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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2004.
Los frailes Mercedarios de la Plaza de Tirso de Molina se dedicaban a rescatar cautivos cristianos. Como el Estado de entonces se desentendía de liberar a los súbditos que sufrían la esclavitud en el Norte de África, a pesar de que muchos de ellos hubieran caído prisioneros al servicio del rey nuestro señor, la congregación que tenía su monasterio en la Merced se hizo cargo de recoger limosnas y donaciones con las que chalanear al Bey de Argel la libertad de los que se pudiera.
A este efecto, y bajo bandera blanca de mercaderes, los hermanos de fray Gabriel Téllez fletaban sus pateras de remos y cruzaban el Estrecho a la inversa, para así sacar del baño (no por alergia a la higiene, sino por razones más cristianas) a algunos desdichados, compañeros de Cervantes. Una vez comprada la mercancía, los mercedarios recogían sus bártulos y se volvían a Alicante, Cartagena o Cádiz, desde donde repartían su preciosa carga a ritmo de procesiones, Te Deums, misas, autos y rituales varios, en los que los excautivos vestían sus cadenas e interpretaban su papel de agradecidas víctimas, para así recaudar nuevos fondos, con los que sacar del peligro más almas cautivas.
Al llegar a Madrid, los frailes, la Villa y la Corona pagaban a escote una representación, destinada a enternecer y satisfacer al pueblo, para que, en vez de reclamar que acabase la sangría de galeras y corsarios en las costas mediterráneas, agradeciera a sus gobernantes la cara libertad obtenida por aquellos desgraciados. No hay que escandalizarse: también el gobierno Bus recibió a su prisionera marine con desfile heroico, y a las pocas semanas ya se filmaban versiones de telefilm de su odisea en Iraq.
La procesión de frailes, inciensos, penitentes, estandartes, pendones y excautivos de tosco sayal y grilletes colgando desembocaba y tenía su apoteosis en lo que hoy es la Plaza de Tirso de Molina. En el espacio que abrió la desamortización de Mendizábal se instaló la plaza, que se llamó del Progreso, y en la que contempló su obra la efigie del ministro liberal. Luego, los fascistas recién llegados lo quitaron de en medio, y como no pudieron rehacer un convento que ya llevaba cien años hecho cascotes, pusieron en lugar del “masón anticlerical” al autor de los “Cigarrales de Toledo”. Ahora mismo, en la Plaza de Tirso de Molina, huele a meados; meados ácidos que atraviesan la plaza, que en su parte más ancha se pueden evitar, pero que se vuelven ineludibles a medida que se embuda en dirección a la calle de la Magdalena. Los domingos, la aglomeración rastrera (en el mejor sentido de la palabra) de vendedores de top manta y compradores de lo que sea quizá reste acidez y protagonismo al olor de la plaza, pero el resto de la semana, el orín difamante campea. Bajo el mercedario, borrachos sin casa e inmigrantes sin suerte parecen moverse, las fronteras de su territorio definidas por la acritud del olor y una leve acera triangular. El centro de la plaza, en forma de galera antigua, con su proa apuntando a Antón Martín, y fray Gabriel de mascarón, parece no llegar nunca a puerto seguro, y sus tripulantes, cautivos de varios mundos, sólo encuentran en este triángulo de orines un alcázar seguro, del que ni los mercedarios más avezados parecerían capaces de rescatarles. Ayer, día 5 de Noviembre de 2004, a las seis de la tarde hora española, murió en medio de la campiña toscana, en Buonconvento, David González Rey. Había nacido el día 4 de Noviembre del año 1919 en Caldas de Reis, provincia de Pontevedra.
Un día jugaba con otros niños en una plaza, junto a un río, cuando vio a Alfonso XIII en un Hispano Suiza. Otros los pasó agachado detrás de un tanque, para ofrecer menos blanco a las balas y la metralla. El tifus no lo mató en las montañas de León, ni el frío en Teruel.
Muchas mañanas se levantó antes del sol, bajó la calle Mesón de Paredes de Madrid y despachó billetes de tren para los millones de supervivientes de una guerra, obsesionados por ir de un lado a otro, en busca de la comida del día.
Vendió vinos al por mayor en Cádiz, e intentó salir de pobre con negocios que nunca funcionaron. En Sevilla vendió seguros, máquinas de café, champiñones y barras de aluminio. Nunca pagó hipotecas.
Ayer murió en una granja de piedra, de techos abovedados, en medio de un paisaje de otoño medieval, al final de un camino bordeado de cipreses. Antes de morir pidió que llevaran su cuerpo a Galicia.
Que descanse en paz. 06/11/2004 13:56 #. No hay comentarios. Comentar. El Hombre de Flores está pidiendo a gritos un nombre, y yo propongo el de Frodo Flores, y reniego de los planes de estudio que sólo me obligaron a estudiar dos años de latín, tiempo insuficiente para aprender a declinar como dios manda un nombre más científico para este humanito nuevo que acaban de tener mamá Historia y papá Darwinismo (que acaban de descubrir los paleontólogos, para entendernos).
Al pensar en aquellos homínidos de bolsillo, compartiendo isla con nuestros abuelos, me acuerdo de William Golding, que contaba en su novela "The Inheritors" la suerte de los últimos Neanderthales, a poco de llegar nuestros antepasados Sapiens Sapiens a la Europa post-glacial. Cuando Golding escribió su novela, los paleontólogos acababan de enterarse de que los cabezones porteros de discoteca del más Inferior de los Paleolíticos no eran parientes (directos) nuestros, sino una especie distinta, humana y todo, pero que acabó por extinguirse, o la extinguieron, que de todo pudo haber. Y como el inglés era un cínico, se imaginó en su novela que algo tuvieron que ver los primeros cromañones con la desaparición del vecino, sobre todo a juzgar por las que hemos organizado después, con gente de nuestra especie.
Pero los Neanderthales eran muy listos (tenían el cerebro mayor que el nuestro) y andaban sobrados de forma, que el más enclenque se habría merendado al más curtido marine, en un decir Jesús. Otra cosa debió esperarles a los hobbits proto-indonesios recién descubiertos, a Frodo Flores y sus compadres, a los que seguro que no dejó indiferentes la llegada de los nuestros (como la caries, acabamos alcanzando todos los recovecos), y a los que, probablemente, acabaran por quitar de enmedio los que vinimos después.
Por eso, entre otras cosas, nos entusiasma imaginar compañeros que hayamos podido tener en esta aventura de la vida inteligente, duendes, elfos, yetis o hobbits fósil, recordatorio de cuando no estábamos solos, nostalgias de todo lo que perdimos, que siempre es mucho más interesante que lo que nos queda. Con mil doscientos euros al mes, salario ofrecido por Tecnove-Ucalsa a los trabajadores ilegales contratados para servir comida a la tropa española en Diwaniya, se puede alquilar un piso no muy grande ni muy céntrico, y se pueden comprar una calculadora y un bloc de notas para administrar con matemáticas de andar por casa lo que sobra de pagar la luz, el teléfono y lo que se tercie, que tiene que ser, por necesidad, muy poco. Con mil doscientos euros no se puede comer fuera muy a menudo, sólo de vez en cuando en el Kebap de la esquina.
Por mil doscientos euros, y aunque no tengas papeles (corrijo: mejor si no los tienes), te mandan en un avión militar a Diwaniya, a trabajar jugándote la vida. Como no hay muchos recibos que pagar allí, y los bocadillos de carne de cordero están más baratos que en España, cada mes sobra algo más, que viene bien para enviarlo a la familia. Quizá dé para ahorrar un poco, y si no te mata un morterazo, cuando regreses podrás disfrutar de tus papeles de trabajo, que te los han prometido en serio.
A la puerta de la base seguro que lucía una bandera española, y puede que un "Todo por la Patria" también lo hiciera. En el caso de los empleados "reclutados" y engañados por Tecnove-Ucalsa, se pregunta uno cuál será esa patria por la que merecería la pena darlo todo, a cambio de mil doscientos euros al mes. En el caso de los directivos de Tecnove-Ucalsa, no hace falta preguntarse cuál es su bandera.
La empresa ha reconocido que contrató a gente sin papeles, pero ha puntualizado que las leyes que impiden hacer tal cosa no funcionan en Iraq, donde tuvieron lugar las supuestas irregularidades laborales. Supongo que no será la única ley que no contempla casi nada, en un país sumido en la destrucción. Otro tanto solían aducir los negreros británicos que, después de haberse abolido la esclavitud en el Imperio, seguían traficando con vidas entre África y los EEUU:la actividad comercial a la que se dedicaban era perfectamente legal allí donde se realizaba.
La lección que, supongo, debemos aprender, es que hay muchas formas de enriquecerse en una guerra, no todo son contratas millonarias para sacar petróleo, también hay maneras más sutiles.
Trillo, mientras tanto, dice que en aquella época estaba en la era (que es imperfecto de indicativo) y que por tanto no sabía nada de inmigrantes (que suena como a adverbio), ni de catering, que según diría Aznar, es gerundio en inglés. Hay dos razones, entre otras cien, que explican por qué nunca conseguiré ser un escritor de éxito, ni siquiera medianamente leído. Una es mi desmedida afición a los videojuegos, que le quitan a uno el tiempo necesario para escribir una novela, y que embotan el intelecto hasta anular las aspiraciones creativas y/o literarias. La otra es que soy muy marujo, muy de barriada, a la par que muy "literario" en el peor sentido de la palabra, como el pseudo-erudito a la violeta que quiere teñir el pelo de su dehesa con colores de sabiduría de oropel. La mezcla no resulta muy buena, ni siquiera en estos tiempos de mestizajes culturales, y me parece muy bien que así sea.
A mi parte maruja le divierte "Aquí hay tomate", mientras que mi otro yo de pseudo-intelectual en eternas ciernes necesita a veces esas sobremesas (sobresofás) documentadas (televisivamente hablando) por obra y gracia de la BBC. Cuando alguna carrera ciclista no agua mis fiestas/siestas de documentales (me pregunto qué hará Fungairiño de mayo a septiembre) compagino, gracias al zapping, las pausas publicitarias de ambas emisiones. En la ocasión más reciente, aproveché el descanso en el enésimo film sobre los leones del Serenghetti para ver, dos canales más allá, una breve información sobre las actividades del rey de España en su reciente viaje a Latinoamérica. En una de las actividades programadas, me cuentan, don Juan Carlos fue y se entrevistó con "Rafael (sic) García Márquez, autor de Memoria de mis ---biiiiip----- tristes."
¡Cáspita!, debería exclamar ante tamaño desaguisado, sobre todo para no herir la sensibilidad de una censura que no duda en mutilar el título de un colombiano, a quien, no obstante, han rebautizado con el nombre del arcángel equivocado. Ya sólo queda que en "Salsa Rosa" le llamen "Miguel García Márquez", y entonces el Nóbel de Literatura terminará sonando a personaje lorquiano y lírico, a patriarca gitano como el que visitaba Macondo, pero más aflamencado y juncal si cabe.
En cuanto a los niños que estuvieren (futuro de subjuntivo, destinado a desaparecer, sino extinto ya y amojamado) viendo a esas horas la telebasura, se está preocupando el Gobierno de que no tengan acceso a los melodramas de toreros, tonadilleras, sus asistentas y los amantes de sus chóferes, como si algo de todo eso fuera nuevo o dañino. Nada van a encontrar los chavales en estos programas que no sepan ya de vernos a los mayores: que somos mezquinos, ridículos, irracionales, y capaces de cualquier cosa con tal de conseguir dinero rápido; la misma lección que se aprende viendo las noticias o asomándose al patio de luces del bloque de pisos.
Dirá alguno que no puede permitirse que un ser humano autodenominado "periodista" se quede tan pancho después de llamar Rafael a García Márquez. El aludido contestaría, como cuando la conciencia o los amigos le cargan con lo carroñero de su "especialidad", que "esto es lo que pide el público". Por eso, quiero suplicar desde aquí a ese público caníbal que al parecer anda por ahí extorsionando a cientos de licenciados en Periodismo, que hagan el favor de no pedir que se llame Borja Marri a Cela, ni Joaquín a Aleixandre, Nicolás a Benavente, o (¿se atreve la lengua a pronunciarlo?) José Ramón a Cervantes. Por lo que pudiera pasar. Hace un par de semanas, estábamos sentados mi compañera y yo al sol de otoño casi mediterráneo, tomando un café caro en la Plaza de Santa Ana, una de las razones por las que queremos vivir en esta ciudad. Había críos jugando a una distancia prudencial, parejas paseando, la fachada de un teatro y algunos viejos recargando las pilas al sol. En esto llega Eduardo Galeano con unas señoras, y se sientan a tomar café, y un servidor, que de pequeño compraba cromos de fútbol no más que para recortar la foto y pegarla a una chapa de refresco, y jugar con garbanzos, y que nunca jamás en la vida de dios ha tenido ídolos ni se le contagió jamás la mitomanía. Un servidor que, en fin, no dejaría colarse a Almodóvar en la frutería ni a Zapatero en la del pescado, por principios, se puso nervioso y casi se emociona al ver en carne y hueso a este uruguayo enorme.
Será que con los años me hago más pedante de lo que es aconsejable confesar, y yo, que jamás he sido fan de nadie (aparte de esto mi adolescencia fue tan pánfila e inconfesable como la de cualquiera), me he vuelto un aspirante a groupie de intelectuales que admiro. Desde que vivo en Madrid me he carteado (un par de veces nada más) con Maruja Torres y Muñoz Molina, me he cruzado por la calle con Vargas Llosa y he pasado varias tardes de pamplina esperando en el Café Gijón, por ver si aparecía Manuel Vicent. Patético, lo sé, y más a mis años, que ya son de empezar a pagar hipoteca y comprarse un coche...
El caso es que Eduardo Galeano, aparte de ser un maravilloso periodista y escritor, fue el responsable de mi reconciliación con el fútbol. De pequeño, como tantos, crecí jugando y viendo fútbol, hasta que una adolescencia tontorrona y niestzchiana, el aburrimiento, y una serie de años anodinos en el Real Madrid, unidos al convencimiento interno de que el balompié era opio, pan y circenses, se conjuraron para que abandonara toda afición e interés por el deporte rey. Pasó el tiempo, y me fui a vivir a los EEUU, donde la nostalgia introspectiva y el chocheo migratorio se tradujeron en un encastizamiento exagerado y bastante cutre. En la barriga del Imperio, y por oposición a lo que me rodeaba, empecé de nuevo a seguir con interés todo lo relacionado con el fútbol. En cualquier situación social en que uno se encontrara, el fútbol (por rebeldía uno se opuso a llamarlo "soccer") siempre conseguía unir a todos los inmigrantes, con poquísimas excepciones. Harto de que nativos de clase acomodada desconocieran la situación de España en el mapa, ver un póster de Morientes en el garito de un gasolinero egipcio siempre resultaba agradable, y más de un buen amigo llegó a serlo a través de una conversación sobre fútbol.
Luego, leyendo a Galeano, aprendí que el fútbol es en verdad el deporte de los pobres del mundo, de los desposeídos, de los que viven en la injusticia, y aprendí de muchas historias heroicas en estadios de todo el mundo, en cien años de un siglo que acaba de terminar, y aprendí también de Galeano, que es un blanco de todos los colores, que muchos de esos héroes fueron negros, que lucharon dentro y fuera de las canchas por la libertad, la dignidad y el respeto. Jugadores como Andrade ("fue negro, sudamericano y pobre, el primer ídolo internacional del fútbol" dice Galeano), Garrincha, Eusebio, Didí o Pelé llevaron el fútbol más allá de las escuelas privadas inglesas, donde se creó, y lo hicieron florecer en las mentes de millones de niños en millones de favelas, chabolas y barrios bajos del mundo entero.
Cuando mi compañera y yo nos terminamos el café, nos acercamos, trémulos como dos pijas que ven a Beckham, a saludar a Galeano. Fueron veinte segundos, para no molestar y por timidez. De todas formas, tampoco es que tuviera nada que decirle ni excusas para aguarle la merienda. Sin embargo, ahora, después de la que se ha liado con Luis Aragonés, que hasta Tony Blair ha tenido que pronunciarse, sí que habría tenido la excusa de preguntarle al uruguayo qué pensaba de todo esto.
Post scriptum Aunque me sigue gustando el fútbol, sigo pensando que es un circo que hace mucho por distraernos mientras se nos pegan las lentejas de la Historia. Véase si no el absoluto protagonismo del partido Barcelona-Real Madrid, que pareció funcionar como un "juicio de Dios" medieval en mitad de las justas lingüísticas celebradas a tres bandas por Carod, Rajoy y Francisco Camps, a vueltas con que si el Cid hablaba proto-valenciano, catalán o castellano (que para eso era de Burgos), o con que si Martorell escribió en catalán del Principado o en una especie de mostruo del Lago Ness dialectal, una lengua hija sólo del latín, que, como el Guadiana, se pasó un porrón de siglos latente, para reaparecer después cuando llegan para quedarse los reconquistadores.
Al final, el veredicto divino ha dado la razón a los que, sin saberlo, defendían una verdad que cualquier lingüista habría demostrado en un quíteme allá esos fonemas, a saber: que el valenciano es un maravillosamente rico y fértil dialecto del catalán, así como el serbio y el croata son la misma lengua, pónganse como se pongan los políticos, militares y fabricantes de armas y odios.
Lo asombroso es que este veredicto, en vez de venir firmado por Ramón LLul y Arnau Vilanova, salió de las botas de Eto'o, que no es filólogo, pero sí negro, y muy inteligente dentro y fuera del Camp Nou. Hoy, la sobremesa de documental ha sido imposible. Después del almuerzo, el sesteo otoñal no pudo acompañarse hoy con las costumbres gregarias del pingüino emperador, ni con un repaso a la organización social del hormigas y termitas. Se ve que la televisión pública tiene ya hecho un retrato robot de su televidente medio, y ha concluído que la mayoría tenemos tragaderas anchas, y que lo mismo hacemos a una etapa reina del Tour de Francia que a una retransmisión en directo desde el Congreso de los Diputados. Por eso, en vez de sacrificar a la actualidad política española un episodio cualquiera de telenovela, y emitir por su primer canal los escarceos de Aznar, se ha resuelto emitirlo en el lugar de uno de los pocos espacios culturales que quedan en antena hoy en día.
No voy a quejarme: mejor perderse una siesta zoológica que vivir en una sociedad donde ni siquiera se finge que el que manda debe rendir cuentas de sus actos. Sin embargo, tengo que decir que los sueños (merecidos o no) que se gestan al calor de las evoluciones venatorias de un felino salvaje y en extinción suelen ser mucho más placenteros que los que termina suscitando el bigote ártico del ex-presidente del Gobierno. Hubo un tiempo en que el color de la ropa fue un lujo. Para los antiguos, el púrpura se convirtió en el color de los dioses y de los reyes, sus correspondientes entre los mortales. Hace 4000 años, en las costas de Mediterráneo oriental, se pescaba un caracol de mar para extraer de él el tinte con que se volvían reales las túnicas. Su precio prohibitivo estaba unido al poder por lazos de doble nudo. Así, las leyes condenaban a muerte a quien, no siendo el soberano, osara adornarse de tal color. Rojos de cochinilla, amarillos de azafrán, azulados de índigo, la historia del color siempre fue la de la riqueza, y la suntuosidad del arco iris chillón en los ropajes fue durante milenios exclusiva del poder.
Hace mil años, la lana merina del villano solía ser de color crudo, sin tintes, mientras que el brocado del noble o el terciopelo de la librea de su criado gritaban con mensajes multicolores la magnificencia del que podía permitirse tales lujos. Pero la Revolución Industrial trajo también consigo la de la química aplicada, y el siglo XIX por fin consiguió abaratar los colores, haciéndolos accesibles a las clases bajas. La consecuencia no se hizo esperar, y la elegancia de salón, villa y corte, la exclusiva elegancia de los poderosos, se vistió de negro, pardo, gris, marrón, y de esos medios tonos apagados que hoy consideramos aceptables para ir a buscar trabajo. De la suntuosa y colorista elegancia dieciochesca, o de la aún frívola banalidad de las ropas estilo Primer Imperio, el poderoso pasa a embutirse en lo oscuro, y abandona al pueblo el monopolio del colorín, abaratado y encanallado, desterrado de los salones y arrumbado al atuendo bizarro de los barrios bajos, el gitanerío y las clases bajas.
Hasta cierto punto, el color ha llegado a convertirse en expresión de un estado de ánimo, y así, el ejecutivo que pasa sus días enfundado en serios grises y profesionales pardos, no duda en disfrazarse de pavo real mareado, nada más pisar la terminal del paraíso caribeño a donde va a desinhibirse por unos días.
En otros tiempos, los colores de las banderas llegaron a convertirse en motivos para morir, matar y destruír. Teniendo en cuenta que el precio de la púrpura era diez veces superior al del oro, o pensando en la cantidad de azafrán necesario para teñir dos varas de paño, puede encontrarse una minúscula lógica en la supuesta importancia que demasiadas veces han teñido esas telas de colores que rubrican nuestra identidad y atesoran nuestros complejos. Sin embargo, y a pesar de que el poderoso ya no viste de faralaes brocados y chillones, desde que los sintéticos democratizaron el arco iris textil, hoy en día seguimos haciendo mamarrachadas sin cuento en nombre de trapos teñidos.
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