Cuadernos de Lavapiés |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.
Madre yo tengo un novio aceitunero que avareando tiene mucho salero cuando me ve me dice: - Voy a morir por ti.- Madre yo tengo un novio aceitunero, aceitunero me gusta a mí. Dale y dale a la vara, dale bien que las verdes son las más caras y las otras pa ti, tipití, tipití. Recogiendo aceituna él me decía Se acabó la faena y no lo he vuelto a ver y eso que me decía que se moría por mi querer. Las uvas y las aceitunas tienen mucho en común, aparte de forma y tamaño semejantes. Son de la misma tierra; hace milenios que se conocen; crecieron y siguen creciendo juntas, y si pregunta uno por todo el Mediterráneo, se enterará de que se quieren mucho, tanto que parecen inseparables. Las uvas se pueden tomar de doce en doce y cerrar años. Las aceitunas, en cambio, pueden servir para abrirlos. El señor Rajoy, líder de la oposición conservadora en España, se pregunta en la radio, refiriéndose a las amenazas golpistas enunciadas por el Teniente General Angulo Mena, que “¿qué está ocurriendo en el país para que hayan tenido que hacerse dichas declaraciones?”. Acusa con ello Rajoy al Presidente del Gobierno y al Ministro de Defensa de ser los causantes de un supuesto desbarajuste nacional, y les responsabiliza en última instancia de que un Teniente General nostálgico haya dicho en público que, si las cosas se ponen feas, el Ejército saldrá a la palestra como garante de lo que haga falta. Ahora bien, queridos niños, estamos tratando aquí con una estructura verbal con dos pares de cojones, con perdón. Así, el “hayan tenido que hacerse” es una construcción perifrástica que incluye un Pretérito Perfecto de Subjuntivo y un bonito reflexivo con valor de impersonal. Las declaraciones no nacen, sino que suelen hacerse, y por lo general, a manos (a labios) de un sujeto activo, que se pone las botas transitivas y se descuelga con un objeto directo: verbigracia, la declaración en sí. Por ello sorprende la elección sintáctica de Rajoy, de la que se desprende que las declaraciones estaban ahí, en alguna parte del limbo lingüístico, listas para salir a las ondas públicas, y que lo único que ha hecho Su Excelencia Angulo Mena ha sido ponerse firmes y darle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. O sea, que el señor Rajoy entiende que unas declaraciones emitidas por un altísimo cargo militar, en las que se decía (otra pasiva con valor de impersonal) que el Ejército puede intervenir en cualquier momento en la vida política de un país supuestamente democrático han “tenido que hacerse”. No sé de qué os sorprendéis, niños, si el señor Rajoy, a la postre, es el líder del Partido Popular, los mismos que hace poco decían desde sus asientos institucionales que la Guerra Civil “tuvo que hacerse”, saltándose a la torera el hecho de que aquello fue un alzamiento militar, cruel, violento y abusivo, contra un régimen democrático y elegido en sufragio por el pueblo. Alzamiento que acabó con la muerte de no sabremos nunca cuántos cientos de miles de españoles. Otra cosa sería decir que “Franco empezó la Guerra porque tuvo que hacerlo”, y otra más peliaguda aun, añadir después: “con dos cojones”. No oiremos en público a ningún líder del PP emitir exabruptos de tal carácter. Lo que ya no tengo tan claro, después de comprobar el uso que el señor Rajoy hace del reflexivo con valor impersonal, es que no lo piensen. A enero aún le quedan un par de domingos, pero los dos últimos días están siendo tan primaverales, que casi parecen de invierno sevillano, sólo que sin brumas béticas ni nieblas marismeñas, que por algo estamos en Madrid. El que esto escribe, que de mayor quiere ser escritor costumbrista, o escritor a secas, aunque sea de los malos, no ha ido hoy a trabajar. Ha “medio ido”, pues en el camino, equidistante entre casa y oficina, razones que no vienen al caso le han concedido el viernes libre, y se ha desayunado la mañana soleada dando un paseo de los que sólo podía permitirse cuando estaba en el paro (toco madera como un autómata supersticioso, valga la contradicción). Como desempleado, el costumbrismo daba mucho juego: los paseos sin rumbo, de entrevista en entrevista, de rechazo en rechazo, eran fuente de ideas. El ahorro en abono de transportes daba lugar al gasto en suelas, y tras cada esquina y en cada glorieta esperaban escenas de sobra costumbristas, ingeniosas las más de las veces, con vocación de despertar algún día las nostalgias de un lector, aunque fuera después de muerto el que esto escribe (toco madera de nuevo). Siempre había tiempo para sentarse en una plaza soleada y apuntar en una libreta ideas, escribir relatos o describir escenas. El problema era cómo hacer llegar eso a un lector, que con uno era a veces suficiente. Hoy, con trabajo, horario y salario, el que esto escribe va y viene en metro al trabajo, y no camina ya a la caza de cuadros de costumbres, de escenas del Madrid de comienzos del siglo XXI, una ciudad que también necesitará algún día de quien la cuente a los que nunca podrán verlo, a ésos que algún día pensarán en ella con un infundado sentimiento de nostalgia, de ésa misma que hoy ya expresamos por el Madrid de la Transición, o el de la Movida. A cambio, al llegar de la oficina y si no está muy cansado, el que sigue escribiendo puede hoy, con encender dos botones, escribir y publicar lo que se le venga en gana, aunque no lo lea nadie. Son cosas de la tecnología Wi-Fi aplicadas al costumbrismo que quiere ser literario. Estábamos entonces con que el viernes llegó regalado, así que, aplicando el proverbial desprecio por la ortodoncia equina, un servidor se dispuso a volver a casa por el camino más largo y lento, haciendo caso omiso de rutas pedestres recomendadas por el Excmo. Ayuntamiento y su no menos excelente Concejalía de Turismo. Caminando sin maletín y sin prisa, con vocación de perderse, es fácil encontrar la Plaza de San Ildefonso. Lo que ya no es tan fácil es detenerse y mirar, y darse cuenta de que este trozo de la ciudad tiene el mismo encanto que un animal en vías anchas de extinción. Un animal vivo, vivaraz y lleno de energía, que no se da cuenta de que puede ser el último representante de su especie. En la Plaza de San Ildefonso, por haber, hay un horno de pan con un luminoso del siglo pasado que reza “Panis Quotidie”, algo que dicho a secas puede no tener importancia, pero que se reviste de ella cuando se da uno cuenta de que a pocos metros, en la Gran Vía, acechan depredadores dispuestos a devorar al último ejemplar de una especie legendaria: un “Pans & Company” rodeado de su cohorte de McDonald’s y Starbucks. También hay en San Ildefonso una iglesia antigua, simple, mesetaria de pueblo, de tejados pizarrosos, que encierra un retablo dorado y circunvoluto. Las fachadas de la plaza están llenas de balcones, y los tejados hacen coro a la torre, algunos con más suerte que otros, pues los hay que se caen. No hay ninguna agencia inmobiliaria a la vista, y el estado de algunas fincas se pone de acuerdo con el ambiente que flota, al sol de esta primavera temprana y desorientada, ambiente de plaza de pueblo castellano, donde todavía hay viejos y niños que compran pan cotidiano. Por si cabía duda, suena la campana de la iglesia de pueblo. A la vuelta de una esquina, todo cambia, y en vez de hornos latinos hay tiendas de ropa alternativa, cara y marginal, valgan las contradicciones. Dos manzanas más allá, la calle Fuencarral tienta a comprar zapatillas deportivas con música dance o chill out o a probarse un abrigo que bien pudiera parecer digno del ganador de un Goya en la noche de la ceremonia. Ahora sí se ven inmobiliarias, más que tiendas, y al aire de pueblo se lo lleva un viento cosmopolita, agradecido y contento de que se haya terminado de una vez el siglo XX, el que en mala hora nació. Así, a muy pocos minutos de la plaza del pueblecito amanchegado donde casi casi picotean las gallinas, se llega a la Gran Vía, y el escritor que quiere ser costumbrista deja de acordarse de los jubilados que lagartean el sol en sus bancos, para hacerlo del Excmo. Sr. Alcalde, don Alberto Ruiz Gallardón, no con ánimo de insultar, sino por mera asociación de ideas. En sus tiempos, cuando el siglo XX era el futuro, la construcción de la Gran Vía de Madrid supuso y suscitó lo que hoy se encargan de hacer las obras Gallardonianas que están haciendo de esta ciudad un espacio urbano de nunca acabar. Por entonces, todo un barrio de callejas y plazuelas tan de otro tiempo como la Plaza de San Ildefonso sucumbieron al progreso, representado por la línea recta y anchurosa de la nueva avenida. Como ahora, las autoridades respondieron a las quejas pintando las delicias que supondría la calle, una vez estuviera terminada. Hoy, la Concejalía de Obras Públicas, o la de ilusionismo didáctico, elabora imágenes computerizadas para convencernos de lo cuco que va a estar Madrid cuando todo acabe. Como si estas cosas acabaran. Al final, la Gran Vía nació, se hizo mayor y adquirió un pasado, tan convincente o más que el de las calles y barrios que murieron por su culpa. Hoy, Tom Cruise y Angelina Jollie vienen de vez en cuando a estrenar una superproducción, y no ven grúas ni terraplenes, ni siquiera la antigua Red de San Luis, marquesina venida a más, que hoy reposa en el pueblo natal de su autor. Más abajo de donde estuvo, la calle Montera se viste de prostituta, y Madrid de estibador portuario, aunque esto último sólo a veces, a ciertas horas, si se da la necesaria conjunción de luces, olores y colores que permita en ensalmo de creer que allá abajo hay un muelle, un rompeolas y una lonja, en lugar de la Puerta del Sol. Y en la calle de la Montera, una puta se apoya en el escaparate de una tienda de novias, y pela una naranja a las doce del mediodía del viernes, y el olor cítrico de su tierra le llega al escritor costumbrista mientras la mira a ella, real y en tres dimensiones de carne en alquiler, en fuerte contraste con la pareja de maniquíes en postura de decir “sí quiero”. “Como si querer importase”, dice entonces la puta, y a continuación se mete en la boca un gajo de naranja. Todos los días paso por delante de un centro escolar. Uno con verja, puerta de hierro y patio de recreo. Cada mañana, muchos alumnos del centro ejecutan el ritual lamido de la tira de goma de un papel de fumar, el inconfundible gesto de enrrollar sobre sí mismo el tabaco "aderezado", el encendido místico del cigarrillo de hachís, que escupe un humo denso, casi de incensario, que sólo su olor consigue distinguir del que acompañaría un servicio de maitines preconciliar, de cuando las misas todavía eran en latín, y dios aún no había aprendido idiomas. Ayer, en las noticias, supe que el Gobierno ya ha desarrollado un plan para atajar el trapicheo y consumo en las escuelas del país. Ilustraron la noticia en prensa y televisión con imágenes de jóvenes estudiantes, haciendo novillos (pellas, rabona, etc.) mientras se lían unos canutos a la puerta del colegio. Pero no eran los que veo cada mañana, porque los que atufan el aire mañanero cerca de mi ventana vienen a clase en pequeños coches deportivos nuevecitos, de muchas válvulas y caballos de vapor, recién comprados por papá a cambio de un aprobado a tiempo, porque los papases de estos chicos y chicas son muy generosos, tanto como para pagar los miles de euros que cuesta que sus nenes aprueben una asignatura, y unos papás así no van a ver con buenos ojos que se acose a sus retoños, como si fueran hijos de inmigrantes, o de habitantes marginales de feos barrios del extrarradio pobre. Así que, mientras más de cuatro adolescentes porreros van a estrenarse como delincuentes, y a posar quizá para el título que les acredite como poseedores de antecedentes penales, los que se ven desde mi ventana saldrán en la orla lujosa pagada a golpe de talonario por sus nada marginales progenitores, con los ojos un poco irritados y las pupilas contraídas, pero sin deudas con la sociedad ni visitas a correccionales. Total, por un porrito mientras faltas a clase, tampoco es para tanto. Siempre y cuando quede claro que uno es persona de bien, y no morralla de escuela marginal... Exiguos, casi inexistentes en ocasiones, casi imposibles de creer en otras, los versos perdidos de las jarchas me dieron, de un fogonazo, una razón, una justificación: porque esas palabras casi perdidas, mitad inventadas, cantares fragmentarios de una gente extinta, cuya lengua cotidiana no podemos más que imaginar, están diciendo lo mismo que decimos hoy, o lo que deberíamos decir, o lo que ojalá nunca hubiésemos querido oír. Hay que echarle imaginación. Hay que ver, primero, lo que más lejos está: olivares en líneas rectas, pero no tanto, que los agrimensores no son lo que eran. Campiñas, monte adehesado, cubos casi perfectos de cal guardando viñas, un borrico si se quiere dar pincelada propia de belén napolitano…Pero más importante que el tamaño de los olivos, el color del aire, de una noche con sol de julio, de olor a estiércol y jazmín. El silencio que acompaña al final de una tarde de fuego parece inclinar la balanza a nuestro favor, y por fin, a la luz fucsia del anochecer de verano, vemos que la ciudad se ha quitado muchos siglos, desnudándose pícaramente, para dejar de ser la que conocemos, y convertirse en una ficción perfecta de sí misma. Cuando, por fin, la ciudad se ha vuelto muchacha, es el momento adecuado para realizar el conjuro. De la oscuridad aún caliente, de la tierra reseca y de las piedras de las murallas que otra vez la circundan, del agua del río sale una voz incomprensible: “Mi pena es a causa de un hombre violento”, dice la mujer joven, repitiendo los versos de un cantar antiguo. “No me deja moverme y me castiga, y si salgo, con males me veré”, entona mientras recoge la ropa que cuelga al lado del río. Y mientras la dobla y la mete en el cesto, canturrea con un quiebro conocido, imitando a algún cantor de renombre: “Madre, dime qué haré”. Cuando ya casi no queda luz, la muchacha se pierde entre las calles del arrabal, mientras piensa en su suerte, que no es tan cruel como la de otras, porque su hombre no será un hombre violento, sino un joven elástico y cariñoso, que jamás le prohibirá salir al río cuando el sol ya no haga daño, y que no la castigará si llega a casa enfadado o borracho. El alumbrado público declara el final del experimento, y la coplilla se ahoga entre los compases de un reggaetón, el que va retransmitiendo un deportivo tuneado, parado ahora mismo en el semáforo, que ha regresado del más allá como un tri-cíclope vengativo. El olor del jazmín y los primeros auxilios de una brisa que viene a curar del calor excesivo de la tarde no parecen hacer efecto sobre la pareja que habita el coche ruidoso, de color y ritmo. Discuten, y ella sale del lado del copiloto, trastabilla y casi cae, no se sabe bien si por torpe o por herida. Del otro lado sale él. No ha habido un acuerdo en el precio, o el cliente no ha quedado satisfecho, o no ha saciado aún su repugnante sed de humillar. No le importa. Mientras le agarra el pelo para descubrir su rostro, y hacer mejor blanco en su tabique nasal, ella se pone a cantar. “Mama, gar ke farey”. |