tiempo, sirviéndose a la vez del apoyo de una masa presta a dar manos libres a quien prometiera sacarlos de caos y del que le prestaba una oligarquía con la que compartía visión de futuro y amistades sólidas. Las Fuerzas Armadas no fueron obstáculo a las ambiciones de Butifuet, quien se ganó el apoyo de dicho estamento a fuerza de legalizar de nuevo el consumo, venta y exportación de salchichones, aunque en honor a la verdad el nuevo presidente vitalicio se abstuvo durante los treinta años de su mandato de volver a participar en dicho comercio.
La “salchichonada”, como algunos opositores dieron en llamarla, dejó a Macundino Butifuet al mando indiscutido de Minorea durante tres décadas, durante las cuales se mantuvieron el orden y el concierto, a costa de unas pocas purgas que buena falta hacía, porque el reino andaba muy infestado de sinvergüenzas que por pedir pedían la luna, y así, señores, no se puede trabajar en serio por el bien de una sociedad. Fueron estos treinta años los que vieron la desaparición de los minoreanos pobres. A partir del segundo trinquenio del mandato de Butifuet, se declaró en todos los foros y quedó bien dicho a todos los vientos que los minoreanos eran ya todos de casi casi para arriba. Algunos desagradecidos acusaron al régimen de Butifuet de haber logrado esto a base de acabar con los pobres, o mandarlos a Turmantia, donde eran tratados peor que esclavos por nuestros antiguos huéspedes.
Hueras y falsas son estas voces que intentan denostar la tarea de un líder que, si bien pudo pecar en ocasiones de autoritarismo, lo hizo siempre por el bien de los minoreanos, desde los más casi casi hasta los más como dios manda. Tras treinta años de lo que algunas lenguas deslenguadas han calificado de “reinado” (ridículo intento de asemejar el régimen del ciudadano Macundino Butifuet a regímenes pasados y obsoletos), Minorea estaba por fin en el lugar que le correspondía dentro del concierto de las naciones, y donde sigue hoy, por mucho que el ministro de exteriores turmante vaya diciendo por ahí. Libre de anclas que nos amarren al fondo abisal de tiranías y despotismos, los minoreanos, incluyendo los casi casi, navegamos en una empresa común en pos de la prosperidad, de la mano de nuestro actual líder.
Los hubo que quisieron desestabilizar la sucesión pacífica y legalista de nuestro presente régimen constitucional, aludiendo a semejanzas entre la elección del actual timonel de nuestro destino y las de aquellos fersipandos, aurículos y leporatos que se sucedían en el trono a base de derechos dinásticos y/o contraídos como quien contrae la gripe. Bien es cierto que las casualidades de la ciencia arcana de la genealogía emblemática parecen apuntar al hecho de que el sucesor de nuestro amado Macundino Butifuet es sobrino político de una rama de los leporatos con la que emparentó el ex-presidente a través de su matrimonio con la nieta del último fersipando, mientras ésta crecía montaraz entre las piaras meridionales que abstecían una de las fábricas salchichoneras del futuro prócer. Pero de ahí a querer apuntar afinidades entre el cambio pacíficamente orquestado por nuestro actual Consejo de la Mellota, y esas veleidades revolucionarias y/o absolutistas de antaño, es evidente que dista un mundo. Hoy por hoy, Minorea es un país de nuevo libre y próspero. Nonada, nuestra capital, puede contarse como una de las más modernas y avanzadas del mundo, como demuestra la reciente inauguración de su línea de suburbano veloz, primera obra de tal envergadura acometida en nuestro país, y prueba irrefutable de que Minorea va como tiene que ir.
18/05/2004
14 yanquis en la corte del rey ArturoEs por mayo, por mayo, cuando aún no hace la calor, ni encañan los trigos ni canta la calandria, pero al menos se puede salir a la calle sin temor a las nevadas… Es por mayo, pues, cuando en los colleges americanos preparan la gran ceremonia que supone la graduación de otra promoción de brillantes alumnos. Cualquier gasto es poco cuando se trata de festejar el hecho de que unos cuantos afortunados muchachos de buena familia vayan a enfrentarse de una vez por todas con el mundo exterior, dejando para siempre un trocito de corazón en esta su alma mater. Lo mismo aquí, en Filadelfia, que en Princeton o Harvard, cientos de chicos y chicas se ponen la toga y la teja, y guardan cola para recibir su diploma. Como hace sol, (aunque no el suficiente para algunos), se montan por todo el campus unas enormes carpas de lona blanca como la nieve, a mitad de camino entre tienda de campaña donde alojar mesnadas medievales y caseta de feria donde trasegar manzanilla de Sanlúcar.
De la mañana a la noche, el prado bajo la ventana de mi apartamento "on campus" se convierte en el campamento donde los leales a Isabel habrán de pernoctar, antes de deshacer en combate a los partidarios de la Beltraneja. O en el lugar donde los Caballeros de la Mesa Redonda velan armas antes de dar batalla sin cuartel a un ejército de invasores, magos y ogros.
Por la noche, sentado frente a la ventana, intento leer algo. De súbito, un ruido extraño me llama la atención. Suena a chapa, y me recuerda a aquel piso en España años ha. Era una octava planta, frente a un cruce donde cada dos semanas se producía algún accidente de tráfico, hasta que la Comunidad de Vecinos solicitó del Ayuntamiento la ubicación de un semáforo. Eran barriadas obreras aún en desarrollo, y se requerían unas cuantas desgracias antes de que la concejalía decidiese acondicionar la zona.
El ruido de ahora sonaba exactamente igual a un accidente de tráfico. Inconfundible aquel resplandor sonoro de la chapa al golpearse contra sí misma. Me asomo, con el morbo a flor de piel, esperando ver un coche retorcido o humeante, o cuando menos un conductor rabioso imprecando a otro. Pero lo que veo es dos bandos de caballeros, peones y lanceros medievales arremetiéndose con furia en el prado. Ecco qua el ruido de chapa. Andan cubiertos de armadura, y cargados de espadas y lanzas, y parecen ordenarse en dos líneas de batalla, atentos a las órdenes de lo que parece ser el árbitro. Cuando éste baja la mano, las dos líneas se abalanzan la una sobre la otra, pero siempre siguiendo un cierto orden, que parece ser jerárquico. Los peones y lanceros como que rodean al caballero y lo protegen, cual ajedrez viviente.
Mi primera reacción no podía ser otra que la de Obelix ante los romanos: "están locos estos yanquis". Aunque había que reconocerle el mérito. ¿Mal gusto? no veo por qué. A nadie se le ocurre juzgar así a un medievalista académico y formado en la Academia. Si a nadie le parece ridículo un intelectual embobado con cides campeadores y roldanes, que se interese a su modo un albañil por las mismas cosas no debería provocar la chanza. ¿De qué obra provendrían éstos? Al día siguiente mi curiosidad quedó satisfecha cuando me contaron que se trataba de un club llamado "Society for Recreational Anachronism", que como su propio nombre indica, se dedica a pasar el tiempo haciendo simulaciones de batallas medievales. Creo que incluso actúan en una "Feria Medieval" que se celebra por aquí - hablo del este de Pensilvania - con torneos, banquetes y demás parafernalia.
La noche siguiente, tras salir cada uno de su trabajo, mis caballeros andantes volvieron a reunirse bajo mi ventana, a repartirse guantazos y mandobles anacrónicos. Para ambientarles y ambientarme recité en voz alta algunos versos del Mio Cid, entreverados aquí y allá por líneas sueltas del Tirant lo Blanc, pero no creo que el ruido de tanta ferretería como cargaban encima les permitiera oírme. Mejor, por si acaso les daba por creerme un tío raro.
Y así siguieron, una cuantas noches. Unas veces el césped bajo la ventana se convertía en Las Navas de Tolosa, otras en Poitiers, otras en Crecy, algún día en Calatañazor... Cada día una batalla distinta, y siempre la misma. Con un poco de imaginación, eso sí, para poder salvar las distancias.
O for a muse of fire, that would ascend The brightest heaven of invention A kingdom for a stage, princes to act, And monarchs to behold the swelling scene!
Así se queja Shakespeare, en Enrique V ante la dificultad de pintar tanta grandeza, con los escasos medios que proporciona la escena. El quería representar gran parte de la Guerra de los Cien Años, batallas incluidas, pero George Lucas aún no había nacido y el inglés tuvo que apañárselas como buenamente pudo. Se hace lo que se puede, supongo, y por eso mis aguerridos caballeros, en una demostración de su versatilidad, hacían de su capa un sayo e interpretaban su papel a las mil maravillas, tomando las altas torres estudiantiles por las almenas de la Alhambra, y las carpas dispuestas para la ceremonia de graduación por el campamento que en Santa Fe erigieran los Reyes Católicos. Un eco imaginado de atambores, añafiles y chirimías se mezclaba a murmullo del viento y yo leía en voz alta el ¡Ay de mi Alhama!, el romance del Conde Olinos, el de
Alora la bien cercada, tú que estás en par del río. Cercóte el adelantado una mañana en Domingo
Y el
Moro alcaide, moro alcaide, - el de la barba vellida, el rey os manda prender, - porque Alhama era perdida
Moros abencerrajes y nobles castellanos, enamorados los unos, nobles y justos los otros, se alanceaban desde sus caballos por las vegas granadinas. Si no había caballos, daba igual, tampoco hubo gigantes, sino que mire vuestra merced, que eran molinos. Así seguía la guerra incruenta en el campus de la universidad, en el oeste de Filadelfia. Por lo menos hasta que, pasada una semana, terminado el año académico y entregados los diplomas, desaparecieron del campus los estudiantes y las tiendas de lona blanca amanecieron por tierra una mañana. El campus queda siempre triste y vacío después de que se van los estudiantes. Los que quedan son pocos y no hacen bulto. Volvieron otra noche los campeones del club medieval - había que aprovechar el buen tiempo - y siguieron los torneos en el césped bajo mi ventana. Pero sin la escenografía adecuada y sin altas damas ni elegantes mancebos mirando desde las ventanas, aquello ya no era lo mismo. Las tiendas sobre el césped, con metros de lona a medio recoger, me causaron la misma impresión que a don Alonso Quijano cuando vio por fin las lonas que cubrían las aspas de los molinos. Si es que llegó a verlos. Si es que eran aspas de molino, y no brazos de gigantes.
Ángel González García El erial de QueensViví ocho años en los EE.UU. En ese tiempo, atravesé cien veces el camino entre JFK y Manhattan, el mismo infierno de hormigón, asfalto y eventualidad que describe Antonio Muñoz Molina en su último libro: Ventanas de Manhattan.
He tenido tiempo y ocasión de sentir el asombro y la excitación acobardada del europeo quizá no del todo urbanizado ante el tamaño de los puentes, las autopistas gigantes y eternas, el incesante tráfago de todos los pueblos del planeta que describe el ubetense de forma magistral.
Recuerdo la admiración pueblerina, a los 20 años de mi edad, ante el número de carriles de las carreteras interminables, cuando aún no sabía que algunas partes del mundo han muerto ahogadas en su propio asfalto, y que millones de personas sobreviven en islas suburbanas rodeadas de cabinas de peaje y rampas de incorporación rápida.
Recuerdo también cuando desaparecieron el vértigo de la aventura, el espanto sobrecogedor pero vibrante de la primera vez, y ya no veía casas enormes de jardines privados, sino barrios muertos, que evocaban imágenes de telediarios infantiles, con ciudades destruidas y calles fantasma. Llegó el día en que no vibré de novelería al ver los letreros anunciando mensajes evangélicos en un español cimarrón, como lo llama Muñoz Molina. Para entonces, ya había visto que detrás de las fachadas de los barrios grises y ahogados vivía gente muy triste, sin esperanzas, con la vida dividida entre lo que dejaron y lo que nunca volverían a tener.
En el camino entre JFK y Manhattan, uno ve todas las banderas que ondean delante del edificio de la ONU, en el corazón del centro del mundo, pasados los vertederos y las marismas. También se ven muchas otras. Están en las lunas de los coches, en las tiendas, en las gasolineras, en los balcones de las casas tuberculosas...Luego, cuando uno habla con los que han colocado esas banderas autoadhesivas, se da cuenta de que sus colores son los de la ruptura y la contradicción, del escorzo emocional. Por un lado, su tierra, su isla, su ciudad, son siempre un paraíso donde la gente conversa y escucha, se respeta a los mayores y se sabe disfrutar de las cosas buenas de la vida. Por otro, en esos lugares míticos de origen, nunca hay futuro, ni trabajo, ni la posibilidad de alcanzar todas esas cosas con que nos enseñan a soñar. Hablo lo mismo de científicos de Girona que prefieren investigar sin trabas en vez de mendigar subvenciones, que de empleados de gasolinera tailandeses, limpiando parabrisas a las cuatro de la mañana para hurtarle el cuerpo a una mísera parcela sedienta de monzón...
Las dos visiones, la del parque temático de acero y hormigón en vez de cartón piedra, y la de La tierra baldía de T.S. Elliot, se conjugan en la obra de Muñoz Molina de una manera asombrosa. Lo que a mí me tomó ocho años de vivir, cien veces de cruzar el anti-paraíso de JFK a Manhattan, Molina lo expresa en una docena de párrafos condensados y magistrales. Si hace veinte años el autor de Beatus Ille pudo componer alambicadas maravillas, ahora ofrece un castellano destilado, una de las mejores descripciones sobre la barriga del mundo que se han escrito en castellano.
Ángel González García La Guashintón liberada, por Torcuato TaxiEn estos momentos nuestras tropas han completado la liberación de la capital enemiga. Las imágenes que todos hemos podido ver, gracias al magnífico esfuerzo de nuestros compañeros en el equipo técnico, casi sustituyen a cualquier palabra. A estas alturas del conflicto, pocos de entre nosotros no han visto los documentos visuales llegados a través de una red de comunicaciones insuperable, producto y símbolo de la superioridad técnica, económica, política y social que ostentamos sobre nuestros enemigos, y que justifica por derecho de preeminencia nuestra liberadora intervención.
Tras las últimas operaciones de castigo y bombardeo aéreo, que han acelerado la descomposición de sus sistemas logísticos y de inteligencia, y destruido el grueso de sus fuerzas armadas, nuestra gente ha entrado por fin esta mañana en el centro de su capital, y se despliegan ahora en posiciones estratégicas, en todo momento bienvenidos por las espontáneas demostraciones de una población civil que recibe a los nuestros como liberadores y ansía comenzar cuanto antes la reconstrucción.
"Aunque la abrumadora superioridad de nuestra tecnología —por no hablar de la infinitamente mayor abundancia de nuestros recursos, en comparación con los del enemigo— nos ha permitido derribar el régimen y acabar con la resistencia organizada de sus líderes, no se debe esperar un rápido final a las operaciones", afirmó uno de los máximos responsables de la operación, apuntando a la posibilidad de que los focos de resistencia se atrincheren en algunas zonas, y desde ellas intenten perpetuar el conflicto mediante tácticas de guerrilla urbana y/o terroristas. No obstante, y según fuentes igualmente fidedignas, una gran mayoría de la población, en especial en zonas urbanas y deprimidas, ha salido a las calles para recibir con alegría desbordante nuestra llegada.
Símbolos de la opresión que el régimen anterior representaba son ahora objeto generalizado de las iras de unos seres que han sufrido durante demasiado tiempo la opresión y brutalidad de un estado policial, entregado —de la mano de una oligarquía despótica— a la fiebre del librecambismo deshumanizado; gentes que han debido sufrir las injusticias de una sociedad segregada y los caprichos de una minoría acaparadora, más dignos del pasado oscuro de la especie que de sociedades avanzadas, como es el caso de la nuestra, donde esas cosas —definitivamente— no ocurren.
En la que hasta hace poco fuera capital, en el emblemático epicentro de un régimen hoy caído, las muchedumbres descontroladas, llevadas por deseos de venganza, odios reprimidos durante demasiado tiempo, y por la comprensible violencia inherente a los cambios históricos que se están produciendo a su alrededor, ha dado en el pillaje, y tomado los principales edificios representativos del poder derrocado a sangre y fuego, valga la ambigüedad sintáctica. En riguroso directo, y a pesar de la enorme distancia, podemos observar en estos momentos el aspecto que ofrecen el Pentágono, el Capitolio y la Casa Blanca, pasto de las llamas, que intentan adelantarse a los ciudadanos hoy libres del antiguo imperio más poderoso de este planeta del Sistema Solar, primero de los escenarios de nuestra entrada en escena, como defensores de la libertad, la justicia, el amor fraterno y la verdadera solidaridad más allá de nuestra órbita.
Bien es cierto que las protestas iniciales contra la operación pusieron el dedo en la llaga cuestionando nuestro derecho de intervención en el escenario pero, como muy bien supieron comunicar nuestros líderes, la necesidad de mantener el equilibrio en una zona de la Galaxia cuya estabilidad resulta indispensable para nuestra economía terminó por convencer a la mayoría de la conveniencia de liberar a los habitantes del planeta Tierra del yugo férreo que se les ha impuesto desde muy pocos centros de poder, establecidos éstos en el subcontinente Norteamericano. Nombres, referencias geográficas y personajes desconocidos hasta hace poco para el gran público, pero que han aparecido con fuerza en la actualidad que nos rodea, si bien a distancia, por supuesto.
Gracias a una cobertura técnica e informativa sin precedentes, hemos tenido la oportunidad de acercarnos a una realidad que por remota no deja de afectarnos muy de lleno, y hemos sido testigos asombrados de los sucesos acaecidos en gran número de aglomeraciones urbanas. Sirva como ejemplo la imagen indeleble de Nueva York, la primera ciudad en importancia, verdadero centro social y cultural del fenecido imperio, siendo tomada por nuestros efectivos, a quienes cientos de miles de ciudadanos de barrios como Harlem o Bronx acogieron con la alegría y el homenaje que se dispensa a los héroes.
El caos y la conmoción tras la caída del régimen han derivado en multitud de actos violentos. Masas enardecidas por el vergonzante espectáculo de la ingente riqueza en manos de unos pocos han tomado las calles en busca de venganza. Muchos de los que ahora se dedican al pillaje y a los ajustes de cuentas vivían hasta hace poco embelesados por discursos somníferos de preponderancia mundial, cuando no apartados de opiniones disidentes por un sistema educativo que promovía la ignorancia y unos medios de comunicación fusionados en un manojo de accionistas mayoritarios. Así conseguía perpetuarse un régimen que disfrazaba su legalidad bajo un entramado de falacias pretendidamente democráticas, y así conservaban sus prerrogativas las oligarquías gobernantes, en dolorosa comparación con la vida cotidiana de una gran parte de pueblo americano, condenado por un sistema depredador a una existencia precaria y triste. Hoy por hoy yacen destruidos muchos de los símbolos de ostentación de una sociedad que se regodeaba en el despilfarro más inhumano mientras un gran porcentaje de sus miembros malvivía sin servicios mínimos que garantizasen la salud y la educación de sus jóvenes. Entre el desorden que está siguiendo al vacío de poder, símbolos del odio desbordado aparecen por todas partes, como en el caso del saqueo a la clínica veterinaria especializada en cirugía plástica para mascotas que, tras ser tomada por las masas encendidas, ha sido rehabilitada por los nuestros como hospital para atender a los heridos de una guerra justa y necesaria.
Ahora que la libertad se impone —con un costo sorprendentemente bajo de vidas humanas y un insignificante desgaste por parte de nuestros efectivos, todo sea dicho— de nuevo amanece su sol bajo una atmósfera más limpia y resplandeciente, y la ignorancia a la que millones de seres habían sido condenados empieza a dar paso a la luz del entendimiento. Llega ahora el momento de encontrar el equilibrio de fuerzas y opiniones que asegure la recuperación de una sociedad que, según se apresuran a recordar algunos de sus más distinguidos representantes (hasta hace poco enterrados bajo la pesada losa del anonimato impuesto por la ignorancia generalizada) ha producido ingente cantidad de personajes y valores de importancia esencial para el conocimiento adecuado de la especie humana.
Esperemos que la luz de este nuevo día (unidad que divide casi a la perfección el movimiento de rotación del planeta, y que los indígenas han dividido en otras unidades hasta el infinito, según una curiosa costumbre observada en muchas de sus culturas) traiga para los habitantes de la Tierra en general y para nuestros antiguos enemigos un futuro resplandeciente y un viaje seguro y tranquilo por el universo de la existencia.
Ángel González García
20/05/2004
Monipodio en Nueva YorkYo conocí la Sevilla barroca en el Nueva York del cambio de milenio. Éste podría ser el comienzo de un poema en prosa, inspirado en la visión de alguna joya de Zurbarán en un museo de Manhattan. Si José Hierro escribió Los Claustros tras ver un trozo de cielo de Harlem en el patio románico transplantado a un anexo del Metropolitan, bien podría yo evocar la Sevilla de mi juventud en la estatua del Cid que hace guardia ante el Hispanic Institute, y que es el mismo Campeador de Vivar que se ve desde la puerta de la Fábrica de Tabacos donde Carmen se arremangaba las faldas para enrrollar cigarros. Pero no, no es eso. Cuando digo que descubrí la Sevilla de Monipodio en el Nueva York de hoy, no me refiero a una evocación artística. Yo descubrí en las calles y en los barrios de Manhattan cómo fueron en realidad los de la metrópoli imperial, cómo caminaron los jaques del Arenal, cuánto se parecieron al miedo las caras de las prostitutas viejas de la mancebía, cómo se doblaron las espaldas de los aguadores y los esportilleros, cómo refulgieron los dorados de los coches de mano donde el lujo que hoy pasea por la Quinta Avenida se mezclaba con el barro de los arrabales del río. A la vuelta de la esquina entre la Primera Avenida y el comienzo del Harlem , pude ver la Casa de la Contratación , un poco más allá de la Torre del Oro , en una calle pegada a la muralla como lo está Wall Street , a la vista del puerto donde se alternan los galeones de la carrera de Indias con los petroleros y las barcazas que transportan desperdicios Hudson abajo, hasta llegar a Sanlúcar de Barrameda . También las murallas de la Sevilla más cosmopolita que conocieron los siglos dejaron claro quién era quién y cuál era su sitio. Negros de arrabal, cofrades mulatos, moriscos sospechosos, ajudiados genoveses, portugueses ocupados, flamencos (no los del tablao, sino los de la tabla que inventó Pérez reverte), ciento y una naciones se mezclaban sin juntarse en la Sevila que decidía con doblones los destinos de tierras lejanas. Hoy, Chinatown y Little Italy se van convirtiendo en parques temáticos, pero en todos los huecos que dejan el asfalto y los arbustos nacen nuevos guetos, que siguen funcionando a pesar de las excepciones. Las ocupaciones también están divididas, definidas las competencias de las razas: los judíos para abogado, los italianos a restaurar, los chinos a lavar ropa, los latinos a fregar, limpiar y dejar reluciente lo que se pueda. Cada pueblo tiene su función y su puesto, como en la Sevilla que se dividía en calles, las calles en gremios y los gremios en grupos sociales que cada vez tenían más difícil sacudirse el papel que se le asignaba. Y descubrí sobre todo la Sevilla pícara en el claroscuro tenebrista y descarnado de Nueva York, en la profundidad de las diferencias, en los contrastes carnavalescos. El mendigo que se refleja en el escaparate lujoso e innecesario, las chabolas de cartón que miran desde el otro lado de una ciénaga la silueta de los dientes de acero del skyline. Los guardainfantes de diseño, las carrozas cubiertas de tapices, los jubones de brocado y las agujetas de encaje, los sombreros de jaque bigotudo, plumíferos e innecesarios también ellos. La riqueza robada convertida en orfebrería de capilla, y junto a todo ello, como para darle color y profundidad, las viejas empujando carritos de supermercado, el harapo de hombre que se emborracha de líquido anticongelante para radiadores, los niños que nunca irán a la escuela, los jóvenes que morirán en reyertas callejeras. En vez de floretes y flores de esgrima, capas de nocturnidad y sombreros alados, bandas callejeras semiautomáticamente armadas hasta los dientes, en vez de vihuelas, turntables donde suenan raperos que no alcanzan el mercado europeo, y que mueren jóvenes de lo mismo que cantan. "Los Claustros", de José Hierro, en Cervantes VirtualVargas Llosa en el ArenalAcabo de cruzarme con Mario Vargas Llosa. Iba yo caminando calle Arenal abajo, y me ha pasado al lado, en dirección a la Puerta de Sol. Es un hombre elegante, de porte aristocrático tanto en la vida real como en fotografías o televisión.
He estado en un tris de darme la vuelta, seguirle unos metros a distancia prudencial, mientras echaba mano en mi mochila de trapo. Habría sacado con mano diestra algún relato, y me habría emparejado con él a la altura de Carlos III. -Disculpe, don Mario. Hace cosa de un mes compartí página con usted en El País. Usted en opinión y yo en una carta al director muy chuli que me publicaron...--Silencio bochornoso, si es que don Mario no ha hecho ya señas a un señor agente del orden.-- ¿Sería tan amable de leer uno de éstos?-- seguido del acto fugaz de entregarle un par de cuentos de un seguro servidor.
Luego, dándole las gracias, habría apretado el paso, perdiéndome entre la multitud. Pero no he podido. Me quedé parado unos segundos en plena acera, y seguí caminando. No tuve la disculpa de "no llevar nada encima". Últimamente siempre llevo en la mochila unos cuantos ejemplares de mis Relatos Baratos, por ver si me encuentro con una librería que los quiera poner en el mostrador. Total, si la gente se lleva publicidad de cualquier cosa...
En realidad, no tuve excusa para no hacerlo. Acaso, un sentido del ridículo, una vergüenza ajena y propia que me sentarían bien si fuera ya un escritor de éxito. Éxito quiere decir que te lean unos cuantos, y se lo comenten a otros cuantos, y al final lo que te inventas no se ponga mohoso en un disco duro.
Ángel González García Corto y cambioUn barroquista manuelino como yo lo tiene crudo para hacerse el conciso. Tanto es así, que ese adjetivo me suena a cirugía, a pesadilla de neonato. Pero el caso es que llevo ya algún tiempo intentando aprender a escribir poco, a no enrollarme. El primer ejercicio que me impuse fue el de las cartas al director en El País, que tuve que ir desnatando poco a poco, para ver si así me colaban alguna en tinta y prensa. Luego, empecé a medir las columnas que más me gustaban, para ajustar mis piezas a la longitud en caracteres de lo que hacen Manuel Vicent, Juan José Millás, Eduardo Mendoza o Maruja Torres. Como no tengo dinero para un taller literario, me pongo ejercicios yo solito, como opositor de provincias.
Últimamente he decidido que tengo que sangrar con más generosidad la prosa, como los barberos antiguos, para que suelte humores malignos, y se me regenere un poco lo churrigueresco. Pero no tanto por imperativos estilísticos, como por necesidad cibernética. Porque en el cyber me cobran por tiempo, y les da igual si en el que empleo escribo Fortunata y Jacinta o un epigrama como el que este lo que sea quería ser, y ya nunca será, porque burla burlando al final me he enrollado, que igual viene de rollo, de los de piedra, en la plaza del pueblo, donde castigaban a los infractores, porque era un rollo quedarse encadenado al rollo por haber robado una gallina.
Ángel González García
21/05/2004
CoincidenciasAcabo de enterarme de que al lado del cyber donde siempre escribo y hago cosas hay una agencia literaria. Llevo un año gastándome el dinero intentando hacer algo con mi vida, desde una terminal de mancebía digital, y ahora va a resultar que el momento mágico está aquí al lado...
Quizá pueda seguir escribiendo la semana que viene. Quién sabe, puede que esto sea el primer paso de la publicación de algo mío. Donde sea, como sea. No intento ganar dinero, sólo que no me cueste los 2000 euros que cobran por una edición personal.
Ángel
22/05/2004
Divisiones inexactasUna de las niñas de mis clases de apoyo está teniendo sus primeros encontronazos con la aritmética parda. Las divisiones se le atragantan (como a Aznar), pero sobre todo cuando se trata de sacar decimales, que le están poniendo la evaluación cuesta arriba.
Ayer me preguntó que para qué sirve eso de sacar tantos decimales. Si la división no sale exacta, me dijo, Se deja un resto y se da la solución a ojo de buen cubero. Podría haberle contestado que sacarle decimales a las divisiones tiene muchas ventajas prácticas y usos políticos, y podría haberle puesto como ejemplo una sencilla operación: si desde 1976, 322 personas han sido asesinadas por el estado en el de Texas, eso quiere decir que durante las tres últimas décadas se ha ejecutado a 11,5 personas al año. Así, resulta matemáticamente imposible afirmar que cada mes muere de forma absolutamente legal una persona, en la tierra donde Bush fuera gobernador.
Un ser humano cada hoja del calendario representa mucha muerte. Cero coma algo personas al mes suena mucho mejor. Será porque cero coma algo es menos de algo, y así es más fácil hacerse a la idea de que no son personas, sino algo menos que personas las que mueren vistiendo un mono anaranjado, con un número de serie grabado en la pechera, un número entero y no decimal esta vez.
Ángel González García Manzanas, lagares y cestosLas fuerzas armadas estadounidenses han definido a los torturadores a sus órdenes como manzanas podridas en un cesto sano y fresco como una ídem. En el artículo de John Schwartz que reproduce El País, Philip G. Zimbardo, investigador de la Universidad de Stanford, corrige al Pentágono en su intento de escurrir el bulto, y dice que parecen haber colocado manzanas sanas en un cesto podrido.
Zimbardo se refiere con ello a las condiciones de impunidad en que se desenvuelve todo lo relacionado con la guerra de Iraq, y critica a los dirigentes de la Coalición por poner todos los medios para que la corrupción desemboque en la puesta en práctica de los más bajos instintos del ser humano.
Siguiendo con la imagen frutera, de llagar asturiano en otoño, describiría la situación como un número de manzanas (sanas, sí, pero con la irreversible tendencia a la corrupción que hasta la más inmaculada de ellas tiene, porque es manzana y está en su esencia) en un cesto podrido. Todas las manzanas, las sanas y las enfermas, acaban por sucumbir, de igual manera que toda persona puede llegar a cometer las peores atrocidades, siempre que se le brinde la ocasión o se le haga creer la necesidad. La ocasión y la supuesta necesidad de torturar, vejar y asesinar las han puesto las autoridades que contrataron a conocidos torturadores para ocuparse de las cárceles iraquíes.
Ahora, la facción armada del fundamentalismo neoliberal puede alegar dos justificaciones para su conducta: la negligencia criminal de no saber a quiénes contratan, o el deseo expreso de que se dieran las torturas, con lo cual mostrarían un absoluto desprecio por la vida y la dignidad humanas.
Meter manzanas en una cesta de tal podredumbre, darles un arma y la confiarles la custodia de vidas humanas en tales circunstancias peca, cuando menos, de utópico. Se trata de una utopía mucho más dañina que las que intentó la izquierda en el siglo XX. Se trata de la utopía que pretende un mundo seguro, mientras la injusticia hace hervir a millones de seres. De la utopía que aparenta sorprenderse cuando descubre sus propias atrocidades, de la utopía que quiere creer que la muerte puede eludirse con muros de hormigón, y abortarse la violencia con obuses.
Cuando vivía en los EEUU, lo hice algún tiempo en una zona deprimida del norte del Estado de Nueva York, cerca de donde, hace cien años, se inventó la luz eléctrica. Hoy, la riqueza de entonces ha desaparecido, y las industrias que dieron trabajo a varias generaciones se han marchado a sitios más baratos. El desempleo y la pobreza crecieron, y hoy son evidentes la depresión y el abandono, que parecen contagiarse al entorno natural. Hace algunos años, el gobernador del Estado puso en marcha un plan para revitalizar la economía de la zona. Se fomentó la instalación de prisiones manejadas por empresas privadas, y se les dieron facilidades para instalarse en la zona. Hoy, los pocos puestos de trabajo que se anuncian por el condado de Montgomery son como celador, cocinero, limpiador o electricista de una de las sociedades anónimas carcelarias del área.
La otra actividad que deja algo de ingresos es a recolección de manzanas. Cada otoño, los manhatanitas ansiosos de naturaleza conducen hasta los Adirondacks para comprar un cesto de manzanas, de unas manzanas que sobreviven a la nieve y las heladas que, a veces, se adelantan demasiado. Manzanas y cárceles. Podredumbre y cestos.
Ángel González García Así está el patioMe he levantado cuando ya había terminado la ceremonia. Me he tomado el café del desayuno viendo en televisión el recorrido oficial en un coche vetusta-fashion, bajo una lluvia más de otoño que de primavera. La cámara del helicóptero que oigo a través de la ventana que da al patio de luces muestra unas calles que parecen vacías y desmayadas de ánimo.
No digo que no haya gente, que la hay, aguantando la lluvia a pesar de todo, como la comentarista señala con tono de decepción mal escondida. Pero el revuelo mediático de las últimas semanas, tan hinchado y autocomplaciente, hace que los huecos entre los que se ve mucho más pavimento del augurado parezcan mayores.
La comentarista repite que es una pena que la lluvia haya retenido a tantos en casa. Pero más llovía después de los atentados, y hacía frío, y eso no detuvo a millones de personas. Ver en televisión la enorme pantalla dispuesta para la muchedumbre fantasma en la Plaza de España es un canto a la desproporción, y me hace preguntarme hasta qué punto nos importa lo que quieren que nos importe.
La comitiva avanza hacia la Glorieta de Atocha, aquí al lado, mientras yo fumo junto a la ventana, mirando en pijama lo que está sucediendo a dos calles de mi casa, oyendo el ruido del helicóptero que baja y llena el patio estrecho de pocas luces, marcándole el compás a las gotas de lluvia que se estrellan contra el suelo.
Más tarde aparecerán imágenes de una casa particular, en la que familiares y vecinos celebran con cava y canapés, y hacen turno para asomarse a unos privilegiados balcones desde los que ver pasar la comitiva. Algunos confiesan sentirse testigos de excepción de la Historia viva, con mayúsculas, que desfila por delante de su portal con la misma cercanía que lo hace cada noche el camión de la basura o las prostitutas de Montera.
Desde mi ventana, que da a un patinillo, no se puede ver la Historia. Se oye su retumbar, como la noche en que Lavapiés golpeó cacerolas para pedir verdades, hace tan poco...Como se trata de una escalera interior, acaso lo que se percibe desde mi patio sea la intrahistoria de Unamuno, con la salvedad de que aquí colgamos los calzoncillos, porque al fin y al cabo es un patio de luces.
Hoy los calzoncillos no se van a secar rápido. Llueve fuerte, hasta que escampa por fin, y se va la borrasca, y vuelve la primavera serrana de Madrid, y la gente sale a la calle, ahora sí en mayor número, por ver algo del final de los circenses e invadir luego bares y figones.
Ángel González García
24/05/2004
StarbucksEl día de la boda del heredero y la periodista, salgo por fin a la calle cuando todo ha terminado. A dos esquinas de mi casa hay una taberna. Leo lo último de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan. A Muñoz Molina le gustan los Starbucks de Nueva York. Allí puede tomar café tranquilo y mirar al viandante sin que le interrumpan lectores coñazo o conocidos de pacotilla. Yo, en cambio, los odio a muerte (a los Starbucks), porque durante años fueron la única alternativa, porque sirven el café en tazas de cartón, porque te obligan a hacer cola para pedir uno, porque no saben lo que es un cortado, y porque no te dejan fumar en ellos. Ver uno ahora en plena calle de Alcalá me da un escalofrío de miedo que sólo remite si paso por delante de un Burger King y lo veo vacío.
Leo un rato a Muñoz Molina en una taberna a dos esquinas de la mía. Las paredes son de piedra berroqueña y gruesa, de ésas que hacen que las casas de Madrid parezcan trozos de sierra reeducados, y sus bodegas, cuevas. Al otro lado de la pared junto a la que tomo café se imprimió la primera edición de la Segunda Parte del Quijote y eso, de alguna manera, me hace sentir bien.
Dejo un rato a Muñoz Molina y tomo el periódico del día. Por un euro, de esta simple forma, tomo café y leo la prensa. Un lujo.
Ángel González García De maderaEl primer acto que los novios han representado tras su enlace ha sido la entrega del ramo a la Virgen de Atocha. Esta figura de cara morena, como la del niño que porta en brazos, es la patrona de la monarquía, pero este año, todo el mundo se ha familiarizado con el sonido del nombre Atocha, y no por esa razón. Noticieros en japonés, inglés, árabe y en todas las lenguas que dan noticias televisadas han pronunciado ese nombre, cada uno con su acento y entonación, con imágenes terribles sirviendo de fondo. Este año, la ofrenda del ramo de novia a la Virgen de Atocha tiene un significado más.
La comentarista de televisión apunta todo esto, claro está, y también apunta al hecho de que la Virgen es muy morena. Especifica que se debe a un oscurecimiento de la madera por el paso de los siglos. No es la primera vez que oigo esto. Hace 400 años, muchos españoles sintieron la necesidad de explicar el sospechoso bronceado que exhibían muchas imágenes sacras. En algunos casos, lo moruno de tanta Santa Patrona se entendió como el resultado de rocambolescas historias de vírgenes enterradas, visigodos heroicos y morismas sacrílegas frustradas en sus iconoclastas intentos. “De tantos siglos enterradas para hurtarle el cuerpo al sarraceno”, decían algunas voces barrocas, “nuestras vírgenes se habían puesto morenas, aunque no morunas”.
Sin embargo, al ver la imagen de la talla, uno se pregunta sino estará hecha, simplemente, de una madera ya de por sí oscura, importada quizá desde las selvas del Mali maderero hace diez siglos.
Dos páginas más allá, leo otra noticia, cansado como estoy de vírgenes, bodas reales y protocolos imperiales. En Gran Canaria se han encontrado los cadáveres de cinco hombre negros, en la bodega de un carguero que transportaba maderas tropicales. “Un mercante procedente de Costa de Marfil (que) traía caoba, iroko, sipo, obeche y makore”, para hacer sillas, librerías, mesas de billar, quién sabe si para convertirse en santos de la devoción de alguien tras pasar por el taller de un artista.
Al abrir la bodega, se encontraron cinco figuras de ébano, de tamaño natural, sin vida. El periódico explica: “la madera que se encuentra en el interior (de la bodega) sigue su natural proceso de captación de oxígeno y expulsión de dióxido de carbono” con lo que los cinco polizones (y otro muchos más) se asfixian poco a poco en la cámara hermética donde se metieron para huir de la miseria.
Uno piensa en sus cuerpos de ébano y piensa en los africanos que venden figuras de madera en los paseos marítimos plagados de turistas: elefantes de todos los tamaños, máscaras, diosas danzantes...El olor a madera preciosa, a madera tropical, se mezcla con el de la descomposición de sus cadáveres, y las máscaras tribales a 10 euros se difuminan con la cara morena y de madera de la Virgen de Atocha.
Ángel González García Puro teatroEn estos momentos, las redacciones están preparando a toda velocidad las ediciones especiales del domingo, con todo lujo de detalles sobre el enlace de los futuros monarcas. La edición del sábado habla de presencias reales, de fiestas palaciegas y de recepciones protocolarias.
Un bello croquis-maqueta-dibujo representa el recorrido oficial y explica el orden, horario, significación y origen de todas las estaciones del ritual. Leyéndolo, uno recuerda las relaciones de las entradas triunfales de los reyes de antaño, publicadas muchas de ellas en la imprenta de al lado, del otro de la pared contra la que me recuesto.
Recuerdo un curso de quinto de carrera, en el que creíamos que leeríamos a Shakespeare. El profesor, en cambio, nos obligó a empaparnos con aburridas descripciones de la entrada de Isabel I en Londres, antes de su coronación, o con relaciones no menos pesadas de las entradas, salidas y bodas de los Austrias en Madrid. No entendíamos por qué, hasta que el cátedra nos explicó cada detalle, cada símbolo oculto en la decoración de los arcos triunfales, en los sainetes representados a lo largo del recorrido real, cada uno con una propuesta, una alabanza, una oferta, una advertencia al futuro monarca o al príncipe en ciernes. Puro teatro, pura representación de los deseos, esperanzas, frustraciones y planes de las diversas fuerzas sociales.
Las ciudades, los concejos, gastaban sus dineros en pagar cómicos, artistas y músicos que alabaran o advirtieran al rey. La burguesía, el pueblo llano, los jueces, la Iglesia, los gremios, cada estamento de la sociedad tomaba parte en un ritual destinado a establecer las condiciones del trato. En aquellos tiempos, todo ello era necesario. Hoy no tanto.
Después de que hubimos leído varios de esos textos, después de habernos familiarizado con dibujos y grabados de arcos triunfales, emblemas, banderolas, escenarios provisionales y recorridos urbanos sabiamente planeados, como los que publica hoy la prensa española, sólo después pudimos leer a Marlowe, a Calderón, a Lope y a Shakespeare.
Ángel González García EndorfinasLos domingos no puedo publicar, porque cierra el cyber. Hay otros, pero son muy caros. Así que salgo a comprar el periódico al quiosco de la plaza, y busco en la sección de opinión, sin nervios ni anticipación excitada, sin esperanzas.
Veo publicada mi carta. Es la novena este año, creo, y me da un vuelco el corazón. Las mariposas en la boca del estómago aletean, y la euforia fluye en forma de endorfinas. Un complicado proceso químico que no acabo de entender se pone en marcha, y me siento de buen humor. El high me va a durar todo el día, lo sé, ya los conozco. En los últimos meses alterno estas subidas de ánimo con bajones, casi siempre relacionados con la falta de dinero o el vencimiento de un recibo de la luz.
Mañana será un lunes menos lunes, porque aún durará la resaca de la euforia de hoy. Si me dura mucho, quizá tenga tiempo de escribir a algún agente, de intentar que un editor reconozca mi nombre. Dentro de varios días esas esperanzas se habrán desvanecido, y de nuevo veré la idea de añadir a mi CV las cartas que me publica el periódico como una solemne tontería. “Le sacan a usted una carta al director, ¿y qué? ¿se cree usted por eso que ya es escritor, quizá una especie de periodista?”
Entonces veré todo con mucha menos endorfina, y no se me encabalgará el ánimo con proyectos, ni me hará cosquillas la esperanza. Mientras tanto, aprovecho el subidón para que se me quite el dolor. Es un dolor continuo, un estado de excitación permanente, un enfado contra muchos, unas ganas de gritar y de que se me oiga, de denunciar y de que alguien mire hacia donde señalo con el índice extendido, y se lo diga a alguien, que a su vez lo comunique a muchos, y que entre muchos hagamos algo.
Ángel Farenheit 9/11Michael Moore ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes. No estamos solos, le digo a Carmen, y se me ponen la carne de gallina y la piel de ganso. Somos más de tú y yo los que no estamos locos, los que no tenemos los ojos inyectados de sangre o de codicia ignorante. Y algunos son jurado de festivales internacionales, y saben que con este premio se facilita que millones de personas en todo el mundo miren al lugar vergonzoso al que apunta el dedo acusador de Moore.
Hace casi un año visité África por vez primera. Fui invitado a un congreso en Túnez. Allí, en el bulevar más importante de la capital, paseé junto a las terrazas, me tomaron por argelino, me confundieron con marroquí, me alabaron el penoso francés que chapurreo, y me dieron conversación, a cambio de cigarrillos, en una cháchara de piratas antiguos, hecha de catalán, castellano, francés, italiano y árabe, como la que Cervantes debió usar para negociar sus escapadas argelinas.
Paseando por la avenida preñada de primavera y aire salado, me paré delante de una librería. En el escaparate, en un lugar de honor y protagonismo, los dos últimos libros de Michael Moore, en traducción francesa. En la terraza de al lado, en vez de música árabe o maalouf andaluza, “Fifty Cent” rapeaba, mientras los nativos tomaban café y cruasanes. Junto al escaparate, varias personas miraban y comentaban en árabe trufado de francés.
Eso fue hace un año. Hoy, en esas mismas calles plagadas de policía de la capital tunecina, la Liga Árabe se debate entre las plantás de Gaddafi y las amenazas veladas de Bush, o el miedo a los fundamentalismos. Me pregunto si seguirá Moore en los escaparates, y me alegro de que haya ganado la Palma de Oro. Y espero impaciente a que aparezcan por los mercadillos de Marruecos y de España las versiones pirata de su último documental, que Disney no va a distribuir, pero los top manta sí.
Ángel González
25/05/2004
¡Que no mueran los novios!En Canaán se presentó en el convite un utópico con dotes de tabernero prodigioso. A Camacho y la futura Camacha se les colaron de rondón un gorrón panzudo y muerto de hambre y otro utópico. Uno que, de ver al anterior volviendo agua en vino, le habría pedido que le nombrase caballero.
A las familias del norte de Iraq vienen a pedirle el aguinaldo nupcial unos sujetos que quizá también sean unos utópicos en su vida privada. Y se lo vienen a cobrar no en vasos de vino y pañuelos de peladillas, sino en vidas de convidados. No echan arroz al paso de los recién casados, sino que arrojan bombas que nada entienden de dañinas utopías. En el norte de Iraq, “¡vivan los novios!” Es un grito de angustia y un deseo frustrado.
Ángel González García
26/05/2004
Anacronismos de a pesetaEn el siglo XV, las aristocracias ibéricas dudaron poco a la hora de juntar sus apellidos a las cuentas bancarias de los judíos recién convertidos a la fuerza, o de los ex-nobles moros iraquizados por las huestes cristianas. Tanto fue así, que en los siglos XVI y XVII ya circulaban "libros verdes" en los que se sacaban las vergüenzas a los poderosos, señalando con dedo acusador los orígenes "sospechosos" de muchos de ellos. Ni el propio rey católico don Fernando de Aragón se libró de que se le echara en cara alguno de sus antepasados, de los que se quitaron la almalafia a tiempo.
En plena ebullición de la obsesión por la limpieza de sangre, hubo quienes reivindicaron con falso populismo el valor de la villanía, la supuesta pureza de una plebe que rabiaba de pobreza y desigualdad pero que, al menos, podía estar segura de no tener "mácula conversa" en su baja sangre no azul. A tal punto llegó la cosa, que hubo tratadistas que tuvieron que salir en defensa de los pobres nobles (que no de los nobles pobres, que también los había). Uno de ellos fue Pedro de Valencia, quien, de paso, echó un capote a conversos y moriscos. Según este autor, el mestizaje continuo y la mezcla de sangres (interesada o no) habían hecho imposible asegurar a cualquiera descender de una línea de cristianos viejos "puros". Incluso los que alardeaban de estirpe asturiana o montañesa, dice de Valencia, podían fácilmente tener una "oveja negra" en el árbol familiar, como la tenían sin duda casi todos los dones y señores de la España Inperial.La diferencia estribaba en que los de sangre noble conservaban la memoria de sus generaciones, mientras que el pueblo llano difuminaba sus memorias al cabo de pocas generaciones.
Hoy sucede algo parecido. Las estirpes asturianas continúan dando validez a quien accede al estamento superior, según parece, y el conocimiento de los antepasados sigue diferenciando a los poderosos de los don nadie. Si un servidor es un cualquiera, hoy como hace 400 años, lo tiene difícil para bucear entre los anónimos hijos de su sangre, o para averiguar la identidad de ese ejército de desconocidos que le precedieron en el anonimato plebeyo. Si uno es el príncipe heredero, con sólo acudir a un libro de Historia encontrará semblanzas, retratos y apellidajes de su ralea que se remontarán a la noche de los siglos.
No estoy en condiciones de decir nada (bueno o malo) de mis tatarabuelos, aunque ello no significa que no hubiera entre ellos sinvergüenzas, corruptos, maltratadores y abusadores varios. Pero de ellos no me ha quedado ni el nombre ni la sombra de una identidad. El príncipe heredero sí que sabe de los suyos lo que está en los escritos y lo que no, o al menos debería saberlo. Por suerte, yo no tengo que pagar por los supuestos delitos de mis desconocidos predecesores. Tampoco el príncipe heredero. Por desgracia, tampoco disfruto de prebendas que quizá ellos consiguieron a base de métodos semejantes a los que dieron al primer Borbón lo que el último hoy tiene. El príncipe heredero sí.
Ángel I de Lavapiés y V pino Lavadoras en palacioLa monarquía española se ha decidido, tras muchos siglos, a centrifugarse los genes. El programa de prelavado, aclarado y adición de detergentes quitamanchas por fin se ha puesto a girar a unas cuantas revoluciones por minuto más de lo acostumbrado, y dentro de una o dos generaciones tendremos un rey con el ADN medianamente normal.
Cadenas de aminoácidos con Denominación de Origen asturiana se incorporarán a las proteínas reales, mientras el resto sonreímos beatíficamente, porque ha sido un gesto muy bonito, que nos ha llegado al alma.
Quizá dentro de 500 años, el futuro monarca (10% charnego para entonces) dé un paso más, y se case con una andaluza, o quizá con una melillense o una tinerfeña. O puede que hasta sea al revés, y la futurible reina post-sálica del siglo XXVII suba al tálamo real a un gitano almeriense. Y quizá dentro de otros 5 ó 6 siglos, el/la dinasta de turno se moje el culo y los cromosomas con salngre no sólo plebeya y astur, sino hasta ecuatoriana, marroquí o rumana, que de todo puede pasar en ese futuro maravilloso en que las instituciones prehistóricas seguirán siendo el molde de las maravillosas sociedades que están por nacer.
¡Cantemos con el corazón henchido de júbilo, como un coro de querubines, todos nosotros, los hidalgos y los villanos, los godos y los insulares, los cristianos nuevos y los viejos, los plebeyos y los no tanto! Si seguimos así, dentro de otro milenio habremos avanzado un tranquito.
Fersipando III, duque de San Simón La función del sujeto agenteCoincidiendo con el anuncio de las subidas de precio de los cigarrillos Marlboro, ayer se dio por finalizada la actual etapa del programa de búsqueda de agente literario por parte de un seguro servidor.
Buscar agente es mucho más agradable que buscar editor. Éstos ni te contestan, aun aquellos que prometen hacerlo en 6 meses. Los agentes, en cambio, te abren la puerta del zaguán, te dejan subir, y luego te dicen que no están cogiendo más representados ni aspirantes. Algunos incluso se muestran empáticos y te dicen que, hoy por hoy, no hay agentes en España con la puerta abierta a gente nueva. Te recomiendan incluso, con un tono de colegueo que se agradece, que vayas directamente a las editoriales, a ver si así...
Acabé algo deprimido, así que decidí irme de viaje para olvidar penas. Cogí dos fajos de billetes del Monopoly, y me fui a una sucursal de Viajes Cernícalo, para que me vendieran un paquete de esos económicos, una semana en la playa, o en una casa rural en alguna comarca pintoresca.
Cuando le dije a la señorita que buscaba una semanita a media pensión en un hotel de medio pelo (o sucedáneos, que el Monopoly tampoco da para muchas alegrías), me contestó con cara de "lo siento pero" que está la cosa muy achuchá, y me recomendó que me pusiera en contacto directamente con las líneas aéreas y/o de transporte por superficie, y que cogiera el listín y llamase a los hoteles y pensiones yo mismo.
También me recomendó llevarme bocadillos y un saco de dormir.
Ángel González Sincurro Kurtura JeneráLa Excma. Sra. Ministra de Asuntos Intangibles ha anunciado un anteproyecto de ley para la promoción de la cultura entre los minoreanos, que tan necesitados andamos de hobbies sanos y educativos. A partir de cuando se pueda, el Ministerio establecerá la obligatoriedad para todos los autores, artistas, músicos y pseudointelectuales de Minorea de promover y airear escándalos y amoríos con personas o cosas de reconocida y merecida fama y notoriedad.
La Sra. Ministra ha declarado que confía plenamente en que dichas medidas aumentarán el nivel cultural en nuestro pequeño país, "haciendo posible que los profesionales del garabato y demás actividades inútiles pero molonas alcancen verdadera difusión entre las masas sin fermentar".
Por su parte, el reputado escritor Sisenando López Aragó ha declarado que él ya lo veía venir, y que por eso tiene planeado acostarse con tres tonadilleras jubiladas en cuanto se lo permitan sus numerosos compromisos. La Asociación de Editores Contra la Caspa ha manifestado que la medida es justa y necesaria, y ha anunciado que a partir de dentro de poco sólo se publicará a aquellos autores que demuestren o simplemente declaren haber practicado sexo degradante con alguien medianamente famoso, o a aquellos que puedan calumniar sin necesidad de pruebas la honra pública de alguien que haya estado alguna vez en televisión.
Numerosos colectivos de creadores de toda laya ha |