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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.
04/12/2005
El día anterior habíamos ido a Figueres, donde el frío siberiano filtrado de Pirineos desmentía a cada bocanada mis promesas de aire mediterráneo y temperaturas a nivel de Mare Nostrum. Mis estudiantes, treinta y tantos, de diferentes países pero unidos por su amor o su curiosidad por todo lo español, tuvieron la caridad de disimular mis mentiras. Les había prometido surrealismo, buena cocina, genialidad y la oportunidad de hurtarle el cuerpo al frío meseteño del Madrid al que han pagado por venir, pero el último deseo se pudrió como la hojarasca amarillenta, pesada de humedades e incapaz de levantar su último vuelo. El Museo Dalí me fue de gran ayuda. Tanto genio y tan bien utilizado, tanta belleza y tantas preguntas sin contestar consiguieron que mis alumnos olvidaran el frío. Mientras la tarde avanzaba entre el gris que escupían las montañas, el efecto Dalí se apoderaba de todos, a medida que el autobús subía y trepaba. A pocos pero eternos kilómetros de Cadaqués, en una esquina donde la Península Ibérica se termina por las bravas, el cielo nos concedió una tregua, y un pincel caprichoso abrió un hueco entre las nubes, por donde se filtraron los rayos que Zeus tuvo a bien brindar, por intercesión quizá del veraneante más famoso del siglo XX.
Abajo, tras un paseo de montaña rusa, Poseidón tomó el testigo, y las olas, antiquísimas como poemas épicos escritos en lenguas madre, hicieron el resto. Satisfecho, me senté en un mesón pequeño, a disfrutar del dinero de las dietas, ponderando si podía llamarse orgullo a la sensación de placer que me proporcionaba compartir con estos jóvenes partes del lugar donde vivo y “cositas, cositas, cositas” de la cultura en la que me voy cocinando, mal que bien. La mesa, guarnecida con la generosidad que proveen las dietas en metálico, parecía querer arrastrarme a una borrachera anacreóntico-nacionalista, regada por vino mediterráneo (whatever that means). Por suerte, uno de los alumnos pidió la cesta del pan, y lo llamó francés, en inglés, como era su costumbre y es la de millones de anglosajones. Yo le corregí: “payés”, querrás decir, que mira dónde estamos. La diosa Ceres, desnuda de mitología, salió corriendo de la sala cuando el estudiante, de Wisconsin por lo menos, me respondió que “al lado de Francia”; tanto, que menos tardaría en tocar costa gala un botecillo de aquellos azules y melancólicos que sesteaban en la cala cercana, que el más pajarero de los AVEs en cruzar monegros, ebros y llobregates y plantarse en Madrid. Me di por vencido en mi lucha molinera por salvar aunque fuera una sombra de orgullo nacionalista, cuando otro de los estudiantes se sacó un hueso de aceituna negra de la boca para exclamar cuánto le recordaba Cadaqués a Santorini. "¿Qué tienen de postre?" pregunté a un camarero que pasaba, para disimular mi rubor. "Crema catalana, por supuesto", me respondió con una retranca que en nada delataba su acento germánico. "O tiramisú" añadió, ante mi abatimiento. "A fin de cuentas, esto es un restaurante italiano."
05/12/2005
Entre una costanilla de Lavapiés y Las Ramblas median excesivas horas de autobús, en opinión de un servidor. Por eso, la otra noche, al llegar a Barcelona, en vez de dar un paseo, descansé en el hotel, justo al lado de un Palau de la Generalitat que se había convertido por unos días en capital del Mediterráneo, como avisaban las banderolas en los postes de la luz. No soy alpinista ni montañero, sino más bien de valle, marisma y dehesa. Por eso las cumbres las veo de lejos, admirado ante su imponencia. La Euro-mediterránea que se desarrollaba en Barcelona coincidió con mi visita, pero sólo en el tiempo. La misión que me había llevado hasta allí, precisamente aquel fin de semana, era de muy otro signo… No, ni fui invitado a la Cumbre ni soy espía chabacano de novela barata. Estuve en Barcelona el otro día para acompañar y enseñar a mis estudiantes un trozo de Cataluña y su capital, sin más ánimo que el de procurar que se lo pasaran bien y ayudarles a apreciar su belleza, a meterles si acaso un poco de curiosidad en el consciente inmediato. Todos ellos viven en Madrid, se alojan en su mayoría con familias nativas, y el que menos lleva varios meses en España. Los suficientes, al menos, para saber que hasta ese concepto, que ellos creían muy palpable, no lo es tanto, una vez que pegamos la nariz al cristal y el hocico al pesebre. Algunos, incluso, quizá hubieran oído la palabra estatut, es probable que recibida entre exabruptos por algún miembro de su familia de acogida. O no, que de todo hay. El caso es que, repuesto de las horas de autobús, me dediqué en cuerpo y alma a enseñarles modernismo, cultura mediterránea, historia almogávar y surrealismo genial; a mencionar con regusto palabras como identidad cultural, orgullo nacional o cosmopolitismo amalgamador (éstas últimas me salieron de la boca del estómago, de ahí lo cursi); a explicar con denuedo lo injusto de algunas actitudes, a despertar la simpatía por las víctimas del Decreto de Nueva Planta, en fin, a hacer gala de toda mi catalanofilia sincera. El último día, que también coincidió con el de la Cumbre, y como colofón a un viaje afortunado, salimos a pasear de media mañana por Las Ramblas. Era domingo, y el espectáculo, a pesar del frío, era ideal para despedirse de Cataluña. La gente paseaba, dispuesta a no dejarse acobardar por una borrasca tan virulenta como fuera de lugar. Los mimos, estatuas vivas, titiriteros, trileros, carteristas, turistas, chulos, descuideros, artistas de todos los trapos y ambulantes varios hacían su papel a las mil maravillas, y la fachada del Liceo recuperado les miraba a todos (castañeras inclusas) con la envidia de quien se sabe la segunda escena de la ciudad, con diferencia. Todo lo que quedaba, antes de volver a meterse demasiadas horas de carretera entre pecho y espalda, era un paseo hasta el colón y un regreso apresurado al autobús. Cumplido el requisito, y cuando sólo quedaba desandar lo andado, el grupo de estudiantes se entretuvo admirando el quehacer de un maese Pedro que, marioneta en mano, interpretaba una canción de James Brown. En mala hora fuera. Intentando tirar del grupo, me alejé un tanto, como diciendo “síganme los buenos”, al estilo del Chapulín Colorado. Sólo uno respondió a la llamada, y se separó del grupo para acercarse a mí. Era uno de mis mejores alumnos, uno de los más estudiosos y más genuinamente interesados por todo lo hispano. ¿Su único inconveniente? Tener la piel oscura, heredada de sus antepasados del Punjab, y que el aire de Guayana no consiguió aclarar en dos generaciones. ¿Qué por qué inconveniente? No soy yo quien debe responder eso, sino el agente de los Mossos d’Esquadra que vio conveniente parar en medio de Las Ramblas a un muchacho cuyo único rasgo “sospechoso” era el color de su piel. “Nosotros no hacemos tal cosa, no tenemos prejuicios”, me dijo el mosso. “Eso era en otros tiempos, cuando había otros cuerpos que…” “Nosotros velamos por la seguridad de todos…” “No me cabe duda”, dije con el tono más rastrero que pude, para no calentar a nadie. “Lo único que digo es que si mi alumno hubiera tenido la piel blanca y el pelo rubio no le habrían pedido el DNI”. Negaron y argüí, soslayaron y subrayé, dijeron que ellos prestan atención a las conductas sospechosas y respondí que a treinta metros se veía una troupe de trileros en plena faena; señalaron que deben mantener la seguridad y contesté que mi alumno tenía pinta de estudiante tipo empollón a un kilómetro de distancia. Al final me pidieron perdón, a su manera, quizá porque vieron que el pobre chico estaba llorando (era la quinta vez en tres meses que le pasaba algo así o peor). Al estudiante no se lo pidieron, ni creo que él lo hubiera concedido. Cuando ya nos íbamos, al pasar por delante de la catedral gótica de Barcelona, unos cuantos jubiletas desafiaban al frío bailando sardanas. No tuve estómago para hacer panegírico de algo tan bello, tan consciente de su tradición, tan orgulloso de su pasado como interesado por su presente. Esta vez, a media mañana de domingo en el Barri Gótic de Barcelona, las identidades de cualquier tipo me habían tocado demasiado los cojones. Mucho habrá que mentir, engañar, disimular y dorar la píldora para recuperar a este joven para las filas de los hispanófilos. Quizá hasta lo de “cosmopolitismo amalgamador” se me antoja ahora demasiado poco…
11/12/2005
(En el Centro Cultural de la Villa, en una exposición sobre Cervantes y su época, está expuesto el cuadro “El fraile trinitario Simón de Rojas, difunto” de Velázquez. Estará por poco tiempo, y pertenece a una colección privada, así que recomiendo darse prisa). Se trata de un cuadro sencillo, impresionante, hipnotizador. Sobre un estrado está tendido el cuerpo sin vida del fraile, de rostro sereno, frío. El blanco y el negro de sus hábitos no dan respiro a las medias tintas. O todo, o nada, o vida, o muerte, en este caso. De la bocamanga del hábito sobresalen dos manos de muerte, que no de muerto, que se agarran a la cruz, no se sabe si por el rigor mortis o el de la fe inquebrantable. De la boca, vacía, salen dos palabras, que Velázquez escribe con humo, o pincela con niebla, o dibuja con aire, no se sabe: Ave María.
 Simón de Rojas nació en Valladolid en 1552. Desde muy joven se hizo adepto del culto de María, y desde muy joven también entró a formar parte de las filas de los frailes Trinitarios. Eran éstos los principales responsables (junto con los Mercedarios) del rescate de cautivos, actividad que les llevaba a organizar expediciones comerciales a la compra de esclavos, sacando en el proceso un buen número de almas cristianas de los baños argelinos, tunecinos o tetuanís. Estudió Simón de Rojas en Salamanca, y residió en Toledo. Pero fue Madrid, Lavapiés en concreto, el escenario de los veinte años más productivos de su vida. Llegó a la Corte llamado por la corona, en alas de una bien merecida fama como predicador y reformador de costumbres, y vivió en la calle que hoy lleva ecos de su nombre, allí donde Atocha se derrama cuesta abajo hacia Lavapiés, hacia el otro mundo, donde el Madrid de tantos siglos pierde la elegancia, desaguada entre callejones que siguen siendo oscuros. La calle que sigue, la del Ave María, tiene el nombre que quiso Simón de Rojas, que también se salió con la suya cuando consiguió que esas mismas palabras fueran inscritas en la fachada del Alcázar Real. Por otras calles cercanas, como la la Torrecilla del Leal, pasó parte de su tiempo en las imprentas cercanas, supervisando la impresión de estampas marianas, que exportaba allende las fronteras de Castilla, en su particular cruzada contrarreformista. No fue coincidencia que acabara siendo conocido en vida como “el Padre Ave María”, que es como ha pasado a la iconografía, acompañándose siempre su retrato del latino lema. Entre la exportación de estampas religiosas y la predicación en nombre de los cautivos, el futuro San Simón cuidaba de la salud espiritual de un barrio muy pecador, como sigue siéndolo. En aquel entonces, los alrededores de Antón Martín estaban llenos de enfermos de sífilis, unos recién salidos del hospital y otros resistiéndose a entrar, mendigando por las calles de alrededor, en las que abundaban también las oportunidades de contraer ésa y otras enfermedades más o menos venéreas. Un poco más abajo, los moriscos y conversos abundaban sobremanera, unos de rancio abolengo castellano, otros recién llegados de las Alpujarras, y el fraile trinitario no perdía la ocasión de diatribar contra unos y otros, como era de recibo, trabajándose opiniones ajenas y poderosas, convenciendo a los sanedrines de turno de la necesidad de “hacer algo” con aquella chusma. Además de todo ello, se convirtió el fraile en Preceptor de los Infantes de España, Confesor de ntra. Sra. La Reyna Dª Isabel de Borbón, y en el primer comerciante de abalorios al por mayor del barrio de Lavapiés. En efecto, entre unas y otras cosas, fray Simón de Rojas se dedicó a la producción de unos rosarios de cuentas azules, representativos de la Imaculada Concepción, que tuvieron un éxito comparable al de la bisutería que hoy venden al por mayor los innumerables negocios del barrio. Lo que no estoy en condiciones de asegurar es que se vendieran en el top manta barroco. Hoy, en la calle Ave María no se ven procesiones de flagelantes, sangrándose los lomos en agradecimiento a la decisión real de expulsar a los moriscos del barrio. No caminan por ella los ex-cautivos cristianos, enseñando sus cadenas a quien quiera mirarlas, y honrarlas con una limosna. Tampoco se trata el “mal francés” en Antón Martín, donde en vez de hospital ahora hay tres kebaps, y en las imprentas del barrio ya no se imprimen ediciones de novelas escritas por mancos, sino que se hacen fotocopias en color del DNI. Si hoy saliera San Simón a pasear por el barrio, el Ave María que escupirían sus labios sería de órdago, cuando viera la Plaza de Lavapiés. A mí me gusta más así… Etiquetas: Simón, de, Rojas, Cervantes, trinitarios, Velázquez, Lavapiés
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